CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 6
VI.- NUEVOS TERRITORIOS DE VISUALIZACIÓN DEL CUERPO, LA HIGIENE Y LA MEDICINA NAVAL-MILITAR
Otro espacio sorprendentemente olvidado por los considerados como expertos actúales en los asuntos de la salud pública y en la prevención de riesgos en el trabajo, es el de los ejércitos en general y especialmente del barco de guerra en particular. Ya, en las Siete Partidas cuyo texto se pudo comenzar a redactar hacia el 1256 durante el reinado de Alfonso X y presumiblemente hasta cerca del 1265, nos podemos encontrar con comentarios y obligaciones con respecto a las indemnizaciones por heridas de guerra, higiene y salubridad campamental y avituallamiento de los navíos de guerra castellanos (Ley II, títulos, XXIII, XXIV y XXV)[1]Con mayor precisión en lo que se refiere a las cobertura sanitaria en la mar, tendríamos una Ordenanza del rey de Aragón Pedro IV en 1359 en la que se prescribe que toda galera de la corona aragonesa debe incluir en su tripulación un médico o barbero[2]Yendo más atrás en el tiempo, nos encontraríamos con la obra de Vegecio, De Re Militaria (finales del siglo IV d. C.) en donde entre otras consideraciones, podemos leer:
“…un negocio muy importante será impedir que el soldado que ha de soportar la guerra, tenga también que soportar la enfermedad…”[3]
Más otros reveladores comentarios en cierta medida de índole psicosocial, que nos indican la adelantada holgura con la que la cultura militar romana contemplaba la salud de sus soldados como indicaría, la rotulación del título XIII del ya apuntado capítulo II:
“Han de investigarse las disposiciones de ánimo en que se encuentran los militares antes del combate”[4]
Parece claro que, este asunto de la salud del soldado y marinero era, nos lo recordaba Vegecio “un negocio” homologable al de la minería en el que estaba en juego el poder y la supervivencia del Imperio. De igual forma, la continuidad y éxito de la Reconquista ibérica determinaría que precisamente fuese en la Hispania cristianizada[5] y desde el siglo XII se estableciesen instalaciones hospitalarias propias del soldado diferenciadas de la red asilar de hospederías y hospitalillos monacales como, lo puede atestiguar, la creación del Hospital militar de Toledo hacia el 1172[6] Curiosamente, cuando finaliza la Reconquista y después de la considerable estrategia militar sanitaria de los Reyes Católicos[7] se aparcaría durante casi un siglo[8] hasta que se produce la gran aventura político/económica de las Guerras de Flandes[9] (1568-1648) con la fundación del gran hospital militar permanente de Malinas en 1589.
Nuestro interés en este asunto de la higiene y medicina militar no es otro que el de poner de relieve – y por supuesto insistir una vez más – en la profunda relación entre los basamentos sociales, políticos y económicos y la formulación de dispositivos biomédicos en determinados territorios productivos o político/productivos, como sería el caso de los ejércitos. Decíamos en nuestro escrito sobre La medicina e higiene militar en los siglos XVIII y XIX (2006,129 y ss.) que en un siglo como el XVIII pleno en contradicciones, el soldado y el marino al igual que los trabajadores de la época, fueron seres miserabilizados que vivieron su paso por las diferentes unidades del ejército o navíos de la Armada como, de las factorías, atarazanas y arsenales, en extremas condiciones de higiene y de miseria tanto física, como psicológica, alimenticia y económica aunque, probablemente como nos recuerda el historiador militar D. Fernando Puell de la Villa[10] habían nacido y vivido en chozas y nunca habrían conocido lo que es, dormir en una cama y tener asegurada al día una hogaza de pan. A pesar del optimista criterio de nuestro buen amigo el coronel Puell, las clases de tropa y la marinería del setecientos constituyeron un contingente humano tremendamente miserabilizado[11] – a veces compartido con los propios oficiales – como lo atestiguan los numerosos comentarios y testimonios de la época que van desde un informe del Inspector General de Infantería (1726) hasta autores críticos como León de Arroyal, Picornell o el paradójico Melchor de Macanaz[12].Miseria sobre cuerpos sobre los que se edificaba la productividad de la Corona y la quebradiza riqueza del Estado. Un escenario mercantil/estamental formado por soldados, campesinos, jornaleros urbanos, vagabundos, esclavos de minorías moriscas y marginados; en general, una masa humana de súbditos amortizados, que integraron los recursos humanos de la maquinaria militar, naval y obrera del reino dando lugar, a un continuo poblacional desde el que se formaban nuevos regimientos, se construían poderosas naves para la Armada y se creaban numerosos astilleros, maestranzas o atarazanas[13] junto a las manufacturas y empresas de la realeza o la nobleza. Pero sin embargo, esta muchedumbre depauperada de soldados y trabajadores sería durante todo el siglo, un recurso problemático y escaso. Ni la las contínuas levas de quintos y marginados junto a la ya, esquilmada “matrícula del mar” para la Armada, ni el recurso a la contrata de soldados extranjeros[14] paliaron esta escasez en un siglo maldecido por una actividad bélica desmedida y desproporcionada con los recursos del país que, por otra parte, como apunta el citado historiador militar Fernando Puell[15] no ocasionó una abultada mortandad estrictamente bélica; solamente en todo el setecientos alrededor de 10.000 muertos aunque, sin duda, sobre un panorama morbígeno fuertemente cronificado de bajas, inutilidades y enfermedades, producidas por la miseria el hambre y las condiciones higiénicas.
De cualquier manera y por paradójico que resulte, será en este marco de carencias cuando se organizan siguiendo nuestro peculiar modelo de respuesta ante las contingencias – solamente cuando truena Santa Bárbara[16] – estrategias para intentar conservar y mantener en un mínimo razonable de salubridad y fortaleza física a estos contingentes humanos de soldados y marinos tan difíciles de reclutar y tan escasos, iniciándose la constitución de la medicina militar y la cirugía[17] de campaña terrestre y naval a modo y manera de una estrategia relativamente organizada y regular desde el Estado, o en este caso, de una monarquía medio absoluta medio ilustrada, que la podemos considerar como una especie de inaugural medicina pública en España con casi un siglo y medio de antelación a los dispositivos administrativos que señalaría la futura legislación sanitaria de 1853 y por supuesto, de la medicina laboral y del trabajo representada por las leyes Dato de 1900
A partir de un basamento legislativo apropiado que pudo partir de las Ordenanzas de Flandes (1702) estipulando la presencia de un cirujano por batallón[18] y de las posteriores disposiciones reales: Real Ordenanza de 1704; Instrucción de hospitales de 1708, Ordenanza de Felipe V sobre Sanidad Naval de 1728, se constituyó un entramado operativo desde el que, se podría considerar cómo durante el setecientos, se fue constituyendo un panorama asistencial en que fundamentalmente y, desde la práctica, de los humildes y sacrificados cirujanos[19] de la Armada, que nosotros la consideramos no solo una antesala de lo que siglos más tarde llamaremos “medicina de empresa”[20]sino además y, como otro indicador, constituyente de las medicinas e higienes públicas en la medida en que, estas prácticas asistenciales no se limitaron a la cobertura de la salud de la alta oficialidad sino a toda la tripulación[21] sin distinción de empleos y, todo ello, dentro de un panorama en el que la cobertura médica de la población civil sería extraordinariamente menor[22]
El cierre y acompañamiento de esta nueva cultura militar estuvo además acompañada y fortalecida por la presencia de una literatura médico preventiva en ocasiones pionera, con relación a la civil o, a lo menos paralela. Escrituras no solamente derivada de traducciones de autores extranjeros sino de factura nacional, que irían alimentando y constituyendo un importante corpus teórico para la constitución de la Medicina e Higiene Pública en nuestro país.
La recepción en España de escrituras modernas de higiene y medicina militar/naval se iniciaría según nuestras notas a partir de la traducción de autores extranjeros como el médico neerlandés Gerard van Swieten (1700-1772) del que se traduce por el cirujano de infantería Agustín Arguello y Castrillo su: Descripción compendiosa de las enfermedadesmás comunes del exercito (Madrid, imp., de Ibarra, 1761) seguido de la traducción de la Instrucción militar del Rey de Prusia a sus generales (Madrid, Ibarra, 1762) por Benito Bails [23] Unos años más tarde se traduce (Madrid, Pedro Marín, 1775) por Juan Galisteo y Xiorro (el traductor de Tissot) el emblemático escrito del médico militar escocés John Pringle (1707-1782) “Observations on the Diseases of the Army…”(1752). En 1780, se publica un resumen de dos libros del médico militar británico Donald Monro (1727-1802) con el rótulo: Ensayo sobre el método de conservar la salud de los soldados en campaña y de dirigir los hospitales militares traducido por Rafael Elerker y Manuel Fernández Barea (Madrid, Imp., de Pedro Marín, 1780) Ya entrados en el XIX nos encontramos con la traducción entre 1804 y 1805 (Madrid, Imprenta de Repullés) por Rafael Urbiquiaín y Múxica de los tres volúmenes de la Medicina Militar del médico francés Jean Colombier (1736-1789) más un interesante libro titulado La Higiene Militar o Arte de conservar la salud del soldado en todas sus situaciones en mar y tierra …sacada de los autores más clásicos, (Madrid, Imprenta de Villalpando, 1808, con una 2ª ed., de 1822) y obra de un desconocido recopilador que firma D. L.A.P.[24]
Sobre las obras – como en el caso del portugués Ribeiro Sánches – en las que se vierte información sobre higiene militar dentro de escritos de higiene pública recepcionados en España por estas épocas, debemos destacar por su importancia a tres autores: Uno al escocés William Buchan (1729-1805) que en el II capítulo de su “Domestic Medicine” (1769) y dentro de la temática general de la “salud de las profesiones” trata de las enfermedades de soldados y marineros comentando:
“…El soldado en tiempo de guerra, se puede numerar entre los oficios laboriosos, porque sufre muchas fatigas por la inclemencia de las estaciones, largas marchas, malas provisiones, hambres, vigilias, climas enfermizos y aguas dañosas. Esto les produce fiebres, fluxos, reumatismos y otras enfermedades fatales que hacen más estragos que la espada…” Vide, Bucham, Medicina doméstica, Madrid, Imprenta de Antonio Sancha, 1785, 50; anotado además R. de Francisco, 2006, nota 68.
Otro, el ya citado Emmanuel Fodéré (supra, nota 214) que en su voluminosa obra en 8 tomos dedicaría el IV, VII y VIII a comentar diversos aspectos de la salud y enfermedades del soldado que irían desde el tratamiento de las heridas por arma de fuego hasta las patologías psicosociales.
Y el tercero, otro médico francés Etiènne Tourtelle (1756-1801) que en el Tomo I de sus Elementos de Higiene[25] expondrá diversas medidas para la salubridad de campamentos, navíos y hospitales (1818, pp., 273-296)
Como autores nacionales de textos centrados en la prevención de enfermedades en los ejércitos y la marina tenemos el médico guipuzcoano Vicente de Lardizábal Dubois (1764-1814) que posiblemente no sería un médico militar[26] con dos obras relevantes para la prevención de las patologías carenciales en la mar: Consideraciones político-médicas sobre la salud de los navegantes (Madrid, oficina de Antonio Sanz, 1769) y Consuelo de navegantes (Madrid, oficina de Antonio Sanz, 1772) y Francisco Bruno Fernández con el Tratado de las epidemias malignas y enfermedades particulares de los exercitos, Madrid, Juan Antonio Lozano, 1776. En 1805 Pedro María González Gutiérrez (1760-1839) un médico y naturalista formado en el Colegio de Cirugía de Cádiz, publicaría su Tratado sobre la conservación de la salud de la gente de mar, sus causas y medios de precaverlas (Madrid, Imprenta Real, 1805) La trayectoria profesional de este médico militar adscrito al Consulado del Mar gaditano se movería entre la medicina naval y la medicina civil, siendo un ejemplo de cómo los médicos militares contribuyeron con sus escritos e investigaciones al desarrollo de estrategias preventivas en el campo de la higiene y salud pública. Así, en 1801 publicaría un escrito[27] relacionado con la epidemia de calenturas malignas que sufrió Cádiz en 1800 y ya, en la expedición en la fragata La Esperanza rumbo a Turquía (1797) en la que embarcaría como médico cirujano, el Consulado del Mar de Cádiz le encomendó un estudio sobre la peste de levante para poder utilizar sus conclusiones con vistas a las estrategias pertinentes de prevención para los puertos españoles.
Entrados en el XIX y durante la Guerra de Independencia [28]– y posiblemente debido al descenso del protagonismo naval español después de Trafalgar (1805) – los pocos escritos de autores españoles[29] sobre higiene y medicina militar se centraron en aspectos relacionados con la salubridad y organización hospitalaria y el control de brotes epidémicos[30] desde una elevada permeabilidad entre lo civil y militar posiblemente, con la excepción de un libro específico de Higiene Militar redactado por Francisco Bonafón y de la Presa[31] En esta línea se situaría también el eminente y prolífico médico militar Manuel Codorniú y Ferreras (1788-1857) que participaría junto con Mateo Seoane (1791-1870) en la jefatura de la Inspección de Sanidad del Ejército del Norte siendo nombrado director general de la sanidad militar en 1847. A Codorniú se le puede considerar como el principal promotor de la cultura sanitaria médico/militar del liberalismo español[32] con su Reglamento de 1846 y la novedosa promoción de las Academias médico-militares en todas las Capitanías Generales acompañadas de la creación de la Biblioteca Médico-Castrense en 1851 Sus escritos más relevantes fueron por orden cronológico:
1820.- Historia de la salvación del ejército espedicionario de Ultramar de la llamada fiebre amarilla, y medios de evitar sus funestos estragos en lo sucesivo (Puerto de Santamaría, Imp., de D. Ramón Nemesio Quintana, 1820)
1833.- Último resultado de todas las observaciones que hasta el presente se han hecho del cólera morbo, con relación a su modo de propagarse, causas, síntomas, diagnóstico, método curativo y medios de evitarla (Madrid, Imp., de Fuentenebro, 1833)
1838.- El Tifus castrense y civil, ó sea historia, descripción, etiología, diagnóstico, naturaleza y tratamiento del tifus endémico y epidémico, y medios para de preservar de él á los ejércitos y á las poblaciones (Madrid, Imp., que fue de Fuentenebro, 1838)
Lo relevante de todo este esfuerzo teórico representado por lo que nosotros denominaríamos como el modelo Codorniú/Bonafón de la cultura sanitario/militar española del ochocientos consistiría en que, existiendo sin duda un paralelismo con las estrategias que comenzaban ya, a desarrollar los representantes del higienismo industrial como, Monlau, Salarich o Partagás, en lo que se refiere a la incorporación de dispositivos de aculturación psicosocial a los estrictamente médico/higiénicos de forma y manera, que dichos retazos de moralización y control de mentalidades y comportamientos fuesen, los adecuados para los intereses que necesitaban las burguesías del moderantismo isabelino para la fijación del nuevo orden de la sociedad del capital, algunos de estos médicos militares moviéndose por supuesto en un escenario tan sensible como era, el del numeroso colectivo de jóvenes que mayoritariamente estaban avocados a engrosar las filas del subproletariado rural o, en el mejor de los casos del obrerismo fabril, plantearon el enfoque doctrinario/moralizante, a diferencia de otros sectores[33], desde diseños infinitamente más discretos y razonables[34]Por supuesto toda la disciplina necesaria pero como señalara Bonafón en su Higiene Militar sin que “falte nada al soldado” (1849,34)
En esta dirección se situaría la significativa gavilla de médicos militares que colaboraron o participaron en estos senderos médico preventivos y terapéuticos catalizados a través del impulso médico pedagógico promovido por Codorniú a mediados del XIX que iban desde el tratamiento de las heridas de fuego hasta el manejo de la oftalmía purulenta del soldado que bien puede ser considerado como un claro enfoque de enfermedad profesional[35]
En este elenco de médicos y aportaciones nos gustaría citar junto al ya referenciado Fernando Weyler a:
Alberto Berenguer y Frenells: Influencias que esperimentan (sic) nuestros soldados por el tránsito de la vida civil a la militar, y reglas higiénicas que les convienen, Madrid, Imprenta de M. Giménez, 1851
Mateo Zaballa: Memoria sobre la disentería castrense, Madrid, 1851
Félix de Azúa: Ensayo sobre las heridas, Zaragoza, 1851
Sebastián Cabanes: Comunicaciones del jefe de sanidad militar de la Capitanía General de las Islas Canarias, relativas a la aparición del cólera morbo epidémico en la ciudad de las Palmas, Madrid, 1851.
Ramón Hernández Poggio: Medicina y cirugía de los campos de batalla, Madrid, Imp. de Gómez Fuentenebro, 1853; Estudios clínicos sobre el cólera-morbo epidémico hechos en el Hospital militar de Valencia, Valencia Imp., de José Matéu, 1856; De la aclimatación en Canarias de las tropas destinadas a ultramar, Madrid, Imp., de Gómez Fuentenebro, 1867; Tratamiento de las heridas por armas de fuego, Madrid, Imp., de Gómez Fuentenebro, 1872.
[1] Vide, Rafael de Francisco: La medicina e higiene militar en los siglos XVIII y XIX: una olvidada medicina del trabajo, Madrid, Revista La Mutua, 2006.
[2] Vide, José Mª Massons: Historia de la sanidad militar española, 1994; Rafael de Francisco: op. c., 2006
[3] Vide, Flavio Renato Vegecio- De Re Militaria, trad., española de José Belda, Madrid, Ed. Hernando, 1929, 203
[4] Vide, Vegecio: Op. c. p. 254 y ss; también R de Francisco, 2006
[5] No tenemos claro si en la Hispania musulmana existieron instalaciones hospitalarias de clara finalidad militar aunque, de alguna manera lo intuimos, dado el avance y calidad de la red hospitalaria del Ándalus ibérico integrada por los denominados “bimaristan” o “maristán” en donde se practicaba, una medicina y cirugía ejercida por profesionales altamente cualificados desde el siglo VIII y que junto a la heredada de Damasco terminaría construyendo el núcleo fundacional de la cultura asistencial de la Europa cristiana con la formación de la Schola Salernitana a finales del siglo XI
[6] Massons, op. c., 1994, se referirá a este hospital como el primer hospital militar europeo y, como siempre, olvidándonos que existieron otras Europas aunque fuesen fronterizas. Un poco de la misma manera, en que en los desfiles conmemorativos de nuestras fuerzas armadas, se olvida que también los soldados del Ejército Regular de la II República forman parte de la historia militar de nuestra patria y, que también, existieron otras Españas.
[7] Con la fundación de varios hospitales y enfermerías al estilo de los “valetudinarium” legionarios, incluso antes de la guerra de Granada como sería el caso, del Hospital móvil de Toro en 1476 con ocasión de la campaña contra Alfonso V de Portugal que apoyaba a Dª Juana de Castilla apodada maliciosamente como La Beltraneja o, los posteriores hospitales de San Sebastían en Álora (1484) o los de Granada en Gozo (1491) y el hospital de la Reina en Santa Fe (1492)
[8] Con la excepción de la creación del Hospital de Laborantes (1563-1599) por Felipe II a propósito de la gran accidentalidad experimentada por los jornaleros que construían el Monasterio del Escorial
[9] Tiempo que en nuestra opinión será decisivo para el inicio de una suerte de cultura médico/sanitaria – o, quizá mejor, quirúrgica/sanitaria – española en los que se refiere a los contingentes terrestres y en donde sorprendentemente, aparecen comentarios médicos y dispositivos de control de patologías del soldado muy cercanas a las neurosis de guerra que diagnosticara en nuestra guerra civil nuestro olvidado Dr. Emilio Mira y López uno de los grandes profesionales de la psiquiatría militar española que sería el Director del Servicio de Psiquiatría del Ejército Regular de la República; Vide, Emilio Mira: La psiquiatría en la guerra, Buenos Aires, 1944.
Vide, Rafael de Francisco, 2006, pp., 127 y ss.
[10] Fernando Puell de la Villa: El soldado desconocido, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996
[11] Sin ser ni de lejos un “austracista” siempre hemos considerado que los ejércitos de los Borbones sustituyeron al “señor soldado” de los Tercios de Flandes – un conglomerado militar sobre el que últimamente y, aparte del Eduardo Marquina de “En Flandes se ha puesto el Sol”(1910) – probablemente, se ha fantaseado en demasía – por un soldado miserabilizado y sobre todo forzado, que puede suponerse como una mímesis del obrero de la manufactura, la mina, el arsenal y las obras públicas y/o suntuarias de la nueva monarquía borbónica: Unos ejércitos siempre, escasos de personal voluntario y, a duras penas integrado por jornaleros del campo sin trabajo, protoproletariado urbano, vagamundos, mercenarios y presidarios que, mantendrían unos niveles de salud tan precarios como los del resto de las clases populares españolas; y eso, a pesar de que la política de recuperación de los hospitales militares de Ensenada (1744) pudo determinar una cobertura hospitalaria seguramente menos deficiente que la ofrecida en establecimientos civiles. Contando siempre con un pertinaz hábito administrativo español, consistente, en alterar o modificar según conveniencias o, incluso, por pura desidia datos e información primaria, parecería a primera vista que las raciones alimentarias en algunos hospitales militares de finales del setecientos – y a pesar de su posible carácter iatrogénico por la carencia de frutas y verduras – se podrían considerar a tenor de la época, como pantagruélicas. En 1794 la ración estándar en los hospitales de la Armada era de 340 gr de bizcocho blanco (galleta de harina sin salvado) más media gallina o 450 gr de carnero y en los hospitales del ejército – siempre con una mejor intendencia – el desayuno solía consistir en un tazón de caldo y como almuerzo, un puchero conteniendo siempre 344 gr de carnero o 459 gr de vaca más, 574 gr de pan y nada menos que 1 litro de vino. La razón de los oficiales era verdaderamente increíble; dos huevos cocidos, almendras pan y vino como desayuno; Almuerzo y cena puchero pero con 459 gr de carnero y 574 gr de vaca, a lo que habría que añadir 688 gr de pan y medio litro de vino. Si comparamos estos datos con los niveles de alimentación de la población civil tendríamos que el consumo de carne promedio no pasaba en la mayoría de las capitales de provincia no pasaba de los 30 gramos y solo en ciudades como Madrid o Bilbao se podía llegar a los 70 o 100 gramos y en los mejores casos y en familias con un cierto acomodo se podría llegar a superar los 300 gr por persona y día (Ref. en Massons, 1994,I,230 y Palacio Atard, 1998, 51) En una interesante y no muy conocida encuesta – especialmente por nuestros colegas de la Academia Sociológica – promovida por Campomanes – otro de nuestros protosociólogos fronterizos – se escribe que los mejores niveles alimentarios se darían en dietas persona/día compuestas por dos libras de pan , algo más de media libra de vaca (unos 230 gr) casi 100 gr de garbanzos y 60gr de tocino con alguna verdura (Ref., en Bennassar, 1989, II, 83) y Vicente Palacio Atard (1998, 52) comentaría como en la casa de un funcionario acomodado disfrutando de un sueldo anual de 25.000 reales el consumo de carne diario se movía alrededor de la media libra aunque ya, con la incorporación de extras como sería un pan de mejor calidad – pan candeal llamado francés – chocolate y golosinas. Un panorama en el que los criterios bromatológicos sobre la ración diaria admitida serían de 90 gr de prótidos, 90 gr de lípidos y 400 gr de glúcidos o carbohidratos (Ref., en Antonio E. Roel,1974,105-148)
Vide, R de Francisco, 2006,135-136
[12] Tres escritores y políticos cercanos en su crítica a la sociedad estamental de la Ilustración pero a la vez, con trayectorias diferentes como la presentada por Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760) que de crítico contra el absolutismo borbónico y la Inquisición pasó a defenderla con énfasis. Por el contrario, Juan Picornell (1759-1825) y León de Arroyal (1755-1813) pueden ser considerados como unos claros adelantados del liberalismo español. León de Arroyal, un personaje exuberante que en sus diez Cartas político-económicas al Conde de Lerena 1785-1795) junto a los primeros contenidos de agria crítica al despotismo ilustrado introduce – en las 5 últimas – un proyecto de Constitución que se acercaría en su contenido y sentido perfectamente a la posterior doceañista. Hacia 1793, parece que escribiría bajo anónimo y clandestinamente un sarcástico y crudo panfleto titulado Pan y toros que pasaría de mano en mano por el colectivo de ilustrados del reinado de Carlos IV. De cualquier manera aunque la autoría de León de Arroyal parece probada (François López: Pan y Toros, Histoire dùn pamphlet, 1969) todas las reimpresiones de este folleto durante el siglo XIX y las primeras que conocemos (Madrid, 1796 y Valladolid, Imp. Plazuela Vieja, 1800) presentan como autor a Jovellanos.
Al activista político Juan Picornell (1759-1825) se le puede considerar como un pionero republicano en el aún tiempo de la Ilustración española. Participa en la conspiración protorepublicana de San Blas de 1795 siendo condenado a muerte y mantiene durante toda su azarosa vida hasta su fallecimiento en Cuba, un sentido ideario liberal republicano que le hizo apoyar los movimientos de independencia americanos.
[13] Junto a los arsenales reales de Cádiz, El Ferrol y Cartagena o astilleros como la real Fábrica de Bajeles de Guarnizo o las Atarazanas de Barcelona durante el reinado de Fernando VI se consolidaría un considerable tejido industrial/militar, con las Maestranzas de Barcelona, Ripoll, Toledo, Plasencia, Oviedo, Guipúzcoa y Sevilla; Vide, R. de Francisco: 2006, p. 131 n. 32
Además, la Barcelona de finales del XVIII contaba ya, con cerca de 3.000 establecimientos fabriles con alrededor de 100.000 obreros; Vide, Mercader y Domínguez Ortiz, 1972, 149.
[14] En 1748 junto a los 53 regimientos formados solo por españoles existían otros 10 de extranjeros (7 de soldados valones, 2 de italianos y un regimiento suizo)
Vide, Sebastían Montserrat: La medicina militar a través de los siglos, Madrid, 1946,269; Vide, R de Francisco, 2006, n.35.
[15] Op. c. p. 22
[16] En los pocos estudios y actividades que hemos realizados en nuestra vida profesional como gestor político o como sociólogo, siempre hemos recomendado la necesidad de contar con una estructura de previsión de emergencias mínimamente – o máximamente – organizada y previsora ante cualquier acontecimiento de riesgo público en situaciones de salud, calamidad o catástrofe. Estrategia que aunque coordinada con nuestro modelo institucional y su mapa administrativo/territorial, tenga un claro esqueleto/robustez estatal e incluso, sin necesidad de rasgarse las vestiduras, un carácter militar que se pueda acoplar, a una nueva maqueta de emergencias públicas de, y para, una sociedad democrática consolidada, que pueda modificar la obsolescencia semántica/decimonónica de los estados de alarma, excepción y sitio.
[17] Decíamos más o menos en (R de Francisco, 2006,133); que realmente la medicina o la sanidad militar pegada al terreno, en embarcaciones, campamentos y operaciones bélicas tanto en la mar como en tierra, estuvo protagonizada por cirujanos y barberos mientras que los médicos (los doctores latinos) actuaban exclusivamente en los hospitales o como mucho, cuando tenían el grado de protomédicos o médicos mayores como médicos de cámara en la nao capitana o en el séquito del general en jefe de las campañas terrestres. De ahí que, podríamos decir que el verdadero facultativo precursor de la medicina del trabajo, y muy especialmente en la Armada, estuvo representando por el cirujano en general, romancista y sin los honores y rango de los doctores latinos
[18] García del Real, 1921,540
[19] Cuyo espaldarazo institucional, profesionalización, reconocimiento y homologación con los médicos no se conseguiría hasta la creación del Real Colegio de Cirugía de Cádiz en 1742
[20] Como actividad asistencial no ambulatoria sino presencial y acotada en el tiempo y en el espacio del campamento, la maniobra o el navío
[21] Sin menospreciar las aportaciones que desde lo civil o lo administrativo no militar se fueron realizando ya desde los escritos de Juan Tomas Porcell (1524-1592) en su Información sobre la peste de Zaragoza (1565) del ya mencionado Miguel Juan Pascual ( supra nota 132) con el informe sobre la ”fetidez de la maceración del cáñamo en balsas” (1559 o de Luis Mercado (1525-1611) en el Libro sobre la Peste (1599) más la obra de Juan Bautista Juanini (supra nota 136 ) sobre el “inficionamiento del aire de Madrid”(1679)
[22] Tomando como referencia la ciudad de Santander que en la época del catastro de Ensenada (1787) tenía unos 6.641 habitantes, el primer y único médico que contrató su Ayuntamiento fue en 1713 y su primer hospital civil de propósito general se fundó en 1791 (Ref., en María Jesús Pozas, 1993,114)
Por el contrario, en los Reales Artilleros de Guarnizo en las cercanías de Santander se contó desde su fundación en 1713 con un médico y un cirujano (Vide, R de Francisco, 2006, nota 44)
[23] Benito Bails (1730-1797) personaje clave en la historia de las ciencias matemáticas en España se le puede considerar también un adelantado en la constitución de la higiene pública como lo atestiguan sus escritos sobre la higiene urbana y la insalubridad relacionada con los enterramientos dentro de las Iglesias (1785)
En relación también con la higiene y medicina militar aunque englobado en un libro sobre Higiene pública Bails traducirá el “Tratado de la conservación de la salud de los pueblos” (Madrid, Imp. de Joachin Ibarra, 1781) del médico portugués Antonio Nuñes Ribeiro Sánches (1699-1782) que fue protomédico del Ejército Ruso durante la campaña contra los turcos en 1735, y en cuyo texto dedicaría 11 capítulos – de un total de 31- a tratar ampliamente las enfermedades de marinos y soldados.
Vide, R. de Francisco, 2006,143
[24] Este escrito realmente anónimo – no hemos podido descifrar al autor escondido en estas iniciales – se nos presenta enormemente interesante por sus recomendaciones preventivas en relación con los quebrantos en la salud de modelo psicosocial junto con las adelantadas aportaciones de tipo ergonómico sobre el peso y longitud de los nuevos fusiles de la infantería más cartucheras, correajes, mochilas y prendas de cabeza. Vide, op. c., 132-133.
[25] La obra original de Les L’élements de’hygiène es de 1796 y su primera edición en castellano en la Imprenta de Benito Cano, Madrid 1801 fue traducida por Luis María Mexía. La segunda edición – la consultada por nosotros – de 1818, en la Imprenta de Ventura Cano.
[26] No tenemos ningún dato de que Lardizábal fuese médico de la Armada ni siquiera realmente, donde completaría su formación como médico aparte del apunte que hace Granjel (1985,17) sobre sus estudios de medicina en Irache. De cualquier manera está claro que aunque nunca embarcase fue médico titular de la potente Compañía Guipuzcoana de Caracas (1728) que junto a los navíos mercantes tuvo una flota paralela compuesta de buques artillados que participarían en operaciones navales contra la presión de la marina de guerra y la piratería de británicos y holandeses.
Vide, Luis s. Granjel: Medicina naval ilustrada, la obra de Vicente lardizábal, Salamanca, 1985
[27] Pedro M. González Gutiérrez: Disertación médica sobre la calentura maligna contagiosa que reinó en Cádiz en el año de 1800, Cádiz, Imprenta de Ximénez Carreño, 1801
[28] Comentábamos en R de Francisco, 2006,157, que desde el punto de vista médico, la Guerra de la Independencia supuso desde lo médico sanitario algo más que un problema exclusivamente castrense en la medida que, de una manera u otra, afectó a grandes colectivos de la población civil como ocurriría en los sitios de Gerona, Tarragona, Zaragoza, Valencia o Tortosa más las sangrientas ocupaciones de ciudades como Córdoba y Andújar en junio del 1808. En el último asedio a Zaragoza en el invierno del 1808, los muertos civiles fueron 4.000 igualando casi a los 5.000 muertos del ejército regular español y de los 85 vecinos fusilados/asesinados en el Madrid del 2 de mayo, en donde nada menos que 61 fueron mujeres
[29] En lo que se refiere a las traducciones de autores extranjeros que traten de Higiene militar durante estos años previos a la guerra de Marruecos solamente hemos conocido y manejado los dos tomos de los Elementos de Higiene Militar (1ª ed., en francés de 1843) del médico Francés Philippe Mutel (1799-1879) alumno y seguidor de Desgenettes: Este libro de Mutel se nos ha presentado siempre dotado de un gran interés pues representa, un escenario castrense/organizacional de la sanidad militar que se diferencia tanto del modelo aristocrático/estamental del XVIII como del patriota/voluntarista de los ejércitos de la Convención apuntando, al modelo de ejército permanente y funcional/racionalizado del industrialismo que, junto al proletariado fabril constituirán la fuerza sustentadora del capital en Europa y Norteamérica y, en donde además, van a ir apareciendo consideraciones enormemente significativas sobre el modo de adecuado de comportamiento de la oficialidad sujeto siempre a la Constitución y procurando aparte, de la salud del soldado una “existencia cómoda” acompañada de una instrucción adecuada de forma además que “no use más medios de represión que las que aconsejan, la razón, la justicia y la humanidad” (M. Mutel, Elementos de Higiene Militar, Madrid, Est Litográfico de Lucas González, 1846, Tomo I, p.110)
Sobre este periodo debemos citar además al médico militar francés Michel Levy (1809-1872) que sería profesor en la prestigiosa institución de sanidad militar del Val-de-Grâce y un impulsor de la posterior medicina social europea perteneciendo junto con el alemán Rudolf Virchow (1828-1902) a esa generación de médicos del 48 que, siguiendo probablemente la estela dejada por Cabanis y el elenco de médicos ideólogos de la Convención diseñaron los basamentos de los enfoques socioeconómicos y políticos en las higienes y medicinas públicas.
De su Traité d´hygiène publique et privée publicada entre 1843 y 1845, se haría rápidamente una traducción al castellano en versión reducida por el Dr. Don José Rodrigo en 1846. Sorpresivamente la versión definitiva de los dos tomos de la obra original no se haría hasta 1877. De cualquier manera y aunque constituya un texto reducido resulta un documento inestimable para la recepción en España de criterios y exposiciones claramente progresistas tanto para los enfoques sobre las condiciones de trabajo y la morbimortalidad en los oficios como entre soldados y marinos. Como dato informativo de la penetración de esta obra en España indicamos que en Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico de la BNE hemos encontrado 8 ejemplares – una cifra no excesiva pero si discreta – editados por la Imp. de Repullés de Madrid. Nosotros tenemos en nuestra biblioteca personal un ejemplar editado en Madrid por Carlos Bailly-Bailliere, de la que curiosamente, no existe ningún otro ejemplar en el catálogo de la BNE.
[30] De esta etapa de la Guerra de Independencia tenemos referenciados la Memoria histórica de los más notables y estado de la salud pública durante el último sitio de la plaza de Gerona, (Tarragona, 1810) del médico militar Nieto Samaniego; Apuntaciones acerca de los hospitales de campaña (1811) de Pedro Mora y un Discurso económico y político sobre los hospitales de campaña (Valencia, 1814) de Hernández Morejón (1773-1836)
[31] Higiene militar o policía de sanidad de los ejércitos, Madrid, 1849, Establecimiento tipográfico de Francisco de Paula Mellado. Del Dr. Bonafón no sabemos mucho salvo que fue médico militar participando, como ayudante de Mateo Seoane en el ejército cristino durante la 1ª Guerra Carlista en 1836 y que traduciría al castellano el libro de Tissot, “Del influxo (sic) de las pasiones del alma en las enfermedades” un escrito inaugurador de la psicosociología de las enfermedades (Madrid, Establecimiento de Cano, 1789) y la obra del CH, Tratado de los aires, aguas y lugares, editado en Madrid en 1808
[32] Decíamos también (R. de Francisco, 2006,157) que nuestra impresión sobre la incorporación de la copiosa doctrina higiénico/militar francesa posterior al tiempo de la Convención y las primeras campañas de la Revolución no se daría nunca en España o si ocurrió, sería a modo muy tangencial. Después de la obra de Colombier, los escritos del médico militar francés más significativo del Imperio René Nicolas Dufriche Desgenettes (1762-1837) jefe médico del ejército expedicionario francés a Egipto y Siria (1798-1801) nunca fueron traducidos ni editados en España al igual que la obra de Jean Philibert-Maret (1758-1827) François Fournier de Pescay (1771-1833) o la del célebre Demonique-Jean Larrey (1766-1842) compañero de Desgenettes en la Campaña de Egipto. De cualquier manera, aunque desgraciadamente fuese solamente el plano teórico, la aportación de médicos militares como Codorniú, Alberto Berenguer, Bonafón y otros integrantes de las mencionadas Academias Médico- Militares fue importante para el despegue de la sanidad militar española que, repetimos, no supuso ni mucho menos, que se llevaran a la práctica hasta que no hubo otro remedio, como ocurriría con la campaña de Marruecos de 1859-1860 en que se tuvo que crear de manera improvisada toda una organización operativa y de abastecimiento de recursos sanitarios de la noche a la mañana.
[33] Existe un campo de trabajo que por lo que hemos investigado, aún necesitaría indagaciones más amplias y precisas y en donde a los futuros sociólogos e historiadores, se les pueden presentar nuevas oportunidades que serían las relacionadas con todo lo relativo a las estrategias de aculturación que se han venido desarrollando en los ejércitos españoles desde los inicios del XIX y que para nosotros debe hacerse desde un marco interpretativo/reflexivo que englobe como un todo a la población trabajadora aunque sea solamente porque esa población trabajadora se hace y se asienta psicosocioecológicamente sobre los nichos de la tierra, la fábrica y el cuartel o la fragata.
Uno de los referentes más interesantes nos lo pueden proporcionar las escrituras rotuladas como “Moral militar” que comienzan a publicarse en fechas tan tempranas como las del tiempo de la Guerra de Independencia, como la titulada Conversaciones Militares sobre la Moral Militar (Cádiz, Imprenta Patriótica, 1813) escrita por el coronel y liberal de la primera hora, D. Francisco Fernández Golfín (1767-1831) que fue además diputado en las Constituyentes por Extremadura y condenado a 10 años de presidio por Fernando VII. Un interesantísimo documento que se mueve fundamentalmente alrededor de la problemática de la disciplina militar, precisamente en un momento en que el molde del soldado siervo y el oficial hijosdalgo, parece dar paso al de soldado y oficial ciudadano y en donde, se puede ya otear, un modelo de trabajo prefabril en donde los viejos disciplinamiento a la tierra o al amo quizá, deban ser sustituidos.
[34] Comentarios ya apuntados por nosotros en R. de Francisco, 2006,160.
[35] Memoria realizada en 1851 por el médico militar Fernando Weyler y Laviña (1808-1879) precisamente el padre del controvertido Valeriano Weyler uno de los Gobernadores Generales de Cuba durante la última guerra antillana de 1895-1898