CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 10
X.- EL EMPODERAMIENTO DEL CUERPO y LA CONSTITUCIÓN DE UNA CULTURA DE CLASE POR EL PROLETARIADO MILITANTE ESPAÑOL: ACERCÁNDONOS AL TIEMPO DEL Dr ENRIQUE LLURIA (1889-1919)[1]
En los años en que se desarrollaron los escritos del higienismo industrial en España desde el Monlau de 1856 y la obra de Giné y Partagás de 1872 – o desde el moderantismo isabelino hasta la Gloriosa – nuestra impresión es que el proletariado ibérico aparte de sus resistencias cotidianes de diferente calado, se movió inicialmente en un eje de reivindicaciones en las que el salario y especialmente la duración de la jornada laboral constituyeron el núcleo duro de sus aspiraciones que además, forman un entramado diferenciado según se trate de los obreros mecánicos de la ya asentada sociedad fabril catalana o de los jornaleros agrícolas del resto de España, a lo que también, habría que añadir las insatisfacciones de los sectores inferiores de las clases medias urbanas ante la carestía de la vida y el acoso de impuestos y estancos sobre los productos de consumo. En general, un panorama en el que las condiciones de trabajo aun siendo durísimas, eran sobradamente superadas por un panorama de pobreza generalizada. Posiblemente, en esta situación marcada por una miseria masiva de las clases populares, alguna influencia tendría el ideario de la Internacional plasmado en su Manifiesto inaugural redactado por Marx en 1848 en que se manifiesta con vehemencia este mísero panorama[2] de las clases trabajadoras y en donde las propuestas son primordialmente sociopolíticas; planteándose solamente, medidas relativas a salud y condiciones de trabajo con relación a las mujeres y sobre todo los niños; exigiendo para estos, la jornada de 10 horas[3] pero siempre, desde percepciones y escritos reivindicativos en los que la salud de los trabajadores no era más que el resultado de la explotación del capital de manera, que solamente, desde un proceso revolucionario se podrían conseguir condiciones de salubridad, vida y trabajo satisfactorias.
Desde este panorama, las escrituras médicas sobre los efectos de la industrialización sobre la salud o, las pocas recomendaciones sobre los riesgos en el trabajo de los jornaleros del campo no dejaban de ser “brindis al sol”. De alguna manera el higienismo al uso sobre el trabajo, y probablemente casi hasta nuestros días, se ha movido siempre alrededor de una mirada en la que se combinan las productividades biopolíticas y la bioeconómicas como aseguramiento del orden social, la plusvalía y los rendimientos del capital entendiendo, la salud de las clases trabajadoras, desde el diseño lndividualista maquino/esquelético o tóxico/inficionarío acuñado hace siglos por Ramazzini y muy especialmente desde la ilusión como apuntase Marx[4](1867) de que el capital preindustrial solamente podía comprar las mercancías pero nunca el trabajo, mientras que la clave de bóveda que sustenta desde el XIX la sociedad de la máquina y la fábrica se basa por el contrario, sobre la compra del trabajo; sobre el trabajo convertido en mercancía que, en nuestro tiempo de la tardomodernidad supone «toda la trama de la vida» Este concepto tan simple y a la vez, tan significantemente robusto, es el que no llegarían a entender la mayoría de los médicos higienistas españoles y que probablemente, empezaron a intuir los primeros trabajadores asociados españoles a partir de 1854. El régimen sociopolítico de la industrialización y de la máquina iría consolidando, un nuevo modelo biosocial en donde el cuerpo y el trabajo no pertenecía a la persona sino al fabricante, trastocando el orden natural y evolutivo al convertir la herramienta como prótesis de la mano en un artefacto maquínico que hace del hombre su propia prótesis. Precisamente será esta nueva relación la que determinará en el nuevo proletariado militante un cierto distanciamiento de toda estrategia sociomédica sobre un cuerpo, que no es suyo y que pertenece a la “fábrica” A partir de la Internacional lo que precisamente importa y se reivindica es la recuperación de ese cuerpo/trabajo al capital y de ahí, el peso de las exigencias estratégicas de asociación/emancipación acompañadas de reivindicaciones concretas centradas en el salario y la duración de la jornada laboral. Qué clarividencia, la del médico socialista Jaime Vera cuando en su Informe a la Comisión de Reformas Sociales en 1884 se expresaba en estos términos:
“Los gobiernos pues, no pueden proteger a la clase trabajadora, mejorar su condición. Lo que pueden hacer y hacen, cosa muy distinta, es cultivarla, adecenterla, hacerla más productiva para el capital. Esto explica todas las medidas gubernativas aparentemente encaminadas a mejorar la condición del trabajador…Es necesario que su empobrecimiento, su atonía física e intelectual, no lleguen a tal grado que la hagan inservible, ni que su exacerbación por el exceso de sufrimiento amenace con agitaciones sangrientas…”
“…Toda legislación aparentemente encaminada a la protección del trabajo ha tenido por verdadero objeto la defensa de los intereses capitalistas colectivos; pero solos se ha hecho efectiva cuando las reclamaciones obreras han amenazado graves compromisos para estos intereses mereciendo, por tanto, considerarse todas las mejoras legales obtenidas para el trabajo como verdaderas conquistas de la clase obrera sobre la clase burguesa, nunca como concesiones humanitarias de ésta…”[5]
Una declaración sin duda maximalista pero que refleja, la mentalidad del primer socialismo español y el distanciamiento del PSOE de su etapa del “programa máximo” ante el socioarmonicismo de raíz institucionalista/armonicista de Azcárate, y el liberal conservadurismo del hacendado Segismundo Moret y su Comisión de Reformas Sociales (1883)
Como veremos a continuación estas posturas tanto en el asociacionismo anarquista como en el socialista, tendrían modificaciones importantes al final de la década de los 80[6] rectificando el escepticismo de Jaime Vera y considerando los aspectos de salud ligados a las condiciones de trabajo, como factor positivo tanto para la movilización y visualización de la avaricia del capital como algo además, que podría suponer para la colectividad obrera unas condiciones de robustez psicofisiológica útiles para sus luchas reivindicativas. A partir de estas consideraciones serán abundantes y variadas las fuentes, escrituras y exposiciones en esta línea línea de reconstrucción/reconducción y apropiación tanto, de los relatos sobre la salud como del científico y sociológico de los sectores más conscientes y preparados del militantismo obrero.
En estos recorridos se contaría con la participación de un conjunto de médicos, científicos, políticos e intelectuales que, aunque nunca numeroso, sería decisivo para este empoderamiento (apropiación) por parte de la clase trabajadora española, del discurso higienista y científico del momento que, como no podía ser de otra manera, estaba exclusivamente generado y agarrado desde estamentos médico/científicos que de una u otra forma, representaron continuamente intereses ajenos o lateralizados a los de la clase obrera.
Solamente y ya, desde el documento remitido a las Cortes Constituyentes el 14 de noviembre de 1854 por el asociacionismo obrero catalán (supra, nota 79) como respuesta al proyecto de legislación sobre el trabajo en las manufacturas de Alonso Martínez, probablemente redactado por Pi y Margall se asumiría por parte de los trabajadores como un lenguaje propio, aspectos relativos a las condiciones de salud relacionadas con el trabajo infantil y adolescente, que machaconamente se irían repitiendo – con el añadido sobre el trabajo de la mujer – en el relato obrero posterior hasta los primeros años del novecientos. Aquí, el protagonismo entre otros, de Francisco Pí y Margall (1824-1901) y, pesar de sus resistencias[7] a sacar a la mujer del hogar, se nos presenta al final relevante, en la medida en que en todas sus manifestaciones institucionales haría alguna mención a las condiciones de trabajo de mujeres[8] y niños como lo atestiguan los diversos comentarios contenidos en su programa sobre la clase obrera con ocasión de su Discurso en defensa de la República de 19 de mayo de 1869; su posterior Discurso ante las Cortes republicanas del 13 de junio de 1873, un mes antes, de la promulgación de la Ley Benot o, el apartado sobre la cuestión social del Programa del Partido Federal presentado el 22 de junio de 1894. En todas estas manifestaciones Pi y Margall, no planteará nunca reivindicaciones sobre las condiciones de trabajo sino exclusivamente sobre la disminución de la jornada y en general, apostando por la restricción del trabajo para los niños y muy especialmente, para la mujer.
De alguna manera, las referencias a las condiciones de trabajo de niños, jóvenes y mujeres constituyeron un asunto central y reiterado en los escritos y comentarios de médicos, políticos y tratadistas sociales de toda la segunda mitad del ochocientos organizando uno de los primeros relatos sociomédico sobre la salud, en el entorno del industrialismo. Aspectos que, aunque inicialmente referidos al género y la edad nos pueden ayudar a comprender las iniciales percepciones y respuestas que se dieron desde el movimiento obrero a toda la problemática referente a la salud de los trabajadores en general. Percepciones más que contradictorias, paradójicas, siempre en el caso de mujeres y niños de carácter centrípeto, retrotrayéndolos al hogar o la escuela, y en el caso del hombre, proyectando su solución a la lucha política. En el caso de la mujer y, sobre todo, desde ámbitos anarcosindicalistas esta dinámica se iría desencajando al ir incluyendo a la mujer en los escenarios masculinos de la lucha sindical.
Por otra parte, observamos diferencias de alcance, que nos pueden ayudar a entender desde que perspectivas de fondo se realizararon estas percepciones, según que vinieran de la clase médica mayoritaria, de los médicos y políticos cercanos al movimiento obrero o, del propio obrerismo organizado, o incluso, si se trataba de mujeres o de niños. Desde la perspectiva obrera, la preocupación por las condiciones de trabajo de niños/as y en mucha menor medida mujeres, pudo constituir uno de los primeros momentos en este proceso de creación de un discurso propio de los trabajadores asociados españoles sobre las relaciones entre trabajo y salud. Precisamente además, sobre algo a lo que tanto el higienismo oficial como políticos y protosociólogos europeos habrían dedicado abundantes escrituras y comentarios desde las primeras décadas del ochocientos especialmente en lo relativo al trabajo infantil mientras que hasta bien entrada la segunda mitad del XIX, las opiniones sobre el trabajo femenino fueron siempre complejas y contradictorias. En el fondo, desde la mentalidad liberal más o menos progresista, siempre estarían presentes las irónicas palabras de Concepción Arenal sobre el estatus social de la mujer que si bien en el templo puede ser madre de Dios y es menos que sacristán, y en el Estado puede ser reina y estanquera, sin que le sea permitido el desempeño de ninguna función intermedia[9] pero, sin ir más allá y sobre todo, sin explorar en lo que supuso el trabajo de la mujer dentro del sistema de explotación y beneficios del capital.
Mientras que desde el obrerismo anarquista siempre – con algunas pocas excepciones – se manifestaría un apoyo al trabajo de la mujer situables más allá del género y por lo tanto, considerando sus condiciones de trabajo como obrera homologable totalmente con el hombre[10] desde el discurso progresista y especialmente desde su respaldo médico/científico por el higienismo oficial, la mujer trabajadora será siempre alguien condicionada y vista desde su estatus de madre y cuidadora del hogar en la que además se la pueden añadir peculiares determinismos sexuales que en ocasiones, darían lugar opiniones increíbles y lo que es más resaltable, admitidas por médicos de alguna manera progresistas como el ya citado Giné y Partagás quien refiriéndose al trabajo de las mujeres que operaban con máquinas de coser a pedales y, haciendo suyas las opiniones del famoso médico británico John Langdon Down (1828-1896) escribe:
“…la mayor parte de estos aparatos tienen dos pedales, que se mueven comprimiéndolos alternativamente con el pie respectivo; de esto resulta que los muslos suben y bajan de un modo alterno y rozando recíprocamente; este movimiento no puede menos que transmitirse á la vulva, cuyos grandes labios están así en mutuo frotamiento, dando lugar á una excitación genital y hasta á un eretismo doloroso que á veces obliga a las costureras á dejar la labor para acudir á locionarse con agua fresca. Este estímulo es un incentivo de la masturbación, causa primordial, según M. Down, de todas las enfermedades de estas operarias…”[11]
Comentario ejemplarizador de la mentalidad del higienismo oficial sobre las enfermedades de la mujer obrera en donde, las condiciones de trabajo serán leídas también, aparte del componente misógino habitual, desde la explícita sexo/genitalidad corporal femenina.
Por los mismos años en que el Dr. Partagás ampara estos criterios sobre el trabajo femenino, y dentro del marco del I Congreso obrero de la Región Española (1870) el tornero Juan Nuet Vidal que sería Presidente del Ateneo Catalán de la Clase Obrera y en esta ocasión, como portavoz de la asociación de cerrajeros se expresaría en términos que, aunque excesivamente emocionales, reflejaría la profunda diferencia entre la mirada pretendidamente científica del higienismo oficial sobre el trabajo femenino e infantil y la exuberante pero quizá más realista, del obrero asociado que como venimos apuntando tendrá siempre presente que el deterioro de la salud en mujeres y niños no se debe a ninguna causalidad esotérica sino simplemente a la fatiga debida a prolongadas jornadas en condiciones de insalubridad extremadas, abundadas por unas edades excesivamente tempranas. Consideraciones además que también en el relato obrero, presentan un potente componente eugenésico; en la mujer desde la maternidad y en el niño, desde la productividad para la guerra y la fábrica.
“…Contemplo con espíritu entristecido las penalidades de los hombres; empero mucho más de las débiles mujeres e infelices niños, que, con el trabajo á que se ven sujetos, muy en alto decir puedo que son verdaderas y serias calamidades. Atendamos y miremos atentamente a esa gran masa, porque va a perderse la salud de todos nosotros, de nuestros venideros, y va a terminarse con la sociedad misma. Si se menoscaba la salud de las mujeres, ya se nos representará el mal del cual nos estamos lamentando. ¿Cuál será el resultado de los trabajos a que se someten en los años infantiles ¿ Las mujeres que necesitan el puro ambiente y el desarrollo más completo para el día que asomen los sentimientos de madre: a la infancia, que necesita los rayos del sol, movimiento proporcionado y todo cuanto contribuye al desarrollo físico, ¿qué puede hacer, que lograr, encerrada en la fábrica, donde se respiran aires infectos y mismas corrompidas? Es imposible que esa infancia y esa infeliz mujer puedan adquirir fuerzas bastantes para que un día puedan alcanzar el pan de su sostén; y, por lo mismo, yo vengo a manifestaros, para que vosotros todos lo sostengáis, que niños y mujeres, mujeres y niños, no deben trabajar hasta que su edad, lo mismo que sus fuerzas, lo consientan…”[12]
Insistiendo algo más en el asunto de la mujer obrera y sus condiciones de trabajo, no debemos pasar por alto el hecho de que el primer relato que se hace proviene del mundo del hombre, ya sea éste emitido desde el asociacionismo obrero o desde diversos sectores progresistas fundamentalmente republicanos. No será hasta las primeras décadas del novecientos cuando desde organizaciones vinculadas al republicanismo radical y al anarquismo/socialismo se iría desarrollando un nuevo relato igualitario de género en el que por primera vez se unirían reivindicaciones de clase con las de género articulando el relato republicano con el de las trabajadoras asociadas
En cuanto al concreto trabajo infantil y juvenil y su relación con la salud y la higiene admitiría dos lecturas. Desde la medicina oficial y los políticos progresistas el componente social/eugenésico sería el componente principal por su deriva en aspectos que afectaría a la estatura y robustez de la población. Desde la mirada obrera, por ser un componente más de la explotación del capital realizado además sobre un colectivo especialmente sensible de las clases trabajadoras que además, nacía de las necesidades de supervivencia de la familia obrera por la insuficiencia de los salarios, a lo que se podía añadir la esperanza de que su desaparición o disminución en edades y duración de la jornada facilitaría la contratación de mano de obra adulta y masculina. El cordón de unión de estas dos posturas estaría dado por la necesidad por lo menos de unos niveles básicos de instrucción primaria que se irían lenta, desigual y deficientemente institucionalizando a partir de la Ley Moyano (1857)
Dos lecturas que de alguna manera serían coincidentes en el caso del trabajo de la mujer y del niño en la medida en que en ambas, estaban presentes los mismos elementos estructurales según se tratase de la mirada desde el poder económico o desde el proletariado militante; para los primeros, la productividad biosocial a partir de la reconducción de la mujer al hogar y por lo tanto, a su distanciamiento de la contaminación social y política de la fábrica[13] y con el trabajo infantil, su derivación a una escuela pública que, aunque mantenida desde el Estado – inicialmente desde los municipios -, ofrecía en la práctica potentes contenidos religiosos/moralizantes gestionados por la Iglesia que apuntarían siempre a la consecución de ciudadanos convenientemente disciplinados para el trabajo y sumisos a la ideología e intereses de las clases dirigentes. Desde los trabajadores asociados, una postura siempre negativa, o por lo menos escéptica, sobre el trabajo fabril de la mujer y el niño, que se consideraba como el resultado de la avaricia empresarial y como dispositivo para abaratar salarios y disminución de una contratación masculina siempre más costosa y reivindicativamente problemática, que la de la mujer y el niño. Con respecto a la instrucción la creación y desarrollo de instituciones educativas propias para la mujer y sobre todo el niño y el joven, como ateneos obreros y casas del pueblo. En suma, la productividad de la fábrica, el hogar y la escuela por el lado político/empresarial e incorporación de la mujer y la juventud a los intereses de las asociaciones obreras sin interferencias, en la lucha por la consecución de los programas político económicos de sindicatos y organizaciones obreras. O lo que es lo mismo; Interés del capital o interés obrero. Unos intereses obreros que de ningún modo ladearon o menospreciaron la situación de los jóvenes trabajadores, sino que al considerarla como una consecuencia estructural del modelo de sociedad, proyectaron su solución a los resultados de la lucha sindical y política contra el capital siguiendo estrategias homólogas al del trabajo de las mujeres aunque, sin incorporarlos a la luchas asociativa obrera – salvo para el movimiento libertario en el caso de la mujer obrera – Por otra parte, las constantes alusiones a la situación laboral de la infancia, desde las escrituras de la medicina oficial y de los propagandistas sociales tanto progresistas como conservadores[14] constituyeron una especie de salida sentimentalmente adecuada y valorada socialmente, que podía ocultar el panorama de morbimortalidad añadida a la totalidad de la clase obrera por la dureza e insalubridad de sus condiciones de trabajo. Al final, la consigna marinera – sin ninguna duda – en principio correcta, de primero las mujeres y los niños, estaría encubriendo las carencias de una gobernanza adecuada de riesgos y emergencias en la mar, de forma, que tanto el número de barcazas y la logística de naufragios, fuese la pertinente/suficiente, para todos los embarcados de cualquier condición, edad o género. Aquí parece, que las sociedades obreras hilaron fino, y algo barruntaron en este constante despliegue de buenos sentimientos sobre el trabajo infantil y femenino desde los sectores bien pensantes/vivientes de la sociedad española de la época. Estas reticencias y sospechas no impidieron por parte del asociacionismo obrero sentidas manifestaciones de denuncia de las condiciones en que se desarrollaba el trabajo infantil desde la década de 1850:
“… Se abusa de los niños. Se les sacrifica a trabajos prematuros. Se impide el desarrollo de sus fuerzas y el de su inteligencia. Aparecen así en el teatro de la vida social generaciones cada vez más embrutecidas y raquíticas. Con esto los intereses del trabajo sufren. Sufre la moralidad. Sufre el progreso material de las naciones…” [15]
Todas estas denuncias desperdigadas en los diversos congresos y manifestaciones del asociacionismo obrero tendrían su culminación en las informaciones promovidas por el cuestionario evacuado entre 1883 y 1884 por la recientemente creada Comisión de Reformas Sociales, que aunque criticada inicialmente desde las instancias obreristas (supra, notas 439 y 442) serviría para visualizar y manifestar la corpulencia de esta temática en el relato sobre la salud y el intento de conseguir una particular identidad obrera a partir de su apropiación y participación en las estrategias de clase, en la que la salud, a diferencia con el relato higienista de la medicina de diseño biopolítico, se conseguiría a través de la reducción de la jornada, el aumento de salarios y el cumplimiento de la ley de 1873, más unas políticas de escolarización adecuadas y escrupulosamente observadas. Probablemente hasta las primeras décadas del anterior siglo, será sobre todo el trabajo infantil, lo que identifica y aglutina el relato obrerista sobre la salud del trabajador y, curiosamente desde una perspectiva que siempre se situaría más allá del cuerpo proyectando el problema y las soluciones en el terreno socioeconómico. En suma, sacar al niño de la fábrica y meter al niño en la escuela. Cuando el relato obrero se acerca al cuerpo del niño las manifestaciones van a girar continuamente alrededor de la fatiga, a la utilización del niño en tareas y esfuerzos que no son propios de su edad; que quebrantan su salud y amortizan su futuro tanto individualmente como en el de la robustez de toda una generación. Un relato obrero que además serviría para acentuar los objetivos y la pertinencia de la lucha asociativa al desvelar la avaricia del capital ejemplarizada en algo tan sensible como puede ser, la explotación del trabajo infantil.
Esta tarea de incorporación del trabajo infantil al relato de clase, necesitó sin duda de las aportaciones de diversas fuentes informativas desprendidas de un prolijo inventario de informes y denuncias provenientes tanto de encuestas oficiales como la ya citada de la Comisión de Reformas Sociales, de la prensa obrera, escritos orgánicos del asociacionismo obrero y aportaciones de un nuevo elenco médico[16] en el que por primera vez en España la salud infantil se proyecta además hacia el territorio escolar[17] como espacio que lentamente va sustituyendo al taller y la fábrica. En cierta medida y de manera paralela a la salud del obrero adulto, la lectura que se realiza a partir del último tercio del XIX sobre la salud del niño trabajador se iría proyectando desde una idea base de productivad de clase que consiga, un colectivo de trabajadores robusto y apto para la lucha social. Dos modelos sin duda de eugenismo pero con finalidades encontradas. Desde los sectores bien pensantes del progresismo, para conseguir obreros aptos para el trabajo y los ejércitos. Para el asociacionismo obrero, niños y adultos sanos y robustos para afrontar los esfuerzos, no tanto del trabajo, como de los sacrificios necesarios para su emancipación social. De esta manera la salud junto con la instrucción, la cultura e incluso la ciencia, entrarán a formar parte junto con las reivindicaciones tradicionales de salarios, duración de la jornada y libertades de asociación y huelga, del conglomerado de caracteres que integraría la identidad de clase y, que lentamente iba a producir una – aunque sin duda fronteriza – verdadera cultura obrera de la que como luego veremos daría lugar a escritos como los realizados entre otros, por Joan Montseny o el mismo Enrique Lluria.
A partir de 1868 y sobre todo desde la implantación en España de la Internacional y la creación de la Federación Regional Española de la AIT (1870-1881) seguidas de la fundación del PSOE (1879) y la refundación de la AIT – en su versión anarquista – con la denominación de Federación de Trabajadores de la Región Española (1881) el asociacionismo obrero emprendería paralelamente a sus objetivos estratégicos fundacionales, un proceso de incorporación táctica consistente en la creación de un cultura de clase autónoma que incorporaría constructos, territorios y percepciones diferenciadas que abarcaron desde las ciencias naturales hasta la salud, la educación, la literatura, la vida cotidiana y las manifestaciones culturales[18] en general, que incluso, se adentrarían en campos como la sociología y el evolucionismo; en suma, intentando superar y reconstruir un nuevo discurso sobre la ciencia, la salud y la cultura, desde un marco científico propio[19]Para ello, el primer movimiento táctico del obrerismo giró alrededor de la enseñanza y la aculturación de los trabajadores y de sus hijos liberándola de las metodologías pedagógicas del moralismo de sacristía y las interesadas ignorancias sobre “la carne y la piedra” del cuerpo, la naturaleza y la sociedad. En otra significativa comunicación del referido seminario obrero barcelonés se diría:
“… Nosotros obreros…hemos de instruir y educar a nuestros hijos…desarrollando la inteligencia y acertando a escoger los libros de enseñanza y esto, necesariamente nosotros mismos lo hemos de hacer, sino queremos ser inicuamente engañados…muy doloroso es decirlo, pero no es menos cierto. Al proletariado se le da una mínima moneda, una limosna de enseñanza y ordinariamente falsa”[20]
No podríamos entender la fortaleza y centralidad de esta reivindicación sin entender la potencialidad simbólica y material que tiene el libro y la lectura[21] en la construcción de la madurez organizacional del movimiento obrero español en una sociedad en la que las clases populares presentaban todavía, en las últimas décadas del ochocientos elevados índices de analfabetismo.[22]
Tanto es así, que el proceso de apropiación cultural y científica del proletariado militante español ya fuese anarquista como socialista, se configuró teniendo como sostén y catalizante inicial y básico el libro, la letra impresa, en multitud de soportes desde la prensa de partido y sindicato – la más numerosa e influyente – a los libros publicados desde diversas editoriales relacionadas de una u otra manera con el movimiento obrero; a lo que habría que añadir, editoras más o menos populares o de divulgación científica que con precios asequibles, ponían en manos de obreros instruidos títulos relacionados con los avances y novedades científicas como las teorías evolucionistas, las ciencias físico químicas y naturales, la economía, la historia e incluso la sociología. Por el contrario, y con un sentido general, la cultura popular que generó la Restauración se mantuvo constantemente preñada de imaginarios y mentalidades tradicionales o costumbristas que a menudo obscurecieron o trivializaron la conflictividad social.
Esta nueva cultura obrera amparada y sostenida por el libro y la lectura, supuso la portada, la inmersión y la herramienta de un intenso recorrido pensado, como potente resorte para la consecución de objetivos sociales y políticos de manera que ya a finales del ochocientos, tanto para anarquistas como socialistas, la lectura/instrucción del obrero asociado se constituiría como un dispositivo más, de su estrategia revolucionaria. Operadores político/pedagógicos que fueron pensados integralmente sin olvidar a los niños y a las mujeres de modo que desde esa mítica del libro se pasaría a la escuela y a la instrucción en general de niños, niñas, mujeres y adultos intentando, romper el nudo diabólico de la miserable y pacata transmisión de valores, conocimientos y comportamientos desde la escuela pública mediante una educación ejemplarizada en “…el para servir a Dios y a Vd.” que se vendría arrastrando desde 1857[23] con las bendiciones de todo el liberalismo español. Y aquí, nos queremos detener en la 6peculiar relación que el libro y la lectura tuvieron en la presencia y construcción del liberalismo español durante todo el setecientos. Una presencia que podemos rastrear hasta el Renacimiento y que se convertiría en signo y acompañamiento de recorridos que podríamos considerar con matizaciones, con todo lo que tiene de polisémico, como progresistas. Más allá de lo que pudo suponer el libro como compañero de viaje en estas significaciones constitutivas del canon de la modernidad occidental llevaría siempre adherido un fuerte componente de desigualdad social en la medida en que se constituyó junto al capital, como el emblema de sustentación ideológica de las burguesías emergentes[24]. El libro y la lectura como heterodoxia primero, y futura ortodoxia de un nuevo orden/poder social. Una propiedad de las elites crítico/ilustradas desde el quinientos al setecientos y de las burguesías ilustradas/lampedusianas del ochocientos. Probablemente en las tierras de la Reforma y, aunque solamente fuese desde el terreno religioso, la lectura de la Biblia abriría el libro y sobre todo la práctica de la lectura a las clases populares. En las tierras de la Contrarreforma y, en España en particular, el libro estaría continuamente vedado[25] a las gentes del común cuya participación en la transmisión de conocimientos se sustentó siempre, desde la oralidad que metafóricamente estaría simbolizada en el púlpito de la mano der sermón curil.[26] Una oralidad que en lo referente a los trabajadores y el inicial proletariado asociado anterior a la Internacional, estuvo fuertemente presente en mecanismos de transmisión no escritos mediante charlas, espacios de reunión, lecturas en público, primeros escritos cortos en periódicos de pocas páginas y generalmente leídos en veladas o círculos asociativos por camaradas letrados. El libro era de los otros, no del obrero; por muchas razones, y, no solamente por el precio o por una endeble alfabetización, sino simplemente porque su lectura fatigaba. Una fatiga que la podríamos explicar escuetamente con dos sencillas consideraciones. Uno la luz; algo que se hacía por la tarde noche después de la jornada en viviendas mal iluminadas con velas o quinqués en el mejor de los casos. Otro, el cansancio acumulado por el trabajo añadiendo fatiga sobre fatiga. No obstante, esta lejanía del libro no impediría que el obrero asociado y sus líderes no intuyeran que detrás del libro estaba el poder y que la apropiación de ese mecanismo de poder podría ser útil para la consecución de sus objetivos sociales.
Hasta las últimas décadas del setecientos el libro fue mayoritariamente el transmisor de mentalidades y percepciones eclesiales. Si echamos una mirada a los endebles recuentos realizados sobre las características de la producción libresca en nuestro país podemos observar como a partir de los últimos años del XVIIII; un tiempo en el que junto a la edición de folletos y libros en lengua vernácula la cultura escrita española se va nutriendo de títulos científicos y sociales que compiten con una cierta fortaleza con los referidos a lo religioso – que nunca desaparecerán – en sus diferentes versiones hagiográficas, devocionarias, catequísticas, sacramentales, litúrgicas o teologales.
Según datos recogidos por varios autores[27] utilizando como fuente los anuncios en el Diario de Madrid para 1790, mientras las publicaciones referidas a la religión se moverían en una horquilla porcentual del 28-36%, las de temática científico/positiva entre un 11 y 12% y las de ciencias sociales en un 17-27%. Para unas fechas tan significativas como las del Trienio, nos encontramos con intervalos del 14-17% para los escritos de religión y filosofía; de 44 – 53% para las ciencias sociales y políticas y, tan solo, del 6 al 11% sobre las ciencias positivas y naturales.
En la misma obra citada coordinada por Manuel Morán (p, 59) nos encontramos con un sugestivo comentario de un librero de la Puerta del Sol madrileña que refleja irónicamente el panorama del libro en los primeros años del siglo[28] XIX
“…Ni aún esperanzas tengo de vender un catecismo (…) desengañémonos, señor, el entorpecimiento o paralización de mi tienda no proviene solo de la guerra; porque aunque es cierto que hay poquísimo o ningún despacho de libros para América, con todo podría un hombre pasarlo decentemente si por acá hubiera compradores; ¡pero son tan pocos los que estudian y leen! Después de eso los aficionados a las letras suelen ser tan pobres, que parece cosa del diablo quan poco medran esos infelices…”
No será hasta el Sexenio cuando el comercio y la impresión en sus diferentes modelos desde el libro en sentido estricto, hasta la prensa y publicaciones periódicas, alcance en España un cierto volumen editorial. Sin duda, esta potenciación relativa de la producción impresa no solamente sería debida a episódicos momentos de libertad política sino a la vez a la incorporación al negocio editorial de constantes adelantos tecnológicos[29] en las artes de impresión junto al propio desarrollo de la sociedad española[30].
De todas formas habría que diferenciar entre el libro en sentido general y el libro escolar, al que se refiere concretamente la nota (supra, 457) del citado semanario obrero barcelonés, de tal manera que, el libro escolar tendría junto a su robustez simbólica percepciones más complejas. En primer lugar, el uso del libro escolar fue algo muy reciente dentro del panorama progresivo que lentamente iría presentando el libro y la escritura impresa desde tiempos anteriores al XIX. Realmente el libro escolar, desde su estatus como producto público/social, es un asunto de la España que se va construyendo desde 1812. Según nos apunta el profesor Escolano[31] las primeras decisiones políticas españolas de corte moderno/liberal sobre los libros escolares partirían del tiempo del Consejo de Regencia (1813) con el llamado Informe Quintana[32]en el que se aboga por una política de centralización y uniformidad de todos los aspectos y contenidos de la enseñanza que toca también los libros de texto. El segundo momento ahora, más centrado en el libro escolar, se daría en el espacio/tiempo parlamentario del Trienio en su sesión del 17 de julio de 1920. La discusión se centraría en dos posturas; una en la línea de libertad absoluta del maestro y profesores para elegir los libros de texto; otro coincidente con las propuestas del Informe Quintana defendiendo el control y la uniformidad de los planes de estudio y libros de texto según cada nivel educativo. Aunque parece que la segunda propuesta fue la más considerada, el binomio libertad/uniformidad/control de las políticas de enseñanza y de su derivada el libro escolar y de texto no solamente constituyó una de las cuestiones más constantes y nunca del todo resueltas del liberalismo español sino, que de alguna manera y con diferentes tonalidades siguen estando presentes en la actualidad. Probablemente esta discusión sobre el libro la debamos entender como un indicador más – o incluso significativo – de las contradicciones y dificultades en la construcción de un potente liberalismo desde el cual, se haya podido establecer en nuestro país con una cierta solidez una democracia cívica/republicana en lugar de una democracia, por supuesto indiscutible y real, pero también, curil/monárquica.
En un principio esta postura controladora y fiscalista del libro y la enseñanza paradójicamente defendida a menudo por los sectores más progresistas del liberalismo podría parecernos profundamente contradictoria. Aquí, como en otras muchas cuestiones de lo social y político las cosas no solo no son como parecen, sino que a menudo, van a estar presididas por la paradójica fábula mendevilliana. Para muchos liberales realmente progresistas de la época como por ejemplo, el pedagogo y dramaturgo Antonio Gil de Zárate (1793-1861) la cuestión más importante sería crear una cultura pedagógica civil desembarazada del control eclesial y por lo tanto, controlada por el Estado[33]. Para Gil de Zárate como para otros honestos y consecuentes constructores de la democracia española las bienintencionadas libertades en la enseñanza no podían conducir a otra cosa que a repetir el enseñoramiento del Estado por el clero manifestando que:
“…la cuestión de la enseñanza es cuestión de poder, el que enseña domina; puesto que enseñar es formar hombres, y hombres amoldados a las miras del que los adoctrina. Entregar la enseñanza al clero, es querer que se formen hombres para el clero y no, para el Estado…” [34]
Pero esto lo escribía Gil de Zárate en el tiempo del Bienio progresista[35] Cuando el moderantismo isabelino consolidó su hegemonía conservadora se harían realidad sus temores. Mariano Calderera (1816-1893) Inspector General de Instrucción Pública y uno de los diseñadores más representativos de la cultura pedagógica conservadora española plantearía como finalidad y eje central de la educación que:
“…Dios ha creado al hombre, para amarle y servirle en esta vida y gozarle eternamente en la otra, como nos enseña el catecismo de la Doctrina Cristiana…”[36]
A pesar del realismo político presente en los planteamientos de control y centralismo de los sectores más progresistas del liberalismo español sobre el libro escolar y la enseñanza en general, lo cierto es que, desde las peculiares circunstancias en las que se desarrollaría la constitución del Estado liberal en nuestro país, con las efímeras excepciones del 68 y del 31, fueron siempre gobiernos y administraciones/poderes fácticos clerical/conservadores los que controlaron todos la metodología y dispositivos pedagógicos desde la enseñanza superior a la escuela de primeras letras y, en las cuales, el libro tendría un importante protagonismo. Un libro que a pesar de su potencial simbólico y la percepción reverencial que suscitaba entre las clases populares comenzaría a su vez, a suscitar sospechas, precisamente en los dos colectivos crítico/emergentes más significativos en las últimas décadas del ochocientos hispano; las burguesías progresistas y el asociacionismo obrero. Desde situaciones de partida diferentes tanto la Institución libre de Enseñanza, como desde los colectivos organizados socialistas y sobre todo anarquistas, se coincidiría en posturas defensivas y de desconfianza ante el libro escolar. Los institucionalistas fundamentalmente por motivos pedagógicos probablemente heredadas de Pestalozzi[37] y de su veneración a lo que para ellos suponía la palabra del maestro frente al texto escrito, o la vitalidad de la palabra frente a la letra muerta de la escritura[38]. El militantismo obrero, por lo que suponía el libro escolar oficial como herramienta para la sumisión y fijación en el futuro obrero, de hábitos y comportamientos útiles para el capital, plantearía también sus desconfianzas e intentará desarrollar variadas estrategias de sustitución[39] que ampliaron el espacio del libro escolar a toda la población trabajadora haciendo de la lectura una herramienta más de la lucha social. No obstante y, a pesar de su intenso voluntarismo, tendría una robustez cuantitativa limitada a determinados núcleos poblacionales[40] con una cierta presencia organizativa principalmente de signo anarquista que, probablemente se hace más extensa a partir de las primeras décadas del XX y sobre todo de 1931.
Al final, la aspiración inicial de conseguir un libro escolar de nuevo cuño por las organizaciones obreras sería imposible en las circunstancias en las que se desenvolvía la escuela pública oficial, y la hegemonía de las potentes editoriales que, como Hernando, Santarén Calleja, Paluzie, Bastinos, El Magisterio Español o Bruño, se dedicaron a la confección de textos escolares para el público infantil y juvenil que además, gozarán de un sólido apoyo institucional y de un amplísimo mercado, con contenidos siempre respetuosos con la Iglesia y el conservadurismo liberal. La solución del obrerismo militante, no podía ser otra que la creación de un nuevo modelo de escuela inspirada en una ideología propia, en manos de organizaciones propias o cercanas, absolutamente diferenciada del modelo hegemónico. De cualquier manera, en esto del libro utilizado en la escuela, hay que distinguir siempre entre el libro educativo[41] como los libros de lectura, que, siempre, tendrán contenidos fuertemente ideologizados, de los textos para la instrucción operativa, como los libros de cuentas, los silabarios, gramática, geografía más numerosos “catones “ cartillas y enciclopedias que atienden a contenidos en principio asépticos y generalistas, pero en los que no obstante, se introducen lateralmente, elementos de adiestramiento moral/religioso[42] Incluso en libros específicos de texto, como los de Historia y a menudo, de lengua y literatura, el adoctrinamiento y adecuación a los intereses del moderantismo liberal serán continuos[43]. Con toda seguridad serían los libros de lectura organizados precisamente desde los dos continentes que en general forman estas escrituras: Los de temática religiosa como catecismos[44] historia sagrada, vidas de santos y los de contenido socio/moralista: de buenas costumbres, urbanidad, higiene, hechos históricos y patrióticos, los que desencadenaron las posturas crítico/defensivas de socialistas y anarquistas ante los textos habitualmente manejados no solamente en la escuela pública que, posiblemente fue la menos manipuladora, sino en las numerosas escuelas privadas – principalmente en el ámbito urbano – y sobre todo, las directamente gestionadas por el clero regular y parroquial a las que necesariamente tuvieron que asistir infinidad de niños y niñas de la clase obrera; simplemente por su gratuidad y condiciones de habitabilidad y material escolar probablemente mejores que los de muchas escuelas públicas [45]
En este intento de sustitución del libro de lectura escolar que supusiera la superación de contenidos y moralismos eclesiales y patrioteros hacia una ética civil/ciudadana asentada sobre valores democráticos, el movimiento obrero contaría en cierta medida sino, con el apoyo directo, con el refuerzo, de algunas instituciones liberales como la ILE que ya, desde su presencia fundacional krausista, presentaría una especial sensibilidad por los asuntos pedagógicos y las lecturas escolares de contenido no clerical[46] Así, los pedagogos de la ILE, como el ya citado Pedro de Alcántara (supra, p. 236) comenzarán a introducir en el menaje escolar libros etiquetados con la sugestiva denominación de “Lecciones de cosas” en los que se daba oportunidad al niño y al joven para introducirse en el mundo de las realidades prácticas como sustitución al moralismo y gazmoñería curil, presente en catecismos y catones al uso.[47] En relación con la producción concreta de publicaciones escolares de cuño institucionalista o que contaran con una cierta acogida y uso por parte de las organizaciones obreras no tenemos la información adecuada entre otras cosas, por el lugar que el libro de texto escolar ocuparía en el ideario pedagógico de la ILE[48] de manera, que sin ser de ninguna manera despreciado el libro en su sentido genérico – todo lo contrario – el de texto, nunca ocuparía nunca un lugar central, sino solamente de apoyo, a lo que era el eje de la pedagogía institucionalista basada en la naturaleza, la observación y la intuición, con la ayuda y guía del papel catalizante del maestro. Donde si tendría la ILE una función promocional sería en la segunda enseñanza y en los estudios universitarios en donde su contribución en la recepción española del darwinismo, el positivismo y las ciencias naturales en general, fue enormemente reseñable como vendría reflejado en las referencias contenidas en los números del BILE durante el periodo de la alta Restauración (1877-1902)[49]
Más allá de la ILE, y refiriéndonos al libro escolar en general y no solo al publicado por las grandes editoriales consagradas, estaría todavía por hacer un inventario general de los mismos con las suficientes ventanas que nos permitan los cruces pertinentes para conocer su distribución por modelo escolar, público, privado o eclesial; áreas territoriales, tipo de escuela, horquillas temporales, de edad y género, etc.[50] Tan solo[51] – que ya es mucho – contamos con los estudios y reflexiones pedagógicas realizadas entre otros, por Viñao Frago (1988) Jean-François Botrel (1993) Agustín Escolano (1992, 1997) Tiana Ferrer ( 1992,2002)[52] Villalaín Benito (2002) o Jean-Louis Guereña (2005) más los intentos de autores de la órbita de la Historia Social como Jesús Martínez Martín (1991) sobre “Lectura y lectores en el Madrid del siglo XIX” Francisco de Luis (1994) con su “Cincuenta años de cultura obrera en España” la obra colectiva dirigida por Jacques Maurice (1990) “Pueblo, movimiento obrero y cultura en la España contemporánea” o Monserrat Comas i Güell (2001) en “Lectura i Biblioteques populars a Catalunya (1793-1914), “ Francisco de Luis con su libro Cincuenta años de cultura obrera en España (1994) más un interesante inventario/catálogo de la Casa del Pueblo de Madrid, entre los años 1908 y 1939, recopilado por Nuria Franco Fernández que, inicialmente requisado sería devuelto al PSOE a partir de 1978 [53].
Adentrarnos aunque sea superficialmente en estos asuntos relacionados con restos, vestigios y documentación referidos al papel; el único y potentísimo soporte con el que ha contado desde hace varios milenios nuestra sociedad, supone tener en cuenta sus dos fragilidades: la físico/química y la socio/política. En relación con el libro y con toda lo soportado por el papel desde el escrito culto al panfleto de mano u octavilla hasta, humildes representaciones de la iconocultura popular como los recortables de muñecas o soldaditos, pasan por estos filtros de su fragilidad material y de la voracidad inquisitorial. En este sentido, habría que considerar el esfuerzo triturador “inasequible al desaliento”[54]que ejerció, el franquismo – especialmente en los años del llamado “primer franquismo, el anterior a 1945, posiblemente con menor severidad en lo que respecta al libro escolar,[55] en bibliotecas populares/escolares, ateneos, círculos, periódicos, archivos, sedes de partidos y asociaciones obreras que abarcarían además todo tipo de establecimientos relacionados con el papel impreso como editoriales, imprentas, librerías y almonedas[56] junto con los archivos y documentos de instituciones oficiales relacionadas con la promoción del libro y la cultura como el Patronato de Misiones Pedagógicas (1931)[57] parece que dieron resultado[58]. De cualquier manera, queremos aclarar que el asunto no radica en la conservación y existencia de fondos adecuadamente o razonablemente almacenados e inventariados que, por otra parte, existen[59], sinó en su explotación estadística, como material para desarrollar/extraer una productiva minería de datos que nos lleve a construir/completar una sociológica tanto del libro escolar español como del campo de la escritura y lectura dirigida o consumida por las clases populares.
Pero lo más significativo del movimiento obrero en sus intentos de crear una cultura propia no residiría solamente en la reconstrucción del libro escolar – que hasta 1936, solo lo haría parcialmente – sinó en la instauración de un nuevo muevo modelo de aculturación diferenciado, que sirviese de refuerzo en el proceso revolucionario y, a la vez, de aglutinante y factor de legitimidad moral y científica ante los valores y pretendidas legitimidades de las burguesías. Lo que a finales del siglo estaba ya claro tanto para socialistas y libertarios era que la cultura, era además de una herramienta de lucha, un dispositivo ético e incluso científico, de legitimidad. El obrero no era ya, un ignorante o un avieso producto de la sociedad; no solo tenía profundos valores morales sinó que además, éstos presentaban un armazón racional, que se asentaba precisamente sobre basamentos científicos sólidos y fuertemente enreglados con lo más adelantado del pensamiento científico de la época. Este desiderátum abarcaría todo el conjunto de saberes y prácticas culturales tanto tradicionales como emergentes, que desde la segunda mitad del XIX se iban asentando en Occidente llegando en ocasiones y, principalmente en el movimiento libertario a crear u organizar modelos de vida cotidiana que se podrían considerar como antecedentes de sensibilidades cercanas a las actuales, en relación con la ecología, el medio ambiente o la alimentación vegana, llegando a manifestar profundas simpatías/cercanías con nuevos modelos de comunicación como el esperanto[60].
Junto a esta profunda preocupación educativa y cultural hacia y desde los sectores más concienciados de las organizaciones obreras, paralelamente se daría una importante recepción de las nuevas corrientes científicas europeas especialmente entre el militantismo libertario. Si en el socialismo organizado el ideario imperante mantuvo hasta los inicios del XIX, un inalterable pragmatismo revolucionario con algunas conexiones con el positivismo sociológico, el movimiento anarquista se nutrió desde las últimas décadas del ochocientos de una potente sensibilidad naturalista/evolucionista que sería paralela a la penetración en España de la teoría darwinista – antes del darwinismo social – y de las traducciones de escritos de numerosos autores europeos que iría desde el Germinal de Zola, hasta las obras de Élisée Reclus, Haeckel, Letourneau o Luis Büchner cuya Ciencia y Naturaleza sería traducida por el médico anarquista Gaspar Sentiñón en 1873 junto con las primeras traducciones de los ideólogos canónicos del anarquismo[61] como Proudhon, Bakunin, Kropotkin[62] y Malatesta[63] mas las aportaciones de la prolífica gavilla de los Nieva, Mella, Lorenzo, Tarrida, Peiró, Montseny o Teresa Mañé, hicieron posible la aparición de una robusta arquitectura cultural/pedagógica emblematizada posteriormente en instituciones como la Escuela Moderna, acompañada de numerosas escuelas y ateneos racionalistas y obreros que, reforzada por una robustísima prensa libertaria, contribuiría a la consolidación de una excepcional – aunque siempre fronteriza – cultura obrera que más allá de la socialista/marxiana “lucha de clases” iba a ser un intento de liberación de toda tutela política, eclesial e ideológica; una lucha del hombre contra la inhumanidad, que como en 1905 recogería Enrique Lluria, supusiese superar la contradicción entre la evolución progresiva de la Naturaleza y los atascos y perversiones que en lo “superorgánico” imprime la sociedad del capital.
Nuestra impresión es que, mientras el socialismo organizado intentó reproducir y trasladar – y probablemente depurar – hacia el mundo obrero la cultura y saberes de la burguesía, las organizaciones anarquistas lo que intentaron fue crear y desarrollar una cultura obrera propia que, aunque engarzada en lo más novedoso/peligroso[64] de la cultura occidental que al trasladarla a nuestro país resultaría aún mucho más heterodoxa y maldita que en sus tierras originarias; presentando además, un intenso soporte de reforzamiento revolucionario que posiblemente enlazaría con toda una tradición materialista/iusnaturalista anclada en la libertad/derechos del individuo que podríamos rastrear en nuestro país – a pesar de su teologal/iusnaturalismo – desde la Escuela de Salamanca (XVI y XVII)[65] y, echándole arqueología ilustrada – siempre resbaladiza-, a Epicuro o Zenón de Citio en la Grecia postateniense de los siglos IV y III[66]
En definitiva, constituir una cultura obrera autónoma, como inicial contribución para la creación de un hombre nuevo en una sociedad nueva. Probablemente, el socialismo español fue más pragmático y menos utópico/ambicioso pretendiendo solamente, crear una nueva clase obrera, un proletariado desvinculado de su miserabilismo/explotación histórico y con acceso a la cultura. En suma, una estrategia por la igualdad de derechos y la libertad, frente o al lado, de un ethos libertario de potentes repercusiones antropológicas y humanistas/universales o, lo que es lo mismo, una sociedad nueva o un hombre nuevo y fraterno desde el anarquismo, o, una sociedad justa y un hombre dueño de su trabajo y se libere de las injusticias de clase desde el socialismo. A la larga, un ideario profundamente antropológico centrado en el hombre y en valores universales en los anarquistas y, para el socialismo, un imaginario sociopolítico centrado casi exclusivamente en las reivindicaciones de la clase obrera[67] como manifestase Pablo Iglesias en su discurso programático del 20 de julio de 1879:
“…El ideal del partido socialista es la completa emancipación de la clase trabajadora; es decir la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes…”
Por el lado del anarquismo organizado sirva como muestra de una sensibilidad social diferenciada y probablemente más humanista y menos acotada que en el obrerismo socialista y, siempre acompañada de una profundo deseo de incorporar relevantes contenidos de la ciencia moderna, podíamos transcribir a modo de cala, algunos textos y opiniones de renombrados representantes del ideario libertario español como Teobaldo Nieva (1834-1894)[68] Anselmo Lorenzo (1841-1914) Ricardo Mella (1861-1925) o Fernando Tarrida del Marmol (1861-1915) en los que desde matizaciones complementarias se manifiesta su convencimiento – sin duda con una fuerte carga utópica – del papel de la ciencia en el proceso de concienciación/liberación del hombre de las injusticias sociales, muy en la línea del Kropotkin de La Ciencia Moderna y la Anarquía (1901) que tanto influiría en la obra emblema de Lluria (1905) para el que parafresando a Leopoldo Nieva (1886) y posiblemente condicionado por un ingenuo reduccionismo biologista, la sociedad sería “un trasunto completo de la naturaleza”
Desde el socialismo español en su etapa que va de 1889 hasta el final de la Guerra Europea (el tiempo de la II Internacional) este potente peso biologista/naturalista del ideario libertario estaría más difuminado ocupando su lugar, un cierto cienticifismo histórico en el que también estarían incorporadas las ciencias naturales y el positivismo[69]. En resumidas cuentas puede que nos encontremos con dos escenarios utópicos pretendida e ingenuamente considerados como científicos pero ambos, dotados de una indiscutible robustez ética. En suma, incorporación biologista desde el anarquismo e incorporación histórico/economicista en el socialismo marxista, aunque en ambos idearios estén presente con intensidades diferenciadas los dos grandes pilares de la ciencia moderna; el positivismo y el darwinismo. A este respecto tendríamos que recordar el discurso fúnebre que realizase Engels ante la tumba de Marx en 1883:
“…Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían dejado en las tinieblas…” [70]
Es más, Jaime Vera, que junto a Verdes Montenegro[71] probablemente dos, de los pocos socialistas que manifiestamente introducen referencias naturalistas paralelas al anarquismo sobre los nuevos planteamientos científicos, se expresaría en los siguientes términos:
Sin embargo, parece que la sensibilidad y el propagandismo de los colectivos anarquistas estuvieron más cercanos a las nuevas corrientes intelectuales y científicas de manera que como comentara Cole[72], los escritos de Kropotkin, Reclus, Malatesta, Malato serían traducidos con una generosa asiduidad en la España de entresiglos. Esto no quiere decir ni mucho menos que el socialismo español; el fundacional de la II Internacional; el de Pablo Iglesias, Jaime Vera y José Verdes Montenegro y si se quiere, Enrique Lluria, no se impregnara del cientificismo positivista/evolucionista de la época. Quizá descartarían la lectura/influencia de los autores totémicos del ideario libertario pero también de todo el caudal científico/positivista de la segunda mitad del XIX
[1] Los 30 años que transcurren entre la obtención de su doctorado en Madrid y su regreso a Cuba
[2] Referenciada también por Ramón de Cala en su informe respuesta al cuestionario de la CRS ante la Junta de Cádiz con la rotulación El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (Madrid, Imprenta de Juan Iniesta, 1884) Este amplio y sardónico Informe de Ramón de Cala y Barea (1827-1902) se nos ofrece como uno de los muchos documentos olvidados de nuestra historia social. Es un texto en bastantes aspectos coincidente con el Informe de Jaime Vera, como por ejemplo en la acritud y lucidez de su crítica al sentido del cuestionario propuesto por Moret/Azcárate en 1883, pero sobre todo, más emocional y vehemente, en línea con otros seguidores fourieristas como Abreu; nos recuerda el tono de su escrito: “Tengo un amigo carpintero” (supra, p.34) haciendo hincapié en la miseria de las clases populares y en el carácter básico de todo lo relacionado con el salario y la duración de la jornada con irónicos comentarios que desmontan muchos de los imaginarios al uso sobre la instrucción obrera negando su centralidad y siempre condicionada por la pobreza y las condiciones de trabajo:
“El infeliz que no come, mal puede elevar su inteligencia…la ilustración imposible, por mucho que se procure, mientras escaseen los medios de subsistencia…” (op. c. p. 96)
Más otros sardónicos planteamientos alrededor del manoseado asunto de la moralidad obrera en que ante una vida llena de miserabilismo, dificultades y sinsabores se expresaría en los siguientes términos:
“Debo decir por mi parte, que cuando considero los vicios de los trabajadores, me admiro que no sean más generales, profundos y perturbadores…” (op. c. p. 100)
Para continuar con comentarios sobre la falta de coberturas asistenciales ante la invalidez laboral y su manejo por la mayoría del empresariado a modo de “máquina desbaratada” (op. c. p. 151)
[3] Medida que en España se intentaría atajar en 1873 durante la I República y solamente en lo que se refiere al trabajo de niños, niñas y adolescentes en establecimientos fabriles, industriales y mineros intentando limitar la jornada a las ocho horas para los menores de entre 13 y 15 años o 14 y 17 según fuesen niños o niñas. Más allá de estas edades quedaría abierta la duración de la jornada a merced de los intereses del empresario.
[4] Carlos Marx: El Capital, Tomo I, Vol I, Ed. México, FCE., 1946, p.398.
[5] Citas contenidas en el Informe que Jaime Vera presenta en nombre de la Agrupación Socialista Madrileña ante la CRS el 1 de diciembre de 1884 en J.J. Castillo (coord) Ciencia y Proletariado, Madrid, Edicusa,1973 pp., 131,135.
[6] Así, en el Manifiesto del Comité Nacional del PSOE del 2 de mayo de 1898, se abogaría por una legislación protectora del trabajo que “refrene la explotación patronal y permita vivir con menos angustias a la clase útil…”
[7] En general y como algo habitual en muchos representantes del republicanismo decimonónico Pi y Margall a pesar de incidir sobre las condiciones de trabajo de la mujer, siempre se manifestaría como un defensor de su papel tradicional como madre, educadora de sus hijos y cuidadora del hogar siendo en este aspecto relevante su paradójica y quizá no muy afortunada conferencia sobre “El papel de la mujer en la sociedad” (Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, 1869) abundando en la idea de que su trabajo en fábricas o talleres será siempre algo perjudicial, para los hijos y el marido. Para Margall el lugar de la mujer es siempre el hogar; no importan sus condiciones de trabajo y las repercusiones de las mismas sobre su salud, lo señalabre es que se la aparte del hogar de su papel de madre, de su inscripción psicosocial al hogar. Para el trabajo y la adquisición del salario/sustento ya está el hombre.
“…Y si la mujer es pobre y tiene que dedicarse al trabajo, bajando al fondo del taller, de la fábrica, ¿cuán tristes no son los efectos de lo que estoy diciendo? Se ve entonces obligada á abandonar á sus hijos, á dejarlos sumidos en una triste soledad que los hace insociables y huraños, ó á darles completa libertad, haciendo que rompan los hábitos de toda disciplina, y contraigan desde sus primeros años vicios que es muy difícil desarraigar más tarde. Esa pobre mujer, que baja al fondo del taller, cree, por otra parte, que así contribuirá al sostén de su propia familia, y ni áun (sic) esto logra: hace con su trabajo concurrencia al hombre, acaso á su propio marido, á su padre, á su hermano, y sucede no pocas veces que lo que ella gana lo pierde su marido, sin que pueda aumentar el capital de la familia ni cuidar de la educación de sus hijos…No es el camino el que yo quisiera que la mujer siguiese; no fuera sino dentro del hogar doméstico, creo que debe llenar su misión. En el hogar doméstico tiene la mujer su teatro, su asiento, su trono…”
(Pi y Margall op. c. p. 5)
[8] En el caso de las mujeres con peculiaridades muy específicas que obviando tiempos anteriores supuso siempre con la excepción del Marx – Engels de la “Sagrada Familia” (1844) una patente situación de invisibilidad sociopolítica que atravesará en general, todo el proceso de construcción del liberalismo y de la democracia española. Un poco más de un siglo desde las Cortes de Cádiz en que se prohíbe a las mujeres su presencia en las sesiones de las mismas, hasta la II República en que se consigue el voto femenino. Igualmente, el estatus de la mujer en relación al trabajo se ha encontrado presidido al igual que en lo político, científico e intelectual, con una potente opacidad e invisibilidad pública que en campo de la legislación laboral se traduciría en una peculiar lectura de sus condiciones de salud siempre mediatizada y realizada desde los condicionamientos de género y además exclusivamente en los escenarios laborales fabriles ocultando y por lo tanto, olvidando los grandes espacios de trabajo femenino como la agricultura, la pesca, el servicio doméstico, la confección y las variadísimas actividades del sector servicios a los que habría que añadir los derivados de su afijación sociocultural como cuidadora universal, más las también obligatorias tareas derivadas de su doble condición asimétrica de cuidadora del hogar y de la familia. Es más, incluso cuando se habla de su inclusión en la legislación laboral, esta no contemplaría la situación de la mujer hasta la segunda Ley Dato de 13 de marzo de 1900 y siempre desde el punto de vista de la maternidad y el embarazo que contaminan todos los esfuerzos en considerar a la mujer como un trabajador más, como ocurriría con la desconocida y provechosa Ley de Silla de 1912 promovida por María de Echarri (1878-1955) la primera mujer española inspectora del trabajo. Con este panorama de partida la postura de Margall y la de la casi totalidad de los representantes del proletariado militante ibérico, la mujer fue siempre considerada en cuanto trabajadora como una usurpadora del varón que junto a los niños y en boca de Anselmo Lorenzo “remplazaron al hombre en la fábrica” (A. Lorenzo: Las Olimpiadas de la Paz y el trabajo de mujeres y niños, Madrid,1900) y cuya solución a partir de las leyes sociales como la Ley Dato, sería ineficaz:
“…pensar en lo que debe trabajar la mujer y el niño para saciar la insaciable codicia del burgués, es perder el tiempo: lo único que debe hacerse es transformar la propiedad y poner a todo el mundo en posesión del patrimonio universal…” (A. Lorenzo, op. c.)
[9] La cita estricta de este comentario sería:
“Una mujer puede llegar a la más alta dignidad que se concibe, puede ser madre de Dios: descendiendo mucho, pero todavía muy alta, puede ser mártir y santa, y el hombre que la venera sobre el altar y la implora, la cree indigna de llevar las funciones del sacerdocio. ¿qué decimos del sacerdocio? Atrevimiento impío sería que en el templo osara aspirar á la categoría del último sacristán…En el mundo oficial se la reconoce aptitud para ser reina y para estanquera; que pretendiese ocupar los puestos intermedios, sería absurdo…”
(C. Arenal: La mujer del porvenir, Madrid, L. de Victoriano Suárez, 1895, p. 8)
[10] Sobre este particular en el II Congreso de la Federación Regional Española de la AIT celebrado en Zaragoza (8-11 abril, 1872) de inspiración anarquista, hay una clara manifestación en defensa del trabajo de la mujer; un ser libre e inteligente que “para garantizarla esta libertad no hay más remedio que el trabajo. Lo contrario es someterla a la estrechez del hogar doméstico y a la tiranía del hombre” Todo esto, dentro de una estrategia que visualiza con total claridad la postura del primer anarquismo español sobre el trabajo de la mujer proponiendo su integración con los hombres en el movimiento obrero:
“¿Qué medio hay para poner a la mujer en condiciones de libertad ¿ No hay otro mas que el trabajo. Pero se dirá: el trabajo de la mujer es origen de grandes inmoralidades, causa la degeneración de la raza y perturba las relaciones entre el capital y el trabajo en perjuicio de los trabajadores, por la concurrencia que les hacen las mujeres. A esto respondemos: la causa de estos males no está en el trabajo de la mujer, sino en el monopolio que ejerce la clase esplotadora (sic), transfórmese la propiedad individual en colectiva, y se verá como cambia todo por completo…entre tanto, creemos que nuestro trabajo acerca de la mujer es hacerla entrar en el movimiento obrero á fin de que contribuya á la obra común, al triunfo de nuestra causa, á la emancipación del proletariado…” (Extracto de las actas del segundo Congreso Obrero de la Federación Regional Española en Zaragoza, abril de 1872, Zaragoza, Diario de Aragón, 1987, p 75)
[11] G. y Partagás: Higiene Industrial, Barcelona, Imp. de Narciso Ramírez, 1872, pp. 84-85 y Rafael de Francisco: Tiempos modernos o la difícil constitución de lo psicosocial en la prevención española, Revista La Mutua, Madrid, nº 12, 2005 p. 193.
[12] Vide, Víctor Manuel Arbeloa: I Congreso Obrero Español, Barcelona, 1870, Madrid, Eosgraf, 1972, p. 117
[13] El imaginario contaminante de la fábrica será una constante en la percepción de los sectores conservadores de la sociedad española y especialmente en los círculos cercanos al inicial catolicismo social con una fuerte tendencia además a incluir el trabajo de la mujer y del niño en la toxicidad moral del taller y la fábrica. En un librito de moralización sociopedagógica escrito por el propagandista catalán Luis Puig y Sevall (1840-1883) titulado: La ciencia del trabajo, Historia de una familia obrera, podemos leer:
“…las grandes fábricas corrompen las costumbres públicas y privadas, porque contienen confusos y revueltos hombres y mujeres, y no hay que decir si con ello sufrirán irresistibles ataques los sentimientos religiosos y los del pudor y la inocencia…Tambien desorganizan la familia, porque ocupadas allí principalmente las mujeres, estas que han de pasar todo el día en el jornal, no pueden llenar ninguno de los deberes que la naturaleza les impone al lado de sus esposos y de sus hijos…Por último, los que afirman que la gran manufactura enerva las fuerzas y destruye la salud de los obreros se apoyan en que son ocupados en ella todo el día multitud de niños de nueve y diez años, quienes, por lo mismo que no pueden dar á la naturaleza lo que esta exige en tan tierna edad, crecen endebles y raquíticos, no llegando á obtener un completo desarrollo…”
Al final la solución no es otra que para unos el paternalismo y para los otros, el respeto y el agradecimiento:
“…pero también es cierto que muchos de esos males se deben á la poca armonía que reina por desgracia entre fabricantes y operarios, los cuales, debiendo vivir en paz y en estrecha unión, se destrozan mutuamente con el odio que se profesan y que deben al infernal egoísmo de que se hallan dominados… ¿Por qué motivo no han de inspirarse los fabricantes en las sublimes máximas de la Religión católica y tratar á sus obreros como hermanos menores? ¿Po qué razón no han de considerar los operarios á sus principales como protectores natos, á quienes deben respeto y agradecimiento ¿…”
Vide, Puig y Sevall: La ciencia del trabajo, Barcelona, Tipografía católica, 1876, pp., 88-91
[14] Vide, al respecto, la obra coordinada por José Mª Borrás Llop: El trabajo infantil en España (1700-1950) Barcelona, Icaria, 2013
[15] Vide, Observaciones acerca del proyecto de ley sobre la industria manufacturera… Madrid, Imprenta a cargo de Compañel, 1855, p. 10 y referenciado también en José María Borrás: Las organizaciones obreras y el trabajo infantil (1855-1936) en El trabajo infantil en España, Barcelona, Icaria, 2013, p. 413.
[16] Aquí, habría que reseñar las aportaciones de algunos médicos como el catalán José Balaguer y Oromí (1889) y José María Suarez Puerta (1897) que a diferencia de otros autores finiseculares más generalistas como José de Eleizegui (1901) o Ambrosio Rodríguez Rodriguez (1902) tratan este asunto con un cierto detenimiento.
Vide, Balaguer y Oromí: Memoria sobre el trabajo de los niños, Barcelona, Tipografía de la Casa Provincial de Caridad, 1889. Suarez Puerta: Higiene de los niños trabajadores, Tesis de doctorado, Madrid, Imprenta Colonial, 1897)
[17] El higienismo escolar tanto de espacios como de cuerpos – incluso incluyendo el cuerpo del maestro – suele ser un aspecto poco tratado y, especialmente, en su articulación con las higienes industriales o del trabajo en general. A partir de la ley Benot de julio de 1873, y a pesar de su reiterado incumplimiento, quedaba no obstante legislado que hasta los 10 años estaría prohibido el trabajo infantil en los establecimientos fabriles de manera que la escuela primeria se convertía en el único espacio para la socialización de niños y niñas en los valores cívico/morales y profesionales apropiados desde la sociopolítica del capital unidos a un nuevo orden productivo de la fábrica que a diferencia del orden productivo tradicional de la manufactura o del trabajo agrícola necesitaba una mano de obra elementalmente alfabetizada y con conocimientos, aunque fuesen rudimentarios de aritmética básica. No tanto escribir y multiplicar o dividir, sino tan solo, leer y contar pero eso sí, acompañado de una insistente educación cívico religiosa para la sumisión a las productividades y disciplinamientos de los poderes económicos y políticos. La higiene escolar más allá de los sinceros intereses de las nuevas corrientes pedagógicas se convertiría en una eficaz herramienta biopolítica que engarzaría correctos objetivos somatológicos con manifiestas productividades sociopolíticas difícilmente conseguibles en los territorios del taller y la fábrica. Una trayectoria liberal en la incorporación del saber higienista a la escuela estaría representada por el pedagogo cordobés Pedro de Alcántara García Navarro (1842-1906) vinculado a la ILE y autor de un tratado de Higiene Escolar (Madrid, Hernando, 1886) en el que desarrolla criterios pioneros en relación con la fatiga y la ergonomía del puesto de trabajo que tardarían casi un siglo en aplicarse a los territorios laborales. Vide, Rafael de Francisco: Escuela, maestro y salud durante el Sexenio Democrático, Madrid, Revista de Educación, Ministerio de Educación Cultura y Deporte, 2003, nos 330, 331.
[18] Manifestaciones culturales que contemplarían además la música, el arte, el propio espacio público y el deporte. En relación con este último aspecto tendríamos el traspaso de la cultura del sportman como deporte de las élites aristocráticas y burguesas a las clases populares a través del conjunto de actividades lúdicas recreativas que conformarían el deporte de masas y en donde el fútbol representaría un lugar privilegiado.
El hecho y la construcción de lo que venimos los sociólogos en denominar cultura popular constituye un conjunto complejo y variado de comportamientos y actividades que no suponen en principio “cultura obrera” La cultura obrera forma parte de las culturas populares pero ésta, supone aunque la integre, algo más, Y, a la vez, algo menos. En principio la cultura popular encierra un larguísimo recorrido temporal mientras que la obrera ha sido efímera. Las culturas populares, siempre condicionadas por un territorio y largos periodos históricos la entendemos desde Wilhelm Wundt (1832-1920) como una Vörkerpsychologie (1912) enclavada y materializada en comportamientos, mentalidades e imaginarios situables, más allá de las clases sociales y del tiempo concreto conformando, con una potente robustez psicosocial, histórica, y simbólica el conjunto de necesidades, aspiraciones y emociones de una sociedad que se han ido construyendo en el tiempo social, mostrando además largos y densos recorridos que desde el medio campesino se fueron engarzando en el espacio urbano y en particular, desde el XVIII, formando una amalgama sociosimbiótica con la cultura gremial/menestral. Por supuesto que la cultura obrera se alimenta de muchas formulaciones y rituales de la cultura popular; especialmente desde su construcción o modulaciones interesadas; cuando su lectura y remodelación/adecuación se hace desde las élites, desde las detentadoras de los saberes cultos. Para éstas, lo popular, incluido lo obrero, que cínicamente habrá sido propiciado por ellas mismas, será continuamente menospreciado, será siempre el saber de lo oralidad y la superstición, de las gentes sin instrucción que no han llegado a la lectura ni a la escritura. Ante esto, la cultura obrera, siendo tan solo un episodio de la cultura popular en el tiempo del industrialismo, será sobre todo una cultura de resistencia. Un cultura reivindicativa del libro y de la idea como recuperadora para sí, de las libertades y derechos conseguidas por las burguesías tras la Revolución Francesa. La cultura obrera será la expresión de un deseo machaconamente negado por las élites dirigentes; simplemente la reivindicación como diría Anselmo Lorenzo de poder participar también en “el banquete de la vida”
Su carácter efímero/temporal hace que en la actualidad –una sociedad paradójica sin obreros pero con asalariados que no saben que son obreros – lo que fue esa cultura de resistencia se haya difuminado irremediablemente en una peculiar cultura popular a modo de cultura de masas o cultura virtual/globalizada en camino de convertirse en una cultura macdonalizada de bajo coste. Probablemente, las culturas de resistencia actuales se muevan en los nuevos terrenos de lo ecológico – o nuevas modulaciones – de la supervivencia y la inseguridad – y no en los del taller, la fábrica o el trabajo agrícola. Podemos asegurar que la cultura obrera no existe en nuestra actualidad; en el mejor de los casos, solamente su memoria. La cultura obrera fue sin duda, un episodio magnífico asentado en el tiempo de la máquina y por lo tanto, íntimamente vinculada, aproximadamente, con el siglo y medio de vigencia de la Revolución Industrial. Es más, en el caso español – y también en Francia, Italia, Alemania o Gran Bretaña- con grandes diferencias y potencialidades según se tratase de entornos semiurbanos en los que existió una pequeña población industrial o por el contrario, una masa crítica de población obrera fabril como sería el caso de Barcelona y su alfoz. No obstante, esta cultura obrera como cultura de fábrica y de obrerismo militante, tuvo que convivir a menudo, complacientemente, con robustas culturas popular/agrario/religiosas que, en cierta forma la pudieron contaminar en ocasiones, y a su vez, oponiéndose militantemente a la potente y hegemónica cultura de las burguesías e, intentando a menudo ladearse de lo popular costumbrista en lo que tenía de enmascaramiento de lo social. La cultura obrera, supuso siempre una potentísima característica reivindicativa como respuesta, ante la cultura dominante de las élites burguesas y al costumbrismo castizo/complaciente de las culturas populares. En algunas ocasiones se solapará con la cultura popular pero nunca tendrá los matices conservadores de ésta, como ocurriría en nuestro país con la zarzuela o la música, aunque en el primer caso, hubo zarzuelas como El Bateo (1901) de Federico Chueca con un cierto carácter obrerista en el que se reivindica la jornada de ocho horas ( en el coro de los Organilleros) aunque continuamente, será un género musical que aparte de moverse en decorados costumbristas ajenos a la fábrica con muy poca presencia obrero/fabril, pocas veces se desembarazó de su populismo y sensiblería castizoide presentándose siempre, al margen de las conflicticidades de clase al igual que la música coral representada en Cataluña por los Coros Clavé, que pretendidamente considerados como una expresión cultural obrera, fue sobre todo un exponente –a nuestro entender – del más puro armonicismo conservador a modo, de preludio de los Coros y Danzas franquistas a la catalana. Será esclarecedor a modo de piedra de toque del asunto, el que tanto el género chico como la música coral a lo Clavé fueron totalmente incorporados al conjunto de manifestaciones artístico/culturales y recreativas que el franquismo consideraría junto a los toros y el fútbol, como inofensivas para la moralidad política del régimen… Abundando en nuestro relato, la cultura obrera fue además como apuntábamos antes, una cultura profundamente de combate de clase, reivindicativa y de resistencia ante la hegemonía dominante de la cultura burguesa y sus elementos de acompañamiento y desahogo canalizadas desde las culturas populares abarcando, con una gran robustez toda la España profunda sin olvidarse además de la España fabril de modo que precisamente, sería en las tierras vascas y catalanas en donde el franquismo/movimiento ( y puede que antes, desde la Renesainxa y el Bizkaitarismo ) se pondría de perfil, o potenciaría el folclore populista regionalista. Todo, menos permitir la vuelta de lo que desde el Sexenio y sobre todo desde 1931 podía suponer la reconstrucción de una cultura de clase que encerraba a pesar de su carácter fronterizo, endeble e inacabado – su debilidad epistémica – una potentísima robustez revolucionaria y psicosocial en la medida en que, pudo suponer, una decidida apuesta de transformación y cambio de las estructuras dominantes de poder de la Iglesia y de las viejas mentalidades estamentales. Algo que con contadas excepciones, se desarrolló casi exclusivamente en las grandes poblaciones españoles con núcleos fabriles – las pocas ciudades no levíticas- o, en aquellas en las que existieron pequeños núcleos industriales – vinos, madera, papeleras, minería, pescaderías, harineras – relacionados con la tierra y el mar. En definitiva, en esos pocos territorios desvinculados de la “España de María Santísima” que de alguna forma se podían apenas liberar de la hegemonía absoluta de los poderes del “macizo de la raza”. En la totalidad del territorio, fundamentalmente ruralizado, solo quedarían hasta los años de nuestra II República, dos culturas populares, la mayoritaria de santoral, deficiente escuela curil y calendario zaragozano y la minoritaria, de la rabia jornalera; la de la sez de tierras y justicia.
[19] En el semanario La Federación órgano del Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona se apuntaba ya, en 1869 la necesidad de que los obreros se movilizasen contra la “Construcción oficial de la ciencia” (La Federación nº 3, 15 agosto, 1869. Referencia anotada por Mario César Sánchez Villa: Entre materia y espíritu, Madrid, CSIC, 2017, p. 348.
[20] Vide, La Federación nº 1, 1 agosto, 1869 y anotado también por Mario C. S. Villa, op. c. p. 349
[21] No podemos dejar de abundar en esta robustez significante del libro especialmente, cuando se trata del siglo XIX en el que la lectura, a pesar de los índices de analfabetismo popular, va teniendo en determinados espacios urbanos y sobre todo en los segmentos de las burguesías emergentes una presencia cada vez más representativa que, aunque sociológicamente hunda rus raíces en el proceso de desamortización cultural de lo eclesial a partir del Renacimiento, tiene su eclosión durante la última mitad del setecientos; tiempo en el que se produce el gran salto de la oralidad al papel, mediante el cual, la palabra hablada, la de las tertulias de las Sociedades españolas de Amigos del País o los círculos franceses de ilustrados radicales como el del Barón D’Holbach, aunque siempre vigiladas, nunca desencadenaron especiales precauciones hasta que desde las mismas, surgieron obras escritas.
[22] Solamente hasta principios del anterior siglo XX se conseguiría en España una tasa bruta de alfabetización integral (saber leer y escribir) del 36%. Hacia el inicio de la Restauración la tasa bruta de analfabetismo integral se movería alrededor del 72% con porcentajes en algunas regiones como Galicia, Andalucía o Extremadura del 75%. Partiendo de que en los inicios del XIX la población media analfabeta española era aproximadamente del 94% se puede entender la fortaleza simbólica y la fascinación que pudo representar el libro para las clases populares españolas.
[23] Vide, Rafael de Francisco: La salud de profesores y maestros en España: Una asignatura pendiente, Madrid, Revista La Mutua, II parte, 2001.
[24] Para quien le interese engolfarse en este asunto nada inocente de las relaciones entre heterodoxias, cultura y desigualdades recomendamos la lectura de la obra de Gonzalo Pontón: La lucha por la desigualdad, Barcelona, Pasado & Presente, 2016
[25] Y a su vez, vigilado desde el poder en su uso por las minorías cultas. Frente a la inicial postura permisiva de los Reyes Católicos refrendada en 1480 por las Cortes de Toledo se interpuso la desconfianza solamente 22 años después. Estas nuevas técnicas de impresión materializadas en el nuevo formato del libro que no solo le abarataban sino que multiplicaban su lectura y difusión y en sus huecos, podían dar paso a la proliferación de heterodoxias especialmente de corte judaizante y protorreformista. El resultado de estas desconfianzas la Pragmática de 18 de julio de 1502 como primera ley de imprenta española probablemente más administrativa que ideológica/religiosa, pero sin duda, inauguradora en Castilla de un cada más fortalecido “estanco” de libros e impresos que primero será detentado por el rey para ser al hilo de la Contrarreforma compartido con la iglesia mediante una nueva Pragmática real dada en Valladolid en 1558.
Vide, José Manuel Prieto Bernabé, La seducción de papel, El libro y la lectura en la España del Siglo de Oro, Madrid, Arco/libros, 2000.
[26] Representativo de este protagonismo del púlpito como significante de la oposición libro/palabra y de la potencia/peligrosidad de la escritura, tendríamos el sermón del jesuita Álvaro Arias de Armenta repicando el Nuevo Expurgatorio (1632) del Cardenal Antonio Zapata futuro Inquisidor del reino en tiempos de Felipe III en donde se señala que:
“…el predicador o maestro de mala secta enseña en un lugar, o un auditorio, pero el libro que corre por todo el mundo enseña a todos en todo lugar. El predicador o maestro habla en tales horas, pero el libro es predicador de todas horas pues habla siempre que le queréis oír, sin que se canse…”
Cita y referencia contenida en José Manuel P. Bernabé: La seducción de papel; El libro y la lectura en la España del Siglo de Oro, Madrid, 2000, 31.
[27] Referenciados por Manuel Morán Ortí en la obra colectiva La oferta literaria en Madrid (1789-1833) Madrid, Universidad Europea, 2000,21,24
[28] El autor pudo ser el escritor y periodista costumbrista Eugenio de Tapia García (1775-1860) en su Viage (sic) de un curioso por Madrid, Imp. de Fuentenebro, Madrid, 1807,22.
[29] Más allá del libro y la lectura existe una materia prima y una tecnología. En cuanto a la materia prima, la impresión antigua basada en la utilización siempre limitada de papel de hilo, necesitó de un papel más barato y más fácil de mecanizar de manera “continúa” como sería el papel de pasta de madera. Este tipo de papel continuo era el utilizado por las famosas Impresoras Robert, inventadas en 1799 por el ingeniero militar francés Louis Robert e introducidas en España aunque, a un ritmo muy limitado, a partir de 1840 y, a la que sucederá la máquina Picard hacia 1857 con una mejor calidad de papel que supondría en los años próximos a La Gloriosa un parque nacional de 108 máquinas con una presencia mayoritaria en Barcelona de 61 unidades (Botrel,1993, 190)
Con respecto a lo tecnológico ya, desde 1820, se iría dando un lento pero sostenido proceso de sustitución de las prensas artesanales por las mecánicas accionadas primero por el obrero y a partir de los años 60 por el vapor y el gas, pero manteniendo la cohabitación con la tradicional prensa a mano y muy concentradas en Barcelona y Madrid siempre presentando proporciones muy inferiores a otros países del entorno. Según nuestros datos al hilo de 1870, puede que no existiesen en España más de 50 prensas mecanizadas mientras que solo el París de la época se llegaría a superar con holgura las 300 máquinas.
Vide, Jean-François Botrel, Libros, prensa y lectura en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1993, principalmente pp. 179 a 262.
[30] Sobre este particular son muy aclaradores los comentarios que el tipógrafo socialista José Morato (1864-1938) expone en su obra: La cuna de un gigante, Historia de la Asociación General del Arte de Imprimir (Madrid, Establecimiento de José Molina, 1925) a propósito del despegue de la edición y de la lectura en el último cuarto del XIX, debida no solo al clima político sino además al progreso social y económico con unos medios de comunicación más modernizados, un servicio de correos modernizado y una “mayor sociabilidad” (J. Morato, op. c. p. 568)
Vide, comentario también realizado por Jean-François Botrel, Libros, Prensa y Lectura en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación Germán S. Ruipérez, 1993,179
[31] Agustín Escolano Benito: Historia ilustrada del libro escolar en España, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997,51 y ss.
[32] Generalmente atribuido al prolífico poeta y político liberal Manuel José Quintana (1772-1857) pero que en realidad sería obra colectiva de otros cinco participantes más
[33] Vide, Rafael de Francisco: La salud de profesores y maestros en España, Madrid, Revista la Mutua, II parte, 2001 pp., 33 y ss.
[34] Referencias contenidas en Rafael de Francisco, op., c. p. 35-36
[35] La obra de referencia serían sus tres tomos de La Instrucción Pública en España, publicada en 1855 (Madrid, Imprenta de la Escuela Normal de Sordo-Mudos)
[36] Calderera M. (1860) Principios de Educación y Métodos de Enseñanza y reseñado también por Julio Ruiz Barrio (1996) La Educación en España, Textos y documentos, p. 158.
Vide, Rafael de Francisco, op., c. p. 36
[37] La metodología pedagógica del profesor suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) sería introducida en España durante el reinado de Carlos IV de la mano de Godoy mediante la RO de 23 de febrero de 1805 y paradójicamente dirigida a la educación de los hijos de las élites del momento. El soporte básico de este modelo pedagógico se centraba precisamente en el maestro frente al texto escrito acompañado de una especie de psicología del “hacerte a ti mismo”. Nosotros hemos tenido siempre una cierta desconfianza hacia estas metodologías como la pestalozziana del “hacerse a sí mismos” que siempre nos han recordado estrategias de aculturación a lo Rudyar Kipling, pensadas para la formación de los cachorros de las oligarquías. Frente a esto, probablemente lo que se intentó construir desde algunos sectores del socialismo/anarquismo fue una pedagogía fraterna del hacerse con los otros; del construir identidades solidarias y acultural desde y con la clase obrera.
[38] Uno de los pedagogos ligados a la ILE que más relevancia tuvieron en este planteamiento crítico sobre el libro escolar sería el ya citado Pedro de Alcántara (supra, nota 454) a través de varios escritos y especialmente en su Compendio de pedagogía teórico-práctica, Madrid, Imprenta de la Vdª de Hernando, 1891.
[39] Entre estas estrategias de sustitución tendríamos la de la transferencia del libro a la prensa obrera, al folleto e incluso, a lo que algunos especialistas como Gonzalo Santonja (1993) llamará “novela revolucionaria de kiosko” y, todo ello, fortalecido/hilado desde la palabra de los “maestros y misioneros” (como diría Tiana Ferrer, 1985) del militantismo obrero.
[40] Que no necesariamente fueron núcleos fabriles urbanos y como apuntara Juan Díaz del Moral (1870-1948) en su obra “Historia de las agitaciones campesinas andaluzas” (1929) en algunas regiones agrícolas andaluzas como ocurriría en poblaciones cordobesas a finales y principios del siglo el interés por la instrucción y la lectura – aunque ésta tuviese inicialmente un contenido más social que cultural – en el proletariado rural sería inmensa
“…En el campo, en los albergues y caseríos,, donde quiera que se reunían campesinos, a las habituales regocijadas conversaciones de variados asuntos había sucedido un tema único, tratado siempre con seriedad y fervor: la cuestión social. En el descanso del trabajo (los cigarros) durante el día, y por la noche, después de la cena el más instruido leía en voz alta folletos o periódicos, que los demás escuchaban con gran atención (…) se leía siempre; la curiosidad y el afán de aprender eran insaciables; hasta de camino cabalgando en caballerías, con las riendas o cabestros abandonados, se veían campesinos leyendo; en las alforjas, con la comida, iba siempre algún folleto. Es incalculable el número de ejemplares de periódicos que se repartían: cada cual quería tener el suyo. Es verdad que el 70 u 80 por 100 no sabían leer; pero el obstáculo no era insuperable. El entusiasta analfabeto compraba su periódico y lo daba a leer a un compañero, a quien hacía marcar el artículo más de su gusto; después rogaba a otro camarada que le leyese el artículo marcado, y al cabo de algunas lecturas terminaba por aprenderlo de memoria y recitarlo a los que no lo conocían. ¡Aquello era un frenesí! Aunque los favoritos eran Tierra y Libertad, El Corsario, El Rebelde, La Anarquía y El Productor, se buscaban y recibían números de toda la prensa ácrata española y algunos de la americana. Se leían libros y folletos de los maestros del anarquismo. Bakunin, Kropotkine, Reclus, Malato, Malatesta, Faure, Grave, Most, Mirbeau, y los españoles Anselmo Lorenzo, Federico Urales, Soledad Gustavo, Ricardo Mella, Leopoldo Bonafulla, José Prat. J. López Montenegro…”
Vide, op. c. en la versión de Alianza Editorial pp., 190-191
[41] Espacio curricular difuso pero en el que nosotros colocaremos la urbanidad y la higiene como herramientas concretas de aculturación socio/bio/políticas
[42] Así en artículo 74 del Reglamento de las Escuelas Públicas de 1838, se imponía que las muestras para escribir debían:
“…contener solamente, cosas útiles a los niños; dogmas, o preceptos de religión; buenas máximas morales; hechos históricos dignos de imitación; reglas gramaticales de ortografía y de urbanidad…”
Vide, Referenciado también por Jean-Louis Guereña, 2005,46.
[43] Estas intoxicaciones y adulteraciones incluso en los manuales de geografía y a veces, como hemos visto de escritura (supra, nota anterior) han recorrido diabólicamente y de diversas maneras toda nuestra historia del libro escolar llegando hasta nuestros días, en los que por ejemplo, en los textos escolares de geografía e historia editados o inculcados en las últimas décadas por el Gobierno Autonómico de Cataluña, difícilmente se encuentran referencias a la palabra España.
[44] Bajo la denominación genérica de catecismo –y cartilla – no solamente se contemplaba la temática religiosa sino un modelo pedagógico que hacía difícil el diálogo entre maestro y alumno haciendo de cualquier materia curricular un dogma inapelable tanto para las cartillas del ideario trentino como las republicanas y positivistas Así existieron catecismos higiénicos, históricos, políticos o agrícolas durante todo el XIX, aunque su utilización con contenidos laicos, sobre “artes y ciencias útiles” arrancaría del XVI con una considerable presencia en el XVIII que, experimentaría una patente robustez en el ochocientos. Una muestra de catecismos laico/sociológico lo constituiría la publicación en 1886 del primer volumen del Catecismo positivista (1852) de Comte, traducido por Antonio Zozaya en 1854 (San Sebastían, Sociedad General Española de Librería)
Vide, Margarita Hernández Laille: Darwinismo y manuales escolares en España e Inglaterra en el siglo XIX, UNED, 2010, 126-128
[45] Por ahora no contamos – o no conocemos – con estudios comparativos solventes en relación con las diferencias entre la escuela eclesial española y la pública/civil. A partir de algunas lecturas y consultas intuimos que en la escuela pública y sobre todo, por mor de la bonhomía, mentalidad – en general, aculturados desde el poso liberal de las Escuelas Normales- y dedicación de maestros y maestras se intentó, a pesar de la época, una enseñanza discretamente desideologizada en el sentido del ideario católico ultraconservador, pero a la vez, imbuidos y celosos de la necesidad de inculcar en los niños emocionalidades cívicas y patrióticas acompañadas de constantes pero discretas moralidades laico/religiosas; aspectos éstos, que posiblemente nunca fueron entendidos por unos dirigentes obreros para los que la patria era el patrón, y los políticos y generales que mandaban a sus hijos a combatir en las colonias. Como hemos apuntado, nos falta información, pero posiblemente esta especie de resistencia tanto a la presión de las instituciones escolares oficiales como a las eclesiales reforzadas por el Concordato de 1851, sería el resultado de los flecos dejados por la saga de pedagogos del liberalismo gaditano y del trienio como Manuel José Quintana, Pablo Montesinos (1781-1849) o Gil de Zárate (supra, p. 244) que, en ocasiones como en el 68, y posteriormente con la ILE, mantuvieron viva simientes pedagógicas laico/democráticas que en años paralelos y posteriores fructifican en los ateneos obreros, la Escuela Moderna o la escuela de la República. Frente a una pedagogía de catequesis y severos castigos, de clérigos y monjitas sin preparación adecuada en general – con la excepción de jesuitas, escolapios, curas del Ave-María y frailes de La Salle –
Sobre si el maestro de la escuela del liberalismo español se apuntó o no, a los designios o instrucciones del poder gubernamental/eclesial, que razonablemente habrá que pensar que en muchas ocasiones sí, la clave residiría en considerar desde que situaciones se desenvolvió la vida cotidiana y profesional
de maestros y maestras españoles que no fue otra, que el de su miserabilismo psicosocial y material. En lo psicosocial su constante presión y vigilancias desde el caciquismo local y el párroco del lugar; en lo material su dependencia del alcalde y de los presupuestos municipales para el cobro de sus menguados haberes con integridad o en un tiempo adecuado – que no acabaría hasta 1901 – a lo que habría que añadir, la escasez y deficiencias espaciales, higiénicas y de material escolar. Aunque habría sin duda maestros “resistentes”, no se les podía obligar a todos, unas heroicidades que agravarían aún más sus precariedades.
Por el contrario, la escuela tutelada por el clero, indiscutiblemente transmisora de una pedagogía ultraconservadora contó en general con unos medios presupuestarios, materiales y espaciales que la convertirían, sobre todo en las ciudades, en un atractivo o a lo menos necesario e imprescindible recurso educativo para las clases populares A todo esto, hay que añadir que la escuela y la educación de la juventud en general, supuso para la Iglesia poder y riqueza, en un tiempo histórico en que se veía amenazada por nuevas corrientes ideológicas y científicas, con el añadido de un potente inconformismo social. Los recursos tanto de la escuela parroquial como sobre todo de las de las abundantes órdenes y congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza que combinaron con gran habilidad la caridad con los negocios, siempre fueron superiores a la mezquindad presupuestaria primero de los Ayuntamientos y a partir de los primeros años del XIX, del Estado.
Vide, Rafael de Francisco: La salud de maestros y profesores en España: Una asignatura pendiente, Madrid, Revista La Mutua nº 5, 2001.
Rafael Altamira: Problemas urgentes de la primera enseñanza en España, Madrid, Imp. del Asilo de Huérfanos del S. C. de Jesús, 1912
Jean-Louis Guereña: El alfabeto de las buenas maneras, Madrid, Fundación Germán S. Ruipérez, 2005
Agustín Escolano Benito: Historia ilustrada del libro escolar en España, Madrid, Fundación Germán S. Ruipérez, 1997
[46] Un destacado pedagogo del entorno krausista como Fernando de Castro (1814-1874) introduciría por primera vez El Quijote como libro escolar en una versión adaptada en 1873,
Vide, El Quijote de los niños, Madrid, Imp. de Fermín Martínez García, 1873.
[47] Este autor, quizá el primero, publicó en 1881 un librito con el rótulo Educación intuitiva y lecciones de cosas
[48] Las gentes de la ILE herederos en parte del modelo pedagógico de Pestalozzi y Fröbel se les puede considerar a su vez, precursores de la conocida como Escuela Nueva: la de los Dewey, Decroly, Montessori, Coussinet y tantos otros pedagogos, que se revolvieron, desde los finales del XIX contra la tiranía del libro de texto – a su uso canibalizador de la enseñanza – y su consecuente derivada, como secuestro de la palabra del maestro a lo que se uniría, una gran desconfianza hacia el potencial reflexivo del niño. En suma, una pedagogía de lo que el niño debe vivir, experimentar y hacer, frente a la insistencia desde el relato que instaura la Ley Moyano en el “creer”. En moralidades y saberes impuestos desde las ortodoxias hegemónicas y no, desde el convencimiento y la libertad.
[49] La filosofía educativa de las gentes de la Institución aparte de su carácter intuitivo y del potentísimo peso que tuvo en ella, la naturaleza, la ciudad, la tierra y el cuerpo, como una pionera cultura ecológica/educativa que uniría por primera vez en nuestro país “carne y piedra” (otra vez más, recordando a Richard Sennet, 1994) supuso a su vez, una imperiosa y continua voluntad en la defensa de la libertad de la ciencia a la que se añadiría su constante lucha contra la potente corriente neocatólica de recuperación de valores y prácticas de una sociedad estamental que ni siquiera, quería aparentar o esconderse bajo ningún “gatopardismo” Un combate en el que la educación desde las ciencias positivas podía constituir la herramienta fundamental en la lucha contra el oscurantismo. En esta trayectoria en el número inaugural del BILE (7 de marzo de 1877) se citaba la conferencia de Salmerón titulada “La crisis religiosa contemporánea” (Paris, 6 de febrero de 1877) para continuar en el año 1879 incluyendo referencias a las conferencias dadas en el Ateneo de Madrid por Urbano González Serrano la moral positivista (BILE del 30 de abril) y años más tarde en el BILE del 30 de septiembre de 1896, presentaría varios artículos de Federico de Castro con el rótulo “El Positivismo” con referencias sustanciales a la obra de Littré y Comte. Como apoyo a las tesis darwinistas será significativo el reconocimiento de Darwin como profesor honorario de la ILE otorgado el 29 de septiembre de 1877 y el sentido homenaje que se le dedica con motivo de su fallecimiento en 1882 que será recogido en el BILE del 30 de abril de ese mismo año.
Contenidos de fondo nuestros, pero referencias al BILE anotadas por Margarita Hernández Laille: op.c. pp., 154 y ss.
[50] Un canal de investigación sobre el terreno nos lo podría proporcionar el buceo en los archivos municipales de los que con toda seguridad, se podría extraer una minería de datos mínimamente representativa de los ejemplares que componían las bibliotecas escolares. Por supuesto que existe una cierta documentación pero es, demasiado fragmentaria como para deducir de la misma una información válida para el total nacional. En esta línea tenemos anotado (con referencia primaria extraviada) algunos datos contenidos en los Archivos Municipales de Guadalajara que para el año de 1898 y su escuela de niñas nos señalan entre otros, la existencia de 34 ejemplares de las Fábulas de Samaniego; 36 de la Buena Juanita; 43 de la Guía del Artesano de Faustino Paluzie; 47 del Parnaso de los niños y 53 del catecismo de Ripalda.
[51] Y me consta por testimonios de los muchos libreros de viejo que he frecuentado, que en parte, han sido recopilaciones absolutamente personales y sin muchos apoyos institucionales. Trabajos y esfuerzos de estos pioneros de la arqueología del libro, enormemente interesantes y sin duda alguna valiosos, pero que no descienden a lo sociológico que sobre todo, supone un trabajo distributivo, una operación metodológica diacrónica que apunte a la comprensión del uso del libro como producto construido comprado y usado en un determinado espacio social. Desde el punto de vista pedagógico puede que a estas alturas, lo sepamos todo o casi todo, sobre el libro en cuanto a su inventario y relación con la política cultural, pero nos falta aproximarnos, al conocimiento de su sociológica; de su existencia como producto social.
[52] Al profesor Tiana Ferrer, se le debe considerar junto a su producción pedagógica, un pionero en la construcción de una sociología española del libro y la enseñanza a partir de su libro “Maestros misioneros y militantes. La educación de la clase obrera madrileña” (Madrid, CIDE, 1992)
[53] Un catálogo cuya explotación nos ha resultado enormemente significativa entre otras cosas por su apertura ideológica en lo que se refiere a la inclusión en el mismo de numeroso autores anarquistas o que influyeron decisivamente en el ideario libertario como XXXXX
[54] Frase representativa de la retórica falangista utilizada por José Antonio P. de Rivera en su definición de la Falange pronunciada en el mitin fundacional del 4 de marzo de 1934 en el teatro Calderón de Valladolid.
[55] Aunque con toda seguridad no pasarían por alto libros del periodo republicano como La cartilla escolar antifascista impresa en Valencia e 1937 y editada por el Ministerio de Instrucción Pública o el librito El Evangelio de la República publicado en 1932 y editado por el Instituto Samper de Madrid.
[56] Todavía recuerdo entre la rabia y el cariño a todo librero de lance, el testimonio que me dio Juan Batlle en su establecimiento barcelonés del Carrer de la Paja por los años 70, comentándome que de vez en cuando venía el “señor de la capa” y me vaciaba los estantes de los libros que quería, metiéndolos o más bien tirándolos sin ninguna consideración en unos serones de mimbres o paja que portaba un acompañante. El tal señor de la capa no era más ni menos, que un oficial de regulares, que por su cuenta o por delegación oficial, se dedicaba a estos menesteres. Por supuesto, que mi buen amigo Batlle, nunca se hubiese atrevido a solicitar algún tipo de autorización o ni siquiera documentación de la pertinencia del saqueo. Con la capa era suficiente. Años más tarde, en la emblemática Librería Fuentetaja de Madrid, pude ser testigo junto a mi querido amigo Jesús Ayuso, cómo agentes de “La Social” ya, más comedidos que el de la capa, tomaban nota de todos los volúmenes de un anaquel dedicado casi exclusivamente a publicaciones del Fondo de Cultura mexicano
[57] El Patronato de Misiones Pedagógicas (1931-1936) fue la primera institución educativa republicana – – con origen y sensibilidad institucionalista -durante el gabinete Azaña, que intentaría socializar el libro y la cultura, creado a las pocas semanas del 14 de abril y presidido por el institucionalista Bartolomé Cossío; contando con la participación entre otros de Antonio Machado, María Zambrano, Luis Cernuda, Rodolfo LLopis, Pedro Salinas y María Moliner que dirigiría a su vez, el Servicio de Bibliotecas Populares, sobre la que el ilegal Gobierno de Burgos ejercería una inmisericorde campaña – igual que con la ILE – de trituración mediante su Comisión depuradora de bibliotecas (16 de septiembre de 1937)
Vide, Xosé Manuel Malheiro: Las bibliotecas escolares en la primera década del franquismo: Entre el amanecer y la luz cegada, Universidad de la Coruña, 2016
[58] A medio camino entre la broma irónica y la nostalgia, hemos comentado con amigos, cómo a pesar de ese celo represivo del franquismo, serían los libreros de viejo de muchas ciudades españolas los que se dedicaron a revender libros y escritos, de bibliotecas privadas o de fondos, que provenían de las razias depuradoras que por arte, de la picaresca nacional, solían aparecer más tarde, tirados en el suelo del Rastro madrileño o en los Encantes de Barcelona y su mercado de San Antonio probablemente vendidos al peso por individuos relacionados con los mismos expoliadores.
[59] Por ejemplo, los trabajos y resultados inventariales del proyecto MANES de la UNED y algunos museos como el del Niño de Albacete, El museo de Berlanga de Duero (Soria) conocido como Centro Internacional de Cultura Escolar o el Museo Pedagógico de Aragón en Huesca. En líneas generales podemos decir que a pesar del ardor represivo de los primeros años del franquismo, por otra parte muy concentrado en los profesionales de la primera enseñanza, se respetó alguna institución museística, como la mayor parte de la documentación y fondos – no así a las personas – del Museo Pedagógico que pasaron al recién creado CSIC hacia 1940
[60] La relación en España, del esperantismo, “el leguaje de los anarquistas” en muchas ocasiones intensas, con el anarquismo ibérico y en general, con partidos y movimientos de izquierda constituye un capítulo no muy conocido de nuestra historia. Aparte de su fundación por el médico judío/polaco Ludovico Zamenhof (1859-1917) en 1887, su presencia internacional se vería reforzada por la aparición de la mano del anarquista francés Paul Berthelot (1881-1910) de la revista Esperanto (1905 –actualidad) que ya, en 1903 durante su estancia en Gerona organizaría la primera asociación esperantista catalana. La vinculación del esperanto con las organizaciones obreras españolas fue considerable abarcando no solo las de ideario libertario, sino las socialistas y trotskistas. Poe ejemplo, Andreu Nin sería un entusiasta seguidor esperantista y el socialista Cayetano Redondo, alcalde de Madrid durante la guerra de resistencia, asesinado en 1940 fue también un reconocido esperantista. Por otra parte, conocidos militares republicanos como el coronel Julio Mangada (1877-1946) o el escritor alemán Ludwig Reen uno de los comandantes de batallón de la Thälmann, fueron también destacados esperantistas.
[61] De todos ellos, el autor más traducido y editado en nuestro país sería Proudhon, cuyo primer escrito publicado en España fue La sanción moral (Valencia, F. Sempere, 1845) seguido de Amor y matrimonio (Barcelona, 1850) Su obra ¿Qué es la propiedad? No se publicará hasta 1880 (Valencia, F. Sempere, 1880) correspondiendo al sexenio democrático el mayor volumen de sus traducciones efectuadas además por Pi y Margall y editadas en Madrid por Alfonso Durán: El principio federativo (1868) De la capacidad política de las clases jornaleras (1869) Filosofía del Progreso (1869) Solución del problema social (1869) En el caso de Bakunin y a pesar de su gran relevancia en la constitución del anarquismo español su librito programático Dios y el estado cuya edición original en ruso fue en 1871 y en francés en 1882, no sería editada en castellano hasta 1900 por el editor valenciano Francisco Sempere.
En 1890 Pedro Dorado Montero tradujo una especie de resumen sobre la obra de diversas figuras del anarquismo internacional, entre los que figuraba los anteriores autores, de un peculiar anarquista alemán, Paul Eltzbacher (1868-1928) titulada: El anarquismo según sus más ilustres representantes (Madrid, La España Moderna)
[62] Según nuestros datos la obra de Kropotkin editada por primera vez en España fue La conquista del pan en 1893 (Madrid, Imp. de la España Moderna) La 1ª edición del Apoyo Mutuo se realizaría en 1902. Ambas obras dentro de lo que hemos venido en denominar como “ el tiempo de Lluria”
[63] Las obras de Errico Malatesta traducidas y editadas por primera vez en España fueron La Anarquía (Barcelona, Imp. de Antonio Viladot, 1901) y Entre campesinos (La Revista Blanca, 1901)
[64] En la medida que enlazaba con la “Gente peligrosa” que diría Philipp Blom (2010,2012) o los radicales de la Enciclopedia como D’Holbach, Diderot, D´Helvetius o el La Mettrie de L`Histoire naturelle de l´âme (1745) Tanto de la obra del Barón D`Holbach como la de la Mettrie no existe ningún ejemplar en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico de la Biblioteca Nacional hasta finales del siglo pasado; mientras que no nos consta la existencia de ninguna traducción al castellano de la Historie naturelle de l´âme, si tenemos alguna información (Vide, Claude Morange, Sorbonne 3, 2015) de que El sistema de la naturaleza de Holbach sería editado en castellano – por otra parte muy autocensurado – hacia 1811 bajo el rótulo de Política natural del Barón de Holbach. por otra parte, Sánchez Villa 2017 apunta la fecha de 1823 Gerona imp. de Matías de Puig e hijos en los últimos meses del trienio como la primera edición en castellano del sistema de la naturaleza. De cualquier manera parece claro que su recepción en los medios anarquistas españoles sería relativamente temprana mediante su inclusión en diferentes números de la revista anarquista Bandera social en 1885 y sobre todo, mucho antes de que fuese conocida por el lector español de manera generalizada hasta su edición en 1989 por la Editora Nacional. Lo que si hay es una temprana traducción y edición en castellano de otro escrito de Holbach que es, La Moral Universal o los derechos del hombre fundados en su naturaleza ( Madrid, Imp. de José Collado, 1812) Su original fue editado en Amsterdam en 1776.
[65] Descontando su trasfondo teologal y su intento de reconstruir el relato tomista al hilo del nuevo diseño premercantilista español/europeo, los clérigos salmantinos se aproximaron a diseños cercanos al ideario anarquista del XIX, aunque solamente fuese por su defensa de las libertades individuales frente a los poderes del soberano o del papado proclamando la universalidad y primacía de las leyes naturales.
[66] Escuelas que, aunque en principio contrapuestas; una, la de Zenón (336-264 a. C.) estoica/cínica y la de Epicuro (341-270 a.C.) hedonista, coincidirían en el protagonismo de la naturaleza en la vida del hombre tanto en lo individual como en lo social. Para Zenón quizá más político que Epicuro, planteando en su contra República modos de gobierno desde las gentes frente al poder omnímodo de sabios y soldados de la República platónica amparadora de la esclavitud y las diferencias de clase. Desde el Jardín, Epicuro, un hedonismo virtuoso y prudente anclado en la naturaleza. Ambos, apostando por la felicidad humana; la vita beata de una humanidad justa, placentera y benéfica.
[67] Ampliando estas diferencias, nos ha parecido significativo el comentario que hace Francisco de Luis a propósito de las diferencias que observa en las guías y recomendaciones de libros que se hacen desde El Socialista o la Revista Blanca. Así, mientras que desde el periódico socialista la mayoría de los libros recomendados presentan contenidos propios del militantismo obrero en sentido organicional y reivindicativo, los de la revista libertaria serán de “…divulgación, filosofía y ciencia en su más amplio sentido, desde libros de Flammarion y Reclus a los tradicionales volúmenes de los evolucionistas Haeckel y Darwin…” (de Luis: op. c. p. 29)
La nota de Francisco de Luis al citar a Flammarion, se refiere a Camille Flammarion (1842-1925) precisamente hermano del famoso editor parisino; al que aparte su actividad como un afamado astrónomo se le conoce también como un peculiar anarquista relacionado con el espiritismo
[68] Teobaldo Nieva, posiblemente algo abstracto y a veces farragoso; acompañado de una cierta ingenuidad positivista como lo hace patente el título de su escrito mas representativo: Química de la cuestión social o sea Organismo científico de la Revolución (Madrid, Establecimiento tipográfico de Ulpiano Gómez, 1886) al intentar justificar científicamente el colectivismo escribía:
“…Es ineludible, las leyes sociales no son, no deben ser más que el remedio fiel y constante de las leyes naturales; y siempre que en la sociedad, trasunto completo de la naturaleza, se trastornan o invierten las leyes naturales, hay, á no dudar, perturbación, vivimos la vida ficticia, artificial y subversiva de la arbitrariedad. Pero aún hay más: en el gran reíno de la naturaleza, ó mejor dicho, en su gran anarquía, que para el filósofo no existe más que un solo reíno, la unidad de las fuerzas; no hay ni átomo ni astro de primera magnitud que goce de existencia independiente ni soberana. Todo está en él; todo se enlaza; todo determina, induce y traduce la colectividad y la federación de colectividades; todo, absolutamente todo, hasta los elementos simples constitutivos, revelan colectivismo (…) como en el átomo humano llamado hombre…” (op. c. pp., 144-145)
En una casi desconocida carta que Tarrida del Marmol escribiría para el semanario anarquista parisino La Révolte en 1890 dirá:
“…Todos nosotros aceptamos la Anarquía como la integración de todas las libertades; y su sola garantía, como la impulsión y la suma del bienestar humano. No más leyes y represiones; desarrollo espontáneo, natural en todos los actos. Ni superiores ni inferiores, ni gobiernos ni gobernados. Anulación de toda distinción de rango; solamente seres conscientes que se buscan, que se atraen, discuten, resuelven, producen, se aman, sin otra finalidad que el bienestar común…”
Vide, Revista Reconstruir nº 78, Buenos Aires, mayo –junio, 1972 pp., 51-52
En una de sus obras y a propósito de la relación entre naturaleza, ciencia y sociedad Fernando Tarrida se expresa:
“…Las únicas leyes que no constituyen tiranía, por estar vinculadas con la Ciencia, son las leyes naturales, á las que nos hallamos todos sometidos, y sin las cuales no existiríamos. Ellas llevan consigo otros tantos derechos: han dado al hombre corazón y sentidos, originándose el derecho de amar; le han dado estómago, originándose el derecho de comer; le han dado cerebro, resultando el derecho de pensar; sensibilidad, con el derecho consiguiente de no dejarla atropellar…” (Vide, F. Tarrida: Problemas trascedentales, Estudios de Sociología y ciencia moderna, París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas, 1908, p. 151)
Anselmo Lorenzo por encargo de Ferrer y Guardia escribe un entrañable librito para los alumnos de la Escuela Moderna bajo el sugestivo título El banquete de la vida, concordancia entre la naturaleza, el hombre y la sociedad (Barcelona, Imprenta Luz, 1901) Un escrito que bajo un rótulo tan simbólicamente significativo recogía connotaciones opuestas a lo que Malthus entendería como la participación en “el banquete de la vida”; Para Malthus en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) la participación en el banquete de la vida, sería solamente posible si se “tiene cubierto” según sus habituales planteamientos elitistas y eugenésicos como antecedente del darwinismo social. Anselmo Lorenzo que, sin duda ha leído a Malthus comentaría:
“ El concepto de la vida plácidamente disipada en un banquete donde no hay puesto para todos los vivientes, y del que han de ser arrojados como intrusos los que al nacer no tienen el cubierto preparado, era insuficiente para satisfacer la conciencia de los beneficiados, y más insuficiente aún para acallar las protestas de los que, sintiendo en sí la inmanencia de un derecho que compartían por igual con todos los humanos, y con fe más intuitiva que consciente en una sociedad racional y científica, recurrían a la difusión de ideales más verdaderos y justos (…) existe el derecho a vivir al que todo ser está sujeto, y que únicamente niega el hombre cuando teoriza para justificar el absurdo y la iniquidad, y que atropella cuando explota, tiraniza y pelea(…)Todo en el Universo, desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande, puede parodiar el aforismo de Descartes: “Existo, luego tengo derecho a ser”(…) El tema del derecho a vivir no le plantea jamás la naturaleza porque le tiene resuelto de toda la eternidad; únicamente le plantea el hombre, debido a que ha hecho leyes a capricho para sancionar injusticias…”
(A. Lorenzo: op. c. pp., 7-8-9)
Ricardo Mella, con motivo de su traducción al castellano de la 2ª edición en inglés (1903) de la obra de Kropotkin La Ciencia moderna y la Anarquía (1901 en ruso) escribía:
“…viene Kropotkin a demostrar como dos y dos son cuatro, que la anarquía es la expresión sintética de la filosofía natural fundada en los descubrimientos científicos más recientes y se propone, no solo la reedificación de la sociedad, sino la reconstrucción del conocimiento (…) No es la anarquía un forzamiento de las cosas. Es el desenvolvimiento natural y continuo de todos los elementos de integración vital que están contenidos en la humanidad, trátese del individuo o de las agrupaciones sociales. No se reduce al mecanismo simplista de la existencia ordinaria, sino que abarca el conjunto de la existencia universal y se propone explicarse, en suprema síntesis, la totalidad de la vida y la totalidad de las relaciones. No es una invención, sino una verificación (…) Es verdaderamente decisiva la manera como Kropotkin establece el paralelismo entre el progreso de las ciencias, el desarrollo de las ideas y los desenvolvimientos y rebeliones populares.
Las parciales evoluciones en el dominio de la religión, en el de la filosofía, en el de las formas políticas y económicas, en el de las instituciones sociales se resuelven en una misma evolución de general tendencia hacia la libertad integral, libertad de pensamiento, libertad de acción, libertad de vida…”
Vide, R. Mella en Kropotkin: La ciencia moderna y la Anarquía, La Malatesta Editorial, La Laguna, 2005, pp., 84-85
[69] Probablemente el escrito más elaborado desde el pensamiento socialista/marxista sobre estas cuestiones estaría representado por Materialismo y Empiriocriticismo de Lenin (Moscú, 1909) que por otra parte difícilmente pudo ser conocido por los socialistas españoles de entre siglos dado que aparte su escasa cercanía y contacto con el grupo de leninistas rusos, su primera traducción del alemán tendría lugar en 1927 y al francés en 1928. Las primeras traducciones al castellano vinieron a continuación entre 1930 y 1933.
[70] Discurso en el cementerio londinense de Highgate el 17 de marzo de 1883 que sería reproducido en el periódico socialdemócrata alemán Sozialdemokrat en su número 13 del 22 de marzo de 1883. Está traducido al castellano por José Ángel Sordo, Marxist/Internet/Archive, 1999 y Obras Escogidas de C. Marx y F. Engels, Moscú, E. Progreso, Tomo III, 1981.
[71] José Verdes Montenegro y Montoro (1865-1939) sería uno de los intelectuales socialistas cuya obra remite con más fuerza que el Dr. Vera, a la relación naturaleza sociedad desde un claro sentido evolucionista que podríamos considerar incluso como protoneurosociológico. Así en su Boceto de ética científica (1904) entre otras consideraciones del mismo tenor diría lo siguiente:
“…De consiguiente, ya no cabe hablar de pacto social para explicar el origen de las sociedades, sino considerar la vida social como un hecho enteramente natural, común por igual al animal y al hombre y sin que en ello exista ningún género de artificio…”
Op. c. p. 33 de la primera edición. Imprenta de Suh,Serra y Compª, Alicante, 1904
[72] Howard Douglas Cole (1889-1959) en Historia del Movimiento Socialista, FCE, 1957-1963