CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 3

CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 3

III.- EN LA BÚSQUEDA DE ESPACIOS DE IDENTIFICACIÓN OBRERA EN LA ESPAÑA DEL XIX: POLÍTICA, SOCIOLOGÍA Y CULTURA, EN LA CONSTRUCCIÓN DE UN IDEARIO

Comentar la obra de Enrique LLuria supone no solamente adentrarse en el trasfondo biológico positivista y evolucionista que la inspira, sino, sobre todo, en sus derivaciones sociológicas e incluso políticas. No será gratuito el que –aunque no fueran muchos – sus biógrafos y comentaristas[1] le presenten como sociólogo. Sociólogo de un tiempo, el que va desde 1898 a 1906, en el que se iría esbozando/constituyendo la primera etapa[2] de la institucionalización de la sociología en España con la primera cátedra[3] como hemos ya comentado ocupada por Manuel Sales y Ferré (Madrid, 1889) acompañada de numerosas aportaciones de diverso autores[4] – médicos, filósofos y juristas más algunos pocos representantes del proletariado militante[5] – mayoritariamente de origen y factura krausopositivista o simplemente, positivistas, neokantianas u organicistas, de alguna forma desgajadas del tronco originario krausista pero ya, con el rotulado explícito de Sociología y fundamentalmente, participando de un legado común y de una identidad transformadora[6] de realidades sociales, miradas y sentidas como perturbadoras para unos y, manifiestamente injustas e intolerables para otros.

Con seguridad quizá, hasta los últimos años del franquismo no hubo en España una verdadera sociología – o una sociología canonizada – tal como la entendemos en nuestros días. No obstante, recordando al maestro Arboleya (1958) si, hubo sociólogos, aunque no hubiese sociología; y, mencionando otra vez más, a José Medina Echavarría (1903-1977)[7] hubo también sociólogos, desde la teoría y la reflexión; no solo, desde las metodologías demoscópicas. Sociólogos que sin desarrollar estrictamente trabajo de campo escucharon y miraron a la sociedad de su tiempo con finalidades diversas; unas para perpetuar fina o no tan suavemente, las injusticias; otros para denunciarlas y/o destruirlas y otros, en fin, para armonizar las afiladuras problemáticas. Por otra parte, eso del “trabajo de campo” también es muy relativo si se toma únicamente, como mecánicas de acercamiento previamente consideradas tautológicamente como sociológicas. Por ejemplo, la mirada sociomédica contenida y expresada en las topografías médicas[8] desde el XVIII y, que, para nosotros, constituyen en su mayor parte verdaderos trabajos sociológicos de lápiz y papel, o las pioneras y ya apuntadas encuestas demoscópicas – de alguna manera precursoras de las survey researchs llevadas a cabo por el controvertido Ramón de la Sagra (1798-1871) o Laureano Figuerola (1816-1903) En Cuba (1831) y Madrid (1844) el primero[9] y en la Barcelona de 1849 el segundo.

Pero hay más, en lo que se refiere a estos años cercanos a lo que se entiende por “primera Restauración española” existieron varias sociologías; algunas totalmente fronterizas como la representada por las diversas corrientes socialistas y anarquistas que serían patentemente marginadas a diferencia de las versiones orgánico/positivistas, que con mayor o menor presencia en los ámbitos progresistas y republicanos irían consiguiendo/conquistando una cierta consolidación y respetabilidad académica aunque siempre pegajosamente vigiladas y criticadas por los poderes dominantes y sus escuderos sociológicos o protosociológicos

Y aquí van a confluir sensibilidades y corrientes ideológicas de largo recorrido que tocan las ciencias naturales, el manejo de la salud, y  la enfermedad, la sociedad, la economía, el cuerpo y la política, desde el espacio tiempo de salida en la construcción del estado liberal. (1833/37) Probablemente un tiempo no tan largo, pero si, enormemente apretado y que iría manifestando sus contradicciones y sus frutos a partir de la Revolución Gloriosa. Idearios y corrientes de pensamiento que irán construyendo el núcleo duro del liberalismo hispano en sus dos vertientes; la moderada/monárquica y pía, ni siquiera liberal, y la de sus críticos krauso/progresistas/republicanos[10] – quizá los únicos liberales españoles –  y a su vez, el ideario basal del militantismo obrero surgido de retazos del socialismo premarxista más la voluntarista pedagogía catequística de los Lafargue y Fanelli, con los añadidos posteriores entre la I y II Internacional de una ferviente adhesión a las nuevas corrientes organicistas y evolucionistas.

Recorridos que expresamente tienen que ver con la lectura que se hace por estos tres bloques  – el del poder puro y duro, la condescendencia crítica o vergonzante  o la resistencia militante – de la relación entre Naturaleza y Sociedad o lo que es lo mismo, entre orden/sumisión y libertad/igualdad que se traducirá en las lecturas que desde la ciencia oficial o desde el proletariado asociado y luego militante, se harán del cuerpo, la salud/enfermedad, el asociacionismo obrero o la propiedad. Lecturas además que nunca se moverían en explanaciones nítidas o claramente acotadas como conservadoras o radicales – a excepción del militantismo libertario – sino presentando siempre, tonalidades que determinarían tanto en los actores/ideólogos del bloque dominante como del obrerismo socialista, coloreados más o menos conciliadores o armonicistas, junto con decididas y claras manifestaciones de absoluta transformación social. En este sentido y, para poder ir situando el ideario del Dr. LLuria ya, desde los primeros años de andadura del liberalismo español, irían perfilándose las indecisiones y los discretos avances que décadas más tarde con la recepción del positivismo y del evolucionismo lamarckiano/darwinista van a dar lugar al definitivo encuentro Naturaleza/Sociedad. Encuentro, del que se nutriría el ideario de una variada gavilla de intelectuales como LLuria, Simarro o Cajal pero que al mismo tiempo, sería receptivo al discurso paralelo que desde los años del primer asociacionismo obrero y de la I Internacional inauguraba nuevas lecturas sobre la “carne y la piedra” de las condiciones de vida, trabajo, sociales y políticas de las clases populares. Confluencia e incorporación, que solamente se daría en un colectivo determinado y no muy abultado de médicos, juristas, filósofos o intelectuales en general, pues el grueso del colectivo de progresistas y republicanos mantendrían posturas intermedias/indecisas, aunque, sin duda, infinitamente más aceptables que las esgrimidas desde el bloque dominante caciquil/oligarca. Aquí, habrá que contar con un conjunto de situaciones e imaginarios que desde, nos repetimos, los primeros asentamientos del régimen liberal y las desiguales y tardías infraestructuras del industrialismo/maquinismo, acompañadas por el primer asociacionismo obrero catalán de los años 40, van a marcar la construcción desde una especie de tensionamiento a modo español, las relaciones entre Naturaleza y Sociedad o si se quiere, entre producciones en que lo social puede ser respaldado por las ciencias naturales o por los designios divinos. Por eso, nos parece enormemente significativa la postura de intelectuales como LLuria o Simarro[11] – o años antes del Dr. Pedro Mata y Fontanet (1811-1877) – que por supuesto, con matices, intensidades y contenidos diferentes, se alinean desde su saber científico/positivista en el campo de las necesidades e intereses de las clases trabajadoras. De cualquier manera, el asunto es complejo y no se podrá abordar fuera de reflexiones y lecturas que trascurran por sensibilidades trasversales en las que la historia de la ciencia – desprovista de taponazos ideologizados – se haga desde la historia social y, a la vez, ésta desde aquella.

En líneas generales podríamos decir que estas lecturas transversales entre lo natural y lo social asentadas desde nuevos paradigmas positivistas/evolucionistas tomarían dos caminos que aunque en muchas ocasiones pudieron ofrecer personajes o momentos de convergencia, mayoritariamente se constituyeron como territorios fronterizos en los que las aduanas no fueron otras que los intereses de clase. En suma, un positivismo de cátedra, republicano, liberal y progresista[12] al que paradójicamente, no podremos considerar como absolutamente laico[13] y un positivismo/evolucionismo/materialista radical que, en general, sería considerado como soporte de respetabilidad científica para todo el edificio programático socialista y, que muy especialmente, ocuparía un lugar preponderante en el ideario anarquista español.

Por otra parte, aunque la nueva sociología organicista/positivista pasaría más o menos desapercibida[14] en España, aunque con una recepción no excesivamente tardía en determinados círculos intelectuales de Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y Salamanca, por lo menos hasta finales de siglo en que se dispararían las reediciones[15] como no podía ser de otra manera[16] y por supuesto, restringida al ámbito académico e intelectual. Por el contrario el darwinismo y a pesar también de su retraso incorporativo formal, supuso una potentísima transformación copernicana del epistema  eclesial/antropocéntrico  que  iría más  allá de sus iniciales  premisas biológicas – incluso con algunos aportes individuales tempranos –[17], desencadenaría  apasionadas discusiones y conversiones que no solo se centrarían en ámbitos relacionados con las ciencias naturales, sino que se ampliarían  a los de la religión, la política, la literatura[18] y lo que podríamos ya considerar como la inicial, aunque endeble, cultura de masas española – por lo menos en los sectores progresistas y republicanos de la clase media –  con una significativa penetración en el ideario libertario ibérico y, en menor medida, en el socialista. Presencia que sin embargo, no sería ni mucho menos darwiniana, sino evolucionista[19].  Reflexiones sobre lo social, la política y la religión, que enlazarán con un primer relato de las burguesías liberales[20] impregnado del pensamiento krausista/positivista apadrinado y catalizado posteriormente en el entorno[21], de la Institución Libre de Enseñanza – pero que desde los sectores más avanzados y concienciados del asociacionismo obrero van a conformar el sustentado científico/moral de su ideario edificando, el potentísimo relato utópico/revolucionario [22] de los libertarios españoles [23] sostenido sobre la armonía entre las fuerzas sociales y naturales que alumbrarían desde la libertad, el bienestar, la cooperación y el progreso técnico, una nueva era de felicidad[24]

De estos escenarios sin duda diferentes pero posiblemente amalgamados por idénticas ilusiones, surgiría una saga de protosociólogos y científicos  que de una u otra forma  van a ir interpretando la realidad desde nuevas sensibilidades en las que se entremezclan darwinismo, y positivismo en una especie de metáfora organicista/evolucionista desde la que se establecerán significativos vínculos entre biología y sociología  y, sobre todo, una convencida mentalidad experimental que probablemente hundió sus raíces en el clima de libertades  propiciado por el Sexenio (1868-1874) bajo la nueva mitología progresista/republicana de la “idea nueva de la ciencia, la tierra y el hombre” proclamada por el inefable Francisco Suñer Capdevila (1869) e imaginando, que algunas de sus ramificaciones fructificarían décadas más tarde en la obra y el magisterio excepcional de Ramón y Cajal acompañado o seguido, de una prolífica gavilla de científicos como Echegaray, Rodriguez Carracido, García de Linares, Luis Simarro, Maestre de San Juan, Nicolás Achúcarro, Rodriguez Lafora, Luis Mallada, Ignacio Bolívar, Pio del Río Ortega, Odón de Buen – y su malogrado/asesinado hijo Sadi – o  Juan Negrín López pionero maestro de la fisiología experimental española

En el terreno de las ciencias sociales y, aunque los recorridos no fueran nunca uniformes ni  lineales,[25]  este trasfondo krauso/positivista teñido de evolucionismo – con diversas tonalidades –  y pegado a los nuevos avances de las ciencias naturales  estuvo presente en la obra de los primeros sociólogos españoles[26] como Manuel Sales y Ferré (absolutamente evolucionista) Adolfo Posada (evolucionismo sosegado)  y otros menos  conocidos como Pedro Estasén i Cortada (1855-1913)[27] o Santiago Valentí  Camp (1875-1934) que propugnaría en sus Bosquejos Sociológicos (Madrid, 1899: 161-162) que “…las leyes de la sociabilidad racional son inseparables de las biológicas…”

Los escritos de Sales y Ferré contenidos en su madrugadora obra sociológica testimoniarían continuamente esta vocación evolucionista:

“…Resulta que la evolución de la sociedad…antes se asemeja á la de la vida en el mismo reino animal ó vegetal…la sociedad humana, de una organización rudimentaria han ido generándose organizaciones más y más complejas, lo mismo exactamente que ha sucedido en los reinos animal y vegetal…”[28]

“…El pauperismo no es solo un fenómeno económico y social, es también un fenómeno biológico; por lo que su origen hay que ir a buscarlo más hondo, en las raíces mismas de la herencia física…”[29]

Podríamos considerar que el positivismo con todas sus derivas evolucionistas y científicas funcionó como paradigma básico para los dos ejes dinamizadores/emergentes de la vida política y social del momento; el eje burgués republicano y el eje obrero/militante, aunque podrían considerarse también tímidos acercamientos desde otros territorios y sensibilidades social/católicas y social/armonicistas pero que no obstante, no solamente serían borradas del mapa a partir de 1939, sino que siempre, se mantuvieron en la sospecha y en la crítica desde la robustez fáctica del sistema de poder eclesial/oligarca. Sospecha y crítica que años más tarde,  se materializaría/ejemplarizaría en el furibundo discurso fundacional del CSIC por el ministro de Educación franquista y presidente del Instituto[30] José Ibáñez Martín – nuestro segundo Orovio al que sin duda aventajó –  que no solamente se planteó la eliminación radical de la “degeneración” de la cultura que supuso la República sino cualquier atisbo de valores ilustrados, materialismo y positivismo incluidos proclamando, una ciencia católica liquidadora de todas las herejías científicas, sino que  a la vez, programó la trituración del humilde, sabio y decente, colectivo del magisterio republicano.  

Por otra parte y, a pesar del posible optimismo que parece desprenderse en los últimos 40 años de los escritos y comentarios de numerosos historiadores de lo social, esa recepción interideológica – y en ocasiones dotada de una cierta robustez –  del positivismo, puede que no fuese más que un espejismo y por lo tanto, incapaz de modificar en profundidad  la potente mentalidad conservadora de amplísimos sectores sociales hábilmente amaestrados, catequizados o simplemente presionados/condicionados desde el clero y las instituciones de coacción/control social. Ese maldito macizo de la raza enunciado en 1913 en el mañana efímero machadiano que desde siempre agostó la España del cincel y de la maza de la que sin duda, el positivismo y todo su acompañamiento científico pudo constituir una esperanza aunque al final, solamente fuese una ilusión. Pero hubo más, existieron otras ilusiones, puede que extremosas e ingenuas, cargadas desde la idea y la rabia que recepcionaron a su manera el positivismo, el evolucionismo y la sociología. Ilusiones que se desarrollarán en un tiempo paralelo, pero en espacios y geografías físicas, emocionales/temperamentales e ideológicas diferentes constituyendo el soporte basal, la argamasa de sustentación de las resistencias populares y de clase, en oposición o simplemente ladeadas, al papel gatopardiano que desde las burguesías emergentes se daría al sistema positivista que a pesar de todo, supondría para una España de sacristía y pandereta un loable intento de transformación y progreso.

Esta otra lectura del relato científico/positivista presenta recorridos paralelos a los de la constitución del liberalismo español. Aunque hundan raíces en el tiempo de la Ilustración su limen de gestación embrionaria estaría – por poner una fecha totémica/emblemática – en 1812 o, si se quiere unos años atrás en 1808[31] para ir manifestando sus querencias y tensionamientos a partir de 1834, concretándolas hacia 1854 y materializándolas a partir de 1868.  

Hemos comentado ya, que el tiempo de LLuria más relevante se situaría dentro del clima de frustración/regeneración/ilusiones que rodearía la fecha de 1898 y las realidades desesperanzadas de 1905/1906 a unos pocos años de la crisis sociales y represiones políticas de 1909. Por otra parte, nuestro autor seguramente ha tenido oportunidad de vivir y compartir durante su etapa de estudiante de Medicina en Barcelona, su etapa parisina – a la vez, urológica y neurológica – con su posterior etapa madrileña ya, como médico profesionalmente situado, las corrientes avanzadas y progresistas del momento, representadas por diversos ejes de influencia tanto en el campo de las ciencias naturales y la biología, como en el de la sociología y las sensibilidades políticas a través de su relación con Cajal, Jaime Vera y el círculo de Ferrer i Guardia alrededor de la Escuela Moderna[32]. Influencias científicas/positivistas más influencias y querencias socialistas y anarquistas que determinarán contenidos e ilusiones continuamente presentes en sus dos obras fundamentales. El medio social y La perfectibilidad de la salud (1898) y Evolución superorgánica (1905)

En definitiva, el pensamiento/mentalidad de LLuria se alimenta de una paradójica tradición – fructífera pero minoritaria y breve[33] – que recorre el último cuarto del ochocientos y primeros años de la pasada centuria en donde se abren camino dos ejes de pensamiento ensamblados desde el positivismo. Uno, referido a las ciencias naturales en una dirección/protagonismo fuertemente biologista y otra sociológica, muy influenciada por la problemática social que hereda y concreta, el inicial paradigma ecológico que recorre toda la centuria del XIX y la segunda mitad del XVIII. En ambos ejes, que en principio, se podrían considerar como igualmente actuantes en las mentalidades de la intelectualidad liberal/progresista existiría sin embargo una profunda diferencia que nos atreveríamos a sustanciar/definir como asunción revolucionaria/política del paradigma ecológico[34], entendido como medio social/ambiental y conjunto de condiciones económicas, sociales y políticas. Precisamente será desde esta nueva lectura de las relaciones naturaleza/sociedad, que podamos entender el clima en el que se inscribe la obra del Dr. LLuria que por otra parte, no será otro, que el del proletariado militante expresado en España, por la creación/relectura de propuestas claramente fronterizas en estos dos campos. El de las ciencias naturales y el de la sociología, presentando además significativas prolongaciones en la salud de las gentes y la de los trabajadores en general.

Dejamos claro que nuestro Dr. Lluria no es Gaspar Sentiñón, el Dr. García Viñas ni Jaime Vera. Lluria no es un político ni un militante del movimiento obrero socialista o libertario que ha estudiado medicina. Lluria es ante todo un médico que se gana la vida ejerciendo su especialidad como tal – en este caso más cercano al Dr. Vera que a Sentiñón o García Viñas – pero un médico que reflexiona y actúa paralelamente dentro del clima intelectual del obrerismo avanzado de la época. Sería más un propagandista que un militante que, se nutre, de toda una corriente científica y sociológica que atravesando la centuria, se bifurca en dos sedimentaciones ideológicas al filo de la crisis del sexenio. Una progresista/republicana/liberal/regeneradora, pero taponada en la práctica, por sus prudencias y/o entreguismos gatopardianos y otra, radical/revolucionaria continuamente agatillada por el principio de realidad,  que hizo suyos – pero reconduciéndolos, con fervor e ingenuidad – los mismos basamentos intelectuales de los que se alimentaron los regeneracionistas progresistas/republicanos; Evolución, positivismo, igualdad, libertad y salud obrera que no serían más que sensibilidad  desgajadas del tronco común de aspiraciones liberales/liberadas o a menudo de las abundantes/continuos acomodos a “la libertad bien entendida[35] a partir de 1837, como simiente vacilante de la democracia española.

El recorrido, es bien conocido de los estudiosos de la historia de lo social, solamente nos limitaremos a resaltar algunos momentos que nos parecen significantes en la construcción de las particulares visiones/concepciones e imaginarios que desde el militantismo obrero se hacen del paradigma naturaleza/sociedad y que probablemente, estén arropando la obra de Lluria.

En primer lugar, las frustraciones que tras las ilusiones del trienio se producen a partir de la proclamación del Estatuto Real de 1834 y el consecuente ninguneo del ideario ilustrado/liberal de 1812 que llevaría a los motines y bullangas de los veranos de 1834-1835 y que, en líneas generales, tienen como base profundas frustraciones campesinas – manifestadas preferentemente en el campesinado andaluz – y complejas resistencias/violencias/insatisfacciones en el naciente y limitado espacio urbano fabril; especialmente en Cataluña[36], agraviado todo ello, por el telón de fondo que supuso la  primera guerra civil de nuestra historia.

Será significativo resaltar las relaciones temporales/ambientales entre los sucesos de la Bonaplata y los primeros documentos que reflejarían las iniciales aspiraciones de las clases populares en nuestro país. Sucesos que por encima de los escasos documentos y proclamas representados por los escritos de algunos propagandistas/misioneros de lo ideológico/político del momento, a la altura de 1834-1835, parecen estar movidos por motivaciones y comportamientos de tipología espontánea/visceral probablemente encubados en la memoria colectiva de los sectores más debilitados cultural, social y económicamente, de la sociedad urbana de la época; golpeados, maltratados y sobre todo, poderosamente frustrados desde  muchas ilusiones perdidas en un momento político en que a los males ancestrales de los escenarios serviles/estamentales, se añadiría  el nuevo mundo de la industrialización y la máquina.

Sobre esta base psicosocial de la frustración y la rabia, será precisamente desde donde se recepcione el relato socialista. Un relato más que utópico, imposible. Le faltaba la conexión con un soporte social/popular mínimamente culturalizado que todavía – y quizá por ello – seguía paradójicamente gritando “vivan la caeenas[37] y quemando conventos.  Relato por otra parte foráneo y absolutamente importado, con algunos toques de igualitarismo y libertad heredados/emparentados, de/con viejas reivindicaciones ya oídas y vividas, desde los comuneros castellanos hasta los motines todavía cercanos del Madrid de Esquilache. Relato, ahora nuevo en la medida en que respondía a un mundo nuevo, el de la imparable sociedad de la máquina y la burguesía que llevaba consigo, diferentes modelos de poder/sumisión y por qué no, de esperanzas y mitologías de progreso. Sería un territorio aún – sobre todo en España – mayoritariamente fuera de la clase y de la fábrica como significantes de socialización obrera, únicamente sometido, a las subjetividades emocionales primarias y, en donde no obstante, se estarían sembrando los brotes que darían años más tarde, el salto desde la rabia descontrolada a la idea organizada del proletariado militante.

La construcción del ideario socialista/libertario se realizará según un proceso en el que la “idea” como metáfora machadiana de la teoría/ideología se va encontrar engatillada/condicionada por realidades de rebeldía y protesta de las clases populares tanto de sus sectores más miserabilizados como de las minorías de obreros especializados del textil catalán. Curiosamente la recepción del socialismo premarxista[38] se realiza en el tiempo en que se desencadenan por una parte las revueltas de los “miserables” barceloneses del verano de 1835 y las primeras reivindicaciones asociativas del proletariado textil[39]De alguna manera, en el espacio/tiempo ibérico de esbozamiento de la cuestión social y por lo tanto, de la transición/ transformación de la cuestión señorial/feudal a la capitalista/social. Etapa que precisamente se materializará en los años que transcurren entre la muerte de Fernando VII y la finalización de las regencias en 1843 y en donde se refuerzan dos modelos de insatisfacciones/frustraciones; una rural/campesina y otra urbano/fabril. La primera, relacionable con la desaparición del régimen de propiedad feudalizada de la tierra a partir del proceso de desamortizacióny la transformación del campesinado propietario/siervo en jornalero sin tierras. La otra, en la proletarización del artesano urbano y su extrañamiento de la herramienta y los saberes del oficio por la máquina y la estructura fabril[40]

Un documento de gran valor simbólico: “Tengo un amigo carpintero” con el que bajo el pseudónimo de proletario publicaría el propagandista fourierista Joaquín Abreu y Ortagu (1782-1851) en el periódico liberal de Algeciras El Grito de Carteya[41] nos puede dar una idea de las sensibilidades desde las que se va a ir organizando la estructura reivindicativa de este ideario que, aunque como las fourieristas, encubadas en un entorno socioeconómico rural/antiseñorial, marcarían tendencia.

“Yo tengo un amigo de oficio carpintero…no tiro el dinero y, sin embargo, me veo lleno de remiendos, nunca regalado, frecuentemente hambriento: miro alrededor de mí y, con cortísimas excepciones, no veo más que compañeros experimentando la misma desgraciada suerte. ¿Qué es esto?, – me suelo preguntar a mí mismo – ¿quién ha presidido en tan inicuo orden de cosas? ¿Cuáles son las causas para que la inteligencia, la fuerza, la economía sean capaces de mantener cómodamente a un ser dotado con los mismos medios más eficaces de producir y conservar? Todo está bien al salir de las manos del autor de la naturaleza, todo degenera entre las manos de los hombres, dice un autor célebre; yo lo creo así…yo busco, en consecuencia, el origen de mis males en el orden social que el hombre se ha establecido…Trabajar y consumir el fruto de su trabajo, trabajar del modo más conforme  a la organización del individuo son dos derechos que cada cual tiene en la asociación;  cualquiera de ellos que no se practique ha de causar perturbaciones y miserias que aumentarán si los dos se violan. No basta que estos derechos se consignen en los libros, en las leyes: es indispensable que se cumplan, de otro modo no puede haber bienestar en los individuos…Veamos un poco. El trabajo es el primer elemento de la producción, porque son nulos los frutos que espontáneamente nos diera la naturaleza y porque aún fuera necesario trabajar para recogerlo; pero el trabajo se hace más o menos productivo en razón a la mayor o menor inteligencia con que ésta dirigido: un hombre empleará tanta fuerza en pulverizar una piedra como emplearía en amasar el pan; sin embargo, los diversos resultados hacen palpable que cuando el trabajo está bien dirigido se obtienen productos útiles y más abundantes; este es, que la ciencia es otro elemento de producción…El capital no es otra cosa más que la representación de un trabajo acumulado: la reja del arado es un capital, es el fruto de trabajo dado por un herrero; el arado, los bueyes, etc., son otro capital, el producto de muchos días de trabajo empleados por uno o muchos individuos de diversos oficios. Lo mismo sucede con los telares, molinos, etc., y cualquier máquina o instrumento que empleamos en la producción…Sin estas máquinas, sin estos instrumentos no podríamos trabajar, o nuestro trabajo sería muy poco productivo, luego el capital es otro elemento de producción…Tres, son pues, los elementos de producción: el trabajo, la ciencia, el capital…los que ejercitan el trabajo acosados de una necesidad perentoria reciben por compensación por compensación calculada, no sobre la parte de fruto que les correspondiera, sino por lo indispensable a mantener miserablemente su existencia, el salario que el capital y la ciencia señalan. Si alguna vez los trabajadores reunidos exigen y obtienen por los diversos medios conocidos alza de precio, nunca esta ventaja es permanente ni deja de ser máquina…Aunque no tan mal retribuida, la ciencia ha hallado más fácil pactar con el capital que defender al trabajo…El capital, por su parte, si bien absorbe toda la riqueza producida menos la absolutamente indispensable a mantener la vida de los que trabajan…”[42]

De manera condensada esta especia de parábola fourierista elaborada por Abreu, va a introducir en la España de 1835, varios conceptos basales que paso a paso, serán reelaborados no solo por el considerado como socialismo científico sino por parte los ejes constituyentes del ideario obrerista[43].

Por una parte, la consideración de la Naturaleza – más allá de sus orígenes evolucionistas o creacionistas – como un orden perfecto que será pervertido por el hombre, “por el orden social que el hombre se ha establecido”

Por otra, la emergencia de la idea de bienestar asociada a la producción dinámica – o industrial/maquínica – frente a las ideas de la economía de la salvación ligadas a la sociedad estamental en las que el sufrimiento y la producción estática para la supervivencia – la productividad feudal de las manos muertas – constituían sus referentes estructurales

Productividad dinámica en la que, junto al trabajo, aparece la ciencia y el capital. La ciencia como factor de racionalización y organización del trabajo; de un trabajo que probablemente los furieristas visualizaban aún desde una memoria prefabril en la línea expuesta años atrás por los pre/ergonómicos franceses Charles Coulomb (1736-1806) Gaspar Coriolis (1792-1843) o el gran pionero de los estudios sobre el trabajo, la fatiga y la productividad del hombre, Sebastián Le Preste, Marqués de Vauban (1633-1707)[44] Reflexiones pre/ergonómicas que en España tendrán una presencia realmente madrugadora no solamente en lo que se refiere a la utilización de la palabra ergonomía sino en cuanto a la construcción de una teoría sobre el trabajo humano en la obra desconocida del Coronel de Artillería y matemático D. José de Odriozola Oñativia (1786-1864) Mecánica aplicada las máquinas operando ó Tratado teóricoexperimental sobre el trabajo de las fuerzas (Madrid, 1839)[45]                 

Y un capital que todavía no será financiero pero que ya, supone la apropiación de los medios de producción y que determinará que “los que ejercitan el trabajo acosados de una necesidad perentoria” no los queda otra salida que la de llevar una existencia miserable y ser tratado como una máquina que para funcionar como tal, tiene que ser alimentada y cuidada exclusivamente según sus estrictas necesidades maquínico/funcionales.

 Por los mismos años el saintsimonismo se introduce en España en los ambientes liberales y progresistas barceloneses siendo sus primeros propagandistas Pedro Felipe Monlau (1808-1871)[46] y Josep Andreu de Fontcuberta (nacido en Mallorca en 1800) que en general, firmaba sus colaboraciones periodísticas bajo el seudónimo de Joseph A. Covert-Spring originariamente en el diario El Catalán, El periódico EL Vapor y posteriormente, en  la revista liberal El Propagador de la Libertad; todos ellos de Barcelona por las mismas fechas en que Abreu publicaba sus artículos de corte fourierista en el Grito de Carteya. A la altura de 1835, no nos es fácil diferenciar con claridad los contenidos esenciales entre estas dos sensibilidades presocialistas[47] más allá de los condicionantes debidos a su ámbito de ubicación; El de la Andalucía ruralizada[48] y la Barcelona premaquínica. Quizá una mayor presencia de contenidos obreristas en los escritos de inspiración saint-simoniana especialmente, en los publicados en el Propagador de la Libertad a partir de 1836 como por ejemplo, la reproducción de un discurso de Fontcuberta en la Societé Philomatique de Perpignan  propósito de la epidemia de cólera sufrida en Mallorca en 1834, que no deja de recordarnos relatos posteriores – entre ellos el de nuestro Dr. Lluria – a propósito de los excluidos de ese “banquete de la vida”[49] que supone el progreso y la exuberancia libérrima de la Naturaleza:

“Y lo que vemos por todas las naciones del mundo, lo vemos también en cuanto a los individuos. El Cólera-Morbo ha declarado la guerra a muerte a la pobreza, a la extrema miseria: ataca con irresistible constancia, a los más necesitados proletarios; se instala en esos infectos reductos donde se echan, esas tristes moradas en que el sol nunca penetra, en que sollozos y lágrimas son los únicos consuelos de sus desgraciados habitantes… ¡El Cólera-Morbo es su ángel libertador! En ninguna parte puede ocultarse la imprevisión social a los ojos del hombre verdaderamente filántropo. Este lo descubre por doquier<; pero es más terrible, más horrenda, cuando es su víctima temprana la Humanidad doliente y desvalida. Si la miseria es causa mediata de esos azotes desoladores, preciso sería esforzarse en destruir la miseria, dando a los pueblos el bienestar a que tienen tan incontestables derechos, por medio de un sistema combinado, con prudencia y sabiduría de trabajos…que diesen a todos los pueblos… a todas las naciones del globo los beneficios de la civilización, el aseo, la salud y la felicidad que son su consecuencia. Entonces esas plagas que destruyen los gérmenes fecundos de la vida, huirían, impotentes, del espectáculo de una asociación de hombres, a quienes el trabajo, revestido de atractivos, procuraría todos los goces de la vida, a quienes las ciencias, ya populares, enseñarían a hacer de éstos un uso moderado…”[50] (De Covert-Spring: El Propagador de la Libertad, Barcelona, 1836)

Nuestra impresión es que una cosa fue el relato original de Fourier o Saint-Simon y otra, la lectura e interpretación de sus propagandistas en España, sin duda alguna condicionados por realidades socioeconómicas y políticas diferentes a las de la Francia de la Restauración y sobre todo, a la de la monarquía de julio , con un tejido industrial muchísimo más desarrollado que el español y, además, habiendo conseguido en el febrero de 1848 –aunque su consolidación legal/republicana definitiva se daría con la III República – la disolución de las formas monárquicas de la sociedad estamental. No nos atrevemos a comentar aquí, si la influencia de los seguidores de Fourier fue mayor o menor que la de los santsimonianos.[51]Lo que sí parece claro es que su influencia en el naciente proletariado español sería más bien escasa; entre otras razones, porque sus catequistas – especialmente en los años de la década moderada – fueron en su mayor parte miembros de las minorías ilustradas o liberales de corte burgués/conservador o exaltados arrepentidos. En el caso de los fourieristas gaditanos era patente – desde Abreu y Sagrario de Beloy hasta Margarita de Morla – su pertenencia y vinculación con los sectores más cultos y refinados de la burguesía comercial gaditana. No será hasta la aparición del núcleo fourierista madrileño en 1845,  liderado por Fernando Garrido Tortosa (1821-1883) y la publicación junto con Sixto Sáenz de la Cámara (1825-1859) y José Ordax Avecilla (1813-1856) en 1850 del periódico La Asociación[52] cuando se puede considerar que desde el fourierismo – y a modo circunstancial[53] – se inicia un cierto acercamiento al indeciso ideario obrero que se iba construyendo sobre todo en la Cataluña fabril y que de alguna manera contribuiría a la creación del clima revolucionario madrileño que propiciaría el Bienio en 1854. Probablemente, existieron dos factores significantes en este proceso de interrelaciones. Uno de tipo ideológico político por el paso de los fourieristas y santsimonianos del moderantismo o progresismo monárquico, a las sensibilidades demócrata/republicanas. Otro, la constatación por parte de las diferentes familias presocialistas que al naciente proletariado fabril, no le interesaba el relato más o menos filosófico de fourieristas y santsimonianos sino las realidades cotidianas de su vida como trabajadores que, determinarían como veremos a continuación, exigencias y reivindicaciones exclusivamente relacionadas con su dignidad y libertada de asociación, ralentizadamente promulgadas/escatimadas desde 1839 y siempre, condicionadas/manejadas/recortadas arbitrariamente por las autoridades gubernativas o militares.

De todas formas, lo que nos interesa en este trabajo sería explicarnos la correspondencia – que frontal o lateralizada, la tuvo que haber – entre estos esbozamientos teóricos e introductorios con la construcción de la posterior cultura obrera del ideario progresista socialista o libertario, que parece presidir el tiempo creativo de Lluria. Probablemente, cuando se inició la labor propagandística de éstos, quizá mal llamados socialistas utópicos, la sementera estaba ya, hecha; la iniciaron sin duda, los últimos reformadores ilustrados: Jovellanos, Canga Arguelles, Flórez Estrada, Toribio Núñez etc.; pero sobre unas tierras precarias en su abonado y estructura; sobre una sociedad de una profunda robustez estamental que engatillaba cualquier intento de transformación y cambio mínimamente revolucionario/innovador, tanto en los terrenos de lo social, como de lo político y científico. Incluso cuando se trató del positivismo, como nos recordaba en sus clases de CEISA[54] el entrañable y olvidado Eloy Terrón[55], no nos quedaba otra que recepcionarlo, a través del trabalenguas krausista. Para todo este proceso de conformación del ideario militante habrá que esperar a dos momentos posteriores, breves, pero ya, irreversibles en sus esperanzas, transformaciones y desilusiones. La España de la Gloriosa – gestada desde 1854 –  y de la Internacional. Hasta entonces irán apareciendo otros momentos provisionales en tono socializante como los representados por los seguidores de Étienne Cabet (1788-1856) o el propio Ramón de la Sagra, que a nuestro entender no calaron con suficiente potencia[56] en un proletariado urbano que fundamentalmente estaba intentando conseguir su propio relato reivindicativo desde la consecución de la dignidad y la libertad asociativa  como se hizo patente en la declaración que los representantes La Unión de Clases[57] fundada en 1854, presentaron al gobierno en 1855; un documento único de la sociología del trabajo sin el que no se podrán entender nunca los recorridos del obrerismo hispano.

“…No suprimiríamos el artículo siguiente – se refieren al VII del proyecto de ley sobre el trabajo infantil – Se abusa de los niños. Se los sacrifica á trabajos prematuros. Se impide el desarrollo de sus fuerzas y el de su inteligencia. Aparecen asi en el teatro de la vida social generaciones cada vez más embrutecidas y raquíticas. Con esto los intereses del trabajo sufren. Sufre la moralidad. Sufre el progreso material é intelectual de las naciones…Llegan los niños al estado de adultos, y no se hallan espuestos á menos peligros. Trabajan diez y doce horas por día. Objeto de esplotación para sus maestros. Incesantemente ostigados (sic)[u1] , tienen que trabajar sin tregua…el uso de nuestras fuerzas, aun cuando estén ya desarrolladas, tienen límites que no traspasamos casi nunca impunemente. Si los traspasamos, ó contraemos enfermedades mas o menos graves, ó precipitamos  el curso de la vida y llegamos a jóvenes al borde del sepulcro…La ley, para no ser injusta y corresponder a las necesidades actuales de la industria, debe contentarse fijar la edad á que podrán ser admitidos los niños en todos los talleres. No estamos tampoco conformes con la edad establecida en el artículo.[58] A los ocho años pocos niños han recibido la instrucción primaria. Y estamos en que deben haberla recibido antes de poner el pie en un establecimiento. Se alegará que ya se consigna que no trabajen  sino por la mañana ó por la tarde á fin de que puedan asistir á las escuelas gratuitas. Mas la naturaleza de la instrucción primaria y sobre todo la edad del niño no permiten esa doble serie de trabajos. Generalmente el que entra en el taller leyendo mal y escribiendo peor, lee mal y escribe peor toda su vida…Despues de cinco ó seis horas de trabajo ¿Qué ha de desear naturalmente el niño mas que jugar y esparcirse?…Nosotros fijaríamos la entrada de los niños en el taller a los diez años…No nos separemos, sin embargo, del artículo. De doce á diez y ocho años se dice en él no podrán trabajar sino diez horas. Este sino diez horas nos parece sumamente duro. ¿Cuántas se supone entonces que deberemos trabajar los que pasamos de diez y ocho años? El hombre, según parecer de los médicos, ha de consagrar para la reparación  de sus fuerzas siete horas al sueño. Necesita dos para comer, otras dos cuando menos para su instrucción y el alimento de su espíritu, una para el cuidado de sus intereses domésticos: quedan para el trabajo once…Un trabajo intelectual de mas de once horas rinde la cabeza mas fuertemente organizada, un trabajo material estenua (sic) al mas robusto. Podrá este y aquel resistirlos  por mas ó menos tiempo; pero tarde o temprano deplorarán el abuso…Creemos firmemente que todo el artículo debiera estar concebido en estos términos: “Se fija la duración del jornal en diez horas y media; la de los adultos de menos de diez y seis años en ocho; la de los niños  de menos de diez en cuatro. Las cuatro serán contínuas”…

Con respecto al artículo XI en el que el proyecto citado incluye en el Código Penal vigente (art. 483) en la época a los operarios ó dependientes que dentro del establecimiento faltaren al respeto debido a sus superiores, argumentan los representantes obreros:

“…Deseamos que no se deje de respetar á nadie; mas no podemos consentir de ningún modo en que nuestras faltas de respeto á los dueños de taller sean punibles y no las de los dueños de taller hacia nosotros. Nos lo impide nuestra dignidad de hombres. Los dueños de taller ¿son en realidad superiores al obrero?Hoy, empero, jerarquías y clases no existen, los gremios han desaparecido, no hay maestros. El capital constituye el orden de taller y no los conocimientos. Obreros y no pocos dejan muy atrás á los que los toman á salario. ¿Vendremos á consagrar el principio de que el poseedor de seis ducados es superior al que tenga solo cuatro?…No se olvide que, como llevamos indicando, el mal trato de los fabricantes para con los operarios es una de las causas mas eficaces y constantes de nuestro mutuo antagonismo…Pero entramos ya en nuestro caballo de batalla. Dejemos á un lado toda otra cuestión. Esta es para nosotros la cuestión de las cuestiones…Estamos por la libertad de asociación absoluta: así lo hemos manifestado en una exposición que se dirigirá á las Cortes acompañada de millares de firmas[59]…El artículo 14, entorpece la formación de nuevas sociedades…En lo que no podremos nunca convenir en que nuestras asociaciones hayan de constar cuando mas de quinientos individuos… [60]

Y con todo esto, desde los primeros pasos organizacionales de 1840 llegamos al islote progresista del Bienio para encontrarnos con las ilusiones y realidades del 68. El poso dejado por los presocialistas solamente se puede rastrear episódicamente en comentarios y aportaciones de nivel secundario en publicaciones periódicas de la prensa progresista o protorepublicana; incluso en soportes literarios como la poesía y obras teatrales pero su recepción desde las clases populares sería no solamente nula, sino imposible, dado su nivel de analfabetismo[61] y su excesivo sometimiento a las rutinas básicas de supervivencia y fundamentalmente como nos recordara Cuvillier,[62] porque estos presocialistas intentaron transformar la sociedad desde fuera de los imaginarios y querencias populares olvidando el viejo dicho marxiano, de que esa pretendida transformación solamente podía ser realizada desde la misma clase. En el fondo, un nuevo modelo de filantropía liberal desde la que se podía predicar la necesidad de “mejorar la situación física y moral de la clase más numerosa y pobre “ como diría Saint-Simon en su escrito póstumo Nouveau Christianisme (1825)[63] pero dejando bien claro, que los que mandan en la actividad industrial no son los obreros sino los propietarios a los que presenta como “protectores natos de la clase obrera[64] En España, los sucesos de la Bonaplata constituyeron un claro ejemplo de este divorcio entre el grueso de los asalariados y los escasos núcleos progresistas del patriciado urbano barcelonés a los que se pudo unir algún grupo de la aristocracia obrera/fabril. Habrá que esperar casi un lustro para que, precisamente, en ese territorio asociativo en expansión del asalariado especializado fabril, de Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla y posteriormente Madrid, cuando pueda surgir la posibilidad de un ideario propio, de un relato reivindicativo de clase desde la clase, coordinado junto a una práctica disciplinada de resistencia y reivindicaciones pegadas al suelo de sus condiciones de vida y trabajo concretas. Aquí, por supuesto que se contaría con un elenco de intelectuales y profesionales que desde la ideología ayudarían a la concreción del ideario de clase, pero ya, desde planteamientos inversos a los de los voluntariosos catequistas de ese primer socialismo; ahora, no pensando en el pueblo, sino, desde la clase, desde el pueblo organizado.

Será precisamente desde este espacio articulado – cuando no, también militante – desde el que se irán perfilando las ideologías que alimentarán las culturas fronterizas de la militancia obrera a partir sobre todo del clima de libertades del 68. Ideologías que tendrán que ver con la ciencias naturales, con la salud y condiciones de trabajo, pasando por el urbanismo, la vivienda, la educación y la argamasa axial que las unifica dada por el positivismo y el evolucionismo.

Si hay que poner una fecha al inicio de la recepción española más o menos popular[65], de los avances en las ciencias físicas y de la vida, que se irían instalando en los países de la consolidación del industrialismo, sería la de 1868 con la particularidad de que aquí, no se vehicularía a través de las diversas memorias y comunicaciones de las Academias de Ciencias[66]  sino por el contrario y principalmente, mediante espacios de socialización obreros/populares[67] y soportes de divulgación como periódicos y revistas generalistas más la aportación especializada de algunas publicaciones médicas o estrictamente profesionales como La Abeja Médica (Barcelona, 1846-1853) o el duradero Siglo Médico (1854-1936)[68]

Otro componente que incidiría rotundamente en esta atonía científica durante algo más que el medio siglo del ochocientos residió sin duda alguna  en la restrictiva legislación de prensa que por lo menos y durante unos años, será derogada a los 5 días del triunfo de La Gloriosa el 23 de septiembre de 1868 acabando con la consuetudinaria censura de la monarquía moderada que se iniciaría en 1844 (R.D. 10 de abril), continúa después del Bienio con el decreto del 2 de noviembre de 1856 y se refuerza con toda su crudeza con la Ley de 7 de marzo de 1867[69]. Todo ello potenciado por un conservadurismo institucional que se manifestaría en la legislación escolar de 1857[70], el Concordato de 1851 y a un nivel más amplio con la proclamación por Pio IX del Syllabus errorum en 1865[71]. Atonía científica que además no atañe exclusivamente a lo que entendemos por ciencia sino, sobre todo a la articulación ciencia, aplicabilidad tecnológica y sociedad. Con toda seguridad, algunas razones tendría el profesor Nadal cuando escribía sobre el fracaso de la revolución industrial en España (1975); quizá lo que no llegó a contemplar este ilustre historiador es que, lo que realmente fracasó a nuestro entender, fue la superación o transformación de la sociedad estamental en una verdadera sociedad industrial/capitalista; en suma, la consecución de una revolución burguesa en sentido estricto que, en otras latitudes cercanas, se consolidaría durante el medio siglo que va desde 1830 a 1870. En España, por el contrario, se convertiría en un rosario de indecisiones, esperanzas y dramáticas interrupciones que de una u otra manera llegarían  hasta las puertas de la Transición.[72] Por lo tanto, lo que fracasó no sería la revolución industrial sino, la revolución liberal/burguesa como transformación de las mentalidades; en cierta medida –parafraseando a Weber -nos faltó una ética protestante y nos aplastó una ética nacional/católica que, sin embargo, no impediría que en determinados momentos de nuestra historia, 1854, 1868, 1873, 1931, 1978, el clima de libertades propiciase rumbos y cambios que permitieron en algunos casos –aunque no en todos – relevantes[73] avances científicos, culturales, sociales, tecnológicos y económicos. Probablemente, a la altura de 1868, los cambios no fueron muy resaltables, quizá las herencias y la coyuntura socioeconómica y política lo hicieron imposible – pero algo se conseguiría especialmente, en todo lo relacionado con las libertades de imprenta y enseñanza. Así, un decreto-ley (21 de octubre) del ministro Ruiz Zorrilla acabaría entre otros puntos con  las Facultades de Teología marcando una serie de objetivos constituyentes como la libertad absoluta de enseñanza en todos sus grados; la autonomía universitaria; los intentos de conexión con la sociedad[74] y una reforma pedagógica y científica acorde con los tiempos[75] aunque todavía, la cota de analfabetismo fuese significativamente muy elevada. Así, mientras que en Francia y en el Reino Unido[76] supondría una tasa para 1870 del 32 y el 24%, en España nos situábamos en un 71% con una escolarización primaria de tan solo el 9,21%[77]. Como consuelo las matriculaciones de alumnos en las facultades de ciencias pasarían de las 327 del curso en que se proclama la Ley Moyano a 642 alumnos en el de 1867-1868[78]

En relación a lo que podríamos considerar como aculturación o recepción de un mínimo de componentes de cultura científica en sectores de las clases medias y del militantismo obrero, la libertad absoluta de imprenta – con su carácter estructural de figura no legislable –  decretada en los artículos 17 y 22 de la Constitución de 1869, posibilitaba una cobertura política que, por lo menos durante unos años, promocionaría la edición de revistas, periódicos, impresos y libros de contenidos censurados o prohibidos durante el moderantismo isabelino acompañado todo ello, de numerosos centros, ateneos y espacios de discusión y lectura para las clases populares. El resultado de todos estos recorridos instauraría corrientes de aculturación paracientífica en los sectores más dinámicos de la militancia obrera que probablemente superaron en su modernidad a segmentos de otras clases sociales anclados todavía en las sensibilidades y creencias trentinas. En este último cuarto del XIX, quizá pudo ser más fácil encontrarse con un obrero que conociese y comprendiera la teoría de la evolución que con un próspero comerciante para el que como mucho, le sonaría a algo relacionado con el logo y la marca de un anisado. Por otra parte, este proceso de aculturación popular no fue nunca algo exclusivamente elaborado desde instancias radicales o inscritas en el militantismo obrero, sino que abarcaría todo el espectro de sensibilidades sociales desde el radicalismo democrático republicano, el obrerismo de la etapa fundacional de la FRE., hasta el movimiento social/católico, pasando por el armonicismo del federalismo catalanista e incluso por los planteamientos coyunturales de algunas sociedades obreras/populares sin aparente contenido mutual o reivindicativo.

Asi, acontecimientos culturales en principio de esparcimiento y ocio como los promovidos desde entidades tan apolíticas como las sociedades corales eran a su vez, utilizadas para promover sensibilidades y tácticas de aculturación obrerista – no siempre en una dirección avanzada – como por ejemplo, una publicación titulada El libro del Obrero [79] explícitamente escrito para los  individuos de las sociedades corales de Euterpe[80]obra en la que participan diversos autores y, entre ellos, personajes de manifiesta o cercanas simpatías con el federalismo catalanista y la Renaixença como Ceferino Tresserra, Manuel Angelón, Manuel Durán i Bas, Juan Mañé i Flaquer o Luis Cutchet. Pues bien, aunque el tono general del libro es más bien de un  romántico/santurrón a la catalana, su afán catequista parece distanciarse de las tonalidades pietistas de la catequesis oficial española, derivando hacia una religiosidad productivista en el intento de construir, mentalidades e imaginarios obreros adecuados; aquí, en Cataluña, a los intereses de la industrialización y los fabricantes en lugar, de los de las oligarquías de latifundio y sacristía del resto del país. Trabajadores humildes, instruidos, constantes y pacientes frente a trabajadores siervos, impacientes, sin sobriedad e ignorantes.

“ …El camino del bienestar está en la sana moral, en la instrucción que procura nobles delicias en el conocimiento de los verdaderos y mas vitales intereses, y en amor al trabajo, por cuyos caminos van con seguro paso individuos y naciones hácia (sic) la fuerza, la dignidad y la abundancia, y hácia todas las asequibles libertades…el supremo placer está en el trabajo, en la sobriedad …en lo verdaderamente útil, en lo verdaderamente bello, ya fuere artístico, moral o científico…[81]

En suma, volvemos siempre a lo mismo en el relato fundacional[82] del industrialismo: Un obrero o un ciudadano atrapado en la tenaza de dos discursos; uno, el de la productividad, el orden, la docilidad y las libertades bien entendidas las asequibles; otro, simplemente, el de la dignidad y la libertad a secas; en definitiva, moralizar desde fuera o dignificar desde dentro.[83] Realmente este lenguaje del armonicismo, la docilidad y del equilibrio interclasista estuvo también presente en el asociacionismo obrero anterior a la Internacional. Repasando documentos y declaraciones de diversas asociaciones obreras catalanas de esos años anteriores a 1868, nos podemos encontrar a menudo con manifestaciones de este tenor:

“…BARCELONESES: Los representantes de la clase obrera se creen obligados a dirigiros la palabra.

Herida en su reputación y en sus sentimientos esta clase por los que le atribuyen planes de destrucción y vandalismo, ha llegado ya el momento de que vuelvan por su honra y de hablar con el lenguaje del corazón así a las autoridades como a los moradores todos de esta capital.

Solo en el trabajo libra su subsistencia la clase obrera; y resignada con su suerte, bendice a la Providencia que ha ennoblecido el sudor de la frente con que se gana el sustento de la familia. Aleccionada por la experiencia, sabe que los trastornos políticos sólo preparan las crisis industriales, de las que sale para la clase obrera el cáncer y la miseria. Y no ha sido perdida para ella la enseñanza de que el divorcio del fabricante y del operario puede llevar al primero una paralización en sus lucros, pero reserva siempre para el segundo el espantoso lote del hambre…El silencio de los talleres es la miseria, la muerte de la clase obrera…Vuelvan a ellos los dueños de establecimientos fabriles que han temido verlos pasto de la voracidad de las llamas. Vuelvan al frente de estos establecimientos, cuya actividad es la riqueza de esta población y cuyo apogeo es el orgullo del país seguros de que los operarios sólo quieren trabajo para mantener y educar a su familia y los goces de la libertad civil, felizmente conquistada con nuestro glorioso pronunciamiento, y siempre sostenida por las autoridades populares, nunca sordas a nuestras justas pretensiones.

“….Ha llegado ya la hora de disfrutar los beneficios de la paz y del sosiego público, y esta hora nadie la ha ambicionado tanto como la clase obrera…que renazca la confianza en todas las clases; que la tengan todas en la clase obrera, como ella la tiene en el Gobierno de S.M., dignamente presidido por el esclarecido duque de la Victoria, en las autoridades que le representan en esta provincia, en los jefes de los establecimientos fabriles, con quienes deben siempre formar como una sola familia…” Barcelona, 8 de agosto de 1854.[84]

La diferencia con el tono de escritos posteriores – especialmente los soportados por la prensa internacionalista –  será abismal, aunque de cualquier manera, ya se habría ido pergeñando desde el Bienio[85] – por lo menos en Madrid y Barcelona – un relato propio del obrerismo que junto a las reivindicaciones más perentorias – muchas de simple supervivencia – relativas sobre todo a la libertad asociativa y la duración de la jornada, irían incorporado añadidos doctrinales o ideológicos derivados de los afanes del socialismo utópico – principalmente fourierista, cabetiano y posteriormente proudhoniano[86] – más las aportaciones del relato demócrata/republicano con la incorporación catalizante de figuras como Fernando Garrido, Avecilla[87] o Pi y Margall. Aportaciones, sin duda alguna que dejarán su huella, pero también, en ocasiones, más relacionadas con objetivos político/republicanos – o retórico/obreristas – que con los intereses concretos del posterior lenguaje militante de la Internacional; no obstante, el propio Pi y Margall[88] en un emocionado y sentido manifiesto encabezado  “Al Pueblo” contenido en el periódico “El Eco de la Revolución[89], escribiría en los primeros días del Bienio un documento especialmente significativo, en un intento de otorgar al naciente movimiento obrero objetivos y protagonismos que de alguna manera sumasen  a sus intereses los del republicanismo democrático.

“Pueblo: después de once años de esclavitud has roto al fin con noble y fiero orgullo tus cadenas…Tú, que eres el que más trabajas, ¿no eres acaso el que más sufres? ¿Qué haría sin ti toda esa turba de nobles, de propietarios, de parásitos que insultan de continuo tu miseria con sus espléndidos trenes, sus ruidosos festines y sus opíparos banquetes? Ellos son, sin embargo, los que gozan de los beneficios de tu trabajo, ellos los que te miran con desprecio, ellos los que, salvo les inspiran venganza y odios personales, se muestran siempre dispuestos a remachar los hierros que te oprimen… ¿Has de continuar así después del glorioso triunfo que acabas de obtener con el solo auxilio de tus propias armas? Tú, que eres el que trabajas; tú, que eres el que haces las revoluciones; tú, que eres el que redimes con tú sangre las libertades patrias; tú, que eres el que cubres todas las necesidades del Estado, no eres por lo menos, tan acreedor como el que más a intervenir en el gobierno de la nación, en el gobierno de ti mismo? O proclamas el principio del Sufragio Universal, o conspiras contra tu propia dignidad, cavando desde hoy con tus propias manos la fosa en que han de venir a sepultarse tus conquistadas libertades…Tus demás garantías son…las instituciones; exige la convocación de Cortes Constituyentes elegidas por el voto de todos los ciudadanos sin distinción alguna, es decir, por el Sufragio Universal. La Constitución del año 37 y la del año 12 son insuficientes para los adelantos de la época… ¡Vivan, pues, las libertades individuales, pueblo de valientes! ¡Viva la Milicia Nacional! ¡Vivan las Cortes Constituyentes! ¡Viva el Sufragio Universal! ¡Viva la reforma del sistema tributario! “[90]

Un año más tarde, en el periódico madrileño de manifiesta factura obrerista, el Eco de la clase obrera[91], se podía leer uno de los primeros documentos de denuncia sobre las condiciones de trabajo del proletariado fabril catalán realizado desde el propio terreno obrero:

“…Las noticias que recibimos de Cataluña, son en extremo desgarradoras…he aquí los que tenemos a la vista, extractados de una carta de Manresa…En una fábrica del puente de Vilumara, los operarios trabajan dieciséis horas diarias…En otra fábrica de Castelgallí, la duración de jornal es de quince horas. Como ésta se halla situada a dos horas de distancia de la población, obligan a los operarios a dormir en la fábrica, a cuyo efecto hay destinados dos departamentos, uno para cada sexo. Los maridos no pueden estar en compañía de sus esposas sino en los días festivos.

En otra fábrica del pueblo de Navascles, habiendo obligado a una infeliz joven a que limpiase una máquina mientras estaba funcionando, se vio de pronto enredada entre el aparato, del cual no pudo salir ya, siendo descalabrada y con un muslo fracturado.

Un caso enteramente análogo ha sucedido en la fábrica del puente de Vilumara que hemos mencionado, con la sola diferencia de que en ésta la máquina agarro por los cabellos a la desgraciada joven, maltratándola y poniendo su vida en inminente riesgo…En las fábricas situadas en el mismo punto, tiene lugar otro exceso no menos repugnante: cuando los infelices muchachos se duermen, rendidos por el cansancio y la vigilia, los mayordomos les sacuden despiadadamente para quitarles el sueño…A esto hay que añadir que en Barcelona una partida de mozos de la escuadra[92] se presentó a la dirección de los tejedores en telares mecánicos, ocupando los libros de la Asociación y 3,500 y pico de reales. Se llevaron presos a cuatro individuos de la junta, y en la actualidad se hallan incomunicados en el fuerte de La Ciudadela…”

En estos recorridos por la consecución de un relato de clase desde la propia militancia seguiría apareciendo manifiestos y escritos protagonizados por miembros de las minorías demócrata/republicanas herederas del primer socialismo fourierista/saintsimoniano de los años 30/40 como serán los realizados por el incansable y prolífico Fernando Garrido Tortosa (1821-1883) en sus numerosas e interrumpidas publicaciones periódicas y folletos desde el año 1846 hasta 1868.[93]

Habrá que esperar a 1871/1872, después del establecimiento en España de la Internacional y la FRE, cuando los lenguajes de clase consolidan con nitidez sus reivindicaciones y en donde irán desvelando las claves basales de su ideario y en las que junto a la dignidad, la justicia y la emancipación  se van acompañando de referencias a la higiene, las condiciones de trabajo y la ciencia; todo ello, desde planteamientos de absoluta autonomía obrera

“…Nos llaman holgazanes porque pedimos rebaja en las horas de trabajo, como aconsejan la higiene, la ciencia y la dignidad humanas…”[94][u2] 

“…Los pillos, los incendiarios, así se llamaba ayer a los republicanos, ya son personas honradas, ya constituyen un partido legal: los burgueses, que antes se hubieran creídos deshonrados al menor contacto con este partido, tienen a gran fortuna poder acaudillarlo. Hoy los pillos e incendiarios somos los socialistas, los que rechazamos toda jefatura de la clase media; porque cansados de mixtificaciones hemos proclamado el gran principio de la revolución del pueblo por el pueblo, emancipación de los trabajadores por los trabajadores mismos…”[95]

En suma, un lenguaje reivindicativo que va a marcar claramente la instauración de una cultura autónoma en la que las fronteras estarían ya, claramente delimitadas siendo continuamente  expuestas  sin concesiones y tibiezas en las numerosísimas publicaciones obreras desde cualquier punto del país. Así, en un casi desconocido periódico obrero malagueño de cabecera “La Justicia[96]podemos leer:

“…Rogamos a los defensores obligados de los burgueses, a los que en todos tonos cantan en la prensa las excelencias del régimen social presenta, a los que se extasían ante la justicia y la moral de esta sociedad de cuarteles, hospicios y conventos, que recorran cualquiera de estas mañanas, si el rigor de la estación se lo permite, las obras en construcción y se detengan a contemplar los grupos de obreros albañiles que transidos de frio aguardan que den las seis ¡de noche! Para emplear su trabajo. Estos desgraciados obreros, así como los que trabajan en las fábricas, tienen que levantarse a las cinco, pues por algunos minutos de retraso pierden un jornal que les sirve para para ir sosteniendo el hambre y la miseria de sus desgraciadas familias… ¿Y aún tendréis el cinismo, explotadores, de censurar la falta de instrucción de los hijos del Trabajo, cuando apenas les dejáis tiempo para dormir?…[97]

Una vez establecida la autonomía reivindicativa y organizacional o si se quiere la reconducción del relato presocialista/democrático/republicano a los intereses obreros quedaba la conquista de otro campo semántico, el de la cultura, en sus dos vertientes, ciencia e instrucción

Ya, en los primeros escritos de los propagandistas del socialismo utópico, se advertía de la traición de la ciencia a los intereses populares por su alianza con el capital en contra de las clases populares dentro de la filosofía armónica predominante sobre todo, en los escritos fourieristas y en las críticas – en este caso de los seguidores de Saint- Simón como Josep de Fontcuberta (Covert-Spring) – sobre el modelo de salud del primer liberalismo español a propósito del control de las epidemias en cuya polémica intervendría tanto el padre[98] como posteriormente su hijo el anteriormente citado Dr. Pedro Mata y Fontanet[99](supra, p. 17-18)

La situación de partida en el entorno anterior al Bienio, que se tensionaría a partir de los años 70, con la recepción del positivismo y del darwinismo giraría alrededor del diseño espiritualista de la ciencia oficial representada por las dos tenazas ideológico/científicas de la época representadas por el siempre presente/vigilante providencialismo eclesial y los sectores supuestamente más avanzados de la intelectualidad liberal gatopardiana – emblematizada fundamentalmente por la clase médica[100] – para la cual, las causas primeras de la salud y la enfermedad residían en los desórdenes morales; en definitiva, desde un diseño de protagonismo biológico que por supuesto, habría dejado atrás el enfoque teologal pero se mantendría alejado de las causalidades sociales.

Frente a este discurso probablemente resultante no solo de pertinentes alianzas de clase sino, a la vez, de ignorancias interesadas y tergiversaciones doctrinales[101] más, o menos conscientes, algunos médicos e intelectuales intentaron oponer un relato heterodoxo opuesto al discurso científico dominante, que constantemente sería calificado como materialista e incluso, inmoral y que, a modo de fantasma freudiano, nos seguiría persiguiendo hasta nuestros días[102].

La situación la hemos visto siempre[103], como un proceso, en términos generales, cercano al recorrido existente en la reivindicación y conquista de espacios políticos y ciudadanos propios; de territorios semánticos de clase y por los obreros asociados. Caminos que, como hemos esbozado someramente, se anduvieron en zigzag, y se vieron sometidos a arbitrismos, muchos de ellos probablemente bienintencionados, utopismos, ingenuidades, radicalismos violentos, premoniciones luminosas y sentidas y justificadas reivindicaciones que, no obstante, se construyeron y propagaron desde ámbitos, sin duda cercanos, pero no pertenecientes a un colectivo, que aún no habría conseguido su propio espacio como clase.

Con los nuevos enfoque científicos – arrastrados desde más allá del setecientos – pero que se irían condensando hacia la mediana del ochocientos, se daría algo paralelo. Enfoques en que confluyeron con mayor o menor peso nuevos diseños en  las ciencias sociales, las naturales y las físico/matemáticas; aunque el protagonismo, podríamos considerar mediático/popular – a modo siglo XIX – se lo llevarían sobre todo, el positivismo, la biología y la medicina. Confluencia que además, se daría precisamente en una horquilla temporal en la que se agavillaron dos acontecimientos significantes: El Sexenio y la Internacional.     


[1] Notablemente los cubanos Francisco Domenech (1940) y Luis Rodriguez Rivero (1962)

[2] Sin llegar a tener la robustez académica de la obra sociológica de Sales y Ferré en 1884 el krausopositivista Urbano González Serrano (1848-1904) publica La sociología científica y años antes en 1882, había leído una memoria en el Ateneo de Madrid bajo el rótulo de Fundamentos de la Sociología. Dentro de esta horquilla temporal alrededor de la Restauración contaríamos con la obra sociológica del antes citado (supra, nota 36) Ignacio Valentí Vivó y muy concentrada en el campo de la salud laboral  La intoxicación en la industria moderna (Barcelona 1900) seguida de La Sanidad social y los obreros (Barcelona 1905) – y sobre todo, con la de su hijo Santiago Valenti Vivó y Camp (1875-1934) que publica sus Bosquejos sociológicos en 1899. Autores en los que siempre estará presente la sombra arropadora del krausismo que, sin embargo, en estos terrenos de una decisiva y concreta producción sociológica se presenta como tardía y vacilante, especialmente en lo que se refiere a una decantación rotunda por el positivismo. En el caso de Azcárate nos encontramos con que hasta 1891, con motivo de su Ingreso en la Academia de CC MM y PP con su Concepto de la Sociología publicado en 1894, delimitando el concepto de sociología; contenidos a los que ya se habría acercado en su seminal escrito de 1876 Estudios económicos y sociales. De igual manera ocurriría con Francisco Giner de los Ríos cuyos escritos sociológicos La persona Social y Estudios de Filosofía y Sociología no se editan hasta 1899 y 1904. Es más, dentro de este conjunto de sociólogos que van desbrozando de manera más o menos canónica los recorridos de nuestra disciplina se pueden encontrar algunos representantes de lo que hemos venido en considerar como sociólogos fronterizos. Por ejemplo el ya referenciado Joan Montseny (1866-1942) con su Sociología anarquista (La Coruña, 1896) o en el extremo opuesto el prestigioso jurista vallisoletano Calixto Valverde y Valverde (1870-1941) con un interesante ensayo de conciliación positivista  titulado El concepto de Sociología (Valladolid, Lib. de Manuel de la Cuesta, 1900) Desde la medicina y aparte del ya citado Valentí Vivó, el Dr. Federico Rubio y Galí (1827-1902) cercano a los medios intelectuales krausistas inaugura en su Discurso ante la Academia de Medicina en 1890 – siguiendo no obstante a Dorado Montero – el diseño de una sociología de la desviación bajo el rótulo generalmente admitido de Patología social que conformará un significativo campo de trabajo en la higiene y la medicina social finisecular y que como más tarde  veremos, dará lugar a una razonada crítica por parte el pensamiento anarquista ibérico. Por estos años aparece algún que otro escrito etiquetable como sociológico que puede tener cierta relevancia como el firmado por Vicente Santamaría de Paredes (1853-1924) de clara influencia krausista/organicista titulado El concepto de organismo social (Madrid, 1896). En relación con la obra de Adolfo Posada cuyo escrito sociológico más representativo serán sus Principios de Sociología; éstos no se publicarán hasta 1908 y por lo tanto, con ninguna influencia en lo que llamamos el “tiempo de Lluria” o tiempo de su producción editorial que finaliza en 1906 con el folleto La Humanidad del porvenir, aunque bien pudo tener acceso  a los escritos germinales de Posada como los contenidos en Literatura y problemas de la Sociología (1902) o el librito divulgativo Sociología Contemporánea, probablemente editado en Barcelona alrededor de 1905  y por supuesto – suponemos – a las ideas de prudente armonicismo sociológico presentes en el prólogo que Posada hace a la traducción del libro de Alfred Fouillé (1838-1912) La ciencia social contemporánea (Madrid, La España Moderna, 1894)

[3] Previamente en 1874 ocupará la cátedra de Geografía Histórica en la Universidad de Sevilla iniciando sus escritos sociológicos con la publicación del primer volumen de los cuatro de su Tratado de Sociología titulado Estudios de Sociología en 1889, aunque previamente ofrecería una manifiesta vocación evolucionista en sus primeros escritos históricos como los titulados El hombre primitivo y las tradiciones orientales (1881) y Estudios Arqueológicos é Históricos (1887)

[4] Serán los años de una discreta acumulación de escritos sociológicos en donde la presencia de autores españoles aparte de escasa presenta una filiación claramente positivista aunque, no siempre, organicista/biologista. Entre los autores extranjeros que se recepcionan claramente a partir de traducciones al castellano serían realmente pocos y con textos incompletos. Además las citas de los mismos en obras, conferencias o escritos españoles son confusas o erróneas cuando no van acompañadas de equivocaciones manifiestas en la grafía de sus nombres como sería el caso de la Revista Cronicón Científico (Madrid 1871-1872)  donde en sus contadas referencias a Herbert Spencer éste, se nos convierte en Hebert Spencer.

[5] Como serían los escritos ya apuntados (supra capítulo I) de Joan Montseny y su compañera Teresa Mañé

[6] Posiblemente y a pesar de que se pueda hablar de una sociología social/católica en la que hay coincidencias en la designación de sus protagonistas principales como Donoso Cortés, Balmes o Severino Aznar para terminar antes de ayer, con personajes de menor entidad como el presbítero guipuzcoano Ignacio Alcorta Echebarria (1910-1983) el prudente e instruido dominico Jesús María Vázquez del ISA de Madrid o el polémico benedictino y falangista Fray Justo Pérez de Urbel nada menos que director de un peculiar Centro de Estudios Sociales en el “Valle de los Caídos”. Lo cierto es que, parece admitirse, que esto de la Sociología ha sido desde siempre, cosa de progresistas, descreídos y liberales. Nosotros pensamos que el asunto, aunque pueda que tenga cierta verosimilitud, no es tan simple. En esto de la historia de la sociología española lo primero es que hay que hablar de sociologías en lugar de sociología. Lo segundo, considerar la sociología como una mirada – y una escucha –   sobre hechos; sobre realidades sociales puras y duras, a pesar de que esa mirada esté mediada por artefactos/espejos ideológicos, cognitivos y políticos adversos y sobre todo, reposados sobre realidades imposibles de modificar al estar sostenidas por los inamovibles poderes teo/estamentales del Antiguo Régimen. Quizá por ello, las sociologías canonizadas como tales necesitaron modelos societarios relativamente abiertos como los dados a partir de la Revolución Francesa y la industrialización. No obstante, nunca está de más recordar, por ejemplo, determinados momentos presociológicos como los interrogatorios y relaciones promovidos por frailes y funcionarios reales desde los inicios del XVI nada sospechosos de progresismo o liberalismo. A propósito de estas aproximaciones siempre quiero recordar las aportaciones para las sociologías de metodología cualitativa de los interrogatorios olvidados de Mateo Alemán (1547-1615) a los galeotes de las minas de Almadén efectuados en 1593. En resumidas cuentas, lo que si se pudiera predicar es que siempre, lo que han existido son dos bloques de miradas pre o sociológicas: las de la productividad del poder y la dominación a partir del conocimiento de la sociedad y las de la transformación y/o adecuación al cambio socio/tecno/político a partir de la revolución industrial. Pero ambas entrecruzando continuamente situaciones de conflictividad y transformación de las relaciones sociales. Las primeras, con sus tonalidades más patentes o más difuminadas, han sido y son sociologías o si se quiere, protosociologías. Por este camino, tendría razón el maestro Arboleya cuando argumentaba que para que hubiese sociología en sentido estricto, tenía que existir previamente una sociedad burguesa institucionalizada. Con toda humildad y sin ánimo de corregir a D. Enrique, nos atreveríamos a insinuar que dicho predicado es válido desde el modelo esbozado por Saint-Simon/Comte/ Spencer y consolidado a través de Durkheim, Waber y Parsons, pero no evitaría la existencia anterior o paralela, de sociólogos fronterizos en sociedades fronterizas como las resultantes del paso del feudalismo a la sociedad estamental/mercantilista, más allá de la existencia de esa sociología canónica del XIX; quizá a todas luces imposible, por la sencilla razón que su verbalización y conceptualización no existieron hasta que fuera verbalizada y conceptualizada por Saint-Simon y Comte la consideraran, como doxa epistémica, en ciencia comprensiva de la sociedad industrial que, precisamente se institucionaliza plenamente cuando el industrialismo llega la culminación de su conflictividad y contradicciones en el último tercio del siglo XIX.

Parece claro que desde el paradigma teologal/creencial del cristianismo medieval, esto es, desde una economía de la salvación y la penitencia, aunque pudo haber algunos sociólogos fronterizos tardíos –por ejemplo Vives –  hacer sociología en el sentido weberiano, no sería posible; quizá simplemente porque lo socialmente conflictivo no se podía leer desde lo teologal; es más desde la mirada de la economía de la salvación no solamente no había conflicto sino que no le podía haber porque en último lugar, éste sería pertinente con el orden providencial todavía existente en la sociedad postbajomedieval – de ahí la relevancia de Vives –  Sin embargo había conflicto y Vives supo leer ese conflicto o quizá solamente mirarle. Pero su mirada era la de un intelectual del Renacimiento, en el momento económico/social del mercantilismo y el inicio de las lecturas secularizadas sobre la sociedad, pero todavía presionadas y vigiladas desde lo teologal. Constituirían probablemente presociologías porque fueron miradas y escuchas sobre el conflicto, sobre un modelo de conflicto de un concreto tiempo político/cultural en el que la sociología como semantema no podía existir porque el concepto de sociedad no había sido aún ni verbalizado ni epistematizado. Eso que en los últimos 150 años entendemos como Sociología tenía que ser necesariamente una derivada de la economía del capital y la fábrica; un modelo creencial y socioeconómico visualizable desde la Reforma como nuevo/necesario artefacto operativo para ordenar y racionalizar, el espíritu del capitalismo.

[7] Especialmente desde su obra “Responsabilidad de la inteligencia: México FCE., 1943

[8] Por ejemplo, La Historia Natural y Médica del Principado de Asturias (1762) del médico Gaspar Casal (1680.1759)

[9] A las que habría que añadir otros escritos de La Sagra por los que suele pasar de largo la currícula oficial de nuestras facultades de sociología, como son sus Lecciones de Economía Social (Madrid, 1840) enormemente útiles a la hora de entender las contradicciones y servilismos de muchos autores considerados como promotores del socialismo o simplemente como reflejo de los inescrutables derroteros de la sociología.

[10] Colectivo complejo y nunca uniforme heredero de los liberales de 1812 y fundamentalmente dividido en dos corrientes la liberal moderada, siempre gatopardiana, y la exaltada, que coincidiendo ambas en la abolición de la sociedad estamental contemplarían la cuestión social desde miradas diferentes

[11] En general, hemos considerado desde siempre, que un indicador relevante del grado de compromiso de la intelectualidad liberal española durante el siglo XIX, con la cuestión social se dio desde los terrenos de la pedagogía de la salud laboral y la denuncia de las condiciones de trabajo y vida de las clases populares. Seguramente esto no sería absolutamente concluyente – recuérdese el Informe del Dr. Jaime Vera ante la Comisión de Reformas Sociales en 1884 – pero si, constituye una piedra de toque significante.

Así por ejemplo, el Dr. Simarro durante los primeros años del Sexenio participará activamente en el Centro Republicano de la Clase Obrera de Valencia impartiendo cursos de Higiene Laboral ( citado también por Sánchez Villa 2017) Es más, al Dr. Simarro le debemos uno de los más lúcidos escritos sobre la fatiga de los trabajadores, desmontando las habituales teorías moralistas y degenerativistas sobre la personalidad y el comportamiento obrero a partir de una conferencia en el Museo Pedagógico Nacional de Madrid en 1887 titulada “El exceso de trabajo mental en la enseñanza” (publicada en los números 288-291-309 del BILE):

   “…Los casos de falta de reposo o nutrición insuficiente, por pobreza, provocan la neurastenia por exceso de trabajo é insuficiencia de su remuneración y comprenden numerosos hechos de gran importancia social, por ejemplo la situación de la clase obrera…

(BILE, nº 309:370-371) Anotado por Rafael de Francisco (2003) Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores.

Con respecto al Dr. LLuria y como ya hemos apuntado, participará en el  IX Congreso Internacional de Higiene (1898) con una comunicación titulada: Concepto mecánico de la fatiga y el agotamiento y años más tarde dictará varias conferencias en el Centro de Sociedades Obreras de Madrid sobre aspectos relacionados con  la salud de los trabajadores. A su vez, Mata y Fontanet insistiría desde etapas tan tempranas como 1859 en una lectura socio/etiopatológica de la enfermedad presentándose como un verdadero inaugurador de la medicina social en España.

A todo lo anterior habría que añadir el papel representado por instituciones culturales o sociales como el Ateneo de Madrid y el Instituto de Reformas Sociales verdaderos catalizadores y resonadores de la  situación de las clases trabajadoras españolas aunque, muchas veces representaran intereses conservadores como será el caso del ya citado (supra nota 1 y nota 51) Práxedes Zancada y Ruata, autor de dos documentados escritos titulados El obrero en España, Barcelona, 1902 y El Trabajo de la mujer y el niño, Barcelona, 1904.

[12] Cuyos orígenes no solamente son filosóficos a través de un krausismo siempre espiritual a la alemana, sino que hundirían raíces en la recepción desde los inicios del XIX de nuevas corrientes en las ciencias naturales, la fisiología, la higiene y, en general, las ciencias médicas y biológicas pero continuamente, manifestando dos sensibilidades una espiritualista/vitalista que acentuará una especie de determinismo moral en las situaciones de desigualdad social y enfermedad y otra, materialista/anatomo/experimental para la que la perfectibilidad de la salud  y en definitiva, la naturaleza del hombre – y sobre todo su situación social concreta – nunca podría entenderse desde la espiritualidad metafísica o el designio divino, o lo que sería más habitual entre muchos médicos e higienistas al carácter naturalmente avieso, inmoral y transgresor de obreros y jornaleros como manifestaron insignes representantes de la naciente higiene industrial como Monlau, Salarisch, Giné i Partagás – en una línea mucho menos conservadora – o incluso médicos nada sospechosos de conservadurismo como el  asturiano Ambrosio Rodríguez Rodríguez en su Higiene de los trabajadores (Gijón, 1902)

Vide. Rafael de Francisco: Historia de la Prevención de Riesgos Laborales en España, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007: 17-79

[13] El poso espiritualista consustancial con el krausismo fundacional estará siempre presente en las discusiones y resistencias a un positivismo radical como lo manifestarían continuamente krausistas relevantes – aunque no ortodoxos –  como Manuel de la Revilla, José Perojo o Urbano González Serrano o incluso, Azcárate que en el fondo, siempre fue un fervoroso católico avergonzado

[14] Posiblemente la sociedad española de la Restauración con unas casi inexistentes clases medias y cuyo eje troncal ideológico estaba sustentado por el sistema de oligarquía y caciquismo, no necesitaba del andamiaje justificativo/racionalizador que suponía el relato positivista/evolucionista diseñado desde la sociología comtiana/espenceriana e incluso desde el estricto relato darwiniano. Únicamente – aunque excepcionalmente contara con discretas adhesiones en ambientes conservadores – en  los restringidos y maltratados círculos de intelectuales que brotaron al calor de las ilusiones y libertades de la Septembrina , posteriormente arropados desde la ILE, sería posible  la recepción de las nuevas corrientes positivistas que no fueron únicamente sociológicas sino que abarcaron todos los territorios científicos de la época desde la geología, la antropología, la medicina a las matemáticas o las ingenierías constituyendo,  una fructífera edad de plata para la ciencia española que desgraciadamente sería abortada en 1939. Por el contrario, las clases populares y muy particularmente el proletariado militante libertario, si se agarrarían fervorosamente al nuevo relato evolucionista/positivista que desde la sociología como palanca fáctica podía recubrir científicamente sus aspiraciones sociales.

[15] Por ejemplo, la primera traducción que se hace del Catecismo positivista de A. Comte es la de Antonio Zozaya en 1882 y sus Principios de Filosofía Positiva no se traducirán hasta 1905. En el caso de Spencer la situación sería relativamente mejor existiendo algunas menciones explícitas a su obra Principios de Sociología en la revista Cronicón Científico de Madrid en 1871 más algunos comentarios en 1872 al que acompañaron referencias posteriores en las frecuentes discusiones del Ateneo de Madrid entre 1875 1876, En general, la recepción generalizada de su obra sería bastante aceptable; Así en el nº 4 de enero de 1876 aparecería en la Revista Contemporánea un artículo de Spencer titulado Psicología comparada del hombre y  uno de sus primeros escritos Educación intelectual, moral y física (1861)  se traduce y edita en 1879;  El Universo Social – más tarde editado en diversos formatos  como Principios de Sociología -que es una combinación de diversos escritos originales de 1873-1874 será enmaquetado, traducido y generosamente prologado por Salvador Sanpere (1840-1915) en 1883. También en 1883 la Librería de Fernando Fé de Madrid edita un librito de Tiberghein traducido por Hermenegildo Giner de los Ríos titulado Krause y Spencer. Será a partir de 1884 – 1890 cuando se incrementen notablemente las tiradas en castellano de casi toda la obra de Spencer a través de las numerosas traducciones efectuadas por Siro García del Mazo, Domingo Barnés y Miguel de Unamuno. Estos discretos atrasos – en ocasiones comprensibles -en la recepción editora española de los padres del positivismo constituye una constante que toca además a la recepción del darwinismo y a todos los autores de la mediana y segunda mitad del XIX que de alguna manera se distanciaban de la mentalidad ultramontana del bloque hegemónico. En el caso del marxismo y del socialismo utópico, mientras que la obra de Charles Fourier presenta una recepción relativamente temprana – su Explanación del sistema societario , traducida por la feminista belga Zoé de Gamond (1806-1854) se edita en 1841 (Barcelona Imp. de J. Roger) y las Bases de la política positiva en 1842 (Sevilla Imp. de Álvarez y Cª) al igual que la Teoría societaria en 1842 (Madrid imp. de la calle Bordadores) –  Por otra parte, no nos consta ninguna traducción de escritos directos de Saint-Simón hasta bien entrado el siglo XX y, además de una obra lateral como eran Cuadros de la Corte de España en 1772 (Madrid, 1933) En cuanto al marxismo, El Manifiesto no es presentado en castellano hasta su inclusión en el periódico El Obrero de Barcelona en 1882; igualmente, la  primera edición del volumen I de El Capital no se hará hasta 1886. Sobre este particular retraso que entre otras razones contaría con la tenaz presión oligarca/clerical serían ilustrativas las quejas que Miguel de Unamuno remitiera a su amigo Pedro Múgica a quien comenta que en 1888 con motivo de sus citas a Wundt en su oposición fallida a la cátedra de Psicología, Lógica y Ética del Instituto de E.M. de Bilbao, el tribunal le acusa de materialista y como consecuencia pierde dicha oposición (referencias en Chabrán, 1998 y Arlandi, 2012) En suma, la recepción del positivismo en sus diversas materializaciones científicas particulares siempre, siempre, contaría con un acoso estrecho y permanente desde las instituciones detentoras del poder y, especialmente del poder eclesial. De todas formas, para poder tener una cabal comprensión de la recepción en España de la obra de los autores presocialistas más relevantes nunca nos podremos limitar a la datación de las traducciones de sus escritos más representativos. En general, nos atreveríamos a decir que esta recepción se daría desde fuentes secundarias – un poco como ocurriría con la obra de Darwin – a partir de soportes periodísticos y revistas científico/culturales como la Revista Contemporánea (Madrid, 1875) para el positivismo, o los madrugadores periódicos El Grito de Carteya (Algeciras 1835) o El Vapor (Barcelona, 1835) en los que colaboradores como Proletario/Abreu y Josep Fontcuberta introducen comentarios de clara factura fourierista y saintsimoniana. Dentro de estos mecanismos de recepción transversales también nos podemos encontrar con traducciones de escritos referenciales como un librito del filósofo krausista belga Guillermo Tiberghein (1819-1901) Krause et Spencer, 1882, traducido por Hermenegildo Giner de los Ríos (1847-1923) y editado por la madrileña librería de Fernando Fé en 1883. Abundando en el asunto tendríamos que contar además con el entramado cultural/ pedagógico representado por instituciones populares como la Velada de Artistas, Artesanos, Jornaleros y Labradores de Madrid (1847) que daría lugar al Fomento de las Artes en 1859 o al Ateneo Catalán de la Clase Obrera de Barcelona en 1861 a los que por supuesto hay que añadir el emblemático Ateneo de Madrid (1835) más innumerables círculos de lectura, ateneos obreros, escuelas laicas o incluso orfeones.

[16] Retraso coherente con el débil grado de desarrollo científico más la inexistencia generalizada  de un tejido industrial/fabril mínimamente establecido. Un nudo diabólico que se enreda perversamente de manera circular, enlazando Sociología, Ciencias experimentales e infraestructuras productivas secundarias, al que se podría añadir un modelo de Instrucción Pública en todos sus grados absolutamente insuficiente y arcaico. Vide. José Manuel Sánchez Ron, 1988 y Gil de Zárate,1855

[17] Realmente, y con algunas excepciones como la representada por Antonio Machado y Núñez (1812-1896) la recepción de la obra de Darwin fue relativamente tardía. Si exceptuamos la inadvertida referencia a la obra de Darwin contenida en la traducción de un Manual de Investigaciones Científicas dispuesto para el uso de los oficiales de la Armada de Sir J. Herschel efectuado por el marino español Juan Nepomuceno de Vizcarrondo (Cádiz 1857) y la incompleta traducción desde el francés en 1872 de la Editorial Renaixensa, no existió ninguna traducción completa y bendecida por Darwin del Origen de las especies hasta la de Enrique Godínez de 1877 publicada por la madrileña Imprenta de Perojo a los 21 años de su edición original. La primera edición en castellano de El Origen del hombre será en la Editorial Renaixensa de Barcelona en 1872. No obstante, ya en 1860 el anteriormente citado abuelo de los Machado explicaba dichas teorías desde su cátedra sevillana de Historia Natural y que completaría desde 1869 con sus aportaciones en  la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla  según anotara Encarnación Aguilar Criado (1989) Por lo tanto y curiosamente la recepción del Origen del Hombre (ed. Original de 1871) se hace antes de la aparición del Origen de las especies cuya edición original era de 1859. Esto no quita para la existencia de madrugadoras referencias a la obra de Darwin – algunas anecdóticas – como la representada por Luis Simarro Lacabra (1851-1921) que siendo aún un muchacho recién iniciados sus estudios de Medicina en 1867 y ocupando al mismo tiempo una plaza de profesor de Historia Natural en el colegio San Rafael de Valencia, realizó comentarios o lecturas sobre la obra de Darwin lo que daría lugar a que experimentase por primera vez, las consecuencias del Syllabus (1864) Referencias entre otras en : Vidal Parellada (2007). No obstante hay que resaltar el potente papel protagonizado por traductores de autores europeos relacionados con el darwinismo que servirían como introductores laterales de su recepción en España como será el caso del filósofo alemán Ludwig Büchner (1824-1899) del que en 1869, R. B. Moretón traduce El Hombre según la ciencia, Conferencias sobre el darwinismo que años más tarde sería reeditado y de nuevo traducido por Wenzel  (Barcelona F. Granada y Cª., Editores, 1910) bajo el título El hombre ante la ciencia.

 

[18] Recordaremos solamente a modo de ejemplo, la presencia del relato evolucionista en la obra de Pardo Bazán – por ejemplo, Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza – o en El árbol de la ciencia de Baroja.

 

[19] Probablemente en el caso del anarquismo español habría que considerar cómo esta recepción del darwinismo se haría no, tanto,  desde la lectura de la obra concreta del autor, sino  por intermediación principalmente de los escritos de Herbert Spencer, Ludwig Büchner, Ernst Haeckel, Piotr Kropotkin o el geógrafo francés Hélisée Reclus que a su vez, fueron autores de cabecera de los grandes propagandistas del movimiento libertario español como  Anselmo Lorenzo, Joan Motseny, Gaspar Sentiñón, Ricardo Mella o Tárrida del Mármol. Sobre este particular ver: Álvaro Girón Sierra , En la mesa con Darwin, Madrid 2005

[20] Aquí habría que recordar la madrugadora contribución de la Sociedad Antropológica de Sevilla fundada por el abuelo de los Machado, Antonio Machado Núñez en 1871

 

[21]Por ejemplo, los Ateneos de Madrid, Barcelona y Valencia junto con la ILE que, paradójicamente, funcionó como eje troncal o gran paraguas referencial del positivismo español a pesar de sus querencias fundacionales krauso/metafísicas.

 

[22] Numerosas publicaciones, escritos, certámenes e intervenciones en ateneos y círculos obreros especialmente de corte anarquista – pero también aunque muy limitadamente, socialistas – sirvieron de resonadores de estos enfoques positivistas y evolucionistas durante el último cuarto del XIX y las primeras décadas del novecientos. Publicaciones como la Revista Contemporánea, La Acracia o la Revista Blanca serían importantes potenciadores de estas sensibilidades evolucionistas.

 

[23] Antes de las aportaciones más canónicas y conocidas de Anselmo Lorenzo o Joan Montseny (Federico Urales) tendríamos escritos de propagandistas anarquistas españoles que al filo de los últimos años del Sexenio, abrirían camino a la recepción del evolucionismo como la compañera de Urales, Soledad Gustavo, los médicos Gaspar Sentiñón y Viñas  o el arquitecto Trinidad Soriano Hidalgo.

 

[24] Sobre esta particular ver las aportaciones de Álvaro Junco (1988,1991) Susana Tavera (2002) y Álvaro Girón (2005)

[25] Por ejemplo, en su Sociología Científica (1884) Urbano González Serrano (1848-1904) un adelantado de la psicología social española no admitiría nunca la reducción de lo social a lo biológico, o también el talante crítico y distanciado ante un evolucionismo grosero, que manifiesta Gumersindo de Azcárate en sus escritos sociológicos como sería el caso de su discurso de recepción en la Academia de Ciencias Morales y Políticas (1881) intitulado Concepto de la Sociología

 

[26] Al igual que sucedería con casi toda la naciente sociología europea que como la francesa, poscomtiana y, en el marco de la III República, tendría también sus referentes físico/biologistas siendo un ejemplo interesantísimo el propio Gustave Le Bon en su no muy conocida faceta socioevolucionista de 1881 en que publica L’Homme et les Sociétés Leurs origines et leur Histoire

 

[27]Estasén según apunta Thomas F. Glick (1982, pp.27) se puede considerar como el sociólogo evolucionista español más importante de finales del ochocientos, aunque su obra haya pasado desapercibida y prácticamente desconocida para las actuales generaciones de sociólogos. Una de las razones puede residir en que su obra socio/positivista se encuentra desperdigada en publicaciones periódicas como la Revista Contemporánea (Madrid 1875-1905) durante los años 1876,1877 y 1878.

[28] Sales y Ferré: Estudios de Sociología. Evolución Social y Política. Madrid, Ed. Victoriano Suárez, Vol. IV, 1897 pág.503

 

[29] Sales y Ferré: Problemas Sociales, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1910, p., 7

[30] Sustituto de la fructífera Junta de Ampliación de Estudios (1907-1939) que precisamente nacería como consecuencia de la reiterada y generalizada constatación de las profundas deficiencias científico/educativas españolas al hilo del 98 y, que haría pronunciarse en estos términos tan gráficos en sede parlamentaria al diputado liberal por Pontevedra Eduardo Vicenti y Reguera (1855-1924) en 1899:

“…Ningún yanqui ha presentado a nuestra escuadra o a nuestro ejército su pecho, sino una máquina inventada por algún electricista o algún mecánico. No ha habido lucha. Se nos ha vencido en el laboratorio y en las oficinas, pero no en el mar o en la tierra…”

Vide. José Manuel Sánchez Ron 1988:14

[31] En estos recorridos, los años del Trienio serán decisivos en la constitución de los preámbulos del socialismo español en cuanto iniciales desveladores de injusticias e insatisfacciones populares – aunque todavía circunscritas sobre todo al ámbito de la propiedad de la tierra – como apuntaría Práxedes Zancada (1879-1936) en un artículo intitulado:  El sentido social de la Revolución de 1820 (Revista Contemporánea nº 127, 1903: 143)

“…Los diputados de 1820 fueron instauradores de un orden de cosas reparador de las injusticias hasta entonces sufridas por los ciudadanos laboriosos restituyendo á la vida y al movimiento ( a la desamortización) las riquezas muertas y los bienes ahogados en lagunas sin corriente …

Mayor alcance pudieron tener las aportaciones de otro diputado al que ya hemos citado como un protosociólogo olvidado, el mencionado Toribio Núñez (supra, nota 1) que en 1813 presentaba en las Cortes gaditanas un Proyecto de Ley sobre la Instrucción Pública y en 1820, su primer escrito introductorio del pensamiento de Jeremy Bentham (1748-1832) en España, Sistema de la Ciencia Social ( Salamanca, Imprenta Nueva de Bernardo Martín) para continuar con sus Principios de la  Ciencia Social (Salamanca, Imp. de Bernardo Martín, 1821) en los que se adelanta en algunos aspectos contemplados una década más tarde por los primeros propagadores del llamado socialismo utópico:

Véanse algunos retazos hilvanados de sus comentarios de los Principios de Ciencia Social, perfectamente asumibles por Saint-Simon o Fourier:

“…Los tres principios de la sociedad civil: El concurso de las fuerzas, el aumento y conservación de las luces y la división del trabajo …El trabajo del hombre es el origen de toda su riqueza…No hay pues, en la sociedad clase alguna estéril mas que la que componen las clases ociosas, es decir las que no trabajan ni dirigen los hombres ni el trabajo…En toda industria…tres géneros de trabajadores: el sabio, el empresario, el obrero…En toda ocupación rural, fabril o mercantil debe producir lo bastante para pagar al sabio, al trabajador y dejar al empresario golosos digámoslo así aficionado a proseguir con su empresa…La ley procede indirectamente á la subsistencia protegiendo  los hombres mientras que trabajan y asegurándoles los frutos de su industria, después de haber trabajado. Seguridad para el trabajador; seguridad para el producto del trabajo…La eficacia del trabajo se aumenta por la destreza de los trabajadores; por el ahorro al tiempo gastado en movimientos superfluos; por la invención de nuevas máquinas…Los gobiernos que no alienten las ciencias físicas y matemáticas serán siempre más pobres que los que las fomenten…”

Toribio Núñez, Principios de la Ciencia Social ó de las Ciencias Morales y Políticas, Salamanca, Imprenta Nueva por Bernardo Martín, 1821: 261-281

[32] Nos encontraríamos por lo tanto con dos corrientes institucionales la del Ateneo de Madrid de sensibilidad mayoritariamente socialista y la barcelonesa de la Escuela Moderna con arropamiento libertario

[33] Que a excepción del tiempo de la II República y sus leves inicios durante los últimos años de la Restauración, solamente se verían reencontrados/retomados a modo Guadiana a partir de 1982 para continuar su proceloso recorrido periscópico casi hasta nuestros días.

[34] Para nosotros el paradigma ecológico sería inicialmente una construcción teórica/comprensiva originalmente diseñada desde el Hipócrates de Aires, aguas y lugares y retomada/remozada siglos más tarde por Buffon y Montesquieu. Diseño, en el que desde la simplicidad humoral empedocle/hipocrática se irían acoplando diversos factores ambientales desde la alimentación hasta las lluvias y la semiología de epidemias y epizootias como quedaría expuesto en la famosa encuesta  médico/meteorológica francesa de Vicq d’Azyr en 1776 y que se va ampliando con los primeros críticos del dogmatismo climatológico como el jesuita hispano italiano Juan Francisco de Masdeu (1744-1817) o los representantes de la ilustración escocesa como Hume y Ferguson que introducirán la teoría de las causas morales o las políticas. Lo interesante será que a partir de estas correcciones aparecen las causas sociales que se iría, fijando desde la obra apuntada de Gaspar Casal, y los escritos ya comentados de Hervás y Panduro con las posteriores aportaciones foráneas de Johan Peter Frank o del Virchow de 1848, el Marx del Volumen I del Capital (1867) o el joven Engels de Las cartas desde Wuppertal (1839) y, por supuesto, de nuestros Mata i Fontanet, Simarro, Lluria o Jaime Vera, es que, junto a esa semiología climática/naturista, se añade la sociológica; Condiciones de trabajo, horario, salarios, fatiga obrera/jornalera, calidad del aire concreto del taller, la fábrica y la vivienda obrera; calidad y cantidad del alimento de la familia obrera como haría el sociourbanista Ildefonso Cerdá o el Dr. Casas de Batista. Y esa relectura del paradigma ecológico es la que convierte a mediados del XIX la simple teoría etio/patológica en socio/patológica constituyendo otra más, de las variadas maneras de “volver el abrigo” que desde sectores progresistas de la intelectualidad burguesa y, por supuesto, del  proletariado militante, se realizaría sobre los nuevos diseños científicos heredados/recreados durante el ochocientos que, de alguna manera, difuminan sus determinismos climático/ambientalistas para completarlos/superarlos con la mirada sociológica sobre quebrantos y condiciones de vida y trabajo de las clases populares en la nueva sociedad de la máquina y del capital

Vide, Rafael de Francisco, 2002

[35] Frase atribuída al oportunista y hábil General Espartero en su etapa de Jefe militar del Ejército Cristino del Norte. Vide, Emilio Encinas, 2016 y Antonio Jutglar, 1983

[36] Actuaciones que algunos historiadores suelen enmarcar dentro del movimiento luddita como prolongación de los acontecimientos ingleses de 1769 pero que en España, tendrían referentes más complejos. En el agosto de 1835 no se quema solamente parte de la emblemática fábrica de La Bonaplata sino además decenas de conventos – precedidos por los motines de Zaragoza y Reus unos pocos meses antes  y los incendios y matanza de religiosos de Madrid en julio de 1834 – que apuntan a un entramado de insatisfacciones que iría más allá de las simples repulsas populares ante la maquinaria de vapor Por el contrario, puede que la quema anterior de ingenios mecánicos durante el Trienio en Alcoy (1821) y Camprodón (1823) tuviese más que ver con una reproducción del modelo luddita, pero en la Barcelona de 1835 hay que tener  en cuenta que la protesta antimaquínica contempla como agravantes la actitud despótica de los fabricantes en lo que respecta a la estructuración de la imposición de determinadas condiciones de trabajo como fue la de imponer un alargamiento de las piezas de tejido sin la correspondiente adecuación de horarios – se cobraba por pieza – y salarios para unos obreros sin la capacidad de asociación frente a la poderosa Comisión de Fabricantes fundada en 1820, agravado todo ello – por ejemplo en el Madrid de 1834 – no solo por el clima de incertidumbre y temor ante la presión carlista del momento sino además, por una mortífera epidemia de cólera morbo asiático que diezmaba a las clases populares. Nunca podremos entender los acontecimientos históricos desde deducciones asentadas sobre referentes linealizados y además escasos y normalmente descontextualizados. Abundando en todo lo anterior, tendríamos que entender que la aparición de lo social, como uno de los significantes estructurales de la historia española del XIX, no se resuelve exclusivamente en el terreno urbano/fabril sino que supone una compleja situación de transformación dada por el salto rápido de una sociedad mayoritariamente feudalizada y amonetaria ( en el sentido de ls nuevos soportes financieros, letras, bonos, pagarés y moneda convertid en papel como era la española de 1833 a otra que empezaba a ser capitalista/monetarizada desde billetes de papel; de ahí que junto a los sucesos de Barcelona en el agosto de 1835 apareciesen simultáneamente potentes protestas y revueltas de base agraria a modo de jacquerie cristina, en el País Valenciano y la Andalucía que posteriormente van a incorporar también movilizaciones de protesta de la menestralía urbana.

En suma, en estas revueltas antimaquinistas a modo español estarían por supuesto presentes mentalidades todavía campesinas, pero a su vez, entrelazadas con insatisfacciones derivadas de los modos con que se estaba efectuando el traspaso de la sociedad estamental al industrialismo; modos algo diferentes a los que Inglaterra habría experimentado casi un siglo antes y Francia acababa de materializar con su Gran Revolución

[37] En contraposición al “rompamos las cadenas” del jovellanismo crítico expuesto en el Informe sobre el ejercicio de las Artes de 1785.

[38] Proceso de recepción singularmente ecléctico en el que se mezclaría el relato canónico de los padres fundadores Saint-Simon, Fourier, Cabet o Lamennais y posteriormente Proudhon con elaboraciones personales de sus mismos propagadores al hilo de las circunstancias ecosociológicas y temporales de sus espacios de introducción que serían exclusivamente Cádiz y Barcelona por medio de diversos propagandistas y soportes de comunicación relacionados con los círculos del liberalismo progresista – especialmente en Barcelona – y con los flecos del exaltado en el área andaluza como sería el caso del periódico de Algeciras “El Grito de Carteya” aunque en general fuesen exaltados peculiares a modo ilustrado/burgués/propietario.

El agavillado de estos primeros socialistas españoles – no tan utópicos como se predicó por los marxistas – estaría formado en Cádiz junto con Abreu, por Pedro Luis Huarte, Faustino Alonso, Manuel Sagrario de Beloy, Francisco José Mora, Margarita López de Morla, José Demaría – y algunos más citados por Cabral Chamorro, 1990 –  y más tarde, Fernando Garrido Ramón de Cala, Rafael Guillén Martínez y Sixto Cámara. Los saint-simonianos con Monlau, Josep de Fontcuberta, Ribot i Fontseré,  y Milá i Fontanals. La recepción/propagación de la obra de Cabet se limitaría a Barcelona teniendo su principal catequista en Narciso Monturiol seguido de Abdón Terrades.  Algunos historiadores asocian ciertos escritos de La Sagra a la influencia de Proudhon – aunque originariamente pudo estar más cercano a Saint-Simon de la mano del santsimoniano agrarista/belga Barón de Colins – ; completándose este inventario protosocialista con nombres de personajes sin clara idenficación familiar con los fundadores franceses como: Josep Anselm Clavé, Francisco Suñer Capdevila o Joan Rovira

Vide, Maluquer de Motes, La Federación y el socialismo, Barcelona, 1975 y Antonio Cabral Chamorro, Socialismo utópico y Revolución burguesa: El Fourierismo gaditano. 1834-1848, Cádiz 1990

[39] Aunque la Asociación de Tejedores de Barcelona fuese fundada en el verano de 1839 bajo la cobertura de la Real Orden de febrero del mismo año y su camuflaje como Sociedad Mutua de Tejedores, se pueden rastrear coaliciones obreras ya, desde los últimos años del gobierno fernandino que darían lugar a diferentes intentos de acuerdos con la patronal del textil como el posterior de 2 de julio de 1834 en que se fijan en 33 canas la longitud de las piezas de indianas y cuyo incumplimiento por los fabricantes pudo  estar detrás de los sucesos de agosto del 35. La cana era una medida para la longitud de las telas utilizada en la Corona de Aragón equivalente a 1,555 metros En Barcelona se solía utilizar la “cana destra” correspondiente a 2,333 metros.

[40] Vide, Enric Sebastià Domingo, La revolución burguesa, Valencia,2001

[41] Reproducido en El Vapor de Barcelona el 19 de noviembre de 1835

[42] Vide, Antonio Elorza, Socialismo utópico español,1970: 26-29

[43] Son interesantes con relación a la recepción indirecta de la obra de Fourier en España de la mano de este desconocido – o no muy conocido – propagandista andaluz del fourierismo, las consideraciones que hace Maluquer de Motes (1977) sobre el radicalismo con que Abreu reinterpreta y replica la ortodoxia de sus textos originales y sobre todo, su distanciamiento con el diseño benthiano/panóptico del falansterio como artefacto de racionalización/domesticación productiva, al final, más útil para el capital que para el trabajador. En suma, probablemente el Fourier que transmite Abreu esté más cercano al relato sociológico marxiano que a una mirada psicosocial en tono freudiano sobre pasiones y relaciones humanas en el limbo del falansterio. Este radicalismo de nuestro apasionado autor, pudo en general ser fiel al relato canónico de Fourier pero serviría, al contemplar la situación del nuevo proletariado fabril, como significativo antecedente del ideario militante e, incluso, para hacer del mensaje fourierista algo más que un simple socialismo utópico, como quedaría patente en otra colaboración en El Vapor de 27 de enero de 1836 con motivo del incendio de la Bonaplata:

“…Habituada la plebe de Barcelona a producir y repartir los frutos de una manera dada, ven el establecimiento de una fábrica o de nuevas máquinas introducidas en la fábrica, que rompiendo el equilibrio establecido, disminuyen la parte del fruto que correspondiera al trabajo. El proletario sufre por su aumento de escasez, mira con disgusto la causa de su mal, y le rompe y desbarata cuando otra fuerza superior a la suya no se lo impide…”

Vide, Jordi Maluquer de Motes, El socialismo en España 1833-1868, Barcelona, Grijalbo, 1977 pp 142 y ss., y Charles Fourier, El nuevo mundo industrial y societario México, 1989, Antonio Elorza, Socialismo utópico español, 1970,41.

[44] En lo que respecta a  Vauban, al que en mejor de los casos se le conoce en España como ingeniero militar quizá, porque su única obra traducida al castellano sería su Tratado de la defensa de las plazas (Cádiz,1743) es sin embargo uno de los primeros teóricos de la modernidad en la explanación de las condiciones en que se desarrolla la actividad productiva antes de la máquina, apuntando especialmente a la racionalización de las condiciones de trabajo como desarrollaría en su escrito póstumo de naturaleza socio/económica titulado: Projet d’une Dixme Royale (1707)

[45] Vide, Rafael de Francisco: La Cohabitación entre ergonomía y psicosociología (Madrid, 2007)

[46] Aunque hoy día, parece resuelta la polémica alrededor de la identidad de Covert-Sprint en los términos Fontcuberta vs Monlau, no se habría resuelto el protagonismo e importancia debida al Dr. Pedro Felipe Monlau (1808-1871) en la introducción de Saint-Simon en la Barcelona postfernandina, algo más madrugadora que la atribuida a Fontcuberta/Covert-Spring; puede que el problema resida en que Monlau utiliza varios seudónimos, normalmente bajo la forma de acrónimos, como el de R.A.C. Así se pueden rastrear colaboraciones de Monlau en El Vapor de septiembre de 1833 y agosto de 1834. Vide, Marta Cuñat, El Higienista Monlau, sf.

[47] Entre otras razones porque en ocasione como sería el caso del periódico barcelonés El Vapor (fundado por el saintsimoniano Francesc Raüll en 1833) se publicaban simultáneamente artículos de seguidores fourieristas como Abreu/Proletario y otras de propagandistas de Saint-Simon como Monlau o Fontcuberta/Spring

Vide, Ollé i Romeu, Introducciò del socialismo utòpic a Catalunya,1969

[48] Una Andalucía ruralizada, pero no tanto. Últimamente, algunos historiadores como Cabral Chamorro ((1990) y antes, los profesores Josep Fontana (1974) y Jordi Nadal (1984) estarían  haciendo hincapié en que ya, desde el siglo XVIII existieron en  Andalucía (Cádiz, Jerez, Sevilla, Málaga) núcleos fabriles mecanizados o complejos siderúrgicos como el de Cartajima (Ronda) abierto desde 1730, que llegó  a contar con 500 operarios. Entre 1789 y 1795 en el área de Cádiz se importaron tres máquinas de vapor mientras que en el resto de España (incluida Cataluña) solo se importarían dos.

Vide, Cabral, 1990: 36 citando a J. Nadal, 1984.

[49] En referencia al librito de Anselmo Lorenzo El banquete de la vida, Concordancia entre la naturaleza, el hombre y la sociedad, Barcelona Imp. Luz, 1905

Vide, Álvaro Girón Sierra, En la mesa con Darwin, Madrid, CSIC, 2005

[50] Vide, Alfonso Sánchez Hormigo, Escritos saint-simonianos, Madrid, 1999

[51] Lo que si nos parece observar es el tono diferenciado entre los seguidores en España de Fourier o Saint-Simon. En los primeros, Abreu, Garrido, Cala, un calor y una emotividad ausente en los textos canónicos presididos por una rigidez cartesiana. En el núcleo catalán santsimoniano y especialmente Fontcuberta, una prudencia pequeño burguesa – patente a partir de 1836 con el paso del progresismo al moderantismo – y una frialdad expositiva que no se encuentra en la robustez sociológica y crítica de los escritos del Conde de Saint-Simon.

[52] Y muy posteriormente al jerezano y republicano federal Ramón de Cala y Barea (1827-1902) al que se puede considerar como un representante tardío del fourierismo gaditano. Uno de sus escritos – presentado como informe a la CRS – El problema de la Miseria, Imprenta de Juan Iniesta Mendizábal, 1884; será una clara denuncia de las condiciones de vida y trabajo de la época, aunque manteniendo el telón de fondo armonicista del relato fourierista.

[53] Realmente, la influencia directa se hará en Cataluña desde el saintsimonismo primero y posteriormente desde los propagandistas del icarismo cabetiano

[54] Nos referimos a la primera versión de la posterior Escuela Crítica de Ciencias Sociales de Madrid gestionada y fundada por el profesor Pepín Vidal Beneyto (1927-2010) en 1966, año de nuestro tercer Orovio y cuarta “cuestión universitaria”

[55] Eloy Terrón Abad (1919-2002)

Vide, E. Terrón, Sociedad e ideología en los orígenes de la España contemporánea, Barcelona 1969

[56] U otras referencias de este presocialismo como pudo ser el de factura británica representado por Robert Owen (1771-1858) que pasaría desapercibido a pesar de algún contacto ocasional con Ramón de la Sagra en sus frecuentes periplos europeos aunque. Un de La Sagra que como hemos comentado antes (supra, nota 58) tendría sus influencias más consistentes – por lo menos hasta 1848 – en que conectó con Proudhon, en el saintsimonismo, aunque fuese la versión atípica representada por el Barón de Colins (1783.1859)

Abundando en esta relación La Sagra-Proudhon, no sabemos hasta qué punto pudo influir en una manifiesta influencia del proudhonismo en España, teniendo además en cuenta que el compañero de viaje, La Sagra no sería nunca muy conocido. En último lugar, si se conoció algo a Proudhon será a partir de 1868, de la mano de Francisco Pí y Margall a partir de las traducciones de varias de sus obras más significativas como serían: Filosofía popular, Madrid Imp. de T. Fontanet, 1868; De la capacidad política de las clases jornaleras, Madrid, Lib de Alfonso Durán, 1869; Filosofía del progreso, Madrid, Tip. De Alfonso Estrada 1869

Volviendo con Ramón de la Sagra, probablemente fue el protosocialista más sorprendente y preparado intelectualmente de toda la saga de fourieristas y saintsimonianos que le precedieron. Maluquer (1977) valora en principio su aportación a la teorización de la situación de las clases trabajadoras siendo incluso un claro – aunque sin el fervor y la continuidad de Sanz del Río – precursor del krausismo en nuestro país a raíz de su prematuro conocimiento en Bruselas de Heinrich Ahrens  en 1838 que dibujaría en sus Lecciones de Economía Social dadas en el primer Ateneo madrileño hacia 1839. Probablemente la débil penetración y el distanciamiento hacia el voluntarismo socializante de la Sagra como con la mayoría de los presocialistas ibéricos se debía a que no supieron – ni quizá desearon – escapar de su situación burguesa/ilustrada, de su mentalidad agrarista y antimaquínica que no le ayudaría nunca, a entender la nueva sociedad de la fábrica y por lo tanto, en el mejor de los casos, sus reivindicaciones básicas y urgentes centradas casi exclusivamente en la libertad asociativa. En suma, un presocialista, más sociólogo – quizá por ello atraído por Saint-Simon – que propagandista político y, también, por qué no decirlo, sometido al olvido de los bien pensantes hacedores de nuestra historia sociológica porque al final de sus días optó, por un integrismo desafiante.

Vide, Luis Perdices y Manuel Santos Redondo, Economía y Literatura, Madrid,2006

[57] El citado documento, firmado por Joaquín Molar y Juan Alsina y posiblemente redactado por Francisco Pí Margall, el 14 de noviembre de 1855, llevaba como título Observaciones acerca del Proyecto de Ley sobre la Industria Manufacturera, dirigidas por los representantes de la clase obrera de Cataluña a la comisión de las Cortes Constituyentes que entienden en dicho proyecto. Sería la respuesta de los obreros catalanes al Proyecto sobre la Industria Manufacturera que el Ministro de Fomento presentaría a las Cortes el 8 de octubre de 1855; proyecto que contenía  24 artículos y que después de las Leyes de Indias intenta regular por primera vez  en la España contemporánea el trabajo infantil con unas tímidas observaciones sobre higiene industrial; intento legislativo progresista sobre la protección y salud de los trabajadores que por otra parte nunca se llegó aprobar en las Cámaras y que además, nunca fue sustituido por otro hasta 18 años más tarde, con la Ley Benot de 24 de julio de 1873 bajo la presidencia de Nicolás Salmerón durante la 1ª República.

[58] El proyecto de ley en su artículo 7º indicaba los 8 años para niños y niñas en establecimientos industriales con más de 20 trabajadores dando a entender que en el trabajo agrícola y en centros fabriles con menos de 20 trabajadores – los mayoritariamente existentes en la época – la edad podría aun ser menor; señalando además que el trabajo sería por la mañana o por la tarde dedicando el medio día libre “ para que les quede tiempo de dedicarse á su instrucción “

[59] Los redactores del documento se refieren sin duda a la Exposición presentada al gobierno progresista representado por Pascual Madóz el 29 de diciembre de 1855 que recogiendo cerca de 33.000 firmas de colectivos obreros de toda España, abunda e insiste en una sola reivindicación “ la cuestión de las cuestiones” que se diría en el documento anterior, en los siguientes términos:

 “No pretendemos que ataquéis la libertad del individuo, porque es sagrada e inviolable; ni que matéis la concurrencia, porque es la vida de las artes; ni que carguéis sobre el Estado la obligación de socorrernos, porque conocemos los apuros del Tesoro. Os pedimos únicamente el libre ejercicio de un derecho: el derecho de asociarnos…”

Notas sacadas del documento contenido en la reproducción del periódico sindical de Guadalajara, La Alcarria Obrera (1906-1911) del 17 noviembre de 2007 en laalcarriaobrera.blogspot.com

[60] Observaciones acerca del Proyecto de Ley sobre la Industria Manufacturera, Madrid, Imprenta á cargo de Compañel, 1855: 10-14

[61] En líneas generales España inauguraría el siglo XIX con una tasa de analfabetismo cercana al 95%. Hacia la mediana del siglo estaríamos alrededor del 75% para llegar en los inicios de la Restauración a una tasa del 66,30% con picos en algunas provincias como Granada del 85%. Curiosamente la tasa de analfabetismo de la provincia de Barcelona en 1877 era del 56,80% mientras que la de Barcelona del 38,48%

Datos de elaboración propia de autor tomados de diversas fuentes y documentos dispersos.

Especialmente Vide, Antonio Viñao: 2009; Sevillano Merino, Granada, 2007; Vilanova y Juliá, 1992.

[62] Armand Cuvillier (1887-1957) en su libro sobre Las Ideologías (versión en castellano México, 1957)

[63] Conde de Saint-Simon: Nuevo Cristianismo, Ed. Biblos, Buenos Aires, 2004, 53

[64] Vide, Cuvillier, Las Ideologías a la luz de la sociología del conocimiento, Universidad Nal de México, 1957:57

[65] Y con popular hay que considerar casi exclusivamente a determinados  sectores de las minoritarias y todavía desdibujadas clases medias urbanas con una afijación particular en determinadas profesiones liberales como la medicina, la abogacía y el profesorado, más la posible pero incierta influencia en algún núcleo de la aristocracia obrera barcelonesa o madrileña. Téngase en cuenta, que a la altura de 1860 – 1877, la tasa de analfabetismo española presentaba una horquilla porcentual entre el 80 y el 75%  y hasta la Ley Moyano de 1857, los estudios universitarios de ciencias estarían encuadrados en las facultades de filosofía – por otra parte consideradas como facultades menores – contando además con un número de matriculaciones sensiblemente inferior al de otras especialidades; así en el periodo 1857-1858, el número de alumnos era de 327 frente a los 4216 de Derecho

Vide, José M. López Piñero: La ciencia en la España del siglo XIX, Madrid,1992,36-37

[66] Que por supuesto las hubo, como sería la antañona y prestigiosa Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla (1830) sucesora de La Regia Sociedad de Sevilla (1700) y ésta a su vez de la Veneranda Tertulia Hispalense (1693) cuna de los “novatores”; La Conferencia Physycomatematica Experimental de Barcelona (1764) cuna de la posterior Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona (1887); los Reales Estudios de San Isidro de Madrid (1772) y  la  Academia de Ciencias de Madrid abierta en 1847 pero de alguna manera pergeñada ya, desde 1834, aunque por supuesto, sin la antigüedad y relieve de la Royal Society (1662) o la Académie des Sciences (1666). Incluso, instituciones de respaldo privado pero con una robustísima penetración e influencia social como el Ateneo, científico, literario y artístico de Madrid (1835) de alguna manera heredera de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País (1775) y que hasta 1939 cumpliría un gran papel catalizante en lo científico cultural y político, a modo de un Collège de France (1870) a la española

Vide, www, ramse.es; Peset, Garma y Garzón, Madrid, 1978; Jean-Louis Guereña (ed.) Cultura, Ocio, Identidades, Madrid, 2018 y en especial el artículo de Francisco Villacorta contenido en la citada obra colectiva titulado: Los Ateneos liberales: Política, cultura y sociabilidad intelectual, pp. 45-75; J.M. Sánchez Ron: Ciencia y Sociedad en España, Madrid, 1988.

[67] Aunque sea solamente una aproximación a lo que podríamos considerar como una psicosociología del espacio, la historia de la aculturación militante en España e incluso su propia identidad sociológica iría unida a la conquista, apropiación y uso del espacio como significante de su propia existencia como clase. La conquista del espacio educativo, la conquista de los espacios de ocio, el vestido, los espacios de la ciudad, los espacios políticos  e incluso, los espacios sagrados han constituido desde siempre hitos en la conquista de las libertades tanto por minoría étnicas, mujeres, homosexuales o clases, constituyendo a la vez, no solamente espacios reivindicativos sino espacios de cohesión y sociabilidad que además han servido en ocasiones de soporte a la consecución de herramientas igualitarias y concienciadoras como sería el caso de los diferentes núcleos o instituciones culturales que desde las sociedades ilustradas del setecientos hasta las Veladas, Casas del Pueblo y Ateneos de las primeras décadas del pasado siglo inundarían pueblos y ciudades españolas. Es más, estos espacios de socialización obrero/popular, no los podemos entender como lugares dedicados exclusivamente a lo cultural o ideológico; espacios que se pueden considerar en principio non santos como la taberna, constituyeron sin duda alguna en multitud de ocasiones verdaderos espacios de interrelación militante aunque, a partir de los primeros años de la pasada centuria fueran objeto de aceradas críticas por parte de socialistas y anarquistas. Probablemente la causa pudo residir en que suponían una competencia a Ateneos y Casas del Pueblo. En definitiva, parece que toda crítica moralista siempre tiene sus trampas y razones tan poco santas como las que pretende demonizar. Pues bien, con respecto a esos espacios de socialización formalizados como los ateneos y veladas tendremos que mencionar a la Velada de Artistas, Jornaleros y Labradores de Madrid, fundada en 1847 por un personaje singular como sería Inocencio Mª Riesgo Le Grand (1807-1784) a caballo entre la milicia y la clerecía que con un gran afán educativo promocionado años antes, otras instituciones predecesoras de las Veladas como el Colegio de Humanidades (1840) con una Escuela de Artesanos dirigida precisamente por Ramón de la Sagra en donde se impartían clases gratuitas de mecánica, física y química que fueron continuadas  en 1845 con el llamado Instituto Español en donde se continuarían esta novedosas enseñanzas dirigidas a las clases populares hasta entones únicamente destinas a los hijos de las élites madrileñas. Por paradójico que pudiese parecer las Veladas se constituyeron en un significativo espacio de socialización republicano/progresista/ obrerista, que contaría hacia 1850 con una Escuela del Trabajador dirigida por Antonio Ignacio María Cervera (1825-1860) habiendo incluso con profesores de la talla de Francisco Pi y Margall que daría clases de economía industrial. A propósito de estas querencias republicanas Fernando Garrido (1807-1883) comentaría como durante los sucesos madrileños del 48, la barricada de la Plaza de Santa Ana, estuvo defendida por casi 300 milicianos armados pertenecientes a la Velada (Historia del reinado del último Borbón, Barcelona, 1869; Guereña,Tours,1990)

En 1859 La Velada se convertiría hasta 1912 en el Fomento de las Artes, constituyéndose junto a la posterior Casa del Pueblo en el más representativo espacio de socialización obrero/republicano madrileño. En Barcelona habría que mencionar también al Ateneo Catalán de la Clase Obrera (1862-1874) que de ser en principio un centro presidido por un ideario tímido/progresista a partir de La Gloriosa se decantaría por planteamientos radicalizados de signo republicano/libertario para constituirse en un potente círculo promotor de la FRE-AIT en Cataluña, ofreciendo además un importantísimo impulso a la introducción y desarrollo de las enseñanzas técnicas y profesionales a las clases populares mediante un profesorado formado por ingenieros, médicos y científicos cualificados como el Dr. Gaspar Sentiñón

Otro espacio quizá, menos formalizado que la Velada/Fomento sería el fundado en Barcelona por el cabetista Josep Anselmo Clavé y Camps (1824-1874) que a partir de La Coral La Fraternidad (1850) y la Sociedad Coral Euterpe dio lugar después de su muerte a la institucionalización de los denominados Coros Clavé que funcionaron como un espacio interclasista musical y cultural en general, que arrebataría a los “fabricantes” y a la burguesía barcelonesa su elitista hegemonía liceista.

Vide, Josep Termes: Anarquismo y sindicalismo, Barcelona, 1977; Jordi Monés i Pujol: Los ateneos obreros y la formación profesional en Cataluña, Barcelona, 2010; Javier Navarro Navarro: Mundo obrero, cultura y asociacionismo, Revista Hispania, nº 214 (2003); Jean-Louis Guereña: Los antecedentes del Fomento de las Artes, Tours, 1990; Juan Antonio García Fraile: Actividades educativas de la sociedad el Fomento de las Artes, 1987; Teresa Abelló Güell: El movimiento obrero en España, Barcelona, 1997; Tiana Ferrer, Somoza Rodríguez y Badenelli Rubio (editores) Historia de la educación social, 2014; Ricardo Campos: Socialismo marxista e higiene pública, Madrid, 1992; Montserrat Comas i Güell: Lectura i Biblioteques populars à Catalunya, Barcelona, 2001.

 

[69] Vide, José Eugenio de Eguizábal, Apuntes para una historia de la legislación española sobre imprenta desde el año 1480 hasta el presente, Madrid, 1873 en José Sala Catalá, Madrid, 1987:20; Tuñón de Lara, Elorza y Pérez Ledesma: Prensa y sociedad en España, Madrid, 1975; Mariano Peset y Salvador Albiñana: La ciencia en las Universidades españolas , Madrid, 1996.

[70] A pesar de su indudable voluntad renovadora la Ley Moyano se movería dentro del paradigma agrarista/estamental mediante una currícula formativa de mínimos para las clases populares y una discretísima estrategia en el terreno de la formación científica incapacitada para un despegue industrial potente. En suma, un diseño pedagógico todavía anclado sobre bases prefabriles fomentando por una parte las habilidades culturales –adecuadas para la sumisión- en las clases populares, y las burocráticas de gestión del control social, para las clases dirigentes y no obstante, con excepciones significativas en la formación de médicos y farmacéuticos más curiosamente, la formación científica – heredada del XVII y XVIII – en algunas academias y colegios militares como los de la Armada, Ingenieros y Artillería más las escuelas de Minas y Caminos. Con respecto a los ingenieros militares y artilleros necesidades específicamente instrumentales como la física de materiales el cálculo de trayectorias o la homologación y composición de las pólvoras darían lugar a una muy aceptable incorporación y presencia de la física, la  matemática moderna y de la química.

Vide, Peset,Garma y Pérez Garzón: Ciencias y enseñanza en la revolución burguesa, Madrid, 1978: Joseph Lluís Barona Vilar: Salud, tecnología y saber médico, Madrid, 2004

[71] No obstante, tampoco es fácil delimitar en esta época lo científico/profesional específico y concreto de lo divulgativo/informativo o generalista a modo de miscelánea. Nosotros tenemos documentadas entre 1800 y 1867 solamente 26 publicaciones periódicas entre las que se encuentran algunas más claramente científicas con otras muy generalistas o simplemente divulgativas que a menudo llevan el epígrafe de revistas de ciencias, literatura, artes e intereses materiales como una con la cabecera Adelante editada en Salamanca en 1861 o el conocido periódico de higiene y medicina popular El Monitor de la salud de las familias (1858) dirigido y escrito en casi su totalidad por el  Dr. Pedro Felipe Monlau. Entre las publicaciones más científicas pudieron estar un Diario de química, física, medicina, cirugía, botánica, mineralogía, historia natural, comercio y artes, curiosamente editado en Bayona en 1806, El Ateneo: propagador universal de conocimientos, progresos e inventos concernientes a las ciencias, artes, instrucción pública y literatura, Madrid, 1833, La Ciencia: revista universal dedicada a la clase industrial, Madrid,1857, el Boletín de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (1842) La Revista de los Progresos de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1850) o las revistas de las escuelas de ingeniería civil como la Revista Minera (1850) y la Revista de Obras Públicas (1853) más la prestigiosa revista de la Academia de Ingenieros de Alcalá (1803) El Memorial de Ingenieros (1846)

Vide, Antonio E. Ten y M.Celi Aragón: Catálogo de las revistas científicas y técnicas publicadas en España durante el siglo XIX, Valencia 1996

Peset, Garma y Garzón: Ciencias y enseñanza en la revolución burguesa, Madrid, 1978: 65.67

[72] A propósito de la relación entre estructura sociopolítica y planteamientos científicos, a nuestro entetender, constituiría una constante que recorre toda nuestra historia occidental desde la sociedad clásica hasta nuestros días. Posiblemente la economía esclavista griega sustentada en el trabajo de los esclavos no necesitaba más desarrollo científico que el de la iatromecánica simple a modo de la mecánica aristotélica; la sociedad del medievo, con su economía de la salvación y en la que el trabajo era a la vez sufrimiento/expiación y salvación/redención , como metáfora de la Cruz, no necesitaría más despliegue científico que el la teorización de la palabra como vehículo del Verbo teologal y la del número como conteo de la productividad del siervo feudal a partir de las 7 artes liberales contempladas en el trívium y el cuadrivium; el desarrollo de la ciudad y la nueva economía del mercantilismo que a partir del siglo XV dará paso a nuevos modelos de productividad necesarios para la riqueza de las naciones como la metalurgia moderna con la iatroquímica de Paracelso (1493-1541) para continuar con nuevas miradas sobre la economía del cuerpo de las gentes a partir de los oficios urbanos y la manufactura de la paz y de la guerra, que nos llevaría al dualismo iatromecánico de Descartes y a una nueva matemática sublime útil para la potente artillería de los primeros imperios con Newton (1669) y Leibniz (1676) acompañado todo con diseños sobre la mecánica corporal como la realizada por Ramazzini (1633-1714) en su  De Morbis Artificum Diatriba (1700) que por primera vez, consideran la salud como algo más allá del equilibrio humoral.  El tiempo de las luces, las desamortizaciones de la sociedad estamental y del primer industrialismo, darán paso al experimento y a la mentalidad positivista desde la sociología a la fisiología, la química y la biología en una sociedad capitalista/industrial, en donde las ciencias y las artes siguiendo al paradójico  Rousseau del Discurso sobre las ventajas e inconvenientes de las ciencias y las artes (1750) van a modo contramandevillano, apoyar al soberano y controlar a la población; aspecto éste, que ni siquiera será contemplado por el liberalismo moderado español que seguiría prefiriendo operadores de orden y dominación menos refinados y probablemente más acordes con la realidad socioeconómica del país. El caso es que,  hasta más o menos 1868 y los años finiseculares no se conseguiría un cierto nivel científico que se institucionaliza con la creación en 1900 de un Ministerio de Instrucción Pública y la afamada Junta de Ampliación de Estudios en 1904.

Vide, José Luis Peset: Las Heridas de la Ciencia, Salamanca, 1993, 20-24

Vide, Jaime Labastida: Producción, ciencia y sociedad: de Descartes a Marx, México, 1969

Vide, J.M. Sánchez Ron: Ciencia y Sociedad en España, CSIC, Madrid, 1988

[73] Que sin embargo tampoco fueron para tocar a rebato, aunque en el campo de las ciencias, era tan penosa la situación de partida que bien valía para un discreto repiqueteo. A propósito de esta herencia solamente recordar un comentario de Lucas Mallada en sus artículos rotulados La Futura revolución española (Revista Contemporánea, 1897-1898) en que refiriéndose a la situación de la ciencia en la primera mitad del XIX:

 “…Estorbaron demasiado el cultivo y adelanto de las ciencias, del propio modo que al desarrollo de toda clase de progresos materiales. Europa entera avanzó rápidamente en todos los ramos de saber humano, en miles de invenciones y descubrimientos, excepto España, que seguía estacionada, marcándose su atraso de año en año con mayores diferencias: sobresalían entre nosotros enjambres de políticos y literatos, y apenas se veía un hombre científico…”

Vide, Antonio Calvo Roy: Ciencia y política entre las dos repúblicas: Odón de Buen, Colegio de México, 2014,32

[74] Dentro de esta política de libertad de enseñanza y de apertura a la sociedad propiciada por la septembrina, parece que se abrieron varias Cátedras de educación popular para artesanos de las que sobresalía en Madrid una especie de Conferencias dominicales junto con las clases vespertinas y nocturnas que a modo de Centros populares se instalaron en las sedes madrileñas de San Bernardo y San Carlos, que parece no tuvieron excesivo éxito – quizá también porque estuvieron preferentemente  orientados a las clases madias – y que, probablemente obedecieron a los típicos voluntarismos e ingenuidades de los progresistas del 68. En relación con los intentos de  proyección popular de lo cultural durante el Sexenio un Decreto-ley de 18 de enero de 1869, determinaba la construcción de espacios para bibliotecas populares en las Escuelas Primarias, aspecto de lo que no tenemos más información aunque se nos malicia que como otras buenas intenciones de la época, se quedarían en el papel.

Vide, Antonio Viñao: Universidad de Murcia, 2008

Vide, Mª Gloria García del Carrizo: Historia de la Facultad de San Carlos, 1956, 229 en Peset & Peset, 1974, 771-773

[75] Vide, Mariano Peset y Luis Peset: La universidad española (siglos XVIII y XIX), Madrid, 1974,728; Francisco Giner de los Ríos: Obras completas,vol II, 1920, 19

[76] Curiosamente la diferencia entre las tasas de analfabetismo para esta época entre Francia, el Reino Unido y España con ciertas cercanías entre las dos primeras y patentes alejamientos al contrario de ambas con España, nos estaría alertando de las interpretaciones unicausales derivadas de la cultura de promoción de la alfabetización en los países de la Reforma.

[77] Vide, Gabriel Tortella, 1994,12

 

[78] Vide, Mariano y José Luis Peset: las universidades españolas del siglo XIX, Rev. Ayer, 1992,37

[79] Barcelona, Establecimiento tipográfico de Narciso Ramírez, 1862

[80] Vide, supra nota 87

[81] Artículo de Luis Cuchet i Font (1815-1892) titulado El Trabajo en Cataluña, Barcelona, Est Tip. De Narciso Ramírez, 1862,244-245.

[82] Y a pesar de todo, más progresista o sencillamente más adecuado a los tiempos que el de la España estamental enemiga pertinaz de la máquina y el progreso fabril a modo de luddismo latifundista

[83] Aspectos constantemente esgrimidos en el discurso oficial del higienismo industrial de la época como cuando el médico Pedro Felipe Monlau redacta en su Memoria sobre  Higiene Industrial, Barcelona (1856) concluyendo que, al obrero como pobre, habrá que socorrerle; como ignorante, instruirle y como individuo con instintos aviesos, moralizarle.

[84] Este Manifiesto de los representantes de las sociedades obreras de Barcelona de agosto de 1854 estuvo firmado por 20 representantes de casi la totalidad de los oficios de la ciudad, comprendiendo: tejedores de velos, pintores, albañiles, impresores, tejedores de colores, tejedores de lana, hilo y algodón, tintoreros, encuadernadores, hiladores, telares mecánicos, cerrajeros, tejedores de cintas de algodón, peones de estampados,, serradores, aprestadores, fundidores, ebanistas, galoneros-pasamaneros y hojalateros.

El citado documento está referenciado por Antonio Elorza en Los orígenes del asociacionismo obrero en España, Revista del Trabajo nº 37,1972, pp., 125-345 y a su vez, originalmente contenido en  el Diario de Barcelona de 10 de agosto de 1854

[85] En cuyo transcurso existirían momentos significantes de cohesión y concienciación obrera como será la primera huelga general del proletariado fabril catalán de julio de 1855 para continuar durante los últimos gabinetes moderados presididos por Narváez hasta unos meses antes de la Revolución Gloriosa de signo demócrata/republicano/carbonario que, aunque liderados por sectores burgueses radical/progresistas – y principalmente en Andalucía -, contaron con la participación de jornaleros y artesanos como fueron los sucesos de Málaga del 12 de noviembre de 1856, el Manifiesto Revolucionario de Zaragoza en abril de 1857 con movimientos insurreccionales en localidades de Málaga, Jaén, Córdoba y Sevilla para acrecentarse el descontento a partir de 1859 con el fracasado intento de levantamiento popular en Andalucía dirigido por Sixto Cámara y Fernando Garrido que culminará con la insurrección del verano de 1861 liderada por el veterinario y anarcosindicalista granadino Rafael Pérez del Álamo (1829-1911)

Vide, Clara E. Lida: Antecedentes y desarrollo del movimiento obrero español (1835-1888)

1973, pp., 11 y ss.

[86] No obstante, parece no estar muy claro el peso real de Proudhon en la conformación del ideario militante ibérico más allá de los contactos y conocimiento inicial tanto de su persona como de parte de su obra por La Sagra o Pi y Margall. Es más, en un momento en que el que la mayoría de la clase obrara española se encontraba atenazada entre el analfabetismo y las necesidades de supervivencia más perentorias resultaría casi imposible -salvo en los colectivos instruidos, siempre minoritarios, de demócratas y republicanos de las clases medias más algún tipógrafo o tejedor concienciado – que calasen unos escritos sobre la banca popular, el justo precio, el crédito o el ahorro. Curiosamente el primer escrito con referencias a Proudhon se debe a un artículo de Fernando Garrido en el periódico La Organización del Trabajo de 1848,  seguido de un libro – en este caso folleto – que hemos rastreado en el archivo del patrimonio histórico de la Biblioteca Nacional, titulado “Acordaros de M. Proudhon, folleto de intereses materiales” escrito por Antonio Hernández Amores (1821-1889) y publicado en 1851, resulta ser una serie de disquisiciones económicas sobre las desventajas del régimen de monopolios comerciales, la competencia y el precio justo que solamente – y forzando la cosa – en los últimos siete u ocho renglones haría comentarios con los que se podría identificar algún obrero asociado. En relación a las traducciones al castellano el primer escrito que conocemos será de 1860 (Madrid, Imp. de La Tutelar) y además de un libro escrito con Bastiat y rotulado Gratuidad del Crédito, traducido por el republicano Roberto Robert y Casacuberta (no confundir con el conservador Dr. Robert) Será a partir de 1868 cuando comienza la serie de traducciones y comentarios de la obra de Proudhon, la mayor parte de Pi y Margall en un tiempo en el que la recepción del anarquismo empezaba ya a transcurrir entre los surcos marcados por Fanelli  y Bakunin.

[87] José Ordax Avecilla (1813-1856) sería el promotor fundador más significativo del Partido Democrático español (1849) e incluso de la socialdemocracia española antes de la institucionalización del PSOE en 1879. Su fundacional  Manifiesto progresista democrático (1849) constituye un documento emblemático en el que probablemente se articulan por primera vez en España reivindicaciones, políticas, sociales y civiles.

[88] El Pi y Margall joven, de su época de militancia en el sector más radical y proletarizante del Partido Democrático

[89] Clara E. Lida referencia (1973, p., 96) la publicación en el citado periódico en el 21 de julio de 1854 pero sin más detalles sobre esta cabecera que pudo ser la continuación de la madrileña de La Nación fundado en 1849 y que a partir de la revolución de julio tomaría el nombre del Eco de la Revolución hasta noviembre de 1856 que retomaría otra vez el rótulo La Nación. Sin embargo otras fuentes hablan de una hoja volandera editada por el propio Pi y Margall. Lida indicaría que el citado artículo de Margall estaría también incluido en su obra La reacción y la revolución (1855)

[90] Clara E. Lida: op. c. pp 96-98

[91] El Eco de la Clase Obrera subtitulado Periódico de intereses morales y materiales, será fundado y dirigido por el tipógrafo barcelonés Ramón Simó y Badía, uno de los promotores de la primera Sociedad obrera de impresores de Barcelona en 1854. Obligado por presiones de la patronal catalana del gremio se instala en Madrid desde los inicios de 1855 editando el citado periódico de tirada semanal, cuyo primer número dató del 5 de agosto durando hasta noviembre de 1856. Es de resaltar que de las siete plazas que tenían oficina o local para realizar las suscripciones una de ellas era Valladolid mediante la afamada imprenta de Santarén que, por otra parte, sería en los primeros años de la postguerra uno de los centros impresores más esforzados – u obligados – del propagandismo franquista/falangista.

[92] ¡Anda! y nosotros que ingenuamente creíamos que solo la Guardia Civil era en Cataluña la mala de la película.

[93] Entre estas fechas tenemos inventariados once publicaciones periódicas que irían desde La Atracción de 1846 y La Organización del Trabajo (1848) hasta La Unión de 1868 y, como folletos nueve, de los cuales algunos de ellos como Cartas de un apóstol socialista a Juanón el Bueno y Defensa del socialismo le acarrearon cuantiosas multas y meses de prisión; además escribiría una obra de teatro en 1854 titulada Un día de revolución.

Vide, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Ciencia y Artes, Barcelona,1887, T. IX pp., 183-184

[94] Contenido en la Protesta del Consejo Federal de la Región Española (1871) con motivo de la discusión en las Cortes para el proceso de ilegalización de la Internacional en España y referenciado por Soledad Gustavo (la compañera de Urales) en la Revista Blanca del 1 de enero de 1932, pp., 461-463.

[95] Fragmento de un documento titulado Socialistas y Republicanos contenido en el periódico de Barcelona La Federación del 17 de marzo de 1872 y a su vez, anotado por Clara E. Lida, 1973, pp., 208-215.

[96] Según Morales Muñoz (infra, nota 106) fue un periódico con periocidad semanal de corta vida (1871-1872) y subtitulado: Periódico autógrafo dedicado al pueblo que a diferencia de otros periódicos malagueños como Las Escobas (1870) de Teobaldo Nieva (1834-1894) parece que fue exclusivamente dirigido y redactado por obreros

[97] Contenido en un ejemplar de “La Justica” referenciado más tarde en La Federación de Barcelona del 31de diciembre de 1871. El texto está incluido en una separata sin fecha de Manuel Morales Muñoz en la revista Baetica de la Universidad de Málaga titulada “Dos periódicos obreros desconocidos: La Justica (1871-1872) y la Internacional (1873-1874)” pp., 542-549. Para el entrecomillado p. 544

[98] Pedro Mata y Ripollés (1834) Refutación completa del sistema del contagio de la peste y demás enfermedades epidémicas en general, Reus, Imp. De Pablo Riera.

[99] Vide, Mario César Sánchez Villa: Entre materia y espíritu, Madrid, CSIC, 2017, pp. 307 y ss.

[100] En esta corriente, sin duda consevadora, pero tampoco tachable como trentina, un representante destacado sería el médico Francisco Fabra y Soldevilla (supra, nota 6) para el que las condiciones morales y no las sociales estarían detrás de las desigualdades. En este mismo eje liberal/conservador y desde los territorios de la sociología, tendríamos al siempre contradictorio Ramón de la Sagra (supra nota 29) en sus Lecciones de Economía Social de 1840 y en un folleto titulado La Industria algodonera y los obreros en Cataluña (Madrid, 1842)

[101] Como las que probablemente se hicieron con los escritos de los “ideólogos” franceses como Condillac o Cabanis. Este último en su no traducido “Rapport fait au non de la Commission D’Instruction Publique” (1798) abogaría por la libertad y la universalidad en el conocimiento de las artes y las ciencias frente a la exclusividad programada por un Josep Fontcuberta/Covert-Spring (siempre ambivalente) para el que la igualdad no sería más que una falsa diosa de manera que los hombres de ningún modo deben gozar de los mismos derechos (Referenciado también por M.C. Sánchez Villa op. c. p. 316 y ss.

“…Non, la révolution n’a point comme l’ont preténdue d’ignorans déclamateurs, arrété l’essor du génie: elle lui a donné au contraire de nouvelles ailes; elle lui a offert de nouveaux espaces à parcurir. Sans doute un démon mail-faisant semblé avoir, á dessein, fermé constantement au peuple les sources pures de l’istruction; et ne pouvant renverser la liberté de face  et â force ouverte…”

Ref. propia contenida p.10 del citado Rapport de Cabanis expuesto ante el Consejo de los Quinientos de la Convención, en la sesión del 4 de messidor – mediados de junio a mediados de julio – de 1798.

[102] Comentarios cercanos al nuestro y que nos han servido de inspiración estarían contenidos en la anteriormente citada obra de César Sánchez Villa, 2017, Cap., III, p. 309.

[103] Vide, Rafael de Francisco López: Aspectos antiguos y modernos de las corrosiones del cuerpo y el espíritu producidas por el trabajo, Madrid, Fraternidad Muprespa, 2007.


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