SOCIOLOGÍA DEL FUTURO

SOCIOLOGÍA DEL FUTURO

ÍNDICE

I.- PRESENTACIÓN

II.- NOTAS PRELIMINARES SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE LA SOCIOLOGÍA

III.- ALGUNAS DIGRESIONES MÁS, SOBRE LENGUAJES, ESCRITURA, EVOLUCIÓN HUMANA Y SOCIOLOGÍAS

IV.-GENEALOGÍA DE LAS MÁQUINAS: DE LAS MÁQUINAS ENERGÉTICAS BIONATURALES A LA AUTOMÁTICA MECANIZADA

IV.- DE LA AUTOMÁTICA ANALÓGICA A LA AUTOMÁQUINA DIGITAL

V.- DE LA MÁQUINA DIGITAL A LA MÁQUINA NEURONAL

VI.- LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL COMO TEOLOGÍA DEL CAPITALISMO

VII.- LA SOCIEDAD DESCARNADA

VIII.- EL PARADIGMA DE LA MODERNIDAD OCCIDENTAL: NATURALEZA, CIENCIA, INDIVIDUO Y SOCIEDAD

IX.- RECONSTRUYENDO EL DISCURSO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA APARICIÓN DE LA “SOCIEDAD” y LA “SOCIOLOGÍA”

X.- LA SOCIOLOGÍA DEL FUTURO: ENTRE EL PODER, EL MERCADO, Y UN NUEVO Y NECESARIO HUMANISMO.

XI.- EPÍLOGO

II.- NOTAS PRELIMINARES SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE LA SOCIOLOGÍA

Hace ya medio siglo, Max Horkheimer (1895-1973) en una entrevista realizada poco antes de su fallecimiento, predecía:

“La marcha de la sociedad se dirige hacia un estadio en el que su futura estructura racional solo podrá ser obtenida al precio de la desaparición de la libertad del individuo y, también, de lo espiritual[1]

Este comentario del sociólogo alemán fundador hacia 1923, junto con Adorno, Marcuse, Fromm y el heterodoxo W. Benjamin – con su epígono Habermas-, de la llamada Escuela de Sociología de Frankfurt[2] nos estaría advirtiendo por una parte el qué a pesar de la posible contradicción inicial al intentar construir una mirada sociológica sobre acontecimientos/hechos aún no producidos o hechos, dé nuestros hoy vividos sí, puede ser viable realizar alguna suerte de prospectiva sociológica aunque sea modo pararrayos intelectual  para que cuando nos golpea de la noche a la mañana en las narices con una previsible irrevesalidad catastrófica podamos a lo menos manejar/conocer/tener, algunas estructuras preventivas mentales tecnológicas, administrativas, emocionales y sociológicas operativas de control o aminoramiento de daños con esperanzas de aunque difíciles, puedan desarrollarse posibles contrataques. El asunto está     marcha de la sociedad. Por otra, la existencia de un componente lógico/racional en una suerte de doxa o estructura epistémica siempre y continuamente construyéndose que, en un tiempo futuro y sin acotar, se rompería en sus contenidos esenciales. Estos contenidos esenciales para Horkheimer no son otros que la libertad, junto a lo que denomina “espíritu” como síntesis de la cultura en general, incluida la religión.

Esta premonición apuntada por Horkheimer hace ya, medio siglo, nos lleva necesariamente a plantearnos tres cuestiones. La primera, el concepto dinámico de la sociedad y, en segundo término, que esta sociedad, posee como atributo basal, una determinada y paradójica racionalidad y que, esa misma racionalidad en la que sin duda, estaría presente el dominio tecnológico y una cierta idea de progreso, puede incluir o excluir, la libertad del individuo y sus valores culturales, constitutivos de nuestro tradicional y construido, “canon occidental

Este carácter dinámico de la sociedad nos puede ayudar a entender a su vez, la sociología en tanto que mirada sobre la sociedad, como el resultado de su propio recorrido histórico; sus anclajes espaciales, su tiempo y, su momentos socioeconómicos y políticos. Recordando escritos del a menudo olvidado maestro D. Enrique Gómez Arboleya,[3]el saber sociológico; la sociología, es fundamentalmente la consecuencia del surgimiento y asentamiento de las burguesías europeas, lo que en principio nos lleva necesariamente a un tiempo anterior al siglo XIX, aunque, lo que conocemos y rotulamos desde la primera mitad de dicho siglo como Sociología, y que, generalmente asociamos con el industrialismo y la herencia del relato sociopolítico de la Revolución Francesa,[4] no sería más que, la concreción y fijación académica, de un saber sobre el individuo y la sociedad que de alguna manera se estaba pergeñando ya, desde los lindes del Alto Medievo con la Baja Edad Media. Precisamente, con la consolidación de la ciudad medieval, y su especial modelo de sociabilidad más el auge y asentamiento de la clase burguesa, el desarrollo del comercio y el uso del dinero -como su instrumento imprescindible-, a lo que, se añadiría la formación y desarrollo posterior, de la ciudad moderna[5].

Sin embargo, esta sociología que puede aparecer perfilada/acuñada, desde finales del XVIII, tanto por los escritos del abate Sieyès, como por una gavilla de filósofos sociales y políticos británicos y franceses constituye solamente una mirada, un relato organizado y construido desde la cuestión política, en el fondo, sobre el relato de las libertades burguesas de la Ilustración y consolidado por la Revolución Francesa y la inauguración de los semantemasde sociedad, individuo nación y libertad. En este sentido, la exposición del profesor Arboleya – siendo acertada en lo esencial – podría haberse quedado corta en la medida en que, para que haya, lo que llamamos sociología, se necesita que esa misma burguesía cree sociedad como rótulo, concepto, lenguaje y ciencia (las cursivas son nuestras)  

La sociedad y probablemente, la misma sociología de Sieyès, Dobruska, Saint-Simon y Comte habría que entenderlas dentro del marco filosófico y sociopolítico constituido por el relato revolucionario francés en sus momentos más prolíficos, como serían los del tiempo que gira alrededorde la Convención (1791-1795)[6] en donde se materializa no solo la semántica de la sociedad, sino también su racionalización, como formulación de su significación moderna cimentada especialmente en las libertades y derechos del individuo como ciudadano

En cierto sentido, la sociología que semantiza y acuña Comte entre 1838 y 1839, no es más que un artificio cultural, pero un artificio necesario de racionalización para la iniciada sociedad fabril/industrial, y probablemente, del nuevo poder político instalado después de la Revolución con la Restauración monárquica francesa. Racionalización no obstante, que hunde sus raíces más cercanas en el propio lenguaje de la Convención y en el potente clima de racionalidad científica y de voluntarismo democrático/revolucionario representado por Sieyès en lo jurídico/político y, en lo científico, por los ideólogos de La Convención como el médico Pierre- Georges Cabanis (1757-1808) a partir de su Discurso pronunciado en el otoño (Frimario) del año VIII (1799) sobre “ laorganización social en general, y en particular sobre la nueva constitución[7], más su libro “Rapports duphysique et du moral de l´homme (1802) junto con el militar ilustrado Antoine Destutt de Tracy (1754-1836) acuñador de la palabra “ideologie” (1801) y autor de una obra de alguna manera precursora de la sociología comtiana titulada “Commentaire sur L´esprit des loies de Montesquieu”(1806)[8]

 Por otra parte, el relato sociológico de Sieyès estaría reposando sobre la necesidad de racionalización del orden social resultante del protagonismo del Tercer Estado en la construcción y consolidación de La Revolución de manera que, se le puede situar más acá de lo social, y colocarlo en el campo de las libertades políticas que paradójicamente fue tarea de la burguesía revolucionaria francesa

Por el contrario, la Sociología que construye y protagonizan los escritos de Saint-Simon y  Comte, estarían asentados en un espacio/tiempo, aunque cercano, diferente, presidido por la aparición e inicios del industrialismo y la fijación de un nuevo protagonista social representado por “el industrial” como una interrogación y mirada sobre una figura que iba a sustituir  a la burguesía liberal de la Revolución y que, incluso, anunciaba –   quizá, más presente en Saint-Simon[9] que en Comte -, “la cuestión social” precisamente, cuando las libertades burguesas se habían consolidado y había que protegerlas para mantener ordenado y justificado científicamente  su nuevo orden productivo y social. La sociedad del industrial y del fabricante como sustitución, de las burguesías agrario/comerciales y de toga, del 1789. Todo ello, dentro de un marco político; el de la restauración monárquica, con nuevas exigencias y nuevos fantasmas…curiosamente, un momento en el que, a pesar del adelantamiento semántico de Sieyès, nacería la Sociología moderna, como el nuevo saber regulador/justificador del orden de las burguesías del capital y la fábrica.

 Al mismo tiempo, se iría desvelando un horizonte de inquietudes y conflictividades representado por la situación del nuevo trabajador fabril. Piensesé que de manera casi paralela a los seis volúmenes del Curso de Filosofía Positiva de Auguste Comte escritos entre 1830 y 1842[10] y algo después, de los escritos social/industriales de Saint-Simon (entre 1813 y 1823)[11] aparecen en el mismo año de 1840, los primeros escritos modernos sobre la situación y salud de los trabajadores, que inauguran y unen de alguna manera, la sociología del dato con la descripción de los hechos y situaciones sociales. Por una parte, el “Tableau”, sobre el “Estado físico y moral de los obreros empleados en las manufacturas de algodón, lana y seda del médico Louis René Villermé (1782-1863) y “La miseria de las clases trabajadoras en Inglaterra y Francia” por Eugène Buret (1810-1842) Autores a los que habría que añadir al Engels de 1845, en su libro sobre “La situación de la clase obrera en Inglaterra”

Incluso, el predecesor y, a la vez, inspirador -, más próximo a Comte, Saint-Simon y, aunque toque de perfil, la cuestión social, su horizonte mental estaría aún instalado en las sensibilidades sociopolíticas de la Ilustración, para serde alguna forma institucionalizada, a lo largo del siglo del primer industrialismo, para hacer desde la Revolución del 48, el siglo o medio siglo, de la cuestión social y de los grandes relatos sobre la sociedad que, pasando por Marx-Engels, culminarían al filo algo remontado ya, del 1900 con la obra de Weber y Simmel y con un peso más bien doméstico – pero a nuestro entender nada despreciable-, en la escritura sociológica española de Manuel Sales y Ferré (1843-1910)[12]

Y ya, que hemos mencionado a Sales y Ferré un sociólogo aún casi desconocido/olvidado, en las aulas de las facultades españolas de sociología, echemos una rápida ojeada a la construcción y recorridos de la sociología en nuestro país, aunque solamente sirva para saber de donde venimos.

A nuestro entender, para intentar comprender lo que ha podido suponer la constitución y desarrollo de la sociología[13] en nuestros lares, supone especialmente, sumergirse en nuestra propia y peculiar historia científica, social y política qué, además, va a introducir perfiles y diferencias sustanciales en sus significados y tiempos en relación, a cómo, se habría efectuado, en otros territorios de nuestro entorno europeo y occidental.

Por otra parte, el que un sociólogo piense desde su propio oficio sobre sociología será, además, intentar hacer sociología desde la sociología; suponiendo un saber autorreferente en donde elpensamiento será continuamente pensado desde el mismo pensamiento. Una tarea probablemente llena de trampas dependiendo, sobre todo, del locus del sociólogo que se atreva con ello. Con toda seguridad no se tendrá la misma subjetividad – voluntarista o cínicamente “objetivada” -, si nos situamos en la beatitud académica o en la rizomática práctica del oficio; y, ésto, sin añadir el quién, paga o patrocina la investigación, el quehacer profesional o la institución académica respectiva. Aspecto éste, en el panorama español – como quizá en todos-, complejo, prolijo y siempre, peculiarmente bamboleado por nuestra particular historia social y política. Si todo saber científico requiere superar dos pruebas, la de la empiria adecuándose a la realidad de los hechos, y la epistémica, presentando una cierta coherencia lógica, la sociología necesita superar una tercera prueba, la de la “objetividad/subjetivada”, algo tozudamente problemático y resbaladizo que, además está atravesada/agarrada por los modelos de estructuraciónde la sociedad de modo y manera que, este saber al que llamamos sociología, solamente puede existir en las democracias, en las gobernanzas del nosotros ya sean, constituidas o soñadas. Incluso, admitiendo que, a la vez, puedan ser utilizadas para su reproducción/administración o para su transformación/revocación. Serán verdaderas sociologías tanto unas como otras; las sociologías del control y de la funcionalidad como, las sociologías críticas y de la denuncia. La cuestión residirá en tener en cada momento claro, desde que instancias de intereses se organiza ese saber que, repetimos supondrá siempre algo autorreferencial que “se muerde la cola “a modo gödelaino. Probablemente, la única certidumbre axiomática de la sociología habría que buscarla más allá de sus pretensiones de cientificidad, sino en su dimensión ética/moral, en su intento de desvelar la injusticia y el sufrimiento desde mecanismo razonablemente objetivos/sistematizados, verificados por la mirada, la escucha y la palabra. Algo en la línea que señalara Zygmunt Bauman al referirse al Quijote[14], cuando nos hablaba de la comprensión de la vida en toda su:

“…Desnuda e incómoda, pero liberadora realidad…una vida donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar comprendernos a nosotros mismos y acercarnos a los demás…”

En suma, del sujeto humano; de hombres/mujeres de carne, hueso y emoción.

Entre medias, una primera reflexión sobre el asunto a propósito del objeto referencial del que intentamos discurrir, ésto es, de la sociología. Un saber continuamente atrapado no solamente, entre la teoría y la práctica sino, además, condicionado socioespacialmente en el tiempo histórico. Si existe un saber esencialmente histórico más allá, de la propia historia, sería la sociología. Lo que desde el siglo XIX estamos entendiendo como sociología, puede que, no nos sirva en nuestros días. Y, a su vez, necesitamos conocer, agarrar, el cordón matriz de esa sociología del tiempo de la fábrica/chimenea, para entender las claves de nuestro tiempo de la fábrica/cognitiva al igual, que necesitamos bucear en la Atenas del siglo V para comprender el solado sociopolítico desde el que probablemente, se inauguran las primeras miradas sociológicas. Esta esencialidad histórica de la sociología nunca, la experimentarán -a lo menos, con la misma intensidad – las ciencias físico/naturales – Es más, y, con toda seguridad, el que el paradigma/nicho hegemónico funcionalista, en el que, – por supuesto, reconvertido en la actualidad- se habría movido una parte significativa de  sociología académica, con un exultante y continuado  desprecio por la diacronía histórica, nos podría desvelar junto a su militante beatitud para  desatender, nuestro actual “malestar en la cultura;” su paradójica y potente robustez productiva/funcional, para escayolar, toda la actual arquitectura neoliberal que, desde una prístina pertinencia supone también, un patente diseño de embalsamadas sincronías ahistóricas.

Al final, puede que los sociólogos como los demás “expertos” en ciencias sociales, psicólogos, economistas o politólogos incluyendo los nuevos competidores supracientíficos representados por los conversos de las neuropsicologías, neuroéticas y neurosociologías, no se hayan enterado que su pretendido objeto de estudio, los hechos y realidades sociales, están fabricados con la misma sustancia que el investigador y, por lo tanto, no constituyen realidades emocional ni epistémicas fijas, sino infinitamente complejas, condicionadas y flexibles, a diferencia de los objetos de las ciencias físico-naturales que son totalmente externos a la subjetividad/emocionalidad humana. Además, los objetos/sujetos de las ciencias sociales tienen la manía de ser “respondones;” poseen como nos recordase Stalislav Andreski (1972) la maldita costumbre de reaccionar ante lo que se dice ellos, con lo que, la acumulación de su saber será siempre resbaladizo y muy difícilmente sistematizado/fijado por leyes inamovibles, fijas, neutras y universales. Situación por otra parte, mucho más condicionante si se tiene en cuanta la potencia controladora de los poderes constituidos que, si han estado en ocasiones a la defensiva, con respecto a las innovaciones científicas, muchísimo más lo han estado, a nuevas miradas y lecturas sobre la ordenación de la sociedad.

En definitiva, las miradas sobre nuestro estar/vivir/ser en sociedad, nos han conducido a que, estas lecturas se organicen en diferentes momentos históricos según diversos grados de aceptabilidad o rechazo diferentes al  representado por las ciencias naturales que, con la excepción de situaciones muy concretas – por ejemplo y, en España, el krausismo o, la recepción del darwinismo-, han estado continuamente presentes en la historia política occidental y, que según nuestro entender, habrían conducido en los lindes entre el  siglo XVIII y el ochocientos a la necesidad de su acondicionamiento y santificación científica como saberes academizados independientes del control eclesial/teologal para constituirse como ciencia. En nuestro caso como Sociología; lo cual, no impediría que hayan existido miradas anteriores y paralelas de los hechos e interrelaciones sociales, que, siendo verdaderos saberes, por su particular rechazo o incomodidad desde lo asentado/considerado correcto, habrían sido expulsados/transterrados a las fronteras de lo científicamente admitido, dando lugar, a lo que consideramos como sociologías fronterizas. Sociologías, que posiblemente, nunca podrán ser consideradas como tales según la semantización acordada canónicamente, desde las instituciones del protomedicato sociológico, pero que sí, pueden ser entendidas como verdaderas sociologías en cuanto intentos, de comprensión y desvelamiento del convivir de las gentes. Unas sociologías meramente notariales, otras con insistencias reguladoras y de corrección. Otras las menos radicalmente fronterizas, casi unas sociologías del grito intentando la transformación de las estructuras de poder/control en la España de “oligarquía y caciquismo” Entre estas sociologías del grito tendríamos en nuestro país referencias casi exclusivas/excepcionales, relacionados con escritos patentemente sociológicos desarrollados por profesionales del mundo de las letras como Azorín con su Sociología criminal o dirigentes y militantes del anarquismo ibérico como Joan Montseny (Federico Urales) su compañera Teresa Mañé (Soledad Gustavo) Tarrida del Mármol, los Pellicer, (Rafael y Antoni) Ricardo Mella, Teobaldo Nieva y el propio Anselmo Lorenzo

Dicho lo anterior, y continuando con los referentes españoles, podríamos comenzar indagando en primer lugar, los recorridos de la reconstrucción/refundación/reinstitucionalización de la sociología en nuestro país. Olvidándonos por ahora, de los años en que se fue constituyendo la sociología española entre finales del XIX y el tiempo anterior al golpe de estado del 36. Nuestra sociología – la de los últimos 70 años -, la que se va academizando a cuentagotas, en Madrid, Barcelona, Valencia o Granada, fue desarrollándose desde el tardofranquismo recogiendo algunos brotes de los años cincuenta e incluso, anteriores. Decir que, sobre todo, fue un producto del tardofranquismo no sería otra cosa que, inscribir la sociología en el conjunto total de acontecimientos histórico/sociales que convergen en los años del desarrollismo con el traspaso en lo político de la alpargatera, pero inmisericorde dictadura ideológica al autoritarismo controlado, que dura hasta 1978, con el inicio de la Transición. [15]

En cuanto, a la sociología y, a pesar de la permanencia del franquismo[16], esos brotes a los que nos hemos referido vendrían de sementaras diferentes y de otras fuentes, casi subterráneas – por ejemplo, el eco de la ILE y la memoria dejada por los transterrados[17] junto a los amordazados[18] desde dentro- que, solo desde la perspectiva reflexiva actual, podemos reconocer la importancia que pudieron representar. Por poner una fecha, probablemente la más acertada, sería la de 1953, cuando se instaura la primera[19] cátedra de sociología ocupada en 1954 por Enrique Gómez Arboleya (1910-1959). Con el maestro Arboleya, se puede decir que, se inaugura en España un saber estrictamente sociológico desvinculado de las utilidades políticas franquistas de la sociología, madrugadoramente materializadas/intentadas tanto, en la creación en 1939, del Instituto de Estudios Políticos[20] como, de la nueva Facultad de Ciencias Políticas y Económicas (U. Central de Madrid) en 1943. En ese mismo año, 1943 se crearía también el Instituto Balmes de Sociología dentro de la cobertura administrativa del CSIC con Severino Aznar como primer director. Dentro de las actividades de este Instituto habría que resaltar su aportación a la reconstrucción de un hilo de comunicación con la comunidad sociológica internacional, primero alemana y más tarde norteamericana mediante la RevistaInternacional deSociología[21] cuyo primer número se publica en 1943 bajo la dirección de Severino Aznar y la gestión técnica de Carmelo Viñas Mey. Anteriormente, en 1941, el IEP editaba su Revista de Estudios Políticos dirigida en sus primeros números por Fernando M.ª Castiella y posteriormente por Javier Conde[22].Paralelamente, aunque con retraso, la jerarquía católica montaba su negociado sociológico con la creación de la mano y báculo de Herrera Oria del Instituto Social León XIII en 1950 con la finalidad de propagar la llamada Doctrina Social de la Iglesia en ya, patente competencia con el propagandismo social falangista. Esta institución intentaría sin mucho éxito[23] con su incorporación en 1964, a la Facultad de Filosofía de la Pontificia de Salamanca, el monopolio de la sociología española en competición con el Instituto de Estudios Políticos y, sobre todo, de las nuevas Facultades de CC. Políticas y Económicas que venían ido formalizándose a partir de 1953 en Madrid, Barcelona, Valencia y Granada para conseguir en 1962, con la inaugural cátedra ganada por Salustiano del Campo en la Universidad de Barcelona, la total emancipación – a continuación de Arboleya en 1954 – de la sociología de las tutelas  del Derecho Político, la Filosofía Social o la Ética. A finales de los cincuenta aparecerían algunas otras que, estando en el circuito eclesial del nacionalcatolicismo nacieron, más conexionados a la estructura oficial del “Movimiento” como el surrealista Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos promovido y gestionado por el falangista benedictino Fray Justo Pérez de Úrbel.[24] En años posteriores con un tardofranquismo agonizante, surgieron otros centros para/académicos sociológicos de factura original religiosa, pero desligados de las obsesiones catequísticas de la jerarquía eclesial que, como el olvidado Instituto de Sociología Aplicada de Madrid (ISAM) fundado por el sociólogo de la Orden de Predicadores Fray José M.ª Vázquez en 1970, realizaron una interesante formación en el campo de la psicología social y sociología aplicada

Dentro del ámbito de influencia de la Iglesia, siempre, tenemos que citar la gran aportación representada por la Fundación FOESSA[25] especialmente en lo que atañe a la práctica concreta de lasociología como herramienta de conocimiento de la realidad española en momentos en los que ya, se barruntaba el cambio sociopolítico a partir de sus primeros informes de los años 1966 y 1970.  Informes que desde el rigor metodológico se deben a la maestría profesional de Amando de Miguel (1937) Uno, de los – quizá, pocos -, refundadores de la sociología española que, sin olvidar la teoría, se habría decantado preferentemente, por la práctica del oficio.[26]

Ya que en estas primeras notas nos hemos engolfado en el rastreo de huellas recientes del hacer sociológico español y, dentro del terreno de las instituciones que colgaron de los andamios oficiales tendríamos que mencionar al polifacético Instituto de la Opinión Pública (IOP) como centro de producción sociológica en donde bracean juntas la búsqueda del rigor teórico con el hacer práctico, desarrollando  multitud de estudios de campo, que retrataron toda la topografía – posible en esos tiempos –  de oficios, profesiones, comportamientos y deseos “controlados”. Se crearía en 1963, dentro del organigrama del Ministerio de Información y Turismo, regentado/tutelado por Fraga Iribarne, durando hasta 1977 dando paso, al actual Centro de Investigaciones Sociológicas. A partir de 1965 y hasta 1977 (traspaso a la REIS) publicará la Revista Española de la Opinión Pública (REOP) en cuyo ejemplar nº 1 del verano de 1965 encontramos artículos y colaboraciones entre otras, de Juan Linz, Amando de Miguel, Juan Beneyto, González Seara o Murillo Ferrol con la inclusión del diseño de una macroencuesta sobre “Medios de comunicación de masas en España”. Nadie pensaría que los antecedentes del IOP estuvieran en un siniestro y no muy conocido organismo llamado “Servicio Español de Auscultación de la Opinión Pública” creado en 1942 y, cuyo director sería Cayetano Aparicio López, hermano del tristemente bruñidor de la represión en los medios de comunicación durante el tiempo de los “alegres clarines vencedores” Juan Aparicio López, director en esos primeros años del franquismo de la Dirección General de Prensa.

En esta rápida mirada, casi arqueológica ya, fuera, del decorado gubernamental o parainstitucional, tenemos que mencionar a CEISA.[27] Hablar, escribir sobre CEISA, aparte de su relevancia en la sedimentación de una “sociología crítica a la española” es como entrar en un relato en el que se entrecruzan realidad y fantasía; un poco como el mayo del 68. Todo progre de bien – y no digamos sociólogo con pedigrí, ha fantaseado con su paso por CEISA y el París de las barricadas. En realidad, CEISA no fue un genuino centro de formación sociológica. CEISA y la Escuela Crítica fueron “tan solo una ilusión” (dixit Prigogine, 1993) pero, a modo de potente significante que aglutinó emocionalmente, una gavilla de voluntariosos estudiantes[28] que, sin tener mucha idea de que, podía suponer, eso de lasociología, les atraía su música. Y, realmente, los que de verdad pasamos y estuvimos puntual y religiosamente por sus aulas, no aprendimos mucho de sociología en su sentido estrictamente operativo, aunque en lo teórico y conceptual oteamos con nitidez y, emocionalidad de conversos que, “otra sociología era posible”. Realmente, lo que captamos, incluso sorbimos y saboreamos, fue una música, las notas de la emoción/imaginación sociológica. Nos ocurrió como a los profanos de la Ópera que, sin descifrar la letra del Nabuco de Verdi se entusiasman con el mensaje de libertad que trasluce el coro que se inicia con el “va penseiro” De cualquier manera, los que sí, pasamos por CEISA, nunca podremos olvidar esa nueva tonalidad compartida de saberes, huidizos y, al mismo tiempo penetrantes, de una sociología para la “transformación del mundo”, aunque la puñetera realidad nos dirigiera a muchos de nosotros a una simple – pero nunca autoengañada – sociología para su “administración.” Un juego de sensibilidades e ilusiones, además, compartidas por una gavilla de doctos maestros irrepetible: Entre otros: Aranguren, José Luís Sampedro, Antonio Colodrón, la triada cualitativista representada por Jesús Ibáñez, Alfonso Ortí y Ángel de Lucas; el entrañable y sabio antropólogo Eloy Terrón, el severo – y, en general distante – pero concienzudo y riguroso Tierno Galván; el urbanista Mario Gaviria; José María Maravall, Carlos Moya, Amando de Miguel, José Luis Zárraga, Mercedes Vera, socióloga de la educación y la única mujer del profesorado, más, la gestión técnica de la Secretaría del centro llevada concienzudamente por Carmen Iglesias y Vidal Tascón. Detrás de todo esto, desde las bambalinas hasta el foso del apuntador, pasando por la tramoya y el escenario, la figura omnipresente e imprescindible del profesor José Vidal Beneyto, (1927-2010), el entrañable “Pepín” y “Sr. Zabala” en la clandestinidad; corazón y músculo de CEISA, maestro y amigo inolvidable[29].

En cuanto a la práctica de la sociología desde entidades privadas nos quedamos solamente con las que a nuestro entender serían las más reseñables. IBEROMÉTRICA, DATA, METRA-SEIS, CONSULTA y ALEF (Ultra, nota 3) que, desde la segunda mitad de los años 60 – Alef, sería la más joven (1972) -, y dedicas sobre todo a los estudios de mercado, funcionaron como verdaderas plataformas para la práctica y aprendizaje de las técnicas empíricas, muchísimo antes, – descontando al IOP – que, en los centros universitarios de la época con cátedra o departamentos de sociología, apareciesen unidades docentes específicas, sobre metodología y técnicas de investigación. Al instituto ALEF, le cabe además el mérito de la verdadera profesionalización de los estudios cualitativos a partir de la utilización del “grupo de discusión.”[30] A estos centros de estudios de mercado habría que añadir algunas agenciasde publicidadcon Departamentos propios de investigación de mercados como DANIS (1952) y TANDEM (1972) seguidas por CONTRAPUNTO en 1974[31]

Otro circuito para la refundación de la sociología que nunca tenemos que olvidar, estuvo representado por algunas editoriales, en su mayoría latinoamericanas, que, desde los primeros sesenta, introdujeron en algunas librerías de Madrid y Barcelona, sus catálogos de traducciones, de casi la totalidad de escritos de los grandes autores de la sociología europea y norteamericana. La más señera y representativa, sin duda, el FCE de México, fundada por Daniel Cosío Villegas (1898-1976)[32] en 1934, con la aportación de Echavarría (1939) como director de su sección de Sociología. Acompañando al FCE,[33] aparecen otras, latino/americanas y españolas en la recepción de la literatura sociológica básica. Sería una época en la que, los ansiosos estudiantes de CEISA, mientras nosquedamos en sus aulas tan solo con la música,agarramos muchas veces la letra de la sociología en los textos y traducciones que, con esfuerzo, íbamos encontrando en las estantes de contadas librerías de algunas ciudades españolas en donde a menudo, coincidíamos con los agentes de “la Social “que, con objetivos opuestos buscaban lo mismo que nosotros[34].

Al mismo tiempo, otro aspecto a considerar sería el de la sociología aplicada y el trabajo de campo como manifiesto indicador de la constitución del oficio de sociólogo. Mientras que, por ejemplo, la medicina o las ingenierías y ciencias físico/químicas, no admiten diferencias espacio/temporales entre la cátedra, la escritura o lo que pueda constituir, un oficio o actividad empírica hay, saberes que se hacen, se materializan socialmente, a través de su ejercicio o práctica como oficio o profesión en ritmos diferentes, y, donde el tiempo de la teoría puede ser muy anterior o posterior, al de la sedimentación de ese saber cómo oficio. Esta situación será habitual en las ciencias humanas y sociales haciéndose estructural en el terreno de la sociología. Precisamente y según nuestra opinión, la gran aportación – aparte los intentos de Marx en este sentido con su encuesta a los obreros franceses de 1880 – de Durkheim, a la reconducción de la sociología desde la teoría a la práctica – continuada por los sociólogos de Chicago – sería su estudio sobre el Suicidio (1897). De alguna manera, organizar un relato o un discurso sobre las intersecciones entre comportamientos, realidades cotidianas y estructuras sociales y descontando la tempestad ideológica representada por Marx o los sociólogos de Frankfurt, será siempre más tolerado y, más sencillo, que desarrollar y utilizar procedimientos, miradas operativas que, desnuden los hechos sociales y que, desde esta misma desnudez y evidencia, puedan organizar estrategias de corrección o cambio. Se podrá y se permitirá pensar y, hasta si se quiere, escribir; pero a la hora de desarrollar dispositivos para el hacer, siempre se desencadenan, más sospechas y recelos. La práctica de la sociología a partir de la organización de la mirada sociológica mediante dispositivos sistematizados de escucha es lo que verdaderamente traspasa y fecundiza el saber sociológico y le otorga para bien o, para mal toda su legitimidad científica. El atreverse a pensar, el repetido “sapere aude” no se redondea ni completa en sociología si no se hace, mirada, escucha y práctica, mediante herramientas metodológicas apropiadas que, además siempre, siempre, van a estar interrelacionadas con el saber cómo teoría. Así, por ejemplo, desde un diseño teórico funcionalista, se estará en disposición de utilizar casi hegemónicamente herramientas de mirada cuantitativas mientras, que, desde enfoques crítico-estructurales se dará protagonismo a dispositivos de mirada y escucha cualitativos.[35]

No obstante, en este asunto de la teoría y la práctica parece que se suele arrastrar una cierta confusión posiblemente heredada desde los años treinta, con la intensa aportación de la sociología positivista/funcionalista norteamericana heredera de Spencer y Durkheim y santificada por Parsons, y Lazarsfeld, y, del que quizá participa lateralmente el estructuralismo funcionalista de Robert Merton, que determina la beatitud del trabajo de campo y la cuantificación como cumbre y representatividad última de la sociología en un alarde de superación pero a la vez, de incorporación de la doctrina delos teóricos del Círculo de Viena – especialmente Carnap y Popper – Realmente y, aunque el hacer del sociólogo se haga oficio práctico/reconocible desde el trabajo de campo, debe permanecer siempre, apoyado en una profunda reflexión teórica y leído desde postulados epistémicos diferentes. Por eso, puede haber sociólogos que nunca hayan desarrollado trabajos de campo, y sociólogos que solo o preferentemente, hayan pensado sobre los hechos sociales. En suma, hacer sociología, no supone exclusivamente, preguntar metódicamente, “encuestar” y, codificar respuestas, sino, algo más complejo, mirar, escuchar metódica/reflexivamente, el latido de las gentes. De ahí, la robustez de la mirada sociológica que se puede desprender de los escritos de Marx, Weber o Simmel y, de las aportaciones de otros autores que construyen su particular sociología, desde una palabra viva no extrañada/cuantificada, como el Jacques Rancière de la “Parole ouvrière” (1976) y “La nuit des prolétaires” (1981) o el Richard Sennett de “La corrosión del carácter” (1998), pudiendo incluso ir más atrás y sin forzar mucho las cosas, rastrear estas miradas en las trilogías de Baroja y Barea con la darwiniana La lucha por la vida (1904) y La forja de un rebelde (1941) sin olvidarnos del Don Quijote cervantino (1605)

Sin embargo, y, a pesar del papel significante de las metodologías cualitativas, no despreciamos el valor referencial de las técnicas cuantitativas…contar/censar a la población y, desde los tiempos del hebreo dios Jehová[36], la Roma Imperial la Europa medieval, incluso, hasta la primera modernidad – la del Renacimiento-, era el soberano, el único que podía contar a sus súbditos. Probablemente los humanos desde el Neolítico podían contar a sus ovejas y animales domésticos, pero contar a los hombres sería algo exclusivamente propio del Dios o, del Rey. Sencillamente porque mientras que los animales eran propiedad de los hombres, éstos eran propiedad del soberano o de los dioses.

Probablemente esta práctica de contar a la población nos puede dar alguna pista en el rastreo y en la genealogía, de una especie de arqueología de las diversas estratégicas presociológicas o incluso sociológicas, anteriores a una sociología sin sociología. En cualquier caso, podríamos decir que, antes de mirar/escuchar/relatar sobre la vida de relación de/entre las gentes, estuvo el contar, el contabilizar cuerpos/gentes/poblaciones como objetos productivos. Y, este contar, a pesar de lo inocente que se nos podría presentar en una primera lectura, será algo maldito, cargado por Satanás siempre, que no sea controlado por Dios. En suma, para los poderes constituidos ya sean teocráticos, o monárquicos o, incluso, democráticos/escaneados, acercarse y no solamente mirar al hombre en su existencia – siempre social -, sino simplemente contarle, será hasta nuestros días, una paradójica mezcla de sospecha y de necesidad. Al fin y al cabo, la sociología que se va institucionalizando desde el siglo XIX y, que, en definitiva, traspasa las tutelas sobre la vida de los hombres (como “los otros” y, no desde el “nosotros”) por Dios y el Rey (o las democracias/simulacro de impresora en cuatro dimensiones) iría sustituyendo esas tutelas en finos cuando no, penetrantes y virtuales, dispositivos de control ya sean desde la Academia o desde el Capital.

Además, y, de alguna manera, el hecho de contar, y la aparición de lo “cuantitativo,” en la construcción de las “sociologías “merezca alguna consideración, que, muchas veces, los sociólogos progre/catequistas, educados o formados en las sociologías pretendidamente consideradas como críticas, han tratado despectivamente o, simplemente ignorado[37]. Recordemos como ejemplo, una referencia a San Isidoro de Sevilla (siglo VI d.C.) inscrita en la primera página de “La medida de la realidad” del historiador norteamericano Alfred W. Crosby (1997)

“…Quitad el número de todas las cosas y todas las cosas perecen. Quitad el cálculo del mundo y todo queda envuelto en oscura ignorancia, y tampoco el que no sabe calcular se distinguirá del resto de los animales…”

Al mismo tiempo, tendremos que considerar la distinción entre dos modelos de hacer sociología. Por un lado, la sociología como disciplina, esto es, como sociología académica o de cátedra y, por lo tanto, como un saber “disciplinado” acotado espacio/temporalmente y normalizado socio/institucionalmente. Por otro, como una práctica, como una mirada y, sobre todo, como algo centrado en una acción relacional en el sentido weberiano; diversificada, rizomática y repartida desde muy diferentes ámbitos ideológicos, profesionales, intelectuales, temporales y espaciales, abiertos y, diseminados en el tiempo y, espacio histórico que, de una u otra manera, se habrían ido sedimentando a lo largo de periodos situables más allá del tiempo del industrialismo. En este sentido, la sociología será siempre una disciplina excepcional y paradójica que, se mueve entre la teoría y la práctica, necesitando como cualquier saber científico de la sistematización académica y a la vez, escapándose de una operatividad que intentado hacerse “disciplinable,”[38] se revuelve continuamente en su contra. En realidad, y, aparte de este balanceo, más abierta y fluida en su práctica que, encorsetada académicamente; quizá, como lo tiene que ser, un saber sobre lo discontinuo, lo ausencial y nunca objetivable. Un intento de hacer ciencia sobre la construcción evolutiva/problemática de la humanización/sociabilidad. Una ciencia de los hechos sociales, como realidades en/de convivencia, que no debe centrarse en el hecho social[39] como cosa/ objeto, para ser manejado y explicado a modo de las ciencias naturales porque es, otra cosa; supone una acción social un contacto y una relación con los otros de la que, además, forma parte el investigador. Algo, que solamente puede ser más, comprendido que explicado; algo, que supone como sabiamente apuntaría Weber, a una “Verstehen,” a evidencias endopáticas diferentes a las lógicas y claramente objetivables de las ciencias naturales. Nunca repetibles y, siempre, atravesadas por intensos condicionantes valorativos. Un átomo[40], descrito y visualizado fisicoquímicamente en el XIX, o en su desmenuzamiento y ampliación por la nueva física de partículas de nuestro tiempo, estructural y esencialmente, siempre será la partícula indivisible y universal diseñada por John Dalton (1808) siendo, su aplicabilidad objetiva y objetivable en San Petersburgo o en Palencia idéntica, aunque, lógicamente, salvando las modificaciones puntuales derivadas de nuevos descubrimientos. El hecho del “convivir;” un comportamiento humano/social, un modo de existir de una institución como la familia o el matrimonio sujeta a valoraciones y condicionantes ausenciales culturales e históricos, noserá la misma en Barcelona o en un campamento saharaui. En las ciencias naturales bastará en principio, con unaevidencia matematizada. En las sociales, se necesita el sentido, los significados.[41]Forzando el análisis, casi como si comparásemos amígdala y emocionalidad animal con neocórtex y comportamiento humano o, reflejo, con memoria humana y cultura.

Por otra parte, tendríamos otro aspecto sobre los que en general, no se suele hacer el suficiente hincapié, y, es, el carácter evolutivo del desenvolvimiento de la mirada sociológica que, salvo unos mínimos elementos de continuidad, siempre presentará una patente discontinuidad diacrónica y heterogénea marcadas por diferentes tiempos, espacios y condicionantes académicos, ideológicos o metodológicos. Por el contrario, las ciencias de la naturaleza son siempre acumulativas; de tal manera, que se puede rastrear perfectamente de manera casi lineal su desarrollo histórico desde, el átomo de Demócrito (siglo V a.C.) – a pesar de Aristóteles y Platón-, hasta el modelo de Schrödinger (1926). La cuestión residiría sencillamente en la adecuación de la teoría con las capacidades y técnicas de experimentación. Su único freno; el encorsetamiento de la mirada y la práctica del investigador, en definitiva, la ausencia de libertad[42].

Para la sociología, este caudal de acumulaciones y encadenamientos teórico/prácticos nunca ha funcionado de la misma manera o, por lo menos, nunca ha supuesto un desarrollo lineal a través de la historia social de los humanos. El único elemento acumulativo válido para la sociología sería el de la memoria socioemocional de las gentes como catalizante de la conciencia y modos del convivir. Pensemos, por ejemplo, en la idea/concepto del nosotros como constitutivo del constructo sociológico de convivencia. La convivencia en la Polis del siglo VI, el tiempo de los milesios; se organiza desde un espacio de comerciantes y marinos con gobernanza no democrática. Su nosotros supone una convivencia según unos intereses comerciales que no necesitan de la palabra como expresión de un estatus de libertades. Les basta con su peculiar modelo de racionalidad funcional. El orden de la polis milésica será, el del mercado. El saber que necesitan para este orden es el físico/geométrico; el que les puede servir para navegar y comerciar. Su saber sobre el nosotros, se basta con que convivan de manera adecuada para que funcione el mercado. Incluso, con la excepción de que ésta no sea insoportable, el modelo de gobernanza asentada sobre la tiranía es aceptada y, hasta pertinente. Por el contrario, la Polis de la Atenas del siglo V, es radicalmente diferente. Se constituye como Polis-Estado; es comercio y sobre todo, una mezcla de ambición hegemónica, poder y supervivencia, según, un nuevo modelo de gobernanza hasta ese momento desconocida y, asentado sobre la democracia. Es más, la sociología, siéndolo, no es solamente los que “hacen los sociólogos” (dixit Carlos Moya, 1970) Como praxis/arte de un oficio, supone además una reflexión, un saber discursivo/filosófico sobre un componente estructural de lo humano que nunca se debe quedar en la respuesta tautológica[43] y simplona del “estudio de lo social” o de las relaciones entre el hombre y las instituciones consideradas y catalogadas “como sociales” y que, razonablemente tampoco es -o ha sido – exclusivo de los sociólogos academizados. En suma, entendiendo la realidad como algo compuesto por tres mundos o espacios significantes; el mundo físico exterior a nuestro cuerpo, el mundo interno con sus diversas ramificaciones desde lo biosomático a lo bioneural, nos encontraremos con un tercer mundo, el social humano, el espacio del nosotros que constituye precisamente nuestro excepcional hábitat como seres vivos y, que, además, interrelaciona[44] con los otros dos mundos y, muy especialmente con el internoa partir de la unidadconstituyente del cuerpo como totalidad. Este mundo del nosotros, nuestro espacio significante en la realidad del cosmos constituiría, el suelo sobre el que debe trabajar este peculiar saber al que hemos venido en llamar Sociología (cursivas nuestras)

Lo que algunos ilustres “padres fundadores” de la disciplina han etiquetado como “hechos sociales” nunca serán entendidos en puridad sin referirlos a este peculiar nosotros que, a nuestro entender, supone una transformación radical en la cadena evolutiva de la vida. Quizá por ello, sean tantas las dificultades para agarrar la teoría y la práctica de este saber, que descansa sobre algo tan sensible, cambiante y resbaladizo como puede ser el desarrollo de un paradójico modo de vivir del linaje de los humanos que, más que Homo sapiens son/somos, fundamentalmente “Homo socialis” aunque, desgraciadamente avocados a ser en un futuro -ya palpable-, “Homo digitalis”[45]

Hay sociólogos eminentes, que nunca fueron más allá del reflexionar teórico, metodológico o epistémico sobre la disciplina como podía ser el caso de Comte, Spencer. Otros como Manuel Sales y Ferré[46], Durkheim o Weber[47] más también, Adolfo González Posada, combinaron la reflexión teórica, con trabajos empíricos concretos y, a la vez, hay sociólogos que hacen sociología sin haber pisado nunca o de manera lateral, una cátedra de sociología,[48] diseminados en campos profesionales tan dispares como la medicina, el periodismo, la gestión política, el derecho o incluso, las ciencias naturales y la milicia, que hicieron sociología. Sin ánimo de crítica al término utilizado por el profesor Moya si no,simplemente, haciendo, una discreta puntualización, quizá se quería referir a lo que hacen los sociólogos más o menos profesionalizados/colegiados desde aproximadamente la mediana del pasado siglo, confundiendo quizá, el estatus profesional o de oficio, con la práctica de la escritura o el relato sociológico antes – o paralelamente – de su academización como profesión. Práctica, relato o escritura que perfectamente se puede rastrear – sin recurrir a griegos ni a musulmanes[49] – hasta el quinientos de nuestro tiempo occidental y, aunque tal menester, sea más bien sociografía o filosofía social, más que una sociología estricta tal como la que, podemos y queremos considerar en la actualidad.

Quizá, la Sociología y los sociólogos estemos condenados a una suerte de maldición bíblica que continuamente hace de nuestra disciplina un saber y una práctica tan inescrutable como “los caminos del Señor”. Abundando en la frase – por otra parte, imaginativa y atrayente – de que “la sociología es lo que hacen los sociólogos” también podríamos decir “imaginativamente” que no, todo lo que hacen algunos considerados sociólogos es sociología o que, no toda la sociología está realizada por sociólogos[50]. Más ejemplos y más incertidumbres como cuando se trata, de si los trabajos higiénicos/topográficos del XVIII realizados por médicos como Casal o al final del XIX por Hauser, se pueden considerar como escrituras sociológicas[51] o, remontándonos al XVI, XVII, el De subventione pauperum (1526) de Vives o los escritos del jurista Thomas Cerdán de Tallada o del jesuita Pedro de León, que desarrollan una verdadera obra pionera, de sociología penitenciaria y delincuencial.[52]Dentro de este campo de la sociología prisional, nos encontraremos más tarde con la aportación de Jacobo Villanova y Jordán, un fiscal de la saga de filósofos y juristas ilustrados de la llamada Escuela iluminista Salmantina[53] que en 1819 presenta su escrito: Cárceles y Presidios, Aplicación de la panóptica de Jeremías Bentham” [54]verdadero tratado de sociología penitenciaria. Durante el XIX, nos podemos encontrar con el muy pocas vedes mencionado y estudiado en nuestras Facultades de Sociología, Ramón de La Sagra y Peris, etnólogo y un verdadero pionero de la sociología española. Un personaje adscrito al partido Liberal y muy próximo al anarquismo – sería colaborador de Proudhon -,y fundador de la primera revista anarquista en España rotulada El Porvenir (1845) con escritos tan sociológicos y adelantados, como un artículo que redacta en 1842 sobre la Industria del algodón y los obreros en Cataluña, sin contar con los numerosos libros de patente significación sociológica desde sus Lecciones de Economía Social (1840) Estadística sobre Madrid (1844) a sus Notas sobre la historia de la prostitución en España (1850)

En la misma línea de olvidos y omisiones académicas tendríamos al ingeniero, urbanista y político liberal/progresista Ildefonso Cerdá (1815-1896) que en 1856 y como apéndice a su Teoría general de la urbanización (1867) realiza una madrugadora encuesta titulada Monografía estadística de la clase obrera de Barcelona indiscutible escrito de sociología sin olvidarnos que el primer utilizador de la palabra sociología en España sería el político del Partido Progresista José Manuel Nieto Villarejo (1825-1882) con su discurso ante la Academia de Jurisprudencia y Legislatura en 1874 en el tiempo de los para nosotros, sociólogos del krausopositivismo español como Giner, Nicolás Salmerón Azcárate y Urbano González Serrano, Pedro Estasén, Serrano Fatigati, Salvador Sampere, Pompeyo Giner, y Laureano Calderón. Algunos – sino la mayoría-, cuyo peso profesional se centra en menesteres no estrictamente sociológicos, pero cuya sensibilidad intelectual claramente positivista, les acerca y abre las ventanas a consideraciones y modelos de mirar adelantadamente sociológicas. Saga y a la que, se unirían de alguna forma, Concepción Arenal, Joaquín Costa, y el sociomédico Ángel Fernández Pulido[55], más la olvidada figura del sociomédico hispano cubano Enrique Lluria y Despau (1863-1925) al que nosotros consideramos como un precursor de la neurosociología en España desde su escrito: La evolución superorgánica (1905) y La sociedad del porvenir (1906) con singulares aportaciones a la sociología del trabajo y a la sociología de la salud laboral.[56] En la misma saga de estos numerosos sociólogos fronterizos tendríamos a otro transterrado  José Verdes Montenegro y Montoro (1865-1940) al que se le puede perfectamente considerar como unantecedente junto a Simarro de la psicología social española deenfoque sociológico.[57] Y para terminar con esta abultada panoplia de no sociólogos que hacen sociología, tendríamos la figura de un novelista, José Martínez Ruíz (Azorín) que publica La Sociología criminal en 1899[58].Por consecuente, hablar de sociólogos y sociología y para encaminar razonablemente el silogismo, tendríamos que preguntarnos también por ¿el quien son, los que consideramos como  sociólogos? Esos, de los que predicamos que hacen sociología y, por lo tanto, desenredar el nudo tautológico de la cuestión. La respuesta sencilla y posiblemente no muy esclarecedora ha consistido frecuentemente en su atribución a aquellos que, institucionalmente, son considerados por la academia/universidad o los Colegios profesionales como sociólogos. Con lo cual, nos podemos situar en el mismo círculo diabólico que seguiría emborronando el asunto.

Probablemente, al encararnos con la cuestión del ser y desarrollo de la Sociología lo primero que tendríamos que considerar sería qué, aparte, la obviedad de la razonable existencia de diversas escuelas como en cualquier saber científico, no existe una única Sociología del mismo modo a como existe una Física, una Química o una Biología. En último lugar, se trataría más bien de Sociologías. Y, esto, no es solamente una consecuencia del eje epistémico central que atraviesa todas las ciencias “del espíritu” como dirían los clásicos. Los saberes sobre lo social – y desde ello, también lo emocional y psicológico, recordando la machadiana frase “…en nuestras almas todo por misteriosa mano se gobierna…nada sabemos del alma nuestra”– serán siempre, conocimientos que difícilmente pueden ser convertibles exclusivamente en leyes o datos estables a modo de las ciencias naturales; precisamente, por su carácter individual/comunitario y nunca repetible que, además, será continuamente diversificado por los escenarios psicosociales en que se dan y desarrollan, con momentos, escenarios y espacios diferentes. Nunca será la misma, una sociología que nace como en Inglaterra o Francia, en sociedades en las que las burguesías han consolidado su estatus hegemónico a otras, como la española, en la que poder y mentalidades continúan engatilladas en lo estamental y eclesial con muy limitados y localizables núcleos burgueses como pudo ocurrir, con ciudades como Cádiz o Barcelona precisamente, por donde se introducirían a partir de 1830, los primeros relatos y enfoques presociológicos españoles a partir de la recepción de los escritos de los – quizá mal llamados – socialistas utópicos. Es más, incluso en países como Alemania en donde indudablemente, se construirá a partir de la última década del ochocientos una robusta cultura sociológica, ésta, nunca presentará el diseño de la nacida en Francia. Mientras que la sociología francesa seguiría en parte, siendo heredera del poso reformador/ transformador del relato roussoniano, sansimoniano, fuerierista o cabetiano[59] – a pesar de Comte y Durkheim -para enlazar posteriormente con el radicalismo prouduniano. En la Alemania de Bismark y del II Imperio, la herencia, aparte del nutriente filosófico hegeliano/kantiano – y la sementera marxengeliana – será, la del cameralismo del XVIII y la inclusión de la mirada sociológica en la cultura de la gobernanza, de la polizei/racionalización del Estado con un potente protagonismo economicista.

Como saber disciplinado, y con respecto a nuestro país, ninguna objeción a la fijación de su estatus institucional a lo largo del último cuarto del ochocientos español; acontecimiento por otra parte, nadadistanciado – posiblemente todo lo contrario –[60] del de otros países cercanos, aunque, su acuñamiento semántico/gramatical, se diese unos 50 años antes en Francia, de la mano de la segunda lección de las cincuenta y siete[61] que conforman el Curso de filosofía positiva de Auguste Comte entre 1830 y 1842.

El asunto, residirá en que, ese último cuarto de siglo español es eso mismo, español y singular, supone el tiempo de la acumulación de derrotas; como poco, el de las ilusiones y posibilidades de 1812, 1820, 1868 y 1873. Derrotas de las esperanzas políticas y culturales que llevarán a cuestas el particular modo de conceptualizar y desarrollar la sociología en nuestras tierras de tal manera que, más, que una  sosegada herramienta de cierre del canon científico occidental, como culminación del control del hombre sobre su entorno articulando, naturaleza y sociedad, será sentida y vivida en/por algunos sectores, como una palanca excepcional para la  transformación social, modulada[62] según el contexto en que se desarrolle: El krausista, el republicano, el católico/social o el obrerista y por lo tanto, revestida de claras tonalidades ideológicas; en suma, de valores y ambiciones. Por el contrario, la construcción de las ciencias duras, presentarían una genealogía funcional, en el manejo de la naturaleza que, en último lugar, tendría como eje umbilical de sustentación la superación del enfoque teológico del “designio” pero, más allá de este revestimiento conceptual, son saberes carentes de emocionalidad e imaginarios profundos salvo, sus ensoñaciones de progreso indefinido y constante. Saberes además cuya academización responde a un mecanismo coherente con su propia estructura epistémica que pide a gritos continuamente, una observable operatividad en diferentes órdenes de lavida material, aunquesiempre, posiblemente más, centrada en intereses frecuentemente ajenos a las necesidades reales de las gentes. y, que, no obstante, van a estar, como en nuestro país, continuamente sometidos a inquisiciones, vigilancias y sospechas.

Si esto, ocurre con las ciencias naturales, nos podemos imaginar su deriva en relación con las ciencias sociales que trabajan sobre el núcleo sensible/basal de la realidad, y, especialmente, con resultados operativos en muchas ocasiones fracasados o incluso abortados radicalmente.[63]

En todo este panorama de tiempos y lugares tan diferenciados, se nos presenta además relevante la posible endeblez del argumento ampliamente utilizado a modo generalista/universal por muchos historiadores de la sociología de que ésta, únicamente se formaliza y desarrolla en ámbitos sociopolíticos y económicos en los que tanto la sociedad industrial/fabril, como las burguesías, se habrían consolidado[64]. Siendo esta premisa válida desde un punto de vista histórico/social que sirva de gran paraguas temporal/referencial, nos deberíamos preguntar, además, por las particulares modulaciones desde las que, en nuestro entorno, se van construyendo las hegemonías sociopolíticas y los modelos productivos, con especial referencia a las diferentes tonalidades, científicas, morales, políticas y psicosociales con que se iría construyendo todo el canon socio/epistémico occidental[65]. De aquí, que siendo en principio aceptable la anterior premisa que relaciona la constitución de la sociología con un determinado momento histórico, de hecho, el tiempo de construcción de la sociología no es, estrictamente el de la industrialización y hegemonía de las burguesías del capital, sino el de la modernidad. Por eso, en España, se daría ese particular recorrido en zigzag, de fundaciones y refundaciones paradójicas, en las que además hay que distinguir continuamente entre la sociología santificada institucionalmente desde la universidad y la mirada sociológica desde otros escenarios como el literario, el político o el popular obrerista. Tampoco podemos caer en la simpleza de considerar exclusivamente a la sociología académica – probablemente la única verdadera – como un saber para el control y sometimiento, siempre agarrada al poder y, a las otras, sin duda heterodoxas por desinstitucionales, como contenedoras exclusivas de la transformación y mejora sustancial de las condiciones del convivir humano. En principio, estas sociologías fronterizas que nos gusta denominar como sociologías del grito, se constituyen de alguna manera, desde saberes más o menos academizados como serían las del darwinismo y positivismo, articulando la cátedra – desde la ILE o la ateneísta a la universitaria – más o menos navegando entre el escayolado social y la reforma – y, el de la mirada crítica, o la sociología del grito, orientada hacia una radical transformación social. Una, asentada sobre el orden y el control; en ocasiones obsesionada por la puridad científica/metodológica, como discurso teórico, atrapada inauguralmente por los flecos de la metafísica o la filosofía política y en nuestros días fascinada por la neurona y el algoritmo, pero funcionalmente útil, para manejar los hechos sociales como algo en donde, se desterriotaliza el nosotros. Otra, una sociología criticona que, aunque en general, no llegue al grito revolucionario, se presenta continuamente, como sospecha o denuncia; precisamente, desde donde en general, parten las erosiones y agresiones contra el nosotros. Una mirada siempre, comprensiva/reflexiva y, crítica como lectura de los hechos sociales que, en líneas generales, querría actuar como herramienta operativa, transformadora o, simplemente, organizadora de una decente racionalización/mejora de la vida de las gentes. En suma, de dos sociologías, que nosotros la completamos con una tercera sociología absolutamente fronteriza, nacida de la peculiar apropiación de la segunda, por el movimiento obrero ibérico. Tres miradas y una triada de sensibilidades; unas, para el sometimiento racionalizado, otras, para la administración armónica o la revolución, desde las que, probablemente sin su delimitación, podemos permanecer continuamente engatillados a la hora, de acotar las significaciones y finalidades reales de la sociología y, muy particularmente de la española.

Con toda seguridad, como ocurriría por ejemplo con la medicina occidental en el traspaso del altomedievo a la Baja edad media y posteriormente a la modernidad renacentista, mediante la institucionalización universitaria y administrativa – incluso policial- de la práctica sanitaria[66], existieron prácticas sociológicas, como las hubo terapéuticas/sanitarias antes de la institucionalización de lo que supone curar o mirar lo que acontece a nuestro alrededor. Siendo por supuesto, diferentes las razones que llevaron a una u otra academización, lo cierto es, que ambos procesos, a pesar de su inicial “teoricismo improductivo” propiciarían la construcción de un robusto corpus epistémico que a la larga, permitiría prácticas profesionales más eficaces aunque, siempre,bajo la tentación de erigirse enrepresentantes hegemónicos de sus respectivos saberes continuamente atravesados por la paradójica influencia mandevilliana expuesta en su “Fabula de las abejas”(Bernard Mandeville, 1714)

Más allá de la sociología como saber “disciplinado” existieron sin duda alguna, miradas sobre la sociedad y, sobre todo, consideraciones sobre lo social y lo “sociable” como condición estructural del ser humano. Los griegos, Heródoto, Hesíodo, Tucídides, Polibio y en especial, Platón y Aristóteles llegarían a una suerte de relato protosociológico a partir de la historia y la política y, de su acotamiento en el espacio de la polis que, lo heredarían los estoicos romanos de la saga de Cicerón, Séneca y Epicteto introduciendo diseños filosóficos y naturalistas desde los que la vida en sociedad debe sujetarse a los principios del orden natural de la razón y las cosas. Desde aquí, el orden de la sociedad como ciudad, inicia su dependencia dependiendo de la acción humana, fuera de la voluntad de los dioses. Más tarde, al cristianismo romanizado, y su teoría del designio no le quedaría con San Agustín otro camino, que crear dos ciudades; la de Dios, y la del hombre. Tomás de Aquino, aquilata el asunto para que no haya dudas; de manera que, esa ciudad del hombre será controlada por Dios. A partir de aquí, se iría construyendo lentamente el discurso central de la relación hombre/política/poder/sociedad sobre un eje matriz. El de la desteologización de la ciudad con recorridos que inicialmente se conformarían con el traspaso de la ciudad de Dios a la ciudad del Rey; un referente le tendríamos en Maquiavelo (1531). El salto posterior estaría cercano, en el XVII y XVIII; desde la ciudad del rey se intentará construir la ciudad de la razón. El siguiente y no tan claro, último momento[67], sería la consecución de la ciudad del ciudadano. Pero para eso, habrá que matar al rey. En estos recorridos será en donde puede, se nos haga más comprensible, el significado de este peculiar saber que es, lo que llamamos Sociología.

La Sociología como disciplina y saber institucionalizado moderno/contemporáneo, necesita respirar, vivir y existir en la atmósfera sociocientífica desarrollada desde el siglo XVII por los aires de la razón. Algo, que no solamente tendrá que ver con los descubrimientos y desarrollo de nuevos dispositivos epistémicos sino, fundamentalmente, con las resistencias de las potentes inercias teologales/providencialistas heredadas y presentes, qué, impedirán o taponarán que, los “hechos sociales,” no puedan ser entendidos, “manejados” como entes objetualizados, como “cosas” – en el mejor sentido del término – y, por lo tanto, sujetos a la mirada científica. Taponamientos teoeclesiales[68] encamados/reforzados con los derivados del modelo de poderes del absolutismo, el mercantilismo, y la sociedad estamental. Estas resistencias no solamente van a ser diferentes en España, en Francia, en las Islas Británicas en las Alemanias, las Italias o en Norteamérica, sino que paradójicamente van a determinar, énfasis y connotaciones diferenciadas en las respectivas modulaciones y tiempos de constitución/institucionalización de la Sociología. Sacar a la sociedad de la ciudad de Dios y pasarla a la ciudad del Rey, no fue tarea fácil en la España del Barroco y de la Ilustración. Más difícil va a ser, aposentarla en la ciudad de la racionalidad científica y de la fábrica. Pero, por el contrario, todas esas dificultades no impedirían que la sociología española como un nuevo modelo de mirar su sociedad, no presente interés, presencia o fortaleza. Todo lo contrario; lo que ocurre será, que su entonación va a ser diferente a la de sociedades que han sorteado las presiones, resistencias e inercias tradicionales o las han resuelto/manejado de una manera radical como Francia, o “razonable” como Inglaterra con su “Gloriosa” de 1689 proclamando la Monarquía parlamentaria. En España, que durante casi todo el XIX y, no digamos del XVII y XVIII – a pesar de novatores e ilustrados – no logrará desprenderse o superar totalmente la hegemonía del modelo de “república cristiana “y, a pesar también, de no haber conseguido los umbrales de modernización/industrialización/urbanización de otros países, si, arrastra un componente que se nos presenta esencial, para la comprensión delproceso peculiar que supone la constitución y existencia de la sociología española(las cursivas son otravez, nuestras) Probablemente los sociólogos de la sociologíacuando intentan rastrear la arquitectura de nuestra disciplina, lo hacen desde parámetros método/epistémicos tomados de las ciencias al uso; de las físico/naturales con el acompañamiento de lo histórico/social. De ahí, sus reiteradas referencias a la consolidación de las burguesías, a la industrialización, o a ese cajón de sastre que sintetizan bajo el rótulo de la modernidad del modo de producción de la sociedad industrial. Siendo esto en principio, cierto, no supone otra cosa que un acercamiento para su cierre comprensivo, pero no, la clausura definitiva. Mientras que la Física y la Biología llevan consigo en su proceso de existencia/constitución un componente funcional de manejo y actuación sobre hechos, acontecimientos y necesidades de alguna manera situables fuera de contenidos valorativos o emocionales, la sociología, será siempre un saber asentado sobre relaciones de valor con potentísimos contenidos éticos, emocionales, socioeconómicos y políticos. Forzando la escritura podríamos decir que, frente al relato lógico/aséptico – aunque nunca inocente-, de las ciencias duras, la sociología es, o a veces, se ha presentado como un grito como un dispositivo ético/operativo, para la transformación de la realidad. La física o la Química manejan realidades opacas y nunca sensibles; las sociologías – aunque en ocasiones intenten/intentan “manejar” fríamente conflictos/aspiraciones, éstas serán siempre realidades “morales” cargadas de valor y atravesadas continuamente por robustas cargas socio/emocionales que, superan el simple manejo regulador para conseguir sentidas/ilusionadas o manipuladas[69] transformaciones sociales. En último lugar, y para hacer una honesta y sincera sociología de la sociología tendríamos que considerar que paralelamente a esta carga emocional/valorativa de nuestra disciplina, se une, se clavetea un potentísimo componente sociopolítico; de tal manera que nos atrevemos a decir qué, posiblemente, este asunto se pueda zanjar con la consideración probablemente simplista, pero también significante, de que en puridad solamente han/están funcionando, dos/tres modelos del saber/hacer sociológico: el que sirve para la racionalización laica de poder y, los que pueden contribuir al desvelamiento o trastocación radical de los mecanismos de ese[70] mismo poder. En román paladino, cerrar/entreabrir los ojos o meter el dedo en los ojos con menor o mayor intensidad.

En el caso español, la sociología o mejor, cualquier mirada sobre lo social que pretenda un cierto umbral científico/objetivo, presentaría junto a inevitables y fuertes resistencias conservadoras, una gran robustez emocional en los sectores más dinámicos – aunque fuesen minoritarios – de la sociedad española desde la segunda mitad del ochocientos tanto, de los colectivos demócratas republicanos y federales como del asociacionismo obrero y, muy especialmente del libertario. Podríamos decir que, en general, mientras que en Francia, Inglaterra o incluso Alemania, la sociologíapudo presentar un perfil relativamente suave y sosegado, – patente en Comte – en su proceso constituyente en España, por el contrario, ofrecería constantemente, un perfil de trinchera/barricada[71] según unos y otros, quizá, en la misma línea que lo pudo presentar el darwinismo, el positivismo, la ciencia en general o en el plano político, la consolidación de la laicidad del Estado y la transformación de la “república cristiana” en una verdadera “república laica”[72] y en una res/pública del y para el ciudadano.

En suma, en este asunto de saber o comprender qué es y supone, esto de la sociología/sociologías y los sociólogos; tarea en principio, casi tan esotérica, como las discusiones sobre el “sexo de los ángeles” nos topamos inicialmente, con una panoplia de “padres fundadores” que, desde diferentes y, a la vez, paralelas trayectorias y escenarios culturales, políticos y socioeconómicos van ofreciendo desde las primeras décadas del XIX, lo que parecen ser los anclajes semánticos y discursivos fundantes de lo sociológico. Un análisis sosegado de estos relatos nos ha llevado ya, – prudentemente – a una primera y provisional constatación original; la de que posiblemente, no debamos hablar de sociología sino, de sociologías. Pudiendo ser, en principio, un planteamiento razonablemente aceptable en el plano de su materialización como lectura de realidades mayoritariamente “ausenciales” que siempre, se desarrollan en modulaciones catalizadas por un infinito universo de variables difícilmente domesticables y convertibles en neutras o “independientes”[73]Sin embargo, sí, puede existir una especia de piedra/bóveda de sustentación de toda la esa variada mezcla de componentes que determina al final, la arquitectura sociológica. Cómo en la Alicia de Carroll (1865) la cuestión esencial reside en la formulación de la pregunta. ¿Cuál, es esta pregunta, en el asunto de la Sociología?: ¿La identificación de esa “piedra de bóveda” la podríamos formular redactando la pregunta de la siguiente manera: ¿Qué es lo que hace a la sociología que, como tal, sea eso, sociología y no, biología, física, economía o filosofía ¿La respuesta, aunque pueda parecer tautológica es muy simple; sencillamente, ¿el modelo de mirada sobre el “hecho social”? Algo, que supone junto a la implantación de una serena sistematización, encuentro, contacto/relación y muy especialmente interacción condicionada; pero de tal manera unido, a la propia socia/biología de la vida de los humanos que, va a presentar en los recorridos de la evolución, un momento o un proceso significante, en y desde, el que no se pueda entender, la especial particularidad de ese vivir, sin su articulación con el hecho social. Un hecho o, unos hechos que no son respuestas de supervivencia o adaptación refleja como los sostenidos desde la célula en la cadena general de la vida, o en la neurona de los seres más evolucionados sino elementos que, aunque ausenciales, van a ser desde hace varios cientos de miles de años, los determinantes de la existencia de un modelo de vida en la biosfera terrestre que consideramos y denominamos humana y que abundando en el asunto, diríamos incluso, que la habitual referencia a la vida social cuando se trata de los humanos, pueda que no resulte del todo pertinente pues, ya, la propia vida biológica humana sería estructuralmente considerada, como vida social. Estos hechos sociales, atraviesan como huellas profundas toda la historia socioevolutiva de la humanidad desde los restos funerarios y pinturas del paleolítico, hasta las marcadas en la Playa de Rodas[74] siendo, la carne y la piedra[75] de ese particular ser vivo que, es, el humano/sapiens. El hecho social como significante relacional es, el cuerpo, el trabajo, los afectos y emociones; el arte y la cultura; los parlamentos, la política y los ejércitos en cuanto suponen “relación”, “contacto” e “interacción” entre individuos. Y abundando en el asunto, lo escamoteado, el significante a menudo escondido en el relato sociológico, será el poder, el dueño de los significados, la palabra y la mirada. Por eso, la sociología como mirada institucionalizada se ha construido -cuando era pertinente – verticalmente. Pero también puede existir otra sociología que no se construye, de arriba hacia abajo; un saber sin duda fronterizo que va, más allá, de las miradas de superficie sobre el convivir de las gentes que intentan desvelar los ejes de poder que disfuncionan esas mismas relaciones. Así, y, por ejemplo, para pisar suelo, no será lo mismo un estudio prospectivo sobre el clima laboral en una empresa promovido desde el Departamento de RR. Humanos y realizado por unServicio de Prevención“ajeno”, contratado al efecto, que, otro gestionado por el Comité de Salud Laboral de la empresa y pagado por un sindicato obrero.

Cambiando de perspectiva y probablemente repitiéndonos, la sociología seré siempre una ciencia de la interacción/convivencia humana condicionada, y deberá de una u otra manera no quedar encorsetada en la simple indagación del cómo, interaccionan entre sí, los componentes de una determinada estructura relacional, como si eso de la interacción humana se moviera en escenarios colgados de los cielos, debiendo añadir, como referencia/significante, de la preposición una especie de locus de control, anclado y determinado por la matriz socioeconómica y política en la que se mueve dicha estructura relacional.  Al igual, que la célula supone la matriz biológica y generalista de la vida presentado peculiares modos de interacción “fisicoquímica” pero siempre en conexión con su particular hábitat físico/químico, en el conjunto único/limitado, de seres vivos constituido por los humanos; unos seres que podríamos considerar casi como excepcionales en la cadena evolutiva, aparecería lo relacional/social, como la matriz estructurante de la que se deriva y conforma, nuestro particular modo de existir, nuestro peculiar habitus sociobiológico (recordando a Bourdieu) Un modelo biosocial referencial, pero machaconamente inmerso, en un entorno en el que las relaciones y modulaciones de poder tendrían la última palabra.

Pues bien, parece que por ahora nos encontramos en una situación en que, dudando que haya una sola Sociología, parece que, si puede darse la existencia de un modelo conceptual único y generalizado académicamente, de entender la sociología que, precisamente se origina en su inauguración desde los postulados epistémicos de las ciencias positivas. Posiblemente, no pudo ser de otra manera, en sociedades que, en el clima sociopolítico de la industrialización y la Tripe Alianza, necesitaban agarraderas científicas para aplacar y manejar la “cuestión social.” Todas esas miradas sobre los modos de convivir de las gentes necesitaban resantificarse como ciencia, según los moldes que venían estableciéndose desde dos siglos antes. Probablemente será desde ahí, donde a lo mandeville, se conforme lo que continúa siendo la sociología, como una mirada reconducida desde la respetabilidad académica para la productividad de una sociedad huérfana del manto protector del rey y los dioses. Aspecto que sin duda ha conducido a habilidades indiscutibles en la “administración disciplinada” y funcionalista de los conflictos sociales, pero a la vez, a manifiestos emborronamientos de estos. No obstante, debemos reconocer su innegable aportación a la obtención de un cuerpo de sistematizaciones metodológicas que, probablemente no se hubiese podido conseguir de otra manera. Es, gracias a la academización de la sociología cuando hoy en día, se pueda construir otra sociología en la medida en que podemos contar con un arsenal metodológico infinitamente más potente, que el existente cuando se iniciaron las primeras miradas modernas sobre el convivir humano y los hechos sociales. El asunto está, en que se tenga claro su manejo y fundamentalmente, lo que, se pretende con su uso y, sobre todo quién manda y paga; volviendo continuamente, a la sutil pregunta de la parábola de Alicia en el “País de las maravillas”. Un poco en la línea de comprensión/reconducción de las fantasías ludistas, de manera que el demonio no es la máquina analógica, digital o neuronal, sino, quién manda sobre ella.

Por consiguiente, dicho objeto de estudio, los hechos sociales suponen algo, fuertemente variado y diverso, tanto en el espacio como en el tiempo y contenidos. Sin embargo, al considerar lo social, desde el hecho, desde el acontecer y, en cierta medida con entidades sustanciales y verificables alejadas o no, tan incrustadas en la volatilidad/presencia/realidad de lo ausencial, estamos dando pasos a lecturas aunque no iguales, paralelas/cercanas, a las realizadas  desde los parámetros canónicos de las ciencias de la observación el experimento y la medida… De ahí, que podamos considerar que pueda existir una sociología cuando la mirada sobre los hechos sociales, se realice desde metodologías que, no siendo necesariamente una copia o reproducción mecánica de las utilizadas en las ciencias naturales, lleven consigo una clara disciplina metodológica. Probablemente y, llegando a este punto, nos vamos a topar con el gran problema de partida que supone esto, del disciplinamiento metodológico en Sociología. Y aquí, nos vamos a tropezar siempre, con lo que puede constituir uno de los problemas de la sociología – o mejor, de los sociólogos -, en su constante intento de buscar su homologación y reconocimientocomo ciencia. Precisamente, será en este interés compulsivo por situarse dentro del estatus canónico de las ciencias físico-naturales, cuandoprecisamente se engatilla como ciencia. Es representativo de esta ilusión, las sensaciones de frustración y desconcierto ante los resultados de las encuestas demoscópicas no solo del público sino de sectores profesionales que, al situarse en principio, en la ilusoria fiabilidad absoluta de la ciencia, no llegan a entender el peculiar modo de las sociologías en ser fiables. Igualmente, nos encontramos con la visualización de los efectos de las ciencias sobre las realidades concretas y masticables del vivir humano, planteando las continuas  apreciaciones sobre la incapacidad de la sociología después de más de cien años existencia de obtener resultados medianamente tangibles sobre la eliminación de los desajustes e injusticias sociales, a diferencia, de los beneficios casi siempre inmediatos y visibles -aunque con más trampas que un teatro chino-, de los efectos de las ciencias físico bionaturales sobre la vida cotidiana y la salud; probablemente porque ese mismo principio de fiabilidad de la sociología se escribe en la historia humana con letras diferentes.

De ahí la sabiduría y la gran aportación de personajes como Marx, Weber, Simmel, Adorno o Mead, en la construcción del peculiar estatus científico de la sociología desde enfoques epistémicos propios para la comprensión de unos acontecimientos tan específicos, como pueden ser los hechos sociales, remodelando y perfilando el relato durkheniano de manera, que los hechos sociales deben ser tratados como “cosas”; por supuesto, pero como cosas, yendo incluso, más lejos que Tarde, cuando nos decía, “ que,  “ne se repetent pas. [76] Y no se repiten porque al contrario de los hechos de la naturaleza, que son “fenómicos” y responden a mecanismos fisicoquímicos homogenizados ajenos al hombre, los hechos sociales son construcciones de los humanos dependientes siempre, de contextos diversificados y deshomogenizados. Al final de cosas que son también Naturaleza, Vida Y Sociedad…de cosas que conforman ese entramado de la vida. De manera, que ese ir más lejos, supone entender las porosidades y robustez de la memoria social capaz de tensionar desde éticas sociopolíticas la historia del convivir humano a pesar de los constantes vaivenes que haya experimentado y soportado desde hace, a lo menos, algo más de dos mil años. De ahí, que, probablemente sin ser específicamente sociología, siempre podemos conservar en nuestra memoria colectiva, momentos, relatos, situaciones y miradas sobre y desde, el nosotros, que han estado empujando mejoras interiorizadas y externas sobre el convivir de la gente. En último caso, será precisamente una de las tareas de los sociólogos, rastrear los elementos significantes de todo ese recorrido de comprensión/desvelamiento de los mecanismos basales/condicionantes de los hechos sociales, como el poder, las clases/desigualdades sociales, los condicionantes económicos o las superestructuras culturales e ideológicas, de tal manera, que sea la propia historia/realidad social, la que determine la función/ser de la sociología en cada momento histórico. Función, desempeño, desvelamiento que quizá, no se pueda realizar totalmente – aunque se deba intentar, – solamente, desde la academia sociológica sino, desde sensibilidades sociales organizadas en paralelo, como ocurriría entre siglos, con las aportaciones nacidas en el seno del movimiento obrero, o con las actuales, brotadas, del feminismo y de los movimientos contraculturales apuntando, a nuevas dimensiones, aspiraciones y sufrimientos, que, puede, que no sean tan diferentes a los de las sociedades de la máquina, el capital y la chimenea pero que, probablemente, estén en condiciones de aumentar el gradiente de corrosión emocional y física de hombres y mujeres de nuestro tiempo ya, presente y, venidero más el posible aumento del gradiente de servidumbre voluntaria.

III.- ALGUNAS DIGRESIONES MÁS, SOBRE LENGUAJES, ESCRITURAS, EVOLUCIÓN HUMANA Y SOCIOLOGÍA.

Aunque pueda parecer excesivo, para reflexionar de ciencia, tecnología, futuro y sociología, quizá, nos tengamos antes que enfrascar – aunque sea superficialmente – en asuntos socio/bio/evolutivos.

Incluso, admitiendo regularidades en los hechos sociales, en éstos, la sociología presenta características estructuralmente diferentes a las de las ciencias naturales. Su regularidad es endopática; una regularidad que no es aprensible desde lo matemático/algorítmico sino, desde su comprensión a través de significantes que tienen un modo peculiar de regularidad, como pueden ser el poder y las desigualdades sociales y que, nunca pueden ser matematizables, rompiendo el eje teleo/discursivo de lo causal/explicativo y, canónicamente considerado como “científico” para situarse en otro modelo del saber, que es, el comprensivo/discursivo/histórico al que, por qué no, le podríamos otorgar también el estatus de “ciencia” aunque simplemente fuese por su constante y potente presencia en la historia de la humanización a través de mitos, magias, ritos, simbolismos, mentalidades, expresiones artístico/simbólicas, emociones compartidas, sufrimientos e imaginarios colectivos, que no han constituidos “doxas” sino verdaderos “epistemes” de la realidad. Saberes que por no trabajar sobre regularidades objetivables como el movimiento de los astros o la descomposición/renacimiento de la vida, sino sobre la relación de los unos con los otros, no necesitan de cánones explicativos asentados en la cuantificación como beatitud única del conocimiento.

En este camino, nos puede ser de utilidad repasar los recorridos de constitución de estos saberes considerados como científicos e inmutables en el conjunto de nuestro “canon occidental “y, especialmente, en lo concerniente a nuestro país. Y, para empezar, siempre tenemos a los griegos con sus tres momentos revolucionarios; los del verbo, el logos y la cantidad. Los tres dispositivos que a modo de prótesis culturales[77] cierran junto – o precedido -, a la herramienta/herramienta[78], el ciclo fundante/evolutivo, del salto de la hominización hacia la humanización. Recorrido fundamentalmente asentado sobre la supervivencia del género, primero de los “homos,” y posteriormente de los “sapiens” nada menos que un proceso de 3 o 4 millones de años para los primeros y tan solo, como mucho, 300.000 años para los segundos. Curiosamente, la supervivencia en estos 3 o 4 millones de años se hizo casi exclusivamente contra la naturaleza[79]. A partir de los 8.000/10.000 años del Neolítico – como poco – las estrategias de supervivencia fueron incluyendo con mayor protagonismo a otros humanos, a los otros “sapiens”. El periodo básico de dominio/control de los peligros de la naturaleza se habría cumplido mediante el dominio de las primeras prótesis bio/cultural/tecnológicas; el “lenguaje”, el fuego, la caza y sus artes, el cocimiento de alimentos, la recolección/reconocimiento de frutas y vegetales, y el abrigo, más, un cada vez, más potente cementado de aglutinación colectiva, a través del pensamiento simbólico organizado en mitos, rituales y expresiones artísticas. Sería, el tiempo del verbo; de la magia de la palabra[80] y de la presencia de una omnivigilante capacidad de observación sobre la naturaleza asentada, reproducida y transmitida por una oralidad comunitaria, que pegaba y potenciaba todo este arsenal herramental del preneolítico como consolidación fundante de la sociabilidad humana. Sería el tiempo de la magia y del mito; aún no se había llegado al tiempo del “logos” al tiempo de las primeras etapas de la razón. Sin embargo, puede que antes del “verbo “– o en una paralela interconexión – estuviese la mano; la tecnología.

Será precisamente en el tiempo largo de la evolución de los homininos culminada por ahora, en el actual Homo sapiens/sapiens; un tiempo[81] que pudo haber llegado de los 4 hasta los 7 ma., cuando el bipedismo y la mano de los homininos inició un proceso evolutivo que iría lentamente organizando, una potente sensibilidad de manipulación táctil/sensorial, paralela y en articulación, con el desarrollo y arquitectura de la propia fábrica cerebro/neuronal de modo que, a mayor complejidad de la ergomecánica de la mano se constata fehacientemente con un mayor volumen craneal[82].

Este recorrido anatómico que va desde los estables 400 cm3 de la actual tribu de los Panini (chimpancés + bonobos) que se mantiene inalterable desde hace posiblemente más de 7 millones de [83]años hasta los sapiens actuales, con sus aproximadamente 1.400 cm3 de capacidad cerebral hace alrededor de una amplia horquilla que, iría de los 60 a los 100.000 años, y, que, ampliándola, hasta los primeros sapiens, unos 350.000 años, será el tiempo de las tecnologías y apoyos de complementos protésicos.

Adelantando etapas, parece absolutamente admitido que no somos solamente los humanos homininos los que utilizamos lenguajes como herramienta de comunicación. Sin embargo, la diferencia con nuestros “primos cercanos”, los Ponginae (chimpancés y bonobos) es que, para nosotros, el lenguaje es mucho más que comunicación; es un lenguaje simbólico y pensante. Supone comunicación y cognición reflexiva, a partir de una complejidad de estructuras anatómicas, neurales y sociales, infinitamente más compleja que en nuestros parientes en la cadena evolutiva. Los chimpancés o los bonobos no hablan; solamente emiten señales orales, kinésicas, expresivas o gestuales. Los humanos “modernos” emitimos fundamentalmente, aparte de señales, significaciones, según, diferentes modelos que van desde las “deícticas” hasta las “ausenciales”, elaboradas racional, emocional o simbólicamente. En suma, vivimos, pensamos y sentimos a través del lenguaje, y no necesariamente, del lenguaje lingüístico, sino como en el caso de los sordomudos, del lenguaje de signos[84]. Nuestro lenguaje no está en la boca y en el aparato anatomofónico, nuestro lenguaje, la palabra, está en el convivir y en el cerebro – un modelo de cerebro de 1.400 cm3 – y evolucionado desde la articulación de lo biológico con la interacción social, a la que incluso, podríamos añadir la mano, la tecnología y la máquina. Nuestro lenguaje no es un regalo de los dioses, que aparece de la noche a la mañana ni, siquiera, el resultado de poseer un determinado gen: el beatífico y milagroso FOXP2. Nuestra peculiar capacidad lingüística responde a un largo proceso evolutivo codificado no exclusivamente por un sistema biogenético, sino por una interconexión con sistemas sociointeractivos. Lo que importa no es la datación de su origen; asunto, en el que siempre, nos moveremos en tierras movedizas[85]; si no, la comprensión de este. Los humanos hemos construido la palabra y la palabra nos ha hecho humanos. Y del verbo, de la palabra, vendría el logos, como conciencia y razón. Aquí, Emilio Lledó nos hace recordar al siempre sabio e intuitivo Aristóteles que, en La Política nos dice:

“La razón por la que el hombre es un ser social más que la abeja y cualquier otro animal gregario es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano y el hombre es el único de entre los animales que tiene logos. Pues la voz es signo de dolor y de placer, y por eso la tienen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañino, lo justo y lo injusto. Y esto es propio del hombre, frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido (aísthesis) del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto y de los demás valores, y la participación comunitaria de todo esto es lo que constituye la casa y la ciudad…”

E. Lledó, op. c. pp. 66,67

Probablemente, con esta palabra, que es comunicación, conciencia y emoción, se inició el solado del que se iría construyendo lo que ahora consideramos como pensamiento científico que, puede no suponga otra cosa, que un modo o estrategia exclusiva de los humanos para su supervivencia como especie qué, sustentada sobre sus herencias biol/sociales, iría desarrollando lo que nosotros entendemos como prótesis culturales[86] paralelas a las tecnológicas o funcionales.

Pero desde la palabra como simple oralidad, no supone, no se puede construir ciencia, tal como la entendemos y se entendió desde el seiscientos; un saber experimental y en general, matematizado. La palabra como oralidad, es demasiado fluida y emocional para ser interpretada desde la cantidad. Nunca será posible su comprensión en profundidad desde el algoritmo. Pero sí, desde la oralidad, se intentaría, un modo de aproximación/explicación y manejo sobre la vida, la muerte, los cielos y la tierra. Y esto, durante casi 3 millones de años desde la aparición de los primeros humanos arcaicos hasta que hacesolamente 5.000 0 6.000 años se iniciase el proceso de construcción de las escrituras picto/jeroglíficas con su culminación hace tan solo unos 2.900 años, de las escrituras sintáctico/alfabéticas. Ese momento fundante relatado simbólicamente en el Fedro platónico y en donde el sabio rey tebano, muestra profundas reticencias cuando su consejero y, también sabio, Theuth, le ofrece la escritura como la gran panacea para la sabiduría y la felicidad. Aquí, Thamus, el ilustrado y astuto rey tebano, se movería entre el acierto y el error. Se resiste a admitir una herramienta, una indiscutible prótesis cultural; posiblemente la más robusta de todas las ya existentes. La gran prótesis cultural/funcional de la historia humana y, qué sin ella, no será posible la ciencia ni las tecnologías de la modernidad histórica. Ahí, nuestro sabio rey se equivoca; pero pensamos que acierta, cuando se aferra, se resiste a enterrar el saber de la palabra hablada. Una sabiduría desde el que se habría ido construyendo lentamente el saber de la humanización. Un saber probablemente más anclado, más humano/biologizado[87]; más profundo que, el proteico/funcional de cualquier herramienta/prótesis antigua, moderna o de nuestra posmodernidad actual, pero, desde el que, no se puede desarrollar un saber que sea funcional para la polis, como nuevo suelo del comercio, de la sociabilidad orgánica y del poder de minorías. La nueva ciudad mesopotámica y griega, quizá antes del ochocientos helénico, necesitaba una prótesis cultural que la sirviese para documentar, archivar, explicar, reproducir una realidad diferente a la de las sociedades cazadoras/recolectoras de las primeras culturas ágrafas del pleistoceno avanzado y del primer neolítico. Con la escritura nacería la primera matematización de la naturaleza, el poder del rey y del sacerdote, la codificación del comportamiento, la posibilidad del conteo de propiedades y riquezas, junto a las religiones de la escritura. El mito y la magia irían dando paso a la razón…pero sin duda, una razón lentamente desbiologizada y perfectamente predicable con la organización política y socioeconómica de la realidad.

De esa escritura, nacería la ciencia occidental y, de la misma, nacería la sociología previamente adelantada por las filosofías de la naturaleza, y de la gobernanza de cuerpo, almas y bienes. Un primer saber científico aún titubeante, y controlado/repartido entre reyes, sabios, sacerdotes y poderosos que, irían pausadamente organizando/codificando/archivando, instituciones, relatos, cosmologías, mores, teorías y prácticas de una gran robustez operativa.

Pero esta razón que nace con la escritura y, probablemente muy a pesar del peculiar laicismo griego no se convertirá claramente en un saber desvinculado de los dioses hasta muchos siglos más tarde. De cualquier manera, pensamos que, este asunto/trabalenguas, de la teo/desteo/teologización de la razón puede admitir varias lecturas. Para nosotros, su clarificación residiría en el esclarecimiento de la gran pregunta/respuesta sobre el pivote estructurante de las relaciones de poder; del desvelamiento de las vinculaciones entre ideologías, imaginarios, mentalidades y poder, desde un enfoque más próximo a Marx o Kropotkin que a Foucault. De hecho, la ciencia moderna, a pesar de Newton o Darwin y hasta casi unos años con la figura del británico Stephen W. Hawking (1942-2018) no se habría desprendido o atrevido de manera rotunda[88] a expresar un antiteologismo radical. El espectro/espíritu de Demócrito[89] solamente calaría en los filósofos sociales del tiempo de los malditos de la Ilustración francesa como el D´Holbach del Sistème de la Nature (1770) o el posterior y definitivo Marx de “Die religión…” (1843) probablemente porque a la derecha del dios/padre, quien se sienta no es Jesucristo como metáfora de una nueva divinidad, sino, el poder, como el conjunto de las instituciones academizadas y, entre ellas, la ciencia con su deriva más moderna, las sociologías. En el fondo, siempre ha sido más fácil y, menos peligroso, desconectarse de Dios que del Rey[90].

Con Sócrates, un ágrafo absoluto, muere la palabra como oralidad/sabiduría y se cimenta la ciencia y su obediencia – al igual que la religión – al poder, sea éste, autoritario o democrático. En esta complicada y alargada trocha de los disciplinamientos del saber nos tropezamos en los inicios del XIX con la Sociología como episteme academizada que, cerrará el círculo de nuestro saber científico occidental.

Durante milenios, posiblemente desde hace más de 100.000 años, existió una cultura ágrafa que, a su manera, tuvo una patente productividad para la supervivencia de unos peculiares homininos que sabían, fabricar útiles, utensilios y objetos ornamentales; cazar, crear rituales y simbolismos; cuidar a los enfermos y ancianos; cocinar, distinguir entre plantas, frutos y productos naturales que matan, sanan o alimentan; curtir y tejer pieles, manejar y controlar perfectamente el fuego e, incluso ya, acompañarse de algunos animales como el perro[91] y, sobre todo, hablar fonéticamente, comunicarse de modo absolutamente diferente al de otros homininos aún coetáneos[92]. Una cultura de corto y a la vez, largo recorrido temporal si la comparamos con el tiempo evolutivo o con el de las culturas de la escritura;[93] construida, desde el mito y el antropomorfismo, que haría de la naturaleza una prolongación mágica del cuerpo que se proyectaría hacia los mismos dioses, corporalizados como humanos o animales totémicos. El mundo y la naturaleza del Caos que, solamente, puede ser manejado desde el mito y la magia con el auxilio de los dioses demiúrgicos. Con la escritura y el poderde la ciudad o, quizá, desdeese mismo poder, nacería la escritura y los primeros saberes academizados que, van a tratar de organizar sobre el azar y el desorden, el nuevo orden del Kosmos. Un embrión de racionalidad en la que aún, revolotearán los mitos, pero en la que, los dioses corporalizados se van difuminando y desbiologizando dando paso, a los espíritus y las religiones monoteístas de la escritura en un proceso en el que, el poder, se descomunitariza y se hace ciudad y estado. Aunque probablemente, madrugado por babilonios y egipcios, será en las colonias griegas de la Jonia de los milesios donde brotaría la ruptura, con el orden y control de los dioses sobre la naturaleza. Un orden tan pasional e impredecible como su propio talante voluble y emocional; el orden/desorden del Caos que, comienza a ser sustituido mediante la construcción de un nuevo “ordenamiento” para un nuevo universo; el del Kosmos. Un universo de regularidades que podrá ser pensado/intuido desde la experiencia sensible de los humanos; sencillamente, mirando las estrellas, observando la tierra y sintiendo, la vida y la muerte. Una regularidad que permite la aparición de los constructos fundantes del saber; la medida y la causalidad; la cantidad, el movimiento y la pregunta por el principio de las cosas. Más allá, de los personajes concretos y de sobra conocidos como Tales, Anaximandro o Anaxímenes (rozando el VII y siglo VI a.C.) todos ellos, matemáticos, geómetras y astrónomos quizá, antes que, filósofos[94], construyen su saber en y, desde una polis desembarazada de la anterior amalgama gentilicia/aristocrática de las ciudades de la Hélade anterior al siglo VI, como Delfos o Corintio. Mileto, sería este lugar privilegiado; un robusto espacio de poder comercial y militar que necesita regularizar, controlar, asegurar, contabilizar, medir, construir, palacios, edificios, fortalezas, naves, recursos y mercancías fuera del poder disfuncional y voluble de los dioses. Desde los griegos jónicos hasta Aristóteles trascurren casi dos siglos y medio de construcción de saberes principalmente centrados en un determinado modelo de conocimiento de la Naturaleza desde un enfoque predominantemente cosmológico, que, sin embargo, engarza contenidos biológicos o antropológicos y, por supuesto, sociales o políticos cuyo remate estaría en las escuelas atenienses de Platón y Aristóteles, más la sombra/recuerdo de un Sócrates ágrafo y a la vez profundamente presente desde la escritura platónica Un saber que, ya desde Homero iniciaría su liberación de la tutela de los dioses para ser definitivamente inaugurada por los físicofilósofos milesios, con sus constructos fundantes (arché) Unos, materiales como el agua o el aire y, otros, ausenciales, pero sin tener nada que ver con los dioses como el épeiron de Anaximandro. Probablemente Pitágoras sería el único de los presocráticos que, se mantuvo más cercano a los dioses con su particular modelo “mistérico” de arché centrado en el número desde, el que parece que se acerca más a los dioses que, a la naturaleza, inaugurando en cierto sentido, uno de los fetichismos más penetrantes y, posiblemente a la vez, más ambivalentes de nuestra cultura científica occidental. Probablemente, en la Crotona de comerciantes y oligarcas del siglo VI, Pitágoras arranca el “número” de su funcionalidad material relacionada con las actividades comerciales para entregarlo, al terreno de lo mistérico/religioso y sus posibles utilidades para el poder de la ciudad. En fin, todo un campo de reflexión y estudio para los sociólogos de la ciencia y la filosofía. Con Pitágoras y su escuela hermética/religiosa, el inicial relato laico/naturalista de los filósofos milesios basado en los sentidos, claramente “físico” se convierte en metafísico. Reconversión que a nuestro entender y muy especialmente, en lo que supone una reflexión sociológica sobre el asunto, iría más allá de sus imbricaciones filosóficas apuntando o balanceando el saber desde sus utilidades comunitarias hacia el poder de las élites en la medida en que toda metafísica, supone siempre, un hiper/metalenguaje sobre el ya de por sí, metalenguaje de las ciencias y las religiones. Y, esta suerte de metalenguaje reforzado, aunque solamente sea por su carácter críptico, constituye un inapreciable dispositivo fácilmente utilizable desde el poder y regentado por sus sacerdotes. Las miradas desde el cuerpo, desde la corporeidad de la vida y la existencia, a pesar de sus errores y contingencias; de su obscenidad terrenal, presentan una potente porosidad social; se pueden compartir en y, por la ciudad. Constituyen saberes que, con voluntad y esfuerzo, pueden serincorporados a la vida societaria de la polis. Los saberes metafísicos serán siempre herramientas cognitivas y culturales apropiados por una minoría y difícilmente catalogables como comunitarios.

Para lo que nos interesa que, no es otra cosa, que la construcción de una presociología, de un saber sobre la interconexión hombre/entorno social antes de la Sociología, nos estamos situando intencionalmente en el tiempo de los griegos antiguos. Un saber que, sin duda, no ha sido nunca el primero remontándose, a un tiempo anterior al Neolítico en el que los primeros sapiens de hace cien o trescientos mil años iniciaron el camino de controlar el azar, el Caos, para ir más tarde y desde la polis, al “intento de penetrar o intervenir en el trabajo de las fuerzas de la naturaleza[95]transformando intuiciones, en conocimientos sistematizados y organizando modos de convivir, como dispositivos societarios – también metódicos/sistematizados – que irían sustituyendo los primarios modos de supervivencia de las sociedades cazadoras/recolectoras. Este salto desde la supervivencia hacia la convivencia y, por lo tanto, hacia lo societario/complejo, puede constituir para un sociólogo, el aspecto más diferenciado del neolítico como espacio/tiempo que permite desde la agricultura pasar al comercio y desde él a la ciudad. Sin embargo, esta convivencia nunca supondría una situación beata; va a ser, un modo de supervivencia peculiar cargado de paradojas y entre ellas, puede que la más penetrante haya sido una especie de mentalidad/comportamiento dominador[96]fuertemente presente en la vieja Grecia desde quizás antes del siglo VIII, organizando la arquitectura de una convivencia asimétrica asentada en la ciudad-Estado y mantenida sobre un modelo de esclavitud de grandes dimensiones solamente superado por la sociedad romana[97]. Una peculiar convivencia que desde nuestra ética política se nos presenta como insoportable, pero que, en la antigüedad helénica supondrá la articulación entre la piedra de la ciudad, el cuerpo y el espíritu. Todo ello, integrado en y desde la Polis, como primer modelo moderno de convivencia institucionalizada de la sociedad moderna, como espacio político diferenciado de las ciudades anteriores de las culturas mesopotámicas o egipcias o incluso, de la Grecia de Esparta, incapaces siempre de construir espacios políticos para la convivencia, aunque, éstos fuesen asimétricos como los de la Atenas del siglo de Pericles.

Nuestra postura no es, o no pretende, ser gratuita. Pensamos que, es, precisamente en este tiempo que va desde Tales hasta Zenón el estoico, alrededor de dos siglos y medio, cuando se inicia el desarrollo de toda una sementera científica que va articulando saberes sobre los cielos, la tierra, el hombre y la sociedad de los humanos. El tiempo de la articulación como diría Sennett (1994) de la carne y la piedra en la ciudad griega. Pero antes de esta articulación/conexión, el inicial saber helénico sería un conocimiento sobre la naturaleza de unas cosas que, precisamente descansaban sobre las necesidades de ciudades de comerciantes y marinos y que, indirectamente, tocaban el cuerpo como en el caso de Anaximandro cuando comentaba con un diseño protodarwinista la evolución desde los peces al hombre. Desde una lectura sociológica de este enfoque naturalista de los filósofos de Mileto no será únicamente un saber que se hace desde la observación y los sentidos, sino que se desarrolla, en una ciudad organizada políticamente desde un determinado modelo de tiranía. Probablemente, un modelo organizacional de características mesocrático/comerciales y, no necesariamente visible desde el tono peyorativo de nuestro tiempo. No obstante, sería precisamente desde la Polis ateniense, donde los físicos del siglo VI de Mileto, Cretona o Éfeso van a converger en los filósofos políticos[98] delsiglo V endonde se podría decir que aparecen, los primeros enfoques presociológicos precisamente, a través de un logos que, sin dejar de tocar la Naturaleza, comienza a centrarse desde la política en la vida social. De cualquier manera y, retomando la nota sobre Tucídides puede que sea excesivo atribuir a la mirada filosófica de Platón o Aristóteles el exclusivo mérito de los primeros esbozos sociológicos, olvidándonos de los escritos socio/historiográficos y del peso de la historia en la construcción de la mirada sociológica.

Sería en la Grecia clásica en donde las escrituras sociológicas iniciaron su rizomático camino hacia la sociología. Para nosotros, la clave estaría marcada por un acontecimiento sociopolítico significativo como sería, la relación del modelo de poderes con la conciencia y asunción del “nosotros “que, es precisamente lo que permite la mirada y el saber de las sociologías y, que, se materializa históricamente en la construcción y sedimentación de las democracias, aunque, como en el caso griego, sea ésta asimétrica; de manera que, éste peculiar nosotros, no se pudo lograr nunca en las ciudades estado del creciente fértil ni, en la Grecia arcaica del poder de los reyes guerreros relatada por Homero. Ni siquiera tampoco – como patente o definitivo-, en la Grecia de las colonias jónicas del siglo VI como Mileto, con poderes tiránicos mesocráticos en donde, no existe ese nosotros de la convivencia política bajo el orden de la voluntad de las gentes. Los palacios, monumentos y edificios públicos de las ciudades de Mesopotamia, Egipto, Persia o la Magna Grecia, nunca fueron espacios, “piedras” para la convivencia desde el nosotros, como el ágora, ateniense, cuya estructura física era una planicie a modo de metáfora espacial de la democracia. Una semántica de lo horizontal opuesta a la verticalidad de la “acrópolis” como simbolismo del poder de los dioses. Un espacio laico, un lugar para el nosotros donde es posible la palabra y la escucha, desde la igualdad en la libertad[99]

A partir de este escueto relato de espacios, tiempos y ciudades que, nos remiten a la aparición de los brotes de la mirada sociológica podríamos sacar alguna lucidez comprensiva sobre el cómo, de la constitución de un saber siempre condicionado o, más condicionado, por los modelos de poder, que otras disciplinas que, nos puede llevar a ciertas consideraciones posiblemente heterodoxas o, a lo menos, paradójicas. Al final, puede que el profesor Moya, tenga razón y esto de la sociología no sea más que algo que se hace y predica desde un determinado nivel de “academización institucionalizada “[100]que se corresponde con un determinado modelo de gobernanza y que, paralelamente, organiza formas de entender y manejar ese “nosotros” al que, tanto nos estamos refiriendo. El asunto estaría en que, cuando se academiza un determinado saber o disciplina, es sencillamente porque ese saber, sea concerniente a las ciencias de la naturaleza o a las sociales, es de alguna manera funcional/productivo/útil, para el modelo socioeconómico de un determinado tiempo social y político. De ello, resultarían dos consecuencias. La primera sería que, todo saber sobre la sociedad, como continente de las relaciones de hombres y mujeres en y, desde su nosotros, es totalmente discontinuo y aparece cuando una sociedad lo permite y necesita. Los griegos de la Atenas del siglo V, de una polis instaurada en la democracia, se pudieron permitir el atrevimiento de la escucha y, la mirada sobre su nosotros, su ser y estar en sociedad, porque existía la libertad de la palabra y de su escritura más, su necesidad de pervivencia como ciudad/estado hegemónico, en un escenario geo/socio/político continuamente amenazado por Persia y especialmente, por Esparta, en donde, aparecía como “improductivo” el modelo tiránico/mesocrático de la polis milesia. Probablemente el diseño democrático ateniense, instauraba y permitía a la par que determinadas estrategias administrativas, militares y organizacionales, fortalezas de cohesión y emociones compartidas[101],infinitamente máspotentes y funcionales que las establecidas en sociedades militar/aristocráticas como Esparta o, las comerciales de Mileto al igual que, en la Francia revolucionaria de 1789 se instaurase la Assemblée Nationale, como reproducción limitada de la soberanía del “demos” ateniense para ser, con los años, reconducida y adulterada en aras de la productividad de nuevas alianzas de poder pero que, ya, necesitaba estrategias teóricas y operativas diferentes al modelo asambleario de la Convención y por supuesto, al realista/absolutista marcado desde el XVII por Los Estados Generales y, que, en el tiempo de la sedimentación de la sociedad industrial permitiese el control y el orden del capital, ante nuevos conflictos, en nuevas materializaciones de un nosotros parcelado y secuestrado por una burguesía que ha dejado de representar – si alguna vez lo hizo –  el demos de la Francia revolucionaria. Situación que a excepción de la temprana mirada de Montesquieu o los malditos de la Ilustración no se pudo dar durante el Ancien Régime. Siguiendo este eje discursivo, tampoco en la sociedad medieval y durante los siglos del Estado absoluto y del mercantilismo o en las sociedades posteriores a la Grecia de Pericles con la progresiva descomposición del modelo democrático y su progresiva capitulación/sustitución por la Macedonia de Alejandro y la posterior consolidación del orden imperial romano. Este último tan potente, que incluso sería capaz de asimilar y fagocitar la particular filosofía comunitaria que se podría desprender del discurso cristiano fundacional. En todo este recorrido temporal de nada menos que diez y ocho siglos, el nosotros de la democracia será inexistente y, no solamente porque nunca podrá brotar ninguna mirada institucionalizada sobre la sociedad según ese modelo de poder instaurado, sino fundamentalmente, porque no sería necesario. Este nosotros, que supone desde su raíz semántica una articulación entre un “yo” compartido con el “otro” y, que, solamente puede ser mirado desde un cierto grado de libertad y autonomía nunca, nunca, puede ser compartido ni posible, en sociedades en las que, el que, “puede mirar” o “decir” es exclusivamente, Dios o el Rey, mediante la intermediación de sus instituciones, sacerdotes o pretorianos científico/culturales. De la misma manera y, adelantando la moviola, hasta la España de la escamoteante sociedad de la Restauración no pudo haber una mirada sociológica relativamente acedemizada/institucionalizada; precisamente porque ese modelo de sociedad y de poder, necesitaba de una herramienta conceptual/operativa que, sirviese, por una parte, para el despegue hacia el industrialismo y, por otra, como manejo de una insufrible problemática social.

Probablemente, pocos pensaron – aunque si, algunos – que a la sociología también “la cargaba el diablo”. Y, así ocurrió, en la España costiana de “Oligarquía y caciquismo “ en que, a pesar de existir un patente solado sociopolítico conservador, se academiza – discreta y lateralmente – la sociología, en una fecha tan significativa como 1898, cerrando recorridos que, arrastraban sementeras realizadas algunos años atrás por Ateneos e Instituciones como la ILE y,  por que, no, decirlo, con la ingenua esperanza – incluso posiblemente bienintencionada –  de encauzar y sobre todo, disciplinar la “cuestión social”. Sin embargo, en paralelo y ya, desde los años de la Internacional iría brotando otrasociología. Un saber sociológico y, sobre todo, una concepción de ese saber, absolutamente diferente al beatismobalsámico de los biempensantes sociólogos de cátedra. Una sociología totalmente fronteriza, imaginada y a la vez, elaborada por gentes tan fronterizas como pudieron ser los miembros – hombres y mujeres – más representativos  del anarquismo ibérico; gentes leídas y profundamente ilustradas en las sabidurías de los modestos oficios de la cultura, como fueron, los maestros/as de escuela, los tipógrafos, los articulistas de la prensa obrera, los líderes de sindicatos de clase acompañados siempre, por cientos de hombres y mujeres pertenecientes como diría Anselmo Lorenzo (1901) al “proletariado militante” . Gentes, verdaderos devoradores de papel escrito, que leían, ansiosa y “religiosamente”, desde los periódicos con los que envolvían el almuerzo, hasta las obras más representativas del momento en, cuanto, a literatura, evolucionismo, positivismo, ciencias naturales o ciencias sociales, depositadas en Ateneos Obreros, Casas del Pueblo, Bibliotecas Populares y Gabinetes de lectura[102].

Esta mirada/lectura protosociológica de autores como Platón y Aristóteles, reconducida/heredada en la sociedad romana por Lucrecio, Cicerón o Séneca, que, incluso aún, tendrían que esperar más de 20 siglos para que, se academicen e, inicie, su institucionalización como saber correctamente aceptado en nuestro mundo occidental, representaría solamente, un particular modo de acercamiento a los hechos, acontecimientos y territorios del nosotros. Un modo eminentemente político/funcional para el orden, cohesión y existencia de la polis o el Imperio, organizando, modelos de convivencia socialmente productivos según un orden de beneficios en donde el nosotros, como presencia de individualidades compartidas; de emociones, necesidades, sufrimientos y gozos, se diluye y pierde, en la piedra de la ciudad. En el fondo, no será otra cosa que, un saber más allá de la persona como cuerpo y emoción; solo, como sujeto político. Situación, no obstante, revestida de fuertes significaciones que,probablemente nos ayude a comprender el por qué, de lo que hemos rotulado como dos miradas sociológicas que, en el caso español, como hemos comentado dando paso a la posible/forzada presencia, de una tercera forma de entender la sociología desde las fronteras de la más absoluta heterodoxia.

Partimos inicialmente, con la inauguración de un orden de posibilidades, lecturas y miradas de carácter sociopolítico desde el que, el orden de la ciudad se roba a su manejo por el caos, los dioses o el rey. Acontecimiento que se puede considerar iniciado en la Atenas del siglo V, que, solamente se consolidará institucionalmente, alrededor de la segunda mitad del XIX. Entre medias, diversos intentos fallidos de verdeo durante el Renacimiento y el XVIII, pero que, sin embargo, dejarían restos de una sementera que se puede rastrear – por ejemplo en la España del quinientos con la obra de Vives, Suarez, Mariana o Alonso de Castrillo, seguidos por los escritores de la gobernanza de la ciudad y la república como Foronda y Estrada, más, los políticos socioilustrados como Feijó o Jovellanos, acompañados de escritores ya, claramente protosociólogicos en la línea representada por de La Sagra que, tiene como sedimento teórico el Derecho Político, La Economía y la Filosofía Social, en lugar de la Teología. Todo ello acompañado de escrituras y miradas de crítica y fotografía social en donde caben, Censos y catastros; Topografías políticas y sociomédicas, Informes de Cámara junto a los oficiosos de las Sociedades Económicas de Amigos del País, e incluso, novelas y obras teatrales más, escritos de denuncia social y política en la joven prensa de finales de XVIII y la primera mitad del ochocientos. Podríamos decir que, en un lapsus temporal de poco más de un siglo – considerando dos fechas significativas, 1492 y 1605 -, se va pasando del relato moral de la “imitatio,”la crónica hagiográfica político militar, la historia de reyes y conquistas, la literatura piadosa y pastoral, a las escrituras sociales, apareciendo la novela, como escritura emblema de la modernidad;  marcando el dintel de un proceso en que aparece un género literario en donde el sujeto, el protagonista del relato va a ser, la vida de un personaje individualizado pero agarrado, en un concreto y determinado espacio societario claramente reconocible señalando claras diferencias con escrituras precedentes en donde el eje central del relato, que, como en el caso del Crotalón o el Scholástico[103] será el intercambio de opiniones a modo de los diálogos platónicos frente, al transcurrir vital de un personaje individualizado presente en la novela picaresca, la Celestina (1499)[104] El lazarillo de Tormes (1554) El Guzmán de Alfarache (1599) o el Quijote (1605) Un personaje, además, que se dibuja en un espacio social y unas circunstancias perfectamente reconocibles histórica e incluso, sociopolíticamente, sin necesidad de retrotraerse a tiempos anteriores difuminados en mitologías pastoriles o fantásticas alucinaciones protagonizadas por heroicos caballeros. Para los sociólogos de la literatura y en particular de la novela, como Lukács, René Girard o Lucien Goldmann, la novela en general supone la relación entre un personaje – un héroe – degradado en relación con un mundo o una sociedad a la vez, también degradada, con esta expresión más bien críptica compartida de alguna manera por estos tres autores, se estaría intentando situar la creación novelística en una sociedad que va perdiendo o diluyendo los valores de un tiempo pasado e ingresando en un nuevo proceso histórico sometido a nuevos paradigmas económicos, éticos y culturales. Probablemente, mi querido profesor y maestro Lucien Goldmann fue el más claro oteador de las claves de la proposición anterior al plantear que el héroe, el sujeto y protagonista de la novela no sería otra cosa que un ser problemático, de alguna manera perdido “idólatra”, más marginado que degradado, una sociedad, que realmente era ella misma la degradada, intentando organizar, pensar un mundonuevo. La biografía de un individuo perdido en una sociedad anómica que intenta reconstruir desde su escritura un mundo inhóspito en el que ya, no cree, convirtiendo su relato en una especie de crónica social, “…la forma por excelencia mediante la cual se haya expresado en el plano literario el contexto de toda una época[105]Por eso Goldmann será el único de los tres emblemáticos sociólogos de la novela que sitúa El Quijote, como la novela no solamente inaugural, sino además, como la más genuina representación de este modelo de héroe desencantado, en un mundo que inicia el camino de la degradación[106]según dos velocidades. Una dedesteologización radical y otra, con un “Dieu caché” como diría Goldmann (1955) que irá delineando un modelo laico/teológico presidido por el mercado.

Será en esta sociedad del quinientos al seiscientos, en donde – a lo menos, en la Hispania de Castilla y Aragón -, donde junto al sublime Don Quijote, aparece la novela moralizante[107] y la novela picaresca, como una suerte de escritura para/sociológica que siendo una manifiesta crónica social, es además un relato significante, de una sociedad degradada en la que confluyen y chocan dos modelos de convivencia: Uno, heredero del medievo que consagra formas de estar y ser diferenciadas, desde la limpieza de sangre y la hidalguía, y otra, enormemente compleja, con su nudo de convergencia girando alrededor del cristiano nuevo. El primero anclado en una economía de la salvación y la honra, y, el segundo, en una incipiente economía del mercado, que la va disolviendo – sin hacerla desaparecer -, y, que frente, a valores heredados imposibles para los conversos, irá construyendo una individualidad de resistencia, que genera figuras y realidades como la del pícaro y la del caballero deshidalgado/desencantado de Don Alonso Quijano.

Casi confluyendo, con la novela, aparecen escrituras claramente sociográficas y, sobre todo, de reconstrucción y reflejo explícito de la estructura social, bajo el formato de informes y memorias en donde habría que destacar el “Compendio” (1619)[108] del jesuita Pedro de León, fiel reflejo crítico de la vida social y delincuencial en la Sevilla del último cuarto de siglo del quinientos junto a numerosos informes coetáneos de protosociológica prisional[109]. Escrituras a las que habría que adjuntar las etnosociografías de la conquista y la catequesis forzada, de “conquistadores” y misioneros españoles[110] y los primeros informes sociogeográficos de los RR Católicos y Felipe II, particularmente el inmenso fondo documental de las “Relaciones topográficas” o “Interrogatorios” emitidos en 1574, 1575 y 1578 para Castilla y 1579 para las Indias cuyo vaciado informático podría suponer una valiosísima aportación para construir el fondo documental de la sociología española antes de la sociología. Será una frontera en donde, comienza el traspaso de la ciudad de Dios a la ciudad del capital iniciándose realmente el tiempo del “conflicto social” como tensionamiento desteologizado, pero en donde estarán presentes, elementos diferentes a los diseñados por Marx en 1867 que, permitiría la aparición del escrito crítico social a modo del “De subventione pauperum…” (1526) de Juan Luis Vives, que si bien, no deben ser considerado como una escritura sociológica, si, se la puede considerar como una adelantada mirada sobre los hechos de convivencia de su época, que hasta el XVIII, van a estar en Castilla condicionados o girando de manera específica/diferenciada, alrededor de realidades, valores y mentalidades heredados de la Reconquista y materializados en la oposición nobleza/herencia/sangre/catolicidad y, trabajo/ esfuerzo/ ciudad/laicidad, y, en donde el inmenso colectivo castellano de conversos[111], va a constituir una especie peculiar de clase social, depositaria de inconformismos de supervivencia y, de un cierto progresismo cultural, científico y político que no será suficiente para producir sociología, aunque sí, miradas sobre la sociedad de la época. Entre otras causas porque la ciudad del capital es aún ciudad del mercado y, sobre todo, ciudad del Rey. Solamente podrá haber sociología cuando la ciudad es verdaderamente ciudad del capital y se decapita al Rey[112], como acontecería en la Francia de 1793.

No obstante, puede que sea necesario en esto del aclarar, lo que diferencia la sociología de las sociologías sin sociología sería el qué, acompañando al cimentado burgués/urbano, estaría presente un determinado temple maldito/heterodoxo, que determinará a lo largo de las últimas décadas del XIX, que, las miradas críticas sobre la sociedad desprendidas de toda la variada escritura novelística/ensayista expuesta,  podría darnos una clave comprensiva de cómo, estas protosociologías van a dar lugar al brote de las para nosotros “una, en dos sociologías” en España y, que al final, probablemente formen un caudal de sensibilidades y prácticas según tres manantiales, un poco como misteriosa metáfora de la Santísima Trinidad, para quedarnos al final del relato y, desgraciadamente, con una sola sociología, la canonizada desde las instituciones académicas y sus sociólogos; de tal manera, que será desde aquí, cuando la aparenta boutade del profesor Moya, recobre su sentido y pertinencia.

Esta escritura protosociológica que serpentea desde el Renacimiento castellano/aragonés recogiendo patentes lecturas de crítica social, tendría sus límites. Su frontera, la nota de corte, estaría representada en la logística del poder: en los tensionamientos de dos modelos organizacionales del convivir, que, hasta el ochocientos, se movería en escenarios ajenos a los tensionamientos de la sociedad industrial/fabril. Quizá, por eso, no podremos decir en este tiempo del XVI al XIX, que, esos brotes críticos sean sociología sino, únicamente expresiones de nuevas formas de mirar la sociedad desde la cultura renacentista en el marco de una conflictividad social que, en el caso español adquiere significaciones y herencias probablemente diferenciadas, de las de otros países de nuestro entorno occidental. En último lugar, podríamos decir que, sin ser sociología, si son, otra manera de hacer sociología.

En puridad, la crítica social que se desprende de los escritos sociodelicuenciales y la novela picaresca contenidos desde el Lazarillo al Quijote, pasando por los informes de los ilustrados y la mordiente crítica sociopolítica ejercida por personajes más o menos adaptados o, incómodos, como la de los heterodoxos de la Ilustración española, ejemplarizados por León de Arroyal (1755-1813) Valentín de Foronda (1751-1821) y Juan Bautista Picornell (1759-1825) junto a los sociólogos del grito que ya hemos comentado, puede considerarse como una manera peculiar de hacer sociología antes o paralela – en el caso de los sociólogos anarquistas -, a la sociología academizada.

Precisamente nuestro interés en engolfarnos en estos dos capítulos al este asunto de la sociología y sus vericuetos no es otro, que, el de partir de un suelo genealógico/reflexivo que, pueda ayudar a situar precisamente una ya, posible sociología del futuro, partiendo precisamente de la memoria sociológica, de los viejos tallos que, nos han podido dejar las miradas de incontables hombres y mujeres que se atrevieron a pensar el mundo en el que intentaban habitar. Un mudo que va siendo diferente, un mundo y una sociedad presidida y afianzada por/en, la máquina y por el hombre en lugar como ahora – y sobre todo más tarde-, por las máquinas sin hombres (las cursivas son nuestras) o lo que es todavía más trágico por hombre y mujeres mecanizados superando el ya viejo diseña taylorista probablemente ahora, improductivo para un capitalismo global necesitado de enfoques más globales que, abarquen no solamente el cuerpo del trabajador sino, toda la trama de la vida [113]

IV.-GENEALOGÍA DE LAS MÁQUINAS: DE LAS MÁQUINAS ENERGÉTICAS BIONATURALES A LA AUTOMÁTICA MECANIZADA

Probablemente la primera máquina utilizado por los humanos y quizá por los humanos aún todavía no sapiens, no era un artificio, sino la propia estructura neuro/músculo/esquelética de los homínidos del tiempo del Homo habilis (2,3 ma) un posible ancestro africano del Homo erectus (ca 2 ma). Una máquina/orgánica cuyo principal artilugio funcional sería el volumen encefálico y la mano. En cierta medida, el tamaño del cerebro funcionó como motor energético y la mano  a su vez, como artificio muscular/operativo de ese mismo cerebro…pero todo ello, catalizado desde el lenguaje (más allá de la palabra hablada) como sería el caso de los sordomudos, como el gran y único significante de lo humano que, en último lugar le ha hecho una máquina qué, tampoco es máquina, sino un peculiar organismo convivencial…a este respecto el neurobiólogo chileno Humberto Maturana nos hablaría de un convivir humano que:

“…tiene lugar en el lenguaje, que el aprender a ser humano lo aprendemos al mismo tiempo en un continuo entrelazamiento de nuestro lenguaje y emociones según nuestro vivir. Yo llamo conversar a este entrelazamiento del lenguaje y emociones. Por esto el vivir humano se da, de hecho, en el conversar…” Vide: Sima Nisis, en su prólogo al libro de Maturana, El sentido de lo humano, Buenos Aires, Ed. Granica,2019,11.

Continuará….


[1] Vide: Entrevista por el semanario Der Spiegel a Horkheimer, referenciada en una separata de la revista Teorema en su Vol. III de 1973

[2] Realmente lo que fundaron sería el Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe en Frankfurt del Meno

[3] La referencia concreta la podemos encontrar en Gómez Arboleya; La sociedad moderna y los comienzos del saber sociológico, Madrid, Anuario de Filosofía del Derecho, Tomo II, nº13, 1954

[4] Precisamente, el primer utilizador de la palabra “sociología” medio siglo antes que Comte, sería un personaje totalmente ligado a la consolidación y desarrollo legislativo y político de la Revolución Francesa, como sería. la figura de Emmanuel Joseph Sieyès (1748-1836) según un manuscrito perdido, fechado por algunos historiadores de la sociología en 1780, de cuya datación nosotros dudamos y, que probablemente, se pueda situar alrededor de 1789, coincidiendo con sus escritos netamente sociopolíticos como el titulado: ¿Qué es el Tercer Estado? en donde explícitamente utiliza el término “ciencias sociales” en lugar de “sociología

En la actualidad, una nueva saga de sociólogos franceses e italianos como François Vatin, Christine Fauré, Laurence Kaufmann y Silvana Greco, están y han elaborado criterios renovadores sobre los recorridos de las filosofías sociales hacia la sociología o como apunta François Vatin: “Le social avant la sociologie” ( L´Année Sociologique, Vol,67/2017) Por otra parte, Silvana Greco ha rescatado del olvido y del desconocimiento nuevos precursores de la sociología como el judío/moravo Moses Dobruska (1753-1794) que publica su Philosophie sociale (Paris, 1793) Vide: Silvana Greco; Il sociologo eretico, Moses Dobruska, Firenze,Giuntina, 2021

[5] Sobre la “Ciudad moderna”, el jurista y sociólogo español Adolfo González-Posada (1860-1944) elegiría para su discurso de ingreso en la Real Academia de CC. MM. Y Políticas (1915) el sugestivo rótulo del “El régimen municipal de la ciudad moderna” cuya primera edición se llevó a cabo en 1916 por el impresor madrileño Victoriano Suarez

[6] Y que, realmente comprende desde 1789 hasta el 18 Brumario de 1799

[7] Vide: María Luisa Sánchez-Mejía, Textos políticos de los Ideólogos, Madrid, Centro de Estudios PP. Y CC. 2004.

[8] Posiblemente, todo el relato racionalista y protosociológico de Cabanis y Tracy ancló sus orígenes en el sensualismo que Condillac expone en su Traité des sensations (1754) de manera que, todos los conocimientos humanos y todas sus facultades intelectuales provendrían de las sensaciones. En esta línea, Condillac reconoce un importante papel al uso de la palabra, como clave del pensamiento. Aspecto por otra parte reconocido por Lavoisier en su Discurso preliminar de su Tratado elemental de Química (1789)

[9] Vide: Saint-Simon; Le Nouveau christianisme (1825)

[10] Su referencia terminológica a la sociología la realiza en el volumen IV, de su Curso de Filosofía Positiva, lección 47 redactado hacia 1838-1839. En la documentación que hemos manejado nos hemos encontrado dicha referencia en la Física social, que contempla las lecciones 46 hasta la 57, editada por Akal (2012, págs. 245-271)

[11] La fisiología social en 1813; El sistema industrial en 1821 y El catecismo de los industriales en 1823

[12] Tratado de Sociología (4 tomos) entre 1889 y 1904 más, su obra póstuma Problemas de Sociología (1910)

[13] Una ciencia o disciplina siempre difícil y peculiar, de contornos sutiles y continuamente movedizos; siempre separable de la frialdad emocional de las ciencias naturales…en suma: un saber cómo diría Bourdieu, siempre interrogado y en muchas ocasiones perturbador y molesto.

Vide: María Ángeles Durán: La dimensión internacional de la Sociología Española (2001)

Pierre Bourdieu: Cuestiones de Sociología (1984)

Fernando A. Uría y Julia Valera: La galaxia sociológica (2000)

[14] Con motivo de su discurso de agradecimiento al recibir su galardón en Humanidades por la rancia – pero que suele acertar en sus galardones-, Fundación Princesa de Asturias en el 2010.

[15] Una Sociología que, hasta finales de los Sesenta (con la excepción de CEISA) se mantuvo de manera paradójica. Por una parte atornillada/engatillada por la incorporación obsesiva e imaginaria de una suerte de sociología imperial/escolástica (Mariana, Donoso Cortés, Balmes, etc.) pero al mismo tiempo, como sería habitual con muchas de las instituciones socioculturales del franquismo desde el SUT, hasta la misma Organización Sindical, presentando intersticios y porosidades por donde se colaba el diablo de manera, que entrecortada y lentamente, irían apareciendo colaboraciones y escritos que permitieron/contribuyeron, en modo “guadiana” a una cierta refundación de la sociología española

 

[16] Sobre este aspecto del franquismo y la imposibilidad/negación de la sociología durante los años de hiel y silencio más acentuados (desde 1939 hasta más o menos 1950) puede que haya que matizar lo que apunta Alfonso Ortí en uno de sus escritos (Vide: La reinstitucionalización de la sociología española, en Las Ciencias Sociales en España,1, UCM, 1992) comentando qué:

“…el desarrollo de la investigación sociológica – de cualquier orientación – queda dramáticamente bloqueada durante el Estado franquista” (1992, 37) en el sentido de que lo que sí, pudo existir pudo ser, una reconstrucción pervertida de la sociología o un especial modelo de hacer sociología desde el fascismo a mayor gloria de fantasías imperiales mediante la recolección mediatizada y tergiversada del decir de las gentes, por organismos de “auscultación” en lugar de la escucha y la mirada, abundando en el hecho de la imposibilidad de que, a partir de cualquier régimen dictatorial, se pueda desarrollar una verdadera sociología (Vide, Jesús Ibáñez, 1992)

A nuestro entender, lo que sucedió responde a dos momentos de la dictadura. El primero, correspondiendo al tiempo de la crueldad sin disimulos del primer franquismo (1939-1945) y el segundo a un recorrido de simulaciones o de introyección moral/psicológica – y aún todavía física – de la violencia – a modo de la “servidumbre más forzada que, voluntaria-, desde los cincuenta hasta casi algún tiempo posterior a 1975. Para poner una fecha, 1959, el año del suicidio del profesor Arboleya, coincidente también en el día, con la visita de Eisenhower a Madrid (21 de diciembre) será cuando el peculiar zafio/fascismo español de espuela y sacristía iría dando la alternativa a un neofascismo de continuidad, donde la grosera zafiedad de bayoneta y brazo incorrupto, de los cuarenta, se camufla en beatas espiritualidades y sabrosos beneficios de mano del Opus y las multinacionales del Atlantismo. Años en que la perversa “no sociología” de la “auscultación” ya no sería “productiva “para la supervivencia del franquismo necesitándose nuevos dispositivos de agarre del decir, de la palabra de las gentes con tal, que no siguiesen el recorrido de los sociólogos fundadores de la sociología española que como Sales y Ferré o Adolfo Posada estaban contaminados por los demonios del darwinismo y el positivismo o, peor aún, por la memoria de una sociología fronteriza de la denuncia y el grito, representada por algunos misioneros de la idea, como los anteriormente citados sociólogos anarquistas. Para contrarrestar esa maldita memoria, nada mejor que, el enfoque adaptativo/funcionalista representado por los sociólogos de Harvard y Columbia; especialmente, Parsons (1937) Merton (1949) y Lazarsfeld (1944, 1955)

 En el primer momento será cuando realmente la sociología fue no solamente bloqueada sino, además absolutamente trastocada y pervertida. Un bloqueo que incluso, consiguió borrar el propio término “sociología” de las escrituras e instituciones académicas y político/administrativas, realizando una operación de verdadero malabarismo sociológico, travistiendo el hacer sociológico en estrategias de propaganda del Régimen, siguiendo los modelos de “auscultación” nazifascitas y estalinistas. Una propaganda, en el caso español camuflada bajo la apariencia de una rotulación aparentemente inocente como la de “Auscultación de la Opinión pública” y que recordando al frankfurtiano sociólogo alemán Franz Neumann del “Belhemoth” (1942) haría de las estrategias de propaganda verdaderos dispositivos de violencia. Sobre todo, esto, hablaremos posteriormente. Por ahora, solamente quiero apuntar que, a pesar del franquismo, y desde instituciones oficiales, como sería el caso del IOP, se realizaron desde finales de 1942, numerosos estudios de “opinión secuestrada” ( pero a la vez de opinión) bajo la técnica de la encuesta con cuestionarios cerrados y mecanización electrocontable que, además era gestionada por “camaradas” del “Movimiento” y analizadas mediante una confusa mezcla de criterios cuantitativos y cualitativos cuando los datos conseguidos, no eran los apropiados. En esta línea resulta aclarador, el comentario que montan los analistas de una encuesta realizada en 1945, sobre “Prensa y hábitos de lectura” en donde ante los resultados cuantitativos a la pregunta sobre la valoración de los periódicos de antes de 1939 y después, los entrevistados se decantan por los existentes durante la República (58,28%). Ante tal resultado, a estos analistas no les queda otra salida que, argumentar sobre tan desmedido dato, que no era otra cosa que, el resultado de la calidad del papel y la impresión, como consecuencia de las penurias tecnológicas de la postguerra como causa de tamaña respuesta (Vide: María del Pilar Alcobendas, 2006)

En este tiempo, se podrían rastrear algunas porosidades más, o como nos decía Jesús Ibáñez (1992) algunas “toperas”, por las que se colaba algo cercano a un verdadero hacer sociológico representado por los escritos de unos pocos autores en las publicaciones periódicas del Balmes o del Instituto de EE. Políticos  siendo, a partir de los cincuenta, cuando ostensiblemente se puede observar el cambio de tendencia de manera, que a pesar de la permanencia de una dictadura en parte “suavizada” se abren toperas por todos los suelos del Régimen, tocando también a la sociología. Será el tiempo de la consolidación comedida de las primeras Facultades de CC. Políticas y Económicas que van incluyendo cátedras de Sociología como la Central de Madrid en 1953 y el nacimiento de institutos de Estudios de Mercado como IBEROMÉTRICA, DATA y ECO que, junto a la vuelta de la saga de los “becarios” en Alemania y Estados Unidos, Linz, de Miguel, del Campo, Moya, Ortí, Jiménez Blanco y Castillo, se iría iniciando en parte, el proceso de refundación de la sociología española. Una refundación que, a pesar de los posos funcionalistas de algunos, sirvió para hacer posible por primera vez, en nuestro país, la escucha del decir y la palabra en una sociedad, aunque aún, formalmente autoritaria, oteaba brisas de libertad y democracia. Más todavía, probablemente el verdadero cierre refundacional se efectuaría en los primeros sesenta, con la recepción de la sensibilidad crítica de los sociólogos de Frankfurt a través de CEISA y de las traducciones de sus representantes más señalados. Así, en 1966, se traducirían y editaba por Taurus, la obra de Adorno y Horkheimer “Sociológica”, seguida de “Lecciones de Sociología” de los mismos autores que editó la editorial bonaerense Proteo en 1969. También por esos años, se tradujo y editó en España la “Introducción a la sociología” de Thomas Bottomore (Península, 1967) que tan solo, en un año llegaría a las tres ediciones. Un proceso de refundación que pasando por las “toperas” del IOP y del Instituto de EE. Políticos, más los gabinetes de estudios de mercado, CEISA, los “foessas”, La Escuela Oficial de Sociología de Madrid (1962 y 1969) culmina con la inauguración de las primeras Facultades conjuntas de CC. PP. y Sociología en Madrid (1973/74) y mucho más tarde en la UA de Barcelona a partir de 1986, clausurando definitivamente los recorridos de la reinstitucionalización de la sociología española. Intencionalmente hemos omitido como no, excepcionalmente relevantes, los peculiares recorridos de la academización de la sociología en España a partir de instituciones eclesiales como el Instituto León XIII (1950) Deusto (1965) y La Pontificia (1971) por considerar que esta sociología episcopal/catequística, se ha movido en circunstancias y desarrollos teóricos excesivamente endógenos y poco representativos de los cánones institucionales de la sociología moderna; y esto, a pesar de su innegable aportación a la empiria sociológica desde sus innumerables estudios pastorales. Además, esta sociología misionera, aparte de ser considerada absolutamente cómoda y libre de sospecha, no contribuyó en nada ni, a la distorsión y vigilancia “auscultadora” ni tampoco, al desvelamiento de la vida social; en suma, una sociología del alma, en lugar de una sociología del cuerpo, que a su manera pudo ayudar al taponamiento y despistaje de otras sociologías no tan santas, bajo sospecha.

 

[17] En las regiones de la sociología los “transterrados” más reseñables fueron José Medina Echavarría (1903-1977) Francisco Ayala (1906-2009) y Luis Recaséns Siches (1903-1977) Echavarría y Recaséns vinculados en su exilio al Colegio de México y la UNAM; Ayala a la Universidad de Buenos Aíres y Puerto Rico. Los tres funcionarios y políticos durante la II República que, partiendo de la filosofía jurídica recalarían en la sociología. En particular, Echavarría desarrollaría una labor inmensa en la recuperación para los lectores de habla española de lo mejor de las obras de los grandes maestros de la sociología a través de su labor en el Colegio de México y la editorial FCE; cerca de 50 títulos, solamente entre 1939 y 1945 más, la escritura de dos textos ejemplares y olvidados de la sociología española: Panorama de la sociología contemporánea (1940) y Sociología, teoría y práctica (1941)

 

[18] Unos más que otros, dependiendo de su propia habilidad, la decencia y bonhomía personal o simplemente, de los agujeros administrativos y coberturas familiares o de clase, que nuestro peculiar modelo de fascismo, siempre a lomos de la estulticia de pandereta y la hiel trentina, dejaban abiertos. Todos ellos, contribuirían en grados diferentes, incluso dentro de las propias instituciones del franquismo, a una cierta, lenta y discreta reconstrucción de la mirada y la escritura sociológica. Serían los transterrados o semitransterrados del interior. Algunos casi desconocidos y por supuesto olvidado por la Academia sociológica como José Mallart y Cutó (1897-1989) un verdadero precursor/reconstructor de la psicosociología aplicada y la sociología industrial en España, que probablemente se salvaría del transterramiento de sus colegas de la Cínica del Trabajo y el Instituto de rehabilitación como Mercedes Rodrigo y Madariga por su camisa azul, y al que se le deben aparte de sus aportaciones anteriores a la psicotecnia del trabajo y prevención de riesgos laborales en el trabajo agrícola, numerosas aportaciones a partir de 1944, en el campo de la sociodemografía y la sociología rural acompañados de diversos y madrugadores artículos sobre psicosociología del trabajo. Aparte de Mallart que, aunque pueda ser considerado como un representante menor, que le citamos precisamente por eso, por menor y enterrado en el olvido, estarían las figuras del General de Ingenieros José Marvá y del ingeniero civil Cesar de Madariaga Rojo, en cierta medida precursores junto con Mallart de la sociología industrial y del trabajo en España

 

[19] Realmente, fueron dos cátedras; una ganada por Arboleya y la segunda, declarada desierta. Estas cátedras de sociología tuvieron sus antecedentes en la anterior cátedra de Teoría de la Sociedad y de la Política creada en 1950 en lo que era la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales. Alrededor de 1954, junto a la cátedra explícita de Sociología ocupada por Arboleya habría otra relativamente cercana de Filosofía Social, ejercida por Salvador Lisarrague y otra, todavía con resabios socio/imperiales de Teoría del Estado por Fraga Iribarne.

 

[20] Dependiendo directamente de la Junta Política Nacional de FET y de las JONS, señalando en su documento fundacional (9 septiembre 1939):

“…para que investigue con criterio político y rigor científico los problemas y manifestaciones de la vida administrativa, económica, social e internacional de la Patria…dicho organismo podría ser al mismo tiempo, escuela para la formación política superior de elementos destacados de las nuevas generaciones…”

 

[21] Una publicación que representaría los avatares en los que se movería la disciplina en los primeros años del franquismo, verdaderamente atrapada en el intento de reconstruir una memoria sociológica desde los flecos más arcaizantes de la nueva mitología histórica intentada, con paso firme, por los ideólogos del nacionalcatolicismo claramente patente, en los ejemplares de los años anteriores a 1945 y el cambio de rumbo establecido posteriormente a su inicial reconstrucción temporal que, por ejemplo, introduce en sus dos números de 1946 (volúmenes 13 y 14) significativos trabajos dedicados a D. Ramón de la Sagra rubricados por Legáz Lacambra y Viñas Mey respectivamente. Este salto del siglo XVI al XIX, se patentiza aún más, si tenemos en cuenta que, en el año fundacional de la revista, 1943, se la hace depender no del Instituto Balmes sino, del Instituto de Economía del CSIC, que lleva por título, “Sancho de Moncada”. Pues bien, este tal Sancho de Moncada (1580-1638) al que el primer franquismo proclama de alguna manera como beatífico santo protector de su autarquía económica, sería el autor de un libro rotulado con una titulación tan sugestiva y pertinente como “Restauración Política de España” (1619) en donde los males de la patria, se deben todos ellos, a la diabólica maldad promovida y ejercida tenazmente desde los países de la Reforma, y que el franquismo reconduciría, concentrando el asunto en ingreses y franceses, sin por supuesto, olvidarse del monstruo ruso/soviético.

 

[22] Está por hacer un estudio riguroso de los contenidos de estas dos publicaciones recorriendo sus contenidos desde su fundación, hasta los primeros años setenta. Con toda seguridad nos podrá servir para entender mejor los mimbres desde los que se iría academizando la sociología en nuestro entorno. Reconociendo nuestro por ahora, tan solo, rápido y discontinuo ojeamiento de sus numerosos ejemplares solamente nos aventuraremos a señalar algún adelanto provisional. En primer lugar, la posible influencia en estas dos publicaciones de dos sensibilidades políticas diferenciadas. Una la del Balmes, de diseño social/católico, pero con gestores y colaboradores con algún entrenamiento en estudios y trabajos sociológicos y la del IEP, de enfoque falangista y, más volcada al campo de la filosofía del derecho y la teoría política. Además, la revista del Balmes, ofrecería junto a otras de carácter político/sociológico una sección específica rotulada como Sociología. Así, los contenidos de la Revista Internacional de Sociología en sus primeros ejemplares ofrecerán escritos y trabajos mucho más “sociológicos” que la Revista de Estudios Políticos. ya, en sus primeros números – el fundacional de enero de 1943 y los segundos y tercero del verano del mismo año – nos podemos encontrar en la Revista Internacional de Sociología con los siguientes colaboradores y escritos:

Gregorio Amor: La ley sociológica

José Ros Gimeno: La natalidad y el futuro desarrollo de la población de España

Jesús Villar Salinas: Consideraciones sobre el volumen actual de la población española y Repercusiones demográficas de la última guerra civil española

Julio Caro Baroja: Regímenes sociales y económicos en la España prerromana

Luis Legáz Lacambra: Sociología jurídica y sociología del hombre

Francisco Fernández Sánchez Cuesta: El concepto de clase social en la sociología contemporánea

Rafael de Roda: Sociología marroquí

Javier Ruíz Almansa: Realidades y posibilidades de la población española

En el ejemplar más cercano que tenemos de la Revista del IEP correspondiente al mes de abril de 1944, nos encontramos tan solo con un artículo cercano a la sociología firmado por José Gascón Hernández consistente en comentarios sobre una publicación del Instituto de Estudios de Administración Local referenciado como Estudios y estadísticas de la vida local. El grueso de este ejemplar de 1944 constaba de una serie de artículos firmados por Fernández Cuesta sobre El concepto falangista del Estado; otro de Laín Entralgo: La generación de Menéndez Pelayo; de Menéndez Pidal: Carácter originario de Castilla, seguido de Federico Suárez: La intervención extranjera en los comienzos del régimen liberal español. En ese mismo año y mes de abril de 1944, La Revista Internacional de Sociología incluía el siguiente contenido:

Salvador Minquijón: Sobre el objeto de la sociología

Luis Legáz Lacambra: Sociología y Filosofía

Gregorio Amor: El medio físico y la raza como agentes de la evolución social

Doctor Arbelo Currelo: Contribución al estudio del problema de la denatalidad en España

Antonio Perpiñá Rodríguez: La doctrina de los grupos humanos en Vitoria y Suárez.

En los años posteriores y ya, situados con posteridad a la victoria aliada contra los fascismos, en el ejemplar de la revista del IEP, nº 52 de julio-agosto de 1950, nos encontramos con un cierto cambio desde el que, probablemente se iría modificando la tendencia anterior de manera que las colaboraciones de carácter sociológico van teniendo mayor presencia apareciendo, escritos  que, en clave entrelineada van introduciendo componentes sociológicos apreciables como los representados por un interesante trabajo de Felipe González Vicén ( un olvidado maestro de la sociología jurídica española, transterrado por el franquismo a la Universidad de Canarias) sobre El positivismo en la Filosofía del Derecho contemporáneo, acompañado de un inteligente y valiente artículo de Tierno Galván que bajo el inocente rótulo de Hombre, humanidad y humanismo, nos adentra en la sociología marxista, acompañado de otro escrito de Isaías Sánchez Tejerina, titulado: El Boletín del condenado, a propósito de la sociología criminal. Además, Enrique Gómez Arboleya indiscutible refundador de la sociología española, iniciaría a partir de 1948 su colaboración en la revista del IEP con numerosos artículos (hasta 1959 hemos contabilizado 12) Otro insigne refundador Francisco Javier Conde, publicaría en la misma revista del IEP entre 1951 y 1952, un artículo con el rótulo Sociología de la sociología.

 Por el contrario, a partir de 1950, en la Revista Internacional de Sociología podemos observar un cierto estancamiento teórico aunque, se siga manteniendo su protagonismo, en el terreno de la aplicabilidad en los campos habituales de preocupaciones sociológicas de los acenepistas españoles, representados por la familia, la demografía y la juventud…En el ejemplar correspondiente a los meses de enero-marzo de 1950 (nº 29) nos encontramos con colaboraciones de Corrado Gini sobre Relaciones culturales entre Italia y España, particularmente respecto a la estadística y la sociología; de Fraga Iribarne y Joaquín Tena, a propósito de Una encuesta a los estudiantes universitarios de Madrid; otro de Luis de Hoyos Sáinz: Análisis por partidos judiciales del acrecentamiento de la población de España; más, una sorprendente inclusión de José Antonio Girón – a la sazón ministro de Trabajo – con su discurso nada menos que dirigido a los trabajadores asturianos sobre La política social del Régimen

Hasta aquí, un resumen provisional e inicial, de lo que consideramos como una tarea aún, por realizar, del vaciado temático de estas dos publicaciones

[23] Como botón de muestra, de la rigurosidad sociológica de este Instituto, todavía en fechas tan recientes como el año 2006, aparecía como titulación de uno de sus seminarios: El amor, como propuesta cristiana a la sociedad de hoy

 

[24] Institución fundada en 1958 y dirigida hasta 1966 por el mismo Pérez de Úrbel y, que, como ya hemos apuntado, como numerosas instituciones del franquismo, dentro de su tenaz empeño en construir una sociología del Imperio, permitió a su pesar – si es que se enteraron – el que se fuesen “colando” escritos y colaboradores que, entre líneas, fueron introduciendo escrituras sociológicas de alguna manera, “non sanctas” para posteriormente,  en los últimos años de su existencia convertirse en un paradigmático foco emisor de escritos absolutamente distanciados de su fundacional  sociocatequésis falangista. Por ejemplo, durante los primeros años setenta y, con el generalísimo golpista todavía vivo, la dirección de la publicación emblema del centro, la Revista de Estudios Sociales era dirigida por Luis González Seara acompañado por un elenco de sociólogos como Salustiano del Campo, José Castillo, Diez Nicolás, Jiménez Blanco o Carlos Moya. En su número 9 correspondiente al invierno de 1973, nos podemos encontrar con artículos de Carlos Moya: De la sociedad urbana y del “medio ambiente” como mercancía, y de Julio R. Aramberri sobre: La crisis del funcionalismo.

[25] Si hay, una institución que representa en España la aplicabilidad de la sociología a la realidad de un país, incluso desde las limitaciones y cautelas desde las que hay que leer siempre los estudios cuantitativos, ésta, sería FOESSA, una institución que nace de un área de estudios sociales de Cáritas en 1957, bajo la dirección del sociólogo y sacerdote catalán Rogeli Duocastella (1914-1985) que, paralelamente funda y dirige en Barcelona desde 1958, un Centro de Estudios de Sociología Aplicada (CESA) semejante al ISA de fray José M.ª Vázquez en Madrid. Sorpresivamente, será bajo el liderazgo de este cura sociólogo Duocastella (seguido  más tarde,  por el INP), cuando realmente se inicia   la producción real y concreta de una sociología sobre el terreno que, más allá, de su diseño sincrónico y, de no profundizar en contenidos excesivamente intranquilizantes, constituyó y construyó un importante andamiaje estadístico/metodológico moderno que, en el IOP con Jesús Ibáñez como protagonista e, incluso en el  ISA madrileño, abarcaría la utilización de técnicas cualitativas. Es más, el primer curso que se enmaqueta en España sobre la utilización de los “grupos de discusión” – aparte de su primer esbozo, meramente teórico en CEISA en 1964 –   como herramienta operativa, se hace dentro de la oferta formativa de este Instituto de Sociología Aplicada en 1970. Abundando en este asunto, nosotros hemos comentado siempre que, en nuestro país, se aprende de verdad, el oficio de sociólogo desde escenarios para/académicos tan peculiares como el pastoral/católico, el de los estudios de mercado y, algunas instituciones de origen falangista/gubernamental, mucho antes de que, algunos profesores universitarios de sociología, supieran no, construir/diseñar, sino simplemente, leer una encuesta; y, esto, sin referirnos a los estudios no distributivos, con utilización del grupo de discusión hasta que, Jesús Ibáñez, academiza estas técnicas en la Facultad de CC. PP y Sociología de la UCM en 1982

De cualquier manera, estos dos foessas de 1966 y 1970, supusieron un antes y un después en el despegue de la sociología aplicada española. Podríamos decir que suscitaron, innumerables recelos y adhesiones, las primeras entre los sectores aún agarrados al y, en el totalitarismo tardofranquista, y las segundas, en los esperanzados en el cambio. Además, como nos recordaba el propio Amando de Miguel, (Vide: Política y Sociedad, 2009, nº 3) funcionaron como un post- test del Régimen, en donde se podía observar a pesar de la reciente legislación de libertad de prensa de 1966, su inercia represiva de tal manera, que, de cada uno de los informes (1966 y 1970) se eliminaría un capítulo; precisamente, los dedicados a la vida política. De alguna forma, si en los primeros años del Balmes y del Instituto de Estudios Políticos los demonios sociológicos estaban representados por el darwinismo y el positivismo, en estos postreros de la agonía totalitaria, serían sustituidos por la sociología empírica. Un tiempo en el que, inquietaba más que el pensar, la maldita manía de preguntar. Es más, la verdadera refundación de la sociología española, se daría – sin olvidar la teoría – fundamentalmente, desde su praxis operativa, incorporando, aprendiendo, utilizando – para mal y para bien -, las herramientas de la escucha, la mirada y, la palabra, y, sobre todo, las nuevas tecnologías y programas digitales de la sociología aplicada norteamericana de corte funcionalista; saltando, poco a poco, de las incómodas tarjetas perforadas de las primeras IBM al software automático a la carta y, prácticamente artesanal, del Centro informático de  Gandía, gestionado por el ingeniero valenciano José Trilles, al que los sociólogos españoles le debemos mucho. Desde la EHESS ( en mi tiempo EPHESS) parisina y, desde las universidad de Colonia, la británica de Reading o, la CEISA de Madrid, nos envolvimos de la emoción sociológica pero, de la universidad norteamericana aprendimos el oficio; pero tan solo para los privilegiados por las Fulbright;  otros, menos afortunados, dando tumbos por institutos de estudios de mercado, departamentos de investigación de  algunas agencias de publicidad, o instituciones oficiales como el IOP, el PPO, el Instituto de la Juventud, la Escuela de Organización Industrial, las Escuelas Sociales del Ministerio de Trabajo o los servicios de estudios sociales y estadística de algunos ministerios como el de Trabajo, incluyendo nichos tan peculiares, como los Servicios de Estudios y Estadística del Sindicato oficial, o instituciones tan desconocidas en la elaboración de trabajos sociológicos como el Instituto Social de la Marina. Con relación al Instituto Social de la Marina fundada en 1930 por el oficial de la Armada y sociólogo (olvidado como otros muchos por nuestra Academia) Don Alfredo Saralegui Casellas (1883-1961) Al ISME se le puede considerar como una continuación del Instituto de RR SS., en este caso centrado, en los trabajadores del mar. Saralegui del que no tenemos datos claros sobre su afiliación ideológica o partidista, fue sin duda un marino progresista y leal a la República, depurado por el primer franquismo y nunca, restituido en su cargo de presidente del Instituto Social de la Marina. Su obra sociológica más representativa es, España Marítima. Ensayo de estudios sociales, Madrid, 1928

[26] Así, por ejemplo, el desarrollo y conformación de su “Sistema de Indicadores Sociales” (1967) pieza maestra de metodología para el diseño de la investigación sociológica mediante la técnica de encuesta más, la utilización por Amando de Miguel de un apoyo informático novedoso en España, aprendido en sus estudios en la Universidad de Columbia con la colaboración y constante apoyo de Juan Linz y, el sostén logístico del Instituto DATA

 

[27] Que después del cierre de 1968 y, cambiando de ubicación desde la calle Jorge Juan, 46, a Zurbano, 29, se vendrá a llamar, Escuela Crítica de Ciencias Sociales.

 

[28] Que formábamos parte de recorridos curriculares muy diferentes como yo mismo, que venía de estudiar – sin mucho éxito – en la Escuela de Peritos industriales de Valladolid y llevando dos años, matriculado en la Escuela Social de Madrid. Era un poco como el enganche en la Legión; a nadie se la preguntaba quién era y de donde venía; un poco en la línea de los Ateneos obreros de entre siglos y, de los cursos de sociología que se impartieron en el Ateneo de Madrid desde los años 70 del ochocientos

 

[29] De Pepín se va escribiendo bastante; uno de los testimonios para mí, mejores es el representado por el libro “Una vida a Contracorriente” de Irene Liberia (Valencia, 2019) pero más allá, de la memoria escriturada, estaría la memoria personal, la de los hechos no escritos y guardados únicamente en la emoción de los recuerdos. Cuánto le tengo que agradecer a Pepín, siempre dispuesto a ayudar a sus alumnos. A mí, como a otros muchos, les facilitó la admisión en universidades e instituciones académicas muy selectivas en donde para la admisión no bastaba con una inscripción de estudiante o titulación universitaria homologada internacionalmente, necesitándose un padrino acreditado. Sin el padrinazgo de Pepín Vidal, un servidor no habría sido nunca admitido en la Sección VI (Sorbonne) de la École Pratique des Hautes Études, luego EHESS, bajo la tutoría de Lucien Goldmann. Pero, mi recuerdo y mi agradecimiento profundo es otro…lo cuento:

En una tarde de finales de marzo de 1967, se presentan varios agentes de la “Brigadilla” de la Guardia Civil (la unidad de información de la GC semejante a la “Social” de la Policía) en la secretaría de CEISA, requiriendo mi ficha de estudiante para conocer mi domicilio en Madrid. En la secretaría estaba esa tarde Vidal Tascón. Inteligentemente y para ganar tiempo, Vidal llama a Pepín que acude rápidamente a la secretaría, conversa con los agentes, intenta indagar con su exquisita cortesía habitual el motivo de la requisitoria de los guardias, les dice educadamente que, yo no soy alumno de la casa y como prueba de ello, va al fichero del centro y les dice a los agentes que revisen ellos mismos las tarjetas de filiación ordenadas como era corriente en la época en un mueble fichero de persiana. Mi ficha no apareció. Los guardias se fueron con el ceño fruncido, pero se fueron. Yo, a la semana siguiente ayudado por otro entrañable compañero de CEISA, Manuel González, estaba camino de los Pirineos para atravesar la franja por un paso cercano a Figueras. Pepín no me dijo nunca como lo hizo, pero intuyo que, con su imponente presencia de profesor y caballero, debió a modo de avezado mago, despistar a los guardias y sacar mi ficha del archivo antes que, ellos, se acercasen al mismo. Así era Pepín Vidal…

 

[30] A partir del magisterio liderado por Jesús Ibáñez, y la participación de Angel de Lucas, Alfonso Ortí, Paco Pereña, Martín de Dios y José Luis Zárraga, aunque ya, en 1962-1963, Jesús Ibáñez, el fundador de ECO, junto con Alfonso Ortí, habría iniciado la utilización de “entrevistas abiertas” y “grupos de discusión “como dispositivo técnico de investigación que, ha supuesto, algo que podríamos considerar como una metodología exclusivamte española de la que no hemos podido rastrear similitudes en otras tradiciones sociológicas constituyendo, una verdadera práctica reflexiva artesanal que, podría suponer una significativa aportación española a la sociología empírica junto, a su aportación técnica/metodológica para la práctica misma  de la sociología crítica. Rastrear los recorridos que llevaron inauguralmente al profesor Ibáñez y más tarde a Alfonso Ortí y Zárraga (algo posterior, Angel de Lucas y Paco Pereña) a diseñar el peculiar modelo español del “grupo de discusión” no resulta una tarea fácil. De cualquier manera, aunque sean solamente conclusiones personales sacadas de innumerables conversaciones y estudios compartidos con Jesús, Angel de Lucas y Alfonso Ortí, entre los años 1972 y 1982, En primer lugar – y, según nuestra opinión – diríamos que el nutriente teórico más potente de Jesús Ibáñez se iría haciendo cada vez, más robusto a lo largo de la década de los setenta después de haber utilizado ya, el grupo de discusión desde los primeros sesenta. En este inicial despegue pudo tener una gran influencia la obra de Baudrillard, Lacan, Barthes y Saussure; todo ello girando alrededor del estructuralismo y posestructuralismo francés, con la articulación reflexiva entre la palabra, el sujeto, los símbolos y la nueva posmodernidad del objeto, el deseo y el mercado. Más tarde, en esos años setenta aparecería la influencia de Deleuze y Lyotard y quizá de la teoría de la “incompletitud” de Kurt Gödel. Todos estos ellos formaban el panteón de los autores de culto que presidian, nuestras tertulias y conversaciones en los frecuentes encuentros que teníamos en los primeros setenta en el chalecito del Viso donde estaba ALEF o en la tasca cercana de La Ancha. Lo que es sin duda reseñable fue la potente influencia sobre la estructura “made Ibáñez” del “grupo de discusión” a la española, del poso de revisión lacaniana del psicoanálisis freudiano y de la aportación del grupo de psicoanalistas españoles liderado por el magisterio de Ángel Garma desde 1933, seguido por Ramón del Portillo con el que conecta Ibáñez en los primeros sesenta a partir de una colaboración del gabinete MOVIT dirigido por del Portillo y ECO, fundado en 1958 por el mismo Ibáñez que, le llevaría a éste, a utilizarlo por primera vez en un estudio de mercado realizado hacia 1963 para Nestlé. Esta fuerte sensibilidad y diseño psicoanalítico, conduciría a un cierto fundamentalismo analítico que nos obligó a los primeros seguidores de Ibáñez a practicar el análisis didáctico con algunos de los contados integrantes de la asociación de psicoanalistas españoles trabajosamente diseñada, a partir del citado magisterio de Garma y,  que, en el caso del Madrid, de los sesenta y primeros setenta, estaba representado por María Teresa Ruíz que utilizaba la técnica del grupo de discusión – en paralelo a la individual – en la terapia analítica, constituyendo sin duda alguna, una enseñanza fundamental para -según nuestro hacer – conducir adecuada/disciplinalmente, esta herramienta de investigación social diferenciándola completamente de sus reconversiones posteriores en los engañosos  “focus group” que se presentan en la actualidad como beatíficas técnicas cualitativas, no suponiendo otra cosa, lo diga “Agamenón o su porquero”, que, un confuso engendro metodológico ni cuantitativo ni cualitativo. No hay nunca términos medios con la palabra. Aunque, se la pueda cuantificar y convertir en dato, solamente admite la lectura “cualitativa” cuando recoge y expresa su total y compleja robustez emocional a partir del juego saussureano/bartheano del significado y el significante

 

[31] Realmente el alma mater fue DANIS, fundada en 1952 por los hermanos Francesc y Joan Fontcuberta a partir de sus tres sedes de Barcelona, Bilbao y Madrid. Una agencia de publicidad en donde se comienza a utilizar el grupo de discusión para estudios de motivación publicitaria y test de anuncios hacia finales de los sesenta siendo probablemente Manuel González García, – siguiendo el magisterio inaugurado por Jesús Ibáñez y Alfonso Ortí en ECO a partir de 1962 – uno de los primeros utilizadores de estas técnicas en publicidad. De DANIS saldría TANDEM liderada por Paco Torres y Rafa Sarró para a continuación formarse CONTRAPUNTO con Sarró como director. En TANDEM, yo mismo, sería contratado en el otoño de 1972, para encargarme del departamento de investigación cualitativa. Fueron 10 años de inmenso trabajo, utilizando preferentemente el grupo de discusión como herramienta técnica, en infinitos campos concretos de investigación. En esos años, creo que enmaqueté, dirigí y analicé cerca de mil grupos de discusión junto con algún centenar de “entrevistas abiertas”, testando/analizando por toda España, spots publicitarios, anuncios, etiquetas y envases, motivaciones, imaginarios, relatos, canciones, colores, etc., etc. En definitiva, analizando y trabajando sobre los ejes maestros de la vida cotidiana de las gentes, para las que, los objetos y el consumo a modo de los viejos pasajes benjaminianos, iban constituyendo el solado emocional sobre el que, se estaba construyendo el modelo de consumo/convivencia de la democracia española. Ahí, se aprendió una sociología a lo bestia; lecturas reales de la emoción y del deseo; escuchas sobre los mecanismos subterráneos conque, desde el poder del mercado, se estaba delineando el “nuevo nosotros” del posfranquismo… no tengo aún muy claro, si los doctos, leídos y escribidos, sociólogos de cátedra y academia, han llegado a entender del todo, este peculiar y humilde modo de cazar los hechos sociales; de ser sociólogo y hacer sociología.

 

[32] El mismo personaje que promueve la Casa de España y el Colegio de México; el gran espacio de acogida de nuestra cultura republicana transterrada; verdadero poso de memoria sociológica y de centrifugado intelectual para todos los países de habla hispana.

 

[33] Las argentinas Losada, Schapire, La Pléyade, Amorrortu y Eudeba. En el caso español habría que resaltar: junto a la Revista de Occidente, Aguilar, Ciencia Nueva, Barral, Península, Anagrama y Alianza entre las más potentes, junto alguna otra modesta editorial como la madrileña Ayuso. Previamente, en esto de la aportación editora a la recepción de la sociología en España habrá que recordar siempre, la meritoria labor durante el primer tercio del siglo XX del editor y librero madrileño Daniel Jorro Rodríguez

 

[34] Como ocurriría en otros ámbitos de la cultura española durante la dictadura, su aparato represivo se movió siempre, entre la brutalidad, la chapuza y la irracionalidad. En lo referente a la sociología, la propia palabra “sociología” funcionaba como un mantra desencadenante de inmisericordes sospechas inquisitoriales. Recuerdo que, durante “mis años de Soria” y, con ocasión de ultimar mi tesis en la EPHE bajo la dirección de Lucien Goldmann, cualquier publicación que se me enviase incluyendo en su rotulación el término “sociología”- e, incluso “social”- me era requisada sin ninguna otra consideración, aunque, por así decir, su contenido fuese más o menos “inocente “como acontecería, con un sustancioso librito de José Antonio Maravall intitulado El mundo social de la Celestina

 

[35] Y, siempre, cuando nos referimos a España, puntualizando. Aquí, y, aunque la idea pudo ser en general, algo más incómoda que la práctica, en lo referente a la sociología aplicada lo significativo será siempre, conocer desde que, intereses y cautelas se organiza su arquitectura operativa. Cómo se diseña el cuestionario; cómo se estructura la muestra y, cuál es, el objeto y finalidad de la investigación. Y, esto, teniendo agarrado/controlado, el dominio de la institución o empresa que pregunta. Dentro de un contexto sociopolítico como el del primer franquismo, quien exclusivamente podía preguntar – con anterioridad a la Iglesia -, sería ese sui generis Servicio de Auscultación (supra p.5) de 1942, que nunca pudo haber buscado una rotulación tan pertinente para su tarea, como la de “auscultar”, esto es, oír, en lugar de escuchar. En este sentido, una investigación cuantitativa si se realiza desde una honesto y correcto diseño y sobre todo, se analiza desde la libertad y la sensatez, puede y debe ser una eficaz manera de acercarnos al conocimiento de los hechos sociales, sean electorales, de mercado o sociopolíticos, aunque, su redondeo definitivo – comprensivo/reflexivo – no se obtenga definitivamente, sin su articulación con técnicas de mirada y escucha cualitativas. (Vide: Rafael de Francisco, “De la mirada, la escucha y la palabra”, 2015)

[36] Tanto en el libro de los Números como en el de Samuel, se relatan acontecimientos relacionados con el hecho de contar a las gentes por parte del Dios de los judíos. En unas en las que Jehová, ordena por dos veces Moisés contar a los posibles soldados israelitas que cómo mandato directo de Dios y obedecido por Moisés no presenta ningún problema, y, otro momento en el que, parece que David, sucesor de Moisés, realiza un cuenteo/censo de la población hebrea, no ordenado directamente por Dios. Desobediencia que desencadena la ira de Jehová, no solamente porque constituye una grave ofensa sino además porque ese cuenteo estaría ordenado/controlado por Satanás. Cómo se ve, en el antiguo Israel, no estaban prohibidos los censos, que al mismo tiempo de constituir una herramienta contable/militar productiva, suponían un beneficio para las arcas sacerdotales, dado que como se manifiesta en Éxodo 1:1

 “Siempre que tomes la cuenta de los hijos de Israel como censo de ellos, entonces cada uno tiene que dar a Jehová un rescate por su alma…”

[37] Algunos de los sociólogos que nos consideramos formados/deformados, en esa mezcla de ilusión y realidad que supuso CEISA, nunca, hemos despreciado las técnicas de encuesta. Es más, nosotros mismos a lo largo de cientos de estudios utilizando los grupos de discusión, como herramienta metodológica básica, siempre que hemos podido o mejor dicho, siempre que el cliente haya querido pagarlo, hemos utilizado la técnica de encuesta, con cuestionarios a ser posible mixtos (cerrados y más o menos abiertos, incluso proyectivos como el TAT) tanto como herramienta previa al grupo de discusión o al revés, el grupo de discusión como técnica para visualizar el campo de investigación y confeccionar el cuestionario posterior de estudios básicamente centrados en los métodos de encuesta.

 

[38] Con su lúcido sarcasmo habitual, Bourdieu diría: “La sociología no se merecería ni una sola hora de esfuerzo si tuviera que serun saber de expertos reservado a expertos” (2000,7)

 

[39] Vide: Émile Durkheim (1895) Les règles de la méthode Sociologique

 

[40] Átomo, que, incluso remontándonos a Leucippo y Demócrito (siglo V a.n.e.) y, a pesar de cercanas, actuales y, futuras evidencias en cuanto a su estructura, sigue siendo la partícula fundante e indivisible de la materia y que, a partir del nacimiento de la química moderna (Lavoisier, 1889) y, desde que, John Dalton (1808) rescatase del olvido el “Espectro de Demócrito” (dixit, Pedro de la Llosa, 2000) se mantendría hasta nuestros días siguiendo recorridos acumulativos de validez universal (Joseph Thomson, 1809; Albert Einstein,1905,1915; Niels Bohr, 1913; Ernest Rutherford, 1919; Werner Schrödinger, 1926; Werner K. Heisenberg, 1925,1927,1932)

 

[41] Vide: Max Weber: Economía y Sociedad, 1922, (México FCE, 1993 pp., 6 y ss.)

Gilles Deleuze: Lógica del sentido, Paris, 1969, (Barcelona, Barral, 1971, pp., 23 -37)

Rafael de Francisco: De la mirada, la escucha y la palabra, Madrid, 2002 y digresionessociologicas.com (2022)

 

[42] En este caso del atomismo y, dentro del destaponamiento general de la ciencia moderna en el XVII, sería el británico John Dalton (1766-1844) el que, en su puridad, retoma el diseño atomista de Demócrito, aunque, lo refunda y modernice precisamente a partir de nuevas herramientas y posibilidades experimentales, pero siempre y, aunque, lo defina como Un nuevo sistema de filosofía química (1808) manteniendo para el átomo su misma significación de elemento/partícula indivisible.

 

[43] Probablemente, esta disfunción de lo tautológico, pueda ser otra de las maldiciones que acompañen siempre a la sociología. En último lugar, incluso intentando corregir el asunto y diciendo que la sociología intenta comprender o explicar lo social por lo social, no lograríamos del todo, quitarnos la confusión retórica.

 

[44] Aunque hablaremos sobre ello más tarde, solamente apuntar ahora, la importancia de estas interrelaciones para la comprensión del papel que deberá representar la mirada omnicomprensiva sociológica en la actualidad, en relación con el mundo externo como la sociología ambiental y en el interno, con una neurosociología desprovista de sus fundamentalismos, fantasías y exclusivismos neuro/geno/lógicos, de tal manera que los hechos sociales e incluso el nosotros, adquieran significaciones más complejas que las hasta ahora consideradas, de tal manera que, ese nosotros sea también cerebro y naturaleza. En esta línea, nos podemos incluso encontrar más allá, de los filósofos e historiadores griegos con los “Aires, aguas y lugares” hipocráticos.

[45] En posteriores lecturas hemos visto que el término Homo digitalis fue utilizado por economista francés de ascendencia sefardí Daniel Cohen en su libro: Homo numericus, Paris, Editions Albin, 2022.

[46]  En cuanto a Weber, que nunca se consideró sociólogo, haría no solo sociología sino, una emblemática y referencial sociología. Donoso Cortés, considerado por algunos tratadistas por lo menos, como un presociólogo, nunca realizaría nada que no fuese más allá de dictámenes o consideraciones ideológicas sobre la sociedad de su tiempo. Jovellanos que nunca puede ser estrictamente considerado como sociólogo, en sus escritos sobre el Origen y costumbres de los vaqueiros de alzada (1782) hace una verdadera sociología rural. Mas cercano a nuestro tiempo, el general José Marvá, un prestigioso ingeniero militar, presidente del INP, y uno de los creadores de la cultura del trabajo en España hace también sociología industrial como se puede constatar -entre otros – su Informe sobre el trabajo en las minas (1910). Uno de los personajes más señeros del anarquismo ibérico Joan Montseny publicaría en 1896 su Sociología anarquista. En lo países alemanes, siempre habrá que recordar aparte la obra de Marx, los dos escritos claramente sociológicos de Engels como fueron sus Cartas desde Wuppertal (1839) y La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845)

Abundando en la obra de Marx, toda ella estaría atravesada por una clara sensibilidad sociológica iniciada ya, en los primeros escritos como su tesis doctoral de 1841 a propósito de La diferencia entre la filosofía de Demócrito y Epicuro hasta sus escritos póstumos como: La Guerra Civil en Francia (1871) o Crítica del programa de Gotha (1875)

Siguiendo con Alemania un médico y biólogo célebre, Rudolf Virchow (1821-1902) creador de la patología celular emitiría en 1848 un informe pionero de la sociología médica a propósito de una asoladora epidemia de tifus en Silesia contenido en la revista patrocinada por Virchow (1848-49) Die Medizinische Reformque constituye un soberbio y madrugador exponente de la sociología de la salud y la enfermedad patentemente anterior a la academización de la sociología alemana.

En el espacio/tiempo de Comte también podemos citar (y hemos citado anteriormente) al sociomédico y epidemiólogo francés Louis René Villermé (1820-1895) autor del “Tableau de l’état physique et moral des ouvriers employés dans les manufactures…” (1840) un claro y adelantado escrito de sociología industrial europea. En el mismo año de 1840, otro “no sociólogo” Eugène Buret (1810-1842) publicaría “De la Misère des classes laborieuses en Angleterre et en France otra escritura netamente sociológica cercana a la de Villermé.

 

[47] En relación con Weber, suelen pasar desapercibidos sus diversos trabajos sociológicos de contenido claramente empírico con utilización de las técnicas de encuesta, sobre las condiciones de trabajo tanto en la agricultura como en las fábricas y establecimientos tipográficos alemanes desde 1892 hasta 1909.

Vide, Max Weber, Sociología del trabajo industrial, Madrid, Trotta, 1994

 

[48] Volviendo a Marx, al que pocas veces se le mencione como sociólogo y que, toda su obra y, en especial, su libro primero del Capital (1867) presenta una robustez sociológica incontrastable. Es más, se suele olvidar su contribución a la sociología empírica en su macroencuesta a los trabajadores franceses (1880) cuyo cuestionario de 90 preguntas constituye el primer estudio sociológico – seguido del promovido en España por la Comisión de RR SS en 1884 – sobre salud y condiciones de trabajo, sin ninguna mediación externa al propio trabajador. Esto es, desde una subjetividad “objetivada”

 

[49] Por ejemplo, podríamos perfectamente considerar el texto del Al-Muqaddimahs (ca 1378-1382) del filósofo e historiador árabe de origen andalusí Ibn Jaldún (1332-1406) una de las más completas escrituras sociológicas anteriores al ochocientos europeo que contempla, constructos sociológicos basales como conflicto, grupo y cohesión social.

 

[50] Así, tendríamos a Wilhelm Dilthey (1833-1911) que, siendo esencialmente un filósofo, desarrolla una teoría filosófica que constituye toda una clave referencial para la sociología moderna y que sería claramente incorporada/desarrollada por la sociología weberiana. Como apunte, anotamos que la obra de Dilthey no se traduce al castellano hasta los años cuarenta de la mano del exiliado filósofo republicano Eugenio Imaz (1900-1951) y por el sello editorial del FCE mejicano. De la misma manera que a Weber, cuya traducción en 1944 al español de su Economía y Sociedad la realizaría otro exiliado y excepcional representante de la sociología española de la diáspora republicana José Medina Echavarría (1903-1977) Todavía más tarde, en 1955, será el profesor Luis Legáz Lacambra (1906-1980), el traductor de la primera edición de “La ética protestante…”

 

[51] Gaspar Casal (1680-1759) El mal de la rosa, Historia médica del Principado de Asturias (1762)

Philip Hauser Kobler (1832-1925) un sociomédico nacido en Eslovaquia, pero con más de 50 años residiendo en España – Sevilla y Madrid – escribiría Estudio médico topográfico de Sevilla (1883-84) y un voluminoso Madrid desde el punto de vista médico-social (1902)

 

[52] Thomas Cerdán de Tallada (1530-1614) Visita de la cárcel y de los presos (1574) Pedro de León (1545-1632) La mala vida en la Sevilla de 1600 (1619)

[53] De la que formaron parte entre otros, José Cadalso, Juan Meléndez Valdés, José Quintana o Ramón Salas y Cortés.

 

[54] Obra que, por causa de la censura fernandina posterior al Trienio, no se imprimiría hasta 1834 (Madrid, Imp., de Tomás Jordán)

[55] El Dr. Pulido paralelamente a su labor de impulsor de la Sanidad Pública sería el primer elaborador de lo que podríamos considerar como la sociología de la cultura y sociedad sefardí en su escrito: Españoles sin patria y la raza sefardí, Madrid, 1905.

 

[56] Principalmente en su escrito Concepto mecánico de la fatiga y del desfallecimiento (1898) y el inacabado libro El medio social y la perfectibilidad de la salud (1898)

 

[57] Con sus obras: Apuntes de psicología científica (1902) Boceto de ética científica (1904) y Deberes éticos y cívicos (1926)

 

[58] Anteriormente en 1895, redactaría Notas sociales” un apasionado artículo de claro diseño sociológico y defensa, del enfoque que los anarquistas españoles tenían de la sociología.

 

[59] Y sobre todo de sus dos sementeras. La dejada por los “malditos” de la Ilustración francesa y por el gran y único momento revolucionario occidental de 1789.

 

[60] En esto como en otros asuntos, los españoles adolecemos de una suerte de acomplejamiento pacato. Nuestra opinión es que no, solamente, la sociología española se fuese consolidando en un tiempo paralelo al de otros países si no, que incluso, se adelantaría claramente a su institucionalización en países considerados como emblemáticos en la producción sociológica. Por ejemplo, y, a pesar de figuras señeras como Weber, Simmel o Tönnies, realmente la sociología alemana no se academiza y se desmarca del diseño fundacional cameralista/economicista del XVIII, hasta la creación en 1909 de la Sociedad Alemana de Sociología. De hecho, indiscutibles “padres de la sociología” como Weber, – con seguridad el más sociológico y a la vez, el menos académico como sociólogo –   siempre se autoconsideró más historiador o economista, que sociólogo, utilizando solamente en ocasiones, el término “Soziologie” como rótulo académico descriptivo de sus publicaciones. Únicamente, en su último escrito al filo de su muerte Sociología de la religión (1920) y en su póstuma Economía y Sociedad, esbozo de sociología comprensiva (1922) trabajosamente reconstruida por su esposa Marianne Weber a partir de su inacabado Grundiss der versteheunden Soziologie(1911). El distanciamiento y en ocasiones correosa crítica de la sociología academizada de la época probablemente, le cerraría el camino hacia la titularidad de una cátedra explícita de sociología en Alemania. Solamente dos años antes de su fallecimiento la consigue parcialmente en la Universidad de Viena después de ejercer como titular de Economía, en diferentes universidades alemanas como la de Heidelberg en 1897.

Simmel, utilizaría con una manifiesta insistencia el término sociología/sociológico desde su pionera obra Über Sociale Differenzierungde 1890, continuando en 1894 con Das Probleme der Soziologie y su obra compilatoria Soziologie de 1908 y rematar sus escritos sociológicos en su parte más metodológica un año antes de su muerte con la publicación de las “Grundfragen”o Cuestiones fundamentales de sociología (1917)Ensus escritos más microsociológicos y psicosociales también utilizaría el rótulo “sociología” como en Sociología del espacio y Sociología de los sentidos, ambas de 1903.En cuanto a la adaptación o presencia de Simmel en la institucionalización académica de la sociología en la Alemania del II Imperio, su estatus sería cercano  al de Weber, a pesar de haber fundado con él y junto a Tönnies y Sombart en 1909, la Sociedad Alemana de Sociologíae influido poderosamente como sociólogo en numerosos intelectuales de su tiempo como Lukacs, Manheim, o el mismo Ortega nunca, regentaría una cátedra de sociología en sus país. Solamente y casi al final de su vida (1914), la de Filosofía en la Universidad de Estrasburgo. Nada extraño en la Alemania del Imperio ante, cualquier sociólogo etiquetado como socialdemócrata o de ascendencia judía. Solamente después de la derrota alemana en 1918, se academiza la sociología en Alemania con una primera cátedra otorgada en 1919, al economista socialista y judío Franz Oppenheimer (1864-1943) justamente 20 años después de que en la Central de Madrid ocupara la primera cátedra de Sociología, Sales y Ferré. En Italia, el controvertido pero claro representante de la sociología italiana Wilfredo Pareto (1848 – 1913) obtendría una cátedra rotulada como “Economíapolítica” en 1893 y, además, en la Universidad de Lausanne. Antecesores como Ferri o Garofalo, aunque eminentes sociólogos, se centraron exclusivamente en territorios específicos como los de la Sociología criminal, pero no como institucionadores estrictos de la Sociología, aunque, en el caso de Enrico Ferri su Sociología criminal de 1884, suponga la introducción del enfoque positivista en los estudios sociológicos italianos.La verdadera institucionalización de la sociología en Italia no se daría hasta 1950, siendo su titular Camillo Pellizi (1896-1979) Es más, en Francia clara cuna de la sociología y más allá, de la inauguradora y fundante aportación comtiana o, presociológica de Saint-Simon con su Physiologie Sociale (1813) la aportación institucional y académica de Durkheim no se da hasta 1898 en que funda la revista L’Année Sociologique, después de haber publicado Les règles de la méthode Sociologique en 1895, el mismo año en que ocupa la primera cátedra de sociología francesa que, sorprendentemente se instaura en la Universidad de Burdeos. Será en 1902 cuando se academiza la sociología en la Sorbona ocupando esta cátedra Durkheim en 1906 pero curiosamente, bajo la denominación de Pedagogía y sociología”

La institucionalización de la sociología en Gran Bretaña resultará un acontecer sumamente paradójico probablemente en línea con todo lo británico. A pesar de la figura señera y universal de Herbert Spencer con sus Principles of Sociology (1863) la sociología británica no se academiza hasta 1916 en que se crea la primera cátedra de sociología en la Universidad de Londres. En universidades como Reading la primera cátedra de sociología no se conformaría hasta 1965 con el anglo polaco Stalislav Andreski como titular. En cuanto a la recepción de la obra sociológica de Spencer en nuestro país, podríamos decir que fue razonablemente temprana y, sobre todo, extensa. Sus “Principles” se traducen y editan en castellano por primera vez, desde el francés en 1874 (Madrid, Imprenta Moderna y traducción de Eduardo Cazorla) para posteriormente reeditarse en una lujosa edición de 3 volúmenes en 1883 con una particular adaptación y prólogo de Salvador Sampere bajo el título de El universo social (Barcelona, Ferrer y Barris) Es más, la primera academia sociológica británica y patrocinada por Spencer, la Sociological Society, no verá la luz hasta 1903, el mismo año en que muere Spencer. Por otra parte, debemos anotar la madrugadora recepción en España de la obra de Jeremy Bentham (1748-1832) de la mano del casi desconocido jurista doceañista Toribio Núñez Sessé (1766-1834) que recopila, traduce y comenta los escritos de Bentham bajo el título “Principios de Ciencia Social (Salamanca, Imprenta Nueva, 1821) y en otra 2ª edición bajo el rótulo La Ciencia social según los principios de Bentham” (Madrid, Imp Real, 1835) utilizando – que nosotros sepamos – el término “ciencia social”por primera vez, en castellano.

Será en los Estados Unidos en donde la institucionalización de la sociología presenta algunos adelantos con respecto a España. Aunque no lo tenemos muy claro parece que hacia 1850 un para nosotros desconocido Frederic Holmes impartió algunas lecciones de sociología en la Universidad de Virginia. Lo que si tenemos constatado es que George Fitzhug (1806-1881) personaje no muy conocido por los sociólogos españoles y de manifiesta insensibilidad esclavista, utilizaría por primera vez en la literatura sociológica norteamericana la palabra sociología a partir de su libro Sociology for the South or, the Failure of Free Society (1854) La primera cátedra o departamento universitario americano se formaría en la Universidad de Yale en 1872  de la mano del espenceriano William Graham Sumner (1840 – 1910) aunque titulada como “Economía política pasando, a impartir lecciones de sociología en 1876 siendo, en 1881 cuando Sumner publica el primer texto con el membrete nítido de “Sociolgy”

El famoso Departamento de Sociología de Chicago, se organizaría en 1892 con Albion Small (1854 – 1926) al frente, que, a su vez, funda la prestigiosa e influyente American journal of Sociology. En 1905, Small publica General Sociology. Paralelamente, algunas fuentes situarían también en 1892 otra cátedra de sociología relativamente estable en el Departamento de Historia de la Universidad de Kansas que, parece continuar las lecciones de sociología expuestas por Frank Blackmar (1854-1931) desde 1890. Otro de los institucionalizadores de la sociología americana y de fuerte enfoque espenceriano Lester W. Ward (1841-1913) publica en 1883 Dynamic Sociology impartiendo las primeras clases de sociología en la Universidad de Brown (Pensilvania) en 1906. Lester sería el primer sociólogo americano traducido y leído en España con una cierta abundancia de la mano de Adolfo González Posada. Su obra Outlines of Sociology (1898) sería traducida y prologada por Posada en sus ediciones en castellano con el membrete Compendio de Sociología (1ª ed. Madrid, Lib., de Fernando Fe, 1906)

La Universidad de Harvard no tendrá departamento de sociología hasta 1930. Su organizador sería el sociólogo ruso Pitirim Sorokin (1899 – 1968)

[61] Inicialmente Comte diseñaría 72 lecciones. Por otra parte, la explanación y fijación del término “sociología” la realizaría Comte en la lección 47, vol. 4º de los seis del “Cours” fechada hacia 1838/1839 con un comentario en el que, a la vez, se refiere al uso de la palabra por parte de Quételet. Comentario que se puede leer en la traducción que Posada realiza del Compendio de Sociología de Lester Ward (Madrid, Libr., de Fernando Fé, 1906, 27). En España, el término/palabra “sociología” la utiliza _ lo hemos referenciado anteriormente-, por primera vez un jurista e historiador no muy conocido José Moreno Nieto (1825-1882) que pronunciaría en 1874, un discurso en el Ateneo Científico de Madrid bajo el rótulo Sociología, reproducido por la Revista Europea (Madrid, nº 44, 6 diciembre, 1874)

Haciendo arqueología social, el neologismo “Sociología “sería empleado – también comentado anteriormente por nosotros-, con anterioridad por el sociopolítico francés Emmanuel Joseph Sieyès (1748-1836) en alguno de sus manuscritos (1773-1815) refiriéndose a una especie de “arte social” para la gobernanza, en relación directa con la constitución del Tercer Estado relacionando la sociología con una nueva articulación de la naciente sociedad de la revolución y la burguesía.

 

[62] En ocasiones, tan modulada que, se convierte en una herramienta para el control y sometimiento de la gente. Una representación de esta utilización maldita de la sociología la podemos encontrar en un informe socioantropológico de 1847 titulado “Memorias sobre la topografía médica de la Habana y sus alrededores y sobre el estudio físico y moral de los colonos asiáticos escrito por un médico y esclavista francés Martial Dupierris afincado en Cuba, colaborador de los grandes traficantes de esclavos de la época como Julián de Zulueta y el gallego Urbano Feijó Sotomayor. Esteúltimo, que tendría la desfachatez de denominar a su empresa como La Compañía Patriótica Mercantil, se dedicaría junto al tráfico de “coolies” al de sus propios paisanos gallegos que, serán tratados en condiciones de semiesclavitud.

 

[63] Bastaría con remitirnos a dos tiempos particularmente ominosos de nuestra historia; el fernandino y el franquista.

 

[64] El gran maestro de los sociólogos españoles, a pesar del franquismo, Enrique Gómez Arboleya (1910-1959) comentaba que “si no hubiera habido sociedad burguesa, no hubiera habido sociología” (1957,11)

 

[65] En el caso español, la cuestión de la consolidación de la burguesía y del industrialismo, iría más allá de su anclaje temporal. La pregunta oportuna sería la de elucidar el modo en que se realizó o se ralentizo con relación a otras latitudes/longitudes cercanas. Con toda seguridad, hubo industrialización y se creó/existió, una estructura social/urbana burguesa desde fechas tan lejanas como 1830. Pero siempre desde un componente de gran fragilidad y potente contaminación eclesial/estamental que organizó un solado sociopolítico y científico/cultural, el de “oligarquía y caciquismo” en líneas generales, reproducción y herencia, del teofeudalismo socioeconómico de siglos anteriores que, a pesar de humanistas, novatores, ilustrados doceañistas y liberales, constituiría como metáfora maldita nuestro peculiar y taponador “macizo de la raza

Vide, Alfonso Ortí, Estudio introductorio a Oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa (1901) Madrid, 1975.

 

[66] Un ejemplo lo tendríamos en la instauración del Tribunal del Protomedicato por los Reyes Católicos en 1477, curiosamente un año antes del Tribunal de la Inquisición. Dos modelos inquisitoriales en donde se concentra el poder sobre cuerpos y almas en los albores de la constitución del Estado moderno.

 

[67] Un momento, aún sin clausurar. Un tiempo en cierto modo largo, en el que todavía estamos y, continuamente, atravesado por incertidumbres y amenazas que parecen intentar el retroceso a las ciudades antiguas de la servidumbre e, incluso, a una ciudad presidida por las tiranías de la razón tecno/científica

 

[68] Lo cual, no supone que los institucionadores del pensamiento científico moderno fuesen individuos descreídos o claramente ajenos a la confesionalidad cristiana/romana o protestante

Vide, Juan Arana, La cosmovisión de los grandes científicos de la Ilustración, Madrid, Tecnos,2022.

 

[69] Que también presentarían estrategias pedagógicas para la sociabilidad y la vida cotidiana en el mundo de la escuela. Un maestro gallego de perfil krausista/republicano Gerardo Rodríguez Martínez (1890-1945 ¿?) y por lo tanto sometido en 1939 a expediente “depurativo “escribiría en 1923 un precioso librito con el título de “Lecturas escolares de Sociología “en donde sobria y sabiamente expone en el prólogo a su escrito:

“…Nuestro deseo sería que este libro, destinado a los niños mayores de las escuelas primarias y a los jóvenes que asisten a las clases de adultos, sirviese para sugerirles la observación  de los hechos sociales, y ayudarles a comprender el engranaje de estos hechos, sus orígenes, los fundamentos naturales de la organización social, las condiciones a que nuestra vida social se halla inflexiblemente sometida, por la fuerza misma natural de las cosas…como la enseñanza de la Sociología ha de apoyarse en la observación de los hechos sociales, y ha de ser una constante referencia a ellos…”(op.c., 7-8)

 

[70] Ya en tiempos de la Hispania de Julio César y por obra de historiadores/geógrafos como Estrabón, en su “Geografía” (29 a.C.) no suponía otra cosa que un dispositivo táctico funcionalmente útil para que, desde el conocimiento sociogeográfico, se facilitase el dominio de nuevos territorios

Vide, Álvarez Junco & De la Fuente Monge, El relato nacional, 2017,5

 

[71] Un perfil de barricada que supone valores y que serán utilizados muchas veces como herramientas de combate ideológico por unos y por otros de tal manera, que incluso en la Academia militar de Toledo, y en los años de la Dictadura primorriverista, se intentaría introducir la Sociología como asignatura curricular. Un adelanto de este intento que no obstante nunca prosperó lo tenemos en la publicación en 1928 de un librito titulado “La sociología y el ejército” escrito por el comandante de infantería Juan Plaza Ortíz cuya finalidad no era otra, que la “iniciación sociológica del oficial del ejército para detener el oleaje devastador” …que suponía “la invasión que las ideas comunistas con su bagaje de principios disolventes del orden social”. En la misma línea de adoctrinamiento conservador un año más tarde, se organizaría en el Alcázar de Toledo un llamado Curso de Ciudadanía, dirigido a oficiales superiores que se podría considerar como una suerte de curso de sociología general en la que intervienen a modo de conferenciantes personajes como José Pemartín, Eduardo Aunós, José M.ª Pemán o Calvo Sotelo.

Este enfoque de la sociología como herramienta pedagógica de adoctrinamiento y control social en el ejército español constituye aún un interesante campo de interés sin abordar por los sociólogos españoles. Por nuestros endebles rastreos sobre el asunto, pensamos que pudo tener sus orígenes en la apropiación por parte de algunos militares españoles del relato social/católico de la Rerum Novarum (1891) y un determinado clima regeneracionista; todo ello, inundado de un militante interés en servir de cordón sanitario ante la robustez del movimiento obrero. Ya en 1921 y, en la misma línea de los escritos anteriores, hemos encontrado un verdadero manual de adoctrinamiento sociológico militar titulado “La sociología del soldado escrito además por el sacerdote Justo Pérez Hernández, cura castrense del Regimiento de infantería Gravelinas de guarnición por esos años, en diferentes plazas extremeñas. Un escrito que no tiene desperdicio y que apunta a los complejos y potentes dispositivos de aculturación conservadora que penetraron en la joven oficialidad española bastante antes de su contaminación fascista antirrepublicana de los años treinta.

Como contrapeso y, desde el solado del asociacionismo obrero, la sociología constituyó un madrugador agarradero intelectual ya, desde los años fundacionales de la Internacional. Como adelanto, solamente citaremos por ahora, la aportación de uno de sus protagonistas, el tipógrafo Rafael Farga Pellicer (1844-1890) que, en el primer número del periódico La Federación (1 agosto, 1869) escribiría:

“La ciencia social, la sociología, con su contundente e irrefutable lógica, resolverá esos problemas que tienden a alcanzar la emancipación completa de las clases trabajadoras”

Bastantes años más tarde, Antoni Pellicer Peraire (1851-1916) primo hermano de Rafael Farga y también anarquista y tipógrafo escribiría un librito intitulado Conferencias populares sobre Sociología” (Buenos Aires,1900) escrito reeditado bajo el rótulo 8 conferencias sobre Sociología (Barcelona, 1937) a modo de texto popular pedagógico en el que relaciona la sociología con el progreso y la lucha contra la injustica social, en los siguientes términos:

“Es un hecho innegable que el estudio del hombre, de la sociedad humana, de su constitución, sus evoluciones, sus tendencias hacia su perfeccionamiento, en una palabra, el estudio de esa rama de la ciencia que se llama Sociología atrae con interés creciente la atención de cuantos aman el progreso social, se conduelen del intenso malestar que sufrimos, y sienten vehementísimo deseo de mitigar y extinguir el dolor que nos agobia“(1937,7)

 

[72] Como añadido y comentario sádico/republicano, un servidor que está orgulloso de poseer la Gran Cruz al Mérito Militar, considere una obsolescencia – no sé, si más para llorar que para ironizar – que nuestros ejércitos de la democracia tengan aún, vírgenes santificadas, cristos sufrientes o compañías militares bendecidas en Cuelgamuros a modo de milagrerías y patronazgos totémicos cuando no, alguna cruz de San Andrés todavía despistada y herencia de la Cóndor, en el timón de cola de la actual aeronáutica militar española.

 

[73] Si nos olvidamos de los estudios con diseño estrictamente demoscópico/cuantitativo, la verdadera mirada sociológica no admite el juego de variables pertinente en las ciencias físico-naturales. En Sociología, no deben existir “variables independientes”. Es más no hay “variable independiente” Si éstas, se consideran hegemónicamente, no hay sociología que valga; simplemente lo que tenemos es un documento estadístico. Un informe leído exclusivamente desde lo demoscópico, nunca constituye un relato discursivo, un discurso con sentido y significación. El informe estadístico será, eso siempre, nada más que un mapa adiscursivo/distributivo, una foto fija atrapada en la lógica interna de la varianza, pero, siempre apartado, del sentido. Precisamente será la estricta mirada sociológica desde su núcleo discursivo/reflexivo la que, pueda hacer sociológicamente comprensive el informe demoscópico. Un ejemplo de lo resbaladizo que supone la utilización hegemónica de variables de cruce en los trabajos sociológicos lo tendríamos en el por otra parte, fundante y magnífico estudio durkheniano sobre “El Suicidio” (1897)

 

[74] Metáfora que nos remite al título de un magnífico libro sobre las relaciones, naturaleza, sociedad y actividad humana, del historiador norteamericano Clarence J. Glacken (1909-1988) publicada en 1967 y ed., en castellano, Barcelona, Ed del Serbal, 1996

 

[75] Refiriéndonos en este caso a la obra de Richard Sennett de 1994.

[76] Recordando el comentario expuesto por Tarde en sus Études de Psychologie Sociale, (Paris, 1898, p 24)

 

[77] El verbo, la palabra, probablemente sea algo más, que una prótesis cultural, sino, la propia humanización. Hablaremos de ello más tarde.

 

[78] Solamente los “humanos” han sido capaces de diseñar y construir herramientas que sirven para hacer otras herramientas como prótesis inteligentes, frente a los útiles/herramientas de otros primates, que “usan” herramientas solamente como objetos puntualmente funcionales. Aquí habría que matizar la conocida frase atribuida a Benjamín Franklin (1706-1790) a propósito de que los únicos animales que hacen herramientas son los humanos. En puridad, la diferencia reside en que los humanos “fabrican”, construyen/remodelan objetos que están o no están, en la naturaleza, para utilizarlos como sustitutos de la mano que, a su vez, actúan sobre otros o similares objetos, para diseñar prótesis como prolongaciones y potenciadores de la mano. Los demás animales solamente usan, utilizan objetos que están en la naturaleza. No “hacen” o “construyen” herramientas; solamente usan “utilizan” cosas/objetos” que están “a mano” pero no usan la mano más allá, de la mera aprensión del palo o de la piedra. De ello, quizá, al que habría que recordar sería al Henri Bergson de La Evolución creadora (1907) en donde matiza la frase de Franklin, atribuyendo al hombre la capacidad de crear objetos artificiales y en particular “herramientas para hacer herramientas”. Un fructífero proceso que continua imparable hasta nuestros días y, que, posiblemente, haya ido acompañado – por lo menos en sus etapas iniciales – al propio desarrollo soma/cognitivo del linaje humano reflejado en el aumento de la capacidad craneal y su correlación con el aumento de la complejidad tecnológica, desde el Modo 1 de las técnicas líticas del Olduveiense (2,4-3 ma.) hasta el Modo 4 del sapiens del Auriñaciense (40.000 años) absolutamente comprobado en los estudios paleontológicos.

Vide: Carlos Beorlegui, Humanos, entre lo prehumano y lo pos -o transhumano, (2018); Frank R. Wilson, La mano, (1998)

 

[79] Acontecimiento, sin embargo, que requiere en la actualidad una severa y crítica atención sociológica en la medida en que, esa peculiar y siempre inestable, victoria contra la Naturaleza, habría sido tan solo, una victoria “pírrica” que está suponiendo la destrucción del escenario de la vida y, por lo tanto, del nosotros. Probablemente una sociología crítica del futuro ya, presente, requiera una nueva lectura de un nosotros, que, es también y, además, un econosotros

 

[80] Recordando continuamente el escrito de Emilio Lledó, “Palabra y humanidad” (Oviedo, 2015) pero apuntando además que, el lenguaje no es solamente la palabra. El lenguaje humano es interrelación es convivir con los otros y puede también que conversar. Los sordomudos y aún más, los ciegos sordomudos, hablan y conversan sin palabras (las cursivas siguen siendo nuestras)

 

[81] Y sobre todo desde los Paranthropus, encontrados junto a fósiles del género Homo habilis y modo tecnológico 1 con una datación cercana a los 3 ma

 

[82] Vide: Frank R. Wilson (supra nota 33)

 

[83] En las últimas décadas se ha modificado la antigua clasificatoria de la familia Hominidae que solamente iba desde el género Homo hasta el de los primates bípedos como los primeros Australopithecus, excluyendo a los grandes simios, que en la actualidad sí, lo son. En la primatología moderna esta gran familia de los homínidos la dividen en dos subfamilias, la de los póngidos (Ponginae) y la subfamilia de loa homininos (Homininae). La primera subfamilia comprende exclusivamente un género, el “pongo” representado en el orangután de Borneo y Sumatra. La subfamilia Homininae, contemplaría dos tribus, la Gorillini y la de los Hominini. En esta segunda tribu no solo estaremos los humanos si no, además el género Pan, con los chimpancés y bonobos más todos los autralopitecus y homos anteriores al sapiens, junto al mismo Homo sapiens, señalando con nitidez la gran cercanía familiar y evolutiva con chimpancés y bonobos.

 

[84] El lenguaje de signos es también palabra. Y lo es, porque supone una determinada, compleja y potente arquitectura neuronal, como la excepcional mente/cerebro humana que, a su vez, es palabra y/o, expresión, como ocurre en los sordomudos.

 

[85] Sobre lo que el profesor Emilio Lledó comentaría:

“…La supuesta verdad de las palabras se desplaza hoy en un nuevo horizonte absolutamente distinto de aquel que, en un principio, la cobijó. Ese principio que la antropología y la lingüística no pueden precisar – tampoco es muy importante hacerlo porque no hay un principio del que, de pronto, hubiera podido surgir algo así como el lenguaje – tuvo probablemente un concreto horizonte: el mundo en torno las inmediatas imágenes de ese mundo, la necesidad de comunicarlas…”

E. Lledó: Palabra y humanidad, 2015,62

 

[86] En nuestras investigaciones y estudios sobre Neurosociología, nos estamos planteando si el lenguaje humano se le puede considerar como una prótesis cultural como, por ejemplo, la escritura, o si formaría parte de algo más complejo y, mucho más vinculado a los procesos de evolución de los homininos; mientras que las prótesis culturales estarían más relacionadas con la evolución de los sapiens, qué, una vez superado un determinado umbral bioneural, el recorrido será siempre sociocultural. Estas reflexiones nos están llevando a la constatación de los peligros – acompañados con unas pocas virtudes – de los posibles/nuevos intentos de crear prótesis neural/cognitivas que alteren/perviertan, los equilibrados, aunque tensos, recorridos de la humanización

 

[87] El término biologización lo entendemos de manera diferente a como se estaría utilizando por las nuevas neurociencias y especialmente por la “Neurosociología”. Siendo indudable que la aparición de los enfoques “naturalistas/biologistas” allá, por el XVI y XVII contribuyeron a la desteologización de la naturaleza desde los cielos a la tierra. Desde las culturas del “crecientefértil” yla robustez del pensamiento helénico, pasando por el “tiempo de la razón” del XVII y las tecnologías de la modernidad, el progreso científico habría estado sostenido desde un sistema de prolongaciones funcionales de las  potencialidades biosociales del individuo humano; lo que denominamos como prótesis culturales que, contemplaría un variado abanico de dispositivos que irían desde lo más culturalizado o científico cómo la imprenta, la clínica, la materia médica, la higiene, la escuela, hasta los estrictamente tecnofuncionales como las tecnologías de la energía, el transporte, la comunicación y la guerra. Todas ellas supusieron y todavía suponen estrategias de los humanos que refuerzan, amplían y completan nuestra inicial potencialidad/fragilidad bioevolutiva como especie, para algo tan simple como es, nuestro particular modo de conservación/propagación de la vida. En todo este recorrido nunca se habría alterado el núcleo basal del cuerpo como unidad biocultural. A lo más, se habrían fabricado prótesis, artilugios concretos de prolongación funcional como válvulas, bay-pas, brazos, manos y piernas, fármacos, incluso trasplantes de órganos y por supuesto, máquinas energéticas que nos permiten, volar, navegar, ver y oír, reforzando las limitaciones de nuestro capital biológico. El riñón trasplantado seguía siendo un riñón; El cableado neuronal, la dinámica sináptica, la dinámica vegetativa/hormonal, solamente se catalizaba mediante la acción del fármaco. La actividad intelectual y la comunicación se potenciaría y, sobre todo, se haría más cómoda con la informática, pero seguiría estando sujeta a su cimentado biológico de manera que, se seguiría utilizando el mismo equipaje bio/socio/neural. El ordenador no piensa; seguimos pensando nosotros.

En poco menos de 20 años, se estaría desarrollando un panorama tecnocientífico, que puede suponer una transformación radical en los recorridos de la hominización/humanización que supone la desbiologización del cuerpo y con ello, su componente estructural/esencialmente humano en la medida en que, para nosotros, desbiologizar el cuerpo, con sus obscenidades, miserias y virtudes puede suponer llanamente, matar el cuerpo, matar la vida

Aquí, se abriría un sugestivo campo de reflexión para las sociologías venideras que, respondiendo a su – algunas veces olvidado – talante crítico, puedan ir desvelando nuevas agresiones en los recorridos de la humanización

 

[88] Cuando a Einstein le preguntan si era ateo su respuesta sería ambigua: Solamente creo en el dios de Spinoza.

 

[89] Vide, recordamos/recomendamos la lectura sosegada de “El espectro de Demócrito de Pedro de la Llosa (2000)

 

[90] En realidad, a Sócrates se le condena a muerte en el 399 (a.C.) no, por atheo sino, por disentir del poder de la polis. En sus últimos momentos de vida no se olvidaría de ofrecer el gallo a su deidad preferida; precisamente a Asclepio el Esculapio de los romanos y el padre de la medicina no academizada. Paradójicamente, Sócrates no sería condenado por un tirano sino por la Helia, un tribunal popular de una sociedad que acedía a la democracia. Su delito no sería la impiedad sino la utilización de los dioses por un nuevo poder, aunque éste, fuese ahora democrático. La democracia también puede tener sus reyes y sus dioses.

[91] En la actualidad algunos investigadores alargarían a los 30.000 años la datación de los inicios de la domesticación del perro. De cualquier manera, lo que está ya constatado por análisis moleculares y restos fósiles es, su convivencia con humanos en sociedades cazadoras-recolectoras de hace 12-15.000 años.

 

[92] Vide, Corbellá, Carbonell, Moyà, Sala, El Largo camino de los homínidos, Península, 2000

 

[93] Una cultura de la oralidad posiblemente de 300.000 años y una cultura iconográfica primitiva desde aproximadamente el 3.000 a.C. para pasar a otra iconoalfabética tan solo, 1.000 o 800 años antes de nuestra frontera histórica/occidental.

 

[94] No obstante, puede que no tenga sentido en este tiempo hacer tales distinciones. Ya, Benjamín Farrigton (1965) nos advertía que no tenía objeto discutir si los filósofos milesios fueron filósofos o científicos dado que en esta época griega no era posible distinguir entre ciencia y filosofía.

Vide: B Farrington, Ciencia y Filosofía (2019,32)

[95] Frase tomada de Alfred Weber (1868-1958) en Historia de la Cultura (1935; 1968, FCE, pág. 20)

 

[96] Apuntado también por A. Weber (op c.,21)

 

[97] En el tiempo del esplendor de Atenas (siglo V) para una población de hombres libres de unos 100.000 habitantes los esclavos llegarían a los 150.000. (A. Weber, op c., 92)

 

[98] Sin olvidarnos de historiadores como Tucídides (460 – 390 a.n.e.) que construye un relato objetivo y claramente protosociológico sobre la vida y la muerte de los griegos durante la guerra del Peloponeso (431-414 a.n.e.) contenido en su Historia de la guerra del Peloponeso entre el 414 y el 421 a.n.e.; a diferencia del Homero de la Ilíada, cuyo relato se asienta sobre la leyenda, Tucídides sería un testigo de hechos fehacientes. Mientras que Homero siente, Tucídides ve, mira y cuenta lo que ve.

Vide: Leo Kofler (1944) Die Wissenschaft von der Gesellschaft; La ciencia de la sociedad, Madrid, Revista de Occidente, 1968. Helmut Schoeck (1974) Geschichte Soziologie; Historia de la Sociología, Barcelona, Herder, 1977

[99] Y, sin embargo, un lugar siempre incompleto, continuamente en construcción, sostenido en el caso griego desde la esclavitud y que, también sería capaz del desterramiento o la muerte del ciudadano incómodo como ocurriría con Sócrates.

 

[100] Que en el caso griego no se puede confundir con el modelo de academización universitaria occidental de finales de XIX ni, por supuesto con su acuñación como sociología que, para Platón y Aristóteles como siglos más tarde para el Nicolás Delamer (1705) del cameralismo francés fue siempre una filosofía o una saber sobre la polis inaugurando posiblemente, sobre este mismo saber, una ciencia del comportamiento “ordenado y productivo “del ciudadano por encima, y, sin considerarlo realmente, como sujeto de necesidades y satisfacciones y, ni mucho menos, como dispositivo reformador de una sociedad anclada en las desigualdades de la esclavitud.

 

[101] Sobre este asunto de “las emociones compartidas “y la constitución del particular modelo de polis democrática instaurada en la Atenas del siglo V, debemos resaltar las diferencias entre las polis aristocráticas y de gobernanza mesotiránica helénicas entre los siglos VIII y VI. Diferencias que, tendrían – para nosotros – una excepcional clave explicativa en la manera de organizar, potenciar o, por otra parte, ignorar ese “nosotros” o, esas emociones compartidas que conducirían a la polis ateniense, en el enclave político, cultural, económico y militar hegemónico, durante casi un siglo, en la Hélade. En un principio, en las antiguas ciudades con gobernanza aristocrática sería manifiestamente imposible ese nosotros; la poli aristocrática fue absolutamente incapaz de establecer criterios de pertenencia y cohesión comunitaria que, no fuesen que las diseñadas por la élite guerrera con su egocentrismo peculiar asentado sobre valores apolíneos de fortaleza, valentía, habilidad, astucias y egoísmos. A lo más, los dispositivos de cohesión no llegaron a otra cosa, que, a la institución de espectáculos centrípetos a mayor gloria de un cuerpo apolíneo como metáfora, de su poder sobre una población que, en general, tenía vedado pasar del estatus pasivo de espectador anodado. En esta fantasía de cohesiones fantasmagóricas tendrían una relevancia central, los juegos deportivos llevados a cabo en Olimpia o Corintio que, con tanta patanería, seguimos bendiciendo en la actualidad. En definitiva, un espectáculo para honor y gloria del cuerpo del caballero. Los cuerpos del trabajador como los cuerpos de la mujer estaban excluidos de la piedra de la polis. Solamente personajes como Hesíodo (finales del siglo VIII) se atreverían a hablar y destacar los cuerpos de las gentes del común sometidas a fatigas y penalidades; cuerpos quebrantados, no aptos, para las exhibiciones apolíneas de los juegos olímpicos. Cuerpos anónimos, de esclavos, mujeres, artesanos, marineros y labriegos, sometidos a: “… la maldita pobreza, que Zeus dio a los hombres… (Trabajos y días, 224, Aguilar, 1973, 62) En cierta medida, Hesíodo, junto algún que otro sucesor, como Calino de Éfeso (siglo VII a.n.e.) estarían diseñando el futuro escenario del “nosotros” de la Atenas del siglo V, sustentado en las clases medias helénicas, con cuerpos invisibles en las olimpíadas pero, resolutivamente presentes en la guerra a través, de la infantería del pueblo, del hoplita sin caballo y lanza, pero robustamente armado, con el esfuerzo de su sangre, cuerpo y emoción; sin defender privilegios y riquezas aristocráticas sino, batallando:“…por su tierra, sus hijos y por la legítima esposa…” (Calino de Éfeso, citado en Pedro Barceló y Hernández Fraile, Hª del pensamiento político griego, Madrid. Trotta, 2014, 62)

 

[102] Alguna vez hemos escrito que, con toda seguridad, muchos obreros pertenecientes a ese “proletariado militante “conocieron probablemente, al final del XIX y principios del XX, infinitamente mejor, la teoría darwinista, o el positivismo espenceriano que, la mayoría de individuos con formación universitaria de la clase acomodada

Según nuestras indagaciones, en los inicios del novecientos, la biblioteca de la Casa del Pueblo de Madrid contaría con un catálogo de más de 1.000 títulos entre los que se encontraban obras de Otto Baüer, Cajal, Darwin, Helvetius, Littré, Max Nordau, Elisée Reclus, Sales y Ferré, Adolfo Posada, Lestër Ward y Spencer.

Vide: Nuria Franco, Catálogo de la Biblioteca de la casa del pueblo de Madrid (1908-1939), Madrid, Fundación Largo Caballero, 1998

Montserrat Comas, Lectura i biblioteques populars a Catalunya (1793-1914) Barcelona, Curial Edicions, 2001

[103] No obstante, y, a pesar de que el Crotalón (1555-1558 ¿?) no se le puede considerar ni mucho menos una novela, presentándose siempre a los expertos como un género difícil de catalogar más cercano a la imitatio medieval, se presenta dentro de su sensibilidad erasmista, como una ácida diatriba contra la Iglesia y la alta clerecía de la época a modo, de una inicial literatura crítico/social, pero sin descender excesivamente al terreno de la vida cotidiana de la mayoría de las gentes, como lo realiza la novela. El Scholástico (circa 1539) una obra atribuida con claridad – al contrario que el Crotalón – a Cristóbal de Villalón (1505-1562) aunque es una crítica de la educación universitaria de la época acompañada de una interesante exposición de las fisuras que el humanismo renacentista, va introduciendo en la escolástica, nada tiene – al igual que el Crotalón -, que ver con la novela, ni en su estructura que es una miscelánea dialogada sin “héroe individualizado”ni en su reflejo de la estructura social y política de la Castilla del siglo XVI

[104] En la Celestina, que, propiamente no sería una novela, no habría un héroe individual; en último lugar dos héroes Calixto y Melibea.

[105] Lucien Goldmann: Para una sociología de la novela, Madrid, Ciencia Nueva,1967,22

 

[106] Aunque no sea cuestión ni ahora ni aquí, hablar otra vez, de uno mismo, pero, no obstante, creo que humilde y modestamente lo tengo que intentar, aunque, solamente sirva para conocer los vericuetos y zancadillas que supuso para algunos, el aprendizaje de la sociología durante el franquismo. Precisamente mi tesis de maitrise, dirigida por Goldmann en lo que previamente era la École Pratique des Hautes Études antes de convertirse en la EHESS, llevaba por título “Para una psicosociología del Quijote.” Trabajo que aprobó Goldmann, quizá con excesiva benevolencia, y que redactado y escrito a mano en el penal de Soria a lo largo de 1969 y parte de 1970, no pudo pasar los férreos trámites burocráticos de la Universidad francesa, a pesar de que Goldmann se trasladase a Soria a entrevistarse conmigo y de paso, llevarme una caja de vino francés. El miserable director de la cárcel, no permitiría ni una cosa ni otra. Goldmann no me pudo ver, y, por supuesto, la caja de vino fue aceptada y bebida, me imagino, por el propio director. Goldmann fallecería unos meses después. De todo ello, me informaría años más tarde, la que fue la secretaria de Goldmann, cuando pude viajar a Paris con un pasaporte controlado de ida y vuelta con visa para 15 días, concedido “amablemente” por el jefe de la BPS, el comisario Saturnino Yagüe.

 

[107] En este apartado es donde podríamos colocar a la Celestina (1501 o, 1507) que no es propiamente una novela (supra nota 86) más bien, una comedia seminovelada – no hay un héroe individualizado concreto -, pero se puede considerar una obra que abre las puertas a la novela picaresca pero aún, a caballo entre el relato moralista medieval en donde, quien peca muere y el moderno, en donde los personajes buscan los placeres y la felicidad, pero, sobre todo, la supervivencia. Aún, no estaba presente el tensionamiento social que estructura todo el XVI/XVII castellano, reflejado en la novela desde la particular psicosociología de resistencia del converso, patente en el Lazarillo, Guzmán o el empobrecido hidalgo Don Alonso.

 

[108] Escrito interno de los jesuitas y desconocida hasta comienzos del XX, siendo entonces titulada “La mala vida en la Sevilla de 1600, Memorias secretas de un jesuita, 1575-1610”

 

[109] Tratado del cuidado de los presos (1564) de Bernardino de Sandoval; Visita de la cárcel y de los presos (1574) de Tomás Cerdán de Tallada; Relación de las cosas de la cárcel de Sevilla y su trato (1574) de Cristóbal de Chave; Amparo de los verdaderos pobres y reducción de los fingidos (1598) de Cristóbal Pérez de Herrera, para terminar con el Rinconete y Cortadillo cervantino (1613) que es junto al Guzmán (1599) un adelanto de la sociología criminal europea bajo el formato de la novela picaresca.

 

[110] En esta dirección habría que resaltar la monumental obra del misionero franciscano fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), Historia general de las cosas de la Nueva España (ca 1547) redactada mayoritariamente en legua nativa con párrafos en castellano y latín que no sería impreso en castellano, hasta 1829 (México, Imprenta de Alejandro Valdés) Un escrito que aunque fundamentalmente etno/antropológico se puede considerar a la vez, como sociológico aunque solamente sea, porque mira y escucha a la sociedad indígena mexicana desvelando aspectos de su sociedad y su cultura despreciados por el grueso de colonizadores y misioneros españoles. Tal es así, que su obra estuvo secuestrada y muy mal vista tanto, por la Corona como por otros misioneros durante años; realmente hasta 1829.

 

[111] A nuestro modesto entender, probablemente un elemento significante de nuestra historia – a lo menos en Castilla – estaría asentada por el papel contracultural representado por los conversos españoles que iría desde la revuelta/revolución de Las Comunidades en lo político, hasta la potente recepción del erasmismo y la aparición de los “novatores “en lo científico/cultural

 

[112] Que no cunda el pánico. Cuando hablamos de decapitar al Rey y, aunque ésto, se diese materialmente en Francia, estamos hablando en términos metafóricos, refiriéndonos al tiempo histórico, en el que la burguesía, el capital y la fábrica, se adueñan realmente de la ciudad constituyendo un recorrido que de manera desigual, se iría produciendo en Europa y América desde el siglo XVIII y, que en España, solamente será inicial y, medianamente posible, a partir del final del ochocientos para terminar siendo verdaderamente factible con la restauración de la democracia republicana en 1978, paradójicamente – como todo lo español- bajo una monarquía parlamentaria, que es, con sus agujeros – y pese algunos – una verdadera o, razonablemente aceptable, democracia

[113] Utilizando el título y el sentido del libro de Jason W. Moore (20159 Capitalism in the Web of Life

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