CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 5
V.- DEL CUERPO COMO MÁQUINA A CUERPOS VISUALIZADOS DESDE LA PRODUCTIVIDAD POLÍTICA, Y DESDE EL TERRITORIO. LOS INICIOS DE LA HIGIENE Y MEDICINA PÚBLICA MODERNA
Hasta aquí, dos relatos que de alguna forma presentan significativos puntos de convergencia; el derivado de las escrituras protosocialistas y el resultante de las concepciones mecánico/físicas sobre el rendimiento de los cuerpos y las fuerzas del hombre. Ambas tienen como puntos de sutura la búsqueda de productividades y equilibrios en un orden social, económico y político que intenta traspasar el modelo de sociedad estamental por el capitalista/fabril, racionalizando el orden social y racionalizando el trabajo; en suma, desamortizar el poder social y desamortizar y contabilizar el trabajo. En este proceso falta aún, un constructo esencial. El de la salud y la enfermedad tanto de la población en general como de su porción más numerosa; la representada por el cuarto estado, campesinos, jornaleros urbanos, hombres y mujeres del común más la gran masa de miserables e indigentes. Cuerpos en cierta medida opacos a la medicina bajo medieval y a la recreada a partir del Renacimiento, que se constituyó – heredando la cultura médica clásica – básicamente teniendo como finalidad preferente el cuido de los cuerpos selectivos del caballero. Los otros cuerpos los del populo minuto quedaban únicamente amparados por la providencia y la caridad más las coberturas discontinuas y territorialmente limitadas de las hospederías monacales y eclesiales siempre, gestionadas y controladas desde la Iglesia o por los flecos continuamente marginados cuando no perseguidos, de la medicina árabe/medieval que, junto a otras prácticas curativas ejercidas por moriscos, hechiceras y curanderos constituyeron la base de una medicina popular[1] que en realidad sería la única que realmente cubriría las necesidades de las gentes y que, desde la institucionalización del Protomedicato[2] por los Reyes Católicos, competiría con la Inquisición en el control de almas y cuerpos e incluso los de la propia clase médica que, en una gran medida era ejercida – sobre todo en los segmentos profesionales secundarios de cirujanos romancistas, barberos y algebristas – por conversos que, se mantendría incluso hasta fechas preilustradas como fue el caso de la intensa persecución del Santo Oficio a multitud de médicos y otros profesionales en los años que van de 1718 a 1725 en que se encausaron a 900 supuestos judaizantes de entre los cuales, había 50 médicos y cirujanos con profesionales de los oficios sanitarios como boticarios y sangradores. Entre estos médicos procesados figuraba nada menos que un médico de cámara de reconocido prestigio como Diego Matheo Zapata (1664-1745)[3] reconocido “novator” y uno de los promotores de la Regia Sociedad Hispalense de Medicina en 1701. Diversos testimonios de historiografía primaria nos muestran un panorama en el que cualquier médico de origen converso o simplemente como Juan de Cabriada (1665-1714) –otro novator – seguidor de la medicina iatroquímica estuviesen continuamente expuestos a la vigilancia del protomedicato. En esta línea algunos médicos militantes del escolasticismo galénico como el Dr. Joseph Colmenero llegaría a programar que los médicos que recomiendan el uso de los polvos de quina pecarían mortalmente[4]
A partir del último cuarto del setecientos cuando aún seguía existiendo el Tribunal del Santo Oficio pero, ya enfilando su desamortización[5] y, hasta más o menos la mitad del XIX, se irían constituyendo las nuevas miradas sobre el cuerpo de la modernidad ilustrada y de la modernidad liberal según dos ramas comprensivas que parten del mismo tronco fundacional asentado desde la Revolución Científica del XVII y fundamentalmente de un solo ramaje madre, el de la comprensión y conceptualización de la salud/enfermedad como input basal para la riqueza y prosperidad de las naciones.Todo, en la misma línea que los anteriores operadores ergonómicos y sociales. Una productividad en primer lugar situable en el conjunto del territorio, contabilizando productividades y riqueza de poblaciones y comarcas por medio de las Topografías médicas[6]. La segunda, directamente sobre el cuerpo aunque, no necesariamente los cuerpos concretos de los trabajadores. Por supuesto que, estarán presentes, incluso cada vez, más presentes, pero inicialmente como parte del conjunto general de la población considerada como sujeto/objeto; como cosa socio/política. La literatura sobre este último aspecto constituye un variado corpus escritural que irá desarrollándose desde el rótulo de los “avisos al pueblo” hasta los informes sobre morbimortalidad urbana; de ahí habrá pocos pasos para que vayan apareciendo inventarios descriptivos sobre las condiciones de vida y trabajo del nuevo proletariado industrial.
Las llamadas topografías médicas se consideran por la mayoría de los autores dedicados a la historia de la medicina como una escritura heredera del tratado hipocrático de aires, aguas y lugares. En parte, sería una apreciación correcta pero desde, una lectura sociológica del asunto, la cosa puede resultar más compleja. Incluso ya, en los primeros esbozos de obras que se podrían considerar como pioneras en España de lo médico ambiental o relacionable con territorios geográficos concretos como la Sevillana medicina del médico converso Juan de Aviñón[7] escrita antes de morir en 1418 y más tarde publicada por el médico y botánico sevillano Nicolás Monardes (1508-1588) en 1545[8] se pueden observar perspectivas socioeconómicas y políticas impensables en el horizonte helénico. Para nosotros las topografías médicas se moverían alrededor del epistema de productividades mercantilistas de la ciudad y del territorio que, precisamente, se irían inaugurando en ciudades de gran robustez económica en los albores de la modernidad como sería la Sevilla del cuatrocientos. Por otra parte, el amplio inventario de aspectos contemplados en estas topografías y sobre todo, la aparición de datos y referencias relacionados con el trabajo y las ocupaciones de la gente, otorga a estos escritos una especial connotación sociológico/ambiental que por ejemplo, en la Historia natural y médica del Principado de Asturias (1762) de Julián Gaspar Casal se hace claramente patente al determinar los aspectos socioeconómicos que estarían detrás de la morbimortalidad existente en el territorio y en especial en patologías como el denominado “mal de la rosa” [9]
Esta especial articulación entre territorio y población harían de las topografías médicas una herramienta significativa a la hora de poder leer las condiciones de salud y enfermedad de las gentes desde los constructos tradicionales de la medicina de las constituciones y los desequilibrios humorales para situarlos en el plano de las condiciones de vida y trabajo abarcando incluso los oficios de la guerra[10] y la situación de una amplia panoplia de oficios y condiciones laborales[11] que ya, a finales del XVIII llegaría a la fábrica. De ahí, que en muchas ocasiones, se topó con la morbimortalidad del trabajo fabril desde la ciudad y la tierra.
Por otra parte, estos escritos rotulados como topografías médicas y que parece que casi siempre, fueron confeccionados por los médicos titulares locales puede que sirviesen como vademécums o memorias clínicas – a falta de otra documentación administrativamente reglada – para que otros profesionales pudiesen tener una idea cabal de la situación sociomédica de los lugares en que podrían ejercer su menester. Además, considerando que la moda estadística de sus publicaciones coincide precisamente con la década de estabilización administrativa del país entre 1880 y 1890, en la que, el sistema de la Restauración canovista adquiriría temples más sosegados a partir de las estrategias turnistas (1881) y por lo tanto, parece cerrarse/estabilizarse, el proceso de construcción de la arquitectura político/administrativa del Estado, como culminación de todo un largo recorrido legislativo que desde el territorio, contemplasen todos los ejes de la gobernanza del país partir de la ley municipal de 1823; La cobertura territorial de la seguridad a modo gendarmería con la creación de la Guardia Civil en 1844; el inicio de la organización administrativa de la sanidad con el Real Decreto de 1847 y, por supuesto, la Ley de Sanidad de 1855; La ley de instrucción pública de 1857; la creación de la Comisión de Reformas Sociales en 1883; la ley de asociaciones de 1887; el Código Civil de 1889 y cerrando la década, el sufragio universal masculino en 1890. En este marco legislativo faltaba un mapeado médico que además articulase recursos humanos y socioeconómicos en donde los criterios clásicos de la medicina hipocrático/ambientalista más los de la modernidad de las constituciones de Sydenham que, probablemente, estando presente en las primeras topografías españolas del setecientos y ochocientos, no tenían sentido en un escenario en el que la microbiología y el higienismo público estaban marcando nuevos senderos metodológicos con nuevas miradas sobre la ciudad en las que fábricas y establecimientos industriales supondrían otros modelos de inficionamiento urbano.
De cualquier manera, este asunto de las topografías médicas españolas aunque por supuesto, contemplase claras finalidades médico/preventivas representaría además un potente objetivo político en relación al cierre del mapa de datos e informaciones útiles para la gobernanza del país más allá o, más acá, de las semejanzas o referencias con otras escrituras homólogas de autores franceses británicos o alemanes. Es más, el modelo topográfico/médico español aparte de su variedad temática e inventarial siempre, se nos ha presentado como una reconstrucción de la sistemática de inteligencia administrativa de los Interrogatorios[12] y Relaciones Geográficas de Felipe II[13] realizadas entre 1559 y 1578, con la única diferencia en que las cuestiones relacionadas con la morbimortalidad estarían más ampliadas y desarrolladas en los cuestionarios estrictamente médico/topográficos posteriores, como nos indicaría el patrón confeccionado por el Dr. Raimundo Durán[14] en su inventario/guía de 1821[15]; presentando una vocación sanitaria preferentemente dirigida al cierre del circuito de operadores administrativos necesarios para la gobernanza del territorio que en España sería una tarea que aunque tuviese alguna heredad con los Reyes Católicos su verdadero inicio se daría con Felipe II a partir de la aparición de escrituras premonitoras de la “Ciencia o Tratados de Policía” de modelo cameralista como fue la obra de Jerónimo Castillo de Bobadilla (1547-1605) titulada “Política para Corregidores y señores de vasallos…”publicada en 1597 adelantándose en un siglo al voluminoso libro de Nicolás Delamare (1639-1723) “Traité de Police” publicado entre 1707 y 1738. En su Política para corregidores Bobadilla (a menudo escrito Bovadilla) dedicará un capítulo de su Tomo II, libro III, capítulo VI, al cuidado que debe tener el corregidor de la limpieza de las calles de modo, que:
“…de tener limpia la ciudad, el ganará mucha loa, y al pueblo causará salud y contentamiento…”
Esta relación con lo político/administrativo heredada de la policía médica cameralista[16] y de los ideólogos de la Convención que, como veremos a continuación presentando su consolidación en el XIX, tendría su prólogo en proscripciones y escrituras de nuestro primer liberalismo. En suma, de lo que se trataba era de saltar de la ciudad de Dios como espacio en el que el cuerpo del individuo, sus condiciones higiénicas y su salud, incluso la ciudad como fábrica, colgaba de la providencia a, una ciudad del Rey[17], en la que la existencia de la ciudad, su constitución y construcción va a retomar la racionalidad vitruviana/romana dentro de un ambicioso proyecto de control y moralización de espacios, mentalidades y cuerpos que dará origen al relato biopolítica de la Ilustración y de ahí a escrituras paralelas como la rotuladas como topografías o geografías médicas. Así, incluso en el periodo constituyente[18] antes de marzo de 1812 y en un desconocido documento titulado “Ensayo sobre el modo de establecer los preceptos de la higiene pública”[19] podemos leer como una de las obligaciones de los individuos que componen la Junta de Sanidad local, lo siguiente:
“Artículo XVIII. El secretario tendrá tres libros encuadernados en folio: Uno para notar (sic) las observaciones meteorológicas, clínicas y necrológicas, según las escriba el Profesor, y se dirá mas abaxo: otro para copiar todas las reales órdenes, decretos y leyes que se expidan relativas a la conservación de la salud de los ciudadanos…”[20] Añadiendo en más adelante (artículo XXX) que en estas observaciones “…describa con exactitud la topografía de él; su situación en longitud y latitud; su temperatura media; la análisis de sus aguas, y de las minerales si las hubiese; los frutos que produce, y los que son mas abundantes ó que constituyen su mayor riqueza; el estado en que se haya la agricultura, y si se podrá mejorarse; los usos y costumbres de sus habitantes; las enfermedades que padecen con mas frecuencia en cada estación del año; si se experimentan algunas endemias producidas por aguas estancadas en lagunas , ó por otras causas de esta naturaleza: si hubiera observado alguna epidemia y descubriese esta con toda exactitud, indicando el origen que tubo (sic), sus progresos y los auxilios, que notó mas eficaces, con todo lo demas (sic) que corresponde á los conocimientos propios de un buen médico…”[21]
Instrucciones significativas que nos indican por una parte, un nuevo talente administrativo con respecto a las antiguas topografías e interrogatorios del tiempo de Felipe II en donde el ejecutor de estos informes era generalmente el cura párroco del lugar. Con las Cortes de Cádiz, el redactor y protagonista de estos inventarios va ser un laico, el médico titular del municipio y por lo tanto, inaugurando nuevas miradas en la gobernanza del territorio a modo de una especie de desamortización de la salud y del conocimiento del país de la tutela eclesial. Por otra parte, es de reseñar que en estos requerimientos informativos todo lo referente a lo que podíamos considerar como una epidemiología de la enfermedad, el ambiente o lo ecológico de la morbimortalidad de las gentes se mantendrá aún agarrado a la tierra y lo climatológico. Oficios y profesiones estarán ausentes de esta mirada; en último lugar, será la miseria y las condiciones de salubridad de las clases populares las que se tendrían en cuenta en algunos informes topográficos urbanos como, los efectuados en un dictamen realizado en Sevilla durante el Trienio en contestación a una petición evacuada por el cónsul francés al alcalde constitucional de la ciudad en 1822[22] Modelo de informe que aunque por su enmaquetamiento no responde a lo que, estrictamente correspondería al canon establecido para las topografías médicas, lo consideramos como un modelo más de lo que por otra parte, constituiría una escritura que cuando tocaba la salud no pasaba de lo meramente observacional sin tocar estrategias preventivas y, en general, muy comúnmente condicionada por las diatribas médicas del momento alrededor de la aceptación o conformidad con la teoría del contagio. En el citado informe y con relación a los síntomas observados en el barrio de Triana los médicos dictaminan:
“…Que solo reinaban calenturas remitentes biliosas, é intermitentes de la misma índole que no estimaban hijas de ningún contagio, y si estacionales ó producidas por la pobreza de aquel vecindario…”
No obstante, más o menos por las mismas fechas se estarían produciendo importantes cambios en la relación entre morbimortalidad y espacio. El salto o la cohabitación de dos elementos causales en la ecología de la enfermedad o el paso del modelo ambientalista aprisionado entre la polémica sobre el contagio y las endemias de las constituciones según el modelo de Sydenham[23] y sobre todo como modelo rural/preindustrial, al modelo de toxicidad urbano/fabril en el que ya, no cuadraba ni lo telúrico ni lo contagioso.
Será precisamente en este clima de desamortizaciones del cuerpo y la salud y desde escenarios paralelos como los de las nuevas y escasas ciudades de la protoindustrialización fabril, cuando se van a establecer lentamente, tanto en Francia e Inglaterra como en España, relaciones entre la piedra y la carne, entre la salud del espacio y la salud de los habitantes a partir de ya, no de constataciones climatológicas, sino de índole fisico-químico, fabril e industrial. Frente al fantasma de las miasmas aparecería la realidad de la toxicidad aunque ésta, lo sea por ahora, desde la fábrica hacia el exterior. Aún quedaría medio siglo para que esta toxicidad se concentre en el interior de la fábrica y en el cuerpo del trabajador.
Insistimos una vez más, que las percepciones modernas sobre la salud de las gentes se han realizado siempre, desde los espacios de la ciudad y precisamente será desde la ciudad, donde se van a ir visualizando la problemática sobre la morbimortalidad de los trabajadores aunque, se hayan dado algunas referencias en el medio rural/prefabril como apuntábamos (supra, ) al comentar el dictamen que hiciese Miguel Juan Pascual (1555) sobre la “fetidez resultante de la maceración del cáñamo en balsas” Y además, en general acompañadas de un cierto carácter diferencial al establecer lo social y económico como un rasgo determinante ante las enfermedad y la muerte, como la manifestado por varios frailes y religiosos que redactaron informes sobre los resultados de las epidemias padecidas en Barcelona y Valencia a mediados del XVI apuntando a que, sus efectos más intensos los padecieron las personas de las clases populares[24]
La documentación que hemos ido recopilando en estos últimos veinte años en que nos hemos dedicado preferentemente a la sociología de la salud nos han proporcionado muy pocas referencias documentales sobre la relación entre espacio urbano y salud/enfermedad de las gentes como no fueran algunas disposiciones de talante defensivo ante los peligros que empezaban a intranquilizar a la emergentes preburguesías de una nuevas ciudades que dejaban de ser de “ciudad de Dios” para ir convirtiéndose en “ciudades del Rey” y posteriormente, en “ciudades del Capital”. Proceso que llevará a la conversión de la ciudad en un territorio de intervencionismo de los poderes públicos, desde dispositivos más o menos organizados de manejo sanitario que, irían por otra parte, intentando establecer instituciones y artefactos burocráticos laicos y diferenciados de los de tutela eclesial propios de la socioeconomía medieval de la salvación. Sobre esto, escribíamos en 2007 que:
“Ese espacio tendrá como escenario la ciudad preburguesa del Quinientos al Setecientos, propiciando las primeras higienes públicas modernas. A partir de las últimas décadas del XVIII la tarea higiénica por excelencia se volcará sobre la ciudad como especio inficionado por aires contaminados, climas, pestilencias humanas, animales y, aguas corrompidas más, las emanaciones de los primeros establecimientos prefabriles y, probablemente, a la muchedumbre de “vaga-mundos” y “miserables” que inundaban las ciudades como preámbulo de la futura “cuestión social”del XIX. En esta línea surgirían los primeros documentos directamente relacionados con la salubridad pública a instancias de la Monarquía como el confeccionado por el médico milanés Juan Bautista Juanini (supra ) sobre las sustancias que “perturban las benignas y saludables influencias del ambiente desta Villa de Madrid en donde apunta que las verdaderas causas del inficcionamiento del aire de Madrid residiría exclusivamente en su inmensa suciedad (…) La contaminación de Madrid constituyó un serio problema de salubridad pública desde el reinado de los Reyes Católicos que emiten en 1496 uno de los primeros bandos preventivos prohibiendo la presencia de animales de cerda por las calles de la Villa. Todavía en 1746, Casimiro de Uztáriz (1699-1751) hijo del ilustrado Jerónimo de Uztáriz comentaría en su Discurso sobre el gobierno de Madrid que el aire de la ciudad:
“…Es muy sutil é inficionado con la pestilencia de este hedor hace que sean las calles el enemigo mayor de nuestra salud…”
En relación al mundo fabril, industrial o de los oficios, la intervención administrativa la hemos encontrado solamente reflejada en dos disposiciones. La primera en la Biblioteca Nacional (signatura A2, B-K2) referente a la documentación de un pleito de los vecinos de la ciudad de Sevilla que se quejan de los numerosos incendios ocasionados por la existencia de fábricas y almacenes de pólvora en el interior de la ciudad. Aunque este documento está fechado en 1711, habría una nota indicando que dicho pleito se resuelve a favor de los vecinos en 1626
La segunda, al filo de los últimos años del siglo XVII, con un acta de la Casa de Alcaldes de Casa y Corte de Madrid (3 de septiembre de 1697) aprobando acuerdos de la Hermandad de Nuestra Señora de la Natividad y San Antonio de los sastres madrileños, por los que se asegura a todos los cofrades médico y medicinas gratis en sus enfermedades…”[25]
Probablemente el espacio de la ciudad funcionó como un lugar privilegiado en la construcción de las escrituras y cultura de la higiene pública que si en principio, fue englobada en el concepto genérico/ambiental acuñado por los hipocráticos, se concentraría preferentemente, a partir de la Baja Edad Media en la ciudad y, desde él, como venimos repitiendo, desembocaría irremediablemente en el cuerpo del ciudadano
En un interesante libro en el que se reflexiona sobre las Ordenanzas municipales de Madrid, Sevilla y Toledo publicado en 1830[26] se puede observar el potente peso que tuvo durante siglos la regulación de todo el entramado urbano en “el gobierno político de las Fábricas”con un énfasis en el control y actuaciones por parte de los “alarifes”[27]en el proceso de construcción de las edificaciones (que en general se denominaban fábricas) Pues bien, en este libro que es un poco una recopilación de antiguas ordenanzas de policía urbana de la vivienda y de los usos de la ciudad, todas las disposiciones está diseñadas por criterios de buena vecindad para evitar contenciosos o incomodidades a los vecinos – “que nada sirva de perjuicio al vecino”- con escasas referencias a la salubridad y, por supuesto, de referencias explícitas a situaciones u oficios[28] que puedan implicar riesgos para la salud de las gentes o de los trabajadores. Lo que importa será exclusivamente el orden de la ciudad o en último lugar, la consecución de una estructura fabril/constructiva que respete la triada vitruviana asentada en la solidez, la estética y la utilidad y, como mucho, algunos ribetes de higiene que en el caso de este insigne arquitecto e ingeniero romano parece que se limitó como nos recordara el Dr. Felipe Monlau en sus Elementos de Higiene Pública (1847) a que un magistrado vigile que los ladrillos utilizados en la construcción tengan por lo menos cinco años de cocción. No obstante tenemos la impresión que el bueno de Monlau – como en otras referencias suyas – no leyó del todo los Diez libros de Arquitectura, pues aparte el asunto de la cocción de los ladrillos, nos encontramos con una de las primeras anotaciones higiénico/preventivas a propósito de los peligros que supone la utilización del plomo en las cañerías:
“…La conducción por arcaduces (barro cocido) tiene la ventaja de que (…) el agua es más saludable que la que viene en plomo; pues ésta podemos sospecharla viciosa, por motivo que del plomo se hace albayalde, dañoso, según dicen al cuerpo humano…”
De cualquier manera, a pesar del peso cuantitativo de lo rural y de las pequeñas villas aún, alejadas de la industrialización, la pocas ciudades que se van acercando a la nueva configuración prefabril como la Barcelona de finales del XVIII y dentro de la cultura recopiladora y descriptiva de la topografía naturalista, socioeconómica e higienista inaugurada entre el XVI y el XVII por las geografías médicas del territorio se va a dar lugar, como ya avanzábamos (supra pp., 114-115) a la aparición de un nuevo modelo de escritura sociomédica netamente urbano en el que las referencia a lo miasmático[29] y al inficionamiento natural/telúrico/ambiental se modifica y cambia por el énfasis en las emanaciones fabriles que, agarradas a un apretado tejido urbano, producen sintomatologías morbíferas que además se suman[30] a las habituales patologías tradicionales de pestes, fiebres, hambrunas y miserias.
En nuestra opinión, no son solamente las topografías médicas las que en España – y probablemente en toda Europa – inauguran la Higiene Pública. Ésta como higiene o medicina preventiva de las gentes es un asunto de la precontemporaneidad ilustrada[31] que se hace desde diferentes planteamientos y escrituras para converger ya, en el ochocientos, al hilo de una fecha tan emblemática en la historia social y política europea como 1848 para dar paso además hacia 1850-1890 a una prolongación paralela que se va a designar como Higiene Industrial, del Trabajo o Higiene Obrera[32]. En España y, más allá de las topografías/geografías médicas será hacia la mitad del XVIII[33] cuando se van, iniciando desde diversas fuentes los recorridos hacia la convergencia de una higiene/medicina pública consolidada. Fuentes que contemplan desde la medicina militar, la apuntada literatura (supra p. 112) de “avisos al pueblo sobre su salud” pasando por variados dictámenes académicos sobre los inficionamientos de las fábricas hasta, la recepción de la obra de los higienistas franceses, ingleses y alemanes, herederos del relato de los médicos del tiempo de La Convención (1792-1795) donde precisamente, la Ley de 19 de marzo de 1793 proclamará el derecho universal a la salud estableciendo además, un modelo de hospital médico/clínico de propósito general superador del modelo basado en el lazareto/nosocomial.
Desde lo espacial, los territorios significantes para la constitución del higienismo público español fueron: la ciudad, el barco, la mina y en menor medida la tierra o la agricultura, como sustentación de determinados cultivos como los arrozales. La fábrica, será un espacio cuya lectura higiénica se hace desde la ciudad y en la que la salud de los trabajadores se entiende hacia la ciudad de la misma forma que, la mirada sobre los efectos sobre la salud generados por el cultivo del arroz, se hará hacia la población en general y nunca, sobre los jornaleros arroceros. Solamente la mina y el barco, serán territorios en los que la mirada médico/higiénica reposará sobre mineros y marinos.
En relación con la minería y el trabajo de/con los metales, hemos contemplado anteriormente numerosos comentarios y reflexiones (supra, notas: 146, 147,148, 149, 150, 151, 152 y 153) solamente abundaremos en el asunto a partir de dos consideraciones: La primera, subrayar el potente protagonismo de la minería tanto en la sociedad romana como posteriormente en el Renacimiento[34] y desde aquí, a la sociedad del setecientos, en la constitución de una endeble y compleja[35] pero real, cultura del trabajo y de la terapéutica reparadora a modo, de una cirugía laboral resolutiva, cercana a la de los cirujanos militares de la Armada[36]acompañada de la creación de un entramado hospitalario a pie o cercano a las instalaciones mineras[37]La segunda, no es más que una reflexión sobre el proceso desde el que se van construyendo las estrategias públicas referentes a la salud de los trabajadores no agremiados como los de la minería, situables a medio camino entre el esclavo y el “forzado” de presidarios, moriscos y gitanos[38]
Recorridos en donde se pasaría de unas etapas de extremada dureza[39], rayando en la crueldad a otras, en donde se irían suavizando progresivamente y que, nos llevan a considerar también, a la minería como un indicador significativo para valorar la gran relevancia que pueden representar las condiciones socioeconómicas a la hora de la existencia y programación de disposiciones tocantes a la prevención o protección de las condiciones de trabajo. En este sentido, el trabajo minero nos resulta especialmente interesante, no solo por los cambios que experimenta a lo largo de casi dos mil años de historia sino además, por la amplia documentación existente. Así, en la Hispania romana a medida que descendía el número de esclavos y por lo tanto, representando una mercancía aparte de escasa, progresivamente más costosa, las grandes explotaciones mineras comenzarían a contratar “arquiatras”[40] como recomendaran algunos tratadistas posteriores (Casiano Baso en su Geopónica, siglo VI) Los expertos en la materia. Parece que no solamente se contrataron arquiatras sino, que pudieron utilizarse estrategias de marketing político como la edificación de un teatro de 5.000 plazas para el esparcimiento de los trabajadores esclavos en una ciudad minera del Ática conocida como Thoricos e, inaugurando claramente, el manejo psicosocial de la vida laboral. Todo ello además ayudado sin duda, por un respaldo legislativo como pudo ser el constituido por las leyes o Código de Vipasca que bien puede considerarse, como el primer documento hispánico de prevención de riesgos laborales en tiempos del emperador Adriano[41]
[1] Vide, Fernando Álvarez-Uría: Miserables y locos, Madrid, 1983
[2] El Real Tribunal del Protomedicato aunque posiblemente una institución parecida tuvo sus orígenes en Roma, sería institucionalizado por la Corona de Castilla mediante la Real Cédula de 30 de marzo de 1477. Formalmente respondía a la necesidad de regular la diversa y asilvestrada panoplia de oficios curativos desde los exclusivos doctores latinos de las Facultades Mayores hasta la infinidad de algebristas, parteras, flebotomianos, especieros, ensalmadores, herbolarios y barberos. En realidad es que, junto a su labor de racionalización y ordenación y, sin duda, de control y persecución de picarescas y malas prácticas tendrían un relevante papel en el mantenimiento de un ortodoxia doctrinal compartiendo con la Iglesia una poderosa pinza para la servidumbre popular persiguiendo tanto, herejías intranquilizantes del alma como herejías sobre el cuerpo que, recordasen los nefandos saberes judeo/arábigos sobre la salud y la enfermedad. Curiosamente será durante el Trienio Constitucional cuando es abolido el Protomedicato aunque ya, desde la formalización del estatus de los cirujanos de la Armada como médicos en la época de Carlos III, se hubiese resentido profundamente su poder y hegemonía.
[3] Vide, Julio Caro Baroja: Los judíos en la España moderna y contemporánea, Madrid, 1978; Antonio Peñafiel Ramón: Reductos judaizantes en el siglo XVIII, Madrid, 1992; José Pardo Tomás: El médico en la palestra, Diego Mateo Zapata (1664-1745) Valladolid, 2004
[4]Comentario que este catedrático salmantino incluía en su libro “Reprobación del pernicioso abuso de los polvos de la corteza de quarango o China, China, Salamanca,1697 y que sería rebatida por el médico novatore Juan Muñóz y Peralta (1695-1746) en su “Escrutinio Phisico médico”, Sevilla,1699
[5] Aunque su abolición política fue en 1812, realmente duró hasta 1834 experimentando, una relativa disminución represiva durante el reinado de Carlos III en el que sin embargo se llegarían a quemar a 4 procesados.
[6] Vide, Luis Urteaga: Miseria, miasmas y microbios, Geocrítica nº 29, Barcelona, 1980; Juan Casco Solis: Las topografías médicas,revisión y cronología, Asclepio, Vol LIII,1, 2001
[7] Juan de Aviñón sería el nombre cristianizado de Moses ben Samuel de Roquemaure (1381-1418)
[8] Existe una segunda edición editada en 1885 por Javier Laso de la Vega y Cortezo.
[9] Casal se adelantaría en más de un siglo al médico húngaro Joseph Goldberger (1874-1929) en dictaminar que el “mal de la rosa” o pelagra no era una entidad infecciosa sino que era la consecuencia de la pobreza/miseria de la población.
[10] Como por ejemplo, un escrito de Topografía médica de finalidad militar como el titulado: El Archipiélago Filipino; Estudio de su topografía médica, enfermedades propias del ejército de aquellas islas y notas estadísticas, del médico militar D. Agustín Planter y Góser, Madrid, Imprenta Moderna,1892.
Otro territorio colonial que sería objeto de estos informes topográficos sería La Guinea Ecuatorial como por ejemplo el escrito del médico de la Armada Antonio San Martín y Montes, Estudios topográficos-médicos de la isla de Fernando Poo (1867)
[11] Dentro de estos objetivos productivos relacionados con el trabajo es enormemente relevante un escrito topográfico-médico cubano sobre la ciudad de la Habana pero en el que se incluye un verdadero manual de control médico del numeroso contingente de trabajadores chinos (culíes) que desde 1847 hasta 1874 fueron utilizados como esclavos en sustitución de los africanos. Un episodio penoso y escondido tanto por cubanos y españoles que supuso la explotación esclavista/capitalista de más de 120.000 hombres y mujeres y que contó con la participación lucrativa tanto de la burguesía criolla como de las autoridades españolas e, incluso, los intereses independentistas que durante la Guerra de los 10 años (1868-1878) los utilizaron como carne de cañón en la manigua a modo de una paradoja más de la historia pues, este numeroso colectivo guerrillero, había entrado en el país entre otros vericuetos corruptos mediante el pago por parte de los asentadores esclavistas a las autoridades militares de un diezmo de la exorbitante suma de una onza de oro – aproximadamente 68 pesetas – por culí.
El escrito al que nos referimos lleva por título: Memorias sobre la Topografía médica de La Habana y sus alrededores y sobre el Estudio físico y moral de los colonos asiáticos: Modo de dirigirlos en su trabajo, medidas que deben tomarse para conservarlos en buena armonía con sus patronos, enfermedades más frecuentes en los chinos y medios de obtener su curación con los más sencillos y prontos resultados, La Habana, 1857, siendo escrito por el médico cubano Marcial Dupierris del que no hemos conseguido excesivos datos biográficos salvo que fue una especie de médico del trabajo especializado en el manejo de esclavos africanos y asiáticos, empleado – y posiblemente socio – de un emporio esclavista llamada La Colonizadora fundada da en 1854 por un tal Rafael Rodríguez Torices y el Conde de Lombillo.
Vide, Juan Casco Solís: Las topografías médicas: Revisión y cronología Madrid, Asclepio, Vol.LIII, 2001; José Luis Arteaga González: Miserias, miasmas y microbios, Barcelona, 1976; Cuellar Luna y Tania G. Soto: Desarrollo de la geografía médica o de la salud en Cuba. La Habana, 2014; Juan Riera: La topografía médica vallisoletana de Pascual Pastor y López, Universidad De Valladolid, 1985.
[12] No obstante y como su rotulación señala en ocasiones – otra veces se denominan como “memorias” “viajes” o “geografías”y por lo tanto, en este último caso, cercanas a las topografías – ateniéndonos a los “interrogatorios” la diferencia sustancial con las topografías es, que se trata de cuestionarios, como artefactos de información/interrogación rellenados por los otros, por individuos ajenos a la medicina. Sin embargo, a la hora de su utilidad para la realización de un mapeo de la morbimortalidad de la población puede que también representaran una fuente de información a considerar; especialmente en las encuestas, informes e interrogatorios del XVIII en los que podemos encontrar datos relevantes sobre accidentalidad y enfermedades de los oficios aunque en general tuviesen un carácter agrícola o prefabril como por ejemplo, el Interrogatorio de 15 preguntas que el geógrafo madrileño Tomás López de Vargas (1730-1802) realizase en Extremadura, las Castillas y Asturias hacia 1782-98, en el que las contestaciones a la décimo tercera pregunta, “Las enfermedades que comúnmente se padecen, y como se curan, número de muertos y nacidos para poder hacer juicio de la salud del pueblo” se pueden encontrar numerosos testimonios de procesos morbosos relacionables con ocupaciones laborales. A propósito de estos interrogatorios de Tomás López, la profesora María Jesús Marinero (1995,55) hace referencias al predominio de enfermedades en Casatejada (Cáceres) ocasionadas por la fetidez derivada del manejo de las lanas junto a otros inconvenientes para la salud de la población como la de tener que trabajar en las fábricas de tejas y ladrillos entre aguas embarradas.
Aunque no son citados como autores de Topografías Médicas por Urteaga (1980) nosotros consideramos humildemente que bien pueden al menos mencionarse como contribuidores paralelos a los topógrafos médicos en los recorridos de construcción de la higiene pública en nuestro país:
Puede que haya más, pero nosotros nos conformaríamos con los siguientes:
Interrogatorio/cuestionario formado por 40 preguntas previo al Catastro de Ensenada (1749)
Bernardo Espinalt y García: Atlante español o Descripción geográfica, cronológica, e histórica por reinos y provincias (1778)
Antonio Ponz (1725-1792): Viage (sic) de España (1787)
Eugenio Larruga Boneta (1747-1803) : Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España (1788)
Tomás López de Vargas y Machuca (1730-1803): Interrogatorio a Obispos y curas párrocos (1782-1798)
Miguel Dámaso Generés (1733-1801): Reflexiones políticas y económicas sobre la población, agricultura, artes , fábricas y comercio del reino de Aragón (1793)
Vide, R. de Francisco, 2006,140
[13] En relación con lo que nos interesa que, es la construcción de la Salud Pública en España y las influencias que los escritos médicos topográficos pudieron ofrecer en este proceso, la documentación geográfica/administrativa de la época de Felipe II sobre el conocimiento del territorio nos parece esencial y se puede entender como una aportación claramente pionera y necesaria para este peculiar y posterior modelo médico/geográfico representado en las topografías y, de alguna manera, específicamente español y que supone además, prolegómenos y contribuciones peculiares como la protagonizada por los ingenieros militares que desde el siglo XVI, confeccionaría numerosos mapas e informes sobre el territorio que, junto a las descripciones y memorias de geógrafos y humanistas como el propio hijo del Almirante Fernando Colón (1488-1539) que redactaría un manuscrito titulado Descripción y Cosmografía de España que posiblemente fue redactado entre 1517 y 1523 y solamente impreso en 1908 (Madrid, Imp. del Patronato de Huérfanos de la Administración Militar) y un memorial sobre “Las cosas necesarias para escribir la Historia” (ca 1560) del jesuita y humanista Juan Páez de Castro (1510-1570) que bien pudo ser un impulsor de las Relaciones de Felipe II; contribuyendo entre unos y otros, a la formulación del conocimiento y control del territorio del estado moderno y a la vez, a las primeras percepciones de la relación entre situaciones de salud/enfermedad, población y geografía.
Vide, Antonio Reguera Rodríguez: Los geógrafos del Rey,2010
[14] Vide, Silvia Sales Puig-Duran: Raimundo Durán y Obiols. Esbozo biográfico, Barcelona, 1993
[15] El médico catalán Raimundo Durán y Obiols (1792-1858) se nos presenta como un adelantado en la formulación de un diseño topográfico-médico en el que los operadores fabril/industriales completan el enfoque topo/ruralista/artesanal del ochocientos presente todavía en sus “Claves”de 1821”Para facilitar la formación de la topografía de los pueblos que componen la provincia de Barcelona” con su informe sobre “Los perjuicios que para la salud pública de Barcelona produce la acumulación de fábricas y aumento de gases y vapores en su atmósfera” Barcelona, 1846
Este Dr. Durán es un personaje no muy citado y que para nosotros constituye una referencia excepcional en la construcción de la higiene pública e industrial en España junto a otros autores más o menos tardo/coetáneos como Font y Mosella (1852) Felipe Monlau (1856) Joaquín Salarich (1858) o Casas de Batista (1859)
Su biógrafa Silvia Salas (1993) comentaría que fue un seguidor del higienista francés François Emmanuel Foderé (1764-1835) cuya obra original sería traducida y editada en España en 1801 y en la que en su Tomo VIII trata de manera extensa aspectos de higiene pública e higiene obrera. Al hilo de esta lectura parece según Silvia Salas (1993) que Raimundo Durán publica en el Periódico de la Salud Pública de Cataluña (1821) la introducción a un ambicioso Ensayo sobre el influjo físico y moral de las artes que intentaba ser el inicio de un amplio tratado sobre las enfermedades de los trabajadores y cuyo búsqueda y rastreo ha sido hasta ahora para nosotros infructuoso.
A propósito de Foderé queremos reseñar que fue un prolífico médico francés que combinó los estudios médicos topográficos, como plasmaría en su “Voyage aux Alpes Maritimes” (1821), con la cirugía militar, la medicina legal, la práctica clínica, y la higiene pública. Su obra más interesante para nosotros sería su tratado sobre “Les lois éclairées par les sciences physiques, ou Traité de médecine légal et d´hygiène publique” (1798), que fue traducida al castellano y editada en Madrid entre 1801 y 1803.
La obra – en su versión en castellano – contenida en ocho volúmenes en 16º, constituye un magnífico tratado en el que junto a consideraciones sobre el papel racionalizador y progresista de una medicina legal, soportada desde la ciencia que impediría tener “que llorar la muerte de tantas víctimas como han sido sacrificadas en este siglo y en el precedente por delitos imaginarios, ó acaso imposibles” (Vol.,1801,32), incluye a partir del sexto volumen (1802,109) su tratado de Higiene Pública que aunque en principio da la impresión que va a ser una reproducción de las policías médicas cameralistas, cuando buceamos en sus páginas nos vamos encontrado, por ejemplo en el octavo volumen de 1803, con una minuciosa descripción de numerosas enfermedades laborales junto con sus procesos químico-industriales, en las “caleras”, “las oficinas destinadas a la fundición de los metales”; las fábricas de cristales, de “xabon”, azufre, velas, tabaco, los trapiches azucareros…etc.
Dedica un extenso comentario a las intoxicaciones y peligros derivados del plomo, estaño, cobre, azogue, antimonio y cobalto, “principales substancias de que debemos desconfiar más” (Vol., VIII, 77).
Al tratar de los peligros del estaño y plomo en las vasijas y utensilios de cocina, haría una reconocida referencia (Vol., VIII, 1803,127) al español Ruiz de Luzuriaga, que sería uno de los médicos españoles pioneros en la articulación entre la higiene pública y la medicina legal.
Foderé supone además de su protagonismo pedagógico en la recepción de la higiene pública en España su paralela aportación a la construcción de una medicina legal urbana/fabril que de alguna manera iría o pudo servir en décadas posteriores a visualizar las condiciones de trabajo; aunque en estos dictámenes y alusiones contenidas en el caso de Foderé en el tomo VIII, pp.83-84 de la obra que comentamos, los riesgos de las emanaciones tóxicas en las nuevas instalaciones fabriles que se van estableciendo en determinadas ciudades se realicen aún exclusivamente, desde los intereses de la ciudad como corresponde al higienismo público de la Ilustración. Su traspaso a los escenarios de la salud obrera será otra cuestión: la cuestión social como determinante conflictivo de la sociedad industrial. La solución al problema es absolutamente centrifuga: que las fábricas se construyan “fuera de poblado”
[16] Precisamente será desde la Ciencia de Policía donde se irá asentando la construcción de la ciudad del Rey como la ciudad que, aunque inicialmente preilustrada y todavía estamental va a inaugurar el modelo físico/mental de un espacio que en poco más de medio siglo se convertirá en la ciudad del capital: La ciudad colbertiana de Delamare y Louis XIV; la España de Juanini y Carlos II o la Alemania cameralista de von Justi y Federico el Grande. En nuestros lares, y con la extraña excepción de Castillo de Bobadilla no se dará la recepción aproximada de estas escrituras hasta la Carta filosófica-médica (1679) de Juan de Cabriada (1665-1714) coetáneo y, novatore también, de Bautista Juanini. En este sentido, la obra de Diego Saavedra Fajardo (1584-1648) “Idea de un príncipe cristiano…” (1659) a pesar de situarse en un tiempo cercano al de los novatores, nunca puede considerarse como una obra situable en el diseño de la ciudad del Rey; todas sus “empresas” responden al modelo de recuperación renacentista de la ciudad de Dios. Será en pleno siglo ilustrado cuando la recepción del modelo de intervención cameralista entre con fuerza en nuestro país como lo atestiguan, las traducciones del Barón de Bielsfeld (1767-1801) del médico portugués Ribeiro Sánchez (1781) o de los Elementos generales de policía de von Justi (1784)
[17] Sobre este traspaso de Dios al Rey será esclarecedor la presencia del médico o, y en menor medida, el oficial real, como sustituto del cura o del obispo en el protagonismo diseñador y ejecutor de este nuevo diseño como agente de las nuevas estrategias biopolíticas. Inexistentes hasta entonces posiblemente, porque ante una teopolítica de la gobernanza no se necesitaba ningún tipo de biopolítica
[18] La primera reunión de las constituyentes gaditanas tendría lugar el 24 de septiembre de 1810 en la Real Isla de León y, posteriormente, el 20 de febrero de 1811 trasladas a Cádiz.
[19] Firmado solamente con las iniciales Y.A.L. y editado en La Isla de León, oficina de Francisco de Paula Periu, 1811
[20] Op. c. p.V
[21] Op.c. p.VIII
[22] Informe dado á la Junta Municipal de Sanidad de esta ciudad. Sevilla, Imprenta de la ciudad, 1922, p. 59
[23] Thomas Sydenham (1624-1689) Para este médico británico las enfermedades epidémicas o febriles aparte de presentar influencias todavía sostenidas por la acción de las sex res non naturales del galenismo o susceptibilidad individual, estarían sobre todo condicionadas por un determinado estado del clima a lo que denominaría constitución epidémica como resultado de miasmas emanadas de la tierra más en algunos casos la influencia de los astros.
[24] Nos referimos a los informes realizados por el jesuita Padre Gesti sobre la peste de Barcelona en 1556 anotado por nosotros en “Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España” Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007, p. 21,nota 41 y otro informe posterior referido a la peste de Valencia de 1861 evacuado por el fraile dominico Francisco Gavaldá, anotado también por nosotros en el escrito anteriormente citado pero apuntado originariamente por el profesor Piñero (1989)
[25] Vide, Rafael de Francisco (2007) Op. c. pp., 21-22 y R de Francisco (2010,51, nota 7)) en donde comentábamos a propósito del Motín de Esquilache:
“… En algunas ocasiones hemos pensado y escrito que la denominada “cuestión social” en España, pudo tener sus manifestaciones más tempranas en 1776 alrededor del mal llamado Motín de Esquilache: Aparte de los acontecimientos de Madrid en donde, agitadores interesados y la torpeza represiva de la Guardia Valona pudieron avivar los hechos, hubo algaradas y tumultos en más de 20 ciudades en las que como en Zaragoza o Azcoitia artesanos y menestrales junto a jornaleros urbanos se enfrentaron a nobles, caballeros y sectores situados de la burguesía urbana en un tono que, posiblemente presentaba ya, ciertos matices reivindicativos diferenciados de los tradicionales motines por las subsistencias característicos de la sociedad estamental…”
[26] Se trata de la obra: “ Ordenanzas de Madrid y otras diferentes que se practican en las ciudades de Toledo y Sevilla, con algunas advertencias a los Alarifes y particulares, y otros capítulos añadidos á la perfecta inteligencia de la materia, que todo se cifra en el Gobierno Político de las Fábricas “escrito por el arquitecto Don Teodoro Ardemans, Madrid, en la oficina de Dª María Martínez Dávila, 1830
[27] Vocablo de origen árabe-hispano con el que se denominaba a los maestros de obra o aparejadores en general moriscos, que, además se encargaban como peritos, de la tasación de bienes inmuebles y en pleitos de vecindad.
[28] Así, por ejemplo en el capítulo XVI se comenta “…la mala vecindad de las humedades nunca es buena ni para las fábricas ni para la salud…” o cuando en el capítulo XVIII, a propósito de las Fábricas y diferentes oficios y donde convendrán fabricarse, sin que sirvan de perjuicio al vecino dice: “…Las aguas perdidas de los tintes, las deben llevar medio cuarto de legua á verterlas, por lo perjudicial que son para la salud de los vecinos…”
Vide, Op. c. pp., 87,92
[29] La idea de miasma y contagio miasmático sería acuñado por el médico italiano Girolano Fracastoro (1478-1553) en su De contagione et contaginis morbis et eorum curatione, Venecia, 1546; como el resultado y contenedora de un principio maligno, la “seminaria morbis” contenida en el aire y formada por una variada mezcolanza de factores que iban desde la putrefacción de las aguas pantanosas, pasando por la de cadáveres hasta la influencia climatológica y telúrica al modo hipocrático más, algunos añadidos individuales, derivados del diseño galénico de las “sex res non naturales”
[30] Algunos autores, harían hincapié en la deficiente situación sanitaria española en las décadas anteriores y posteriores al tiempo de 1808-1812 en donde se entremezcla desde mediado el setecientos desastrosos episodios de tifus, paludismo, tuberculosis, fiebre amarilla, cólera morbo, con malignos brotes de gripe, sarampión, escarlatina y difteria, más los males de la guerra como la mortífera hambruna de Madrid entre 1811 y 1812 que ocasionaría cerca de 20.000 muertos
Vide, F. Herrera García (2013) La salud en el tránsito de la Ilustración al Romanticismo.
[31] Comentábamos también en escritos anteriores (R. de Francisco, 2010, p. 51 y ss) que ya desde el siglo XVII o posiblemente antes, las significaciones sobre la salud y el cuerpo de las clases populares fueron adquiriendo connotaciones productivas o mercantilistas que de alguna manera iniciaban su distanciamiento de las culturas del cuerpo propias de la economía eclesial/feudal de la salvación hegemónica durante el medievo y horodada paso a paso desde el Renacimiento.
Nuevas lecturas, incorporaron de paso la aparición de posturas defensivas hacia todo cuerpo fragilizado especialmente, ejemplarizado en pobres, lisiados, vagamundos y gentes sin recursos en general que, componían el grueso del pueblo llano; de aquellos hombres, mujeres, ancianos y niños que pechaban con todo, en la paz y en la guerra.
Estos colectivos reducidos a la miseria, dependiendo junto con su prole y familiares de la caridad y la limosna o de la servidumbre a la tierra o al amo para poder sobrevivir, se convertirían en gentes bajo sospecha. El pobre si no estaba físicamente inutilizado, si poseía un cuerpo válido, tendría el deber y la obligación de trabajar. Incluso, el cuerpo del reo de la justicia dejó de ser una metáfora del poder del Rey/Dios como sujeto de castigo mediante el descuartizamiento o asaetamiento mediante el ritual de flechazos de la Santa Hermandad van a ser ahora condenados al trabajo en las galeras reales de modo que estos cuerpos anteriormente inscritos en el orden teologal y ejemplarizante de las penas irían entrando en una sociología del castigo instalada en la utilidad.
Vide, A. Guillaume-Alonso: Corps reclus et corps supplicié à travers les Archives de la Santa Hermandad en la obra colectiva Le corps dans la société espagnole des XVI et XVII siècles, Paris, Publications de la Sorbonne, 1990, p 180; Disposiciones de Felipe II de 1572 – 1573 ante las Chancillerías de Castilla, comentado también por Guillaume-Alonso, op. c. p.181
[32] Junto a otro eje cercano denominado como Medicina Social
[33] Aunque como comentábamos en otros trabajos (Rafael de Francisco, 2007) ya en las primeras décadas del setecientos con la creación de la Junta de Sanidad del Reyno (1721) se instalaron en nuestro país las primeras medidas generalizadas de intervención sanitarista seguidas de un relevante agavillado de medidas preventivas que sustentadas en el diseño político del despotismo ilustrado intentaron una ambiciosa pedagogía higienizadora del espacio público y en menor medida también de los oficios relacionados con la productividad de la ciudad y del reino. Hospicios, cárceles, artesanado urbano, soldados y sobre todo, los contingentes de la Armada, niños y vagamundos con el añadido de los enterramientos en iglesias e interior de las ciudades más ya, al final del siglo, la instalación de las fábricas e industrias contaminantes dentro del casco urbano
Nuestro siglo XVIII bien podría considerarse como uno de los tiempos más complejos y, a la vez, más dinámicos de nuestra historia reciente en donde cohabitan Inquisición, regalismo centralizador, vasallaje estamental, despotismo, ignorancia y miseria con los primeros brotes de reformismo y progreso que abarcaban desde la creación y fomento de industrias manufactureras hasta instituciones médico-científicas junto a un patente interés por la salubridad pública y la modernización de la formación, la práctica y la regularización de la medicina. Ala vez, también sería el siglo de los primeros desencuentros sociales derivados de una nueva dinámica demográfica a la que se podría sumar la progresiva quiebra del sistema de control social de diseño feudal/estamental a partir de dispositivos eclesiales y gremiales. Todo ello con el acompañamiento de un potentísimo aumento de la población de alrededor de cuatro millones de habitantes acompañado al mismo tiempo de hambrunas, una severa mortalidad infantil y pestilencias frecuentes. Al final, desajustes sociales que, necesariamente tendrían que desembocar en acontecimientos como los de 1766, que bien pueden interpretarse, como un prólogo a la problemática social del ochocientos aunque, solamente fuese porque las gentes del común esgrimieron motivaciones y reivindicaciones frontalmente alejadas de las tradicionales revueltas fomentadas por crisis de subsistencias.
Pero no debemos equivocarnos; tanto el modelo médico/sanitario como de higienismo público trabajosamente pergeñado en el setecientos español como al igual, que la situación y significación del trabajador y de los oficios y profesiones, se seguirán moviendo en el horizonte sociológico de la sociedad estamental. Los atisbos de Higiene Pública, tendrán que ver sobre todo, con el diseño de productividad de la República marcado por el mercantilismo y la riqueza/fortaleza del Reino sin llegar a la situación de derecho de la personas como ciudadanos acuñada en la anteriormente mencionada legislación de la Convención francesa de 1793. Realmente, tampoco en nuestro texto constitucional de 1812 estaría presente este diseño universalista y positivo con relación a la consideración de la salud como derecho del individuo defendido y gestionado por el Estado. Increíble, pero lo cierto es que en España habría que esperar entre 138 y 193 años para que se promulgase dicho derecho en la Constitución republicana de 1931 (Cap. II, art. 43,45) y Ley de Sanidad de 1986.
La clave del asunto reside en que sobre el estatus de vasallo, no se pueden construir estrategias/cuberturas públicas de prevención y manejo de la salud/enfermedad de las gentes de una manera cabal y completa. Si repasamos la limitada información primaria que hemos viniendo recogiendo durante estos últimos años podemos constatar como el obrero español fue siempre – posiblemente hasta bien entrada la segunda mitad del ochocientos – un trabajador “descolocado” a, medio camino, entre el gremio y el factory system incorporando y asumiendo una fuerte mentalidad de dependencia psicosocial de carácter estamental y servil desde la que lo único que generalmente reivindicaba, sería mantener su estatus de tutelado en las condiciones menos duras posibles pero estando sometido a una relación contractual de servidumbre estamental/señorial
Asi por ejemplo, en las extensas memorias que inicialmente publicase en 1787 el escritor y funcionario ilustrado Eugenio Larruga y Boneta (1747-1803) bajo el rótulo “Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España “; una especie de inventario/enciclopedia a modo de gran topografía socioeconómica del territorio, relataba cómo, a los aprendices de la Real Fábrica de paños de Guadalajara que solían ser “sumamente traviesos” huyendo a menudo del trabajo:
“…Se use todo el rigor que fuese menester, aunque sea haciéndoles encerrar, ó poniéndoles grillos para que se sujeten á trabajar, y á todo lo demás que fuese justo…”
(Op.c. T.XIV, 1791, p.225)
Situaciones de todas formas paradójicas, propias del despotismo ilustrado, que combinaban una intensa obsesión controladora como la manifestada en las ordenanzas de la Compañía de Comercio y Fábricas de Toledo:
“…Que la dirección vigile continuamente la conducta de todos los dependientes de la compañía, y sí á este fin necesitase valerse de espías secretos, á quien se les haya de remunerar con algunas gratificaciones, se despachará libremente por gastos secretos – hoy diríamos reservados – sin expresar nombre alguno, ni por que motivo se despacha…” (Op.c. Tomo III, 1790, p. 88)
Por otra parte, parece emerger un cierto talente populista en donde se gratificaría la servidumbre a los intereses de la Fábrica – y con ellos a los de la monarquía o la nobleza, como premio al vasallaje – Así en la Real Fábrica de cerámica de Alcora propiedad del conde de Aranda parece que alrededor de 1798, los trabajadores de mayor edad y con más de 10 años de antigüedad en la empresa se podía jubilar con una pensión igual a su sueldo normal.
Vide, Ximo Todolí Pérez de León: La Fábrica de cerámica del Conde de Aranda en Alcora, Alicante, asociación de Ceramología, 2003,109.
Un diseño tutelar que sin embargo, aunque obedeciese a una mentalidad disciplinaria y moralista dio lugar a la existencia de una cierta cobertura asistencial en la casi totalidad de las manufacturas españolas contando con un médico cirujano y en ocasiones con botica como lo atestigua el Reglamento General para la Dirección y Gobierno de las Reales Fábricas de Cristales establecidas en San Ildefonso de 1787.
Al final, todo tenía sentido; el higienismo de la Ilustración nació de una nueva filosofía administrativa para el buen gobierno de la población que, abarcando territorio y gentes, siempre se acompañó de una prolija legislación/moralización de muchedumbres, costumbres y lugares públicos que, a partir del gobierno de Carlos IV y los temores a la contaminación de los revolucionarios franceses, derivaría en una obsesiva – y probablemente infructuosa – vigilancia de libros y todo tipo de publicaciones impresas. Un siglo como hemos dicho paradójico, con un gran tensionamiento modernizante y a la vez, tiempo de un gran control administrativo que, siendo quizá menos severo con las almas, inauguraría nuevos y sutiles dispositivos en el disciplinamiento del cuerpo a modo de salto desde la teología a la razón y la ciencia.
[34] Hemos comentado alguna vez (R. de Francisco, 2003) que ya, a partir de la Real Cédula de 1563, se va a regular el trabajo en las minas legislando sobre prevención y seguridad creando, la figura del “alcalde de mina” y dictaminado por ejemplo, los tramos de descanso en las escaleras utilizadas en la mina así, como sobre el peso de las cargas, horario de trabajo etc. Por otra parte, y, al igual que en la metrópoli, se construyen hospitales de laborantes en Huancavelica y Porcho en Potosí.
[35] No Exenta de situaciones de extrema dureza como las que existieron en la época romana según comentarios de Diodoro Sículo (siglo I a. C.) en donde comenta cómo se trabajaba encadenado en extenuantes jornadas diurnas y nocturnas aunque se estuviera enfermo y a las penosas condiciones en la minería andaluza de la plata como por ejemplo en la mina de La Loba cerca de Fuente Ovejuna
Vide, Diodoro Sículo: Bibliotheca Historica; José García Romero: Minería y metalurgia en la Córdoba romana, 2002, pp., 437,438; Rafael de Francisco: Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España, Madrid, 2007
[36] El profesor Alfredo Menéndez Navarro (1996, pp., 227-231) comentaría como en el Real Hospital Obrero de Almadén (1752) faltaron las estrategias preventivas. Para los administradores de las minas parece que fue más rentable que la prevención la utilización de dispositivos médico quirúrgicos, posiblemente porque toda estrategia preventiva debe alterar en cierta medida el proceso productivo y sus costes. Significativo comentario incluso, desgraciadamente válido en nuestros días.
[37] Como el anteriormente citado Real Hospital de Mineros de Almadén (llamado en el pueblo Hospital de San Rafael) que comenzó a estar operativo en 1774 aunque parece que tuvo su antecedente como una especie de hospitalillo o enfermería exclusivo para azogados que, en general eran moriscos o forzados.
Vide, José Parés y Franqués: Catástrofe morboso de las minas mercuriales de Almadén, 1778 (Hay versión actualizada, Universidad de Castilla la Mancha, 1998)
Alfredo Menéndez Navarro: Dynamis, Vol. 10, 1990
Alfredo Menéndez Navarro: Un mundo sin sol, Granada, 1996
[38] Vide, Alberto Benjamín López: Moriscos y gitanos: Campesinos sin tierra, 2016; M. Martínez Martínez: La minería gitana de la provincia de Almería, Almería, 1998; Mateo Alemán: Informe secreto, 1572, referenciado por German Bleilberg: Londres, 1985; Isabel Boyano Guerra: Moriscos, esclavos y minas, Revista Espacio tiempo y forma nº 23, 2110
[39] Así por ejemplo, la vida promedio máxima de un minero hispánico sería de 12 años a finales del Imperio romano en un panorama en el que la vida media para los mineros del sur peninsular no superaba los 30 años (José G. Romero: 2002, 436)
Manifestaciones que estarían en la misma línea que las deducidas por el profesor Boxarías (2002, 21) para la Tarragona romana señalando una esperanza de vida para la población urbana de 33 años, lo que nos indicaría que la situación de las clases populares – incluidos los esclavos – no era mucho mejor.
[40] Esta denominación aunque parece admitir diversos cometidos entre ellos, el de una especie de protomédico o médico de cámara también, se utilizó para denominar a los médicos especializados en diversos escenarios de actuación como en la legiones, los gladiadores o en explotaciones relevantes para el Imperio como la minería constituyendo, una cierta protomedicina del trabajo
[41] Este código fue encontrado en las minas lusitanas de Aljuntrel en el Alentejo a partir de 1887 y se dataría entre del 117 y el 138 d. C. teniendo validez para todas las minas del Imperio. En 1920 se encontró una pieza de bronce en las minas de Sotiel Coronada (Calañas, Huelva) que posiblemente podrían relacionarse con el Código de Vipasca.
Vide, Julio Mangas: El trabajo en las minas de la Hispania romana en el Trabajo a través de la Historia, cord. Santiago Castillo, Madrid, 1906; García Romero, op. c. p. 436 y Rafael de Francisco: 2007, p.18.