LUGARES DEL CUERPO – CAPÍTULO 3

LUGARES DEL CUERPO – CAPÍTULO 3

III.- LOS ESPACIOS Y RELATOS SOBRE EL CUERPO EN SUS RECORRIDOS HACIA LA MODERNIDAD

En cierta medida, el primer espacio clínico y su correspondiente mirada terapéutica no fue otra que, la del médico hipocrático y el lecho del enfermo; en principio, para la población medianamente acomodada y, sobre todo, las élites urbanas. Los cuerpos de esclavos – cuando eran propiedad del estado -, más, los legionarios y gladiadores, los únicos, que serían asistidos, en verdaderos recintos curativos nosocomiales, mientras que, los cuerpos desvalidos y pobres, seguirían atendidos a través de santuarios, templos, hospederías, monasterios y hospitales episcopales desde enfoques no estrictamente físico/terapéuticos y, en donde la figura curativa del médico, no era decisiva ni permanente.

El recorrido que se establecerá desde la Grecia clásica hasta los despegues de la modernidad occidental en lo que se refiere a los espacios para la cobertura de la salud, nos resulta enormemente interesante por lo que encierra de aclarador sobre la significación del cuerpo, en su encarnadura con el trabajo, el poder, la ciudad, el estatus de las clases privilegiadas o la simple supervivencia de manera, que, se irían organizando dos modelos de espacio asistencial. Uno, el nosocomial/cerrado, gestionado por las “iglesias”, a modo de “hospedaje asistencial” más que curativo, para cuerpos empobrecidos “sin oficio ni beneficio” y otro, cogestionado por instituciones laicas municipales, gremiales o estatales y en las que el médico, tiene una relativa presencia[1]; claramente curativo, y normalmente ubicado en espacios domésticos, urbanos y/o palaciegos[2], pero, con una excepción que, para nosotros será enormemente relevante, y, que atañe al mundo de la guerra, al mundo militar. Acontecimiento significante, en la medida en que, en una sociedad como la romana del tiempo de Augusto, va a existir un cuerpo que debe ser protegido por el Estado precisamente porque es un cuerpo productivo, un cuerpo cuyo estado de salud es funcional para el poder y la supervivencia de la república como era el del legionario e incluso, aunque en menor medida, también, el del gladiador, y otro, el cuerpo de hombres y mujeres de la mayoría de la población cuya salud va a estar protegida en cuanto, suponga también, beneficios para la república pero en donde, desde lo institucional o público, parece que se insistiría mucho más en estrategias de higienización urbana[3], que en actuaciones directas sobre el cuerpo a manos de médicos o físicos especializados dentro de recintos o lugares de actuación de carácter público/institucional, que no fuesen reproducción/herencia del templo de Esculapio.

Ese primer modelo de lugar clínico médico separado claramente tanto, del doméstico como del mágico/curativo y, por supuesto, del viajero/ambulante de muchos médicos hipocráticos va a ser el valetudunaria romano en el que se organiza un espacio concreto, de características médico/clínicas y quirúrgicas controlado y dirigido por especialistas sanitarios “medicis,” asistidos por una especie de enfermeros vendadores o “capsarii” del que, por otra parte, no tenemos registros e información de que, éstos, existieran en el ámbito civil hasta el bajo imperio[4], aunque si, existan algunas alusiones a unos valetudinarium urbanos citados lateralmente en escritos de Celso y más claramente en la obra de Columela De re Rustica (ca. 42 d.C.) aunque referidos a las grandes explotaciones agrícolas y posteriormente y a modo muy superficial por Séneca[5]. Lo que sí, parece más documentado por vestigios arqueológicos y epigráficos son dos hechos relacionados con los espacios civiles de actuación médica en la sociedad romana. Por una parte, el ya citado consultorio o casa del médico o “taberne medicae” (supra, nota 9) y en tercer lugar, el domus aristocrático, en que existieron espacios domésticos específicos para cuidar la salud de los miembros del dominio familiar y de sus esclavos[6]y, en donde por abundantes testimonios epigráficos y material arqueológico, estaban presentes médicos, empleados en la estructura familiar de las grandes familias de la nobleza romana, delimitando y fijando los espacios significantes de cuido y atención profesional sobre el cuerpo, para las gentes del Imperio y, en los que dicha cobertura se realizaría exclusivamente al interior de lugares básicos, correspondientes a la reproducción del poder social y político romano. Fuera de los mismos la opacidad y el silencio documental como indicador probable de la inexistencia o la provisionalidad de atenciones para el resto de la población, salvo algunos espacios cívicos/urbanos, como algún templo o casa de baños junto a las tabernas médicas en este caso con financiación pública, a los que también, habría que ampliar a recintos de entrenamiento y descanso de los gladiadores como colectivo que, a su modo, participaría en los intereses del poder. Por ejemplo, Galeno ejercería durante cuatro años como médico en la escuela de gladiadores de Pérgamo, su ciudad de nacimiento[7]

A continuación del modelo curativo/institucional militar y bizantino/civil, tendríamos el gran espacio nosocomial/cristiano altomedieval hacia los siglos VI y VII que, en las tierras de la Hispania visigoda[8], parece que ya, presentaba características espaciales cerradas y, de uso colectivo, a diferencia del espacio eremita de los cristianos norteafricanos de tipo individual (cuevas o chozas) con su cierre perimetral característico “claustra” según el modelo isidoriano; un recinto cerrado[9] que parece, ya, tenía un enfermería y junto a ella, una celda de castigo como expresión de una particular filosofía sobre el cuerpo. Un especio para sanarlo y, otro, para castigarlo[10]. A este primitivo espacio monástico le sucedería a partir del siglo XI[11] con la introducción en la península de la cultura monástica francesa y el asentamiento de los monjes de Cluny (circa 1028) y Cister (1140) del modelo monástico benedictino, en el que, se organizaría un espacio en el que, se codearía una nueva estrategia salvífica en relación con el cuerpo; salvar el alma y salvar la carne desde la caridad, considerando ésta, como metáfora del cuerpo sufriente; del tótem cristiano hecho emblema de la espiritualidad bajomedieval, por el cuerpo del Jesús crucificado e, inaugurando de alguna manera, el lugar del hospital occidental como “institución total” (supra, nota 26)

Sin embargo, este inicial espacio institucional, permanece aún en manos de los dioses. Todavía no es un espacio médico laico/científico, siguiendo siendo, a pesar de una cierta empiria refrendada teóricamente por el galenismo arabizado como recuperación de los saberes aristotélicos de filosofía natural, un lugar, en donde el fraile/médico domina totalmente el espacio asistencial; Lugar en donde, existiendo una praxis curativa racional – la galénica/hipocrática – sobre el cuerpo, seguirá siendo prioritaria la medicina del alma. El médico hipocrático no habría encontrado realmente, su lugar institucional; continuaría siendo ambulante o estabulado por la nobleza civil y episcopal o, lateral y ocasionalmente, la taberne medici urbana;  su territorio de trabajo preferencial seguiría siendo el lecho, el domus, el hogar del enfermo ya, sea el de las clases populares – si se lo pueden costear – o de los sectores poblacionales urbanos y rurales menos precarizados, salvo como hemos apuntado, los territorios de la productividad ecónomo/militares: ejércitos, navíos de guerra[12] o en algunos casos explotaciones agrícolas y mineras.

Otra cosa sería la empiria de la cura, ejercida por sanadores sin instrucción estrictamente médica, que en los reinos de Castilla y Aragón va siendo con los avances de la Reconquista el pilar basal de las coberturas sanitaristas de la mayoría de la población. Una práctica, que, sostenida desde siglos en una cultura asistencial doméstica/familiar, va a funcionar en la Hispania cristiana rural, como el único y verdadero dispositivo asistencial en manos de barberos, sanadores y matronas – en su mayor parte moriscos y judíos o conversos –  que además, va presentando con los avances militares cristianos en su penetración hacia el sur y el este mediterráneo, un variadísimo perfil en el que se mezclan las particulares culturas religiosas de sus practicantes, cristianos, judíos, conversos, mudéjares y musulmanes, formando una potente red terapéutica, que atravesará toda la topografía de la ciudad bajo medieval, reproduciendo parcialmente el viejo modelo de la “taberne medicae” romana.

Aspectos todos éstos, relevantes para la sociología de la medicina en la medida en que nos pueden proporcionar las conexiones entre cuerpos, espacios y sociedad en un tiempo fronterizo de nuestra historia en el que la sociedad altomedieval/feudal – a la manera visigoda – va a dar paso a la Hispania del mercado y de la ciudad, junto a un hecho absolutamente diferenciado de las tierras de más allá, los Pirineos o del Rhin, que va a ser, la tensionada mezcla de tres poblaciones y tres culturas; la cristiana, hebrea y musulmana. Sorpresivamente, va a ser, la ciudad el espacio en donde las prácticas sanitarias se desacralizan del diseño monástico/conventual agarrado a la caridad y a la mística/mítica del cuerpo de Cristo, para hacerse laica, para centrarse en el cuerpo, como cuerpo y, como sujeto a curar físicamente, aunque se acompañe de estrategias psicosociales a modo de acompañamiento en la vida, la enfermedad y la muerte, por la familia o la comunidad. Desde el bajoimperio, pasando por la Hispania visigoda y hasta el siglo XI/XII esos grandes espacios con una demografía dispersa nunca, fueron médico/laicos ni médico/conventuales, sino, totalmente protagonizados por empiristas de una gran flexibilidad práctica incorporando habilidades de diversas tradiciones sanitaristas y profesionales en donde se mezclarían oficios que aglutinaban, barberos, sanadores, magos, boticarios y veterinarios (el albéitar)[13] y en donde funcionaba como referente teórico más o menos difuminado/presente, el poso galénico con las herencias médico/populares de la empiria judía/musulmana,[14].

De cualquier manera, no sería hasta el bajomedievo cuando en las tierras de la Corona de Castilla y Aragón, se va estableciendo un espacio asistencial cercano al laico/civil, muy lentamente desembarazado de la tutela monástica – benita o agustina – y episcopal/catedralicia. Los acontecimientos catalizantes de esta situación irían desde las sucesivas limitaciones y prohibiciones para ejercer como médicos a los monjes[15], la penetración de la cultura médico/protolaica de judíos y árabes a través de los traductores de Toledo y Sevilla y, la inclusión en las primeras universidades españolas[16] con cátedras de medicina; más, probablemente lo más decisivo, consistente en  la reconstrucción de la ciudad en el marco de una sociedad que va olvidando el no tan desertizado espacio cultural altomedieval en donde, el único reducto asistencial consistente en monasterios, santuarios, abadías y hospederías en su mayor parte, edificado extramuros de ciudades o, en campos y caminos, para ir construyendo el espacio de con/vivencia occidental moderno; la ciudad de los gremios, el mercado y la protoburguesía. Ciudades que continuando siendo levíticas, iban incorporando a medida que avanzaba la Reconquista, robustas estructuras e instituciones de un nuevo modelo de poder: el municipal, con una progresiva presencia de gentes dedicadas a la menestralía y al comercio como antesala de la posterior ciudad de la burguesía. Un nuevo espacio sociológico ya, imparable, y, en el caso español – siempre o particularmente lento y tensionado -, que se iría distanciando del poder del obispo/prefecto/romano/visigótico, para de algún modo “semidemocratizarse” o quizá mejor dicho: “semicomunitarse” desde, la figura político/administrativa del poder concejil que, aunque en el fondo, no supondría otra cosa que la sustitución del control feudal del alto clero y del noble caballero por el noble villano y el burgués propietario aunque, la propiedad consistiese en el modesto obrador de un panadero supuso, en cuanto a lo asistencial/sanitario, el traspaso de una medicina inscrita en la economía de la salvación y la caridad a otra, cada vez, más apoyada en el mercado y supervivencia económico/política de la ciudad. Si a todo esto, añadimos aspectos demográficos de saturación poblacional, con una suerte de maltusianismo urbano con el añadido de pestes y nuevas patologías carenciales e infectocontagiosas nos topamos, con la necesidad de contemplar dispositivos más expeditivos y funcionales que determinarían la construcción de un modelo asistencial diferente al monástico en donde ahora, se iban a entrelazar mecanismos en donde se mezclaron aspectos de predominio y protagonismos de clase, con los higiénico/preventivos, asistenciales, terapéuticos, de control poblacional, económicos y, en general biopolíticos, con un recorrido temporal que, haciéndose más patente/problemático durante el XVI castellano, continuaría hasta el tiempo de la fábrica y el capital, organizando en nuestro país, aunque fuese lentamente y, a trompicones, los futuros recorridos de la sanidad pública. Con la ciudad y su abigarrado tejido administrativo de gobernanza urbana, tensionamientos de clase y estatus, irían apareciendo nuevas formas de actuación sanitarista consistentes en cofradías, gremios, órdenes mendicantes, fundaciones reales, de la nobleza y el patriciado urbano, organizaciones seglares acompañadas de reglamentaciones y ordenanzas que irían sistematizando toda la práctica curativa/asistencial así, como la formación y actuación médica/sanitaria, mediante exámenes y regulación del inventario de las diversas categoría de los oficios médico/curativos: Médicos latinos/universitarios, cirujanos y médicos romancistas, boticarios, especieros, barberos, parteras, algebristas y sangradores[17] junto a una heterogénea estructura hospitalaria; todo ello, a modo de una segmentación gremial de los oficios sanitarios conexionado con una parcelación del cuerpo y sus diferentes patologías. Hospitales, para pobres, para parturientas, lazaretos para leprosos, hospitales-hospicios para niños y niñas o viudas desamparadas hasta prostitutas junto a la regulación de los oficios sanitarios tanto para los escrupulosos y aristocráticos médicos latinos de “ropa larga,” o los resolutivos cirujanos romancistas de “ropa corta” y no duchos en latines universitarios, aunque sí, en la cura de cuerpos. Estas regulaciones llegarían más tarde, en la Hispania de Isabel y Fernando a determinar desde la “limpieza de sangre”[18] una infranqueable frontera entre los médicos latinos y los demás profesionales del arte de curar que, no obstante, serviría para que la mayoría de la población e incluso en muchos centros hospitalarios, se mantuviesen presentes una mayoría de romancistas, barberos y demás empiristas conversos y moriscos. Sin estos profesionales y, hasta bien entrado el siglo XIX, hubiesen resultado totalmente desamparados millones de personas de la sociedad española, sobre todo, en el ámbito rural y entre los sectores más humildes de la gente de las ciudades.


 

[1] Precisamente, uno de los aspectos más significativos aportados por Hipócrates y sus discípulos de Cos, consistió en sacar la cura, de las manos de los médicos-sacerdotes de los templos consagrados a los diversos dioses de la variada familia asclepiadea asentada sobre la magia y la adormidera (la diakodion o opós, de los griegos) para colocarla en la inicial mirada de la filosofía natural.

 

[2] Hacia finales del siglo II d.C. podríamos decir que toda familia privilegiada de la sociedad romana tenía un médico griego a su servicio con un estatus cercano o incluso real, de esclavo, los – servus medicus –, considerados de menor rango social y profesional

Vide: Kurt Pollak, Los discípulos de Hipócrates, Barcelona, Plaza & Janés, 1969, pp., 115 y ss.

[3] Piénsese, que el modelo de templo/santuario griego se introduce en la sociedad romana a finales del siglo IV con motivo de la peste del 293 a. C., con un claro enfoque higienista agarrado a la propia funcionalidad de la ciudad de Roma más, que terapéutico/curativo y que no parece estar relacionado con la figura concreta del médico hipocrático cuya penetración en Roma sería posterior y cuyos personajes más conocidos serían Dioscórides, Sorano de Éfeso y Galeno.

 

[4] En estos primitivos hospitales urbanos del bajo imperio, pudo influir la especial captura – en dirección doble -, del cristianismo por el poder romano, combinando intereses higienizantes y de control, con los religiosos particularmente, desde el Primer Concilio de Nicea en el 325 dne que estipulaba la creación de un hospital en cada ciudad o sede catedralicia, momento histórico en donde el prefecto o gobernador imperial será sustituido por el obispo, marcando un novedoso modelo de control del cuerpo de las gentes, bajo la denominación de Basilias, que, probablemente fueron el antecedente de los xenodochium bizantinos. De cualquier manera, este modelo de hospital civil es claramente el resultado de acontecimientos políticos y culturales derivados tanto del edicto de Constantino en el 313, como del posterior de Teodosio en el 380, junto con la santificación institucional – entre medias – del ya citado Concilio de Nicea, que entre otros aspectos, nos encontramos con la relevante prohibición del culto a Esculapio como dios de la medicina y de una segura modificación del estatus del médico considerado durante el primer Imperio como oficio no muy apreciado socialmente, propio de griegos y esclavos. Todo ello dentro de un nuevo sistema de valores y de significaciones del cuerpo atravesados por el relato patrístico del primer cristianismo en donde a la vez que, se sataniza al cuerpo, se le sublima a partir de su comparación con el cuerpo de Cristo de manera, que estos primeros xenodoquios, civiles/episcopales, a diferencia de los valetudinarius militares, aunque en la práctica funcionasen muchas veces como centros de cura física y, lugares para la vida, esencialmente lo fueron en su total mayoría espacios para la espera más o menos digna, para la muerte, dando preferencia a la cura del alma sobre la del cuerpo. Tensionamiento y polarizaciones que solamente se rompe con el modelo de espacio nosocomial inaugurado por la cultura médico monástica benedictina ejemplarizado desde el siglo VI por el Monasterio de Montecassino en que se intenta equilibrar la cura del alma con la del cuerpo a pesar, que se mantenga como fondo estructurante el peso del relato cristiano de caridad, protección y cuido del cuerpo de pobres, viajeros, vagamundos, ancianos y lisiados; de cuerpos quebrantados y desvalidos que, desde el imaginario cristiano representaban el verdadero cuerpo de un dios corporizado y también sufriente.

A propósito de Montecassino, en nuestra península Ibérica y bajo formato episcopal, tendríamos también en el siglo VI, una institución hospitalaria integral como el Hospital meridense de Masona

 

[5] Vide: M.ª Ángeles Alonso, Clásica& Christiana, Iasi, 2014

 

[6] También referido por M.ª Ángeles Alonso op c.

 

[7] Vide: Edmundo Fayanás, 2021

 

[8] Estas instituciones asistenciales/religiosas anteriores a la penetración monacal benedictina del siglo XI, parece que en el caso de la península Ibérica tuvieron por lo menos, tres ejes para su constitución. Uno, derivado de la llegada de los canónigos agustinos alrededor del siglo VI que se regían por la Régula de san Agustín (finales del IV) muy parecida – quizá -a más severa -, aunque anterior a la Benita. Hemos intentado rastrear algún dato o testimonio que nos pueda indicar algún vestigio de estos primeros establecimientos conventuales a medio camino entre el cenobio eremita y el monástico benedictino sin resultados concretos y medianamente claros anteriores al siglo XI. A modo de opinión provisional, puede que el monasterio Servitense (siglo VI) en la antigua ciudad romana de Ércávica en la Alcarria conquense pueda corresponder a este modelo monacal, aunque, por los datos arqueológicos da la impresión de ser fundamentalmente una edificación modelo “taberne”, aunque también pudo ser una especie de enfermería tipo santuario dedicado a enterramientos bajo la protección de algún santo. Tampoco tenemos claro que su fundador, el monje Donato el Africano y sus acompañantes fuesen canónigos agustinos. EL segundo eje, estaría representado por el promovido por San Fructuoso en tierras del Bierzo (Valle del Compludo) formado por una suerte de comunidad familiar/monacal a modo de original falansterio medieval y, en donde las coberturas sanitarias tendrían una presencia lateral, primando lo penitencial bajo una estricta disciplina física y espiritual. El tercero, tendría un origen episcopal o para la época y, cercano a lo institucional respondiendo, al dictamen del Concilio de Nicea, base de la arquitectura gubernamental de toda la cristiandad católica hasta el Concilio de Trento en el siglo XVI. Eran espacios hospitalarios dedicados fundamentalmente a dar cobijo a peregrinos y viajeros pobres con enfermería y atención médica. El más señalado sería el de Masena en Mérida (supra, nota 15) cercano a la ermita de Santa Eulalia, foco de peregrinaciones en la época. Algunos historiadores señalan la posible existencia de otros, de similares características en las principales sedes episcopales de la Hispania visigótica en Toledo, Sevilla y Zaragoza. Hacia el siglo X, estaría registrados centros de hospedaje del modelo xenodochium en Gerona (Hospital dels Capellans) y en Oviedo (Hospital de San Benito de Bari)

 

[9] Que podremos perfectamente incluir en la lista de “instituciones totales” que cita Goffman en Internados (1961) aunque este autor, a nuestro entender, no le otorgaría un papel significante en lo que pudiera constituir el primer modelo de encierro del cuerpo de características absolutas, antes del encierro carcelario, y, con connotaciones particulares en la medida en que, en paralelo con el desarrollo cerrado/total, de las actividades básicas de supervivencia: comer, dormir, cobijo, trabajo, se organiza una severa pedagogía del cuerpo y del espíritu que, llegaría incluso, al control o prohibición de la palabra – un secuestro de la interacción/mismidad humana – como sería el caso, de los monasterios de cartujos y trapenses.

 

[10] Sin embargo, parece que en estos originarios espacios monacales dotados con enfermería los cuidados médicos/sanitarios serían ejercidos salvo en los monasterios conventuales, por esclavos y algunas veces por médicos también esclavos, como parece que era el caso, en el Monasterio de Masona en Mérida (siglo VI)

Vide: Blas Curado, La medicina en Mérida según los padres emeritenses (Mérida,2004,198)

 

[11] Podríamos considerar al siglo XI como el tiempo de consolidación del particular modelo hospitalario cristiano medieval en tierras de la Hispania de la Reconquista añadiendo al monástico benedictino el derivado de las tres rutas principales del Camino de Santiago ( Primitivo o Asturiano, Francés y del Norte) y muy significativamente del llamado Camino Francés (de Saint-Jean Pied de Port a Puente la Reina) con hospederías sanitarizadas en toda las etapas del camino desde Jaca, Pamplona, Estella, Nájera, Burgos, Frómista hasta Villafranca del Bierzo,Portomarín, y la propia ciudad de Compostela que siendo en general de fundación regia se acoplaban con los primeros monasterios benitos originarios de Cluny que, precisamente van a estar también ubicados en el recorrido del Camino Francés, en Nájera (Santa María la Real) Burgos (Santa Coloma) o Carrión de los Condes (San Zoilo)

De alguna  manera, el siglo XI, un momento significativo de la Reconquista (en particular la liberación de la presión musulmana sobre Cataluña y la ampliación de la frontera del Duero hasta el Tajo que hacen viable el Camino Francés) va a suponer una especie de fiebre constructora hospitalaria, en la que se entrelazan y superponen fundaciones de factura episcopal, monástica, municipal y real, que también coincide con los recorridos del peregrinaje compostelano; por ejemplo en Burgos en años muy cercanos (entre el 1085 y el 1091) se construyeron dos hospitales, el del Emperador como homenaje a Alfonso VI y el de San Juan Evangelista.

 

[12] En nuestro escrito “La Medicina e Higiene Militar en los siglos XVIII y XIX…” (Rafael de Francisco, Madrid, La Mutua, 2001) apuntábamos en relación con la presencia de sanitarios profesionales en los navíos de guerra, las disposiciones de los reyes de Aragón al respecto, estipulando la presencia obligatoria de médico o barbero en los barcos. Ordenanzas de Tortosa (1331) y de Pedro IV (1359)

 

[13] Está por hacer una lectura sociológica del papel que en Castilla y España en general, tuvieron los saberes y empiria de la albeitería en la salud pública del espacio rural y su relación con las significaciones del cuerpo, desde el punto de vista del trabajo en la sociedad medieval incluyendo, además, sus interesantes componentes de entrecruzamientos y conexiones con la cultura árabe andalusí sobre la salud.

 

[14] Vide: Luis García Ballester, La búsqueda de la salud, Barcelona, Península, 2001, pp., 43 y ss.

 

[15] En tres momentos: Concilio de Crermont, 1130; Concilio de Tours, 1143 y 4º Concilio de Letrán, 1215

 

[16] El proceso de academización universitaria medieval, se iniciaría en París por intermedio de los denominados “Studium generale” en el 1140. En el reino de Castilla el primer Estudio General fue el de Palencia en el 1212, seguido de Salamanca en el 1218.

[17] Los algebristas como sanadores especializados en el tratamiento de las hernias y los sangradores conocidos también como flebotomistas

 

[18] Los Estatutos de limpieza de sangre, aunque se iniciaron en el 1449, con motivo de los motines antijudíos de Toledo, no se consolidarían – con numerosas resistencias -, hasta el 1480; aunque ya, desde el siglo XVII fueron desatendidos por casi todas las instancias públicas por la sencilla razón de que la totalidad de prelados, nobles y reyes, utilizaban los servicios médicos de conversos y moriscos. Sorpresivamente, la anulación de estos estatutos no se daría hasta 1835, aunque, se mantuviesen en algunas universidades hasta el año 1866. Misterios de nuestra España que posiblemente, solo se pueden explicar desde el papel representado por la Inquisición desde su relación con los intereses no solo de la Iglesia de Trento, sino, de su cometido como brazo espiritual y armado, en complicidad con los interese de la alta nobleza castellana; la gran alianza atornilladora de nuestra historia nacional, presente en las grandes afrentas a la decencia política y social, representadas por ejemplo, en el inmisericorde aplastamiento de las Comunidades castellanas o el absolutismo fernandino y, forzando las cosas y, desde nuestra opinión,  absolutamente personal, reproducidas en la gestación del golpe de estado monárquico/eclesial de 1936. 

Vide: Henry Kamel, La inquisición española, 1999 y Los desheredados, 2011

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