CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 4
IV.- LA CONSTRUCCIÓN DE LA BIOPOLÍTICA DEL CUERPO ANTES DE SU EMPODERAMIENTO[1] POR EL PROLETARIADO MILITANTE
Si hay algo realmente estructurante que caracteriza el siglo XIX es que, junto al protagonismo de lo social y de lo tecnológico, aparece una nueva filosofía de la ciencia la naturaleza y del cuerpo, radicalmente separada del providencialismo eclesial aunque, en ocasiones, se encuentre como ocurriría con el krausismo y otras corrientes de diseño neokantiano impregnadas de lastres metafísicos como sustitución y en parte, prolongación del diseño teologal. Imaginarios que además se construirían sobre las constataciones e ingenuidades de las creencias en una dinámica unilineal de progreso irreversible que, solamente se quebrarían decenios más tarde, con las sangrientas realidadesde las “Tempestades de acero”[2]. Todas ellas, y en especial, la sociología y las disciplinas científicas del positivismo constituyeron, el escenario epistémico y operativo que la sociedad del capital necesitó para construir un nuevo espacio de productividades. Una ciencia social diferente de las ciencias morales y políticas del orden estamental y una sabiduría sobre la carne y la piedra [3] que permitiesen el manejo adecuado de cuerpos, máquinas y conflictos en las nuevas sociedades del industrialismo.
Parece que la recepción de operadores relacionables con el nuevo paradigma científico que inauguraría el liberalismo se hizo en una primera fase desde la salud y el control de las enfermedades epidémicas. Aquí, se dieron dos corrientes: Una la heredada del ambientalismo hipocrático pero reconstruida por el galenismo de las sex res non naturales[4] y otra emergente, representada por el ambientalismo socioeconómico esbozada por médicos como el austro alemán Johann Peter Frank[5] para el que salud y enfermedad eran relacionables con las condiciones de vida de las gentes.
Para los hipocráticos de “aires, aguas y lugares, siempre engatillados por el modelo de sociedad esclavista, su ambientalismo, a pesar de su metodología clínico/observacional se reduciría al final, a una especie de lectura climato/astrológica[6] de la enfermedad que ignoraba tanto condiciones de trabajo como condicionamientos sociales en general. Para el galenismo del equilibrio humoral de las sex res non naturales, los operadores sociales y económicos, no fueron nunca más allá, de la consideración del binomio salud/enfermedad como la respuesta a un conjunto de condiciones marcadas por lo ambiental climatológico y lo endémico dominante en un determinado territorio y, siempre – especialmente en las enfermedades epidémicas – condicionado por alteraciones astrológicas que emponzoñaban el aire. Solamente al final del medievo, algunos médicos españoles como Miguel Pascual[7], empezarían a reconstruir y profundizar en los condicionantes socio/ambientales implícitos pero nunca, realmente desarrollados del hipocratismo, inaugurando de alguna manera lo que más tarde constituiría las higienes públicas del XIX
Y aquí, habría que hacer un poco de historia pues tanto las mentalidades como las construcciones científicas no se dan nunca desde tabulas rasas. El proletariado militante/consciente de la segunda mitad del XIX, va a encontrarse de refilón con los efectos de una vieja polémica cuyas primeras escaramuzas tendrían lugar durante el despegue humanista del Renacimiento. Y esa polémica, no sería otra que la del cuerpo y el alma; la de la naturaleza y la sociedad; la de la fé/providencia o la razón/experimento. Una vieja polémica además, precisamente enclavada en el eje basal más significativamente valioso para el trabajador, para el obrero manual de la época; su propio cuerpo. Por supuesto, que esa corporeidad tendrá sus prolongaciones psicosociales y políticas vividas, sentidas y reivindicadas con insistente robustez; pero reivindicaciones que nacerán de las necesidades del cuerpo, de su supervivencia y de su conservación desde unas condiciones de vida y trabajo adecuadas/dignas que, más tarde, se irán enriqueciendo con reivindicaciones socioemocionales que harán posible su participación plena en un universal e internacionalista “banquete de la vida”[8]
El proceso puede parecer largo, pero no tanto, tan solo cercano a un poco más de los cuatro siglos participando, no solo la medicina, sino con el acompañamiento y entrecruce de la biología y la sociología.
Sus inicios cercanos – olvidándonos de Demócrito – los tendremos en el momento epocal del Renacimiento – cuando el cuerpo inicia su protagonismo laico[9] -, un tiempo en que se comienza a orodar el edificio teologal del medievo y tanto cuerpo como sociedad irían admitiendo nuevas miradas y lecturas. En cierta medida, la historia del movimiento obrero – y sus reivindicaciones – y por supuesto, la historia de la medicina – y por lo tanto de la salud y la enfermedad – como uno de los territorios científicos significantes son a su vez, historias y miradas sobre el cuerpo. Si con el Renacimiento se inicia la visualización sensualista y mecanicista de cuerpos que ya no serán exclusivamente los de reyes, cristos, vírgenes, santos y caballeros, no será hasta los albores del setecientos cuando de la mano de Ramazzini[10] (1700) comienzan las miradas sobre cuerpos, como el del trabajador que aunque fuese mayoritariamente un artesano – o hasta una monja consagrada, un soldado o un hombre de letras – representaban figuras hasta el momento, invisibles para una sociedad diseñada y presidida por el orden teocéntrico del feudalismo; precisamente, lo interesante de estas consideraciones será que, por primera vez, se relaciona – al igual que ocurriría con las enfermedades epidémicas – la salud de las gentes con su productividad para la ciudad; en el caso de Bernardino Ramazzini con Milán,Padua, Módena, Venecia y otras ciudades del norte de Italia emblemas iniciáticos del mercantilismo, suponen a nuestro entender, un ejemplo de cómo se van construyendo imaginarios y mentalidades al hilo de las necesidades de productividad tanto políticas como socioeconómicas. De cualquier manera, parece claro que el artesanado y, en general, la menestralía urbana en la medida de su contribución a la riqueza y poder de una ciudad a medio camino entre el Barroco y la Ilustración, necesita cubrir la salud de su población como, en la baja Edad Media lo haría con sus obispos y señores a través de los Regimina sanitatis. Ahora, en una sociedad de barcos, cañones y manufacturas el cuerpo de los hombres no necesita estar sujeto a una economía de la caridad y la salvación, en la que el sufrimiento y los quebrantos supondrían la antesala terrenal de una vida eterna y de la salvación. El cuerpo, ya no será una metáfora del cuerpo dolorido del Cristo y su representación imaginaria será lentamente remplazado por los cuerpos apolíneos y fácticos de la mitología clásica o simplemente por cuadros costumbristas en las que los protagonistas serán gentes del común como será el caso del inefable Diego Velázquez (1599-1660) en su obra Vieja friendo huevos. Es más, en una época de gran ambigüedad estética como es el Barroco, en la que aún persistirían obras de un manifiesto tono sufriente como el Camino del Calvario o Hecce Homo del sevillano Juan de Valdés (1622-1690) el Cristo de Velázquez a pesar de ser un crucificado se nos ofrece con trazos de una patente serenidad.
Lo interesante del asunto[11] consistiría en constatar cómo la construcción de dispositivos preventivos sobre la morbimortalidad de las gentes nunca ha supuesto recorridos unívocos y lineales sino que, por el contrario ha estado repleto de abundantes atajos y ramales en la confluencia de factores diversos que, sin embargo, pueden dar lugar a reflexiones y lecturas entrecruzadas que nos ayuden y acerquen a la hermenéutica del fenómeno. Así por ejemplo, algo en principio tan apartado de la salud como el seguro marítimo de mercancías o, la propia ciencia actuarial, se tuvo al final que dar de bruces con el cuerpo, la salud o la enfermedad de la población al prolongar de manera pertinente su espacio de negocio a los seguros sobre la vida. Sin detenernos en el trasfondo de los aspectos sociológicos del discurso científico sobre el que descansan los saberes actuariales, como superación de lo providencial en la visualización de las contingencias, lo cierto es, que detrás de las primeras escrituras y operativas aseguradoras europeas se transparentaba uno de los constructos del núcleo epistémico de la revolución científica del XVII como una de las llaves maestras que abriría el paso a la observación y experimentación sobre la naturaleza y la sociedad. No está de más recordar que la ciencia actuarial hunde sus raíces en los escritos de “Aritmética política” de Leibnitz y[12] de William Petty[13] o en los del astrónomo Sir Edmond Halley[14] quien confeccionó las primeras tablas de defunción de la población cruzadas por género y edad que servirían para que las compañías británicas de seguros[15] pudieran calcular sus tarifas de aseguramiento[16]. De manera que, a partir de naufragios, tempestades, ataques corsarios, viajes y fuegos, va abriéndose paso, la enfermedad y la vida de los hombres como acontecimientos y situaciones asegurables
Todo este proceso de previsiones y aseguramientos edificados sobre el valor dinerario de la vida supuso un profundo cambio cualitativo con respecto a las coberturas de contingencias medievales sustentadas metafóricamente alrededor de la muerte y desarrolladas por dispositivos religiosos y litúrgicos con rezos, misas, limosnas y donaciones como mecanismos devotos para asegurar y asegurarse la vida eterna. Es más, si repasamos la documentación de las antiguas cofradías y gremios europeos y españoles, nos encontraremos con que la cobertura más señalada es la referida a funerales y ceremoniales de enterramiento acompañados de misas y rogativas con todo el acompañamiento litúrgico contemplado en los rituales del catolicismo romano. Sin embargo, el cambio que supone el salto a la sociedad monetaria del mercado y más tarde al capital, como paso de la muerte a la vida, se toparía con la enfermedad como factor diferenciado y separable de la omnipotente predeterminación divina para inscribirse, en el orden de la naturaleza. La proliferación de tratados sobre la “vita longa”[17] desde el quinientos la podemos entender como un palpable ejemplo de la posibilidad del manejo humano sobre el control de la muerte. Además, de un diseño – como hemos ya apuntado – aristocrático/teológico e individualizado de la salud y la enfermedad se irá pasando a otro, en el que el populo minuto y la población en general, van a ser sujetos de miradas y comentarios expertos para los que el cuerpo, más allá de sus supeditaciones y condicionantes providenciales irá presentando alteraciones relacionables con modificadores que no van a ser ni telúricos ni sagrados; ni siquiera non naturales, como los del diseño galénico sino, simplemente psicosocionaturales y rabiosamente unidas a lo más natural de la existencia de las gentes: su vida y su trabajo más la piedra de la nueva ciudad preburguesa que habría dejado de ser ciudad de Dios y comenzaba su despegue como ciudad del Rey y del capital.
Intentando, sin cansar excesivamente al lector, presentar algunos retazos sobre este proceso a medio camino entre lo histórico y lo arqueológico, nos podremos encontrar con diversos comentarios y ejemplos contenidos en la literatura médico/filosófica española como los del médico novatore hispano italiano Juan Bautista Juanini (1636-1691) que en su Discurso Phisico Político [18] sobre los problemas de salud a los que se veían expuestos los habitantes de Madrid dictamina por primera vez, con criterios reconstructores del humorismo galénico/telúrico que, las causas hay que buscarlas principalmente, en las relaciones entre las pesadumbres de las gentes y los operadores ambientales en sus aspectos más elementales de salubridad e higienización de la ciudad y no, en la putrefacción de los “cuerpos sublunares”o, lo que es lo mismo, frente a lo telúrico, la suma de la malignidad del aire a la maldad de las pesadumbres emocionales
“…No hay nada más nocivo para la salud, que las pasiones del ánimo o pesadumbres; tanto tomadas de repente como continuadas, porque apocan o estropean los espíritus vitales y animales y poco a poco los van destruyendo…”[19]
Incluso anteriormente, otro médico español, Miguel de Sabuco (1525-1588) citado ya varias veces (supra, nota 6 y nota 135) enriquecería el diseño del Discurso Phisico Político de Juanini introduciendo con relación a los efectos del trabajo mecánico
“criterios que a nosotros se nos presentan reveladores, en cuanto establece la idea de que su exceso; e incluso, su simple existencia, entorpece el entendimiento”[20];
Que no obstante, estaría aún lejos – aunque se acerque – de contener referencias explícitas al trabajo obrero y, posiblemente engarce con el diseño estamental sobre el trabajo manual. De cualquier manera, la semilla estará echada: el trabajo puede matar.
“…El trabajo demafiado, y canfacio, es como un dolor, también mata, como vemos que morían los Atletas del luchar y vemos morir uno de mucho baylar…el trabajo entorpece el entendimiento. Con el trabajo prevalece la vegetativa. Con el ocio la intelectiva; y afsi digo contra la opinión del vulgo, que los Reyes no han de falir al trabajo, porque fu trabajo ha fer con el entendimiento, y mas vale confejo que fuerzas de muchos millares de hombres. El anima con la quietud fe hace fabia…”[21]
En esta misma línea de resaltar aspectos que parecen apartarse del diseño barroco/mecanicista tendríamos las aportaciones de otros médicos[22] del quinientos que irían acuñando diseños que, dando protagonismo al cuerpo en cuanto soporte de la salud y la enfermedad, le relacionarían con los “accidentes del alma” a modo de una somatización generalizada desde la que de alguna manera se superaban potentes constructos de clase que determinaban que solamente los cuerpos de los hombres de letras o de los de la nobleza y alto clero, podían ser sensibles a los quebrantos y alteraciones emocionales de manera, que se iniciaría ya, desde la medicina del Barroco una cultura científica que creaba dos tipología sociobiológicas o una biopolítica del cuerpo entre seres humanos dotados de emociones y sensibilidades primarias agarrados al trabajo, la servidumbre y la precariedad – cuerpos esténicos – frente a los privilegiados, dotados de cuerpos asténicos pero a su vez, impregnados de una fina sensibilidad emocional que les haría ser sujetos de malestares que la bastedad del cuerpo del trabajador podría perfectamente soportar, pero no, ellos. Será precisamente a partir de este eje hegemónico de una medicina construida desde las nuevas necesidades mercantilistas de la guerra, el comercio y la manufactura en donde tendremos que encontrar las claves ideológico/científicas mediante las cuales el futuro cuerpo del trabajador fabril tendrá que encontrar su territorio reivindicativo a partir del desarrollo de un lenguaje autónomo[23] y necesariamente fronterizo sobre su salud y condiciones de vida y existencia. Recorridos en los que como vamos señalando contarán con las aportaciones paralelas de un agavillado de médicos – algunos claramente heterodoxos o fronterizos – que les aportarán los materiales de base para que desde ese proletariado militante se pueda consolidar una teoría, una ciencia propia sobre el cuerpo que sustente y refuerce sus reivindicaciones de clase y que además, como ha sucedido desde hace no mucho más de medio siglo; en las expectativas sobre la salud en la totalidad de la población como reivindicación de propósito general desde el ciudadano y para el ciudadano, de manera que, precisamente, una de las grandes conquistas y logros que debemos atribuir al proletariado fabril del XIX y primera mitad del novecientos es la de que, gracias a su esfuerzo en la construcción de una ideología liberadora sobre el cuerpo, y aunque ésta lo fuese desde una mirada de clase, se haya convertido en realidades – a lo menos como reivindicación – para toda la población.
Mientras tanto, la historia continúa; los tiempos de Borelli, Descartes Newton y Leibniz son los momentos de la manufactura, la máquina hidráulica, las grandes construcciones de fortalezas, arsenales y barcos más las nuevas necesidades de guerra, como el cálculo de las trayectorias no euclidianas de proyectiles, necesitarán de las matemáticas sublimes la mirada al interior del cuerpo con su correspondiente historial anatomoclínico, el estudio físico/químico de fluidos y procesos corporales, más los rendimientos de los cuerpos en la guerra[24], la minería, atarazanas y factorías reales. En fin, visualizar y medir los cuerpos como primera derivada para que los cuerpos de las gentes contribuyeran a la riqueza de las naciones; sus protagonistas en ver y cuantificar las energías y potencialidades de la carne y la sangre pudieron ser los siguientes[25]:
Leonardo da Vinci (1452-1519 con su hombre de Vitruvian (1492)
Albretcth Durer (1471-1528) con su Tratado de la medida (1512)
Miguel Servet (1509-1553) Christianismi Restitutio, Libro V Sobre la circulación pulmonar (1553)
Andrea Vesalio (1514-1564) con De Humani Corporis Fabrica (1543)
Fabricio de Acquapendente (1537-1619) De musculis (1614)
William Harvey (1578-1657) Exercitatio anatómica motu Cordis et Sanguinis in Animalibus (1628)
René Descartes (1598-1650) De Homine (1662)
Giovanni Borelli (1608-1679) De motu animalium (1680)
Hace algunos años[26] decíamos que, durante la Edad Media la salud de las gentes en cuanto referida a artesanos, trabajadores urbanos y jornaleros del campo, sería prácticamente inexistente, con la excepción de la limitada cobertura gremial – centrada principalmente en oratorios y ceremoniales post morten – y los cuidados de las hospederías monásticas que, junto al discurso dietético de los numerosos tratados higiénicos de modelo salernitense mas bien, dirigidos al alto clero y miembros de la nobleza, se podrían entender como representativos de una cierta sensibilidad laboral. En esta línea se podrían considerar algunos escritos anteriores de Arnaldo de Villanova (1235-1313) contenidos en el apartado Speculum introductionum medicinalium contenido en su Opera Omnium de 1504 y en donde en el capítulo LXXIX intitulado “De artribus” comenta la influencia de las condiciones ambientales en la salud de los obreros al igual que – adelantándose a Ramazzini – la importancia de las posturas forzadas en algunos trabajos, apuntando un listado de oficios afectados por operadores nocivos como herreros, vidrieros, fundidores, tintoreros, hiladores, doradores e incluso hombres de letras. En otro escrito rotulado “De regimine sanitatis” introduciría comentarios sobre las condiciones de trabajo como intoxicaciones por los vapores de plomo y los peligros derivados de las sobrecargas físicas en el trabajo[27]
De cualquier manera el relato médico sobre el cuerpo del trabajador que claramente presenta su punto de inflexión con el Morbis Artificum de Ramazzini y se culminaría con las higienes industriales de la saga de los Monlau y Giné en la segunda mitad del ochocientos, presenta una larga trayectoria que precisamente, habrá que relacionar con los recorridos históricos de la tecnología y la sociopolítica desde la Baja Edad Media. Constituyeron miradas laterales, minoritarias y circunstanciales que sin embargo irían avanzando en el camino de superación del diseño teologal/feudal sobre la salud, incorporando actividades propias de las gentes de los oficios y del pechar; aquellos sobre los que, precisamente, se estaría edificando la supremacía de las nuevas repúblicas de la modernidad europea. Principalmente, los trabajadores de los metales y la minería como privilegiados productos para la riqueza, el poder y la guerra.
Un somero y aproximado inventario de este elenco podría ser el siguiente:[28]
Ulrico Ellembog (1435-1499) Von der gifftigen besen Tempffen un Reuchen der Metal, Hamburgo, 1473 a propósito de los peligros de las emanaciones de los metales para los orfebres.
Jean François Fernel de Montdidier (1497-1558) que en su Universa Medicina (1553) rata sobre el cólico de plomo y las intoxicaciones mercuriales
Fylippus Theophrastus de Hohenheim (1493-1541) conocido como Paracelso, con su tratado De Morbis metallicis (ed. En 1567)
Georg Bauer (1494-1555) conocido como Agrícola que en su De re Metallica libri XII, describe las patologías mineras junto con comentarios preventivos y organizacionales sobre el trabajo en las minas
Hyppolytus Guarinonius (1571-1654) con su Diegrewel der Verwüstung menschlichen Geschlechts (1610) traducible como Abominación de la desolación de la humanidad
Pietro Andrea Mattioli (1500-1577) en su De materia medica: Commentarii in libro sex Pedacii Dioscoridis Anazarbei (1554)
Andrés Laguna (1499-1559) Annotations in Dioscorides Anazarbeum (1555)
Gabrielle Faloppio (1523-1562) De Medicatis Aquis atque de Fossilibus (1564) sobre los riesgos en la minería del mercurio
Mateo Alemán (1547-1615) Información secreta hecha sobre la visita del pozo y mina de los azogues de la villa de Almadén (1593). Escrito desconocido hasta que el profesor German Bleiberg la rescatase de su olvido en 1965 (Ref. en Estudios de Historia Social nº 2-3, 1977)
Andrea Livabius (1540-1606) Alchemia (1597)
Bernardus Caesius (1580-1630) conocido como Bernardo Cesi o Caesius de Módena. En su obra Mineralogía sive naturalis philosophiae thesauri (1636) trataría de las enfermedades de los mineros de los que comentaría que eran hombres condenados a los metales
Martín Pansa (1580-1626) Uno de los pioneros de la medicina social alemana con su Consilium peripneumoniacum (1614)
Juan de Solórzano Pereira (1575-1655) con sus Disputationem de indiarum yure et gubernatura (1639) en donde relata las condiciones de trabajo de los indígenas peruanos
Samuel Stockhausen (¿?) Libellus de Lithargyrii fumo noxio morbífico… (1656); médico alemán que aclararía un peculiar envenenamiento por plomo (síndrome de Hütten-Katze, etiquetado por Citois (1616) como cólico de Poitou y por Luzuriaga (1797) como “Cólico de Madrid) debido a la costumbre de beber el agua que caía de tejados pintados con albayalde o plomo blanco
Paolo Emilio Zacchia (1584-1659) considerado como fundador de la medicina legal desarrollaría diversos comentarios sobre las intoxicaciones en determinados oficios en su obra Questionum Medico-Legalium (1661)
Walter Pope (1630-1714) que sería uno de los precursores de la medicina laboral británica escribiría su Philosophical Transaction (1665) en donde expone los mecanismos de intoxicación por óxido de carbono y las enfermedades de los “azogadores” en el manejo del mercurio utilizado en la elaboración de espejos.
Álbaro Alonso Barba (1569-1662) Arte de los metales, Madrid, Imprenta del Reyno, 1640
Athanasius Kircher (1602-1680) con sus obras Prodomus subterranei mundi (1657) y De Mundus Subterraneus (1665) describiendo las patologías de la minería y sus condiciones de trabajo
Johann Joachim Becher (1645-1685) en sus escritos Natur Kundingung der Metallen, Metallurgia (1660) y Physica subterránea (1669)
Olav Borrichius (1626-1690) Químico danés con su libro Enfermedades de los doradores (1674)
Michel Ettmuller (1644-1683) Mineralogía (1683) en donde hablaría del mercurio como un metal maldito.
Francisco López de Arévalo (+ 1765) Carta-informe sobre las condiciones de trabajo de los mineros de Almadén (1775)
José Parés y Franqués (1720-1798) Catástrofe morboso de las minas mercuriales de la villa de Almadén del Azogue (1778)
Como venimos apuntando, toda la información contenida y transmitida en estos autores se iría apartando del escenario doctrinal de la Edad Media como espacio mental sumido y presidido por el orden cultural y económico de la cristiandad que, visualizaba el cuerpo como materia sometida a la productividad exclusiva y teologal del sufrimiento. El cuerpo del populo minuto, de las gentes del común, se situaría más allá de su conformación y funcionalidad terrenal, mediante una economía salvática desde la que sus quebrantos se contabilizaban como bonos para una verdadera e imperecedera salud depositada en el reino de los cielos[29]
Solamente durante las últimas décadas bajomedievales cuando se inicia el desplazamiento focal de una economía de supervivencia centrada en la tierra hacia la ciudad, es cuando aparecen referencias a la salud de artesanos y trabajadores para continuar con el Renacimiento y el Barroco en las actividades de la minería y el laboreo de los metales, como emblemas de un orden bio/socio/político en el que los cuerpos de los trabajadores necesitarán de miradas médicas acordes los nuevos diseños y territorios productivos como los de la minería y las técnicas paralelas del “beneficiado” y tratamiento de los metales[30] Territorios productivos y materiales metálicos que adquirirían un protagonismo principal en el despegue del modelo económico y afianzamiento del poder político que sustentaría la sociedad europea del quinientos y en donde los metales, iban a constituir los componentes basales tanto para las armas de guerra, especialmente las de fuego, como para la acuñación de moneda y por lo tanto, para el despegue, supervivencia y afianzamiento del imperialismo español o las nuevas nacionalidades europeas. De ahí se explica que durante todo el XVI, XVII y parte del XVIII, los tratados y escritos relacionados con los riegos del trabajo minero[31] o de los oficios en los que se manipulaban metales presente un protagonismo tan patente como hemos podido ver en el inventario de autores anterior. En estos escritos desde Ellembog hasta Ettmuller, pasando por Fernel, Paracelso o Agrícola, se describe una acertada patología en la manipulación y contacto con los metales malditos: plomo y en especial el mercurio, combinando imaginarios alquímicos y saberes pre/iatroquímicos que, junto con obsesiones por la observación de la naturaleza irían construyendo el andamiaje teórico/experimental que se completará progresivamente con la recepción de la mecánica corporal de Vinci, Borelli y Descartes haciendo posible la obra de Ramazzini en el despunte de la Ilustración apuntando, a nuevos escenarios del trabajo enclavados lentamente en el tejido de los oficios no agremiados a medio camino entre la manufactura y la fábrica pero respondiendo a la necesidades políticas, económicas y militares de las protoburguesías europeas.
No estaría de más, aunque canse, volver otra vez a Ramazzini para entender los recorridos y, sus giros y derivas, desde los que se han diseñado los imaginaros occidentales sobre la salud de las gentes hasta nuestros días. Caminos que van y vuelven desde los cuerpos envenenados por los demonios infernales de las profundidades de la tierra de los iatroalquímicos hasta, los cuerpos corroídos de Sennett (1998), pasando por los cuerpos miserabilizados/explotados/quebrantados desde las miradas de Villermé (1840), Engels (1845) o Marx (1848) o los cuerpos explotados/fatigados de los obreros del tiempo de la Internacional reivindicando las tres ocho.
Con el De morbis artificum de Ramazzini se habría producido un salto paradigmático en el relato médico/social que supuso sobre todo la transformación del diseño de referencia bajomedieval/renacentista en el que el vitalismo dietético y la cosmología alquímica con sus desequilibrios humorales y los emponzoñamientos debidos a espíritus metálicos produciendo los males de la mina por una arquitectura del número, la razón, la observación y el movimiento como nuevo guion desde el que las protoburguesías urbanas desarrollarían la lectura de la salud de las clases populares. Para la heterogénea saga de los metalistas el cuerpo del trabajador se visualizaba en un teatro productivo que, aunque relevante desde un punto de vista económico de acumulación primaria se mantendría aislado del gran escenario estratégico de producción de la modernidad representado por la ciudad del mercantilismo con sus oficios y profesiones. Sus males – con la excepción de Agrícola – se situaron más acá de las condiciones del trabajo ubicándose, en la potente y paradójica magia del mundo subterráneo como prolongación de su capacidad para dar la vida y producir la muerte. En cierta medida el minero de Paracelso se encuentra atrapado y a su vez amparado por los vapores tartáricos que también le integran en un orden cósmico que no deja de ser una continuación del orden de coberturas psico/mágicas de la cristiandad.
El minero de Paracelso como el resto de médicos y filósofos que nos hablan de sus enfermedades y sufrimientos se situaría todavía sumergidos en la cultura medieval. En un espacio/tiempo exclusivamente creado y organizado por Dios a su imagen y semejanza pero también, habitando los territorios malditos desde los que se ordenaba y equilibraba el cosmos de la cristiandad de manera que, las órbitas más alejadas de la perfección arquetípica – la de dioses, ángeles y santos – aquellas referidas al tenebroso mundo subterráneo con su vecindad a los infiernos, pudiesen ser sujeto de medidas discretamente equilibradoras que, por supuesto, no rompiesen nunca los equilibrios biopolíticos de la época.
No obstante, como siempre, hubo sus excepciones; Agrícola sería para nosotros la más sobresaliente. Sería el único metalista que se distancia del paradigma alquímico aunque, en alguna ocasión sucumba a sus ancestrales imaginarios,[32] entendiendo la enfermedad de los trabajadores de la mina casi exclusivamente desde supuestos técnicos con el mismo modelo de los nuevos saberes tecnocientíficos de la química y las ingenierías de la potente minería alemana de la región de Joachismsthal (Brandeburgo-Prusia) en donde ejerció como médico.
Y aunque en su obligada introducción protocolaria a De re Metallica diga que veía las industrias de los metales en su conjunto “como si estuviera contemplando la unidad del cuerpo humano” (op.c. p.3) lo cierto es, que el cuerpo del minero de Agrícola al igual que el pocero de Ramazzini se encuentran aislados, perdidos en el universo preburgués de la ciudad, la mina o la factoría. Sus riesgos y enfermedades ya no serán como comentaría Heinrich Buess [33]al referirse a Paracelso, “la piedra angular”del edificio explicativo del mundo de los alquimistas sino, simplemente los de una máquina de sangre que habrá que proteger y cuidar desde las mismas rutinas con que la tecnología renacentista organiza la productividad de la ciudad, la mina, el gran taller manufacturero o los arsenales reales. En este sentido, Agrícola se situaría más cerca de Ramazzini que de Paracelso y el resto de los iatroalquimistas.
Volviendo a los metalistas, lo verdaderamente relevante en los numerosos testimonios de estos autores del XVI y parte del XVII, es su enorme capacidad de observación y sus acertados inventarios y descripciones de las patologías mineras y metalúrgicas. Esto fue posible porque estos médicos y físico/filósofos a caballo entre la mirada fisiológica de Aristóteles y la simbólica platónica tuvieron el acierto de observar e inventariar, piedras, plantas, minerales, fósiles, alimentos, venenos, animales y hombres desde el sostén experimental añadido de una sofisticada panoplia de procedimientos y técnicas de laboratorio. Uno de los alquimistas bajomedievales Bonus de Ferrara aconsejaba ya, como medio de conocimiento de las propiedades de las cosas, su verificación por medio de la experiencia[34]
El minero de Paracelso se enmarcaba en una cosmogonía dionisíaca que le enmarcaba como trabajador en la magia del mundo subterráneo y como hombre, en una filosofía universal de la naturaleza que necesariamente se alejaba del diseño teocéntrico/canónico de la cristiandad oficial y, como consecuencia, por una opacidad corporal exclusivamente visualizable a través de la simbólica del cuerpo místico del Cristo.
Por lo tanto, la gran aportación de estos diseños renacentistas sobre cuerpos deteriorados y quebrantados por la minería o el trabajo de los metales fue, desvelar la existencia de noxas y padecimientos que emergen de causalidades naturales – todavía no se habría llegado a lo social – aunque éstas, apareciesen a menudo preñadas por el metalenguaje alquímico; causas apartadas de la historia clínico/teologal desde la que el pecado, la corrupción original y las desgracias añadidas que la divinidad colocaba como prueba/inversión para la eternidad, constituían las únicas explicaciones admisibles. Los riesgos en el trabajo y sus consecuencias para el cuerpo funcionaban como corrosiones de una vitalidad contemplada en armonía con la estructura de la tierra y del universo que superando los desequilibrios humorales del galenismo clásico se incrustaba en un escenario cósmico que, aunque enmascarase o se olvidara de las condiciones y nuevas fórmulas de explotación laboral derivadas de las necesidades de acumulación del naciente capitalismo mercantilista pudieron no obstante, contribuir al rompimiento de los enfoques teologales sobre las enfermedades de las gentes y, posiblemente además, para ir colocando estos deterioros en el núcleo, en la estructura misma, del proceso productivo[35]
Minerales, cuerpo del minero, salud y enfermedad entraban por una puerta lateral en los recorridos de recuperación del “espíritu/espectro” de Demócrito”[36] asentados sobre la constante observación e interrogación a la naturaleza y, que aunque se mantuvieron aún alejados de los dispositivos científicos posteriores supusieron, pasos irreversibles en el serpeante avance hacia una modernidad en donde el cuerpo y la salud de las clases populares sería visualizado desde un doble interés: la fría/funcional racionalización de la producción y el mercado, o los intereses de las gentes.
Y aunque el decorado sea cercano, se presentan diferencias entre un “De morbis metallici” de Paracelso ajaezado de simbolismos alquímicos y el “De re metallica” de Agrícola, riguroso retrato de las enfermedades del minero lleno de realismo clínico y reseñable precedente en la nosología de las enfermedades profesionales. Diferencias además, que no están solamente en las formas del lenguaje. La mirada de Paracelso sobre el cuerpo del minero se cuaja y formaliza en una obra singular y aislada en tres libros (a modo de capítulos como era habitual en la época) centrados en la descripción de la patología minera sin que aparezcan referencias o anotaciones tecno/organizacionales mientras, que en Agrícola, aparece todo un manual de técnica minera en el que dedicará tan solo unos pocos folios a describir riesgos para la salud de los trabajadores dentro de la misma racionalidad y coherencia científica con la que encara todo el proceso fabril/industrial de la minería. La mina de Paracelso forma parte de un macrocosmos humanizado en donde el minero es un ser sufriente mientras que, la mina de Agrícola constituye un prólogo de la fábrica del XIX. Aunque todavía no haya chimeneas se presenta inmersa en un universo maquínico en donde el trabajador será contemplado – y posiblemente a pesar de la indudable bonhomía del autor – como un mecanismo de sangre cuya salud/funcionalidad habrá que proteger y someter a un cuido razonable desde los mismos principios de rigor técnico que el resto de los dispositivos y artefactos productivos de la mina.
El trabajador contemplado por Agrícola será considerado por lo tanto como una peculiar y sensible máquina de sangre al que, más que la fatiga, lo que le inutiliza es sobre todo la corrosión producida por los materiales que maneja junto con las quebraduras y accidentes ocasionados por errores en la gobernanza y organización del trabajo en la mina, En cierta medica nuestro médico sajón estaría reproduciendo y a la vez superando por su hincapié en las medidas preventivas los esquemas de la medicina romana – fundamentalmente en su diseño agrícola – a propósito de la protección y cuidado de los instrumentos de trabajo[37]en este caso, un instrumento parlante[38] que lo haría improductivo en un territorio de acumulación de riqueza y poder tan sensible y necesario como la minería y el beneficio de los metales. La fatiga del cuerpo como resultado de una desarticulación de sobrecargas psicofísicas o tan solo, para la época, deterioros postural/ergonómicos o iatromecánicos como en la obra de Ramazzini, nunca estuvieron presentes. El cuerpo de este trabajador al igual, que el del animal, no sufre ni ergonómica ni emocionalmente por el trabajo, únicamente se estropea, se distorsiona funcionalmente por la acción maléfica de los materiales que maneja o por carencias en la ingeniería preventiva del puesto de trabajo. Incluso, ni siquiera estarían presentes las insuficiencias alimentarias o el forzamiento de sus umbrales de fuerza o resistencia estrictamente fisiológicas y mecánicas. Estos nuevos condicionantes solo aparecerán tímida y lateralmente en otros territorios productivos: los oficios de los hombres de letras y el trabajo[39] de los indios americanos más, algunos comentarios de medicina militar a propósito del “soldado roto”[40] Desde estos últimos planteamientos singulares pero también premonitorios, el cuerpo del trabajador, maestro o soldado puede que siga siendo considerado inicialmente como máquina desde el punto de vista de lo biofisiológico pero va a ir siendo una máquina con alma y un alma, en modo Descartes, con unas funciones localizadas en el centro del cuerpo, en la glándula pineal – a pesar que en lenguaje de la época presente todavía referentes cardiocentristas – En suma, siendo cuerpos utilizados en la práctica como máquinas de sangre, habrá que manejar y proteger, como inversión de un bien que comienza a escasear.
El que con la excepción de Agrícola y sobre todo Ramazzini, los escritos de los metalistas pasen de largo por la fatiga o la consideración de los riesgos en la minoría desde una lectura de las condiciones de trabajo lo interpretamos como el resultado natural de su particular percepción “cosmogónica” sin que necesariamente responda a ninguna otra razón de carácter sociológico a no ser que, nos engolfemos en el papel que pudieron jugar los alquimistas en el enmascaramiento de los dispositivos de acumulación capitalista durante el Renacimiento. Considerar a Bernardino Ramazzini como un continuador del legado alquímico nos parece un error. Nosotros pensamos más bien, que su Diatriba respondería al brote de nuevas demandas e intereses sobre la productividad y cuido de los cuerpos de las gentes y, en particular, de las dedicadas a oficios imprescindibles para la prosperidad de las protoburguesías urbanas de las poderosas ciudades del norte de Italia. Lo que si conseguiría Ramazzini es superar y completar el escenario laboral pergeñado por Agrícola en el espacio exclusivo de la mina haciendo, de las condiciones de trabajo, el constructo-eje para entender la salud de los trabajadores.
Como ya se ha escrito mucho sobre la obra de Ramazzini solamente nos queda remachar la contribución de este médico posiblemente más del Barroco que del Renacimiento en el forjado de algunas de las limitaciones – y por supuesto también de sus aciertos – de la Medicina del Trabajo en nuestros días, apuntando a la relevancia de la mecánica postural y dando paso a la mirada ergonómica sobre el cuerpo del trabajador de manera que esa violencia sobre la máquina humana pueda prevenirse y evitarse. Pero también Ramazzini, más para mal que para bien, es el consagrador del paradigma iatromecánico en la salud del obrero y del trabajador de los oficios que, tendrá su culminación y expresión más descarnada, en el diseño taylorista.
En su De morbis, podemos observar cómo los operadores psicosocioemocionales – con una cierta excepción de la fatiga – [41] son casi inexistentes o se encuentran diluidos en los oficios del alto clero o de los caballeros – las gentes de letras y futuras profesiones liberales – cómo sería el caso de las enfermedades que podían aquejar en determinadas ocasiones a los profesores de la Universidad de Padua o a filósofos y. en general, a los “hombres sabios y letrados” En todos ellos, el excesivo tensionamiento del alma podría marchitar el cuerpo y consumir los espíritus[42]
Al hilo de las dolencias que apuntan a un desequilibrio entre el interior espiritual de cuerpos a los que se fuerza en exceso y una periferia mecánica inactiva o sedentaria parece que va emergiendo el diseño inicial de fatiga mental que en algún momento nos pudiera conducir a entrever un cierto bosquejo del concepto de estrés, como también se puede encontrar como hemos ya apuntado en los escritos de Miguel Sabuco (supra, nota 138) siglo y medio antes.
Aunque este imaginario espiritualista, pasional o mentalista/cerebral sobre el enfermar del “hombre de letras” haya formado parte desde la antigüedad de la mayoría de los escritos médicos relevantes el que Ramazzini los coloque dentro de una obra dedicada a las enfermedades profesionales, se nos presenta como algo revestido de unas significaciones importantes.
Por una parte, y aunque “De morbis” esté rotulada en relación explícita con el trabajo artesanal, estaría a su vez, abarcando todos los oficios y actividades que contribuyen de una u otra forma a la riqueza de la república. Que son por lo tanto necesarios y productivos para la nueva economía de un capital territorializado acumulado desde la ciudad como espacio simbólico y real de consolidación de la burguesía. Junto a esto, quizá lo más significativo, es que nos vamos a topar con la construcción y consagración de la foto/fija más perversa sobre la salud laboral machaconamente reproducida casi hasta nuestros días. El obrero manual, el trabajador en general – incluso hombre y mujeres de las antiguamente consideradas profesiones liberales – enferman y se deterioran por corrosiones y quebrantos que solamente actúan sobre su estructura soma/mecánica.
Un siglo y medio más tarde, los higienistas de la consolidación de la biopolítica del capital, entre ellos el español Pedro Felipe Monlau y Roca (1808-1871) intentarían a modo de translocación malabarista introducir los temples emocionales en la mirada médica sobre el ya proletariado fabril. Al final los temples se quedarían reducidos a la personalidad “aviesa “de un obrero miserabilizado e inmoral. De alguna manera, estos nuevos higienistas del industrialismo estarían homogeneizando las enfermedades de trabajadores y hombres de letras. La diferencia no obstante seguiría siendo abismal. Los cuerpos de los hombres y mujeres de las clases dominantes podían experimentar movimientos pasionales puntuales que los podrían desequilibrar fisiológicamente; su cuerpo era esencialmente un cuerpo virtuoso; pero, el cuerpo de los trabajadores y jornaleros estaba estructuralmente vinculado a las bajas pasiones. Más que la medicina, serán las pedagogías de la sumisión, la religión, el ahorro y la laboriosidad lo que le puedan redimir del sufrimiento.
La comprensión cabal de la construcción de este imaginario jánico, sobre el proceso de enfermar no será solamente algo derivable de los recorridos de la medicina o de la protopsicología del Renacimiento o del Barroco; a nuestro entender, respondería más bien al diseño del capital fabril que, desde sus esbozos en el primer mercantilismo a finales del quinientos, y relativamente presente ya, en el tiempo del Vives de “Subventione pauperum” (1525) intentaba desbancar los viejos /inservibles enfoques productivos del medievo a propósito de la productividad/funcionalidad de los cuerpos del populo minuto/pechero y muy especialmente de las muchedumbres de pobres, lisiados y vagamundos amparados por la economía de la limosna/salvación. Para éstos, cuando lo son no por necesidad sino, por picaresca, Vives ofrecerá encierros preventivo/terapéuticos, que serían años más tarde recompuestos por Miguel de Giginta (1534-1588) con sus Casas de Misericordia a modo de falansterios para pobres [43]. La cuestión residiría en manejar las dos categorías de cuerpos que actuaban en la productividad de la sociedad mercantilista. Los cuerpos de las gentes que la taponaban; pobres y vagamundos y los cuerpos que podían contribuir a su desarrollo; mineros, soldados y trabajadores en los oficios de la ciudad.
Por las mismas fechas (1575) Juan Huarte de San Juan (1529-1588) tan alabado y santificado por mis alejados colegas de las psicologías clínicas[44]se va a olvidar de los pobres y clases populares para centrar sus esfuerzos en la productividad de los oficios y profesiones pertenecientes a los estamentos privilegiados avocados a la gestión de control y gobernanza para el poder de la república.
La figura de Huarte de San Juan completaría los intentos de adecuación/racionalización del relato bajomedieval sobre la productividad de los cuerpos ampliándolo a los de los estamentos privilegiados. Habitualmente su Examen de Ingenios (1575) se utiliza como referencia comodín en la arqueología de la psicología diferencial, de la psicología social o, incluso, de la medicina del trabajo. Nosotros que el fondo actuamos a menudo como arqueólogos compulsivos no tendríamos en principio nada que objetar; pero precisamente, uno de los aspectos más relevantes en este autor y que, menos se suele comentar, es que mientras Vives o Giginta establecen o intentan fomentar las productividades psicológicas y materiales de la pobreza Huarte, las referiría a la riqueza; a las condiciones psicológicas necesarias para la productividad de las élites. En esta explanación, todo el discurso de este médico navarro está preñado de un potente componente eugenésico en donde de la mano de referentes neoplatónicos estaría abogando claramente por el establecimiento y promoción de un estamento rector formado por profesionales – un poco al modo de los ilustrados y los socialistas utópicos – : hijos de las burguesías emergentes e hijosdalgo con recursos, dotados de ingenio y que, puedan servir como sostén intelectual para los nuevos dispositivos de manejo y administración de los negocios del reíno para los que las disposiciones innatas de las gentes del común carentes de educación nunca, podrían bastar.
Huarte, aunque cite de pasada a Pedro del Monte (1457-1509) un desconocido filósofo italiano autor de “De dignoscendis homonibus” (Milán 1492)[45] es un adelantado defensor en la conformación de los temperamentos de la primacía de la educación y del trabajo. La propuesta de Huarte será rotunda: solamente los hombres de ingenio participantes de las sustancias espirituales y por ende en el lugar de privilegios sociales que les otorga el acceso a la sabiduría[46] Para las gentes del común con …“…mucha tierra en los músculos y nervios”no habrá lugar para la sabiduría aunque, la Naturaleza – pertinente colaboradora de las productividades sociales cuando se quiere – siempre, les encontrará alguna habilidad mecánica en la que sólo necesitarán del “sentido y el movimiento”, como cualquier animal.
Para los hijos de los caballeros, de los comerciantes o de los menestrales situados, junto a las características genéticas comenzarían a fijarse el inventario de personalidades y temperamentos de la futura psicología diferencial como camino para los influjos de comportamientos y pasiones en la conformación de las habilidades, desgracias y sufrimientos humanos…pero más difícilmente, de los condicionantes económicos y sociales; de manera que para las gentes del común, para la mayoría de mujeres y hombres, lo psicológico/diferencial ofrecerá exclusivamente perfiles totalmente romos. En el trabajo mecánico de la factoría, la fábrica o la guerra, cuanto más emnublados estén los afectos y los temples, tanto mejor, para el mantenimiento del orden social. En último lugar, el perfil psicológicamente correcto, deseado y fomentado, giraría alrededor de las devociones beatas, la sumisión y la obediencia.
De cualquier manera las preocupaciones gubernamentales por la salud de jornaleros y trabajadores en general, e incluso las relacionadas con el mantenimiento del equilibrio de poderes antes de 1830 o 1848, nunca fueron destacables ni presentaron problemas significativos. En último lugar, siempre se pudo contar con los cortafuegos del púlpito y la disciplina gremial. Cuando se daban conflictos y movimientos de protesta como los motines madrileños de 1766, éstos siempre estuvieron protagonizados por colectivos populares heterogéneos y motivados/catalizados en último lugar, por situaciones de miseria y hambrunas puntuales. Los verdaderos problemas y retos se situaron siempre, en el terreno de las subsistencias, el control de la mortalidad y en la higiene y moralización de la ciudad y las costumbres enlazando, con las necesidades nucleares de la política del momento necesitada de poblaciones demográficamente potentes.
El discurso ilustrado sobre la gobernalidad y salud de la población en general, como sobre los jornaleros del campo y trabajadores urbanos desde los diversos rótulos doctrinarios ya fuesen, mercantilistas, colbertianos, fisiócratas o cameralistas, fueron en lo esencial idénticos. Menor mortalidad, mayor rendimiento de la máquina humana y mayor acatamiento a las políticas regalistas. En suma, conseguir y asegurar en el horizonte ya, del hundimiento de la sociedad estamental, el mayor umbral de vasallaje y productividad de las gentes.
Es importante apuntar como esta productividad de la población se resuelve desde dos escenarios: Uno el del control de la salud desde el territorio y la naturaleza; el otro, desde el cuerpo de las gentes del trabajo – incluyendo al soldado, el maestro[47] y al marinero –
Sobre estos últimos, la mano de obra del mercantilismo, la tarea consiste en la cuantificación y racionalización de su fuerza, de su rendimiento como preciadas, caras y escasas máquinas cuya existencia habrá necesariamente que proteger en aras del poderío del reino. Sobre la población en general, simplemente que no se muera, en su edad productiva, para la república; atender la mortalidad infantil, las muertes súbitas, las epidemias pestilenciales o endémicas e higienizar la ciudades, hospicios, cementerios, iglesias y campamentos militares. Todavía no se habría llegado al espacio de la fábrica, aunque como veremos más adelante, se llegaría de refilón como en la Barcelona preindustrial, a través de la ciudad.
Entre el diseño público higienista de médicos como Juanini y el enfoque iatromecánico de Ramazzini la puerta estaría abierta para profundizar en recorridos que se irán consolidando en el transcurso del ochocientos. Desde los higienismos de la miseria, miasmas y aires emponzoñados, pasando por los cuerpos quebrados por la fatiga y la accidentalidad, se llegaría a las reivindicaciones sobre la dignidad y la salud psicofisicosocial del trabajador fabril. El tiempo del camino ahora, será corto; tan solo, menos de un siglo de constataciones y reivindicaciones hasta el empoderamiento por parte del proletariado militante/organizado, de su cuerpo y su salud a finales de la centuria.
Después de Ramazzini, quedaría pendiente el cálculo de las resistencias del cuerpo a la fatiga y la racionalización del trabajo en arsenales, puertos y manufacturas reales. Va ser una tarea realizada por los protoergónomos[48] de la Ilustración y particularmente por los físico/conomistas e ingenieros franceses de un tiempo pendular en el que habría que superar el diseño del mecanicismo estático del artesanado de “De morbis artificum” y comenzar a vislumbrar el cuerpo/fuerza de un jornalero, en el que no solamente se necesitaba calcular sus umbrales de fatiga, sino a la vez, racionalizar modos, ritmos, materiales y espacios de trabajo en un horizonte productivo que se situaría en los linderos de la fábrica de las sociedades del industrialismo.
Nuevos territorios de lectura del cuerpo que comenzaron a girar alrededor de la cuantificación del trabajo de los hombres y del progresivo mejoramiento de sus condiciones de ejecución. Mejoramientos inicialmente centrados en la productividad y en la consideración mecanicista de la fatiga como “rozamiento”, ese concepto tan intranquilizador que obsesionó y perseguiría al profesor Vatin durante toda su vida[49]con una novedosa introducción: La implementación/refuerzo de las energías de sangre por las físico/químicas. Como venimos apuntando, el trabajador de Ramazzini será situado desde un diseño de dislocación fisico/muscular, en el que su fuerza o despliegue energético no será considerado entre, otras cosas porque la clave de su actividad mayoritaria, son las habilidades de los oficios artesanales. Sin embargo, quedaba sin tocar el campo de las tareas básicas del tiempo del mercantilismo/colbertiano y la factoría. El tiempo de Luis XIV y Mazarino; la época de Vauban, haciendo de Francia una gran fábrica de fortificaciones y arsenales. Un tiempo, en donde la fuerza del hombre y los animales – las máquinas de sangre, parlantes o mudas – no eran suficientes o, a lo menos, habría que racionalizar y potenciar. Así, en 1699 dos pioneros de la ergonomía (Michel Valentin 1978) y probablemente del taylorismo: Philippe de La Hire (1640-1718) y Guillaume Amontons (1663-1705) publican dos escritos relevantes: La Hire, L’Examen de la force de l´homme pour movoir les fardeaux y Amontons, Moyen de substituir commodivement l’action de feu à la force des hommes et de chaveaux pour moviers les machines. Casi por estos mismos años del despliegue político y comercial del nuevo imperio del Rey Sol, la ingeniería militar francesa reconstruye toda la teoría medieval/renacentista sobre la defensa/ataque y construcción de plazas fuertes, fortalezas, ciudadelas y puertos militares con la asunción de un enorme programa de obras que requiere grandes contingentes de trabajadores cuyo esfuerzo, habrá que potenciar y regular. Junto al diseño de un modelo constructivo – “desenfilado” en lugar del “frontal” – que resista la potencia de la nueva artillería de sitio se iría a la vez teniendo en cuenta, procedimientos/dispositivos ergonómicos en la ayuda de todo este proceso que requería ingentes esfuerzos por las numerosas y nutridas cuadrillas de obreros. La figura emblema fue sin duda alguna, el ingeniero militar Sebastien Le Prestre, Señor de Vauban (1633-1707) personaje inigualable y paradójico que a lo largo de su vida combinó su lealtad de soldado a Luis XIV con la crítica al absolutismo y la denuncia y fotografía de la miseria en la población rural francesa[50]con una madrugadora utilización de la estadística socioeconómica que en cierta medida, le podría hacer un precursor de la sociología descriptiva[51] Un continuador de la obra de Vauban sería el ingeniero franco/catalán[52] Bernard Forest de Belidor (1698-1761) del que sus obras[53] nunca fueron traducidas al castellano pero que al igual que las de Vauban tendrían una gran influencia en la cultura profesional de los ingenieros militares españoles[54]; institución creada formalmente en 1710 y potentísimo factor junto a los artilleros[55], en la recepción de la matemática newto/lebzniana y las ciencias físico/químicas en nuestro país.
Continuando en este proceso indagatorio sobre la racionalización de la “fuerza de los hombres”, en la Francia preindustrial de la Restauración, más de un siglo después, se publica la emblemática obra de Charles-Augustin de Coulomb (1736-1806) Theorie des machines simples (1790) incluyendo la Mémoire sur les forces des hommes (1778) escritos que nunca serían traducidos al castellano pero también, leídos y comentados por los ilustrados artilleros e ingenieros españoles de la época[56] como el ya citado coronel de artillería José de Odriozola[57] que sin duda, como venimos comentando, sería el primer – e incluso el único – difusor en España de los escritos[58] de Coulomb sobre el trabajo de los hombres a partir de su ya citada obra Mecánica aplicada a las máquinas operando. Escrito en el que se pueden, identificar perfectamente párrafos y comentarios contenidos en el apéndice de las Memorias incluidas en la edición de 1821 de su Théorie des machines simples[59]
En relación con estas memorias de Coulomb, el coronel Odriozola se centrará en resaltar los umbrales de rendimiento de los cuatro motores más comunes: los animales, el agua, el vapor y el viento, situando dentro de este grupo claramente a los que denomina como motores animados – los motores a sangre; hombres y animales – que presentarán una característica enormemente significativa para la construcción de las medicinas del trabajo en la medida en que van a ser “agentes de potencia no incansables” a diferencia de los incansables del vapor, el agua y los vientos:
“…Hay que distinguir dos cosas en el trabajo de los hombres y de los animales; la cantidad de efecto dinámico que pueden producir, y la fatiga que experimentan al producir este efecto. El mayor partido posible se saca, conciliando el máximum del efecto utilizado con la dosis de fatiga que razonablemente se pueda exigir. Para ello es necesario consultar siempre á la experiencia, por no poder calcular la totalidad de los esfuerzos empleados, puesto que las potencias animadas que resultan sobre el receptor no son sino una parte de los que hacen los individuos con el conjunto de miembros del cuerpo…”[60]
Señalando a continuación que cuando se trata de “agentes de la potencia” no incansables como el hombre y los animales el día laboral no puede ser – menos mal – de 24 horas. Olvidándonos de esta cicatera propuesta, lo cierto es que, nuestro autor enfoque la fatiga desde la idea de un equilibrio entre salud y rentabilidad económica.
“…De suerte que faenas duras ya sea por la gran fuerza que tenga que emitir, ó ya por la celeridad con que necesita mover sus miembros, deben ser frecuentes las interrupciones o descansos, y además no de mucha duración la tarea diaria. Injusto fuera, y aun perjudicial para la suma de productos, el exigir demasiado durante un periodo ó tarea al individuo, el cual quedaría inutilizado tal vez para siempre ó al menos hasta recuperarse por un largo descanso…” [61]
Considerando siempre el trabajo humano a modo de una dinámica maquínica, continuará citando casi textualmente varios párrafos de Coulomb en los que éste manifestaba las ventajas que para determinados trabajos ofrece la especial flexibilidad músculo esquelética del cuerpo humano en los trabajos compuestos articulando trabajo y fatiga como por ejemplo cuando comenta la combinación de piernas y brazos en tareas de carga y según estas actividades se ejecuten sobre plano horizontal o vertical, añadiendo esta vez como cosecha propia, las diferentes costumbres entre los trabajadores españoles y franceses que se nos presentan como un documento ergonómico relevante.
“…Hay diversos modos de acomodar la carga sobre el cuerpo humano. el mejor es cuando va repartida la presión entre los hombros, de manera que se apoye sobre el mayor espacio de contacto posible y vaya unida y vaya unida al cuerpo sin bambolearse (…) Nuestros mozos de cordel llevan la carga apoyada en la espalda suspendiéndola de la cabeza por medio de la lía misma con la lo empacan. Para el acarreo de ciertos materiales en cubos ó esportillos, no dejaría de ser conveniente usar una especie de yugo de cuyos estremos (sic) fueran pendientes aquellos…”[62]
La idea que nos transmite el artillero Odriozola en estas rememoraciones de los autores clásicos es que la clave productiva del trabajo humano reside en encontrar el punto justo en la mecánica de la tarea que permita a menor fatiga, mayor cantidad de trabajo a modo de una especie de plusvalía ergónomo/muscular. En suma, una economía del gasto fisiológico como metáfora y reproducción del nuevo industrialismo en donde además, como en el caso de la pedagogía fabril de Babbage[63] o Bergery[64] – o posteriormente Fayol[65] y el obrero de los psicotécnicos – el trabajador instruido y ejercitado, será siempre el más productivo aunque tampoco se olvidará de los fantasmas habituales sobre los compartimientos maliciosos del obrero:
“…En general es indudable que un obrero ejercitado sabe economizar el gasto de sus fuerzas produciendo mayor efecto útil, que otro obrero torpe empleando mas fuerzas y fatigándose mas: aunque también es cierto que hay no pocos maulones que tienden siempre á economizar esfuerzos en perjuicio del efecto útil, aparentando cumplir debidamente…”[66]
A modo de colofón de este capítulo sobre los rendimientos del trabajo corporal Odriozola agrega unas tablas elaboradas por él mismo según medidas españolas de la época a su vez tomadas de las obras de Claude Navier y Víctor Poncelet[67]Lo interesante de estas tablas será comprobar como la cantidad de trabajo diario adquiere sus puntuaciones máximas con la ayuda de determinadas rutinas musculares y procedimentales más el apoyo de máquinas simples como poleas y carretillas.
Al hilo de lo que estamos comentando sobre la obra de Odriozola nos gustaría añadir o resaltar cómo estos ingenieros y artilleros militares del tiempo de la Ilustración española, introducen elementos y derivaciones antropofísicas en lo que hasta entonces había sido meras miradas físico/matemáticas sobre fuerzas y resistencias maquínicas como las realizadas un siglo atrás por la casi desconocida y potentísima saga de los “maquineros” y protoingenieros españoles del barroco para los que, la máquina era exclusivamente, un artefacto sin relación con el trabajo humano o, simplemente algo que se diseñaba según criterios exclusivamente técnicos en los que el trabajo del hombre se movería en una opacidad absoluta. Sobre estos aspectos sería ilustrativa ver cómo en obras tan relevantes como los “Veintiún libros de los ingenios y de las máquinas”[68] dedicado a la arquitectura hidráulica no existe ninguna mención al “trabajo de los hombres”; posiblemente porque este trabajo estaba aún instalado en el sistema de una economía social teologal y aún, alejado de las productividades del mercantilismo. Una razón más para entender el por qué, la inventiva y los numerosos adelantos, aunque la mayoría, lo fuesen sobre el papel, de los tecnólogos españoles durante el reinado de Felipe II y III no se plasmaron como ocurriría en Inglaterra, en realidades prácticas que alumbrasen el industrialismo.
También sería interesante constatar como por los mismos años en que se van recepcionando en España el relato sociológico de los presocialistas franceses, se introducen paralelamente estas lecturas sobre la productividad y rendimiento del cuerpo del trabajador que aún no serían incorporados a la cultura obrera – entre otras causas por su excesiva rigidez ingenieril – y que serán apropiados por profesionales de las ciencias aplicadas o de la milicia ilustrada como artilleros e ingenieros militares y que únicamente se proyectan al público de manera muy limitada como por ejemplo, mediante mecanismos de divulgación tan peculiares como los Cien tratados de Instrucción para el pueblo (1848-1851) editados en Madrid por Francisco de Paula Mellado y en donde en varios cuadernillos que forman cada uno de los cien tratados ( tratados: 4º,5º,6º y 9º) nos podemos encontrar con unas interesantes y desconocidas referencias a escritos de Coriolis, Carnot, Navier y Coulomb con referencias textuales de la “Introduction à la mécanique Industrielle, physique ou expérimentale” (1830) de Poncelet.
Estas recepciones laterales y sin duda alguna, comprometidas más, con los intereses empresariales que con los del incipiente obrero fabril, tuvieron su relevancia en la medida en que introducían desde criterios científicos una progresiva escritura sobre las relaciones entre salud y condiciones de trabajo. Mensaje que desde estos artilleros, físicos, ingenieros y científicos que, por lo menos desde sus singulares saberes físico/mecánicos, comenzarían a poner coto y prudentes limitaciones al esfuerzo de los trabajadores aunque éstos, siguieran siendo considerados en su equiparación fisiológica como meros motores animados pero motores que, a diferencia de los inanimados tendrían sus limitaciones.
“…Los valores de esta velocidad (la cantidad de acción diaria) del esfuerzo y del tiempo, tiene designados límites que no es dado traspasar á los animales y que por otra parte se separan considerablemente de los valores que corresponden al máximo de efecto útil relativo a cada caso. Así el límite del tiempo está calculado en 18 horas por día, ó el doble de la duración ordinaria y mas provechosa del trabajo; es decir que por trivial que fuese la tarea impuesta á un motor animado, no podría sobrellevar cada día sin menoscabo de su salud mas de 18 horas de asistencia á los talleres…”[69]
El asunto está en que este temprano relato sobre la cuantificación de la fuerza de los hombres con, lo que pudo suponer de reflexión iniciática sobre la duración de la jornada y las condiciones de trabajo se quedara arrinconado en España durante casi siete décadas y fuese, a nuestro entender, escamoteado por el discurso ambivalente de las higienes industriales.
Pero no fueron exclusivamente personajes señeros como este casi desconocido artillero guipuzcoano cuya obra estamos comentando los que irían introduciendo escrituras y reflexiones sobre el trabajo fabril antes de la mediana del ochocientos; hubo además teóricos que pudieron contribuir – a pesar o suponer su discreta recepción en nuestro país – a formalizar una nueva cultura del trabajo válida para los emergentes escenarios fabriles que ya no iban a ser únicamente músculo/manufactureros sino presididos o cohabitados por la máquina de vapor. Aquí nos vamos a encontrar con un politécnico francés medio ingeniero medio economista: Claude-Lucien Bergery (1787-1863) cuyos dos tomos de su Économie Industrielle (1829-1831) fueron traducidos y editados en España en 1834 (Madrid, Imprenta de Miguel de Burgos)
Lo realmente novedoso e interesante en estos dos tomos[70] del libro de Bergery reside en el manejo productivo y moralizante del cuerpo del trabajador – algo a lo que no se atreverá nunca la honesta escritura de Odriozola- en las diferencias que establece entre las “economías” del obrero y del fabricante. En el tomo I, el dedicado al obrero, dejaría por sentados dos principios: El primero que:
“…cada oficio necesita una determinada fuerza corporal…”
El segundo:
“…si tenéis la fuerza corporal que exige vuestro oficio, trabajareis sin fatigaros…todo lo contrario sucederá si vuestras fuerzas no pueden soportar las fatigas del oficio, y no seréis dichosos…” [71]
Gran astucia y sabiduría la de este cultivado politécnico que, a continuación, pasará a exponer los medios para la conservación de estas fuerzas corporales que además constituyen el verdadero “capital del obrero”. Para ello van a ser fundamentales la moralidad de los comportamientos a los que debe atenerse la cotidianeidad de la vida del trabajador dentro y fuera de la fábrica: El ejercicio, la higiene personal, la alimentación y muy especialmente la instrucción, la templanza y las buenas costumbres de manera que:
“…Ella sola (la templanza) puede conservar intacta la parte más importante de vuestros capitales, esto es, vuestra fuerza corporal…”[72]
Por lo tanto, la instrucción industrial completaría las instrucciones y racionalidades ergonómicas de los herederos de Coulomb con la entrada del control moral de la medicina oficial del liberalismo repartiéndose, su dominio sobre el cuerpo del obrero. Se reconstruyen habilidades artesanales perdidas pero a la vez, vidas y comportamientos reproducidos de la sociedad estamental. En suma, mano, corazón y cerebro; destrezas del cuerpo y hábitos morales mirando a la máquina. Ritmo y condiciones maquínicas desde las que son necesarias nuevas destrezas y nuevos disciplinamientos organizacionales e individuales para asegurar rendimientos fabriles que no tendrán nada que ver con la psicológica del “opus” gremial enclavado en el tiempo/ritmo del cuerpo y controlado/disciplinado desde el orden sociológico del gremio. Ahora se tratará de organizar y disciplinar desde el orden de la máquina y del capital. De ahí, la relevancia de estas instrucciones de orden moral y comportamental. Habilidades para el rendimiento como prótesis de la máquina en una especie de metáfora esténica/médica del industrialismo y, adiestramientos para la astenia social, reconvirtiendo los modelos de sometimiento/vasallaje propios del Antiguo Régimen en un simulacro de virtudes y moralizaciones burguesas alrededor del ahorro, la templanza, la sobriedad y la resignación. Una nueva escritura psicosocial de la vida obrera desde la que se pasará de la satisfacción por la obra bien hecha a la resistencia a la fatiga maquínica sublimada, a partir de la renuncia y la moderación.
“…El obrero debe tener los muebles y vestidos precisamente necesarios (…) debe retardar todo lo posible su renovación y tomar una habitación cuyo alquiler sea muy moderado (…) la limpieza conservará los vestidos y los muebles…”[73]
A continuación Bergery hablará de los beneficios de la maquinaria fabril intentando despejar los fantasmas del luddismo, que no obstante se harían realidad en el posterior incendio de la Bonaplata barcelonesa, aduciendo argumentos tan peregrinos como que la máquina ni quita trabajo ni hace disminuir los salarios, tan solo – y le parece poco – que:
“…artesanos y obreros pierdan el oficio…”[74]
Aspecto que no parece importar desde la óptica del fabricante, porque sencillamente de lo que se trata es conseguir un obrero que desamortizado del orden estamental/gremial pueda ser productivo y amortizable desde el nuevo orden de la fábrica y de las burguesías triunfantes de 1830.
En la escritura de Bergery se mezclan atisbos de lucidez con el cinismo; como cuando proclama que la máquina no puede hacerlo todo y que siempre será “indispensable la mano de un ser inteligente; los movimientos que no tienen intervalos iguales ó determinados no pueden ni podrán jamás ejecutarse por agentes puramente materiales necesitando siempre la presencia y la previsión del hombre…”[75]
Pero este ilustre politécnico se olvida señalarnos cómo ese papel previsor e inteligente va a ser protagonizado por mujeres y niños durante interminables jornadas de trabajo en las peores condiciones higiénicas.
El diseño de Bergery parece moverse en una situación fronteriza entre el cuerpo/motor de sangre de la manufactura y la construcción de ciudadelas y arsenales y el cuerpo/prótesis del maquinismo y, aunque apunte de pasada esta función controladora/vigilante del obrero sus intereses siempre van a caminar por los senderos del rendimiento diferencial del obrero – la otra plusvalía – como motor animado frente a otros motores de sangre como los animales y, a su vez, entre éstos y los motores inanimados, ejemplarizados en la máquina de vapor. Probablemente lo verdaderamente novedoso en Bergery, es el énfasis que pone en los aspectos social/comportamentales y morales del rendimiento inaugurando en cierta medida nuevos y fructíferos – para el capital – caminos en la visualización y productividad del cuerpo de los trabajadores, que a nosotros se nos presentan alejados de la objetividad ingenieril de los padres fundadores de la mecánica moderna incluido nuestro coronel Odriozola. Si para éstos, el rozamiento era solamente fatiga, para los ingenieros/economistas modelo Bergery, el rozamiento presenta un perverso añadido socio/moral, que es considerado como el gran rozamiento, el gran peligro para que este nuevo motor proteico clavado sin piedad en la máquina contribuya a la obtención de robustos plus-valores. Sabio dictamen de esa ciencia que, aunque ya considerada como un significante basal por Fourier y Saint-Simon, también comenzaba a suscitar sospechas según a qué lado se alienaba. Y como veremos en el cierre de este apartado, serán los médicos del moderantismo y los adscritos a otras tibiezas más discretas del liberalismo español los que utilizarán con mayor fervor comportamientos y moralidades obreras como acompañamiento psicosocial de los operadores biofisiológicos del higienismo.
El Bergery economista del segundo tomo de su Economía Industrial, va a cerrar ahora el circuito del rozamiento desde el espacio organizacional/administrativo de la fábrica; desde la sociológica del espacio productivo a modo de reproducción del discurso médico/político/sociológico sobre el cuerpo. La gran tarea científica/correctora de rozamientos actuando simultáneamente, sobre los tejidos del cuerpo, las urdimbres de la política y la sociedad.
Nunca entenderemos el proceso de construcción de las actuales escrituras sobre el cuerpo y la sociedad o, sobre naturaleza y cultura sin comprender la síntesis que se formaliza en el XIX a partir de constructos científico/naturales pergeñados desde el seiscientos. Síntesis además formalizada desde dos órdenes de productividades las del poder y las de la ilusión y en donde trabajan como operadores las ciencias duras, las prácticas biomédicas santificadas por el protomedicato farmacéutico, las sociologías del orden y la productivad social, las psicologías de la conformidad y sosiego emocional, las políticas y economías del usar y tirar, en fin, un mundo sin rozaduras ni rozamientos inquietantes e improductivos de manera que, de lo que se trata no es evitar el dolor y el sufrimiento como corrosión patente, concreta y masticable sino simplemente, corregir, aminorar, controlar las rozaduras del vivir. En suma, frente a corrosiones del cuerpo, del carácter y de lo social, las rozaduras de la convivencia.
Y en esto Bergery será un predecesor en el control de las rozaduras/rozamientos sociales en el trabajo fabril. En el segundo tomo dedicado a la economía del fabricante nos presenta una lectura socioeconómica del trabajo humano que, aunque se nutra de la doctrina de los mecánicos clásicos abundará en contenidos estrictamente organizacionales que irán más allá del despliegue teórico/matemático fijando una serie de constructos que manteniéndose vigentes durante décadas se van a reconstruir en los últimos 50 años como cultura psicosocio/ergonómica del trabajo.
Esta nueva escritura que como la del Tomo I de la obra de Bergery perfecciona/completa la de los mecánicos clásicos, anticipa el enfoque ergonómico moderno precedido por los experimentos de Hawthorne (1925-1932) dirigidos por Elton Mayo (1880-1949) apuntando sobre el papel, el catón de las virtudes y productividades del honesto fabricante en el manejo de los trabajadores pero, siempre, olvidando lo esencial; esa fatiga/plusvalía que a modo malabarista se convierte de pronto en “incomodidad” y en la contabilidad meticulosa de una fuerza de trabajo que para ser rentable, tendrá que carecer de rozamientos sociales y ser medida desde los mismos baremos que la máquina.
“…No escasear elogios á los que dan pruebas de celo y habilidad; disminuir el salario ó retardar su aumento debido; mostrar desdenes y desprecios á unos hombres que conocen que buenamente son nuestros iguales…nuestra indiferencia en fin, por su bien estar presente…por su vejez y por su mejora moral…”[76]
De cualquier manera, Bergery se nos presenta como un pedagogo de la máquina de vapor y sobre todo de la división y racionalización del trabajo fabril pero siempre, supeditándolo al ritmo de la máquina. Esta defensa y prédica de la máquina y la división del trabajo, le hará ampliar sus trucos sociológicos abundando, en las diversas ventajas que puede proporcionar a los empresarios: entre ellas, hacer posible el trabajo de mujeres, niños y hombres ineptos escamoteando por supuesto, su umbral salarial y sus condiciones de trabajo. Todo ello, sin olvidarse de la dicha familiar.
“…Las ventajas de la división del trabajo no se limitan á la misma economía del tiempo, descomponiendo una operación complicada y difícil en muchas operaciones muy sencillas y fáciles: permite a los empresarios de industria emplear las mujeres, los niños, y hasta los hombres ineptos que sin ella vivirían casi inútiles. De aquí otra disminución de gastos, y un aumento de bienestar para la familia del obrero, pues su mujer y sus hijos ganan á lo menos el alimento…”[77]
Nos estamos extendiendo en la presentación de estos escritos de Bergery por que los consideramos como una documentación muy poco utilizada como referencia en las escrituras académicas españolas sobre la construcción de la sociología laboral y el lugar de la fatiga, en el binomio salud/enfermedad de los trabajadores.
Tanto la máquina de vapor como posteriormente la máquina-herramienta son artefactos extraprotésicos[78] y sobre todo de funcionalidad no condicionada por el tiempo. O si se quiere de una funcionalidad condicionada por el rozamiento y desajustes mecánico/funcionales que ocasionan fugas energéticas pero que, desde la física teórica, puede trabajar infinitamente sin fatigarse[79] La idea de fatiga en/del trabajo, como los conceptos de salud y enfermedad van en el mismo eje epistemológico desde el que se construyen las escrituras posmodernas sobre el cuerpo, la máquina, la naturaleza y la sociedad y, que, como pretendemos explorar más tarde, estarían presentes en la obra del Dr. Enrique Lluria. Es más, una de los imaginarios que rondan los balbuceos predictivos de las neuro/socio ciencias, intuimos, que va en ese camino de control/eliminación de rozamientos, para conseguir una nueva máquina/hombre de productividad infinita que, siga siendo un artefacto en que a modo inverso de la herramienta del artesano, el cuerpo, su cognición, temples y emocionalidades funcionen como simples prótesis de la nueva máquina neuronal y de las tecnologías virtuales. ¡Al tiempo!
Ramazzini (1700) por ejemplo, mencionaba junto a las intoxicaciones derivadas de los materiales y procesos presentes en ciertos oficios, las incomodidades y quebrantos para la salud de los artesanos precisamente porque estos esfuerzos forzaban la máquina corporal. El artesano como hombre-máquina a modo La Mettrie[80], no sería más que un artefacto en el que se articulaban y coordinan un motor de sangre, unas manos y determinadas herramientas que fundamentalmente funcionan como prótesis anatomo/manual. En el obrador artesanal, lo que sobre todo manda, es la mano. En el trabajo manufacturero y especialmente, en las grandes obras de la ingeniería civil, militar o naval del mercantilismo – como tiempo de la manufactura – lo que manda es el cuerpo. En el tiempo del trabajo industrial, las claves van a residir en el tiempo, en el ritmo del trabajo o si se quiere en una idea de la fatiga en la que a diferencia de los ejemplos utilizados por los politécnicos va a depender directa y exclusivamente de la duración de la jornada.
La máquina de vapor no solo hará posible la multiplicación del trabajo superando las comparaciones entre los rendimientos comparativos de hombres y caballerías (5 por 1) sino que se limita a la jornada de trabajo e, inicialmente, su funcionalidad podría ser infinita.
En este sentido el interés de Bergery será el de convencer a los industriales de la rentabilidad de la máquina de vapor sobre cualquier máquina simple incluidos los motores de sangre parlantes o mudos.
Siguiendo los ejemplos que Coulomb utilizara en su memoria de 1778 sobre el trabajo de los hombres a propósito del transporte de una carga de 65 Kg. en jordanas de 6 horas diarias a una distancia de 10.800 metros su trabajo supone 702.000 Kilogramas[81] Por el contrario utilizando un carretón (carretilla con dos ruedas) podría arrastrar 100Kg durante 10 horas a una distancia mayor que los 18.000metros y desarrollar una cantidad de trabajo equivalente 1.800.000 kilogramas[82]
“…Así, pues, aunque con una carretilla o carro hace el motor (humano) mucha mas obra que llevando el peso sobre sí, no puede decirse que semejante máquina multiplica el esfuerzo recibido, Sus ventajas consisten en que se reduce el transporte de las cargas á un simple tiro, y que por esto mismo permite emplear un modo de acción menos incómodo y penoso que el de carga á lomo…”[83]
Por lo tanto su mensaje a los fabricantes es que a pesar de que las máquinas simples permiten ampliar el umbral de fatiga/tiempo sostenible por el “motor humano” y, a su vez, la cantidad de trabajo de 702.000 a 1.800.000 Kgm. Nunca podrán ahorrar los salarios de multitud de jornaleros y siempre tendrán que estar supeditadas a un determinado tiempo de trabajo. La trampa de este diseño de la mecánica de los politécnicos es que la pretendida disminución de la penosidad – o como dicen “incomodidad” – del trabajo se traduce al final, en un aumento considerable de la jornada laboral y la aparición del trabajo nocturno.
La diferencia con la máquina de vapor residirá por lo tanto en la multiplicación de la cantidad de trabajo del hombre y las caballerías al contar con un motor inanimado más potente que el agua o el viento al ser, como se decía una “máquina de fuego”. Esta multiplicación de la fuerza de trabajo no será otra cosa que el resultado de la velocidad y por lo tanto una función del tiempo de manera que, aunque efectivamente la máquina de vapor reduce el umbral de trabajo corporal neto, va por el contrario a aumentar su velocidad, su ritmo y transformar el sentido estático de la fatiga y del esfuerzo en un modelo dinámico marcado por el tiempo/ritmo de la máquina. Ahorra trabajadores, pero los que ahora utiliza tendrán que actuar durante más horas y a una velocidad mayor lo que supondrá, el sometimiento a un modelo de penosidad en el que ritmo/velocidad y condiciones organizacionales del ajuste hombre-máquina van a constituir nuevas corrosiones sobre el cuerpo; una cultura protoergonómica del trabajo en la que se sustituye la “penosidad” o las limitaciones músculo esqueléticas más patentes del motor de sangre humano por la rentabilidad de un esfuerzo continuado, parcelado, controlado y organizado: un nuevo modelo de trabajo y un nuevo modelo de fatiga.
Para el fabricante de Bergery, éste ganará más dinero con la máquina de vapor pero el trabajador gana en fatiga y sobre todo según un modelo de fatiga más corrosivo en que junto a nuevos operadores de desgaste neuromuscular van a comenzar a estar presentes operadores psicosociales que no obstante, no podrán ser aún comprendidos/asumidos en toda su toxicidad por el obrero organizado aunque, ya se pueden ir constatando en diversas exposiciones que desde la clase obrera se refieren a su dignidad como ciudadanos añadiendo a la reivindicaciones higiénicas las morales, como las manifestadas por un obrero textil barcelonés en 1869:
“…En fin, los fabricantes que no convengan en que se hagan las reformas higiénicas y morales, que el buen sentido reclama en pró de sus obreros, que también será en bien de la sociedad, no los estiman en nada: no miran al trabajador como á individuo que pertenezca á la especie humana, que el entendimiento y las costumbres, son susceptibles de perfección, y que está creado por unos fines tan grandes y tan nobles, como puedan ser los suyos, y ha de vivir en condiciones higiénicas para el mejor desarrollo y perfección de todas las facultades físicas y morales. Los aprecian como á máquinas de barro ó de carne, para servir únicamente á las máquinas de hierro, y todo por el concepto de engrosar sus capitales que nunca se ven bastante saciados… ¿Y quienes son ellos que se creen no ser responsables delante de Dios y de la sociedad, de explotar tan á mansalva á la especie humana? Pues que á media edad ya no somos buenos para nada, teniendo que ir á mendigar lo que resta de vida, y morir por los pajares…”[84]
[1] Apropiándonos del término y significación que realiza Sánchez Villa (2017) en Entre materia y espíritu, p. 323.
[2] Para nosotros una metáfora del fin de las ilusiones e ingenuidades sobre las creencias de progreso en el ochocientos a partir de la obra homónima de Ernst Jünger (1920)
[3] Rememorando una vez más, a Richard Sennett (1992)
[4] Las “sex res non naturales” formaron parte de todo un diseño terapéutico basado en los regimina sanitatis de la dietética hipocrática, que contemplaban aire y ambiente, comida y bebida, movimiento y descanso, sueño y vigilia, excreciones y secreciones, más los afectos del ánimo; pero todo ello desde un diseño individual y aristocrático, que nunca consideró a las gentes del común ni las circunstancias colectivas de tipo socioeconómico aunque, de alguna manera, fueran el germen que desde algunas de ellas, como el movimiento y el descanso – la llamada posteriormente gesta – o los afectos del ánimo, se desarrollaron constructos que darían paso a las medicinas sociales.
[5] Johann Peter Frank (1745-1821) en cierta medida continuador del cameralismo sanitarista alemán inaugurado por Johann Heinrich von Justi (1717-1771) y continuado por Wolfgang Thomas Rau (1721-1772) sería uno de los primeros médicos – seguido por el Virchow y Neumann de 1848 – en dar al diseño gestor/gubernativo de la policía médica de von Justi (1758) un contenido social y ser en este sentido, un precursor de la Medicina Social de finales de ochocientos. Los referentes documentales de esta reconstrucción del cameralismo médico alemán se encontrarían en una conferencia del Dr. Frank en la Universidad de Pavía titulada, De populorum miseria: morborum genetrice (1790) más su voluminosa obra inacabada en vida rotulada como System einer Vollständigen Medicinischen Polizey (1779-1827) nunca traducidas al castellano mientras que el libro de Von Justi: Elementos generales de Policía si lo sería en 1784, por Antonio Puig y Gelabert (Barcelona, Eulalia Piferrer, Impresora del Rey nuestro Señor) La única obra de Peter Frank que se tradujo al castellano fue un Tratado sobre el modo de criar sanos a los niños, Madrid, Lib. De Calleja, 1803. Tampoco se traduciría la Medicinischen Polizey de Thomas Rau (1764) ni por supuesto, los posteriores escritos de Virchow o Neumann (conocidos como las Mitteilungen, 1847 y los artículos contenidos en la revista berlinesa Die Medicinische Reform, 1848-49) sobre Medina Social con un planteamiento más radical que los de Peter Frank, proclamando que la salud es un derecho de los ciudadanos de manera que su cobertura corresponde al Estado y, que la medicina debe ser considerada como una ciencia social.
Vide, Rafael de Francisco: 2003, Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores; Rafael de Francisco: 2004, La salud Laboral en la nueva Europa o la apuesta por la ciudadanía o el clientelismo.
[6] Un poco a modo de las “cabañuelas” del calendario Zaragozano
[7] Miguel Juan Pascual (1505-1561) publicaría en 1555 una “Medicina disputatio” a requerimiento de la Inquisición valenciana titulado: “An cannabis et agua in qua mollitur possit aerem inficere” o si la fetidez resultante de la maceración del cáñamo en balsas puede inficionar el aire y ser causa de epidemias. La conclusión del Dr. Pascual apuntaría precisamente a que las causas habría que buscarlas no en las balsas sino en la falta de salubridad y la gran contaminación de las aguas que las rodeaban y abastecían; apuntando por lo tanto, a un problema de higiene pública.
Vide, José Mª López Piñero, Los orígenes en España de los estudios sobre salud pública, Madrid, 1989
[8] Haciendo mención a ese hermoso escrito homónimo – encargado expresamente por Ferrer y Guardia como libro de texto para La Escuela Moderna – de Anselmo Lorenzo; El Banquete de la Vida, Concordancia entre el hombre y la sociedad, Barcelona, Imprenta “Luz”1901
[9] Recordando al Georges Vigarello (2005) de su Historia del cuerpo, cuando nos comenta que en el Renacimiento “…se aviva un conflicto cultural en el que el cuerpo se singulariza, especificando funcionamientos que sólo por el cuerpo mismo se explican” (I,p. 24)
[10] Vide, Rafael de Francisco: Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, La Mutua: Revista técnica de salud laboral y prevención, nº 9, 2003, pp 123-131
[11] Digresiones contenidas casi literalmente en nuestro trabajo del 2007 sobre Los orígenes de la prevención de Riesgos Laborales en España, pp 19 y ss.
[12] Escrito contenido en su Natural and Political Observations (1662)
[13] William Petty (1623-1687) fue un médico y economista británico que contribuiría a la creación de la matemática estadística con su obra: Political Arithmetick (1676)
[14] Edmond Halley (1656-1742) con su An Estimate of the Degrees of Mortality… (1687)
[15] En España las primeras compañías de seguros no se crearían hasta finales del XVIII como sería el caso de la Real Compañía de Seguros Terrestres y Marítimos de Madrid en 1785. Hacia 1840, con la desaparición real del asociacionismo y cobertura gremial, se crearán las Asociaciones de Socorros Mutuos que junto a su labor de camuflaje del primer asociacionismo obrero, funcionaron como aseguradoras de las contingencias de las clases populares abarcando desde la vida y enfermedades con médico, cirujano y botica hasta las tradicionales seguridades del alma con viáticos para funerales y gastos de enterramiento. En un conocido seminario de la época editado por Francisco de Paula y Mellado, Instrucciones para el pueblo, cien tratados, Madrid, 1849 nº 66, se puede encontrar un ilustrativo artículo del historiador Antonio Pirala (1824-1903) sobre estas sociedades con interesantes tablas de mortalidad cruzadas, con datos de enfermedades y accidentes profesionales en donde además, se realiza una especie de minería de datos a propósito de la morbimortalidad en algunos oficios.
[16] Que junto a los cálculos más refinados del matemático francés Abraham de Moivre (1667-1754) se adelantarán en algo más de un siglo a la conocida curva de la distribución normal de Carl Friedrich Gauss (1777-1885) en su obra Theoria combinationis (1823)
[17] Uno de los autores más conocidos en estas escrituras de la posibilidad de prolongar la vida sería el veneciano Luigi Cornaro (1475- 1566) autor de un Trattato de la vita sobria (Padua 1558) que se traduce y publica profusamente en casi todas las lenguas europeas y que, en España aparte de varias versiones apócrifas, presenta dos ediciones: la primera en 1782 por Joachin Ibarra y la segunda por la Imprenta de Egaña en fecha tan tardía como 1845.
[18] Madrid, Imp. de Antonio González de Reyes, 1679; 2ª ed. Imprenta Real por Mateo de Llanos y Guzmán, 1689.
Juan Bautista Juanini (1636-1691) fue un médico hispano italiano en la corte de Carlos II adscrito a la corriente iatroquímica de los novatores. Sus descripciones y comentarios junto, a los de Miguel Sabuco (1587) sobre el influjo somatizante de las pesadumbres del ánimo harían de estos autores verdaderos precursores del Hans Selye (1907-1982) acuñador del G.A.S. (1950)
[19] J.B. Juanini op., c. 2ª ed.p.72
[20] Rafael de Francisco: Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, 2003, p. 119
[21] Obras de Dª Oliva Sabuco de Nantes, Madrid, Est. Tipográfico de Ricardo Fé, 1888, pp 70-71. Hasta 1903, no se conoció que esta obra era la reedición de un libro escrito en 1587 por el padre de Dª Oliva, Miguel Sabuco intitulado: Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre.
[22] Gómez Pereira (1500-1558; Francisco Vallés (1524-1592); Cristóbal de Villalón (1505-1558); Huarte de San Juan (1529-1588); Blas Álvarez de Miravall (¿?); Juan Valverde de Amusco (1525-1587);Cristóbal Pérez de Herrera (1558-1618); Francisco Sánchez (1551-1623)
[23] Cercano en algunos aspectos pero radicalmente diferente al que por ejemplo, comentaría Luc Boltanski en su Descubrimiento de la enfermedad (Paris, 1972, versión española, 1977) refiriéndose a la medicina popular en el sentido en que no se trataría de reconstruir una imaginada semiótica manejable por las clases populares sino, de recrear una semántica, un leguaje significante sobre los saberes médicos que sirva como referente y respaldo científico a sus intereses de clase.
[24] En relación con la medicina e higiene militar, será la época en que aparecen los primeros tratadistas que inauguran las miradas modernas sobre la salud del soldado y de los marineros después de los autores clásicos como Polieno, Celso, Catón, Trajano, Frontino y sobre todo Flavio Vegecio Renato autor de De Re Militari (finales del siglo IV n.e)
Serían escritos que principalmente versarían sobre las enfermedades carenciales y pestilentes e los marineros más las heridas por arma de fuego, – los novedosos “bastons à feu” que diría Ambroise Paré (1509-1590) del que se editó traducido al castellano (Paris, 1575) su tratado La méthode de traicter les playes faictes par les hacquebutes… así como los del cirujano de los Tercios de Flandes Dionisio Daza Chacón (1510-1596) y su De la Practica y theoria de la cirugía en Romance y en Latín (1595) Pedro de Medina (1493-1567) imprimiría su Arte de navegar (Valladolid,1545) y los Regimientos de navegación (Sevilla, 1563) Más o menos por la misma época puede que se conociese en España la obra de Raymund Minderer (1570-1621)
Medicina militaris seu Libellus castrensis (1620) y los escritos de Luca Antonio Porzio (1637-1715) De militus in castris sanitate tuenda (1685) y La medicine militaire ou lárt de conserver la fanté (sic) des soldats dans les camps (1744) Por el contrario, si se conocerían con total exactitud los libros de medicina e higiene militar del neerlandés Gerhard van Swieten (1700-1772) Descripción compendiosa de las enfermedades que reynan lo mas communmente en los exercitos, con el método de curarlas, Madrid, Est de Andrés Ortega, 1767 y del escocés Jhon Pringle (1707-1782) Observaciones acerca de las enfermedades del exercito en los campos y las guarniciones; traducción de Juan Galisteo y Xiorro, Madrid, Imprenta de Pedro Marín, 1775
Vide, Rafael de Francisco: La medicina e higiene militar en los siglos XVIII y XIX: Una olvidada medicina del trabajo, Madrid, 2006, pp. 121-201
[25] Relación contenida en Rafael de Francisco: 2003,p.130
[26] Rafael de Francisco: Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, 2003, pp. 120 y ss.
[27] En nuestra escrito citado indicábamos (nota 6 p.121) que dicha obra “De regimine sanitatis” el historiador de la medicina García del Real (1936, 134) no la atribuye a Vilanova sino a un médico milanés llamado Magnino. Según nuestras indagaciones probablemente se trataría del médico militar milanés Arnaldo Magnini del que se publicaría un Regimen sanitatis en 1503
[28] Vide, Rafael de Francisco op. c. pp., 122-123
[29] En estos comentarios nos atenemos casi literalmente a lo escrito por nosotros mismos hace ya algunos años en Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Revista La Mutua, Madrid, 2003, pp., 121 y ss.
[30] Minería que en el caso español, giraría sobre todo alrededor del oro y la plata y como deriva, en el mercurio. Metal que presentaba un especial protagonismo por su papel en el beneficio de los metales preciosos mediante los métodos de amalgamación ideados en México (1555) por el comerciante sevillano Bartolomé de Medina (1497-1585) y sin duda también por su potente y espectacular morbimortalidad que además se presentaría recubierta de un fascinante simbolismo jánico en la medida en a su vez, podía curar formando parte, junto con la sal y el azufre, del universo hermético de los metalistas iatroalquímicos como Paracelso aunque si bien, como señalaba el profesor López Piñero (2002,264) cuando los alquimistas mencionan al mercurio se refieren a un ente simbólico – el mercurius philosophorum – y no al mercurio real o vulgar conocido como azogue.
[31] Hasta casi nuestros días, “bajar a la mina “será adentrarse en los infiernos; descender al último círculo subterráneo en el que Dante, ubicaba castigos y sufrimientos infinitos. Antonio García Bellido (reseñado por José García Romero, 2002,436) comentaría en sus estudios sobre arqueología funeraria en la Bética, cómo la vida media de los mineros iba desde los 8 años durante el periodo hispano griego hasta los 12 años ya, durante el Alto Imperio (desde Augusto hasta el 476 d. C.) en unos tiempos en los que la vida media de la población en general se situaba en los 30 años. Igualmente según relatan Blanco Luzón y García Bellido, 1967 (anotado García Romero, 2002,435) entrados ya en la modernidad europea la vida media de los mineros de Río Tinto se movía en una horquilla que iba desde los 15 a los 22 años mientras que la media de la población general española se acercaría en el XIX a los 40 años. Y si estos infiernos no fuesen bastante nos permitimos recordar la matanza de manifestantes mineros de Río Tinto, por reivindicaciones de salubridad medioambiental y laboral del 4 de febrero de 1888, que terminaría con nada menos que 100 muertos acribillados por un destacamento de Húsares (¡Ah, la maldita memoria!)
[32] Cuando Agrícola termina de enumerar en su libro VI de Re Metallica las dolencias y accidentes de la mina desde planteamientos rigurosamente técnicos sin concesiones mágico/simbólicas, aparecen de pronto los fantasmas, a modo de peligros ocasionados por los “demonios subterráneos”
“…Sin embargo, en algunas de nuestras minas, si bien en muy pocas, existen otras plagas perniciosas. Estas son demonios de aspecto feroz, sobre los cuales he hablado en mi libro “De animantibus subterraneis” Los demonios de esta clase se expulsan y ahuyentan por medio de la oración y el ayuno…”
Vide, G. Agrícola: De re Metallica, ed. de Basilea, trad., de Carmen Andreu, 1556, Madrid, E. Casariego, 1972-1992, 226. Anotado Rafael de Francisco, 2003, 124
[33] Heinrich Buess: Paracelsus un Agrícola des Pioniere der Social und Arbetsmedizin; Deustche Medizinische Wüchenschrift (1961). Artículo traducido por el profesor López Piñero e incluido en la obra de Erna Lesky: Medicina Social. Estudios y testimonios históricos, Madrid, 1984
[34] Petrus Bonus Lombardus de Ferrara: “…Si quieres saber que la pimienta es caliente y el vinagre refrescante…que el ajenjo es amargo, la miel dulce…deberás verificar la aserción por medio de la experiencia…” Anotado por Allen G. Debus: El hombre y la naturaleza en el Renacimiento, FCE, 1985,45-46.
Vide, Pedro de la Llosa: La alquimia y la química , lo sublime y lo terrenal, Barcelona, Ed. del Serbal, 2005
[35] El que la naturaleza, los minerales y metales pudiesen estar sujetos a “accidentes” entendidos éstos como una consecuencia físico-química – aunque fuese explicada desde el paradigma alquímico – suponía un cambio radical con respecto a la mentalidad altomedieval. En relación con todo esto, el clérigo y estudioso de la minería Álbaro A. Barba (supra, p. 76) en su obra “Arte de los metales” dedicaría el capítulo XXI de su libro I a comentar estos accidentes:
“… El derretirfe y bolverfe á quaxar, es uno de los accidentes de los metales; y aunque en otras cofas fe halla, tiene algo de particular en ellos. Es caufa de efto la humedad de que fe componen que como la endureció el frío, el calor del fuego las derrite …”
Álbaro A. Barba: Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro y plata por acogue (sic)
Madrid, en la Imprenta del Reyno, 1640,39
[36] Que diría nuestro entrañable amigo y maestro Pedro de la Llosa Ruíz: El espectro de Demócrito, atomismo, disidencia y libertad de pensar en los orígenes de la ciencia moderna, Barcelona, 2003
[37] Vide, Rafael de Francisco: Más allá del “Mal de la Rosa” Riesgos y salud laboral de los trabajadores agrícolas en España, Revista La Mutua, Madrid, 2006.
[38] Marco Terencio Varrón (116-27 a. C.) diferenciaba en su “Rerum rusticarum” (36 a. C.) tres clases de instrumentos de trabajo: los instrumentos parlantes integrados por los esclavos, los que emitían sonidos como los bueyes y los mudos como las carretas y arados.
[39] Ratio Studiorumm jesuítica (1599) sobre la Fatiga del trabajo en la enseñanza
[40] Durante el transcurso del largo conflicto político/militar en los Países Bajos se diagnosticaría por primera vez una patología de clara causalidad psicosocial que sería rotulada como “ mal de corazón “ y considerada como condición de baja absoluta para el servicio de las armas. Geoffrey Parker (1985,213) apuntaría que estos soldados a los que se diagnosticaba el mal de corazón solían ser reclutas jóvenes alistados a la fuerza
Vide, G. Parker: El ejército de Flandes y el Camino Español, Madrid, Alianza Ed., 1985, pp., 27-36; Rafael de Francisco: 2006, pp., 121-201
[41] Ramazzini al comentar las enfermedades de los ladrilleros después de referir cómo son atendidos en los hospitales por médicos que no tienen en cuenta sus condiciones de trabajo, señala que estos trabajadores se encuentran sobre todo …”exhaustos y desechos por la fatiga …”
B. Ramazzini: Tratado de las enfermedades de los artesanos, Madrid, 1983,278
[42] “…Los filósofos que discuten sin cesar en las escuelas, los abogados que lo hacen en el foro y especialmente los profesores de la Universidad de Padua, los cuales, tras discursear desde sus cátedras hasta enronquecer, desde el principio del invierno hasta la primavera por instruir a la juventud estudiosa (…) En cuanto a los políticos, los jueces y los que están destinados al servicio de los príncipes, consumidos por grandes fatigas y vigilias…van cayendo poco a poco en el marasmo (…) Desde luego, yo he observado que cuantos juriconsultos y ministros he conocido, tanto en la Curia Romana como en otros lugares y en las cortes de los príncipes, todos habían sido castigados malamente por mil géneros de enfermedades…”
Ramazzini: op. c. p.278.
Vide, Rafael de Francisco: 2006,128.
[43] Sus ideas sobre el control de pobres y vagabundos están contenidos en su obra “Tratado del remedio de los pobres” (Coimbra,1579)
[44] Siempre altivos y seguros de su verdad; mirando a los humildes psicólogos sociales –o sociopsicólogos – como indignos de ponernos el hábito blanco del arte de curar y sin enterarse todavía, que los psicólogos sociales nunca – o pocas veces – hemos tenido tamaña ingenuidad.
[45] Referenciado por Mauricio de Iriarte: El Doctor Huarte de San Juan y su Examen de Ingenios, Madrid, CSIC, 1948,181
[46] Huarte: op., c. Madrid, Ed Cátedra, 1989,187
[47] Un maestro, al filo de la miseria física y psico social que haría que Francisco Giner de los Ríos se expresara en los siguientes términos al criticar la ley de instrucción pública de Severo Catalina (2 junio, 1868):
“…El Maestro seglar colocado en las condiciones de la última ley, no es más que un pobre autómata sin espontaneidad ni entusiasmo por la ciencia (…) todo revela su falta de sinceridad y la violencia que sufre su pensamiento. Así no es posible enseñar; no hay verdadera enseñanza sin sinceridad, ni dignidad sin libertad. Demos a los maestros la respetabilidad de que se ha querido privarles (…) Emancipémoslos de una tutela que los desanima y oprime y conseguiremos tener, no sólo un Magisterio capaz de ejercer dignamente sus importantes funciones, sino también un auxiliar poderoso de nuestro progreso social y político…”
F. G. de los Ríos: La juventud y el movimiento social, Ensayos, Madrid, Alianza Ed., 1969, 225
Vide, Rafael de Francisco: Escuela, maestro y salud durante el Sexenio Democrático, Madrid, Revista de Educación, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, enero-abril, 2003, p. 323
[48] Con anterioridad a la acuñación canónica del término realizada por Frank Hywel Murrell (1908-1984) en su Exposición ante el Almirantazgo británico el 12 de julio de 1949 utilizando el término “ergonomics” habría que comenzar a reconocer la existencia en España, de una cierta cultura ergonómica anterior a la que actualmente conocemos desde algunas instituciones creadas a partir de 1990, como fueron el Centro Superior de Gestión de la Complutense anexo a la Facultad de Políticas y Sociología, en la Autónoma de Madrid englobado en el Centro Universitario de Salud Pública o el de La Politécnica de Barcelona liderado por el profesor Pedro Rodríguez Mondelo. Cultura ergonómica sostenida a partir de dos puntos de inflexión. El primero debido a la tenue recepción de los escritos de los que para nosotros serían los padres fundadores de la disciplina como Coulomb, Coriolis, Poncelet, Navier, el marqués de Vauban, Babbage o los militares españoles Belidor y el artillero José de Odriozola y Oñativia. El segundo, hacia 1930, por la saga de los psicotécnicos de la República: Mercedes, Rodrigo, Mallart, Marvá o César de Madariaga.
Vide, Rafael de Francisco: La cohabitación entre ergonomía y psicosociología en la Ley de prevención de riesgos laborales: Entre la confusión y la pertinencia, Madrid, Revista La Mutua, 2007, pp., 189-235.
[49] Vide, François Vatin: Le Travail. Economie et physique, Paris, PUF, 1993
[50] Hay un magnífico film francés dirigido por Pascal Cuissot y titulado: Vauban, el sudor salva la sangre (2012) sobre la vida de este personaje clave para la modernización política, social y económica de Francia; posiblemente su segundo Colbert.
En España se le conoció y leyó de la mano de los artilleros e ingenieros españoles; es más, el traductor de su Traité de l’attaque et de la défense des places (1704-1705) al castellano sería el prestigioso ingeniero militar español Ignacio Sala (1686-1755) que se permitiría además ampliar algunos de los comentarios expuestos por Vauban de tal manera, que el libro traducido por Sala llevaría por titulación “Tratado de la defensa de la plazas que escribió Mr. Vauban Mariscal de Francia con algunas reflexiones y adiciones “ Cádiz, por Pedro Gómez de Requena, 1743.
[51] En su obra póstuma: Project d’une Dixme Royale (1707) Vauban despliega numerosos comentarios descriptivos sobre las míseras condiciones sociales en las que se desarrolla la vida del campesinado en la Francia de Louis XIV.
Vide, Gerard Walter: La vie glorieuse de Vauban, Paris, Editions Albin Michel ca. 1930
[52] Realmente, más bien francés, pues de catalán o español solo tenía su nacimiento accidental en Cataluña como hijo de un militar francés del ejército de Felipe V
[53] Especialmente La Science des ingenieurs (1729) culminación de la obra de Vauban en la que dedica casi un capítulo a tratar los rendimientos de la mano de obra en los trabajos de albañilería y movimiento de tierras, constituyendo en el camino inaugurado por su maestro Vauban y junto con él, un verdadero diseño de racionalización y control de tiempos del taylorismo. A pesar de que nunca se tradujese su obra fundamental – a diferencia del Traité de Vauban – hubo según nuestras anotaciones, algunas traducciones parciales de La Science des Ingenieurs, que no obstante, pensamos que tampoco fueron esenciales para su conocimiento como para el de Vauban, en la medida en que dentro del panorama de analfabetismo generalizado en lenguas modernas – salvo el latín para clérigos y médicos – quizá fueron los oficiales de los cuerpos facultativos de ingenieros y artilleros los únicos que dominaban el idioma francés
[54] Y no solamente ingenieros militares pues, en general, tanto los escritos físico/mecánicos e ingenieriles de los autores franceses también fueron recepcionados en ámbitos de las ingenieros civiles. Así con respecto a Belidor, el ingeniero malagueño Antonio Ramos diseñador de la catedral tradujo algunos capítulos de la” Science” de Belidor y el médico y científico catalán Francesc Sanponts (1756-1821) utilizaría La architecture hydraulique de Belidor(1737) para la construcción de las primeras “bombas de fuego” (o máquinas de vapor) españolas ( anot. Jaume Agustí i Cullell, 1983)
Otra incorporación lateral de la obra de Belidor la podríamos tener a través de la traducción del inglés de un libro de John Müller que, a su vez es una recopilación de escritos de Belidor titulado en castellano: Tratado de fortificación o arte de construir los edificios militares y civiles, Barcelona, Tomás Piferrer, 1769 hecho por un matemático e ingeniero del arma de infantería, Miguel Sánchez Moragas (1733-1789) que fue director de la Real Academia de Matemáticas de Barcelona
[55] El Real Colegio de Artillería de Segovia fue fundado en 1764 durante el reinado de Carlos III
[56] Aunque en nuestros rastreos por bibliotecas españolas solamente hemos encontrado dos ejemplares; uno en La Biblioteca Central de la Marina de Madrid y otro en la Biblioteca Pública de Mahón en las Baleares; más un tercero de nuestra propiedad personal: todos ellos referidos a la segunda edición de 1821: Théorie des Machines Simples en ayant égard au frottement de leurs parties et a la roideur des cordages, par C.A. Coulomb, Nouvelle éditions, Paris, Bachelier, 1821.
Con la obra de Gaspar-Gustave Coriolis (1792-1843) ocurriría otro tanto; nunca se tradujo al castellano aunque su presencia en establecimientos militares españoles es algo menos escasa que la de Coulomb. De su Traité de la mécanique des corps solides et du calcul de lèffet des machines (1829 hemos encontrado 4 ejemplares de la edición de 1844, en la Academia de Artillería de Segovia, Biblioteca Central Militar de Madrid, Fábrica de Artillería de Trubia y en el Observatorio de la Armada de San Fernando en Cádiz.
[57] José María de Odriozola y Oñativia (Cestona 1786-1864) formado como artillero en la Academia de Segovia y años más tarde ascendido al empleo de general de brigada, constituye una figura señera en la recepción, pedagogía y aplicación de la ciencia ilustrada en España, que traspasó los límites de su aplicabilidad al ámbito estricto de los ejércitos, contribuyendo como muchos otros oficiales de los cuerpos facultativos – incluidos los médicos militares – a las artes fabril/industriales y al control sobre todo, de las enfermedades pestilenciales. Así, Odriozola sería uno de los promotores de instituciones científicas tan emblemáticas como la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Barcelona (1847) o del Real Seminario Científico e Industrial de Vergara (1851) produciendo numerosos escritos de divulgación científica que fueron desde su primera obra de naturaleza estrictamente militar/artillera Compendio de Artillería (1827) pero utilizando un instrumental científico riguroso apoyándose en el cálculo diferencial, pasando por su voluminoso Curso completo de matemáticas puras (1833) sus Memorias o anotaciones de 1836 relatando las experiencias y conocimiento adquiridos en sus viajes a Francia, Inglaterra y Alemania, su magnífico libro Mecánica aplicada a las máquinas operando (1839) verdadera y única introducción de la obra de Coulomb en España – y especialmente en lo que se refiere al “Trabajo de los hombres”- un escrito sobre el Fomento de la enseñanza primaria y secundaria desde la utilización de las ciencias físico/naturales para terminar unos años antes de su muerte con un tratado sobre la importancia de las ciencias en el proceso de industrialización español que nuca se llegaría a imprimir y, que probablemente pudo estar rotulado como Memoria nacional e Industrial
Vide, Xavier Lasalle, Auñamendi Eusko Entziklopedia, 1992; José Serrano, De las bellas artes a las ciencias matemáticas y físicas, 2009; Rafael de Francisco, La cohabitación entre ergonomía y psicosociología, 2007.
[58] Y también de Navier y Poncelet con algunas referencias laterales a Vauban retomadas de la Science des Ingenieurs (1729) de Belidor. Vide, Rafael de Francisco, 2007.
[59] La edición original de esta obra (Paris, chez Moutard, 1782) no la hemos podido encontrar entre los fondos de la BNF. Que nosotros sepamos solamente existirían dos ejemplares inventariados en el mundo de esta primera edición; Uno en Harvard y otro en la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo.
[60] Odriozola: op. c. p.13
[61] Odriozola: op. c. p. 13
[62] Odriozola: op. c. p. 14
[63] La obra de Charles Babbage (1792-1871) “On the Economy of Machinery and manufactures” (1832) fue traducida al castellano por José Díez Imbretchts en 1835 (Madrid, Imprenta de Sancha con el título “Economía de máquinas y manufacturas”
[64] Claude-Lucien Bergery (1787-1863) Ingeniero francés, profesor junto a Víctor Poncelet en la prestigiosa Escuela de Artillería de Metz al que bien se le puede considerar como un pionero de la formación técnica profesional europea. Desde esta perspectiva su obra más representativa sería sus dos tomos de Économie Industrielle (1829) que fueron traducidos al castellano en dos ediciones; la primera de 1834, traducida por Luis Francisco Silvestre y editado en Madrid, imprenta de Miguel de Burgos. El tomo I lleva como subtítulo Economía del Obrero y el tomo II, Economía del Fabricante. Habría una segunda edición española bajo el rótulo: Economía Industrial o sea, Ciencia de la Industria, Barcelona, por J.Verdaguer, 1842.
[65] Henri Fayol (1841-1925) fue un ingeniero turco que desarrolló una serie de principios organizacionales del trabajo superadores del supuesto cientificismo de Winslow Taylor (1856-1915) en los que daba un protagonismo especial a la formación y habilidades profesionales que manifiestamente serían siempre minimizadas en el diseño taylorista.
[66] Odriozola: op. c. p 145
[67] De Navier, probablemente retomadas del libro de Belidor “Architecture hydraulique”(Paris, chez F. Didier, 1819) y con respecto a Poncelet, con toda seguridad de su “Cours de mécanique Industrielle” (Metz, chez Tavernier, 1830)
[68] Obra manuscrita de ingeniería hidráulica cuyo original se encuentra por ahora perdido confeccionada hacia mediados del XVI y cuya autoría parece que todavía no está del todo resuelta aunque últimamente se suele atribuir al ingeniero y matemático Pedro Juan de Lastanosa nacido en los inicios del quinientos y fallecido en 1576. Otras atribuciones mencionan a Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) un prolífico y autodidacta militar navarro que escribió en 1606, un tratado absolutamente pionero sobe la construcción y utilización de máquinas de vapor adelantándose a los científicos europeos y además, ampliando su funcionalidad a utilidades tan novedosas como las del aire acondicionado.
[69] Odriozola: op. c. p. 168
[70] Tomo I, Economía del obrero y tomo II, Economía del fabricante.
[71] Bergery: op.c.T.I., pp., 21-22
[72] Bergery: op.c. T.I., p.25
[73] Bergery: op. c. T.I., p. 131
[74] Bergery: op. c. TI., p. 162
[75] Bergery: op. c. TI., p.158
[76] Bergery: op. c. T.II., p.26
[77] Bergery: op. c. T.II., p.99
[78] En el sentido de que no son prolongaciones energéticas del cuerpo, como el martillo del par mano/brazo sino artefactos sin conexión anatómico/funcional directo con el cuerpo. Por eso se llamaban “ingenios” a diferencia de las herramientas. En principio cuando el trabajador usa un martillo se puede fatigar…mientras que si utiliza una fresadora, herramienta de una herramienta y relacionada con el par mano/brazo a modo de prolongación cognitiva y habilidad sensomotora, aunque se pueda fatigar también, su modelo de fatiga será totalmente y sobre todo cualitativa y estructuralmente diferente.
[79] Salvo el castigo de la entropía de los sistemas energéticos como quedaba contemplado en el Segundo Principio de la Termodinámica enunciado posteriormente a los escritos de Bergery en 1865 por el físico y profeta de las energías alternativas (1885) Rudolf Clasius (1822-1888) pero en cierto modo adelantados por el politécnico francés Léonard Sadi Carnot (1796-1832) a partir de sus Réflexions sur la puissance motrice du feu et sur les machines à développer cette puissance (Paris, chez Bachelier, 1824)
[80] Estamos hablando del médico/filósofo Julien-Offray de La Mettrie (1709-1751) un personaje excepcional que reconstruye durante la Ilustración parte de la tradición materialista occidental iniciada con Demócrito y Epicuro y que de alguna forma anticipa/participa del materialismo radical francés formado por una saga de “filósofos y naturalistas malditos” de la que entre otros, formaría parte la obra de Condillac, Helvetius, Diderot ( aunque fuese su más correoso crítico) D’Holbach, Cabanis y Lamarck. Sus obras más elocuentes fueron: Historia general del alma (1745), El Hombre-Máquina (1747) el Anti-Seneca (1748) en donde incluye El hombre-planta y la Vida beata y posteriormente el Sistema de Epicuro (1750) más su último escrito El Arte de Gozar (1751)
[81] El traductor de la obra de Bergery, Luis Francisco de Silvestre, utiliza sin modificar la anotación “kilograma”propia de los politécnicos franceses de finales del setecientos
[82] Bergery: op.c. T.II., p.83
[83] Bergery: op. c. T.II., p.85
[84] El obrero P.M., La industria Moderna, Barcelona, Imprenta de la viuda e hijos de Gaspar, 1869,35-37