LUGARES DEL CUERPO – CAPÍTULO 4

LUGARES DEL CUERPO – CAPÍTULO 4

IV.- EL CUERPO Y LA SALUD DESDE LA MODERNIDAD A LA SOCIEDAD DEL CAPITAL o, LA CONSTITUCIÓN DE LA BIOPOLÍTICA ESPAÑOLA

A partir del quinientos, con una Hispania que no es aún, – la probablemente nunca, o problemáticamente conseguida -, España, con la consolidación de un nuevo espacio territorial, enormemente polisociocultural bajo los reinados de los primeros Austrias y el crecimiento abirragado de ciudades como Sevilla, Valencia, Barcelona, Toledo, Valladolid o Zaragoza, se irían constituyendo al amparo del antropocentrismo laico del Renacimiento y remplazando, el antropocentrismo teológico/sacrifical medieval, nuevas lecturas sobre el cuerpo de las gentes. filosofías, relatos y gobernanzas que chocaban con la idea y modelo del cuerpo de las clases populares, esencialmente, desde la caridad teologizada – no la comunitaria popular/doméstica -, y la economía de la salvación[1] como referentes ideológicos de la ciudad de Dios, construyendo la ciudad del capital, desde la villa del mercado y la menestralía urbana, requería de nuevos imaginarios y relatos sobre los cuerpos de las gentes del común consecuentes, con un nuevo modelo de productividades sobre los mismos y, en los que no bastaba ya, con las productividades medievales de las obras de la caridad y los bonos para la vida eterna de forma, que, el hospedaje caritativo, el vagamundeo limosnero o incluso, la mera reclusión carcelaria, no era productiva para una república y una ciudad, que, desde las expediciones de 1492, se asentaba cada vez más, sobre la dinámica comercial y dineraria. Sería mucho más rentable, conducir a los presos a galeras o al laboreo en las minas y recomponer el hospedaje/almacén de cuerpos desarraigados y marginados, en espacios de formación y disciplinamiento para el nuevo orden del mercado y del Imperio.

En este proceso, de manejo y estrategias sobre el cuerpo, la medicina, la salud y la enfermedad van a tener una singular significación, aunque, arrastren componentes heredados de la Hispania Bajomedieval.

A nuestro entender, para comprender el modelo asistencial que se iría organizando, especialmente el España a partir de los inicios del siglo XVII, hay que partir, de la significación que va a tener el cuerpo, en las sociedades que van esbozando este peculiar mosaico de culturas bajo el semi/aglutinado político formado, por los reinos de Castilla y Aragón. Contando con una información muy parcelada y descompensada por diversos motivos entre los que se encuentran, la proliferación de investigaciones de carácter sincrónico y localista – en su mayor parte en lengua catalana y valenciana[2] – probablemente por ser financiadas y promovidas por las propias Comunidades autonómicas y, en cuanto a sus dimensiones, por las profundas diferencias en habilidades y cultura archivística entre las administraciones castellanas y mediterráneas,[3] en cuanto a los modelos espaciales de cobertura, sanitaria, si, podemos por el contrario, tener una lectura más diacrónica en relación a esas significaciones del cuerpo, que, muy especialmente y, seguramente, con tonalidades muy particulares, se van construyendo y heredando, desde el Renacimiento pero, con una trayectoria que hunde sus raíces en el medievo de toda la cristiandad europea. Un cuerpo que como nos recordara Vigarello se va “desencantando” y:

“…No por ello desaparecen, ni muchísimo menos, las referencias sagradas. Durante muchísimo tiempo su envoltorio parece atravesado por todas las fuerzas del mundo. Pero con el Renacimiento se aviva un conflicto cultural en el que el cuerpo se singulariza, especificando funcionamientos que sólo por el cuerpo mismo se explican.”[4]

El Renacimiento, no genera la desteologización del cuerpo; esa será una tarea de la Ilustración, y, no, de toda la Ilustración (tan solo comparemos Capdevila con Jovellanos) Lo que el Renacimiento realiza es un traspaso desde una teología del alma a una teología del cuerpo, a partir de la magia totémica del cuerpo de Cristo que se inaugura en el II Concilio de Nicea (787)[5] y que arrastrándose hasta el XVI, va ser reconstruido desde una antropología que sin ser estrictamente laica, irá incorporando sobre la cristología medieval valores derivados de un nuevo modelo de sociedad desde la que, el cuerpo del hombre – y por supuesto, del hombre bautizado -,no va a ser exclusivamente la copia del cuerpo de Cristo, sino además, un cuerpo productivo como consecuencia de una sociedad que va, pasando de una economía de la salvación a una economía del mercado.[6] Podríamos decir, que manteniendo la música teológica de la estética simbólica y catequística cristiano/medieval, se va acompañando de un trasfondo, de una letra, físico/natural que irá dando al cuerpo como estructura física/somática, una presencia de una robustez desconocida hasta entonces que, desde el nuevo saber médico, aunque sin olvidar el legado galénico, se centraliza alrededor del cuerpo, de alguna manera secuestrado por el latinismo cristiano medieval que además de la relativa prohibición de las disecciones cuando intentaba pasar de la piel a su interior se encontraba con la confusa herencia dejada por Galeno, mediante el exclusivo manejo de cuerpos no humanos (cerdos y monos) Un cuerpo que va a comenzar a ser mirado sistemáticamente por los ojos del médico desde el interior del cuerpo por medio de la práctica de las disecciones (las autopsias, etimológicamente, “mirada desde los propios ojos”) y por los pintores y arquitectos renacentistas desde la perspectivaejemplarizada por Leonardo da Vinci no solo en sus obras pictóricas sino además, en sus dibujos anatómicos para culminar en 1542 con la obra médico/anatómica de Andreas Vesalio en su De humanis corporis fabricaadelantada por la Anathomia methodus (1535) del médico castellano/converso y erasmista Andrés Laguna.[7] El cierre de toda esta nueva visualización médica del cuerpo, la realiza paradójicamente la fisiología renacentista mirando otra vez, hacia el interior, siendo probablemente obra del siempre perseguido (por católicos y calvinistas, que le ejecutarían en 1553) médico aragonés de ascendencia conversa Miguel Serveto a partir de sus observaciones sobre la circulación pulmonar contenidas en el libro V de su Christianismi Restitutio (1553) en donde se atreve a corregir a Galeno y a las Iglesias tanto de la Reforma como de Roma, negando la divinidad del trabalenguas teosemántico de la Trinidad.

Hasta aquí y desde esta rápida pincelada histórico/médica, el cuerpo humano se hace palpable al saber médico, probablemente porque ese mismo cuerpo se convierte en objeto tangible para el mercado y la riqueza de las naciones. En poco más de 50 años, desde 1492 a 1553, el cuerpo de las gentes en general, va a pasar de ser sujeto de salvación a objeto económico productivo o, lo que puede ser semejante a un hombre, que a semejanza de los físicos/filósofos griegos milesios intentan dominar la Naturaleza frente, a una posición de dominio y pasividad por ella.

Curiosamente las primeras miradas sociomédicas como adelanto de las posteriores lecturas higienizantes y de protomedicina moderna de los oficios y profesiones arrancan de este periodo[8]. Y, no solamente eso, sino los modelos y géneros literarios junto a las artes visuales[9] en general más, el posterior despegue de las ciencias de la gobernanza, de las sociales y las fisiconaturales acompañado, por las nuevas filosofías del movimiento y la máquina, culminadas en la mecánica humana cartesiana del XVII e incluso, del materialismo radical de La Mettrie en el setecientos.

En uno de nuestros trabajos a propósito de la salud de los trabajadores y de la necesidad por parte del poder económico/político de segmentar la población creando cartografiáis del cuerpo y del trabajo a distintas velocidades y ubicaciones espaciales con condiciones de vida y salud desiguales, escribíamos:

“…los mecanismos técnicos/científicos desde los que se intentó la visualización y manejo de los riesgos para la salud derivados del trabajo, aunque se sustentaron sobre los paradigmas científicos dominantes, estuvieron sobre todo “agarrados” al momento socioeconómico e, incluso político… De esta manera entre el quinientos y las primeras décadas del ochocientos en donde emerge, triunfa y decae el modelo político/económico estamental/mercantilista, se visualiza el cuerpo y el trabajo desde el paradigma cartesiano/newtoniano presidido por las ciencias físico/naturales…En este escenario precapitalista y prefabril, en donde junto al  trabajo gremial se desarrollaría una nueva minero/metalurgia intensiva acompañada de las primeras manufacturas y las industrias de guerra necesarias para la expansión de los Imperios, lo importante sería el desarrollo de las potencialidades del cuerpo como “caballo de sangre” o como “máquina humana”. Para ello, con posteridad a las primeras miradas de visualización dinámica como las elaboradas por Da Vinci, Vesalio o Borelli, las obsesiones de las minorías de médicos, ingenieros militares o científicos que se ocupaban del trabajo, se centrarían casi exclusivamente en calcular la productividad física/maquínica de jornaleros, cargadores, marineros, soldados y obreros de manufacturas, arsenales, navíos u oficios urbanos. De alguna manera estaríamos en una especie de madrugada del taylorismo, que supondría una mirada dinámica sobre la productividad fisiológica del cuerpo que funcionaría como metáfora del progreso burgués frente al diseño aristocrático/feudal del cuerpo y de la sociedad basada en la sucesión sanguínea…”[10]

  Sin demasiada exageración podríamos decir, que el cuerpo como significante central de toda la estructura cultural, científica y, hasta política, de la sociedad occidental va a cobrar desde estos años iniciales del quinientos, un protagonismo impensado e inexistente en todos los siglos anteriores, salvo posiblemente, en los dos siglos del esplendor de las ciudades/estado de la Grecia clásica Atenas y Esparta.[11] Un cuerpo además sobre el que el saber médico va a funcionar como correa de trasmisión de los intereses políticoeconómicos, probablemente, dentro de la ingenuidad y beatitud de la mayoría de los científicos que en general, pensamos que, en esos tiempos – sin las reflexiones marxistas (1848 y 1867) y sin la Alicia de Carroll (1865) –  no eran conscientes, o no del todo -, de quién mandaba realmente en el asunto. Dentro de ese beato saber científico queremos detenernos en la recomposición dinámica que ya en el setecientos se realizaría transformando los equilibrios humorales de los hipocráticos a partir de la teoría browniana sobre la enfermedad y, desde la cual, el cuerpo humano va a ser leído desde la teoría médica de la excitación según dos componentes; uno esténico consistente en un predomino de efectos excitantes, otro asténico, con mecanismos y efectos disminuidos de excitación, que bajo una aparente inocencia científica van a ser significativamente decisivos para segmentar el cuerpo de las gentes casi hasta nuestros días. Ya, en Elementa Medicinae (1780) de John Brown, al enumerar los remedios para cada una de las enfermedades según las dos constituciones, recomendaría para las personas esténicas; “vómitos, aire frío y purgas” mientras, que, para las esténicas; “opio, bebidas alcohólicas” y sobre todo, “rosbit ”que años más tarde servirá para que numerosos médicos higienistas del tiempo de la fábrica y la mayoría de los primeros psiquiatras edificasen una terapéutica y gobernanza del cuerpo diferenciada, según su estatus, oficio y en definitiva clase social, alineada totalmente con las políticas de la creciente sociedad del capitalismo de producción industrial. Cuerpos del proletariado fabril, cuerpos duros y esténicos, resistentes al frío, las 14 o 16 horas de trabajo y por supuesto, con determinadas necesidades alimentarias[12], y si se trata de jornaleros agrícolas bendecidos por el aire puro del campo, frente a los cuerpos de las clases acomodadas, cuerpos frágiles, necesitados continuamente de carne, medicamentos euforizantes y bebidas excitantes; cuerpos de los que no habrá que temer nunca, los excesos  que desde una sobrealimentación o cuido excesivo se pueda desencadenar en el ya, de por sí, avieso y sobreexcitado cuerpo del obrero. Un cuerpo además que emocionalmente no sufre como el de las “gentes de letras” sometidas al desgaste psíquico y mental. En último lugar, el cuerpo del trabajador, no tiene que pensar; es tan solo, una máquina de sangre.[13]a la que, como tal, habría que atender; simplemente, echando “más madera” sin importar mucho su calidad

Uno de los cometidos que, nuestro entender, tendría aún un amplio recorrido para la sociología de la medicina sería el de la reflexión sobre la relaciones entre la estructura social y la propia historia del saber médico (anatómico, fisiológico, bioquímico, neurológico, psiquiátrico y terapéutico) en relación con la concepción del cuerpo en los recorridos de la modernidad a nuestra actual sociedad de la postmodernidad líquida, virtual y desbiologizada de cuerpos desmenuzados que, de alguna manera y, precisamente a partir del modelo de sociedad inaugurada por el Renacimiento, estaría en cierto modo desvirtuando el – por otra parte insuficiente/incompleto -, modelo de equilibrios integradores de la medicina hipocrática. Probablemente, el Nacimiento de la clínica de Foucault, aparte de suponer una integración/sistematización espacial y terapéutica de la mirada médica pudo suponer una cierta desmembración de la individualidad del cuerpo/persona como sujeto continuamente diferenciado y único que, se nos presenta siempre y machaconamente como una entidad nunca, “científica y unívocamente” entendible desde elementos conceptuales aislados, sincrónicos, concretos y atomizables. En el fondo, la ingenuidad de confundir la posible matematización de la naturaleza con la imposibilidad de matematizar el cuerpo humano, no solo en su comportamiento y su esencial sociabilidad[14], sino, además, en su propia materialidad somática a través de la salud y la enfermedad. Probablemente toda la historia de la medicina moderna hasta la actualidad no haya sido otra cosa que la ensimismada tarea de conseguir y encontrar elementos catalizantes/causales, individualizados y agónicamente atomizados de la enfermedad. Una historia – repetimos que en nuestra humilde opinión como sociólogo -, se habría engatillado en su insistencia en la localización de la enfermedad en algún lugar del cuerpo o de los componentes de su estructura fisiológica, sea ésta, celular, bioquímica, neural o genética, olvidando – o ladeando -, quizá, esa compleja amalgama de operadores soma/fisiológicos, psicológicos y sociológicos que conforman la esencialidad de la corporeidad humana en su transcurrir desde la vida a la muerte y que, además no se debe quedar ni en el buenismo sociomédico de la declaración de las Naciones Unidas sobre la salud (OMS, 1946) ni siquiera en las nuevas corrientes del neohipocratismo médico. La cuestión para nosotros, estaría en el camino intelectual, que lúcida y sosegadamente nos marcaba el profesor Laín Entralgo en la introducción a su Historia Clínica, señalando que:

“Todo saber científico tiene su historia propia; ha nacido en tal lugar y en tal época, ha sufrido tales y tales vicisitudes a lo ancho de las tierras y a lo largo de los siglos…”[15]

Dentro de los saberes científicos, habría dos derivaciones que, en relación con su propia historia y circunstancias se nos presentan con una especial y significante determinación histórica, que, a nuestro entender, serían el saber médico y ese peculiar saber – comprensivo -, al que venimos en denominar como sociología. Ambos saberes presentarían un basamento nuclear sustentado principalmente sobre una realidad objetual indiscutible que no es, otra cosa que el cuerpo; y, además un cuerpo, de compleja estructura físico/bio/social, que es capaz de sentir, sufrir, desear, amar, pensar y comportarse con relación a sí mismo y sus congéneres según formas y hábitos diferentes a las de otros seres vivos, con un añadido más, que es capaz, de establecer interrelaciones sobre su propio habitat biofísico para bien y para mal pero también, con una potencia inigualable a la de otros cuerpos y organismos animados. En suma, podríamos decir que el cuerpo humano, es esencialmente un ente, una realidad histórica compleja, que implicaría una manera de existir flexible, dinámica y a la vez integrada a partir de una particular estructura física, neural, biológica y sociocultural, que la hace particularmente inaprensible cuando se intenta desmenuzar/desintegrar. Y precisamente, esta operación de desintegración, frecuentemente, ha sido y es, continuamente intentada y reintentada desde la mayor parte de los saberes médicos y sociológicos académicamente instaurados; probablemente, con una robustez más intensa a la de otros saberes. En este sentido y retomando nuestro asunto, el saber médico y el espacio operativo que se va instaurando desde la modernidad occidental parece tozudamente instalado en una insistente desintegración/atomización clínica y terapéutica sobre el cuerpo que llega además a influir sobre los modelos físico/espaciales en los que se despliega la mirada y la empiria clínica, como los hospitales; el lugar emblemático/hegemónico para la cura desde el setecientos. Todo un insistente recorrido que probablemente se mueve en el beatismo de un progreso científico indefinido “ad astra per aspera” que, además coincide con los recorridos e intereses, del mercado en su constante “individualización” del existir humano que ha puesto orejeras al saber médico continuamente obsesionado, por una inveterada “búsqueda del bicho”. Probablemente atreviéndonos a ser iconoclastas, diría que una de las virtudes y a la vez, ingenuidades del marxismo, es su atomización universalizadora[16], su peculiar “búsqueda del bicho” en su teoría de la historia humana. Pues bien, la medicina mantiene esta peculiar tendencia mirando al cuerpo por parcelas y además ahora, cada vez, con mayor intensidad desde el laboratorio y los artefactos de la moderna mirada médica asentada en las biotecnologías. Nosotros, que siempre hemos entendido el ludismo como una práctica visceral e ingenua; sin caer en mientes, el problema no está, en la máquina o la tecnología; simplemente reside en lo sociopolítico; en responder a la pregunta: ¿quién manda sobre los objetos de progreso?, sean el laboratorio, la selfactina, el ordenador o la resonancia magnética; o al igual que, como en el terreno de la sociología, funciona la encuesta informatizada cuando hegemoniza la mirada sociológica.  

Desde una apretada y concisa ojeada a la historia de los saberes médicos desde el quinientos, nos vamos a encontrar con una mirada que intenta penetrar el cuerpo según una geometría matematizable que, a pesar del encuadre volumétrico/integrador de la perspectiva, inicialmente estática y más tarde dinámica a través del modelo anatómico de Vesalio o Da Vinci y la posterior iatromecánica de Borelli, con su obra Motu animalium (1680) esencialmente, va a consistir en desmenuzar el cuerpo en dos direcciones; una desde la superficie “mirando hacia dentro” en busca de las vísceras para rastrear la enfermedad mediante el bisturí y la disección; la segunda “hacia fuera” desarrollando la idea de organismo y sobre todo de constitución construyendo una semiótica clínica que combinaría en un espacio cercano al euclidiano la lesión con la parcelación del organismo en “constituciones” estanco, de alguna manera diferenciadas del enfoque hipocrático/galénico de la mirada médica clásica según también dos ejes, pero dos recorridos integradores e integrados de una especie de unidad dinámica y cosida desde el equilibrio de los humores; los más básicos de la cuaterna hipocrática o, los ampliados ya, antes por la escuela de Crotona ampliándolos con lo dulce, lo amargo, lo ácido y lo acerbo al recorrido de una mirada médica que, no obstante, abarcaría todo el cuerpo, aunque tácticamente lo recorra desde la cabeza a los pies – “a capite usque ad pedibus” -,siguiendo una trayectoria embriológica. Probablemente para algunos científicos actuales de la medida y de la convicción absoluta de su saber, que lean desde su instalación inamovible en la ciencia, este relato de la medicina antigua desde el paradigma actual de lo que se entiende por científico, desprecien como antigualla más o menos acientífica este significante legado clínico, que bajo un lenguaje solamente entendible desde el posado sociohistórico y cultural del que nace, posiblemente se acerque, desde este arropamiento y camuflaje simbólico de las palabras, mucho más, a la comprensión de la enfermedad como proceso vital, que muchos, de nuestra desintegrada y minimalista mirada acuñada como científica. De cualquier manera, como esto lo predica un sociólogo no tendrá mucho recorrido. En la suma de todos estos humores y puede que, escondido bajo el manto retórico de la palabra, estaría contenido todo el leguaje moderno de los “modificadores sociales” al modo de los higienistas sociomédicos del ochocientos[17] e, incluso, parte del bienintencionado discurso integrador de la O.M.S. en 1946, continuamente atacado desde posiciones pretendidamente holísticas, como el neovitalismo del filósofo y biólogo alemán Hans Driesch (1867-1941) que se atreve – aunque, por qué no -, a corregir a Darwin y Haeckel, por considerarlos en exceso materialistas y mecanicistas planteando, un relato que intenta ser omnicomprensivo de la enfermedad y que, en el fondo, se desliza hacia una especie de espiritualismo neoteológico al modo bergsiano en la medida que si en la vida no hay materia, lo que se encuentra van a ser los dioses; planteando, una especie de tautológico “vitalismobiológico”  leyendo el cuerpo y la enfermedad, como integración de un principio vital/natural autónomo, que, por otra parte, no estaría muy alejado del atomismo biotecnológico posmoderno.

Sin dar más vueltas al asunto, nos encontramos con que, esa mirada atomizada/desintegrada sobre el cuerpo enfatizando la lesión, la célula, el bicho o el gen y, a pesar de sus innegables eficiencias terapéuticas, puede estar emborronando el saber médico. Quebrantos que, habrá que descubrir bajando a la mina de la corporeidad, segmentando, parcelando el cuerpo como un organismo troceado por entidades morbosas individualizadas que, hasta hoy en día, organizan toda la arquitectura terapéutica con médicos especialistas para pies, cabezas, ojos, riñones, estómago, corazón, emociones, comportamientos y neuronas, que, solamente en lo económico/social, se habría en algunos países y, muy recientemente, – siempre bajo la ansiosa y contínua vigilancia del mercado -,liberado de la segmentación y exclusión social por los sistemas de medicina pública universal. Miradas que se realizan además desde un apropiado espacio nosocomial que, va a ser el hospital pretendidamente generalista de la actualidad. Todo un modelo médico/asistencial que, aunque con críticas – principalmente -, a su horma funcional, habría consolidado definitivamente – nosotros añadiríamos tan solo, en principio -, el modelo médico/científico de lectura del cuerpo y de la enfermedad, asumido, controlado y dirigido por un amplio y diversificado estamento médico/sanitario altamente cualificado especializado y profesionalizado, que posiblemente, no pueda ser de otra manera, dada la complejidad, amplitud y profundidad que requiere el saber y la empiria médica en la actualidad pero, puede que acompañada de una cierte falta de perspectiva integradora de carácter estructural.

Un espacio, exclusivamente dominado y controlado definitivamente por el médico-científico y en donde desde hace por lo menos doscientos años se habría expulsado cualquier mirada sanitaria, desde las heredadas de empírias y saberes de otras culturas médicas como de las populares y tradicionales[18] arrastradas de sanadores hebreos o árabes muchas de ellas transmitidas de abuelas y madres asentadas en espacios domésticos y regionales; todas ellas, culturas asistenciales y curativas probablemente rudimentarias y, no amparadas por referentes especialmente “racionales” pero que, durante más de quince siglos habrían cubierto de alguna forma – y de qué manera – la salud de millones de hombres, mujeres, ancianos y niños. Prácticas y saberes probablemente poseídos de una mentalidad curativa más holística y comprensiva[19] que, el de la cura científico/médica moderna.[20] En donde el individuo, más que paciente, era sujeto/protagonista de su propia cura.

En cuanto a los lugares y espacios de la cura, nos vamos a encontrar desde el siglo XVI con una cierta reproducción de los modelos arrastrados desde el Altomedievo, pero con una diferencia sustancial derivada de la reconstrucción progresiva del legado clínico/galénico asentado sobre la forma (eídos) la variación (trópos) y la condición o constitución (la katástasis noúsi) construyendo patografías médicas a modo de mapas de la enfermedad en donde iría apareciendo a partir del Renacimiento como nos recordara Laín (1950,67) una clara individualización del estudio y visualización de casos, dando lugar a la definitiva consolidación de la historia clínica ya, inaugurada durante la Baja Edad Media con la creación de los Studium generale mediante dos mecanismos médico/pedagógicos: la “consilia” y la “observatio [21]. Pero la “consilia” y fundamentalmente la “observatio” necesitan un acotamiento espacial a modo de inaugural laboratorio en donde se pueda mirar al enfermo controlando, las variables no estrictamente nosográficas; este espacio va a ser el hospital renacentista; el hospital de la ciudad del Rey y las burguesías del mercantilismo antes, del hospital de la ciudad del capital y de una burguesía consolidada, desde donde van creciendo chimeneas fabriles, que desdibujan la silueta de catedrales, conventos y palacios.

Un especio, el nosocomial renacentista que, sin embargo, no será el único desde el que se mire el cuerpo. Aparte de esta mirada que va lentamente consiguiendo la desacralización hegemónica eclesial/teológica de los hospitales medievales hay otro espacio más, que será el universitario, al que nosotros añadiríamos, el escritural, literario y/o científico asentado y propagado por la imprenta y la cultura científica humanista/renacentista que, enlazaría con los enfoques, físico/químicos y biológicos del XVII, el siglo de la razón, para afirmarse definitivamente en XVIII con una razón “naturalista y matematizable” que desde las ciencias naturales se hace “luz filosófica y sociopolítica”; una luz ilustrada que pasando por los filósofos ilustrados desemboca en la Revolución y en el discurso de los ideólogos de la Convención para ser imparable con el añadido de los primeros científicos y filósofos sociales del XIX, Saint-Simon, Comte y Marx, de manera que este cuerpo de las gentes que solamente había sido mirado “institucionalmente” en su totalidad, desde lo teológico/eclesial, comienza a ser mirado desde la razón, la ciencia y la sociedad; desempolvando y recuperando de algún modo la mirada aristotélica. Una nueva mirada desde el quinientos, probablemente de mayor robustez en los países de la Reforma, pero que va obteniendo señorío en todo el occidente europeo, trasladándose a su vez a modo diferenciado a tierras americanas y que iría leyendo el cuerpo desde la razón y la ciencia, aunque, posiblemente manteniendo un cierto fundamentalismo que va a sustituir las seguridades teológicas por la seguridad científica en un supuesto y seguro recorrido “ad astra”.

Toda una paradójica trayectoria que partiendo, de un cuerpo como máquina sacramentada de esfuerzo, sufrimiento y sangre, sometida a las pasiones y, que solamente puede ser controlada/guiada por la religión y el rey, a una máquina cognitiva que, empezaría a ser dirigida desde la razón y la ciencia para que, a partir de una tercera fase, en los finales del siglo XX vaya dando paso a un nuevo modelo de corporeidad absolutamente desbiologizado como máquina robótica/génico/neural, desprovista de cualquier obscenidad biosocial; el cuerpo humano como máquina perfecta, reproduciendo en parte, el relato cartesiano pero ahora sustituyendo engranajes, poleas, fluidos y glándulas pineales por neuronas, genes y nanocircuítos bioquímicos pasando, de las ingenierías de la materia a ingenierías absolutas de la vida y de la muerte. Podíamos decir que en poco menos de cincuenta años, Dios se habría hecho neurona y gen; de haber sido biologizado en el setecientos y diez y ocho, se habría otra vez, desbiologizado desde un diseño científico que retoma de que, manera, el fundamentalismo sagrado de la sociedad medieval, mediante un nuevo modo de teologizar la razón. Toda una búsqueda de la enfermedad que en la actualidad ha llevado a una especie como diría Le Breton de “fastuosa fragmentación del cuerpo[22] llevando a una suerte de opacidad/invisibilidad del cuerpo; a su desbiologización que en el fondo implicaría además su dessocialización, porque el cuerpo humano no es solo biología, no es solamente materia; probablemente la única materia viva, que supone un nosotros, una esencialidad y una construcción social.

Siguiendo el rastro a estos recorridos nos encontramos que a partir del Renacimiento el cuerpo se convierte como diría Jacques Gélis[23] en una “referencia permanente”; en “sujeto de la historia” lo que no impide que este cuerpo biologizado/socializado y al mismo tiempo sacramentado, sea un cuerpo estigmatizado por el pecado original. El cuerpo simbólicamente considerado ya no es lo “no visto” del Dios del Antiguo Testamento, sino el Jesús/Dios hecho carnalidad y materia humana del Nuevo Testamento, un cuerpo pecador y al mismo tiempo un cuerpo redimido por la cristología patrística y evangélica. Un cuerpo como reproducción metafórica del Cristo/Dios que, manteniendo una teológica mezcla de naturaleza y divinidad, se ve, palpa y se hace imagen desde los concilios de Nicea y que, además, se irá pudiendo orodar/diseccionar a partir del siglo XIV[24] bajo dirección del médico -físico, pero materialmente ejecutada por la mano de un barbero-cirujano. En este sentido, lo que consigue sobre el cuerpo el Renacimiento, es sacarlo del templo, como tabernáculo  “non tangere” y, de los diseños productivos de la economía de la salvación para colocarlo, en la historia social, en las necesidades de una economía que le necesita como objeto productivo, más, que, como sujeto de caridad para la salvación en la otra vida, colocándolo en la vida de la realidades ancladas en la cotinadiedad de la subsistencia, la salud o el sufrimiento; en las realidades de la vida, el poder y la muerte. De esta manera, le va anclando en la historia de forma desacralizada a pesar, de que esa desacralización siga en parte, resistiéndose tenazmente con púlpitos, cátedras, confesionarios y “Sillabus” – particularmente por nuestros pagos -, durante siglos.

Sin embargo, nos atreveríamos a decir, que, a pesar, de este aparente y lento triunfo de la razón, las cosas no estarían tan claras y unívocas, posiblemente este enfoque bipolar que se inicia en el altomedievo en la frontera con el altoimperio romano/cristiano, fue demasiado fuerte y profundo organizando cicatrices permanentes en los pliegues más sensibles de la mentalidad de las gentes, del occidente europeo. Podríamos decir que la visión culta del cuerpo en Occidente se fabrica desde el relato eclesial y religioso no solo del catolicismo romano sino también de las iglesias de la Reforma a pesar, de no contar éstas, con los potentes recursos catalizantes de la imagen y el barroquismo teatral de la liturgia trentina.

Peo éste, es tan solo una parte de la cuestión. Nos queda el relato popular; el de las gentes del común pero como nos apunta la antropóloga francesa Nicole Pellegrin (2005) hay más cuerpos: “…las de los ausentes de la historia” cuyos “indicios de su existencia corporal son tenues, dispersos y generalmente malévolos…el cuerpo de los humildes, pobres gentes y gentes pobres, impura refracción en el espejo angustiado de los discursos cultos, generalmente no existe sino por la gracia de contabilidades abstractas, las de las administraciones del pasado (religiosas o laicas), las de los historiadores de hoy…y se caracterizan precisamente por no hablar jamás del cuerpo, sino de aquello que lo anima, lo mejor, lo que pertenece a Dios, es decir el alma…”[25]

Y, sobre todo, no que haya más cuerpos, sino que habría un sistema de percepciones y valoraciones del cuerpo diferentes a los del discurso religioso y, especialmente del construido desde los cristianismos valorando el cuerpo, porque tiene alma y, presentando una significación relevante en el cuerpo muerto; probablemente el cuerpo por antonomasia en la medida en que, representa, un cuerpo integral, algo del que el alma se habría escapado. Ese miedo ancestral generalizado en los imaginarios populares de casi todas las culturas de que, hay que hacer desaparecer el cuerpo muerto, quemándolo (en las orientales) o enterrándolo en las cristianas occidentales; en definitiva, enterrar decentemente el cuerpo que aparte de constituir una reivindicación constante y aún, claveteada como reivindicación política en algunos países como España ha formado parte de la cultura popular sobre el cuerpo, cubriéndolos con telas o ropajes para más tarde recopilar/enterrar y, que, bajo el imperio de las leyes habrían sido descuartizados y expuestos a la vista o a ser devorados por animales. Un cuerpo además que, al no tener alma, puede ser agredido sin ningún escrúpulo ni piedad, en nombre del rey, la república o los dioses.

Estos cuerpos por antonomasia; cuerpos sin teologizar, sin sacramental y, sin medicalizar por la ciencia, ejemplarizados en el cuerpo de los muertos, van a constituir, el núcleo basal de los imaginarios populares sobre el cuerpo incluido todo el arsenal de consejas orales y comportamientos heredados familiar y “trivalmente”que van más allá, de los textos y escrituras cultas, sobre higiene, alimentación y vida cotidiana, que, en ocasiones genera críticas y negativas ante el higienismo dietético eclesial para nobles caballeros, – con la diligente prohibición de comer carne los viernes penitenciales de  Cuaresma -, desde la cultura popular de gentes que, casi no tienen opción de catarla durante todo el año alimentándose continuamente, de pan y vegetales y, que además si lo consiguen, sufrirán un costo adicional, mediante el pago de la consiguiente Bula denominada de “la Santa Cruzada”…para reír o llorar.

Y, llegamos al eje central de visualización del cuerpo por el común, por las clases populares, por la mayor parte de la población que, no es otro, que desde el trabajo; sea, agrícola, artesanal, prefabril, obrero maquínico, terciario, cognitivo o telemático; de cuerpos en general agotados por esfuerzos que, siendo sentidos fisiológicamente a menudo quebrantan y corroen no solo el cuerpo sino el alma y el carácter (recordando al Sennett de 1998)

Este cuerpo de la vida cotidiana construido, sentido y percibido desde el trabajo, en principio será algo ajeno a la mirada médica probablemente, hasta que Ramazzini[26] lo introduce a partir de su Morbis artificum (1700) en la anamnesis clínica con un cierto discurso inaugural que partiría del quinientos con Agrícola y Paracelso[27]

RAMAZZINI

Las repercusiones del trabajo sobre el cuerpo y las enfermedades no dejarían de ser a pesar de Ramazzini o Agrícola, precedidos por algunos historiadores griegos, algo tardíamente evidente para la medicina. Recordar tan solo, las palabras del médico e inaugurador en parte, de la psicosociología del trabajo y la fatiga en España: Luis Simarro, en una conferencia dictada en la ILE a propósito del “Exceso de trabajo mental en la enseñanza” (1887) que realmente, versaría sobre la fatiga obrera[28]pero integrándola, dentro de las condiciones de su trabajo y vida cotidiana.

Desde la mirada de la medicina: hasta los primeros años del setecientos en la Europa de las ciudades y los oficios en/de la ciudad protofabril y en España, bien entrado el siglo XIX, la visualización del cuerpo de los trabajadores; un cuerpo agremiado y de alguna manera que trabaja con todo el organismo, como el obrero de las manufacturas y atarazanas o el mayoritario jornalero/a agrícola, sus patologías y quebrantos serían fisiológicamente generales y agarrados en un sentido estructural a la naturaleza. Sus enfermedades son sustancialmente roturas del cuerpo como una parte de una naturaleza que, a la vez, también se rompe; especialmente, cuando son trabajos excesivos; simplemente el cuerpo se quiebra sin especificaciones relacionadas con la topografía corporal. El elenco mórbido se reduce en líneas generales a la lesión, la fatiga y los aires morbíferos de la mina junto a algunas tareas agrícolas -como el macerado del cáñamo[29] -, o los envenenamientos de los metales. Los otros aires, los de la ciudad del rey; menestrales, comerciantes, propietarios, caballeros y clérigos, si de alguna manera se relacionan con el trabajo será a modo aún tangencial, como los informes que a instancias del ayuntamiento realizaría primero la Academia médico-práctica de Barcelona en 1781 más, un segundo dictamen a instancia del mismo rey Carlos III, encomendado al médico Joseph Masdevall en 1784,[30]dado que, la razón principal de estos dictámenes, giraba alrededor de la elevada morbimortalidad de la población y que, en ocasiones se relacionó con las emanaciones de talleres y fábricas ubicadas en una ciudad, como la de la Barcelona de la época, encorsetada por sus murallas.

MASDEVALL

La novedad que introduce Bernardino Ramazzini en su mirada hacia el cuerpo del trabajador agremiado de finales del siglo XVII, aunque, no pueda ser la misma que, la realizada posteriormente por los higienistas del trabajo fabril/maquínico se nos presenta de un enorme interés para comprender, como va evolucionando esa lectura de la pérdida o quebrantos de la salud en la mayoría de las gentes y especialmente, a las que tienen que sobrevivir mediante el trabajo. En primer lugar, este médico ampliaría el interrogatorio anamnésico hipocrático. En el prefacio a su De morbis artificum (1700) nos diría:

“…Muchas son las cosas que el médico, al atender a un enfermo, debe tratar de averiguar, bien a través del mismo paciente, bien a través de los que le atiendenconviene que le preguntes qué le duele, cuál es el motivo, desde hace cuántos días, si hace de vientre y qué alimentos toma -. Palabras son éstas de Hipócrates en su libro De las afecciones; permítaseme añadir también esta pregunta: – y qué oficio desempeña -, …considero muy oportuno, es más, necesario, no dejarla en olvido…”[31]

La introducción del oficio y, por ende, del trabajo como nueva categoría nosológica constituye para nosotros el cierre y saturación de las “sex res” de la medicina greco/medieval y renacentista, suponiendo el salto al estatus del cuerpo y la enfermedad ligada a la naturaleza a la sociedad de la máquina para ser en nuestros días, a la sociedad de la máquina cognitiva. [32]

En segundo lugar, Ramazzini amplia el mapa corporal de las enfermedades laborales hasta entones mayoritariamente enfocada a las intoxicaciones de la minería y el manejo de los metales y sobre todo al cuerpo como herramienta total de trabajo, que, recordando los comentarios del geopónico romano Marco Terencio Varrón[33], no sería otra cosa que un “instrumentum vocale” que, todavía no es, una máquina de sangre. La mirada patográfica de Ramazzini, inaugura de alguna manera la mirada médica de la modernidad, precisamente desde su enfoque iatromecánico, que no supone otra cosa que la reproducción del mecanicismo cartesiano desde la medicina. Ahora el cuerpo al ser una máquina es un organismo mecanizado, cuyas partes y componentes se quiebran, se desarticulan, no funcionan correctamente por desajustes, excesos, movimientos posturas y ritmos forzados o se intoxican, se “oxidan, y corroen” por las emanaciones de la mina o el refinado de los metales.

Aunque el relato médico/clínico de Ramazzini se mueva en un tiempo desde el que no se otea aún, la sociedad industrial, y en la que, el cuerpo del trabajador es mayoritariamente el del jornalero rural y, en la ciudad, el obrero artesanal/manufacturero, sometido y la vez, amparado por el gremio y la familia, supone una mirada más detallada sobre la relación cuerpo-trabajo que se resuelve por una parte, en un amplio inventario de oficios y profesiones, desde soldados y marinos hasta “vírgenes consagradas” pasando por magistrados y zapateros; en total 54 actividades. Cuerpos también visualizados según la manida bipolarización habitual; cuerpos de las clases medias y altas que, sufren y, sobre todo se debilitan, aumentando su gradiante “asténico” y, cuerpos de las clases populares y trabajadoras, que materialmente se quiebran y deforman a pesar de su arquitectura fisiológica “esténica,” por las fatigas de sus condiciones de vida y trabajo.

De cualquier manera, con lo que nos encontramos, serán dos recorridos; el experto y, canónico representado por los médicos, y el popular/tradicional, mayoritariamente centrado o girando preferentemente a través del trabajo en el hombre y, el construido desde los entornos de la mujer, reposando sobre el embarazo/parto, el niño y la alimentación. Posteriormente, a partir del siglo XIX, el relato higiénico, que intentaría aglutinar mentalidad femenina y masculina, relacionando espacio público, hogar y fábrica.

El relato médico sobre el cuerpo que estamos viendo que se iría desacralizando lentamente, desde sus contenidos en el Corpus Hippocraticum y más tarde, de la escuela salernitense para entrar en la modernidad occidental de la mano de la fisiología anatómica de la lesión y las patografías de la observación; un cuerpo ya, claramente mirado, al igual que la naturaleza, desde el canon de las ciencias físico naturales aunque, sin liberarse aún de la tutela y continuada vigilancia de las iglesias que astutamente seguirían defendiendo el principio de los dos cuerpos[34], el fisio/somático que se lo dejan a la ciencia y al Estado y el espiritual, el de la moral y el alma, que le dejarán durante siglos a cargo del magisterio del púlpito, el confesionario o incluso, la escuela.

MATEO ALEMAN

Hasta el ochocientos, estos cuerpos duros e indómitos – cuerpos esténicos -,  del jornalero, solamente se envenenan o quiebran por emanaciones de la mina o por los excesos de su actividad mecánica, aunque, según nuestra opinión la literatura médica de estos años[35] nos parece más centrada en los aspectos de intoxicación en las explotaciones mineras más productivas para la Corona que a los quebrantos estrictamente relacionables con la fatiga o las condiciones de vida y sobre todo, a los trastornos psicoemocionales reservados exclusivamente para las clases acomodadas y “les gens de lettres”

Paradójicamente, la recepción y lenta incorporación del relato iatromecánico de la obra de Ramazzini en España, se habría de alguna manera realizado antes de su diatriba sobre “las enfermedades de los artesanos “con las leyes de Indias[36], aunque su recepción completa, sistematizada y ya, pensando en la máquina, no se diera hasta la obra de Monlau en la década de los cuarenta del siglo XIX.

MONLAU HIGIENE PRIVADA Y PUBLICA

Entre el informe de Mateo Alemán sobre los envenenamientos mercuriales hasta la aparición de la obra del médico catalán Pedro Felipe Monlau han trascurrido nada menos que dos siglos y medio. Para llegar a los quebrantos del cuerpo desde la máquina, se ha pasado por la mina y por el campo, la ciudad, y por campamentos y expediciones militares e incluso por las higienes de flecos hipocrático/salernitenses sobre cuerpos a través de la alimentación, los aires, las aguas y los lugares como higienes individuales y privadas inscritas en el espacio de los hogares y las ciudades de la peculiar burguesía española, siempre embobecida por renunciar a sí misma, y aspirar al estatus continuamente añorado de nobleza aunque fuese de sacristía y que, además, oteaba de alguna forma los peligros de un nuevo modelo de trabajador que empezaba a no estar disciplinado por el gremio o el confesionario; un nuevo mundo del trabajo en donde la gobernanza de la fábrica y de la máquina se estaba realizando desde los mismos diseños y a/sensibilidades del trabajo servil en el campo, la manufactura o el trabajo doméstico; un nuevo modelo de cuerpo sujeto a productividades y temores absolutamente diferentes a los del jornalero rural, el trabajador “forzado” de la minería, el indio desculturalizado por frailes y comendadores o el controlado por la disciplina gremial como trabajador, de talleres y obradores urbanos. Un trabajador que, además empezaría a partir de 1840 a buscar amparo, presencia y aspiraciones a través de la asociación con el añadido de qué si esto no fuera de por sí, suficiente, ha destrozado máquinas (Camprodón, 1824) y quemado fábricas (la Bonaplata de Barcelona en el verano de 1835)

En todo este largo trayecto, el médico leerá el cuerpo del trabajador de manera parcelar y totalmente tangencial interesándole exclusivamente, cuando es productivo y funcional para la economía o la seguridad del reino. Ya, desde el quinientos, comenzaría a diseñarse la función biopolítica de la medicina en las tierras hispánicas, como un saber curativo, pero a la vez, disciplinario según los intereses del rey, el clero, la nobleza, las burguesías emergentes y en nuestras tierras, especialmente de un nuevo poder civil/eclesial, representado por la Inquisición. Se empezaría por los cuerpos más significativos e inquietantes para esa especie de productividad biopolítica; la de los trabajadores de la minería de los metales, aunque fuesen galeotes, necesarios para la economía del oro y de la plata más, la fabricación de cañones; los soldados y marinos del Imperio; los cuerpos improductivos de las masas de pobres, vagamundos y falsos tullidos aún amparados por las herencias medievales de las economías de la salvación y la caridad. Si se interesa por los inficionamientos del aire de la ciudad derivados de los talleres y protofábricas de velas, tintes, mataderos y obradores urbanos no será determinado por la situación real de quebranto o perjuicio para los hombres, mujeres y niños que trabajan en los mismos, sino sencillamente porque son instalaciones enclavadas en el cerrado espacio de ciudades enclaustradas entre murallas qué envenenan un aire compartido, por nobles, clérigos y comerciantes.

Junto a estas productividades del cuerpo de las gentes del común, no podemos dejar de mencionar una particular preocupación complementaria de carácter sociodemográfico relacionado con la necesidad de contar con una población lo suficientemente amplia para cubrir las necesidades políticas del mercantilismo, la guerra y, en definitiva, el poder, la riqueza y la gloria del Imperio que, además va a coincidir con el nuevo discurso filosófico de la modernidad de manera, que la vida del cuerpo no es un episodio para la otra vida, sino que también puede y debe realizarse y encarnarse en la tierra, dando lugar a novedosas escrituras médico/higienistas que ya no van a tratar de evitar o alejar la muerte, sino alargar y prolongar la vida, sosteniendo una novedosa afirmación y valoración de la misma como una exigencia que va a ser – a lo menos en el discurso moral -, una constante exigencia de la cultura moderna[37] pero acompañada y camuflando una insistente trampa en la medida en que este discurso de templanzas y sobriedades no deja de ser un relato pensado para “nobles caballeros” cuyos cuerpos “privilegiados “pueden prolongar, “vivir su vida” santa, gozosa y sanamente ejercitando la templanza y la virtud; un cuerpo que ya, no tendrá la fugacidad teológica de la espera y preparación para el bien morir, sino que se deberá y podrá cuidar para gozar de los bienes que el creador ha puesto a su disposición sobre la tierra, aunque con sobriedad, mesura y templanza que, curiosamente, uno de los tratadistas castellanos más representativos de este discurso como Luis Lobera de Ávila[38], ejemplariza y centra en la alimentación y en una vida cotidiana como “modo de vivir” diferenciado del sufrido por las clases populares; Un espacio tiempo de la comida que además rotula como “banquete “en su obra: “Vanquete de noblis cavalleros e modo de bivir desde que se levantan hasta que se acuestan” (Ausgsburg,1530)[39]

Este asunto de la literatura y escrituras sobre la “vita longa” se nos presentan al sociólogo como algo de un gran interés para entender el nuevo estatus del cuerpo en los inicios de la modernidad occidental, en el que incorporando elementos medievales de penitencia y sacrifico de corte religioso para que el demonio no se apodere del cuerpo, se les reconvierte en rituales y comportamientos higienistas apoyados en el discurso filosófico laico/naturalista de los saberes médicos hipocrático/galénicos y de la escuela de Salerno, en donde el relato de la penitencia y el sacrificio se sustituyen por el de la sobriedad y la racionalización de los instintos animales, que hacen más larga la vida y hacen menos traumático el paso de la vida a la muerte de manera que el vivir bien y desde ahí, el bien morir, puede ser una forma de “servir a Dios “sin necesidad de flagelar y castigar al cuerpo. Sin embargo, todas estas estrategias higiénicas organizadas a través de conductas “sobrias” y “razonables” con mayor o menor intensidad irán dirigidas a los sectores privilegiados de la sociedad renacentista. Solo en el caso de algunos autores como Alejo Venegas de Busto (1497-1562) o Bernardo Pérez de Chinchón (1488-1556), los dos precisamente seguidores de Erasmo – y ascendencia judía -, parece que prolongan este discurso hacia la totalidad de la población.

De cualquier manera, esta nueva lectura médico/humanista sobre el cuerpo, supone la madrugada del relato higienista moderno desde la opacidad generalizada del cuerpo del trabajador que, probablemente, venía siendo arrastrado desde la Grecia clásica, emborronando los relatos beatos sobre la construcción de todo nuestro canon occidental. Para Platón en su alegoría de la caverna (República libro VII) ya comentaba que el cuerpo de hombres encadenados y simbólicamente sumergidos en la caverna del trabajo y la más urgente supervivencia eran incapaces de un conocimiento cabal de la realidad; para Aristóteles los cuerpos de la mujer y del esclavo, serían, apartados de la gloria de la polis; seres sin palabra en el ágora y sin ningún protagonismo en los ceremoniales deportivos y cívicos. Con el cristianismo y particularmente con la regula benita, muchos autores abrigan una cierta ilusión con relación al comienzo de la valoración del trabajo; una postura que puede ser tan solo una ilusión pues el “ora et labora “de los monjes monacales en lo referente al tiempo realmente dedicado a labores o trabajos manuales que supongan un cierto esfuerzo o fatiga, sería realmente muy inferior y, relativamente llevadero en comparación, con el de los trabajadores medievales la mayoría, bajo el estatus de siervos, como reconversión cristiana/feudal del estatus de esclavos en la sociedad grecorromana. Si analizamos con detenimiento los capítulos de la regla monástica benedictina nos podemos encontrar con alguna sorpresa; por ejemplo, que el tiempo dedicado al trabajo durante todo el día ronda solamente las seis horas,[40] incluyendo en el mismo, tanto trabajo manual como intelectual y, que reflexionando sobre el asunto, nos llevaría a decir que esta mentalidad monacal sobre el trabajo y el cuerpo, se inscribe en una concepción de los mismos entendible y situable en el contexto social/ideológico de la sociedad altomedieval en donde los tiempos, ritmos y penalidades del cuerpo y del trabajo son leídos en el mundo monacal desde una cosmovisión eclesiástica absolutamente deformada del espacio/tiempo real de las gentes de forma en la que la medida, tiempo y significación de la relación cuerpo/trabajo ligada al trabajo rural y a los ritmos más basales de la naturaleza, del alba al anochecer, no tienen nada que ver con la suavidad disciplinaria de la “horae canonicae” desde la que el tiempo de trabajo “el jornal” se finaliza con la hora “nona” (ca las 14 o 15 horas actuales). Probablemente, el trabajo urbano de los burgos bajomedievales vaya siendo influido por le horario canónico monacal modificando, la dura metrología del trabajo rural para adaptarlo, a las productividades del trabajo artesano y agremiado, de batanes y oficios de las nuevas ciudades del mercantilismo pasando como nos apuntaba Jacques Le Goff[41] de la hora canónica eclesial – la campana de la Iglesia o el monasterio -, a la “campana del taller” para cronometrar estos nuevos oficios de manera que, ahora, van a ser los Concejos municipales los que en lugar de la Iglesia, van a controlar trabajos y cuerpos.[42]

El tiempo del Renacimiento que en lo que a nosotros nos interesa subrayar, más que el tiempo del humanismo, será el tiempo en qué, se inicia una nueva mirada sobre el cuerpo, que de alguna manera supondrá una reconstrucción de la mirada griega del siglo V, el cuerpo y el trabajo parece desprenderse de las connotaciones expiatorias y salvíficas medievales de una economía de la caridad, el  despojo bélico y la productividad de la tierra para inscribirla en una economía de la ciudad, el dinero y el mercado, en una – podríamos denominarla así -, verdadera economía política y por lo tanto, des/sublimando el cuerpo de la retórica eclesial – y de sus patentes beneficios para nobles y alto clero -, y colocándolo en el magro y directo  terreno de la productividad burguesa; para ello, necesitará valorar el cuerpo y el trabajo.

Esta reconversión funcional/productiva del cuerpo a través del trabajo será indudablemente, una tarea centroeuropea que culmina, sedimenta y formaliza con la Reforma, generando el particular “espíritu del capitalismo” weberiano y en la que no solamente estaría presente esa des/telogización del trabajo sino una clara des/ruralización del mismo que implica, tecnificación y progresiva desaparición del estatus de servidumbre, para dar paso a la valorización del trabajo manual a partir de los oficios artesanos de trabajadores expertos en las “artes mecánicas” . Un fenómeno sociológicamente revolucionario anterior a Lutero, y que, mayoritariamente se dará en la Europa Carolingia y no, en la mediterránea y, muy especialmente en las tierras hispanas, en donde el primitivismo técnico de la agricultura se una al mantenimiento de la condición servil/feudal del trabajador rural sin pasar a la condición de propietario de la tierra “pro laboreo suo” que en líneas generales podríamos decir, que la valoración del trabajo que se va perfilando desde el bajomedievo europeo no responde a construcciones espiritualistas o religiosas sino al desarrollo de la productividad agraria y del estatus esclavista/servil del colono, al estatus relativamente honorífico del trabajador de los oficios urbanos o de los que es paralelo: Una productividad de un cuerpo/tierra/naturaleza como posesión, a una productividad del cuerpo como mercancía. Cuerpos y trabajo como rehenes de los propietarios de una tierra heredada como la sangre, desde la guerra o el mayorazgo frente, a cuerpos y trabajo considerados como mercancía a la que hay que cuidar, higienizar y valorar para que no se degrade y se puedan obtener mayores beneficios.

De cualquier manera y, a pasar de esta progresiva desacralización del cuerpo junto a la paralela valoración del trabajo que, también se ajustaba al lento proceso de desruralización de la sociedad medieval, la Iglesia, no renunció a su pertinaz y “productiva” tutela sobre los mismos; institucionalizada desde el siglo VI por monasterios y fundaciones nosocomiales obispales en relación con el cuerpo, y cofradías respecto al trabajo. Desde una lectura sociológica las “cofradías” fueron algo más que una herramienta de cohesión y defensa de intereses de gentes de un mismo oficio. Funcionaron a nuestro entender como un mecanismo de penetración eclesial en el mundo de la ciudad que ya, desde los finales del altomedievo europeo, apuntaba a una imparable laicidad. Precisamente un modelo de sociedad que resquebrajaría lentamente el modelo estructural de la sociedad medieval presidido por la pertinencia de una densa y potente relación/solapamiento entre religión, trabajo servil y feudalismo ruralista, como prolongación de un peculiar modelo de gobernanza y organización social de ascendencia romano/cristiana asentado sobre caballeros, clero y “laboratores”, que irían modificando el cerrado orden romano entre ciudadanos y no ciudadanos y sobre todo el estatus del trabajador “siervo” del domus romano/feudal con el surgimiento del trabajador urbano agremiado y libre de las nuevas ciudades europeas en las que, el Concejo burgués va sustituyendo el poder eclesial y en donde, cuerpo y trabajo comienza una particular andadura en la que, se va perdiendo esa especial y peculiar confusión romano/judeó/cristiana sobre el estatus social del trabajo, continuamente pendulando entre imaginarios penitenciales y de ausencia de dignidad cívico/ciudadana y su consideración positiva como medio de salvación y cobertura para que el demonio no se adueñe del cuerpo y a la vez, como catalizante de la prosperidad de la ciudad y los nuevos reinos de la cristiandad que empiezan a sustentar su poder y riqueza en el comercio, y las industrias artesanas y manufactureras urbanas, completando su tradicional poderío asentado sobre la tierra y la guerra.

Un aspecto significativo, cuando tenemos que centrarnos en el desenvolvimiento de este proceso en las tierras de los reinos hispanos tal como se van conformando y asentando una finalizada la Reconquista militar – no, la cultural -, será su especial “excepcionalidad[43]en comparación a cómo se daría allende los Pirineos.

En las tierras de la monarquía hispánica a diferencia de la Europa franco/carolingia y del Milanesado, en donde los oficios manuales y el cuerpo inician un recorrido de valoración y estima con el establecimiento progresivo de imaginarios positivos tanto laicos como espirituales  a partir de  1547, con su rotunda inclusión y defensa por el nuevo cristianismo de la Reforma y en donde, los valores de la sangre y la nobleza van siendo sustituidos/reformados, por los del esfuerzo, y los ascetismos de la sobriedad, va a suceder todo lo contrario; un poderoso apego a las inmovilidades del privilegio, la herencia y los valores nobiliarios del honor y la propiedad amortizada de la tierra con un manifiesto desprecio a todo lo que suponga trabajo manual ya sea artesano o agrícola de características viles, que sería precisamente las ejercidas por la mayoría de la población formada por moriscos, musulmanes y cristianos empobrecidos junto a los oficios “perversos” de judíos obligados por sus particular estatus de marginación a oficios relacionados con la usura y el manejo y posesión del dinero, la plata y el oro por los Estatutos de limpieza de sangre que, les cerraba el paso a los oficios de la clerecía, la administración civil, la milicia o las cofradías y gremios de los oficios honorables, entre ellos la de los médicos “latinos” o universitarios. El inventario de estos oficios envilecidos sería en los inicios del siglo XVI realmente voluminoso aunque a la vez, complejo, que se escaparía del alcance de nuestro trabajo y en donde actúan diferentes componentes que forman el corte entre los trabajos honorables y los estigmatizados como por ejemplo, el tipo o la forma de estipendio por los mismos según sea como “honorario” o “salario” o como arte y actividad “muscular/mecánica” o simplemente, como algo en que se utilizan las manos o la destreza mecánica o el saber intelectual, como en el oficio de la sedería y la pintura o entre el médico, el barbero y cirujano “romancista”[44]

Todo un conjunto de circunstancias que unido y reforzado por la particular estructura poblacional ibérica hizo de la inicial monarquía de las Españas un territorio policultural en el que se entrelazaban tres culturas la cristiana, la judaica y la musulmana, con notables diferencias a la de los vecinos reinos traspirenaicos en los que solamente se puede hablar desde finales del siglo XIII[45] de una sola y uniforme cultura hegemónica representada por el cristianismo originando tres culturas del cuerpo, tres culturas del trabajo y en cierta medida tres culturas de la salud y la enfermedad, que solamente irán consiguiendo su unificación a partir de la mediana del Setecientos.

Las consecuencias en relación con el cuerpo, la enfermedad y los saberes médicos desde una mirada sociológica no serán otros que la consolidación de un imaginario sobre el cuerpo de las gentes según dos velocidades que además trabajan sobre una idéntica  estructura significante, la del cuerpo “cristianizado” que a partir del nuevo maquinismo cartesiano y de sus “engranajes relojeros y conductos pineanos” va a necesitar continuamente de un relojero inaugural que continúa a modo racional siendo un súbdito, de dios y del rey en una naturaleza ahora, desacralizada y mirada desde la razón científica.

Lo de las dos velocidades – a nuestro entender -, no será otra cosa, que la reconversión de los dos cuerpos de los Estatutos de limpieza de sangre; los del del noble caballero y el plebeyo en los cuerpos – simplificando -, del obrero fabril y el cuerpo del burgués; del joven caballero de las clases medias urbanas, del ciudadano de las sociedades del capital, la fábrica y el mercado que, repitiendo nuestro relato de las dos estructuras corporales “asténica” y “esténica, ” irá organizando saberes, empírias y lugares para el cuerpo enfermo/quebrantado de la población según se trate, de unos u otros.

En cierta medida la estrategia que se irá perfilando e imponiendo desde ese gran acontecimiento sociopolítico[46] europeo representado por la Paz de Westfalia (1648) será el de la higienización de espacios y comportamientos como una especie de sustitución de las estrategias arrastradas desde el medievo asentadas, sobre la “espiritualización” de las almas. Ya, no se va a insistir de manera central y exclusiva en salvar cuerpos desde el alma, bajo la comunión en una determinada religiosidad mediante la Fé, los comportamientos penitenciales o las sobriedades de los “regimina” para nobles caballeros, sino, de disciplinar cuerpos y espíritus para el nuevo orden productivo del capital y la vida urbana que pasa también, por la salud y el control de las enfermedades superando incluso, el inicial relato iatromecánico sobre el cuerpo del artesano de Ramazzini en la madrugada del industrialismo.

Miradas higiénicas sobre espacios, cuerpos y comportamientos, que, en relación con el trabajo, van a descansar en un nuevo constructo médico/productivo centrado en la productividad y rendimiento del cuerpo como máquina, totalmente coherente con la sociedad de la manufactura como antesala de la economía y productividad de la fábrica.

A partir del siglo XVII, el siglo de Descartes y Leibnitz, el siglo de la cuantificación y la máquina humana antes, de la máquina de vapor, no importa ya, que el cuerpo del trabajador sea de sangre cristiana vieja, morisca o conversa, lo importante es que rinda, que sea productiva para la ciudad y el reino; en definitiva que “funcione” y “cace ratones” adecuadamente, según las exigencias de la manufactura, las atarazanas y las obras de fortalecimiento militar y civil de la república; que se comporte como una verdadera máquina humana en una sociedad en la que la energía es siguiendo la clasificatoria de Lewis Mumford (1934) “eotécnica” , sostenida desde la energías y fuerzas de la naturaleza, vientos, aguas, músculos y sangre de molinos, norias, animales y hombres.

Pero junto a esta clasificatoria energética de Mumford se articulan y complementan la médica y la sociopolítica.

En cuanto al saber médico institucionado – el de las universidades-, en todo el siglo XVI y buena parte del XVII, se leerá el cuerpo desde un enfoque teórico presidido por el equilibrio humoral acompañado de una terapéutica de la dieta, la sangría y las hierbas. La terapéutica de la sangre y el escalpelo, no sería asunto suyo sino de barberos y romancistas en donde el cuerpo, de alguna manera se disfunciona, se enferma y quiebra desde dentro, desde el desequilibrio de los cuatro humores y en donde los quebrantos del cuerpo del trabajador son opacos, sencillamente porque son quebrantos desencadenados desde fuera de su cuerpo por una actividad que se escapa de las sex res non naturae del galenismo en donde el trabajo – y, nunca el manual/mecánico o de las clases populares -, será entendido como una “gesta” como actividad del noble, del caballero[47] determinando en cierta medida que las enfermedades y sufrimientos derivados del trabajo en su relación con los quebrantos del cuerpo sean al final, cosas naturales “normalizadas/normalizables” desde los designios de los dioses sobre el orden de la naturaleza sin necesidad de la intervención del médico…a lo más, del barbero y la ayuda de algún que otro santo o virgen curandera. Probablemente, aquí nos encontremos con una de los componentes más aclaradores de la dualidad del cuerpo y la enfermedad según las diferencias de estatus y poder. Para la sociedad antigua y hasta los inicios de la modernidad el cuerpo de las clases populares y, no digamos del esclavo y trabajador siervo – de la tierra o de la ciudad -,un cuerpo fatigado por el trabajo manual o, lo que sería lo mismo, por el trabajo corporal, es un cuerpo naturalizado cuyo esfuerzo y sufrimiento es propio de la naturaleza que, en el caso del enfoque cristiano, será también resultado, de una especial perversión de la misma como resultado de “un pecado original” que además, se inscribe en la médula de esa naturaleza humana, absolutamente diferenciada del resto de seres y elementos que forman la gran Naturaleza del Cosmos. De alguna manera, la enfermedad y las penas de ese cuerpo al ser “naturales “serán algo bendecido y amparado por Dios organizando sobre las mismas una potente teología de la salvación por la penitencia que, curiosamente se resuelve según dos direcciones. Para las clases populares, las del “popolo minuto” aceptando penas y dolores; para el cuerpo de los caballeros, ejerciendo la caridad y la limosna más la observancia de los “regimientos” de vida sobria e higiénica. En suma, manteniendo un perverso y diabólico antecedente sacado de una retorcida e interesada interpretación evangélica mediante la cual, el cuerpo empobrecido y resquebrajado de la plebe, será un cuerpo bendecido y privilegiado; el único que tendrá más oportunidades para la vida eterna. En suma, algo así, como el que su enfermar y sus quebrantos, suponen una suerte de privilegio frente al cuerpo de los poderosos que lo único que puede salvar un cuerpo también demonizado por el pecado es ejercitarlo/purificarlo en las buenas obras y en la sobriedad.

En cierto sentido, en el tiempo que transcurre entre el inicio de la sociedad del mercantilismo y la manufactura y el que marca el nacimiento de la sociedad de la fábrica y el capital de producción en los inicios del ochocientos, aproximadamente algo más de 300 años, el cuerpo de las clases populares, no existe como tal, ni para la medicina ni para el Estado; incluso, es más, nos atreveríamos a decir que, ni para el relato científico o culto. Solamente se darán excepciones en unos pocos territorios. Probablemente el más significativo, ejercido por la Iglesia cristiano/romana acompañada por la cristiana/luterana. Para la primera, desde la teología de la salvación y la caridad y, para la segunda como teología del esfuerzo. En ambas, el cuerpo como entidad desgastada por el trabajo y las desigualdades sociales, no existe; entre otras cosas porque no solo es, un cuerpo protegido por dios y los santos, sino a la vez, controlado tenazmente por curas e inquisidores.

Las otras excepciones, se relacionan precisamente con la productividad que, esos cuerpos puedan tener para la riqueza y el poder de las naciones. En España y, ya desde los primeros años del descubrimiento americano, las Leyes de Indias, comienzan a ver el cuerpo de sus habitantes como seres, a los que de alguna manera hay que proteger, por que, sin ellos, no hay minería, ni alimentos, ni almas que catequizar. En la España peninsular las primeras miradas médicas sobre el cuerpo de los trabajadores se llevan a cabo precisamente en el campo de la minería del mercurio, producto fundamental para la metalurgia de la plata y en las construcciones emblemáticas del Imperio como sería la construcción del monasterio de El Escorial. Desde estos dos espacios el de la mina y el de los espacios de poder -reales o simbólicos -, de la monarquía española en los que se realizan estas primeras miradas sobre el cuerpo del trabajador se manifestaría una lectura manifiesta, de su consideración como máquina de sangre, como un organismo al que en último lugar habrá que cuidar exclusivamente desde sus articulaciones mecánicas, de sus roturas y atascos debidos a emanaciones, desgastes y fatigas pero siempre, de forma comedida ya, que se trata de cuerpos rudos y esténicos acostumbrados a las durezas de la vida. Los cuidados finos, los quebrantos emocionales, quedarían para las minorías selectas, para los cuerpos asténicos del caballero, del alto clero, las minorías burguesas y los propietarios rurales; para el resto de la población, ya estaba la Iglesia para proveerlos de socorros y ensoñaciones de salvación por el sufrimiento, la humildad y la obediencia a los designios del Señor y los beneficios para el poderoso. En suma, conseguir siervos para Dios y el Rey.

Sin embargo, en una sociedad azotada por miserias, contagios, insalubridad y pestilencias sometida a la maldición malthusiana por un incremento demográfico que se va concentrando en ciudades amuralladas y carentes de estructuras de higienización urbana con nuevos oficios contaminantes – textiles, químicos, zootécnicos – la salubridad la higiene pública- urbana, irá formando parte de las urgencias y atención de los concejos municipales y de la monarquía; en primera instancia porque esa insalubridad les toca muy de cerca y porque la misma, puede constituir una considerable merma para la riqueza y el poder del Estado.

En el entorno del setecientos van apareciendo ordenanzas y decretos de urbanización para sanear espacios y de ahí, indirectamente cuerpos, aunque fuese a modo lateral e indirecto. Unas estrategias -nos repetimos -, que no tratan de disciplinar comportamientos, para eso estaba el púlpito y los sacramentos, sino tan solo, higienizar, humos, iglesias, mercados, cárceles, hospitales, cuarteles, comentarios y calles En suma, toda una higiene del “baldeo” que no tocaba la miseria, el hambre, la escolarización, la vivienda y las condiciones de trabajo, convirtiendo de alguna manera a los médicos y a las administraciones en higienistas, en “limpiadores” de cuerpos y ciudades inaugurando el tiempo moderno de la salud pública y de ahí, el tiempo del hospital moderno y, en cierto sentido de la medicina de nuestros días aunque solamente fuese, porque desde el inficionamiento miasmático se llega a la infección bacteriana.

Lo significativo del higienismo moderno, sería una especie de reconstrucción del relato hipocrático de “aires, aguas y lugares “desde la ciudad del Rey; del nuevo modelo de ciudad que se va construyendo en los reinos de la monarquía hispana a partir del siglo XVI; ciudades como Sevilla, Madrid, Barcelona o Valencia, que aumentan su población[48] en un espacio que aún es, el amurallado y cerrado de la Hispania medieval , en el que los vapores y emanaciones “miasmáticas ”y protofabriles inficionan  “aires y lugares” dando lugar a un inventario patológico en el que se desarrolla una morbimortalidad diferenciada de la medieval y donde además, se refuerza la derivada de las viejas pestilencias y hambrunas del siglo XIV, dando lugar a la aparición en España de disposiciones, dictámenes e informes médico/geográficos que, más tarde, conducirían a las topografías médicas de finales de setecientos y todo el XIX. En cierto sentido, la mirada médica clásica sobre el cuerpo asentada sobre las “sex res” en donde la influencia ambiental se concentra en una sola, se amplía a partir de una especie de causalidad geográfica/ambiental, propia de un modelo de ciudad que comienza su existencia bajo las chimeneas y una numerosa población miserabilizada desde un nuevo modelo de productividad y explotación desde la que la plusvalía feudal sobre el cuerpo de las clases populares se va transformando en la plusvalía del jornal sobre cuerpos proletarizados.

Lo curioso de este proceso, es que inicialmente, el cuerpo de las gentes del común, en tanto sometidas a nuevos inputs patógenos, no es aún sujeto de la mirada médica en sentido directo, sino como deriva desde la higienización de la ciudad como espacio referencial de las nuevas burguesías urbanas y desde lo que real y simbólicamente representa la ciudad como espacio de poder de la monarquía y las clases dirigentes de tal manera, que las políticas de higienización van a funcionar como verdaderas estrategias de racionalización del territorio y de disciplinamiento del cuerpo, en una sociedad en donde se van resquebrajando los mecanismos de sujeción/control eclesiales y gremiales, de tal modo que, higienizar la ciudad supone fundamentalmente organizar, sistematizar una gobernanza que, sobre todo supone una policía del cuerpo desde la policía del espacio. En este sentido, acontecimientos como el llamado “Motín de Esquilache” (1766) probablemente nos puedan ilustrar sobre estas relaciones entre las disciplinas del cuerpo y la higienización y policía de costumbres. De cualquier manera, el asunto de fondo desde una sociología del cuerpo estaría en considerar la nueva sociedad que, en los reinos peninsulares se iría constituyendo desde finales del bajo medievo para dar paso a la modernidad, se consigue un progresivo traspaso de centralidades que va, desde el alma hacia el cuerpo. La sociedad cristiana/medieval hispánica es estructuralmente una “sociedad del alma” organizada socioeconómica y políticamente desde una economía de la salvación sobre la que se construye toda una sociología del poder, sustentada por Dios y materializada por la nobleza y la clerecía en donde la gran obsesión de control y disciplinamiento resbala sobre el cuerpo de las gentes, para incrustarse en sus almas. Salvando y disciplinando el alma, se controla al cuerpo, de tal manera, que las herejías y las otras religiones, especialmente la musulmana constituye el eje del mal.[49] A medida que triunfa la Reconquista y desaparecen las últimas herejías del judaísmo[50] se convertirá ya, a finales del siglo XV en la nueva representación de los peligros para el alma y en donde se judicializa su control y represión no tanto directamente con la espada, sino por la intermediación de la Iglesia, con la creación de los tribunales inquisitoriales en la Corona de Castilla en 1478[51]  

La cultura sociopolítica de la modernidad, al fundamentarse sobre la nueva economía de la ciudad y el mercado, no le basta con la domesticación del alma, con el manejo y control de las virtudes teologales; para esa tarea todavía contaba con la ayuda eclesial, reforzada por la Inquisición; las nuevas necesidades del comercio, del mantenimiento de nuevos territorios, el control de los mares y las ambiciones de las primeras formaciones nacionales europeas junto a la aparición de un nuevo fenómeno demopoblacional que precisamente tendría a la ciudad como protagonista, va a otorgar un estatus hasta entonces desconocida al cuerpo. El cuerpo como sujeto y como referente hasta entonces desconocido y hasta entonces como tumba y sepulcro del alma, se convierte en el objeto prioritario para la gobernanza de la república; en algo útil y a la vez, incómodo y, en ocasiones hasta puede que peligroso, especialmente si se trata de una muchedumbre imprecisa pero palpable de cuerpos de los sectores más populosos y empobrecidos integrados o mejor dicho desintegrados, por vagamundos, esclavos, gitanos, obreros de oficios “viles” moriscos, lisiados, pícaros “sin oficio ni beneficio” jornaleros desterritorializados, soldados estropeados, niños abandonados, mujeres sin recursos y apoyos…y sobre todo, cuerpos quebrantados y corroídos por las miserias de la pobreza que constituían la mayoría de la población tanto urbana como rural, pero con una presencia mucho más visible e intranquilizadora en la apretada ciudad conventual/cuartelar del tiempo del mercantilismo.

Las primeras inquietudes sobre esta muchedumbre de cuerpos resquebrajados se harían en el eje sociopoblacional y económico que une ciudades castellano/aragonesas con las de los Países Bajos de la mano de Juan Luis Vives en su “De subventione pauperum” (Brujas, 1526); una escritura laica, que junto a la novela picaresca va a visualizar por primera vez, el cuerpo de las gentes del común, aunque fuese, desde sus componentes más miserabilizados, como los pobres mendicantes, vagabundos y lisiados. En cierta medida Vives, al igual que Fernando de Rojas, Mateo Alemán, Cervantes o Cerdán de Tallada, introducen el cuerpo como sujeto de un relato, filosófico/político, literario o protosociológico – en el caso de Cerdán de Tallada -, que le hace por primera vez, sujeto de nuestra historia cultural y sociológica. Un cuerpo además que ya no es, el del “noble caballero”, el sabio obispo o el rey, el del santo o la santa, virgen y mártir, sino el cuerpo de los miserables; cuerpos desplazados, ignorados y, al mismo tiempo, patentemente/escandalosamente presentes en la ciudad renacentista y barroca del quinientos y el seiscientos. De todos estos personajes – aunque sería más -, que hemos citado a modo de muestra, probablemente Vives junto a Cervantes, serían los más significativos y universales. Juan Luis Vives, especialmente porque responde a una problemática menos localizada territorialmente en las tierras hispánicas que la obra cervantina. En su “De subventione” no solamente responde a una situación poblacional existente en ciudades como la populosa Sevilla del Quinientos, sino que recorre toda la Europa renacentista más emergente y dinámica en los albores del mercantilismo, en relación con la construcción de la ciudad del Rey y la sociedad laica occidental. Si el cuerpo se hace patente, visible en el saber médico/anatómico de la “fábrica vesaliana” (1543) con Vives, se visualiza el cuerpo de un segmento numerosamente representativo de las clases populares, a modo sociológico; esto es, relacionándolo con la estructura socioeconómica y política de un nuevo modelo de ciudad y de sociedad en el que la mirada medieval y sacramental sobre el cuerpo, y en especial sobre el cuerpo “sufriente “de la mayoría de las gentes ya no va ser “productivo” para la sociedad del dinero, el comercio y la guerra aunque ésta, todavía y, hasta la Paz de Westfalia (1648) sea “religiosa. “De alguna manera, con este escrito, Vives, cierra el círculo laico/sociológico, médico y político iniciado por Maquiavelo en 1513, completado por

Vesalio en 1543 y rematado por Hobbes en 1651[52], que en el mundo hispánico nosotros complementaríamos con las aportaciones de los filósofos naturalistas castellanos como Gómez Pereira (1554) y Miguel Sabuco (1587) para cerrar el recorrido en el 1605, con el Don Quijote cervantino. Un circuito de construcción de la sociedad occidental en el que, no podemos dejar en el olvido, el   catalizante paradójico representado por el claveteado de las 95 tesis (1517) con el que se emblematiza simbólicamente en nacimiento de la Reforma como una vuelta de tuerca de una nueva teología que bajo el manto de una “reformada” espiritualidad estaría volcando sobre el cuerpo, una potentísima desteologización sacramental para instalar sobre el mismo la nueva “sacramentalidad” burguesa de su productividad laica y civil.

En este espacio que no llega a un siglo, en los 88 años que transcurren desde la obra de Vives hasta el Quijote, podríamos decir que sociológicamente se habría iniciado por nuestras tierras – y muy lenta y entrecortadamente -, el proceso de transformación de nuestro peculiar modelo de occidentalidad católica/cristiana, aunque – seguimos puntualizando -, a modo excepcional. Probablemente un recorrido paradójico y lleno de tensionamientos[53], que tardaría en conseguir la radical transformación del orden sacramental medieval dando lugar siglos más tarde – probablemente hasta 1868 -,  a la occidentalidad laica de las sociedades del capital y la razón, aunque, sin duda, inaugurando, no obstante, un nuevo – y siempre vigilado -, estatus para el cuerpo que arrastra a su vez, la modificación de las miradas y saberes sobre el mismo, incluyendo la medicina, la filosofía, las ciencias naturales, las artes y la literatura. Los impulsores y el lento cimentado de todo este proceso sería el resultado de una amalgama de acontecimientos, que descontados los socioeconómicos y políticos, en el plano cultural y científico supusieron nuevas miradas científicas y nuevos imaginarios culturales.

En nuestras investigaciones sobre la construcción de la sociología española[54]hacemos hincapié en que sin constituir una estricta escritura sociológica – algo imposible en la sociedad estamental -,la novela y el género “picaresco “en el contexto de las letras hispánicas del XVI y XVII representan una especie de escritura protosociológica en la medida en que descansan estructuralmente en un relato individualizado y, sostenido, por el vivir/existir de un protagonista corporizado en una sociedad también “corporalizada” esto es, representada desde la tajante y patente “obscenidad” de la vida social. El héroe de la novela no está sostenido en un espacio idealizado, cuyo cuerpo, como caballero, santo, rey o mártir, nada en la nebulosa del encantamiento sacramental o beatífico de un mundo y una sociedad cuya materialidad siempre es sublimada por lo religioso y, donde el “designio de los dioses” guía, controla y protege, esfuerzos y comportamientos sino, que es un héroe, perdido “desencantado “que para vivir/sobrevivir solamente cuenta con su astucia, con la fortuna de sus actos, porque carece del manto protector de la “fortuna” que otorga el nacimiento en una sociedad en donde el estatus heredado, de sangre o hacienda, supone el corte fronterizo entre la vida y la muerte.[55]          En toda la obra de Cervantes, y en sobremanera en el Quijote, el cuerpo, como significante y significado inunda todo el relato constituyendo una especie de esqueleto, de bóveda de sustentación de todo su contenido. Probablemente nunca el cuerpo, salvo en la Biblia, estuvo tan presente en la literatura precontemporánea, que en nuestro Don Quijote.

Abundando en la cuestión, junto a estas escrituras filosóficas y literarias la ciudad verá nacer el relato crítico/expositivo sobre la vida y el existir de sus moradores a modo de nuevo formato discursivo en el que precisamente el sujeto significante será otra vez más, el cuerpo en cuanto soporte, de sufrimientos, goces, pobreza, miserias, esperanzas e injusticias y, recalcamos; el cuerpo de las gentes más golpeadas y marginadas de la sociedad…los miserables de la época.

En relación con otros escritos contemporáneos, hemos mencionado a Tallada (supra, p., 39) Pues bien Tomás Cerdán de Tallada (1533-1614) es un magistrado- visitador de cárceles o lo que hoy día sería un juez penitenciario que forma parte de una interesante saga de lo que nosotros denominamos españoles “sin sociología” o, “antes de la sociología “cuyo cometido sería mirar espacios y cuerpos, o quizá mejor dicho, mirar cuerpos en un espacio concreto, que en este caso es el prisional, en Valencia, Sevilla o Toledo, las ciudades castellanas y aragonesas más representativas de la sociedad hispánica del XVI. Junto a Tallada que redacta en 1574 un informe titulado Visita de la cárcel y de los presos tendremos que añadir al canónigo toledano Bernardino de Sandoval con su escrito de 1563, Tratado del cuidado de los presos, el escrito de Cristóbal de Chaves Relación de las cosas de la Cárcel de Sevilla en 1574, un informe de Rodríguez Cabrera sobre “Las necesidades de los presos en la cárcel de Sevilla” (1580) y la secuestrada memoria[56] del jesuita Pedro de León sobre la Mala vida en Sevilla (1619) acompañados de otros escritos de contenido médico/filosófico y en cierto modo, proto/psicosociológico de personajes olvidados o simplemente “invisibles” para nuestra Academia sociológica como el médico humanista Gómez Pereira (1500-1567) autor de la Antoniana Margarita (1554) y su coetáneo, el boticario y naturalista Miguel Sabuco(1500-1595) autor por intermediación de su hija Oliva de la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre (1587); ambos autores estableciendo por caminos convergentes un nuevo estatus para el cuerpo. En Pereira como inauguración, anticipándose al Descartes de 1637, del automatismo mecanicista y en Sabuco, a la medicina psicosomática. El cierre de todo este proceso desde el saber médico y científico estaría representado posteriormente a partir del Seiscientos por el movimiento “novator “al que se le puede considerar como exponente de la preilustración española, constituyendo una minoría dentro del panorama general del escolasticismo español que, aunque bajo la constante vigilancia inquisitorial, contribuiría como semilla, a una discreta modernización científica junto, a un intento de destaponamiento de las herencias galenistas y escolásticas de la medicina y la cultura española presididas por la tradición y la Fe. El horizonte de los novatores en cuanto a su programa médico no era otro, que la mirada y la experiencia ateniéndose exclusivamente a verdades coincidentes con la naturaleza de las cosas. En el terreno del saber médico el conocimiento anatómico se apoya en la fisiología y anatomía del cuerpo, mirado macroscópicamente desde sus afueras, pero leído desde el adentro. El representante más significativo, sería el médico castellano Juan de Cabriada y Borrás (1661-1743) que publicaba en 1687, su Carta filosófica, médico-chymica que probablemente constituya en la España todavía atenazada por la negrura de nuestro Barroco como expresión cultural de la Contrarreforma, un intento de racionalidad y modernización de la medicina, que en cierta manera aparte su sello inaugurador, supuso al mismo tiempo, una cierta herencia de relatos anteriores de Vives o Miguel Sabuco como cuando nos habla cien años después, de la función del “suco nerveo” o como con la ayuda del “Atlas anatómico” (1687) del grabador Crisóstomo Martínez, su mirada va a ir más allá de la anatomía de superficie de la “Fábrica” vesaliana para descubrir, la anatomía de las vísceras y las “grasas, “trazando bajo la nueva fisiología de la sangre con los descubrimientos de Harvey, un nuevo tablado anatómico que servirá de sustentación para la anatomopatología del nacimiento de la clínica, con novedosos enfoques crítico/fisiológicos sobre la sangre, las sangrías y las fiebres en paralelo, con otro novator de ascendencia italiana pero afianzado en Madrid, Juan Bautista Juanini (1663-1691) el inaugurador[57] de la iatroquímica e higiene pública española con su Discurso Phisico y Político… (1679) publicado[58] una década antes de la “Carta” de Cabriada durante el paradójico – no exento de virtudes -,reinado del último de los Austrias menores a las puertas ya, del ocaso del obscurantismo científico del Barroco español. Si Cabriada se concentra exclusivamente en el terreno anatomoclínico, Juanini se acercará a lo sociomédico siendo el precursor de la higiene pública española colocando la iatroquímica en la gobernanza de la ciudad y de ahí, en el cuerpo de las gentes como sujeto referencial introduciendo adelantadas consideraciones psicosociológicas como cuando comenta:

“…las pasiones del ánimo, o pefadumbres, nada es mas nocivo para la falud que ellas afsitomadas de repente, como infenfiblemente continuadas, porque effas apocan, ò entorpecen los efpiritus vitales, y animales, y poco a poco los van deftruyendo…” Juanini, op. citada, p72

A partir de Cabriada y Juanini, se inaugura un discurso que bajo un relato médico/químico cercano al del Paracelso de las enfermedades de los mineros y bajo un lenguaje ensombrecido aún por las herencias alquímicas se van a derivar dos consecuencias que nos llevarán aparte de su relevancia para la modernización de los saberes médico anatómicos y fisiológicos, a una especial significación para los espacios de la cura, con las necesidades de un nuevo modelo hospitalario y otro, para el desvelamiento  del cuerpo de las gentes en  sus relaciones con el entorno socioambiental que, desde los inficionamientos del aire por la pobreza y la desidia higiénica nos van a conducir en el trascurso de un siglo, con la aparición de la fábrica y los obradores contaminantes a que, los higienistas y las administraciones municipales comiencen a ver el cuerpo de los trabajadores e indirectamente, de la mayoría de la población, desde sus propios intereses de salud y bienestar. Un cuerpo que todavía es una máquina de sangre, pero que apunta maneras en su patogenización en la medida en que van surgiendo nuevos factores morbígenos, relacionados con lo psicosocial en cuanto qué, el miedo y las “corrosiones del carácter” como diría Sennett (1998) van, aunque lenta y entrecortadamente, entrando en la nosología del enfermar. Sin embargo, esto será como apuntábamos, un recorrido lento que ocupará todo el XVIII y buena parte del Ochocientos hasta que los miedos a las tormentas que van a recorrer Europa y España a partir de 1834  escrituradas en el “Manifiesto” de 1848 y claramente sentidas en la misma fecha, en las barricadas de Berlín, Viena, Milán o Paris, aunque en menor medida en España, irán viendo el cuerpo de las clases populares no solamente desde una mirada clínico/médica sino a la vez, desde una clínica/social y biopolítica que se constituirá a pesar de la lucidez, honestidad y probidad de algunos médicos en complemento de la ortodoxia clínica inaugurándose, el entorno políticamente correcto – incluso académico-, en el manejo del enfermar de los cuerpos de la mayoría de la población y especialmente, si es urbana, con una medicina social – antes que obrera-, que, fundamentalmente, será una medicina defensiva y, a la defensiva, ante unos contingentes, envilecidos por miserias y pauperismos del hambre, la fatiga y la ignorancia y, sobre todo, contaminadas sus conciencias por los catequistas de la Internacional. Un cuerpo que, con la sociedad de la máquina deja de ser “máquina de sangre” para convertirse en prótesis de la misma saltando, de un modelo de sociedad en el que, la fatiga y las quebraduras de la salud residen en la biología del cuerpo a otras, infinitamente más morbígenas y, en donde sus corrosiones y quebrantos van a clavetearse en el cuerpo y además, en las almas; el cuerpo del trabajador ha dejado de ser un mecanismo para convertirse en un engranaje desbiologizado del capital y la máquina.

A partir de finales del Setecientos se van a realizar tres lecturas del cuerpo de las gentes por intermediación del cuerpo de los trabajadores. Una desde su productividad social y económica; otra desde la medicina como sujeto de la vida, la enfermedad y la muerte más, una tercera desde la gobernanza y la policía del territorio. Desde la primera, como intento de que ese cuerpo sea funcionalmente útil al capital, desarrollando un novedoso constructo científico acuñado por los ingenieros mecanicistas franceses anteriores a la creación de la renombrada École Polythecnique (1794) con la saga representada por el magisterio del  ingeniero militar Charles-Augustin Coulomb (1736-1806) y el matemático Lazare-Nicolas Carnot (1753-1823)[59] los que directa e indirectamente van a diseñar el modelo mecanicista del cuerpo del trabajador matematizando su energía corporal; primero desde las máquinas simples – su propio cuerpo y las carretillas o poleas -, y después sobre la máquina en movimiento – los primeros “vapores” -, con dos escritos relevantes: Théorie des machines simples de Coulomb (1779) y Essais sur las machines en génerale de Carnot (1786).En la primera y en su capítulo III, Coulomb desarrolla su IV Mémoire sobre sus Recherches sur la force des hommes:

“…Destinées à déterminer la cantité d´actions que les hommes peuvent fournir par leur travail journalier…”[60]

Si en Coulomb se trata de calcular la cantidad de esfuerzo muscular del cuerpo del trabajador para eliminar la entropía del “rozamiento” propio aún de la economía de la factoría con sus máquinas de brazos, carretillas y cabestrantes en Carnot, aparece ya, la economía de la máquina del industrialismo, de la “máquina en movimiento “cuya energética se pierde tanto en movilidad como en tiempo, a pesar de la fuerza que se utilice, lo que llevará a la duración de la jornada llegando sin pretenderlo, a consolidar la duración de las horas de trabajo como compensación de la entropía “natural” de la máquina y aclarándonos desde la mecánica, la biológica ergonómica de la fatiga[61] y su manejo en aras de la productividad empresarial como explicación técnica/ingenieril de la plusvalía del capital. En nuestro país y algo posteriormente hay que resaltar la aportación de José Odriozola y Oñativia (1786-1864) coronel de artillería y miembro de la Real Academia de Ciencias del que, en 1839, se publica su casi desconocido tratado sobre Mecánica aplicada” llevando como subtítulo “Sobre el trabajo de las fuerzas” que,[62] aparte de ser una recopilación de la obra de Coulomb y Coriolis[63], se nos presenta como una de las primeras escrituras españolas a propósito de la fatiga de los trabajadores al comienzo de la industrialización con oportunos comentarios sobre las particularidades del “trabajo de los hombres” y muy especialmente sobre la duración de la jornada de trabajo y su relación mecánico/cuantitativa” con la fatiga incluyendo adelantadas recomendaciones de estricto enfoque ergonómico; veamos lo que nos dice este militar ilustrado que se adelanta a los médicos [64] en el diseño de la fatiga, ritmos de trabajo y horario de trabajo aunque sea comparándolo con los animales e incluso, incluyendo este trabajo en el todavía coleando programa, del mecanicismo y sus consideraciones del trabajo del hombre como un motor humano.[65]

“… Con los progresos del saber ha ido la especie humana sustituyendo á sus débiles fuerzas las de los animales vigorosos y dóciles; después las de los agentes inanimados que encuentra dispuestos por la misma naturaleza; y posteriormente la del vapor del agua qué ya sabe utilizar del modo mas ingenioso imaginable. Los agentes inanimados presentan una inmensa y económica potencia, con la ventaja de ser incansables; pero las máquinas adecuadas á ellos hasta el presente requieren cierta estabilidad; circunstancia que los hace inaplicables á algunos servicios…hay que distinguir dos cosas en el trabajo de los hombres y de los animales; la cantidad de efecto dinámico que pueden producir, y la fatiga que experimentan al producir este efecto. El mayor partido posible se saca, conciliando el máximum del efecto utilizado con la dosis de fatiga que razonablemente se pueda exigir…Cuando el agente de la potencia es incansable, o por mejor decir se renueva continuamente, el día laboral puede ser hasta de las 24 horas. Pero si es animal quien suministra potencia, necesita recuperar á periodos las fuerzas gastadas, haciendo descansos para reposar, alimentándose , &ce; …por eso, el día laboral de los animales no es de 24 horas sino de 6, de 8, de 10 &, según la clase de faena…En algunas faenas, ellas mismas dan intérvalos de descanso ó de menor esfuerzo, alternados con otros de mayor; y ocurre la cuestión de si la alternativa de esfuerzos grandes con descansos como es propia de ciertos, presenta  oficios presenta ventajas particulares para que resulte un efecto útil mas considerable, que si el motor trabajase con más continuidad pero con menor esfuerzo…”

Este enfoque del trabajo humano desde una perspectiva ingenieril de Odriozola, le interpretamos como algo coincidente con otros tres aspectos relacionables con la economía política, con la gobernanza política y con los saberes médicos. En suma, con las significaciones y utilidades del cuerpo de las gentes en el traspaso de la economía de las productividades de sangre, credo y estatus a las del mercado y la producción de bienes de la sociedad que, inician de la mano el Renacimiento y su correlato paralelo del Mercantilismo. Dos aspectos entrelazados que, probablemente sean más significativos y decisivos que, los representados por el paso de una sociedad teocéntrica a otra antropocéntrica, situándonos en el enfoque que algunos historiadores y filósofos[66] estarían dando al tiempo cultural que va desde finales del Cuatrocientos hasta las primeras décadas del Ochocientos referida a la creencia en una clara desconfianza y hostilidad entre ciencia y religión, cuando probablemente la realidad fuese otra y, precisamente ese tiempo científico y cultural que se desliza desde el siglo XVI hasta las puertas de la sociedad de la modernidad industrial, lo que estaría sucediendo no sería otra cosa que la reconversión de una teología pasiva/espiritualista del cuerpo, en una teología física de utilidades socioeconómicas y políticas diferentes. En el fondo, a una especie de desamortización económica en que, la “riqueza” salta de un imaginario pasivo y de acumulación, para dinamizarse mediante el comercio y la circulación dineraria de modo que, se consiga una sociedad realmente productiva a través de cuerpos y trabajos productivos. Un modelo de sociedad en el que, ya no serán de utilidad imaginarios y realidades que dividan los cuerpos desde la sangre y los tipos de trabajo, viles u honoríficos. Poco a poco, lo importante es que, cuerpos y trabajos sean útiles y productivos directamente para la República, sin la intermediación absoluta de la Iglesia, lo cual, no quiere decir de lo religioso, de manera que, no se habrían esfumado las vinculaciones entre ciencia y religión sino posiblemente, todo lo contrario y, estos siglos que conducen a la muerte de Dios en el trascurso del XX, fueron en realidad tiempos de la más absoluta religiosidad[67], lo que no supone confundirlos con los tiempos de la telogización medieval. Una religiosidad, además, desprendida de las dos cristiandades; la de la Reforma y la Contrarreforma (recordemos a Weber) como cementado de la nueva cultura de las sociedades del capital, las nacionalidades y la fábrica, constituyendo el tejido ideológico y material apropiado para la funcionalidad/homogeneidad productiva de toda la población. Piénsese solamente en todas las estrategias de penetración cultural/religiosa que, desde la escuela primaria, la parroquia y la sociabilidad (periódicos, novenarios, ceremoniales, ritualizaciones) inundan todo el territorio europeo y que, en España cobran una significación especial al tratarse de un país, aún ruralizado y sometido a las herencias de tres culturas religiosas. Incluso el liberalismo español desde las Sociedades Económicas de Amigos del País, pasando por las Cortes gaditanas hasta la ILE, mantendrían la presencia más o menos patente el poso espiritual cristiano ya sea en su letra más evidente, mediante la presencia de clérigos – sociedades económicas y Cortes -, o en la música, en el caso de la Institución krausista. Únicamente algunos personajes aislados, Roque Barcia o Francisco Suñer, nuestros malditos librepensadores republicanos, los herederos de los otros malditos de la Ilustración francesa como D´Holbach, Merlier o Diderot, se desvincularían de la impronta religiosa, aunque, conservando todavía una cierta liturgia sacramental, aunque ésta, fuese republicana.

Trasladado todo esto al pensamiento económico, nos vamos a encontrar con las primeras aportaciones españolas a la economía política a partir de la obra de uno de sus más genuinos representantes: Antonio Muñoz[68], autor de:  “Principios de Economía Política” (1769), un escrito en el que de manera nítida se pronuncia por la sustitución de los bienes teologales por las “cosas” de manera que, la esencia del poder de las sociedades y del Estado, pase del “honor “y la defensa de la cristiandad a “las cosas” mediante la esencialidad de los “bienes,” mediante el cuerpo de los hombres ligados a trabajos útiles y productivos o, desde una sociedad teologal a la sociedad ocupada/productiva, intentando una reconducción “ilustrada” del enfrentamiento radical Contrarreforma/Reforma de los años del Barroco llevando a la aparición en la escena española a la saga de los políticos preocupados y ocupados por “las cosas “que atañen realmente al bien de las gentes y del Estado, como Aranda, Ensenada, Campomanes, Jovellanos, Cabarrús o incluso, escritores ácido/críticos como León de Arroyal.

La penetración/repercusión o simplemente relación, de este discurso económico e ingenieril que venimos condensando hasta aquí, en los saberes médicos no es fácil de resolver, sobre todo desde enfoques unívocos y lineales. No obstante, se pueden advertir contactos tangenciales, momentos y ejes de confluencia desde los que se podrían rastrear o diseñar, convergencias y paralelismos como por ejemplo, en lo que pudo suponer como relato dinamizador del cuerpo, la nueva mirada fisiológica derivada de las evidencias sobre la circulación de la sangre iniciadas por Servet (1546)y rematadas por Harvey en 1628 que modifican totalmente el esquema galénico, que no deja de ser un modelo estático sustentado por una fisiomecánica del equilibrio de los humores. La vida y el enfermar suponen un movimiento, una dinámica fisiológica al igual que en la vida social, una dinámica socioeconómica. Dos maneras convergentes de desamortizar el cuerpo de las gentes, una desde la economía y la mecánica y otra, desde la medicina desde las que probablemente la mecánica o el uso de las máquinas constituya la base de partida de estos dos ejes comprensivos en la medida en que se puede establecer una profunda relación entre máquina, trabajo, cuerpo e, incluso saber médico y ciencia moderna como base de sustentación y clave explicativa de la naturaleza en la medida en que se supera y traspasan los imaginarios negativos heredados de las culturas clásicas con respecto al trabajo y las actividades manuales y mecánicas y, por lo tanto, a cuerpos que deben estar doblegados a lo espiritual ya sea, religioso o filosófico, siendo el alma la verdadera dueña del cuerpo en un recorrido que partiendo de Platón pasa por Séneca y Cicerón[69] para incrustarse durante casi quince  siglos en nuestra cultura occidental con el cristianismo paulino en un panorama epistémico que, no obstante, se va a ir disolviendo a partir del bajomedievo con la aparición de algunos ingenios mecánico/técnicos como el molino de agua o la modernización del arado romano que van aportando sustanciales modificaciones en el trabajo humano produciendo patentes beneficios en todas las artes útiles desde las textiles, las militares, la navegación, la agricultura, la medicina e incluso las relaciones sociales que, de alguna manera estarán apuntando a nuestro peculiar/excepcional recorrido desde la hominización a la humanización mediante el uso de las primitivas estrategias herramentales con la utilización de utensilios como “prótesis tecnológicas[70]

Volviendo a la cultura médica española y en cierta forma en paralelo con el nuevo relato maquínico/productivo iniciado en la Ilustración tanto por ingenieros como economicistas, los saberes médicos españoles van a partir de la negación/superación del paradigma médico establecido por el escolasticismo galénico, que, en lo referente al cuerpo y a su trasfondo socioeconómico, nos puede dar paso a una serie de reflexiones que, por lo menos, a nosotros nos resultan de interés. En primer lugar y, yendo de lo social a lo fisiológico nos encontramos con que la España que se va lentamente constituyendo desde el primer Mercantilismo[71], asentada sobre una economía urbana pasiva, de acumulación de metales preciosos y de herencia de la tierra a modo de “manos muertas” no solo, no aguanta más, sino que origina toda la crisis del Barroco español. Es, constituye una sociedad plenamente “amortizada”, fija e inamovible, en la que estarían conexionadas las primeras telarañas de nuestra historia, todo el polvo que iríamos incorporando hasta casi nuestro anteayer. En el fondo, lo que conseguirían – y sobre todo intentaron -, novatores e ilustrados, no sería otra cosa que un intento de desamortizar, economías, cuerpos, fisiologías, trabajo y mentalidades. En cuanto a la medicina, la primera tarea consistió en dinamizar la peculiar anatomía y fisiología galénica a su vez, amortizada por su modelización escolástica/tomista, santificada además por Trento,[72]acompañada de una modificación sustancial en el saber y práctica de la cura, como sería la crítica de las sangrías por algunos médicos renacentistas, lo que no supuso su desaparición,[73] sino todo lo contrario, hasta los inicios del Novecientos[74] en que curiosamente, va a ser sustituida por la trasfusión de sangre de humano a humano, que no deja de ser una especie de sangría para el cuerpo del donante, acompañada por la introducción de nuevos elementos terapéuticos como la quina, obtenidos por procedimientos químicos con la inicial entrada de la iatroquímica, como progresiva sustitución de la farmacopea galénica por una farmacología del medicamento acompañado de novedosas evidencias sobre la digestión y los procesos de fermentación que, junto a la fisicoquímica de la oxigenación y la respiración, otorgarían provechosos constructos teóricos para el manejo por ejemplo, de la higiene pública – como en el caso del informe de Juanini sobre el aire de Madrid -, o incluso posteriormente, sobre la fatiga en el trabajo, a partir de la recepción de las Memorias (1789) de Lavoisier sobre la “Respiración de los animales” [75] en la que podemos leer a propósito de las necesidad de tener una aceptable higiene ambiental en el trabajo, y de paso, denunciando las segmentaciones entre los cuerpos de los trabajadores y las clases privilegiadas según la disponibilidad de una aireación adecuada, lo siguiente:

“…Pero ahora, ya que la experiencia nos enseña que la respiración es una verdadera combustión, que consume a cada instante una porción de la substancia del individuo; que este consumo es tanto más grande cuando la circulación y la respiración son más aceleradas; que aumenta proporcionalmente a la vida laboriosa y activa que lleva el individuo, un montón de consideraciones morales nacen inmediatamente de estos resultados de la Física…¿Por qué fatalidad, ocurre que un hombre pobre, que vive del trabajo de sus brazos, que está obligado a desplegar para su subsistencia todas las fuerzas que la naturaleza le ha otorgado, consume más que un hombre ocioso, teniendo éste menos necesidad de reparar?…¿Por qué, por un contraste chocante, el hombre rico, goza de una abundancia, que no le es físicamente necesaria y que parecería estar destinada al hombre laborioso?…”[76]

La nueva fisiología que se estableció en Europa a partir del seiscientos, acunada parcialmente por Servet y rematada por Harvey con su teoría de la circulación general de la sangre supuso no solamente un acierto y una especie de revolución científico/médica[77] frente al de alguna manera quietismo/equilibrado de la teoría de los humores, sino algo que, en cierta medida, y trasladado a lo social, estaría también desamortizando las fijaciones de estatus, como heredades sociológicas que, desde los estatutos de limpieza de sangre dividían los cuerpos de la gente marcando, profundas diferencias en honorabilidad, y vida cotidiana en un recorrido no tan idealizado ni lineal como algunos historiadores pretenden en la medida, en que, el cuerpo y el saber sobre el mismo estaría continuamente trabado/despistado por innumerables trochas entrecruzadas de relatos, espiritualistas, eclesiales, científicos, económicos y políticos en un bamboleo constante, entre dos polos significantes; el representado por el cuerpo, como soporte entrecruzado entre biología/naturaleza y sociedad, en el camino de la ciudadanía y la democracia o, entre el cuerpo como soporte de imaginarios sacro/condenatorios o descarnados, para ser utilizado como coartada teológica o bio/ciber/tecno/científica en un futuro, ya, presente.

De aquí, la importancia de la mirada del sociólogo sobre el cuerpo y sobre la medicina. Más allá de la facilona referencia comparativa que el hegeliano general prusiano Carl von Clausewitz realizase en su inacabado libro “De la Guerra” (1832, aunque escrito entre 1816 y 1830) en el sentido de que la guerra no se podía dejar exclusivamente en las manos de los militares; trasladado a la medicina, aunque su hacer y saber estricto, es tarea de su oficio, al igual que la empiria militar del soldado, si cabe, que muchas de las miradas médicas se complementen con otras, dando lugar una lectura omnicomprensiva que, en el caso del cuerpo nos pueda liberar del homogénico relato iatrocentrista sobre el mismo, incorporando junto a otras, la mirada del sociólogo.

A nuestro modesto entender, y a pesar de lo que supuso de “naturalización/visualización” del cuerpo por la anatomía macroscópica alumbrada desde el Renacimiento como réplica a la anatomía opaca/distorsionante de un galenismo escolatizado desde la cátedra y la clerecía junto, al ingenuísmo con el que a veces hablamos sobre una especie de refundación o des/opacidad del cuerpo a partir del Quinientos europeo, desde criterios físico/científicos en oposición, a los teológicos del medioevo. Lo cierto es que, hasta la mediana del Ochocientos, los imaginarios culturales y científicos sobre el cuerpo se mantuvieron todavía engatillados por una continuada operación de trasferencia espiritualista que, por ejemplo, se haría patente en los comentarios que suscitan los Aforismos de Hipócrates en los escritos místico/teológicos de autores como San Juan de la Cruz o, toda la inmensa literatura catequística y moral de la época, asentada en manuales de confesores, sermones y literatura piadosa que inunda, la sociedad española durante casi tres siglos[78]. Como apuntábamos anteriormente (supra, p 49) durante todo este tiempo, desde la mitad del XVI hasta la mediana del XVIII, curiosamente entre la madrugada del Barroco español y su extinción definitiva, nunca existiría en España una acentuación y presencia más patente de lo espiritual/teologizado, en la lectura del cuerpo que, no obstante, caminaría junto a una acentuada visualización física del mismo, presente en las artes, la literatura, la economía, la política y la medicina. Es un poco, como si existiesen dos cuerpos; uno, el dionisíaco, heredado de la tradición griega y otro, el de la “carne “arrastrado de la cultura judeó/paulina.  En el primer caso, el cuerpo sería expuesto, narrado y considerado como un valor positivo, aunque, paradójicamente, este cuerpo apolíneo, bello, y desde el relato cristiano, santificado en la persona del “crucificado” se presenta además como “carne”, como metáfora del pecado y la corrupción, de manera que, el cristiano, para cumplir con la teología de la salvación, tiene que ponerse en guardia y luchar, no contra el cuerpo, sino contra la carne. Un relato, nunca presente en la Grecia clásica en donde, la “carne y la piedra” estaban integrados en el orden de la polis. Precisamente cuando el cristianismo rebasa la patrística y se teologiza a partir de los Concilios de Nicea, organizaría un nuevo Kosmos, un nuevo relato del “orden” emblematizado por San Agustín en su De Civitate Dei (413-426) obra enormemente luminosa para entender nuestro canon occidental, en donde el manejo teológico del orden nos conduce a la santificación no solo de la ciudad de Dios, sino, paralelamente a la de la ciudad del Rey, de manera que “ordenar” el cuerpo y la ciudad, en relación con su “carnalidad pasional” y los desórdenes de la “piedra y el suelo”, supone, conseguir no solamente la paz del hombre mortal con Dios “en la obediencia según la fe” sino además, la paz en la ciudad por “la obediencia de sus ciudadanos En suma, una teología del orden que, aunque parezca que reproduce la filosofía del equilibrio de la naturaleza de Alcmeón de Crotona o del Corpus Hippocraticum, irá por caminos opuestos, santificando teológicamente más que, un orden del equilibrio, materializado sociológicamente en la democracia ateniense, un orden asimétrico, sustentado en las obediencias feudales a Dios y al Rey, mediante el manejo del cuerpo, desde el “orden” de la “carne “de tal manera, que en el trascurso de estos años fronterizos de paso de la sociedad medieval a la modernidad renacentista y, aunque el cuerpo de la impresión, de presentarse como protagonista exclusivo, siempre va estar sometido a una contínua sospecha que necesita constantes vigilancias y recelos ejercidos especialmente por la Iglesia a modo místico, ascético o simplemente catequístico, para ser formalmente institucionalizados por el Tribunal de la Inquisición.

Es más, y dentro de esa peculiar manera de mirar del sociólogo, si reflexionamos sobre algunas de las estrategias que aparecen entre el XVI y XVII en relación con las diversas maneras de anular la espoleta carnal del cuerpo, mediante dispositivos morales como la ascesis mística/teológica o la propia medicina, con la regulación equilibrada de las “sex res non naturales” y en especial, con la que se refiere a los “efectos del ánimo,” podríamos llegar a la conclusión de que lo que verdaderamente se intenta regular y controlar es, la capacidad del ser humano, desde su indivisible corporalidad, de ser sujeto y dueño de su vida; en definitiva, de ser y ejercer su libertad como sujeto. Al final, el saber médico, la medicina se irá constituyendo como la gran reguladora de la vida del hombre en tanto cuerpo, y, sin que, desbanque totalmente el papel de la Iglesia en la regulación del alma, como componente separado de la carnalidad del cuerpo; tarea que, a partir de Descartes será compartida con la Ciencia. Ahondando algo más en este asunto, podríamos llegar a la conclusión de que, a partir del siglo XVI, y, sobre todo en España, de tanto darles vueltas a los pecados de la carne, conseguiríamos una potentísima presencia/visualización total del cuerpo tanto en la vida cotidiana como en la cultural. Otra paradoja/excepción más de nuestra sociedad que, por ejemplo, conseguiría que, en las dos etapas más moral/inquisitoriales de nuestra historia, el Barroco Imperial/catolicista y en el Franquismo nacional/católico, estuviese tan patente el cuerpo…y, que, hilando un poco más, cómo el cuerpo se constituye en la actualidad de la sociedad del mercado y la recarga de nuevos relatos laico/moralizadores sobre la carne, en el protagonista final/central de todos los imaginarios posibles.

En cuanto al saber médico, más allá, de sus  dispositivos estrictos, ya sean, patológicos, terapéuticos, quirúrgicos, preventivos o farmacéuticos, el saber médico moderno, al igual que, el de las ciencias en general, estaría siendo depositado/asentado en dos columnas de sustentación; la observación, y la renuncia al principio de autoridad heredado del escolasticismo medieval, de alguna manera, enlazando con el esquema socioeconómico y político derivado de una sociedad, a la que deja de ser funcional, tanto su economía “amortizada” de la tierra y la riqueza para pasar, a la economía dinamizada/desamortizada del Mercantilismo y de ahí, a la política del Rey absoluto, frente al Rey “feudalizado”del medioevo pero que no, obstante, seguirá estando condicionado por las formas y modos de producción junto, a las progresivas formalizaciones del poder político ya, sean en las sociedades del absolutismo, el despotismo ilustrado, los totalitarismos o las democracias -en especial, las del mercado/consumo -. Veamos el recorrido aunque sea, apretadamente.

En sus inicios, en la Grecia del Corpus Hippocraticum y en la Roma del galenismo, el canon marcado por las sex res non naturales, está ya, apuntando a un saber exclusivamente referido/depositado en el cuerpo del varón y del ciudadano libre, según un relato médico/preventivo que, en definitiva, estaba estratificando el cuerpo humano según se fuese hombre, mujer o esclavo. La patología consecuente era la del desequilibrio de los humores en coordinación con la acción de estos seis condicionantes; su terapéutica, el equilibrio. Elementos que proyectados sobre la vida cotidiana constituyeron el orden sociopolítico correcto y legítimo, de la sociedad europea/occidental hasta los inicios de la modernidad. Difícilmente, podrían ser proyectados y asumidos estos seis principios a cuerpos de esclavos y mujeres, que por su propia condición sociobiológica se les privaba de una humanidad plena, como seres que no podían acceder a las virtudes, honores y privilegios del cuerpo del ciudadano y que, desde la realidad política no tenían presencia, careciendo de la fuerza y el poder de la palabra quedando en el extrarradio de la democracia y de alguna manera, al exterior de la mirada médica[79] salvo en determinadas circunstancias como las militares o los momentos de pestilencias o urgencias higiénicas de carácter público. La medicina madrugada desde el Quinientos, sino radicalmente, irá consiguiendo parcialmente un cambio sustancial al ir desamortizando en parte, estos seis condicionantes “no naturales”, es decir no, esencialmente biológicos, en aras de la productividad de la nueva república del Mercantilismo, necesitada de nuevos modelos de productividad de los cuerpos, tanto de la mujer desde su función eugenésica como hembra y del esclavo, reconvertido en obrero, criado o jornalero, abarcando además, los cuerpos quebrados y desposeídos de vagamundos, lisiados y miserabilizados de toda condición.

Bajo las continuas, disputas y diatribas entre la medicina emergente de los “modernos” frente al saber médico del galenismo escolástico, que inunda todo el siglo XVII español, se esconden superando, lo estrictamente científico, claves sociológicas que se nos presentan relevantes como la que apunta a la movilidad y dinamismo económico, al cuerpo y a la propia dinámica sociopolítica, siendo por ejemplo significativo, que uno de los catalizantes del proceso nazca precisamente como consecuencia del descubrimiento de la circulación general (pulmonar- cardiaca- venosa-arterial) de la sangre como metáfora médica de la desamortización del trabajo y la economía desde la inmovilidad feudal/cristiana hacia la dinámica mercantilista, mediante la cual, el cuerpo de las gentes, al igual que la riqueza, tiene que moverse, tiene que ser económicamente productivo y escapar, del quietismo de las economías de la salvación, productivas a su manera hasta el primer Renacimiento. En poco menos de un siglo, la medicina de los “novatores” parece que se va liberando de la Universidad[80] y de la no inocente mirada del equilibrio galenista, dinamizándose, para seguir el compás de la economía e incluso de la política que, inaugura con el relato práctico/racionalista de Maquiavelo (1513, pdo., 1531), exento de cualquier veleidad espiritualista, la sacramentalización a modo laico/productivo, de la razón de estado.

Sin embargo, esta incipiente liberación será en la práctica, tan solo, una ilusión, mantenida por minorías y sectores limitados de la ciencia española. En realidad, en los territorios de la Corona castellano/aragonesa y, posteriormente del Imperio y la España liberal postfernandina, la hegemonía del saber oficial médico/universitario, mantendría su hegemonía prácticamente, hasta la Revolución de 1868, a pesar de “novatores” y de las endebles “luminarias” de nuestro siglo de las luces. Hegemonía que, para nosotros, presentaría notables pertinencias con el modelo de sociedad, que, durante casi cuatro siglos, sigue amortizada por cadenas sacramentadas.

La sociedad española que se iría constituyendo desde el Renacimiento[81], que, indiscutiblemente fue la de los Reyes Católicos, apenas dura hasta los inicios del XVII; solamente cien años, pero en los que se establecen características que van a estructural poderosamente imaginarios, mentalidades y modos políticos no solamente del Antiguo Régimen, sino que, aunque parezcan enterrados en determinados momentos de nuestra historia – Cádiz, el Trienio, la Gloriosa, 1931 -, vuelven a brotar, como diabólico Guadiana – 1823,1936 –. Para nosotros estas características, sin duda situables en esa nuestra sempiterna excepcionalidad histórica, serían en principio, la configuración de una sociedad férreamente unificada desde lo creencial/religioso mediante diferentes dispositivos institucionales que, simplificando, estarían representados por el Tribunal de la Inquisición (1478), la expulsión de los judíos (1492), diáspora/huida de moriscos (1502) y, desde lo socioeconómico; la apropiación hegemónica de la tierra – y, por lo tanto, de la riqueza -, por una nobleza que desbanca totalmente a la Iglesia, y, que mediante la institución del mayorazgo (Leyes de Toro, 1505) concentra en sus manos cerca del 98% de la propiedad agraria.[82] Desde lo sociopolítico, la institucionalización/centralización del poder absoluto de la Monarquía, sacramentándola como “católica “y, por lo tanto, pareja a la sacralidad de la Iglesia romana; de alguna manera, introduciendo madrugadoramente el Leviatán hobbesiano (1651) en nuestra cultura política. En suma, una cultura socioeconómica atascada por una clara ausencia de dinamismo en los sectores que, precisamente poseían y controlaban las riquezas del reino, en contradicción no solo, con la movilidad y dinamismo requerida por la sociedad premercantilista que se estaba formalizando, en los países del norte de Europa e Italia, sino, con el dinamismo mental socioeconómico y político que, exigían los dos descubrimientos basales del tiempo del Renacimiento; el del mundo y el del hombre[83], acompañado de un cierto redescubrimiento de la política a modo de “arte para gobernar” en lugar de una “teología de la gobernanza” a modo de la “Ciudad de Dios” de San Agustín

Desde lo sociocientífico, habría que distinguir dos periodos; el propiamente renacentista y el del Barroco. Durante el primero, el saber y la actividad científica española parece que se mantuvo en niveles muy aceptables y paralelos a la de otros países europeos con la introducción de los estudios matemáticos y algebraicos junto, a los verdaderamente pioneros de mecánica clásica, con una patente valoración de la técnica con la invención de instrumentos y desarrollo de la ingeniería antes de Vauban (1633-1707)

En una sociedad que empieza a ser dinámica en principio, todo debe estar en movimiento; máquinas, estructuras, sociales, mentalidades, naturaleza, cuerpos, ciencias y saber médico, lo que en muchos aspectos no va a significar otra cosa que, resolver problemas y casi siempre, chocar con los intereses de minorías cuyos privilegios nacieron y nacen precisamente, en un inmovilismo que atasca la resolución de esos problemas. En relación con la medicina, el médico castellano o catalano/aragonés del XV y XVI, se va a encontrar con una situación diferente al de otros territorios europeos; en principio, no ya solamente, luchar o superar parte del enfoque escolástico /galenista, sino, además, escaparse de las interferencias de otras dos culturas médicas como la judía y árabe, que entrelazadas y en constante comunicación inicial desde la Escuela de Traductores de Toledo, experimentarían sin embargo, un cierto distanciamiento en su empiria y aceptabilidad social de manera que la ejercida por médicos judíos sería la que representó mayores umbrales resolutivos[84]; siendo además, la que sería más valorada por los sectores sociales más privilegiados como la nobleza y el alto clero, mientras que los otros oficios menores  del arte de curar, principalmente ejercidos por sanadores de rango inferior como barberos y algebristas fuesen en los territorios del Sur de la Corona de Aragón o de Castilla, desempeñados mayoritariamente por moriscos en un medio social además con un peso poblacional mudéjar y morisco considerable[85]de tal manera, que podríamos perfectamente considerar el territorio español como un espacio en el que tan solo una parte mínima de la población tendría cubierta sus necesidades de cura y asistencia sanitaria por una, a su vez, mínima oferta de médicos y cirujanos latinos o universitarios mientras que,[86] el resto de la población dependían de la cobertura asistencial ofrecida por una abirragada y variadísima colectividad de empíricos y sanadores “romancistas” cuya mayor parte estaba integrada por curanderos y empíricos moriscos o judío/conversos.

De cualquier manera, lo que nos interesa resaltar, es cómo en la sociedad española que inaugura nuestra peculiar “modernidad” sociológica, se irían consolidando dos miradas asistencial/curativas sobre el cuerpo de las gentes que, en principio y sin duda muy provisionalmente, se nos presentan caracterizadas por dos ejes direccionales o dos polaridades. Uno, hacia dentro del cuerpo y otro, que se queda en la superficie y que, en términos más sencillos apuntaría a dos modelos terapéuticos: el propiamente médico/clínico y el anatómico/curativo o si se quiere, desde la enfermedad como proceso fisiológico o desde la lesión como acontecimiento traumático. Probablemente, si este relato lo realizase un médico y no, un sociólogo, habría que introducir diversas consideraciones estrictamente técnico/médicas, que harían excesivamente simplistas nuestras consideraciones, lo que, por otra parte, no invalidarían la validez de nuestra exposición en lo que puede tener de búsqueda “comprensiva” de la matriz que sustente nuestro hilo reflexivo sobre las relaciones entre cuerpos, saberes médicos, y sociedad que, al final puede que nos lleven a considerar la existencia de solamente dos cuerpos, el de las clases sociales detentadoras del poder social y, el cuerpo de los excluidos del mismo. Una polarización que continuamente estará atravesando todos los territorios y espacios no solamente de la vida cotidiana, sino, de la cultural, la socioeconómica, la política y la propia mirada médica. En suma, toda una estrategia biopolítica para organizar dos modelos corporales y dos modelos sociales; uno el “cuerpo del caballero” cuyo referente y sostén teórico estaría depositado en el “Examen” de Huarte de San Juan (Vide; infra nota 118) y otro, el cuerpo de las gentes de las clases populares como cuerpo/máquina en lo biolaboral y cuerpo “supeditado” desde lo sociopolítico

Explayando el asunto:

Aunque con toda seguridad siempre existieron polarizaciones y parcelamientos en los cuerpos de las gentes será a partir del Renacimiento[87] cuando se sedimenta y consolida un sistema clasificatorio de características diferentes relacionadas con el trabajo, y la productividad biopolítica del cuerpo que, irían lentamente orodando los sistemas tradicionales de segmentación sustentados desde la sangre y el nacimiento para dar paso a un sistema de exclusiones y diferencias asentado sobre la propiedad que, en el caso de la “excepcionalidad española” se presentaron siempre atravesados por el profundo y potente condicionamiento estamental del nacimiento y la casta hidalga con el arrastre continuado de un menosprecio por las actividades y oficios mecánicos que, de una u otra manera se mantendrían hasta nuestros días,[88] y, que además, posiblemente tenga recorridos y anclajes temporales anteriores al siglo XVI, entroncados en la potente tradición castellana cristiano/medieval y heredades grecolatinas por la cual, la sociedad sería considerada como un organismo con funciones y posiciones sociales fijas e inamovibles expuestas por ejemplo, en las Siete Partidas (II, t.XVII) mediante la segmentación y fijación del estatus social por “razón del lugar que tiene”[89] el cuerpo de las gentes en dicho organismo societario que, al igual que la Naturaleza, sería inamovible. En suma, todo un conjunto de elementos jurídicos, sociales y filosóficos que unidos a los médicos y curativos agavillan un espectro mental  de una complejidad probablemente más amplia que la existente en los demás territorios de la cristiandad renacentista y que, para reforzar aún más su excepcionalidad contaría con la militante respuesta de la Contrarreforma felipista[90] al nuevo relato “desamortizador” de la Reforma luterana que otorgaría – a lo menos doctrinalmente -, al cuerpo valoraciones más dinámicas y mercantilistas separadas de las sacramentaciones medievales ancladas en la economía de la salvación.

De cualquier manera y, más allá de las diferentes miradas de los saberes médicos sobre el cuerpo, seguimos pensando que las claves del asunto residen en la segmentación de los cuerpos de las gentes desde su modelo de trabajo o lugar en el sistema socioeconómico/laboral, para su subsistencia/supervivencia y, desde el cual, se establece una estructura significante que abarca toda la vida del hombre hasta nuestros días, agavillando salud, enfermedad, bienestar, mentalidades, satisfacciones, desigualdades y poder que, además parece que solamente se equilibra en el estatus “movedizo” y continuamente amenazado a su “liquidación” de ciudadano, dentro de una sociedad democrática y mínimamente decente desde la que, probablemente, tendríamos que olvidarnos de cualquier maximalismo que intente construir sobre la figura del ciudadano, como se hizo con el proletariado fabril y campesino del XIX, ningún alfa ni omega de la historia. Simplemente, una sosegada y a la vez, convencida convicción, en que, la vida de las gentes sea más soportable en unos modelos de sociedad en la que, a lo menos se minimicen/controlen, unos gradientes de sufrimiento y desigualdades, que siempre, acompañarán a la obscenidad natural de la vida humana quizá, porque sin ellos, esa misma vida de los humanos, no sería una verdadera vida sino, la vida de una máquina. Un lugar, una posición que, aunque con anclaje aristotélico – recordemos tan solo, su “Política” -, se reconstruye en la Europa cristiana/romana con la instauración de la sociedad feudal/estamental Alto Medieval desde la que, paradójicamente el relato homogeneizador del cristianismo primitivo basado en la igualdad de los cuerpos se resquebraja, al romanizarse y constituir sobre el modelo patriarcal/estamental greco/latino el modelo carolingio de los tres cuerpos sociales: el de los oratores, los bellatores y los laboratores, que en la práctica, darían lugar a solamente dos cuerpos, el de los que mandan y el de los que obedecen y, cuyo desarrollo y evolución se intentará romper a partir de la segunda mitad del Setecientos con la construcción sobre el mismo del concepto de civilidad, materializados aunque, tan solo doctrinal y regionalmente a partir de 1789 y, ser universalizados definitivamente en 1948. Hasta esta fecha, y con ausencias manifiestas en muchos países, un penoso recorrido al menos, de cerca de mil años, en el que se sacramentan dos modelos de cuerpos, que rememorando a Merleau Ponty (1945) supone dos medios que permiten la conciencia y representación del mundo, uno desde el poder y otro desde la sumisión que, paradójicamente se pueden también encontrar en las sociedades democráticas sin que, esto suponga una negación de las mismas, sino todo lo contrario, en la medida en que la verdadera defensa de la democracia, resida precisamente en una continuada postura reflexiva/vigilante sobre sus excrecencias banales y sacramentaciones populistas que continuamente la estarían acechando en la actualidad como por ejemplo, olvidarse que L’Esprit des loix, fue escrito por Montesquieu en 1748, pensando en el modelo político newtoniano/monárquico británico con anterioridad al modelo republicano francés de 1789 o que, la semántica de la libertad no es la del mercado, originando el relato posmoderno de la banalidad del mal, que supone la institucionalización de la estupidez, algo tan corrosivo, que diluye absolutamente la percepción en que, aún, se mantiene la división de los cuerpos de las gentes, y que, ahora se haga, desde manifestaciones que, probablemente sean más corrosivas que, las tradicionales simplemente, porque en la actualidad, no se palpan como antaño, al ser totalmente líquidas…[91]

Pues bien, como comentábamos (supra, p.59) estas direcciones de la mirada médica, que podrían suponer dos oficios médicos, uno para recomponer y otro para equilibrar patologías y cuerpos diferenciados suponen a nuestro entender – como sociólogo y no, como médico -, una de las posibles claves comprensivas de la relación entre el estatus de los oficios y la construcción del saber clínico de la modernidad occidental que, por otra parte, estaría – como suele ser habitual -, no exenta de paradojas como cuando por ejemplo, nos topamos con la teoría de William Harvey (1628) sobre la circulación de la sangre que no supuso únicamente una significativa evidencia anatomoclínica sino una verdadera revolución sociopolítica para la sociedad española/americana del siglo XVII, desamortizando y alterando científicamente lo que desde la promulgación de la Sentencia-Estatuto (1449) supuso la sangre de los judíos – aunque se bautizasen -, transmitiendo condiciones morales inalterables de condena y deshonor pero a la vez, construyendo nuevas situaciones diferenciales, sustentadas por el tipo de oficio y la constitución física esténica, ejemplificada en el cuerpo de las gentes dedicadas a los oficios viles y mecánicos o a los cuerpos de los indígenas amerindios. Así, el descubrimiento médico/científico de la circulación de la sangre, que pondría contra las cuerdas, la inamovilidad y el mayorazgo de la sangre como heredad inalterable, daría lugar a un saber médico exclusivamente depositado y ejercido por médicos latino/universitarios, los de “túnica larga” amparados por el Protomedicato que, además van a introducir nuevas operativas terapéuticas con el dominio y apropiación de una farmacopea alimentada desde nuevos productos coloniales como la quina, que irían sustituyendo las hiervas y hortalizas de los huertos conventuales, bosques y praderas extramuros de las ciudades, y que, ahora sería considerada como materia médica, como un saber exclusivo de los médicos latinos bajo formulaciones magistrales que solamente puede manipular el boticario a diferencia del curandero rural o urbano, que será el mismo, el que cubre toda la búsqueda y manejo del medicamento.

Abundando en esto del nuevo saber médico sobre la sangre y la farmacología, nos vamos a encontrar con un elemento que haría referencia otra vez más, al asentamiento de estos dos estatus de los cuerpos de las gentes, a partir del Renacimiento de manera que, la mayoría de la población cuyas enfermedades estaban atendidas por sanitarios de cultura médica galénica arabizada mantuviesen la prácticas flebotómicas tradicionales ejercidas por barberos/sangradores y en el mejor de los casos, cirujanos romancistas de la misma manera, que el mantenimiento de una farmacopea tradicional fuera del control de la fórmula magistral por curanderos y sanadores. Aspectos que se mantendrían en lo que respecta a la sangre hasta los inicios del siglo XX, cuando la transfusión humana directa brazo a brazo, de la sangre conseguiría liberarse de los inconvenientes que la amenazarían desde sus balbuceos en el siglo XVII y que, por diversas razones alcanzaban difícilmente a la población rural[92] española e incluso al equipamiento de las casas de socorro urbanas que en muchas capitales de provincia españolas no la tendrían, hasta los años 20 del pasado siglo[93]Aquí, como en otros aspectos relacionados con las diferencias entre los cuerpos, nos damos de bruces con nuevas versiones de las mismas. Hasta hace muy pocas décadas, los cuerpos esténicos de los trabajadores pero a la vez, debilitados por la pobreza y las condiciones de trabajo, cuerpos que necesitan aporte de sangre no solamente por las  hemorragias derivadas de los traumatismos del trabajo, sino además por patologías carenciales, van a ser, los que menor acceso tuvieron para acceder a los dispositivos centrípetos de aportación de sangre, difícilmente posibles en casas o cuartos de socorro urbanos, o cuartos de cura de algunas empresas más, la situación de los jornaleros del campo, cuya asistencia más cercana era la casa del médico. Paradójicamente, toda esta población, que necesitaba sangre, era la que estaba imposibilitada para tenerla, mientras que siempre, tendría cerca – especialmente en el medio urbano -, a un barbero – y, modernamente un “practicante”-, [94]que irónicamente solo serviría para extraerla, mediante diferentes operativas desde la lanceta y sanguijuelas a las ventosas [95] Por el contrario, los cuerpos de las minorías “asténicas”, los cuerpos del “noble caballero” del nuevo patriciado urbano protoburgués, de las gentes que se irán situando entre codazos a partir del XIX, en los escaños de lo que podríamos considerar la peculiar y endeble clase media española, cuerpos que no necesitan sangre, – o no, tanta como los trabajadores -, serían los que, lentamente tendrían más tarde, ya en los albores del XX, la posibilidad a que la obtengan; simplemente, por sus diversas facilidades para acceder a centros hospitalarios o sanitarios ubicados en las grandes ciudades. Valga ésto, a modo de una digresión más, sobre las diferencias de los cuerpos ante la medicina y los lugares para la cura.

La cuestión que nos interesa y el hilo conductor del asunto, es que, a través de diferentes trayectorias culturales y científicas podríamos constatar como se iría construyendo/reconstruyendo o arrastrando en nuevos odres, una constante realidad social – en este caso en el tiempo de despegue la modernidad europea/española -, desde el que con una cierta nitidez se va organizando la idea y la materialidad de que, existen dos modelos de cuerpo. Uno para el trabajo y otro, para la vida. Y esto, dista mucho que sea o pueda suponer una ocurrencia o una torpe simplicidad; no es tal cosa, sino todo lo contrario. Precisamente, estos dos modelos de cuerpo, uno para el esfuerzo y el quebranto y otro para la vida “beata” supone y sigue suponiendo, dos miradas, dos empírias, dos espacios para la cura y dos oficios o modelos profesionales para su ejercicio y, todo ello, dentro de un modelo de organización sociopolítica que determinaría en la práctica dos culturas médicas, dos oficios y dos espacios, o mejor dicho, un espacio indefinido que, simplificando serían los del barbero y los del médico/cirujano, actuando sobre dos cuerpos que pierden la salud también según dos modelos: uno como máquina, rompiéndose y otro, simplemente, como organismo, “enfermando” Para los primeros la cura del barbero; para los otros, la del médico, lo que supone también dos modelos diferentes de manejar los quebrantos de la salud por dos modelos de profesiones sanitarias organizando una estructura asistencial perfectamente integrada en el sistema de valores de la sociedad estamental en el tránsito del XV al XVIII. En principio y, desde el final del Bajomedievo tendríamos dos modelos de curar, relacionados a su vez, con dos modos de acercamiento al cuerpo y dos situaciones patomórbidas, las de la superficie del cuerpo y las de su interior, relacionadas con dos oficios en el arte de la sanación. El del médico latino/universitario y el del cirujano – acompañado del barbero -,. El médico universitario, el antiguo “físico”medieval, que en general, nunca tocaba ni conocía el cuerpo enfermo y dolorido y al que, solamente accedían “virtualmente” a través de comentarios y lecturas en latín de autores grecorromanos y árabes traducidos en Salerno o Toledo, y los cirujanos;[96] aquellos que sajaban, tocaban los cuerpos y manchaban sus manos de sangre, curando heridas y llagas, arreglando traumatismos, abriendo tumores y lanceando el cuerpo para realizar sangrías. En suma, los teóricos y los empíricos. Los primeros, muy pocos, actuando casi exclusivamente en las ciudades y en entornos sociales privilegiados. Los segundos, sobre la mayoría de la población tanto urbana, como sobre todo rural[97], la que, además estaba más expuesta a los “quebrantos de superficie”, lo que, no deja de constituir una inefable paradoja, en el sentido, de que “menos mal” que, podían estar asistidos por empíricos que no sabían latines pero que, si, conocían y tocaban el cuerpo.

Con relación a los lugares para la cura, acabamos de escribir: “dos espacios o un espacio indefinido” con lo cual, nos estamos refiriendo a que en realidad, no hay dos espacios acotados para la cura de la misma manera que, existieron – generalizando -, dos oficios, el del médico y cirujano latino para las clases acomodadas y los romancistas y barberos para la mayoría de la población sino, que, tanto los hospitales como indicadores máximos del espacio curativo o,  las “casas del médico” los “cuartos” y “paradas” de los barberos  o las casas de socorro, compartieron espacio para la cura con lugares improvisados y sobre todo, con una constante práctica itinerante tanto del médico como del barbero, de tal manera, que, en nuestro país, la visita a domicilio del médico o del practicante, ha formado parte del lugar hegemónico para el manejo – sobre todo -, de la enfermedad[98] hasta hace casi tan solo, 40 años, de tal manera, que no podemos decir que hayan existido dos espacios claramente acotados y definidos para la cura de las gentes según su condición social, sino, que estos lugares se organizan de manera diferente según la condición social, la condición urbana o rural del territorio[99] o la situación topo/geográfica del mismo y el acceso a los recursos económicos. Por ejemplo, en relación a los hospitales españoles solamente a partir de 1942[100] se puede considerar – en principio -, al hospital como un espacio clínico asistencial que intenta abarcar a la mayoría de la población que, además, iba a tener una gestión exclusivamente pública y centralizada desde el gobierno de la nación, sustituyendo el variadísimo panorama hospitalario anterior dependiente de Municipios, Diputaciones[101] y entidades benéficas generalmente religiosas, suponiendo para nuestro país el cierre de un recorrido asistencial que, partiendo de la caridad, pasa por la beneficencia y va a terminar ahora – aunque fuese durante el primer franquismo -, en la cultura asistencial de los seguros sociales.

Pero este hospital de propósito general que, al hilo de la cultura sociopolítica de los seguros sociales se iría estableciendo en Europa con unas décadas de madrugada en comparación a nuestro país, tampoco supuso que, de la noche a la mañana, el hospital modelo “residencia” del franquismo se convirtiese en el espacio asistencial único para toda la población independientemente de su estatus social. Cuando anteriormente hemos comentado en relación a la propia cultura médica que, teníamos la impresión de que, a partir de estos siglos inauguradores de la modernidad no solamente en nuestro entorno europeo/occidental, se habrían ido consolidando dos miradas sobre el cuerpo que con toda seguridad no serían exclusivamente patrimonio de la medicina como saber y empiria, sino el resultado de una cultura general depositada y construida desde una nueva clase social, que iría sustituyendo a la existente durante toda la Edad Media, sustentada inicialmente en el patriciado urbano/mercantil y ya, en los linderos del Setecientos con el XIX, en las burguesías del capital determinando algo más, que simples diferenciaciones de los cuerpos en cuanto a su salud, su cura , sus patologías o sus lugares de asistencia sino, de toda, una estructura que abarcaría toda la vida cotidiana, social y política de las gentes organizando un nuevo paradigma sobre el locus psicosocial como lugar de las gentes en la sociedad. Estamos hablando de la mentalidad burguesa, del sistema o paradigma psicosocial con que, un determinada sociedad en un determinado espacio/tiempo, concentra y organiza todo su sistema de valores, mores, elementos comportamentales y emocionales que, abarcan vidas privadas, sociales e instituciones, que ahora, esta  mentalidad burguesa irá sustituyendo a la mentalidad teo/feudal de la nobleza, como paradigma psicosocial predominante durante el medioevo y que, probablemente diera sus primeros brotes en algunos de sus contenidos como el descubrimiento de la individualidad – o, mejor su emergencia -, ya, durante la Baja Edad Media[102] organizando y fijando nuevos modelos de desigualdad en las gentes que se materializan especialmente, según dos modelos de entender, visualizar, cuidar, sentir y curar el cuerpo según la posición en el sistema social y que, en nuestro caso, nos van a conducir a partir del Setecientos al establecimiento de dos modelos definitivos con la instauración paulatina del trabajo industrial/fabril: Cuerpos herramienta y cuerpos organismos o cuerpos prótesis y cuerpos integrados, transformando la semántica del cuerpo en el Medioevo y Renacimiento de manera que, el cuerpo de las clases populares que, exceptuando los sectores absolutamente miserabilizados por la pobreza, sobrevive soportando las durezas del trabajo – especialmente en el mundo rural -, irá dejando de ser un cuerpo/máquina de sangre, un mecanismo animal que produce energía de manera diferente porque tiene alma – aunque sea un alma tosca y elemental -,  pero a la vez, equivalente energéticamente a otros animales y dispositivos de sangre, para verse con el despegue de la sociedad industrial convertido, en una simple prolongación de la máquina; en uno de sus engranajes o mecanismos fundamentales para la producción de plusvalías en la nueva sociedad del capital y la fábrica. Una prótesis, que para nosotros supone además y muy especialmente, algo más que, un referente somático/energético o funcional, sino todo un significante sociológico articulable con su estatus y lugar en la sociedad que se va lentamente constituyendo desde la segunda mitad del XVIII, de manera, que este cuerpo prótesis/mecanismo, en el trabajo, supone también ser una prótesis social; una adherencia, un engranaje adosado pero nunca integrado, en la máquina social que en Europa brota en 1789 pero que entre nosotros, intenta amaneceres en 1812 que, solamente se irán perezosa y parcialmente clareando a partir de 1868.

La clave de la cuestión residiría en que, nuestra teoría de los dos cuerpos y las dos miradas médicas, la entendemos dentro de una estructura y de un paradigma estructural absolutamente vinculante, desde el que realmente, se crea esta cesura del cuerpo de las gentes. Se es, cuerpo prótesis o engranaje funcional, porque fundamentalmente los hombres y mujeres de las clases populares, no son entendidas como algo estructural y realmente integrado en la sociedad que se va formalizando en el dintel de paso del Antiguo Régimen a la sociedad liberal del XIX. Quizá excediéndonos, podríamos decir que se es, una prolongación de la máquina – y en muchas ocasiones tan solo, una simple máquina -, porque no son considerados como ciudadanos; una categoría social que a partir del Ochocientos español, no es otra cosa que una herencia , una resonancia del estatus del “noble caballero”. Probablemente el cuerpo del labriego/jornalero del campo y el trabajador de los obrajes y oficios urbanos en la sociedad medieval, estaba mejor y más engranado en su estructura social, en el orden/espacio psicosocial de su época, que en el tiempo que inaugura el siglo XIX. Precisamente y, en último lugar, el orden social del medievo al estar estructurado/cohesionado por la cristiandad romanizada, utilizaba exclusivamente como dispositivo basal de cesura teológico/religiosa – ser hereje o no cristiano -, de manera que, las diferencias entre pecheros, caballeros o eclesiásticos se integraban y unían mediante el lazo teológico/social de la “comunión de los santos”, dentro del orden psicosocial de la cristiandad, lo cual por otra parte, no impediría que en la realidad cotidiana de la vida social no existiese un patente, férreo e inamovible sistema de prioridades, exclusiones y diferencias que, en el caso español y a partir del siglo XV, se desequilibrarían/reforzarían, mediante la introducción de nuevos componentes de exclusión a partir de la socio/semiología de la sangre que, según nuestra opinión modifica el sistema clasificatorio de la Edad Media en el que esa  excepcional comunidad del “nosotros” representada por los cristianos de la “comunidad de los santos” que no dejaría  de ser un “nosotros posmorten,”y que, a su vez, codifica y santifica la separación entre siervos y caballeros teologizando el sistema de estatus laico patriarcal, heredado de Atenas y Roma, se verá radicalmente alterado y en general reforzado, al introducir la limpieza de sangre como nuevo elemento diferenciador que, al ser utilizado/manejado políticamente por las leyes prohibiendo, el acceso a los oficios nobles de todo converso -especialmente -,judío,  va a determinar para las gentes de las Coronas de Castilla y Aragón, una cesura aún más robustecida entre cuerpos para pechar y cuerpos para mandar. Cuerpos de siervos que ahora serán siervos contaminados al llevar sangre sucia, heredada de moros y sobre todo, judíos. Los cuerpos de nobles, hidalgos y clérigos, los cristianos viejos por antonomasia, verán reforzado su estatus al refundir/potenciar, su locus estamental/teológico medieval con su limpieza de sangre, lo que no impediría que desde ambos constructos sobre el cuerpo, el altomedieval y el tardo bajomedieval/renacentista, no se apoyasen en el fondo, y se diesen, las mismas estrategias y mecanismos de exclusión social y sobre todo, de obtención de plusvalías detentadas siempre por minorías. Plusvalías y regalías siempre presentes cualesquiera que fuese el solado socioeconómico, ya sea el de las economías de la salvación medievales como las del mercantilismo, la sociedad del capital o las actuales de nuestra sociedad “líquida/telemática” del mercado que, por otra parte, presentan patentes conexiones sobre el modo y las prácticas sanitarias/curativas y, que, dentro de la matriz de nuestra reflexión sobre la sociología del hospital, se pueden encontrar referencias que, se nos presentan de un cierto interés como por ejemplo, al analizar el papel representado por determinados complejos nosocomiales bajomedievales castellanos como el de los hospitales monásticos de Guadalupe en el siglo XIV y XV, desde una perspectiva que agavilla componentes que van desde los culturales/religiosos a los médico/quirúrgicos, pasando por los económicos y políticos, aunque todos ellos arropados por la mística salvífica de la economía de la salvación,[103] que es lo que permite como particular modo de producción durante la Edad Media y sus flecos y adherencias durante nuestro primer Renacimiento, que la medicina y la cultura sociocultural y política de la época cesure los cuerpos de las gentes según dos categorías relacionadas en el fondo, con cuerpos miserabilizados y/o pecheros como soportadores únicos, de precariedades/obligaciones heredadas y sacramentadas, a modo teológico y cuerpos de las minoría privilegiadas, sublimados por un estatus también sacramentado, desde el orden sociopolítico de la cristiandad medieval, cartografiado piramidalmente en un modelo societario que va, desde Dios hasta los cuerpos del popolo minuto. En suma, cuerpos para la servidumbre y cuerpos para protagonizar poderes y privilegios. Y, cuerpos en lo que ahora nos atañe, cuerpos para recibir una atención sanitaria útil y pertinente con su estatus productivo o no productivo según fuesen cuerpos-máquinaspara pechar y/o, cuerpos para el disfrute de la vida; los primeros, además de pechar con los trabajos del cuerpo, pechan con alcabalas e impuestos; abundados, con los de la servidumbre psicosocial. Otras, las de las gentes que ni siquiera llegaban al estatus de la servidumbre “pechera”, los cuerpos de las muchedumbres de “miserables y pobres” simplemente como modelo y emblema del desiderátum caritativo/económico de la cristiandad, abocados exclusivamente al dolor y a la caridad. Precisamente, será sobre estos cuerpos para el sufrimiento que, desde el medievo estuvieron encarnadas y representadas por los cuerpos de pobres, vagamundos, lisiados y toda clase de hombres, mujeres y niños desamparados y pauperizados inmersos en una sociedad milagrera y limosnera, sobre la que, como hemos visto en el caso de Guadalupe, se construye el mecanismo principal para la obtención de plusvalías y, en donde, la medicina como parte de esas estrategias caritativas, supuso un dispositivo catalizante nada despreciable como complemento de todos los componentes teológicos y salvíficos sobre los que la sociedad medieval edificó su particular modelo de superestructura cultural, asentada sobre Santuarios, Monasterios y Ermitas como espacios milagreros y salvíficos que, mediante el invento teológico/marketiniano de la peregrinación supuso probablemente el primer plan económico  en una impecable alianza simbiótica entre la nobleza y la clerecía hispana. Estos cuerpos de gentes miserabilizadas, que por supuesto, no podían ser considerados como  máquinas desangre, sino únicamente, cuerpos quebrantados/estropeados y arrumbados por la pobreza y las precariedades van a necesitar no solamente los beneficios salvíficos que a modo de factoría o fábrica de sueños y fantasías milagreras con su arsenal de dispositivos apacentadores mediante peregrinaciones, rogativas acompañadas de las  figuras totémicas de la cristiandad con su inagotable saga de niños mártires, vírgenes, santos, cristos crucificados y reliquias, edificaron el teatro – productivo sin duda, para unos pocos -, de la economía de la salvación, sino que, al mismo tiempo, van a encontrar un cierto remedio lateral para sus cuerpos quebrantados por la enfermedad. Cuerpos además que, en general, no eran los del labrador humilde, el artesano ni el modesto trabajador urbano sino, el de sectores totalmente miserabilizados que, nunca contaron con la cobertura de gremios o cofradías. Aspectos sobre el que se tendría que profundizar desde la sociología de la salud y la medicina, en la medida en que, las primeras miradas relativamente modernas sobre las condiciones de salud/enfermedad de las gentes e, incluso sobre el cuerpo de las clases populares no se realiza desde el cuerpo del trabajador, sino, desde el cuerpo de los sectores más pauperizados y miserabilizados del inmenso contingente de “pobres,” de desamparados de toda índole que, desde la Baja Edad Media comienzan a inundar caminos y ciudades. Estos cuerpos de pobres no productivos que,  como hemos apuntando no son máquinas que, puedan desde el esfuerzo del cuerpo producir plusvalías dentro de una economía mercantilista moderna, por el contario si, fueron capaces de producirlas en el marco de la economía de la salvación en la sociedad hispanomedieval, presenta todavía hasta el siglo XVI y mucho más, durante el tétrico y teosalvífico Barroco castellano.

Llegados a este punto, nos encontramos con un recorrido paradójico en relación con la articulación entre saberes médicos y los lugares para su ejercicio[104], con respecto a los cuerpos de trabajadores y popolo minuto de estos siglos, como cuerpos empobrecidos o miserabilizados,  y cuerpos de nobles caballeros. En primer lugar, un espacio nosocomial más asistencial que, verdaderamente clínico/curativo, para pobres y marginados, en donde la presencia de médicos y cirujanos latinos era discontinua/escasa, y que, solamente, en el caso de colectivos urbanos [105] particularmente productivos para el Estado[106], como mineros[107] algunos soldados y trabajadores[108] se convertían en operativos – aunque limitados -, lugares realmente, curativos. Para el resto de la población los espacios hospitalarios seguirían siendo lugares de acogida con una cultura asistencial, más bien biopolítica que estrictamente sanitaria, hasta bien entrado el siglo XVIII e incluso hasta el XIX, en donde los médicos latinos como hemos apuntado anteriormente ( supra p. 74) tuvieron una presencia mínima, no solo por su escaso número sino, porque fundamentalmente suponía una labor asistencial dura y escasamente remunerada que, en principio no concordaba con sus exigencias profesionales continuamente tentadas y enfocadas al mundo de las élites y sobre todo, al acceso a la cámara real y al lecho de las gentes de la nobleza y alto clero. Los cuerpos llagados por las enfermedades de la marginación y la pobreza que mostraban patologías externas, en donde la sangre y la obscenidad de las enfermedades de la miseria obligaban no solamente a mancharse las manos[109] sino además, a distanciarles como comentábamos, de sus querencias de prestigio y estatus. Para esa tarea – la de tocar cuerpos sucios y llagados -, estaban los cirujanos romancistas y los barberos sangradores expertos además, en las patologías de la pobreza, el trabajo y del pecado, como la lepra.[110]  Por otra parte, esos cuerpos de gentes miserabilizadas lo único que, a veces necesitaban era un lecho, comida[111] y un empírico que, les curara tumores, quebraduras y llagas, sin ninguna necesidad de latines y finuras clínicas.  

Detrás de todo este panorama estaría un hecho relevante mediante el cual y, durante el siglo XVI español, la cultura médica del Renacimiento y sobre todo, durante el posterior tiempo del Barroco, la medicina se inquisitoriza[112], se convierte en un dispositivo disciplinar regulador de la conducta – especialmente -, de los sectores populares de la población madrugando, en la biopolitizacion y, a la vez, en la diferenciación del cuerpo, según su estamento social y cultural/religioso, de modo que, la constitución físico/somática, los temperamentos, la sangre y el credo, funcionaron como una semiótica que clasificaba a la gente, no solamente como nobles y plebeyos, sino a la vez, como amos y servidores constituyendo un poderoso instrumento de marginación y cesura convirtiendo a la medicina y el saber de los médicos academizados, los “latinos,” al servicio e intereses de la República y de la Iglesia, como sería el caso para nosotros emblemático, de Huarte de San Juan, para el que, el ingenio y la inteligencia estaría exclusivamente sustentada en el cuerpo del noble caballero[113].

Una politización de la medicina desde los sectores más encumbrados de la profesión – los médicos universitarios -, que de una u otra manera y, con excepciones significativas -, se habría mantenido, aunque ahora sea menor/diferente, o, se presente camuflada -, hasta nuestros días, machaconamente presente en un trayecto histórico/sociopolítico que atraviesa toda nuestra historia cultural y científica desde el movimiento novator hasta los médicos republicanos, o la ingente mayoría de profesionales de la sanidad actuales, defensores de la medicina pública, como medicina del ciudadano frente a la medicina del cliente. Un recorrido que opone y diferencia las medicinas del control y cesura de los cuerpos frente a las medicinas igualitarias y social/progresistas cuyos brotes desde la década ominosa, parte del moderantismo isabelino y los años duros de la Restauración o, los del no muy distante tiempo de la dictadura franquista, serán perseguidos con la marginación, el exilio, la prisión o el paredón como sería el caso – uno entre muchos-, del médico parasitólogo Sidi de Buen Lozano (1893-1936) hijo del eminente naturalista, promotor de la oceanografía española y defensor/divulgador del darwinismo en España –  también represaliado y finalmente exiliado -, Odón de Buen y de Cos (1863-1945)[114]

Esta tendencia o deriva biopolítica en su etapa más perversa de colaboración con el poder en sus representaciones más constrictivas, admitiría valoraciones positivas cuando se trata como nos apuntaba Laín Entralgo, de

“ordenar institucional y legislativamente la convivencia social de los hombres[115]

En todo este recorrido desde el siglo XVI hasta la actualidad, el papel de la medicina y de la mayoría de sus élites profesionales, nunca habría sido inocente participando activamente o por omisión, en el proceso de cesura del cuerpo de las gentes y construyendo dos saberes, y dos empírias que, van a converger en la constitución del modelo hospitalario español, que, sujeto a los condicionantes de nuestra peculiar excepcionalidad doméstica, no se distanciarían en lo esencial, del de los demás países de nuestro entorno occidental.

Un modelo espacial que, como ya hemos apuntado, es sobre todo biopolítico. Probablemente, no comprenderíamos en su profundidad el significado del hospital si nos engolfamos en hacer del mismo, una lectura exclusivamente médica o iatrocéntrica. Si se nos permite un comentario quizá exagerado, el médico y la medicina, posiblemente con una cierta excepción referida a la medicina de laboratorio, el médico “pintó” muy poco en la constitución, estructura y función, del modelo general del sistema hospitalario que sin remontarnos a tiempos anteriores a la Edad Media, se iría construyendo en la Europa carolingia y en la compleja sociedad musulmana/cristiana de la Hispania medieval, desde el modelo nosocomial monástico que, aunque es conventual/eclesial, responde a criterios y convenciones culturales y socio/económicas que nada tienen que ver, en principio, con el saber o la práctica médica y posiblemente, nos atrevemos a decir, con lo religioso en la medida en que, el monasterio alto medieval en sus diferentes versiones, claustral monástica/regular u obispal y peregrina, es sobre todo una factoría eclesial que, más allá de su innegable tarea de repesca y mantenimiento de la cultura clásica, funcionó como una estructura de reproducción, sutura y posterior sustentación de la feudalización occidental e hispano/cristiana, en una sociedad en que, la economía, obtenía sus plusvalías de la caridad, la pobreza y la penitencia, desde el perverso, pero productivo durante siglos, modelo de la “economía de la salvación”. Es más, insistir sobre la centralidad de la cura en un sentido médico clínico o somático, y de ahí el considerar la atención físico/sanitaria monacal, desde esta perspectiva iatrocéntrica, probablemente, nos esté emborronando el panorama y encubriendo precisamente, claves comprensivas para entender precisamente, la significación, ya desde el nacimiento más próximo, de la hospitalidad cristiana/occidental, como una estructura esencialmente biopolítica. En el hospital monacal u obispal del tiempo altomedieval, se curaban y sobre todo se restablecían cuerpos, aparte de sus almas, porque estos cuerpos eran materia productiva para el modelo económico vigente, sustentando sobre la servidumbre feudal, reforzada y sustituida cuando esta fallaba, por dispositivos litúrgicos/ceremoniales y píos, consistentes en peregrinaciones, devociones, rituales y recorridos penitenciales/milagreros a monasterios, santuarios y ermitas, de manera que, durante la Edad Media profunda, el proletariado más miserabilizado de la sociedad industrial estuvo representado por el mendigo o peregrino miserabilizado. Incluso el proletario en general, y no necesariamente empobrecido, fue representado por el mayoritario y heterogéneo contingente de la casi totalidad de la población que,  por medio del entrelazamiento entre el servilismo feudal y el beato/religioso, contribuiría eficazmente, a la creación de las plusvalías necesarias para sostener el poder terrenal, de nobles, abades/abadesas y obispos. Todo una estructura y un tejido productivo que hasta el del mercado y la fábrica industrial, estuvo sostenido por las factorías y las fábricas de la caridad y las mitologías religiosas, como inicial presencia de las biopolíticas de la salvación por el sufrimiento y la servidumbre, de manera que, el hospital funcionara a su vez, como uno de los lugares significantes para la materialización y sostenimiento de todo este modelo económico y sociopolítico. En cierta medida el hospital medieval con las heredades que dejaron sus flecos durante el primer Renacimiento, no fueron otra cosa que, espacios biopolíticos y socioeconómicos para la reproducción del capital humano/productivo de las sociedades mantenidas sobre las economías de la salvación y la caridad y para el desarrollo económico de las tierras por las que transcurrían las peregrinaciones como tuvo lugar en el Camino de Santiago a partir del siglo XI que, como ejemplo, contribuyó al desarrollo del cultivo del vino y el comercio vinatero de manera que, los caldos riojanos deben en mucho, su esplendor e historia, a las peregrinaciones jacobeas[116]


[1] Nuestras repetidas referencias a este término de la economía de la salvación, lo hemos recogido de la obra del sociólogo francés Robert Castel (1933-2013) Les métamorphoses de la question sociale, 1995.

 [2] Con todo mi respeto por las otras lenguas constitucionales de nuestra nación, tengo que confesar la incomodidad con que me resulta la casi exclusiva publicación en lengua vernácula de extraordinarios trabajos e investigaciones en el campo de la historia de la medicina mediterránea de especialistas para mí, valiosos como por ejemplo el profesor valenciano Carmel Ferragud Domingo, por citar un nombre. Desde mi modesta figura de sociólogo castellano, aculturado desde el franquismo lingüístico que, ya tiene bastante con navegar balbuceantemente en inglés, y con una cierta facilidad en francés por gracia del propio general Franco y de su TOP, simplemente una llamada o si se quiere, un ruego cariñoso para que los numerosos escritos de todo un elenco de investigadores catalanes y valencianos nos sean más cómodos a muchos investigadores del resto de nuestro país. Todo, por supuesto, sin ninguna acritud.

 [3] Vide: Luis G. Ballester, op. c.

 [4] Georges Vigarello en Historia del cuerpo, Madrid, Taurus, Vol. I, 2005, 21

 [5] Y posiblemente desde el primer Concilio de Nicea del 325, en donde se diviniza/teologiza, la carnalidad del Cristo Jesús.

 

[6] En tan solo 28 años, los que transcurren entre 1492 y terminan con la circunnavegación de Magallanes/Elcano en 1520, pasando por la refundición de la ruta de la seda en camino marítimo por Vasco de Gama en el 1497, se asentaría la base universal de nuestra actual sociedad de la globalización del mercado. Todo un proceso de universalización al que, sin duda contribuyó, la invención de la imprenta y su propio recorrido global a partir de la primera tirada de la Biblia en 1454; en Castilla, se imprimiría en Segovia, el primer libro 20 años antes del viaje de Colón, intitulado “Sinodal de Aguilafuente” en el taller del impresor alemán Juan Parix de Heidelberg.

Vide: Reyes G. Fermín, Segovia y los orígenes de la imprenta española, Madrid, UC, 2005.

 [7] Junto a la aportación de Laguna en el saber anatómico por médicos españoles ésta, sería continuada en el XVI por los médicos castellanos Pedro Jimeno en su Diálogos de re medica (1549) en donde describe por primera vez la anatomía del estribo y Juan de Amusco con su Historia de la composición del cuerpo humano (1556) más el médico valenciano Luis Collado con sus Comentarios al Canon de Avicena (1547) y la anatomía del cráneo y el catalán Bernardino Montaña de Montserrate que publica en 1551 el primer escrito anatómico en castellano con su Libro de anatomía del hombre.

Vide: Francisco Guerra, Historia de la medicina, Madrid, 1985, T., I, 260.

[8] Vide: Rafael de Francisco, Reflexiones alrededor de la construcción de la medicina del trabajo en España, Madrid, Revista de la Escuela Nacional de Medicina del Trabajo, 2001; Tiempos modernos: o la difícil constitución de lo psicosocial en la prevención española, Madrid, 2005; Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España y el comienzo del intervencionismo del Estado, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007; La construcción en España de las primeras estrategias preventivas con relación a las enfermedades y riesgos en el trabajo, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2010

 [9] El profesor Maravall (Antiguos y modernos, 1966,61) nos recordaba cómo “los ojos y las manos” serían los instrumentos que el hombre del Renacimiento, utilizaría para “conquistar el saber de las cosas”

 [10] Vide: Rafael de Francisco, Tiempos modernos: o la difícil constitución de lo psicosocial en la prevención española, en La prevención de riesgos laborales en España, Revista La Mutua, 2005, 190-191.

 [11] Esparta una ciudad/estado de características peculiares durante casi tres siglos y Atenas durante un siglo y medio.

 [12] Así se referiría Tissot en sus Avisos a los literatos y poderosos sobre su salud, Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1786, 110:

“Si a este robusto trabajador se le da caldo ligero, golosinas, elados (sic) gallina y pan blando en muy poco tiempo lo habrá digerido y tendrá hambre, sudará y se desmayará sino se le da muy pronto, tocino, cezina, queso y pan moreno…”

Vide: Rafael de Francisco, Algunas notas sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, Revista la Mutua, 2003 y Digresiones sociológicas, 2022.

 [13] Vide: Rafael de Francisco, Algunas notas sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, revista la Mutua, 2003 y Digresiones Sociológicas, 2022.

 [14] Por ejemplo, las sociologías de la medida y el número frente a las sociologías reflexivas de la comprensión centradas en la palabra y en el sujeto como protagonistas de la mirada sociológica.

 [15] Pedro Laín Entralgo, Historia Clínica, Madrid, Triacastella, 1950, 11

 [16] Centrada excesivamente en el proletariado fabril como eje y núcleo estructurante de la historia, a partir del conflicto/lucha de clases que, aunque, siendo realmente significativo y esclarecedor en el tiempo del industrialismo y del capitalismo de producción, no tiene el valor universal del relato anarquista, centrado en el sujeto humano, desde la explotación, el sufrimiento y la injusticia. Probablemente este fundamentalismo de enfoque hegeliano, en que lo humano se disuelve atomiza exclusivamente en el proletariado puede ser uno de los elementos comprensivos de los dicta/autoritarismos políticos edificados sobre el relato marxiano. Quizá, el relato del “sin Señor ni Dios” libertario, sea este dios laico, obrero o empresario, tenga más sentido universal.

 [17] En especial el médico forense y sociólogo francés Alexandre Lacassagne (1843-1924) particularmente a través de su Précis d´hygiène privèe et sociale (1876) que tendría su primera traducción al castellano en ese mismo año de 1876 (Madrid, Imprentas de Francisco Iravedra y Narciso Cano) y en donde este autor, reconstruye las “sex res non naturales” de la fisiología hipocrática/galénica añadiendo a los “modificadores” físicos, químicos y biológicos los sociales, relacionados con las condiciones de vida y trabajo

 [18] Situación no obstante que todavía, arrastraría flecos y heredades. Por ejemplo, en la España del 2022 y en la serranía gaditana el 73% de la población rural y, a pesar de la acienticidad de las mismas aún confía, en remedios totalmente ancestrales para curar patologías como las de los herpes, que, por otra parte – añadimos nosotros -, tampoco estaría siendo totalmente conseguidas desde la terapéutica actual.

Vide: Jesús A. Cañas, artículo de El País, 4, octubre, 2022.

 [19] Hablando de lo “comprensivo” nos retrotraemos a nuestro propio oficio y pensamos desde la sociología, en el enfoque comprensivo/weberiano de una verstehen” sociológica que puede ser también médica, liberándose del posible y, excesivo fundamentalismo de los enfoques biotecnológicos actuales, proclives a la atomización de la mirada médica que, estarían formalizando una especie de matematización y exclusión del sujeto como habría ocurrido con la sociología funcionalista del dato y la medida, frente a las sociologías de la palabra, la mirada y la escucha; retomando la primacía y protagonismo del sujeto. Precisamente, esta presencia del sujeto es lo que, a pesar, de errores, subjetividades y fracasos puntuales manifiestos, estuvo presente en la medicina clásica oriental, grecorromana, monástica, hebreo/árabe, salernitense y tradicional/popular. No se trata de volver a las sanguijuelas, rezos, disciplinas dietéticas, bebedizos y ensalmos de la antigüedad sino, de comprender los efectos indiscutiblemente curativos – a su manera-, de todas estas prácticas sanitarias más allá, de lo considerado como científico. Sin ir más lejos, la medicina monástica que practicaban internamente los monjes benedictinos de Montecassino y otros monasterios benitos articulando, oración, penitencias sosegadas, dieta, descanso, tiempos circadiano/endocrinos, solidaridades comunitarias, cantos litúrgicos y trabajo, constituyeron una estrategia terapéutica funcionalmente resolutiva y eficaz, posiblemente tan solo, porque actuaba sobre un cuerpo mirado como totalidad, según el paradigma científico/cultural de la sociedad altomedieval.

[20] Y como siempre, una llamada al sosiego para que nadie se rasgue las vestiduras. Aquí no se trata de reivindicar excelencias o vueltas a unos usos o saberes impensables en la actualidad del ogaño tradicional de nuestro pasado sociocultural; sino, simplemente apuntar que no todo pasado fue peor, en la medida en que generó saberes que, desde una peculiar eficacia terapéutica – en muchos casos pero no, en otros -,consideraron el cuerpo y la enfermedad desde presupuestos holísticos que posiblemente y, a pesar del potente aparato acumulativo, teórico y herramental del saber médico actual, no habría sabido integrar y utilizar en la actualidad.

 [21] Vide. Pedro Laín Entralgo op. c. pp 68-136.

[22] Vide: David Le Breton, Jeroglíficos de luz, en Antropología del cuerpo y modernidad, Buenos Aires, Ed. Prometeo, 2021, 254.

Ver también: Didier Sicard, Hippocrate et le scanner, Paris, coll., Esculape, 1999; La Médecine sans le corp, parís, Plon, 2007; Aux origines de la médecine, Paris, Fayard, 2011.

 [23] Vide: Jacques Gélis, El cuerpo la Iglesia y lo sagrado, en Corbin, Courtine y Vigarello, Historia del cuerpo I, Madrid, Taurus, 2005, 27

 [24] En este asunto de las disecciones probablemente el sociólogo tenga algo que añadir pues si bien éstas estuvieron canónicamente prohibidas por la Iglesia desde el siglo VI, no obstante se irían realizando obedeciendo precisamente, a la productividad que, sobre el cuerpo, determinaba el momento socioeconómico e incluso, con algunas realizadas en iglesias como nos relata Carmel Montagud (Disecciones por la gracia de Dios, 2021) Productividades que en unos casos eran eclesial/teologales como las originadas para conservar cuerpos o trozos santificados, o rastrear evidencias internas de santidad y otras meramente civiles o higiénico/sociales en casos de envenenamientos o pestilencias. Por otra parte, y siguiendo los comentarios del profesor Montagud, probablemente los médicos no les interesaría excesivamente la práctica de la disección en la medida en que podía alterar la canónica anatómica heredada del galenismo

 [25] En Cuerpos del común, usos comunes del cuerpo, contenido en Historia del cuerpo op. c, p. 113-114.

 [26] Sobre Ramazzini ver: Rafael de Francisco, Algunas notas sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores, Madrid, Revista La Mutua, 2003 y Digresiones Sociológicas, 2022

 [27] Vide: Rafael de Francisco, La construcción en España de las primeras estrategias preventivas con relación a enfermedades y riesgos en el trabajo, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2010.

 [28] Vide: Rafael de Francisco, Tiempos modernos; o la difícil constitución de lo psicosocial en la prevención española, Revista La Mutua, 2005.

 [29] Como el evacuado por el médico valenciano Miguel Juan Pascual en 1555 a propósito de la “fetidez de la maceración del cáñamo” Vide: Rafael de Francisco, Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España…, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007

[30] Vide: Un minucioso estudio de estos dos dictámenes se puede encontrar en Rafael de Francisco, op. c. ultra, nota 58

 [31] B. Ramazzini, Tratado de las enfermedades de los artesanos, Madrid, ENMT, 1983, 89-90

 [32] Aunque fuese de manera genérica, más que los oficios, lo que sí tuvo alguna presencia sería el trabajo, como significante englobante de toda actividad humana conducente a la supervivencia realizada desde el cuerpo. Así, en un fragmento del médico y filósofo griego Alcmeón de Crotona (ca siglo VI ane) podemos leer:

“…La enfermedad tiene lugar: por la razón de la causa eficiente, por un exceso de lo caliente o lo frío…A veces se producen también otras por causas externas, por la cualidad de las aguas, el lugar, los trabajos, la violencia y otras semejantes…”

Citado por López Piñero en Medicina Historia Sociedad, Barcelona, Ariel, 1971,25.

En cuanto a la segmentación por oficios, lo que hubo fueron anotaciones muy someras y dispersas presentes en los escritos de Hipócrates, Galeno o Celso, que no serán más específicas y extensas hasta muchos siglos más tarde; precisamente cuando el cuerpo del trabajador no va a ser, casi exclusivamente el del esclavo y, cuando los oficios se vayan engarzando con la productividad de las ciudades del mercantilismo y de la república. Así, no será de extrañar qué, en 1524, aparezca un antecedente de la obra de Ramazzini, titulada De morbis metallici escrita por el médico alemán Ulrich Ellenbog a la que seguirían, los escritos de Agrícola (1556) y Paracelso (1567) sobre los mismos contenidos: intoxicaciones, metales y minería; precisamente los elementos y espacios de trabajo fundamentales para el poder y riqueza de las naciones en los siglos del oro, los metales y la artillería.

[33] Vide: Rafael de Francisco, El mal de la rosa, Madrid, Revista La Mutua, 2006 y Digresionessociológicas, 2022

 [34] A las “Iglesias” siempre les ha encantado esto, de los dos cuerpos; junto al referente naturalista, construirían otro paralelo de contenido teo/político; el de los dos cuerpos del rey

Vide: Ernst H. Kantorowicz, The King´s Two Bodies, (1957)

 [35] En nuestro país, aunque existen testimonios arqueológicos desde la época romana (Frejeiro, Luzón, 1996 y Neila, 1999, Castejón, 2010) los primeros documentos sobre condiciones de trabajo en la minería sería de finales del quinientos como el redactado por Mateo Alemán sobre los “trabajadores forzados” en las minas de Almadén (1593) y a principios del seiscientos el informe realizado por el jurista y funcionario real Juan de Solórzano y Pereyra como visitador de las minas de Huancavelica en el virreinato del Perú en 1619, al que seguiría la obra del médico de las minas de Almadén, José Parés y Franqués: Catástrofe morboso…(1778)

Vide: Rafael de Francisco: La construcción en España de las primeras estrategias preventivas con relación a enfermedades y riesgos en el trabajo, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2010.

Guillermo Lohmann, Las minas de Huancavélica en los siglos XVI y XVII, Sevilla, 1949 y La minería en el marco del virreinato del Perú, VI Congreso internacional de minería, León, 1970

 [36] En especial con disposiciones, sobre todo lo relacionado con la fatiga y las condiciones de trabajo de los nativos como la carga máxima soportable, la edad o la comida, contenidas tanto en la Ordenanza de Carlos I (1533) como en las Reales Cédulas de Valladolid y de El Escorial de 1538, 1559 y 1570.

Vide: Rafael de Francisco, op. c. supra nota 64, pp., 62-66.

[37] Vide: Alberto Tenenti, Il censo della morte e l´amore della vita nel Reinascimiento, Turín, 1957; Georges Vigarello, De la sobrieté, 1991.

[38] Este médico castellano, Luis Lobera de Ávila (1480-1551) se adelantaría 30 años a la publicación del Discorsi della vita sobria (1560) del veneciano Luigi Cornaro (1467-1566) cuya obra ha sido considerada durante años como representativa de este modelo de escrituras para la prolongación de la vida, aunque en el caso de Cornaro y, a pesar de ser éste un representante de la nobleza veneciana presenta un tono menos caballeresco y elitista que el escrito de Lobera.

 [39] Obra que se reeditará unos años más tarde con diferente titulación, como Vergel de Sanidad (Alcalá, 1542)

[40] Exactamente, 5,45 horas, cumpliendo escrupulosamente lo estipulado en el capítulo 48 de la Régula que marca como mínimo que éste no sea nunca inferior a las 5 horas, pero tampoco sin grandes excesos. Por otra parte, en los dos tiempos en que se estipula el trabajo, por la mañana después de laudes entre las 10,15 y las 13,15 y después del oficio de nona entre las 15,45 y las 18 horas. Probablemente las horas dedicadas a los no muy penosos trabajos de huerta y atención a los animales de la granja monacal fuesen los transcurridos en la primera franja horaria que suponen tan solo 3 horas de trabajo manual durante la mañana, infinitamente menor y menos fatigante que el grueso de trabajo en los monasterios ejecutado por trabajadores siervos, adscritos a la estructura monacal bajo el estatus de siervos de abolengo

[41] Jacques Le Goff, El tiempo del trabajo en la crisis del siglo XIV, en Por otra Edad Media, Madrid, Taurus, 2020, pp., 75 y ss.,

 [42] Estas relaciones entre tiempo de trabajo y significación del cuerpo, nos pueden ayudar a profundizar en nuestras reflexiones sobre la sociología del cuerpo, en la medida en qué, junto a la desacralización del mismo, introducen nuevos dispositivos de control biopolítico de carácter laico pero de herencias eclesiales, de una gran robustez productiva para los intereses del nuevo poder de la ciudad y que paradójicamente pueden suponer otro resultado más de la cultura monacal occidental que, aunque descendiente del primitivo monacato oriental, presentan como veremos en el capítulo V diferencias sustanciales.

[43] Vide: Marta Canessa, El bien nacer. Limpieza de oficios y limpieza de sangre: raíces ibéricas de un mal latinoamericano, Montevideo, Madrid, Taurus, 2014.

 [44] Vide: Germán Navarro Espinach, Artes y oficios medievales en la península Ibérica, Revista e Humanista, Zaragoza, 2021.

 [45] Realmente en el tiempo que transcurre entre la primera expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290, seguida por Francia, Austria, Nápoles, Milanesado, reinos alemanes y el Concilio de Viena de 1311 con la férrea reclusión/aislamiento de las juderías, podríamos considerar que la sociedad que inaugura la modernidad en la Europa continental, se hace desde una clara homogeneidad cultural y religiosa cristiana, mientras que en las tierras de las Coronas de Castilla, Aragón y Navarra a partir del Sínodo de Zamora (1313) se aplaza y diluye la severidad del Concilio de Viena y a pesar de las protestas y actuaciones antijudías de 1391 con el asalto a la judería sevillana se consigue mediante las Leyes de Ayllón en el 1412, una cierta cohabitación entre judíos y cristianos pera terminar en 1492 con la aparición de un nuevo componente poblacional que será el de los conversos o marranos (los obligados a proclamar el  “maran atha” el “ven señor” del protocolo bautismal) de tal manera que, en la península, la problemática judía se convierte en el problema converso que paradójicamente, se acentuaría con el Decreto de 1492, por el que los conversos “forzados” serían más numerosos que los judíos expulsados.

 [46] Acontecimiento no solo sociológico en el sentido de un nuevo modelo de entender la geopolítica sino también, relacionable con la propia constitución de la sociología como saber en la medida, en que sin la des/sacralización de la historia, la convivencia y la política, no puede existir la sociología, como una mirada fundamentalmente laica sobre el “nosotros”

[47] Dentro de las “sex res, la enumerada como quinta será el “somnus et vigilia” como una actividad que nunca será directa ni indirectamente referida al sentido fatigante, y penoso del trabajo manual en la sociedad grecorromana ni medieval, a pesar del intento benedictino de retocarlo teológicamente

[48] Sevilla sería a finales del siglo XV, la ciudad más populosa de España, contando con algo más de 50.000 habitantes, pero al finalizar el quinientos rondaría los 120.000 convirtiéndose en una de las ciudades más potentes demográficamente  de Europa y de la península en donde Madrid, habría alcanzado por las mismas fechas los 100.000 habitantes partiendo también de un considerable aumento demográfico desde que la Corte de los Austrias se estableciese en la ciudad en el 1561, momento en que el caserón madrileño apenas pasaba de los 12.000 individuos.

[49] Un peculiar “eje del mal” pues lo que se persigue y castiga no es el profesar una determinada religión sino, el ser hereje; esto es, mantener creencias y especialmente comportamientos y mentalidades no admitidos por la Iglesia romano/católica, después de haber sido bautizados. Al morisco y al converso judío, se le juzga y castiga porque son cristianos herejes, no porque sean moros o judíos y se comporten como tales.

Por otra parte, las herejías, que para nosotros constituyen un material de insondables constataciones para la sociología de la cultura occidental aún sin investigar y que en la totalidad de Europa y, hasta el siglo XIX representan una cifra que nosotros hemos cuantificado cercanas a los 60 modelos o versiones desde los “Ebionitas” y “Nicolaítas” del siglo primero.

En España con la excepción de los cátaros (albigenses) durante los siglos XII y XIII que tuvieron una cierta dimensión en la Corona de Aragón, parece que la contestación herética al cristianismo papal no presentó una posición muy relevante presentando tan solo apariciones episódicas y muy localizadas ya, en el siglo XV como los representados por algunos focos de herejía como las comunidades de “fraticelli” y “beguinos” o por los denominados “Herejes de Durango” en la Corona de Castilla. Nuestros herejes familiares serían fundamentalmente los originados desde los conversos mudéjares o judíos a los que siglos más tarde, serían sustituidos por librepensadores, masones, darwinistas, positivistas y “rojos”.

 [50] Al que habría que añadir el numeroso colectivo mudéjar al que se le obliga a bautizarse si quiere evitar la expulsión mediante el decreto de 1502, convirtiéndolos en “moriscos” a modo de conversos musulmanes formando parte del catálogo doméstico hispano de personas “bajo sospecha” hasta 1834.

 [51] Antes, en 1232 se habría establecido en la Corona de Aragón la llamada Inquisición pontificia instaurada en 1184 por el papado como consecuencia de la herejía albigense y, a la que no se adhería la Corona castellana leonesa a pesar de que en las Partidas se acordaran durísimos castigos para los herejes.

[52] Juan Luis Vives, es para nosotros el primer sociólogo español antes de la Sociología; un “sociólogo sin sociología”

 [53] Un fenómeno único y excepcional en nuestra historia social y cultural, nos ha parecido siempre, el corte o el atasco de nuestro primer Renacimiento por medio de la cultura y mentalidad del Barroco español, que es fundamentalmente un Barroco castellano y de enfrentamiento y combate contra el reformismo luterano y más tarde, dentro de la inercia de la Contrarreforma contra el programa científico europeo asentado sobre el paradigma físico-matemático diseñado por Galileo, Descartes y Newton, con drásticas medidas que atenazaron la ciencia y la universidad española como la temprana prohibición (1559) de salir “ a estudiar, ni enseñar, ni aprender, ni estar ni residir en Universidades, ni estudios, ni colegios fuera de estos reinos”, más la condena del heliocentrismo (1616) o la clausura de la Academia de Matemáticas (1625) Un tiempo además engañoso en cuanto a ese protagonismo del cuerpo sobre el alma que hemos comentado y en donde a nuestro entender, puede que en el fondo, sea el alma como metáfora del poder eclesial/nobiliario la que esté utilizando al cuerpo como coartada para el control de comportamientos y servidumbres. Uno mismo que se ha aculturado en el Valladolid de los años 40 y 50, no puede olvidar la huella tenebrosa y paralizante, desprendida de las exultantes y sanguinolentas iconografías del cuerpo de la imaginería penitencial castellana de Gregorio Fernández y Juan de Juni en las procesiones de Semana Santa o del Museo de San Gregorio. En el drama novelado de La Celestina (ca. 1501) estaría presente este atenazante predominio de lo espiritual sobre lo corporal en donde y, a pesar del protagonismo de la corporeidad de la carne, quien gana es el alma, castigando al cuerpo pecador con la muerte. Se escenifica y muestra la corporeidad a través de sus manifestaciones más patentes, pero al final, solamente sirve de estrategia moralizante para lanzar el mensaje sacramental de quien peca la paga. Otro aspecto que nos sugiere una reflexión más, sobre la aparición y lectura del cuerpo durante el Renacimiento, estaría en el tratamiento del mismo tanto en la jurisdicción civil como en la inquisitorial a través de la tortura. Todavía está por hacer una amplia reflexión crítica sobre el manejo del cuerpo, en el proceso criminal antes del Beccaria de “Los delitos y las penas” (1764) dentro del programa de las sociologías del cuerpo e incluso de la sociología criminal. El cuerpo del ajusticiado, es un cuerpo explícito, claro y patente del que se conoce y vigila su resistencia, pero su dolor no ofrece ninguna consideración piadosa o humanizada; su dolor como cuerpo no existe; únicamente se considera su productividad funcional para la confesión que no es, solamente un requerimiento procesal averiguativo sobre el supuesto hecho criminal, sino que, fundamentalmente supone el requisito para la confesión sacramental y la vida eterna. Esta diferencia en la lectura del cuerpo tanto en el Renacimiento como en el Barroco como algo productivo teológicamente y a la vez, visualizando la productividad del sufrimiento del mismo desde lo biopolítico será para nosotros, lo que distingue este proceder tanto, de la cultura medieval, como de la de la Ilustración. En la sociedad medieval, el cuerpo como lugar para el sufrimiento, no presenta ninguna productividad judicial, salvífica o biopolítica; supone tan solo un castigo, un sufrimiento como expiación y compensación por el daño cometido con su comportamiento delictivo. De alguna manera se establecería una cierta pertinencia a partir “del ojo por ojo” Desde el  siglo XV, y, muy en especialmente en el tiempo del Barroco castellano como momento significante de la Contrarreforma, el sufrimiento, el dolor del cuerpo resquebrajado no existe como dolor humano, es tan solo un dispositivo procesal y funcional. Este apunte a vuela pluma, aunque sea bajo la lateralidad de una nota a pie de página nos puede servir para repensar el lugar que ocupa el cuerpo de las gentes de las clases populares, los únicos cuerpos a los que se puede someter a tortura, en el imaginario cultural y sociopolítico de estos casi 300 años anteriores a 1789 y 1812. El cuerpo está presente compitiendo y posiblemente superando al alma, pero su sufrimiento será aún opaco. La Europa que inaugura en el Seiscientos la sociedad de la razón, inaugura a la vez, una sociedad paradójica en la que el sufrimiento del cuerpo se hace invisible; deja de ser el objeto preferencial de salvación para convertirse en objeto de productividades sociopolíticas.

 [54] En nuestro trabajo: Rastreando huellas. A propósito de la arqueología del pensamiento social o de los sociólogos sin Sociología en España, 2022…pendiente de publicación.

 [55] Vide: Rafael de Francisco, Psychosociologie du Don Quijote; au-delà du sésencant, Mémoire du Maîtrise bajo la dirección de Lucien Goldmann; EPHE-Sorbonne, 1970

 [56] Estas memorias estuvieron guardadas “secuestradas” por la Compañía hasta 1981 constituyendo un interesante documento para la construcción de una sociología de la institución jesuítica, en la que manifiestamente se muestra su postura “ocultista “con los comportamientos delictivos de los religiosos de la época, junto a toda una manifestación de la compleja relación entre cuerpo y alma, para la mentalidad de una época en la que salvar el alma supone también salvar el cuerpo de tal modo que a propósito de la prostitución diría:

“Aquí dentro está el demonio que os quitaría la vida de vuestras almas y aún la de vuestros cuerpos con enfermedades asquerosas y hediondas causadoras de grandes dolores y muchas veces de la muerte”

Vide: Padre Pedro de León, La mala vida en la Sevilla de 1600, Memorias secretas de un jesuita, Sevilla, Ed. Renacimiento, 2020.

[57] En el nacimiento o desvelamiento del saber científico, las cosas nunca son ni lineales sino rizomáticas y transversales. El tiempo de la creación científica es siempre cualitativo y policurricular en lugar de datable, cuantitativo y monotemático;  es un tiempo cultural que supone una coetaenidad, de manera, que, en ésto de la iatroquímica española probablemente intervinieron indirectamente otros personajes españoles ajenos a la medicina como el militar y aristócrata Francisco Gutiérrez de lo Ríos con su escrito “El hombre práctico” (1686) o el posterior polígrafo valenciano Gregorio Mayans y Siscar al que ya, se le puede considerar como un ilustrado pleno.  De cualquier manera, la aportación del movimiento novator a la modernización de la cultura y la ciencia española hay que considerarla como un pensamiento en red según comenta en su magnífica tesis doctoral Jesús Vicente Lobo (2004) A partir de este pensamiento en red, este escrito de Francisco de los Ríos al que hemos hecho mención, se nos presenta como un referente valiosísimo para entender el movimiento novator, más allá, de sus concretas derivaciones médicas y científicas al articular y conexionar filosofía con vida cotidiana y poder saltar de la “ingeniosidad” de un Baltasar Gracián que el fondo no es más que simulación ante la Inquisición y la sociedad de la “limpieza de sangre” y unidad forzada de credo y cultos frente a una concepción de la persona, la de los novatores, en la que se van constituyendo perfiles de sociabilidad y libertad combinando, mérito, capacidades individuales y observación, en un intento de madrugada de la Ilustración, vinculando cuerpos, naturaleza y sociedad 

 [58] Su rotulo completo en la tipografía de la época sería: Discvurso Phisico y Politico qve demuestra los movimientos qve prodvuce la Fermentació y materias Nitrofas en los cuerpos Svblunares y las caufas que perturban las benignas y faludables influencias del Ambiente defta Villa de Madrid, de que refultan las frecuentes Muertes Repentinas, breves y agudas enfermedades, que fe han declarado en efta Corte de Cinquenta años à efta parte, Madrid, Imprenta Real, 1689. La primera edición sería de 1679.

[59] Con el acompañamiento de los “politécnicos” del II Imperio Coriolis, Navier y Poncelet.

 [60] C.A. Coulomb, Théorie des machines simples, Nouvelle Édition, Paris, Bachelier Libraire, 1821, 255.

[61] Vide: Para alguna aclaración ingenieril ver en Manuel Silva Suárez, Técnica e ingeniería en España Vol. VI, El Ochocientos, de los lenguajes al patrimonio, Zaragoza, 2011

 [62] El título completo del libro era: Mecánica aplicada a las máquinas operando ó Tratado teórico y experimental sobre el trabajo de las fuerzas, Madrid, Imprenta del Colegio de sordo-mudos, 1839.

 [63] Con relación al ingeniero y matemático francés Gaspar-Gusteve Coriolis (1792-1864) su conocido “Efecto Coriolis” contenido en su obra “Sur les équations du mouvements des systèmes de corps” (1835) del que se habrían deducido en las últimas décadas interesantes conclusiones relacionados con la prevención de determinadas patologías laborales como las cinetosis en pilotos y demás trabajadores de las compañías aéreas como de la aviación militar.

 

[64] El paso de lo físico/mecánico a la fatiga nerviosa, lo realizaría 50 años más tarde en 1894, el psiquiatra alemán Emil Kraepelin (1856-1926) con su diseño de la “curva de fatiga” en términos que, desde lo mecánico/fisiológico habría adelantado de alguna manera Odriozola. La reconducción de lo nervioso a lo psicosocial, lo madrugaría otro español; Luis Simarro Lacabra con su conferencia en el Museo Pedagógico Nacional de Madrid en 1887, titulada inofensivamente, El exceso de fatiga mental en la enseñanza, pero con lúcidas puntualizaciones referidas a la fatiga de lo trabajadores, introduciendo en nuestro país el primer diseño moderno sobre la psicología social en su relación con la salud laboral.

Vide: Rafael de Francisco, Tiempos Modernos o la difícil constitución de lo psicosocial en la prevención española, Madrid, La Mutua, 2005 y Digresiones Sociológicas, 2022.

 [65] Vide: Rafael de Francisco, La cohabitación de la ergonomía la psicosociología en la ley de prevención de riesgos laborales: Entre la confusión y la pertinencia, Madrid, Revista La Mutua, 2007; Digresiones Sociológicas, 2022.

[66] Vide: Juan Arana; La mecánica y el espíritu, Madrid, Ed. Complutense, 1994

 [67] Vide: Jean Delumeau; Le catholicisme entre Lutther et Voltaire, Paris, PUF, 1971

 [68] Un personaje realmente desconocido, que, bajo este seudónimo de Antonio Muñoz, se esconde su verdadero nombre: Enrique Ramos Muñoz, nacido en Toro hacia el 1729 y fallecido en Madrid en 1801

[69] Tanto para Séneca como para Cicerón, las técnicas serán “obras de esclavos” de seres “con el cuerpo corvado y el espíritu mirando al suelo “que intentarían someter el alma al cuerpo (Séneca; Cartas a Lucilio) o como señalara Cicerón: simples imitadoras de la naturaleza; por lo tanto, como algo desdeñable.

Vide: Rogelio Laguna, De la máquina al mecanismo, UNAM, 2016

 [70] Vide: Rafael de Francisco, Cuerpos desmenuzados, 2022, en vías de publicación

 [71] Para nosotros, realmente no habría un segundo mercantilismo en España como ocurriría con la Francia de Colbert, pudiendo decir que, hasta el tiempo de Campomanes y Jovellanos toda la economía española sería primer mercantilismo, entendiendo éste como un “bullionismo” puro y duro, que precisamente se rompe de forma tardía, con la obra de Antonio Muñoz en 1769 que ya hemos comentado (supra, pág., 50)

 [72] No tanto explítamente, sino porque suponía como expresión del “maquinismo”, posiblemente semejante al diseño cosmológico/mecanicista de Galileo o la fisiología de Miguel Servet, como un dinamismo, una desamortización de la tradición dogmatizada por la Iglesia. En este sentido el concilio de Trento (1545-1563) pudo suponer aparte sus resoluciones teológicas concretas, un intento de amordazar/santificar las tradiciones científicas y culturales heredadas de la Edad Media y, por lo tanto, de la escolástica médica del aristotelismo galénico. En suma, Trento, representaría sin duda, un perverso cortafuegos al grito de libertad frente a todo argumento de autoridad, que se estaba iniciando en Europa desde el Quinientos, utilizando como coartada la lucha contra la Reforma luterana.

 [73]  Tal es así, que, sin llegar a los excesos de Ilustres médicos como Broussais, el mismo Harvey recomendaría su uso en el caso de ciertas patologías como la “plétora”

Vide: Jorge Thierer, Sangrado: de sanguijuelas y epidemiología, Buenos Aires, SAC, 2016

 [74] Realmente, el golpe de gracia a los inconvenientes de la sangría lo daría el médico francés Pierre-Charles- Alexandre Louis en 1835

 [75] Escrito que será traducido al castellano y editado con una cierta prontitud en 1797 en Valencia, Imp., de los Hermanos Ortega, bajo el título: Disertación sobre la respiración y transpiración de los animales, con una segunda edición en 1929 (Madrid, Ed, La Lectura)

 [76] Lavoisier, op. c. 1929, 93-94

 [77] Además, con una significativa relación con la terapéutica al poner en evidencia los errores de las terapias galénicas influidas por la teoría de los equilibrios humorales y su resultante, en la utilización de terapias expulsivas, cuando alguno de los cuatro humores rompía el equilibrio, como sangrías, pulgas, vómitos o todo tipo de evacuantes.

Vide: Rafael Ángel Rodríguez Fernández; Introducción de la medicina moderna en España, Sevilla, Ed. Alfar, 2015, 27

 [78] Vide: Diego Gracia; Hipócrates a lo divino, en Historia y medicina en España, Homenaje al Profesor Luis S. Granjel, Valladolid, Junta de CyL, 1994, pp 57-75.

María José Ruíz Somavilla; El cuerpo limpio, Universidad de Málaga, 1993

[79] En este caso, tendríamos que considerar la tardanza – hasta bien entrado el siglo XIX -, en que el saber médico se hace cargo del cuerpo de la mujer, hasta entonces, dejado en manos de comadronas, parteras y empíricas de toda condición.

[80] Por ejemplo, con la creación de la Regia Sociedad de Medicina y Ciencias de Sevilla en 1701

 [81] Ortega y Gasset, negaría la existencia de un verdadero Renacimiento español, situándose en la línea del enfoque del historiador suizo Carl Jacob Burckhardt en su Cultura del Renacimiento en Italia, 1860 (1ª ed., en castellano, Madrid, Edaf, 1982)

Vide: O. y Gasset; La idea de principio en Leibnitz y la evolución de la teoría deductiva del optimismo, Buenos Aires, Emecé, 1958; también referenciado por J.L. Abellán,1979, 21

[82] Vide: Entre otras referencias, ver José L. Abellán, Historia crítica del pensamiento español, Vol. 2, Madrid,1979, 27

 [83] En lo que se refiere a estos dos aspectos “el mundo y el hombre” habríamos seguido las referencias que Elliot, utiliza en España y su mundo, 1990,67, tomadas a su vez, de Jules Michelet en su Histoire du France, (1858)

 [84] Luis S. Granjel; Historia política de la medicina española, Salamanca, 1985

[85] Vide: Luis G. Ballester; El ejercicio médico morisco y la sociedad cristiana, Granada RAMG, 1975

 [86] En la mediana del siglo XVI, ciudades como Valencia, solamente contaban con 35 médicos y cirujanos latinos. Referenciado por Luis G. Ballester, op c.1975,14

 [87] Como nos recordara John H. Elliott (1990) en “España y su mundo, 1500-1700” citando al historiador francés Jules Michelet, si hubo dos aspectos significativos en esta época, estos fueron el “descubrimiento del mundo y el descubrimiento del hombre” dos acontecimientos interrelacionados que llevaría a europeos y españoles a preguntarse si los habitantes del Nuevo Mundo eran iguales o diferentes a ellos introduciendo, nuevas miradas a las heredadas de la filosofía clásica y especialmente, sostenidas en el relato aristotélico contenido en su Ética a Nicómaco sobre las diferencias entre los cuerpos de las gentes que, al referirse a “algunas razas lejanas” las consideraba como ”irracionales por naturaleza y guiados tan solo por los sentidos como las bestias” (Elliott, 1990,75) y que, en la situación española del siglo XVI, introduce un significativo elemento de refuerzo a las diferenciaciones existentes derivadas de la religión y de la sangre que, al final serviriría para consolidar de manera excepcional, la peculiar mentalidad discriminatoria española en la que se mezclan operadores etnológicos y geográficos relacionados con la conquista americana con los netamente endogámicos de nuestra propia tradición sociocultural, para dar lugar a una potente mentalidad discriminatoria que institucionaliza desde diferentes recorridos la segmentación de dos tipologías de cuerpos; unos para mandar y otros para servir, claramente patentes -entre otros -, en la obra de dos autores: el médico Juan Huarte de San Juan en su “Examen de ingenios para sciencias” (1575) y del jurisconsulto Juan de Matienzo (1520-1579) con su escrito “Gobierno del Perú”(1567) considerando que los indios son seres “nacidos para servir” y “son muy recios de cuerpo, mucho más que los españoles…pues se ve que traen cargas a cuesta de una y dos arrobas, y caminan con ellas muy sin penas…cuantas fuerzas tienen en el cuerpo…tanto menos tienen de entendimiento”

Citado por Elliott, op. c., pp 74-75.

 [88] Y que con una tozudez constante se presentan por ejemplo, en la sobrevaloración actual de los estudios universitarios frente a los de formación profesional, aunque muchas de las titulaciones universitarias conduzcan en la práctica a desempeños laborales descualificados o cuando no, a largas temporadas de paro. Otro ejemplo reciente y centrado en el ámbito militar se dio con la instauración de las Milicias Universitarias (IPS) que, creadas durante el franquismo (1942) se mantuvieron hasta su disolución en el 1991(IMEC) y que supuso, no solamente una forma de hurtarse a las incomodidades de la mili obligatoria sino, de obtener el honorable estatus de oficial/hidalgo, en los ejércitos y, que, como siempre en nuestro excepcional país, con algunos resultados mandevillianos como cuando en situaciones comprometidas relacionadas con la participación en la resistencia antifranquista, se te cuadraban los agentes de la Guardia Civil, al mostrarles el carnet de alférez de complemento, pero que sin embargo, no funcionaba cuando se trataba de policías de la BPS.

 [89] Referido también por José Antonio Maravall en Estudios de historia del pensamiento español, II, Madrid, 1999, 357.

 [90] Una Contrarreforma que desde lo ideológico se presentaría estrechamente acompañada de su expresión cultural representada por el Barroco castellano como un acontecimiento más de nuestros excepcionales recorridos históricos desde los que inmisericordemente habría transcurrido nuestra historia continuamente condenada como ninguna otra de nuestro entorno, a la aniquilación de cortas etapas de esperanza y progreso para dar paso a largos espacios de negrura y estancamiento, como ocurriría durante el Trienio, el Sexenio o los primeros años republicanos de 1931. En este sentido, el tiempo que inaugura el siglo XVI, el de Vives, Servetto y las Comunidades castellanas, la época de nuestro primer Renacimiento, no tendría mucho que ver con las negruras posteriores que a partir de 1545 con nuestra “excepcional” acatamiento trentino, se prolongaría más allá de 1648, acompañando toda nuestra historia social, cultural, política y científica a modo de reproducción doméstica del mito de Tántalo y, que, hojalá, no se vuelva a perder con las esperanzas nacidas entre 1978 y 1982.

[91] Tan líquidas, que parece que el mal ya no existe y, también, que los fascismos tampoco existen ya; son simples ocurrencias o despropósitos de personajes en el fondo inofensivos…y, con respecto a los cuerpos…todos son iguales o, casi iguales…todos tienen libertad para tomar una caña, para comprar en las rebajas… para votar o ser “pacientes” en un hospital…incluso “ciudadanos” pero eso sí, ciudadanos apacentados.

[92] Junto a otros dispositivos terapéuticos, como la provisión de una farmacología moderna en sustitución del inventario de remedios tradicionales consistentes en cataplasmas, purgantes, ventosas y sinapismos, las posibilidades de que en medio rural español se utilizase la transfusión de sangre directa , y por supuesto la indirecta, fueron escasísimas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX; curiosamente y en el caso de los métodos indirectos (sangre conservada a brazo, en lugar de brazo a brazo) sería durante nuestra Guerra de Resistencia (1936/39) y por los diferentes servicios de la sanidad militar de la República cuando se conseguiría instaurar una operativa “transfusora” de una robustez, agilidad y alcance considerable que no solamente cubriría las necesidades propiamente militares sino, las de la población civil, protagonizada desde dos ámbitos y escenarios  territoriales: el catalán, liderado por el Dr. Frederic Durán Jordá (1905-1957) director del servicio de transfusiones del Ejército Popular en Cataluña  y, en el castellano, liderado por un peculiar, pero resolutivo médico canadiense, Norman Bethune (1890-1939) adscrito a la sanidad militar de las Brigadas Internacionales.

 [93] Así, la ciudad de Cáceres no contaría con una casa de socorro hasta 1921, promovida por el Casino obrero de la ciudad mucho después del intento de crear una “habitación de socorro” en 1905

Vide: El Periódico de Extremadura, 11/03/2015, artículo de Fernando J. Berrocal

 [94] La institucionalización reciente de esta profesión sanitaria se realizaría en España en 1857 dentro del nuevo marco legislativo educacional que supuso la Ley Moyano fusionando diversos oficios sanitarios existentes como los ejercidos por ministrantes, barberos cirujanos o flebotomianos siendo, a partir de 1866 cuando su estatus profesional es considerado administrativamente y después de seguir un curso de 4 semestres como facultativo de 2ª clase y ejercer su menester en poblaciones de menos de 5.000 habitantes de manera, que en la práctica sanitaria cotidiana de muchos pueblos españoles, se sustituía total o parcialmente, la presencia de médicos o cirujanos que administrativamente serían los facultativos de 1ª clase. A partir de 1953, se les unifica con matronas y enfermeras creando lo que hoy en día conocemos como ATS. Para nosotros, este oficio/profesión de practicante nos ha resultado siempre de una especial significación no solamente desde nuestra propia memoria sentimental en la medida que era un personaje que de una u otra manera estaba casi continuamente presente en nuestra vida cotidiana de niños sino, porque ya, como sociólogo intuimos que probablemente constituyó un nicho de trabajo para muchos médicos españoles represaliados por el franquismo. Recuerdo el caso de un practicante madrileño que allá por los primeros años setenta, trabajaba en un extraño dispensario ubicado en una esquina de la Plaza Mayor de Madrid, siendo médico pero con la prohibición colegial/administrativa de ejercer como tal.

 [95] Cuyo recuerdo fantasmagórico todavía tenemos en nuestra memoria, los niños de mi generación

[96] El oficio de cirujano constituye una profesión con una historia, llena de recovecos, siendo una actividad de una gran operatividad y alcance dado que sobre ella recayó la mayor parte de la cobertura asistencial sobre la mayoría de la población occidental desde la antigüedad clásica, momento en que se produjo la diferenciación entre los oficios manuales y los mentales o liberales. Situación que, sería academizada en la Baja Edad Media con la implantación en los primeros Colegios y Universidades de los estudios de medicina solamente destinados a formar médicos, como una profesión homologada en estatus a la de teólogos, canonistas y hombres de letras en general, Los empíricos sanitarios quedaría relegados como oficios al resto de dedicaciones mecánicas y manuales, fijándose la “división entre los cirujanos y los médicos internistas” ( dixit Lopez Piñero, 2002, 407 y ss.) de manera que los médicos serían considerados como los verdaderos sanadores, los profesionales del cuerpo – para el alma, estarían los sacerdotes -, mientras que los cirujanos, eran relegados a simples artesanos como arregladores de quebrantos y disfunciones puntuales, que solamente tocaban el cuerpo y se valían exclusivamente de sus manos y experiencia práctica. Durante toda la edad media europea e hispanocristiana y, hasta el siglo XVIII la cirugía fue una actividad sanitaria que, con la sola excepción de los pocos cirujanos latinos estuvo enclavada en el campo de los oficios manuales y, aunque en general, fuese altamente resolutiva y cubriese las necesidades asistenciales de la mayoría de la población, su estatus y reconocimiento social estaría infravalorado especialmente a partir del bajomedievo soportando demonizaciones continúas, probablemente resultado de una mezcla de situaciones que, según nuestra opinión, residirían principalmente en su continuo y aparatoso contacto con la sangre, un líquido sagrado, únicamente manejable totémica y ritualmente por la Iglesia, como lo atestiguan repetidas admoniciones y prohibiciones eclesiales como el Concilio de Clermont (1130) o el 4º Concilio de Letrán (1215) más, los recelos/rivalidades de los médicos academizados en  Universidades, desde el siglo XV, a los que, siguiendo la excepcionalidad española, los estatutos de limpieza de sangre (1449) reforzaría aún más, estas discriminaciones impidiendo el acceso al estatus de cirujanos latinos y médicos, a conversos judíos o musulmanes y por lo tanto, cerrando el círculo de la marginación para unos empíricos que en su mayoría procedía de estas dos culturas religiosas y que habrían heredado una cierta maestría empírica, durante nada menos que ocho siglos. La recepción de los primeros cirujanos por la universidad española no se daría hasta que éstas contaron con cátedras de anatomía y cirugía, siendo pionera la de Valencia en los inicios del siglo XVI (López Piñero, 1980) Estos cirujanos latinos, academizados al igual que  los médicos debían  cursar 3 años de humanidades más los cursos de medicina y anatomía que completaban, con un año de prácticas junto a otro cirujano latino acreditado por el Protomedicato (1477) de tal manera, que durante los primeros siglos de la Baja Edad Media, y los años que van desde que se constituyen las primeras cátedras de medicina en las universidades peninsulares y la academización de la cirugía a lo largo del final del medievo (primero en los hospitales de Guadalupe en la primera mitad del siglo XIV y posteriormente en la Universidad de Valencia en 1502, Barcelona en 1559, Salamanca en 1572 y Valladolid y Alcalá, en 1599; previamente se crearía en Valladolid la primera cátedra solamente de anatomía)) transcurren casi cuatrocientos años, en que, la cirugía – e incluso la medicina -, constituyó una práctica sanitaria regulada localmente por los municipios según el Fuero Real (1225) y controlada por cofradías, únicamente sujeta como cualquier otro oficio, a la disciplina gremial, aprendida a modo artesanal en la que actuarían saberes y habilidades de empíricos de trayectorias médicas judías y árabes trasmitidas “internamente” tanto en medios laicos como desde comunidades conventuales, como pudo ser el caso de la medicina y cirugía monástica practicada por agustinos y benedictinos hasta que en el Concilio de Clermont (1131) comenzasen las prohibiciones eclesiales según una trayectoria imparable que iniciada en 1131, recorre diversos concilios (Letrán, 1139 y 1215, Tours, 1162 y Viena, 1312) considerando que la cura y manejo físico del cuerpo, es un asunto de los laicos y que, lo que realmente atañe al clero es la cura del alma. De tal manera, que a partir del siglo XII y con la excepción de muy pocos espacios monástico/hospitalarios como el de Guadalupe, gestionado por los monjes jerónimos desde el siglo XV y mediante dispensa concedida por el Papa Eugenio IV en 1442, que ya contaba con una Escuela de Cirugía y tres espacios hospitalarios, la cirugía, estuvo en tierras peninsulares durante estos años absolutamente en manos de cirujanos sangradores, sanadores y empíricos diversos que, solo contarían con conocimientos conseguidos a través de mecanismos de aprendizaje – posiblemente resolutivos en muchas ocasiones -, muy rudimentarios y en general, distanciados del saber médico/quirúrgico depositado en la medicina monástica, que no obstante, pudo compensarse con los conocimiento y habilidades de los físicos y cirujanos romancistas; la mayoría, de ascendencia judía y árabe, que, amparados en la peculiar porosidad social de los últimos siglos de la Reconquista cubrieron las necesidades médico/curativas tanto de los sectores privilegiados como populares de la sociedad hispana durante esos años anteriores al despunte de una cierta modernidad médico/asistencial laica a partir del siglo XV y XVI aunque, no obstante y hasta bien entrado el siglo XVIII, la cirugía no universitaria a la que podía acceder la mayoría de la población española sin filtros de limpieza de sangre, fue exclusivamente la ejercida por cirujanos romancistas y barberos, acompañados de un prolijo conjunto de empíricos integrado por flebotomianos, matronas/comadronas/parteras, algebristas, batidores de cataratas, sacapotras o hernistas, ensalmadores, especieros y herbolarios, mientras que, la medicina y cirugía universitaria, la que en esos tiempos se consideraba como un saber homologable a los estudios de leyes o teología – propio de nobles caballeros -, solamente tenía su campo de actuación profesional, en los terrenos de los sectores privilegiados de la sociedad; cámara, familia y servidores reales, nobleza laica, eclesial y militar. Precisamente sería en la Armada y posteriormente en el resto de los ejércitos en donde se consiguió la total inclusión y paralelismo de la cirugía con la medicina mediante la creación de la enseñanza conjunta en los Reales Colegios de Medicina y Cirugía de Cádiz (1748) Barcelona (1764) y definitivamente para el ámbito civil, en San Carlos (Madrid, 1787)

Vide: Luis s. Granjel, El ejercicio de la medicina en la sociedad española del siglo XVII, Univ. de Salamanca, 1971

 [97] Según los datos que manejamos, la asistencia sanitaria en Castilla y León a mediados del XVIII, estaría compuesta por un conjunto de 3.900 profesionales de los cuales 459 serían médicos, 2123 cirujanos, 758 barberos sangradores y 590 boticarios. Su distribución por municipios parece no someterse a criterios claramente identificables, pero un dato relevante estaría dado por el número de vecinos que, siempre nos ofrece un porcentaje mayor de cirujanos y barberos según el tamaño de la población. Así en Medina del Campo, habría para un colectivo de 5.563 vecinos, 7 médicos, 13 cirujanos y 26 barberos sangradores. En el partido de Mansilla de las Mulas (Valladolid) con 488 vecinos tendríamos 1 médico,2 cirujanos y 3 barberos. Nuestro análisis nos lleva a partir de una serie de datos sobre uno 16 municipios de la provincia de Valladolid, a establecer provisionalmente que a mayor población aumenta el número de médicos, se mantiene una cierta estabilidad de cirujanos y desciende drásticamente el número de barberos, a pesar del dato excepcional de Medina del Campo. Por el contrario, en los de menor número de vecinos, aumenta el de cirujanos y barberos aunque siempre apareciendo un predominio significativo de cirujanos cualesquiera que sea el índice poblacional

Vide: Margarita Moretón Alonso, Las profesiones sanitarias en Castilla y León (siglo XVIII) Acta histórico-médica vallisoletana. Universidad de Valladolid, 1993

 [98] Para las patologías traumáticas, estaban las casas de socorro y las enfermerías urbanas, fabriles o mineras más, la habilidad de los médicos rurales, los algebristas, curanderos/curanderas y algún sacristán que, no solo tocaba las campanas sino que hacía de barbero/sangrador local e incluso de maestro de primeras letras. Curiosamente, la sanidad y medicina militar española – como sin duda, en otros países -, sería la introductora de una cultura asistencial ambulante para toda la población con el traspaso del modelo de ambulancia militar a las necesidades civiles.

 [99] La asistencia médica en la España rural estuvo siempre condicionada por lo económico siendo además una medicina practicada hasta finales del XVII fundamentalmente por cirujanos romancistas y barberos. A finales del XVIII un eminente cirujano Juan Fernández del Valle comentaba en su Tratado completo de flebotomía (1794) cómo en la mayor parte de las provincias españolas los municipios se sirven solamente de barberos sangradores porque la escasez de recursos económicos que, no les permiten contratar médicos o cirujanos. Durante el siglo XIX, la cobertura médica en la España ruralizada abundaría en esta problemática en que, lo económico se reforzaría con lo territorial, poblacional y político/administrativo arrastrado desde la legislación médico/sanitaria que ya, desde el Fuero Juzgo (Ley 1ª, título 16) y el Reglamento del Consejo de Castilla de 1746, otorgaba y circunscribía en  los ayuntamientos la total y absoluta cobertura y responsabilidad sobre la salud de la población, que sería refrendado unos pocos meses antes del ocaso del Trienio mediante la Ley de Ayuntamientos del 3 de febrero de 1823 (Art. 12) colocando el estatus del médico, cirujano y barbero, en una situación de dependencia, al igual que el maestro de escuela, del caciquismo local con el agravante que la mayoría de los municipios españoles del XIX, entraban ya en la maldición des poblacional, de manera que en la segunda mitad del XIX con un total de municipios en una horquilla comprendida a grandes rasgos entre 9364 (Censo de 1860) y 9268 (Censo de 1900) solamente alrededor del 4,8% ( unos 430 pueblos) tendrían una población superior a los mil vecinos (Vide: Agustín A. Teulón, Asclepio, XXIV, 1972) con los consiguientes inconvenientes para contratar médicos, cirujanos o maestros, con lo que se recurriría a la contratación de los dos primeros según una ordenación del territorio denominada “partidos médicos” (Ley de Sanidad de 1855 y Reglamento de 1864) mediante la cual, los facultativos cubrían las necesidades sanitarias de varios municipios, lo que facilitaba tener recursos para la contrata pero a la vez, ocasionaba aparte del aumento cuantitativo y cualitativo de la carga de trabajo del titular un patente deterioro en la calidad de la asistencia a causa de las distancias, las condiciones geográficas/meteorológicas o simplemente, las dificultades y tardanzas para los avisos en caso de emergencia. Al mismo tiempo, el propio modelo de configuración del sistema de “partidos médicos” y “contratas” daría lugar a  infinidad de problemas, insatisfacciones y disfunciones que entorpecieron y socavaron aún más la asistencia médico/sanitaria rural durante todo el siglo dando lugar a una intensa polémica que desde la clase médica estuvo presente en casi toda su prensa profesional  como lo atestiguará los continuados artículos contenidos por ejemplo, en el Siglo Médico (Madrid,1854-1936) en la segunda mitad de la centuria, precedidos por los de otras publicaciones profesionales como Décadas de Medicina y Cirugía prácticas (Madrid, 1822-1828) Un aspecto relevante de esta problemática estuvo dada – sobre todo durante la primera mitad del siglo -, por el interés de los ayuntamientos en disponer arbitrariamente de la situación contractual de los médicos, tanto en su elección y despido como en la imposición de tareas no acordes con su cometido médico curativo como obligar al facultativo a que simultanee su trabajo con el de maestro; sea casado, lleve partes de guerra a la capital de la provincia o, incluso atienda al rasurado de la barba en el caso de los cirujanos, o ayudar como peones en el arreglo de caminos. Esta miserabilización del oficio de médicos y cirujanos no solamente coloca a estos profesionales en una situación de miserabilidad social parecida a la del maestro de escuela, sino, que, de una u otra forma miserabiliza la calidad de la propia asistencia curativa durante buena parte del siglo XIX, en donde para más abundamiento se confunden y solapan las funciones del médico y de los cirujanos de manera que hay ayuntamientos en donde se obliga a los cirujano a asistir a un enfermo de tifus y a un médico  tratar un tumor. Todos estos problemas, al que se añaden los intentos de crear dos niveles de asistencia y titulación; uno formado por médicos y cirujanos de primera clase y otro con facultativos subalternos de segunda para pobres y asilados en hospicios y cárceles marcaría todo el panorama asistencial en el medio rural español. Por la información que manejamos parece que el Decreto de arreglo de partidos médicos redactado en 1854 por Méndez Álvaro inicia un discreto recorrido correctivo de toda esta situación estableciendo que en todas las ciudades, villas y lugares del Reino, haya titulares facultativos – médicos y cirujanos -, para pobres como para el resto de vecinos aunque, con algunas excepciones que seguirán emborronado el panorama y limitando la libertad profesional de los facultativos como sería la prohibición en las localidades de menos de 1500 habitantes a que los titulares atiendan además al resto del vecindario, de tal manera que se crean dos modelos de partidos médicos, los de primera solamente para pobres y de segunda para toda la población. Ahora el vecindario de los partidos de primera que no sean pobres podría concertar “igualas” con el médico. De cualquier manera, esta reglamentación de 1854 no resuelve del todo las deficiencias asistenciales pues resulta que solamente los municipios de más de 1.500 vecinos pueden formar parte de los partidos médicos de primera clase, y algunos como los que no lleguen a los 200 habitantes solo podrían contar con cirujanos. Todo este panorama institucional/logístico/administrativo nos lleva a pensar que, con toda seguridad este asunto de la calidad o deficiencias en las coberturas de cura y salud de la población rural española en el cercano siglo XIX no se debieron de ninguna manera a contenidos estrictamente médicos relacionables con la calidad o nivel del saber médico o la situación de mayores o menores recursos económicos del país, sino con la estulticia y pobreza mental de la política sanitaria reforzada por esa mentalidad de sacristía y alpargata anidada inmemorialmente en el tejido administrativo y mental de nuestro peculiar y maldito “macizo de la raza” emblematizado en el constante e inmisericorde trato a los dos oficios básicos para el bienestar de las gentes; el de maestro y el del médico

Vide: Agustín Albarracín Teulón, La asistencia médica en la España rural durante el siglo XIX en Cuadernos de Historia de la Medicina Española, Luis S. Granjel, 1974, pp133-204

Rafael de Francisco, La salud del maestro en España en Cuerpos olvidados, 2023

[100]Momento en que se crea el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) con sus primeras estructuras operativas a partir de 1944, que, aunque en la práctica no supuso otra cosa que, uno más de los decorados sociales – al igual que, el denominado Fuero de los españoles (1945) -, con los que el franquismo intentó blanquear su inmisericorde política represiva, si supuso un irreversible cambio de rumbo en nuestro modelo nosocomial cerrando el recorrido benéfico/caritativo creado por el liberalismo español primero durante el Trienio (1921) y posteriormente en 1849.

 [101] Las Diputaciones provinciales españolas más allá de las críticas que se hayan podido hacer en los últimos años, son una institución política/administrativa de innegable cuna y trayectoria liberal, que ancla sus origen el artículo 325 de la Constitución de 1812, para obtener su institucionalización moderna a partir de 1833 mediante un Decreto del Ministerio de Fomento de la mano de Javier de Burgos.

 [102] Vide: Richard van Dülmen, El descubrimiento del individuo, Siglo XXI, Madrid, 2018

[103] El complejo nosocomial del Santuario de Guadalupe (1360) del que ya hemos realizado una ligera referencia (supra, nota 129), nos ofrece una información relevante para entender cómo el ejercicio y la cobertura médico/quirúrgica monástica pudo contribuir a la consecución de un verdadero imperio económico en una época en donde el ejercicio de una medicina de la caridad y la salvación del alma, contribuyó al enriquecimiento eclesial, de tal manera, que más que una “civitas sanitatis” consistió en un verdadero emporio económico a modo de factoría de la salvación por la caridad, llegando a tener a mediados del siglo XVI, un patrimonio solamente en monetario, joyas, oro y plata de alrededor de 30 millones de maravedís (dixit, Antonio Ponz en su Viage de España, 1785) a lo que habría que añadir una gran propiedad agropecuaria en una extensión de tierras sometidas en régimen de abadengo al Monasterio, gestionado por la peculiar Orden mendicante/hospitalaria de los Jerónimos desde 1389 que, realmente no fue otra cosa que un instrumento de la monarquía española (Trastámaras y Austrias) para administrar su patrimonio teo/terrenal con sus correspondientes aderezos médico/salvíficos no solo en Guadalupe sino en monasterio de El Escoria, con su Hospital de Laborantes (1563-1599) Por otra parte, paradójicamente, y a pesar de su enfoque teosalvífico de la cura y la asistencia sanitaria, este conjunto nosocomial que llegará a contar con cuatro espacios hospitalarios durante el siglo XVI, contribuiría a una cierta profesionalización y protoacademización de la cirugía en nuestro país, con una importante incorporación del saber y la práctica anatomoquirúrgica de empíricos judíos y, árabes del nuevo colectivo de profesionales mudéjares y judío/conversos incorporados a la sociedad hispano/cristiana al finalizar la Reconquista de manera que, la primera escuela verdaderamente moderna de cirugía española aunque, ausenta de latinismos, sería constituida en uno de los hospitales de Guadalupe, el de San Juan Bautista alrededor de 1442 después de que los frailes jerónimos fuesen excepcionalmente dispensados por Eugenio IV de las prohibiciones de realizar disecciones y ejercer la cirugía a los eclesiásticos, casi 60 años antes que se estableciese la primera cátedra de cirugía en la Universidad de Valencia en 1502 y unos 40, después de la primera cátedra de medicina en la Universidad de Valladolid en 1404.

Vide: Guy Beajouan; La medicina y la cirugía en el Monasterio de Guadalupe, Asclepio, XVII, 1965

José Ignacio de Arana; Medicina en Guadalupe, Badajoz, 1990

Luis S. Ballester; Historia social de la Medicina en la España de los siglos XIII al XVI, Akal, Madrid, 1976

Tomás Esteban Rojas; Hospitales y escuela de medicina de Guadalupe, Madrid, 1933

Luis S. Granjel; Cirugía española del Renacimiento, Salamanca, 1968

Luis S. Granjel; La medicina española antigua y medieval, Salamanca 1981
Fray Germán Rubio; Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, Barcelona, 1926

[104] A partir del siglo XI cuando se iría extinguiendo la hegemonía sacerdotal/clerical de la práctica médica, la asistencia y el espacio asistencial se conformaría según tres niveles. El primero, el de los poderosos, asistidos por médicos profesionales, muchos de ellos judíos, y más tarde, cristianos academizados en Universidades, adscritos a la casa del reyes, nobles y alto clero; los medicus a cubículo (dixit Laín, 1982, 327) En segundo lugar, los miembros de ascendente patriciado burgués formado por comerciantes y artesanos prósperos en donde la asistencia se realizaba a domicilio por médicos y quirúrgicos profesionalizados gremialmente y en general, romancistas no universitarios, aunque de solvencia reconocida. En último lugar, el amplio y variado conglomerado de pobres de la sociedad teo/estamental medieval que iría desde los esclavos y siervos de la gleba hasta los indigentes urbanos pasando por toda suerte de miserabilizados y empobrecidos avocados a la cobertura asistencial de la inmensa red de los hospitales pauperum, a los que hay que añadir los hospitales para peregrinos y lazaretos formando la gran red salvífica/hospitalaria medievalcomo el antiguo Hôtel Dieu de Paris – de fundación obispal en el siglo VII-, o el San Bartolomé de Londres (ca. 1123). En la Hispania musulmana tendríamos el Maristan de Granada (siglo XIV) y los primitivos de Castilla como el Hospital del Rey en Burgos (1123) o el de Benasque (1172) en Aragón, seguidos del de los Inocentes de Valencia (siglo XV) o la Santa Cruz de Barcelona (siglo XV)

Vide: Pedro L. Entralgo, Historia de la medicina, 1982.

Raúl Villagrasa Elías, La red de hospitales en el Aragón medieval (ss. XII-XV), 2016

 [105] Aquí, nos encontramos con el conjunto de artesanos y trabajadores de los oficios y obrajes urbanos que contaron con el amparo de cofradías y gremios y, que aunque en sus segmentos inferiores estaban sujetos a una vida precaria, no se les puede considerar como pobres, salvo en situaciones socioeconómicas puntuales como las derivadas de hambrunas generalizadas o pestilencias que, en el caso sobre todo de las cofradías solían contar con un hospital.

 [106] Una de las primeras referencias documentadas que tenemos sobre un cierta aunque discreta preocupación estatal por las condiciones de trabajo sería una Real Cédula de Felipe II fechada en 1570, sobre medidas preventivas en los obrajes mineros. Vide: T. González, Noticia histórica documentada de las célebres minas de Huancavélica, Miguel de Burgos, Madrid, 1831

 [107] Entre ellos, el Hospitalillo-enfermería del complejo minero de Guadalcanal en la provincia de Sevilla; los dos hospitales, de las minas de Potosí, (Hospital de la Veracruz, 1555 y San Juan de Dios, 1610) y el de Huancavélica (1586) en el Virreinato del Perú, seguidos por el de las minas de Almadén ya, en 1755, aunque según nuestros datos parece que durante el siglo XVI existió una especie de enfermería, llamada la Crujía más cercana a una celda de castigo, en donde se intentaba curar a los trabajadores en general “forzados” con una especie de terapia basada en potentísimos baños de vapor para intentar atajar algunos síntomas del hidrargirismo. Con anterioridad, en 1489, se construiría el primer hospital militar fijo español, a instancias de Isabel I de Castilla durante el sitio de Baza, precedido de otro provisional con motivo de la batalla de Toro en 1476. Durante la campaña de Flandes y por iniciativa de Alejandro Farnesio se crearía el Malinas, en 1567, un hospital permanente – duró hasta el siglo XVIII -, que llegó a tener 330 camas con una numerosa dotación de médicos y sobre todo cirujanos mayores (latinos y romancistas) y menores (barberos sangradores y ministrantes)En 1756, la Armada contaría con un Real Hospital situado en el arsenal de la Carraca (Cádiz)

 [108] Como sería el caso del Hospital de Laborantes de El Escorial (1563) que al igual que los mineros, sería un espacio dedicado específicamente a la atención de trabajadores en sus patologías puntuales derivadas de quebrantos traumatológicos, intoxicaciones y heridas por accidentes. Un capítulo aparte, sería el de los hospitales fundados por las cofradías medievales que desde el siglo XII agrupaban a gentes de diferentes oficios y profesiones que iban desde los trabajadores de telares, tenderos y zapateros hasta clérigos, médicos o barberos. Este asunto de las cofradías y su labor asistencial y hospitalaria constituye para nosotros, algo que, sin duda nos puede proporcionar una compresión más afinada sobre la significación del cuerpo para la sociología del trabajo y de la salud/enfermedad diferente a la que, nos podrían otorgar los gremios. Para las cofradías, el cuerpo se presenta como algo cargado de una potente simbólica salvífica y protectora en las que, los cuidados médico/sanitarios no son aún centrales; mientras que, el gremio representa ya, significaciones laico/protectoras en las que lo medicinal/curativo, trabaja directamente sobre los quebrantos del cuerpo. Posteriormente, las asociaciones obreras del XIX funcionaron como estructuras laico/reivindicativas, en donde el cuerpo llegaba a ser objeto médico/curativo por intermediación de lo socio/económico a lo que desde 1871 se uniría lo político, de manera, que las atenciones, necesidades y presencias de lo médico/asistencial formaron parte y, de alguna manera, emanaron de reivindicaciones sociopolíticas para ser, integradas/articuladas, cuando en el último tercio del siglo se crean los partidos obreros, y se iría constituyendo la cultura sindical moderna sobre la salud de los trabajadores representada emblemáticamente en España por el Informe/encuesta (1884-1886) promovido por la Comisión de Reformas Sociales (1883- 1903)

 [109] No obstante ésto, de no mancharse o no trabajar con las manos junto con la separación del médico del cirujano habría que, delimitarlo a los médicos hispano/cristianos que desde el siglo XIV y más patentemente desde el final de la Reconquista, representan el saber médico políticamente correcto en los reinos de Castilla y Aragón. Aunque inicialmente se relacionó al médico con lo sagrado y mágico, adquiriendo su saber y práctica un carácter sacerdotal que le otorgaría un estatus superior al del simple kheirurgikós, que como indican las raíces griegas del nombre remitiendo a “keiros” y “ergos” respondía a actividades que se hacen con las manos, tanto en los textos cásicos de Hipócrates ( siglo V ane) como Galeno (siglo II ne) están presentes diverso escritos sobre cirugía y manejo de heridas y fracturas probablemente relacionados con una práctica y experiencia médica que tanto en Hipócrates como en Galeno – a pesar de sus errores anatómicos por la prohibición de las autopsias en la sociedad romana-, estuvo en ocasiones relacionado en el primero, con su contacto con las expediciones militares griegas y en Galeno, con su trabajo en la escuela de gladiadores de Pérgamo. No obstante, la confrontación entre medicina y cirugía no sería solamente una contraposición meramente operativa sino a la vez,  metodológica como articulación y a menudo enfrentamiento entre dos mentalidades, la internalista y la quirúrgica presente en numerosos escritos del Corpus Hippocraticum (dixit Laín Entralgo, 1996) De cualquier manera el análisis que, a nuestro modesto entender habría que hacer, tendría poco que ver con el saber médico sobre anatomía y cirugía sino con el estatus mágico/sacerdotal del médico y su obstinada obsesión por acercarse más al lecho del poderoso que, del de las clases populares para situarse en el estatus de las profesiones virtuosas y dignas frente a la villanía de los oficios, en unas sociedades en donde no existieron los trabajadores de “cuello blanco”. Precisamente, sería en la segunda mitad del Setecientos, cuando en España se va eliminando sobre el papel, la vileza de los oficios, cuando se inicia desde la medicina naval y militar, el proceso de dignificación civil y social, de la cirugía. Desde los griegos y romanos pasando por los médicos de la Hispania medieval y renacentista siempre existieron médicos o físicos que cultivaron con mayor o menor profundidad el saber quirúrgico. Otra cosa es, que, ellos mismos, manejaran o utilizasen sus manos directamente en las manipulaciones anatómicas y no se sirvieran, de las manos del amplio inventario de cirujanos sangradores, barberos, algebristas y comadronas. Ya, desde el tiempo fronterizo entre la Hispania visigoda y la Castilla Altomedieval nos podemos encontrar con testimonios en los que parece claro que los médicos o físicos tocaban el cuerpo y recurrirán a una práctica curativa médico/quirúrgica como las sangrías y las operaciones de cataratas, reflejado en el Codigo Visogothorum, Libro XI (ca. 654) reconvertido a instancia de Fernando III al castellano como Fuero Juzgo (1241) Igualmente en las Etimologías, (Liv. IV, ca. 600 ne) de San Isidoro, al comentar sobre cirugía, da a entender que constituye un dispositivo médico posterior a la medicación y la dieta que, el médico en ocasiones, la realiza con sus propias manos. En relación a los médicos hispanoárabes, donde se junta y cruza con la árabe/musulmana, la cultura médica mozárabe de tradición isidoriana con la judía de herencia griega, dando lugar durante dos siglos, del X al XII a una medicina infinitamente más avanzada que, la existente en los reinos hispano/cristianos de la península pero, donde posiblemente va a producir  lo que para nosotros, puede ser un prolegómeno de la separación entre médicos y cirujanos a partir simplemente de la organización gremial entre los “tabib” los médicos formados en las “madrasas”con los simples empíricos, los “muttatabbib”(Granjel, 1981,58). De todas formas en la obra de relevantes médicos árabes está patentemente presente la cirugía como sería el caso del médico cordobés Abulcasis (siglo X) que dedica uno de los treinta libros de que consta su monumental enciclopedia médica Al Tasrif (Kitâb al-tasrîf) a la cirugía. En los territorios de las coronas de Castilla, Aragón y Navarra y, hasta el bajo medievo, la cirugía estuvo realizada aparte de curanderos y empíricos asilvestrados, por clérigos semiprofesionales, conservadores de las enseñanzas de las Etimologías isidorianas (siglo VII) en el peculiar espacio nosocomial representado por los “infirmarium” monásticos que, sería más tarde, robustecida y compartida por las escuelas y hospitales catedralicios y obispales – como el de Mérida, siglo VI -, con la recepción posterior del saber quirúrgico salernitense (siglo XI) reforzada a partir del éxodo de mozárabes y judíos tras la represión religiosa/cultural establecida por los almorávides en el siglo XI más, las aportaciones de la Escuela de traductores de Toledo (siglo XII) incorporando ya, una incipiente laicización de la medicina y cirugía, pero siempre, manteniendo un paradójico desnivel de estatus social y científico entre físicos y cirujanos que, se acrecentaría a partir del siglo XIII, con el fortalecimiento de la sociedad estamental y la inclusión de la medicina en los Estudios y Universidades castellanas y aragonesas, en detrimento de la cirugía dejada en manos de los cirujanos barberos que, como comentase Anastasio Chinchilla, (1841, Tomo 1,329) :

“En todo este tiempo la cirugía fue casi abandonada enteramente a los a los bañistas y barberos, pareciendo desde entonces que se quería remontar al estado en que se encontraba entre los primeros griegos. Estos ignorantes que ni aun sabían leer ni escribir, ciertamente que no podían perfeccionarla. Los médicos creían desmerecer y perder su dignidad si se ocupaban de las operaciones; por manera que este ramo tal útil del arte de curar quedó enteramente abandonado”

Por otra parte, la inclusión de la cirugía en las universidades del bajomedievo hispano cristiano en los inicios del siglo XV – en Valladolid en el 1404 -, y la graduación de los llamados cirujanos latinos, no solucionaría el problema sino incluso, le acrecentaría, en la medida en que, el rigor y exigencia de estos estudios haría que muchos estudiantes optaran por la medicina que, junto a los impedimentos de admisión por las exigencias de los estatutos de limpieza de sangre, proporcionaron hasta casi el final del XVIII, un número escaso de cirujanos latinos dedicados además a la asistencia quirúrgica de las clases privilegiadas, dejando las puertas abiertas a los cirujanos romancistas y barberos, para el desarrollo de su empiria curativa sobre el resto de la población. En último lugar, si los elitistas cirujanos latinos o los médicos se mancharon las manos de sangre como seria el caso del afamado médico y protocirujano militar (1543), de cámara (1561) y de la Armada (1571) el vallisoletano Dionisio Daza Chacón (1510-1596) era sangre de soldados y nobles. En el tiempo (desde 1557 a 1563) en que trabajase como cirujano en el hospital real o de la Resurrección ( también llamado Hospital Militar de la Corte) de Valladolid, y por el tono de sus escritos quirúrgicos, da a entender que con la excepción de algunas maniobras era él mismo, el que practicaba la cirugía (Eduardo G. del Real, 1921,198) Lo mismo se puede decir de otros muchos cirujanos y médicos universitarios más o menos coetáneos, como Francisco de Arceo, Andrés de Alcázar, Francisco Díaz, Juan Calvo, Bartolomé Hidalgo de Agüero, Pedro López de León o Francisco Arceo (Eduardo G. del Real, 1921,pags 100-209) De cualquier manera, nuestra impresión es que, durante parte del siglo XV y sobre todo durante el Quinientos, se solaparon las actividades quirúrgicas de los médicos y cirujanos latinos combinando saberes clínicos con una delicada y adelantada empiria manual, dejando en manos de romancistas y barberos las tareas más básicas y de superficie, de la cirugía; tumores, llagas, heridas, extracción de muelas, dislocaciones de huesos y sangrías. Otra cosa fue que, a partir del Barroco y la militancia conservadora de la Contrarreforma este saber clínico/quirúrgico del Siglo de Oro, con el abandono de los estudios anatómicos en las Facultades de Medicina se produjese un “supremo desdén”  (García del Real, 1921, 441) por la cirugía que, obligaría a una importante renovación en la segunda mitad del Setecientos con la creación de los Colegios de Cirugía inicialmente navales/militares en Cádiz (1748) y Barcelona (1760) para ser posteriormente civiles en Madrid (1771)

 Incluso, en el caso de la prohibición de autopsias y disecciones en la Edad Media las cosas no habrían sido tan lineales y tajantes como a veces se ha escrito. Ya durante el siglo XIII en la Escuela de Salerno se practicaban de manera muy esporádica disecciones y aperturas de cadáveres cada cinco años gracias a una bula del papa Bonifacio IV en 1238, seguidas por las Universidades de Bolonia en 1281, Montpellier (1366) y Lérida (1391) Por otra parte, la Bula “De sepulturis ”(1299) del peculiar Papa Bonifacio VIII, que algunos historiadores utilizan como referencia para la institucionalización de la prohibición eclesial de las disecciones posmorten parece que únicamente se refería únicamente a la peculiar manera “more teutónico “que se tenía durante las Cruzadas de manejar los cadáveres de los cruzados, – descuartizándolos y cociendo -, para su más cómodo traslado, desde Tierra Santa, a sus países originarios

Vide: Delfín G. Guerra, El empirismo anatomopatológico y la enfermedad en el vol. Coord.. por Agustín A. Teulón, Historia de la enfermedad, Madrid, 1987

Pedro A. Perlado, ¿Prohibió la Iglesia la medicina? en Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado vol. XXXIII, 2017

Luis s. Granjel, La medicina española antigua y medieval, Salamanca, 1981

Manuel Herrera Carrianza, Abulcasis, el médico andalusí que integró la cirugía en la medicina en el siglo X, Revista Cirugía andaluza, vol. 33, nº 1, 2022.

Anastasio Chinchilla, Anales históricos de la medicina en general, tomo I, pp 285 y ss. Valencia, 1841.

Pedro Laín Entralgo, Historia de la medicina moderna y contemporánea, 1954.

José Luis Fresquet Febren, La práctica médica en los textos quirúrgicos españoles en el siglo XVI, Dynamis, vol. Nº 22, 2002.

Juan Manuel Vázquez Lasa; Los cirujanos de Calahorra en los tiempos del Quijote, Kalakorikos, nº 19, 2004

Antonio Hernández Morejón, Historia bibliográfica de la medicina española, t. I, N. York, 1967.

M.L. López Terrada, Médicos, cirujanos, boticarios y albéitares, en José L. G. Ballester (coord.) Historia de la Ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla, Valladolid, 2002

Eduardo García del Real, Historia de la Medicina Española, Ed Reus, Madrid, 1921.

Pedro Laín Entralgo, Mentalidad internística y mentalidad quirúrgica en Ciencia, técnica y medicina, Alianza, Madrid, 1996

Juan Beltrán de Heredia y de Onís, Dionisio Daza Chacón cirujano del Renacimiento; su aportación al estudio de las heridas, Talleres tipográficos de Sever- Cuesta, Valladolid, 1971

 [110] Probablemente la lepra sea la enfermedad que, desde la antigüedad judeo/cristiana – ya, en el Levítico -,  y una parte de la modernidad, represente la relación más potente no solo de la vinculación entre pecado y enfermedad, sino incluso, de las diferenciaciones sexuales y las sumisiones del cuerpo de la mujer al deseo del hombre, que por ejemplo, en las leyes castellanas estaría incluso contemplado en las Siete Partidas (IV.2,7) y en donde la cultura médica biopolíticamente correcta, desplegaría todo un arsenal clínico doctrinario sobre el porqué, de la menor peligrosidad en el caso de que un varón contagiado de lepra pueda yacer con su esposa sana a diferencia, del peligro de que, un hombre sano pueda hacerlo con su mujer contagiada y sea además, causa de rompimiento del vínculo conyugal.

Vide: James Brundage, La ley, el sexo y la sociedad cristiana en la Europa medieval, México, FCE, 2000

Bemigton Moore, La formación de una sociedad represiva, Barcelona, Crítica, 1989

Alejandro Morín, No es lo mismo leproso que leprosa, Anuario de la escuela de Historia Virtual, 17, 1-10, 2020

 [111] La alimentación, como otras formas de los comportamientos humanos, no solamente se nos puede presentar como un acontecimiento médico/endocrino, y meramente etnológico/antropológico situable, entre las “sex res non naturales”  o lo “crudo y lo cocido” sino, que supondría además, un profundo y significativo “hecho sociológico” como uno más, de los indicadores relevantes para entender el existir humano como hecho biosocial de manera que, no solamente sería algo construido socialmente, sino que, determina modos basales de constitución de los propios “hechos sociales” y de construcción de la sociabilidad humana. Para algunos sociólogos fronterizos como los que hemos aprendido algo de sociología trabajando en los territorios minutos de la humilde sociología del consumo, hemos comprendido la significación que en la sociedad española de los años setenta representó el salto de la cocina y la alimentación de lo cocido a la cocina del preparado y de la polivariedad de la oferta alimentaria representada por las grandes cadenas/superficies comerciales como indicadores de hábitos y mentalidades de la posmodernidad hispana y del paso de la sociedad de la obscenidad y precariedad de las sociedades tradicionales, a la falsa pero tentadora sociedad de la abundancia, como nueva reproducción/pasaje,  del mundo de  los “Pasajes benjaminianos”, al mundo líquido de nuestro actual universo “macdoniano”  en la presente sociedad del mercado por el mercado.

Para nosotros, la relación entre alimentación y enfermedad habría recorrido tres etapas. Una inicial en las sociedades pre y neolíticas, en las que, la alimentación aparte, sus significaciones biológicas básicas, estuvo presidida por fuertes connotaciones mágicas en donde la sangre y determinadas vísceras como el corazón, suponían incorporar a modo de transferencia de otros seres vivos, potentes propiedades vitales y sustentadoras de salud. En sociedades posteriores y hasta casi cincuenta años de nuestra historia, la alimentación supuso una constante lucha por la supervivencia biológica/reproductiva, siendo en hidalgo o román paladino exclusivamente, un medio esencial para evitar la muerte, siendo considerada como la medicina fundamental; simplemente porque la enfermedad más importante de la mayoría de la población consistía en el hambre con su medicamente más resolutivo, alimentos y comida. En las sociedades actuales del tiempo de la economía de mercado en los países desarrollados del primer mundo, la alimentación supera sus significaciones terapéuticas y nutricionales básicas para convertirse en un producto dual, en el que, se mezclan componentes tradicionales de mantenimiento biológico con cautelas cuantitativas y cualitativas sobre sus peligros para la salud, saltando de lo mágico, lo bioalimentario o lo esencial/terapéutico, a una posición en donde el mantenimiento biológico/reproductivo estaría acompañado de innumerables temores y restricciones convirtiéndose de medicina en veneno. En casi medio siglo, los alimentos, pasan de una significación malthusiana a una significación posmoderna, en donde la dieta hipocrática y el higienismo dietético para “nobles caballeros” salernitense o de Lobera de Ávila, no nos sirve ya, siendo sustituía por el mitosema de la dieta saludable con sus diversas peculiaridades territoriales y culturales como la dieta mediterránea o vegana. Una verdadera revolución comportamental, en la que estarían involucrados robustísimos componentes socioculturales que habrían transformado en profundidad el ciclo natural tradicional de los hábitos alimentarios occidentales y en nuestro caso, españoles; como por ejemplo, el consumo de carne o de pan. De una sociedad como la medieval y moderna continental, en donde el pan – más el vino o la cerveza-, constituyeron el alimento básico mayoritario de las gentes en la mayoría de la población, a un alimento bajo sospecha permanente.  O la carne, algo propio para cuerpos asténicos, reservado a enfermos o vigilado/limitado por los rituales eclesiales a, un producto ahora, vigilado por los eco/ñoño/nutricionistas, también bajo sospecha por endocrinos y ecologistas y, además, limitado/condicionado, por los precios y las políticas del mercado.

Volveremos sobre este asunto, al comentar la importancia de la alimentación en la terapéutica hospitalaria medieval y moderna, que hasta la constitución del Hospital clínico contemporáneo constituyó, la herramienta terapéutica central de las estrategias salutíferas nosocomiales.

Vide: Magdalena Santo Tomás Pérez, El uso terapéutico de la alimentación en la Baja Edad Media, Un. de Valladolid, 2009

Luis S. Ballester, La búsqueda de la salud, sanadores y enfermos en la España Medieval, Barcelona, Península, 2001

J. Le Goff, La civilización en el Occidente Medieval, Barcelona, 1970

Beatriz Arizaga y Jesús Solórzano (edit.) Alimentar la ciudad en la Edad Media, Logroño, 2009

Ximo Guillem-Llobat, Ideología de la alimentación, en Ricardo campos, Montiel y Huertas (coord.) Medicina, ideología e historia en España (siglos XVI- XXI) CSIC, 2007

[112] Probablemente de la misma manera que la Inquisición se medicaliza, tanto para controlar y hacer efectiva las estrategias de tortura, como para conocimiento de la sensibilidad corporal ante el dolor, o el propio control, no solamente de almas, sino de cuerpos y comportamientos.

Vide: Edmundo Fayanás, La Inquisición española, el sexo y la tortura, Nueva Tribuna, 2021

José Carlos Fernández Ramos, Sociología del cuerpo físico y del cuerpo político en la transición a la modernidad, Tesis Doctoral, UNED, 2012

[113] Vide: Diego Gracia Guillén, Judaísmo, medicina y mentalidad inquisitorial en la España del Siglo de Oro, Medicina e Historia, nº 6, 1985.

 [114] Vide: Antonio Calvo Roy, Ciencia y política entre las dos Repúblicas; Odón de Buen, México, 2014

 [115] Pedro Laín Entralgo, El médico en la historia, Taurus, Madrid, 1968,7

[116] Vide: Francisco Singue, El vino en el camino de Santiago durante la Edad Media, Rudesindus, 4, 2008

Javier Pérez Escohotado, Economía y dieta de salvación en la Rioja medieval, IV Semana de estudios medievales, Logroño, 1994.

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