CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 7

CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 7

VII.- OTROS TERRITORIOS Y ESCRITURAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA MEDICINA PÚBLICA Y EN EL INICIO DE LAS PRIMERAS MIRADAS HACIA LA MORBIMORTALIDAD DE LA POBLACIÓN, MONASTERIOS, CAMPO, COLONIAS, CIUDAD Y FÁBRICA PREINDUSTRIAL

Estas aportaciones higiénico/médicas de la medicina militar como, se puede observar, combinando utilidades estrictamente castrenses con otras perfectamente aplicables a la población civil de manera, que para el tiempo de despegue del liberalismo cristino/isabelino a la muerte de Fernando VII y el final de la primera sublevación carlista, existiría por lo menos un fondo escriturado o una cultura negro sobre blanco, de higiene de las gentes, en suma, de Higiene Pública del que van a surgir consideraciones sobre la salud y enfermedad de trabajadores y jornaleros en la ciudad y en el campo. Hemos visto con un cierto detenimiento el sendero que parte de la cultura médico/militar; nos faltarían dos: El derivado de las escrituras ruralistas de los “avisos” y el del nuevo inficionamiento de la fábrica sobre ciudades que van dejando de ser levíticas (Bahamonde dixit, 1978) presididas por la torre de las catedrales para, ser sombreadas por las chimeneas de las fábricas.

La literatura médico/higienista representada en los avisos tendría su referencia[1] más robusta y reconocida en los escritos del médico franco-suizo Samuel Auguste Tissot[2] (1728-1797) junto a los “Avisos médicos populares y domésticos” de Antonio Pérez de Escobar (1723-1790) curiosamente, con mucha menor repercusión[3]; pudiéndose quizá rastrear escrituras cercanas en los textos o consejas  de divulgación sanitarista de la Escuela de Salerno o en los escritos dietéticos castellanos posteriores[4] y la suma enormemente variada y en general de poca eficacia curativa[5] – pero penetrados de una gran robustez mítico/simbólica – de lunarios,[6] regimientos, y libros de los secretos que junto a los tratados sobre la “vita longa”[7] irán poniendo en las decisiones personales lo que antes reposaba en los dioses. La diferencia de todo este recetario milagrero y mágico/telúrico con los avisos del XVIII y, precisamente, lo que les otorga un especial relieve es, que estos últimos aparte, de ser redactados por médicos, se dirigen al público en general, a las gentes como colectivo sociológico y, se apartan del carácter exclusivo y elitista de las consejas bajomedievales o, del mágico/fantasioso de los “lunarios” y “libros de secretos” enmarcándose, en las estrategias médico/pedagógicas de la Ilustración y en la ideología de la abundancia poblacional como fomento de poder y riqueza para la república. De cualquier modo esta pedagogía paramédica de la salud que suponen los avisos formaría parte de una sociológica sobre la duración de la vida humana – y los medios y remedios para la conservación de la salud – que tendría un recorrido más alargado que el representado por el setecientos echando raíces[8] en el siglo XV y manifestándose todavía en los inicios del XX[9]. Dispositivos y estrategias que suponen diseños sobre la vida y la muerte que se van distanciando de lo providencial para reposar sobre la propia acción humana que, sin embargo aún no es gubernamental o estrictamente pública. Su vinculación con lo público como algo regulado administrativamente por el Estado no parece existir en estas escrituras sanitaristas. Más bien apuntarían tanto a la sustitución de lo gubernamental como a sus delegados operativos  representados por el médico. Pero a pesar de ello, se pueden considerar como uno de los operadores constructivos de las medicinas públicas aunque solamente sea, porque van contemplando la morbimortalidad de las gentes en general, desde perspectivas no providencialistas , ajaezadas con un cierto rigor médico/científico que además van acompañadas de un enfoque productivo a medio camino entre lo personal y colectivo. Salud del cuerpo como satisfacción y bienestar, frente a la salud del alma como renuncia, y larga vida para el trabajo y la riqueza de la Nación. Además esta especie de medicina sin médicos, pudo tener recorridos que nos llevarían a entender ciertas prácticas heredadas de la medicina árabe/andalusí protagonizadas por los médicos moriscos diferente a la cristiana/galénica, con manifiestas diferencias del enfermar y sobre todo, en el manejo asistencial con patentes y rígidas disposiciones de estratificación social. Una cobertura para los cuerpos de esclavos, judíos y conversos operada por médicos moriscos y una medicina para cristianos viejos, hidalgos, caballeros y príncipes de la Iglesia con una “complexio[10] diferente realizada por médicos latinos aunque fuesen cristianos nuevos. Habría más consideraciones e interrogantes sobre este asunto de las escrituras paramédicas pues en cierta medida los avisos constituyen escritos que aunque sean para ser aplicados por los no médicos como curas párrocos y maestros de escuela, está confeccionados según los saberes ortodoxos de la medicina de la época y en cierta medida intentando arrebatar la hegemonía de curanderos y prácticos hebreos o moriscos mayoritarios en territorios poblacionales como el rural, a los que como mucho, llegaría exclusivamente la práctica resolutiva de cirujanos romancistas o barberos. De cualquier manera, lo reseñable para una mirada sociológica, es entender desde que estrategias y dispositivos prácticos se cubrieron los problemas de salud de la mayoría de la población española – y europea en general- en estos siglos anteriores casi a nuestros últimos cien años especialmente, en el mundo rural.

Volviendo a nuestras fijaciones sobre la sanidad militar y las coberturas que se ofrecían en algunas instalaciones manufactureras o en los oficios urbanos de trabajadores agremiados con derecho a médico y botica, la diferencia sería abismal. A propósito de las condiciones de salud de las gentes del campo y, sobre todo de los trabajadores y jornaleros agrícolas, su total situación de precariedad unida además  a una especie de enmascaramiento moralista de “alabanza de aldea” que hace aún más opaco e invisible el panorama[11]comentábamos la parca presencia de escrituras y testimonios referidos a la salud y enfermedades de las gentes del campo desde el altomedievo,[12] sin que esto suponga, que en la Hispania romana[13] fuese muy diferente la situación salvo, el significativo elenco de los geopónicos[14]: Catón el Mayor, Plinio, Varrón, Paladio, Columela, los Saserna (padre e hijo) Cornelio Celso, Valerio Marcial o Casiano Baso (más bizantino que romano) que, desde un trabajoso proceso de rastreo documental podríamos encontrar en ellos alguna referencia médico-preventiva aunque siempre, nublada por un frío diseño organizacional/productivista sobre gentes que, en definitiva no eran más que esclavos y por lo tanto, manejados como “instrumentum vocale[15]

Sin querer extendernos demasiado, estas anotaciones al hilo de la opacidad de la problemática referida a la salud en el trabajo agrícola un poco, agarradas a capón, no son ni mucho menos gratuitas y pueden enlazar con muestro eje discursivo sobre la construcción del relato escritural de las higienes y medicinas de las gentes en la modernidad española. Es más, posiblemente constituyan todo una carga epistémica que dura hasta bien entrado el ochocientos e, incluso parte de sus contenidos más significantes, continúen rondando en nuestros días.

El asunto se podría resumir así. La inicial sociedad cristiana/visigótica hispánica reproduciendo las dos grandes estratificaciones de la sociedad romana relacionadas con la tierra: potentiores y humiliores[16] se hace más compleja con una nueva clasificatoria en la que van a entrar por primera vez las nuevas instituciones cristiano/eclesiales formando parte con una presencia cada vez más robusta  del segmento privilegiado de los ghotis[17]que  junto a los restos de latifundistas hispano/romanos acapararon la propiedad de la tierra dentro de un régimen que alumbraba el próximo feudalismo medieval y en donde los cuerpos de la mayoría de la población fueron exclusivamente manejados/tratados desde la medicina/teología de la caridad. El descubrimiento del cuerpo más allá de lo salvático/caritativo y asentado, sobre la población humana en su totalidad, formaría parte de un proceso iniciado con el Renacimiento y trabajosamente elaborado durante a lo menos cinco siglos. En  el bajomedievo, las lecturas y prácticas sobre salud y enfermedad se concentraron casi exclusivamente en las élites privilegiadas constituyendo una” “medicina regia” o de “nobles caballeros” como anunciasen con sus escritos en el linde con la modernidad Alfonso Chirino desde un enfoque crítico y Lobera de Ávila más tradicional y cortesano. Silencios, reticencias y opacidades sobre el cuerpo de las humildes gentes del común  que quedarán patentes desde el altomedievo en escritos tan representativos como las Etimologías de San Isidoro de Sevilla redactadas en el siglo VII d. C. y en cuyo Liber “De Medicina”en donde no hará ninguna mención explícita, a las enfermedades de los trabajadores aunque mencione patologías claramente agrarias como tétanos y carbunco pero sin especificar medidas preventivas con relación al campesinado. En suma, lo que manda en este enfoque es el diseño teologal/providencialista. Para San Isidoro como para otros padres de la Iglesia medieval las pestes y enfermedades no serán más que, la expresión de la voluntad de “Dios omnipotente”[18] Un panorama de partida en la cultura sobre el cuerpo y las enfermedades que, aunque desmontada en las superectructurales discursivas de la Ilustración trabajarán siempre desde las macizas profundidades de las élites sociales como potente lastre en la constitución, del relato igualitario y generalista de las higienes públicas del ochocientos. Primero como reproducción y sacralización metamorfoseada del esclavismo en la figura del siervo y colono atado a la tierra como adelanto, del obrero atado a la máquina y en segundo lugar, la construcción moral y psicosocial de un campesinado cuya miserabilización emocional y material es bendecida y justificada institucionalmente en interés de su productividad para los dos grandes “potentores” de la época, alto clero y nobleza, mediante estrategias y dispositivos diferentes pero, siempre, convergentes  en sus objetivos finales. Al final, la construcción de un estatus corporal para las gentes del común y muy especialmente para colonos y siervos como proletarios sin tierra, organizando una perversa ideología jánica consistente por una parte en la negación del cuerpo y la carne y, por otra, su sublimación a través del trabajo y la moralización salvática del sufrimiento y la enfermedad[19]; siglos más tarde con el nuevo proletariado sin máquina ni capital, se intentará conseguir algo parecido pero posiblemente, mucho más difícil y en donde, las alianzas entre los intereses de la Iglesia con las de la nobleza no serán tan estrechas aunque, solamente fuese, por la aparición de la burguesía como nuevo operador de poder. De cualquier manera la matriz estaba ya diseñada para los siglos futuros. La sustitución de la tierra por la fábrica como grandes significantes productivos necesitará de nuevos diseños de moralización colectiva en los que la medicina y las higienes públicas desplegarán su panoplia biopolítica;  ahora, sobre cuerpos visibilizados e indómitos, a los que no habrá que acarrear al orden teológico de la salvación sino, a la moral y las sumisiones al capital o, como decía el General Espartero, al orden de una “libertad bien entendida” (supra nota)

Como exponíamos hace unos años[20]la Edad Media en el occidente cristianizado constituiría en lo que atañe a la salud y enfermedad de las gentes, un tiempo lleno de paradojas. Por una parte, la potente postura defensiva ante “la carne” heredada de San Pablo y de la patrística oriental. Por otra, la de un relato teologal en el que se proyectaron sobre el cuerpo, al considerarlo “tabernáculo” materializado de lo divino, dando lugar a sensibilidades que por intermediación de la caridad,  desencadenaron significativos dispositivos de cobertura asistencial que, probablemente, fueron los únicos existentes durante los siglos más duros del medievo. Desde estas economías de la salvación del alma, se despreció el cuerpo; pero a la vez y, desde la caridad, se intentó aplacar el sufrimiento. La lectura político/eclesial correcta instaurada desde el altomedievo sobre el cuerpo y la enfermedad no fue otra cosa que, una proyección metonímica del cuerpo llagado y sufriente del Cristo que se resolvía desde su aceptación resignada en la salvación eterna. Sin embargo, recordando que los caminos del señor son siempre inescrutables será precisamente, desde ámbitos religioso/monacales cuando se establecen diseños sobre el cuerpo y la enfermedad que, aunque inicialmente[21] restringidos a peregrinos y monjes, apunten maneras hacia el común de las gentes. Diseños que descansando sobre presupuestos salvíficos conexionados con las mitologías del sufrimiento nos llevarían hacia una suerte de empatía hacia la enfermedad y el sufrimiento en donde, las derivaciones hacia el trabajo marcarían senderos significativos que, de una u otra manera, pudieron influir en la alumbrada de enfoques y prácticas filantrópicas sobre las condiciones de vida y trabajo de la población como brotes, de una siempre problemática/paradójica futura medicina pública. Senderos que a pesar de su encasquillamiento en inercias hegemónicas y elitistas, desde algunos de ellos y, en particular, los anclados en las instituciones monásticas principalmente, agustinas[22] y benedictinas[23]supieron o intentaron recuperar[24] la tradición hipocrática/galénica con enclaves como el Monasterio de Montecassino (siglo VI) que supuso una verdadera “Civitas Hippocratica” casi tres siglos antes de que la escuela de Salerno se convirtiese en el referente médico occidental.

Este discurso sobre el cuerpo y el trabajo que parte del cristianismo tardo romano se verá en parte, desdibujado en la medida en que ese nuevo relato monacal sobre el cuerpo, parece introducir pequeñas –quizá, a la vez, esperanzadas – modificaciones en el núcleo duro[25] de la ortodoxia eclesial y, lo que se nos presenta como más reseñable, rompe de alguna manera, la opacidad sobre el cuerpo de las gentes del común. Aunque esas escrituras sobre la enfermedad y el cuerpo están recogidas en varios textos “patrísticos” y en muchas de las reglas monásticas comentaremos única y someramente, la Regla de San Pacomio, las Instituciones de Casiano y por supuesto, la Regla de San Benito. Las Reglas cenobíticas de Pacomio (ca el 350 d.C.) presentan un diseño que superando el modelo precedente del anacoretismo norteafricano del siglo II se adelanta al monacato occidental benedictino situable en un momento socioeconómico del declive romano/imperial en el que se produjeron desplazamientos culturales desde el oriente africano/cristiano hacia el occidente europeo y, con ello, de los imaginarios radicales sobre el celibato y la renuncia corporal que, sin duda, habría que situar en el contexto de la relaciones entre las gentes del común y el creciente poder de la Iglesia como pastora de almas y empresaria de cuerpos desde, instituciones en principio eclesiales como la koinomía pero en realidad dirigidas a la sumisión/obediencia y, por supuesto, sublimadas/justificadas/sacralizadas por constructos como el de la humildad para unos y la caridad para los que, la consecución de la vida eterna, se irá sustentando en realidad sobre la incipiente economía del mercado de la tierra y sus productos que bajo la retórica salvífica ejercida sobre cuerpos miserabilizados de pobres y tullidos iría necesitando nuevas estrategias que precisamente van a nacer en estos escenarios de la fatria cenobítica a través de la koinomía y, aunque en principio, contemplasen únicamente el cuerpo del monje enfermo. En esta línea Pacomio[26] va a desarrollar una cuidadosa atención a las enfermedades de los monjes, con la instalación de enfermerías atendidas aunque no, por médicos, por monjes especializados – enfermeros – con pioneras preocupaciones por los quebrantos de la salud derivados de la fatiga y la falta de sueño junto a lo que podríamos considerar como manifiestas precauciones sobre la salud psicosocial de los monjes que pueden ser considerados como un adelanto del manejo y prevención del mobbing:

“…Si entre los mayores y prepósitos alguno ve a un hermano suyo en la tribulación y lo desprecia, la causa entre el hermano y el prepósito será examinada por los jueces mencionados más arriba: y si ellos descubren que el hermano está angustiado por la negligencia o por la soberbia del prepósito, y que éste juzga no con verdad sino haciendo acepción de personas, será degradado de su puesto hasta que se corrija y se enmiende de las inmundicias de la injusticia…” [27]

Con relación a la fatiga San Pacomio instaba a que:

“…no se obligue a los hermanos a trabajar en exceso, sino que una tarea moderada estimula a todos a trabajar…”[28]

El problema está en que todas estas aportaciones se quedan solamente en los lugares de la koinomía, exclusivamente ocupados por los monjes dejando fuera, las  condiciones de trabajo de los colonos y jornaleros siervos. Y aun así, estos apuntes sobre lo psicosocial y la enfermedad del monje, suponen un aspecto que suele pasarse por alto y es, la temprana aparición de lecturas[29] que se nos presentan claramente dentro de la rotulación de enfermedades profesionales; en este caso del individuo sometido a la clausura de toda institución total.

Los 12 libros de las Instituciones de Casiano (siglo V) supondrán una suerte de cordón umbilical entre la regla pacomiana y la benita. Siendo fundamentalmente una escritura en donde el discurso sobre el cuerpo sigue atravesado por los fantasmas del pecado y las tentaciones pero también considerando la fatiga como un rozamiento que disminuye rendimientos en un cuerpo – el de los trabajadores/siervos del premedievo temprano – que tiene que ser productivo; de tal manera, que el trabajo se va conformando para la propia supervivencia del monje como lapiedra angular sobre la que se van a sustentar las lecturas sobre la salud y la enfermedad. Dentro de los contenidos preventivos expuestos en las Instituciones, hay una de excepcional relevancia; el de la acedía, como constructo polisémico basal que apunta, a las problemáticas psicosociales de carácter nuclear en la vida y la interacción en colectivos tan peculiares como pueden ser los de la convivencia cerrada en los espacios conventuales de los monasterios. Un espacio sin duda, siempre psicológicamente conflictivo como toda “institución total” (Erving Goffman, 1961) continuamente perseguida por los demonios reglados de la humildad, la convivencia y la obediencia abundados, por  los atormentantes pavores ante las debilidades de la carne[30]La posterior Regla de San Benito (480-547) escrita mucho después de los Preceptos de Pacomio cierra el diseño del monacato oriental situándose en el umbral de la Europa profunda y en el poso cultural dejado por el monacato occidental y la medicina monástica promoviendo en cierta medida la creación de  hospitales civiles[31] de propósito general. Un tiempo, en el que la Iglesia romana protagonizaría la medicina occidental[32] y en la que el relato y la práctica médico/higienista benedictina sería sin duda un robusto catalizador aunque, probablemente menos santo, que lo predicado en la medida, en que ese traspaso de cuidados del monje al pobre y de estos, al trabajador de las tierras monacales mitad, siervo mitad esclavo, pudiera representar intereses más prosaicos. Por otra parte, la Regla de San Benito a diferencia del ascetismo monacal oriental de Pacomio o Casiano impregnado todavía del rigorismo anacoreta será un ejercicio de mesura y equilibrio impidiendo establecer “nada que sea áspero y penoso” [33] imponiendo una severidad soportable que junto con la creación del tiempo monacal probablemente se acercaba al tiempo y los modos de vida que apuntaban a una sociedad tan especialmente empobrecida como la resultante del hundimiento del Imperio y en la que, nuevos modelos de trabajo y de distribución de la propiedad como el de la servidumbre a la gleba y la estructura feudal, habrían sustituido tanto al trabajo del esclavo como al del pequeño propietario. Unido a todo esto aparecerían nuevos operadores sociológicos como el representado por una dinámica poblacional desconocida en épocas anteriores que daría lugar a un considerable y progresivo aumento de vagabundos y peregrinos a los que se ajuntaría ya, en pleno bajomedievo a las primeras grandes pestilencias europeas. Probablemente se inauguraba una época en la que manteniéndose el diseño penitencial sobre el cuerpo, aparecieron necesidades de cuidado del mismo que mantuviesen la supervivencia de monjes, trabajadores siervos, vagamundos y peregrinos. De cualquier manera nuestra opinión es la de que aparte de algunas aportaciones puntuales en la construcción de una determinada cronoergomía del trabajo[34] y la  recuperación monacal/espacial del valeturiam o infirmarium romano, poco más podemos decir hasta el desarrollo en los lindes bajomedievales, de una endeble cultura médica/civil liderada por la escuela salernitense[35] a partir del siglo IX que, además siempre presentaría un fuerte exclusivismo elitista. Quizá, el punto de inflexión estuvo marcado por la ciudad como lugar en donde, de la mano de las administraciones municipales aunque, siempre levíticas, irían desembarazándose de la absoluta tutela eclesial desarrollando lentamente diferentes dispositivos asistenciales que con el predominio de indigentes y desposeídos, abarcarían progresivamente a todos los colectivos poblacionales no amparados por la riqueza o las hermandades gremiales. Al fin y al cabo, el tiempo de la medicina monástica será el de una sociedad agraria empobrecida y miserabilizada al máximo y continuamente tensionada por las contradicciones entre el discurso de la caridad y el sufrimiento reparador como penitencia junto a realidades sociales de estratificación y exclusión. Ambas manejadas desde eficaces mecanismos bio/sociológicos. Las primeras a través de su proyección y, quizá socialización, mística/simbólica de toda la humanidad en el cuerpo sufriente del Cristo crucificado. La otra, heredada del galenismo y de la cultura de exclusiones greco/romana desde la doctrina de la“complexio” organizando  diferencias en el enfermar de las gentes y por lo tanto, en su manejo médico. Retomando una anotación[36] de García Ballester[37]recordando las manifestaciones de un médico hebreo del siglo XIV exponiendo que, como los individuos de los estamentos populares tienen un exceso de calor innato – lo que siglos más tardes se considerarían “cuerpos asténicos”- necesitarían tanto en estado de salud como enfermedad ingerir mayor número de alimentos que los demás individuos de las clases populares proponiendo para ellos un tratamiento especializado que sin embargo, no lo vemos tan claro en el mensaje y la práctica que nos parece se pueda desprender de la medicina monástica  posiblemente, por sus anclajes en la mística de la comunión/fraternidad/caridad desde la simbólica del Cristo crucificado. Nuestra opinión, con la mirada puesta en la construcción de la medicina pública, es que la posible productividad de la medicina conventual en cuanto centrifugación de la misma hacia las clases populares y los oficios, tendría escasos resultados prácticos pues en definitiva, no salió demasiado del espacio monástico o episcopal salvo, las tierras laboradas por los siervos de la llamada familia eclesial. Por otra parte, hasta el final de la Edad Media y sobre todo desde el VIII hasta el siglo XV, existirían dos Hispanias; la Hispania del Ándalus y la Hispania cristiana. En la primera, la cultura y la praxis asistencial estarían razonablemente cubierta por instituciones nosocomiales como el maristán y una robusta cultura de higienización urbana que tendría una amplia materialización en cuanto a la existencia de infraestructuras de canalización de aguas, presas, acueductos, tuberías de plomo y letrinas más termas y baños públicos en casi todas las ciudades – incluso barriadas – hispano musulmanas[38]de las que las más emblemáticas fueron las de Córdoba y su enclave califal de Medinat al-Zahara en tiempos de Abderramán III (siglos X-XI) y posteriormente la compleja red sanitaria granadina[39] con su singular maristán ya, al final de la Hispania del Al-Andalus junto con una especial sensibilidad sobre las condiciones e higiene del trabajo [40]

En suma, el peso de la cultura médica monacal/benedictina probablemente tuvo una influencia mucho menor de lo que se la suele atribuir en el manejo del binomio salud/enfermedad entre las gentes del común de la Hispania altomedieval que por lo demás, se asentaba en lo que se refiere a la Hispania cristiana visigoda del siglo VI en un territorio ruralizada y enormemente miserabilizado en donde las ciudades, habrían ido perdiendo su antiguo protagonismo. Habrá que esperar a la constitución a partir de la Reconquista, de un nuevo tejido urbano y una dinámica poblacional que reconstituya tanto la cultura médico/higienista galénica como parte de las instituciones de acogida/cobertura romano/bizantinas más sin duda, las cercanas aportaciones de la medicina musulmana. Alrededor de los siglos IX y XII aparecerán dos situaciones significantes en este proceso. Uno, el intelectual marcado por la recepción del relato médico árabe/galénico/aristotélico a través de la Escuela de traductores toledana (siglo XII) y otro, por la nueva estructuración del territorio hispano/cristiano a partir del camino de Santiago (IX) y la repoblación militar/eclesial de la Reconquista que, ocasionaría un mapeado comercial, cultural y urbano, que inicialmente parece  romper el mísero solar ruralizado de la Hispania cristiano/visigótica de los siglos V al VIII.

El camino o los caminos de Santiago probablemente funcionó junto a la constitución del imperio carolingio, como el gran acontecimiento fundacional de la Europa Occidental, superando su simbólica mítico/religiosa para convertirse en un acontecimiento de una potentísima proyección económica y política que, particularmente para la Hispania del inicio de la Reconquista, supuso además una importante reconstrucción del territorio con los nuevos reinos de la cristiandad altomedieval promoviendo redes de comunicación y de cohesión, creación de burgos y núcleos de población[41] más vínculos de socialización junto, a la creación de infraestructuras de protección de gentes de toda condición a través de una generosa cobertura de albergue y hospitalización[42] que abarcaría hasta el final del medievo. Precisamente, si alguna materialización tuvo en nuestras tierras el relato médico/asistencial de la RB, fue el derivado de la red hospitalaria/monástica[43] instalada alrededor de las diferentes rutas jacobeas con los diversos monasterios de obediencia benedictina de Cluny (siglo IX) y Cister (siglo XI)[44]

Todo un panorama asistencial que se completaría – y no solamente para las gentes del común – por una prolija y abirragada cobertura médico/cirujana alternativa de moriscos, judíos y curanderos que realmente cubrirían las necesidades de la mayoría de la población hispana hasta el siglo XVII cuando a modo limitado y provisional se iniciará la contratación por los Ayuntamientos de médicos latinos y/o cirujanos romancistas Con relación a los médicos y sanadores moriscos – probablemente los más numerosos – continuamente situados en el punto de mira de la Inquisición el profesor Ballester nos recordaba:

“…Todos los estamentos son curados por los profesionales moriscos, los cuales visitan tanto a cristianos viejos como nuevos…lo cierto es que sastres, pastores, mercaderes, estudiantes, labradores, criados, tratantes, tejedores, ¡incluso familiares de médicos universitarios ¡- todos los oficiosvan desfilando por los procesos y testificando de sus enfermedades y relación como enfermos con los médicos moriscos…” [45]

El estatus de estos sanadores moriscos parece que, a pesar de su popularidad y presencia en la sociedad del bajomedievo y de los inicios de la modernidad española fue extremadamente crítica sumándose a las pesquisas inquisitoriales la persecución cultural prohibiéndoseles incluso el acceso a sus propios saberes institucionados o escriturados de la medicina del Al-Andalus estando totalmente prohibida la tenencia de cualquier libro o documento de su oficio escrito en árabe de manera que bastaba, con ser sorprendido con una breve nota o escrito en esta lengua para ser procesado por la Inquisición como practicante de “la abyecta secta de Mahoma”[46]En definitiva una situación en la que como venimos comentando la medicina universitaria  no consistiría más que una operativa y un saber establecido para “nobles caballeros” dejando en manos de sanadores, barberos y en el mejor de los casos médicos romancistas, la salud de mujeres y hombres del común. No obstante, el desarrollo urbano y las transferencias socioeconómicas del campo a la ciudad junto al desarrollo de un tejido comercial, productivo y manufacturero que formaría nuevos/recobrados –como la minería -oficios y mentalidades produciendo, intersticios y huecos, por los que se irán deslizando las primeras sensibilidades y estrategias concernientes a la salud pública y laboral. En estos recorridos se entiende que, en la Castilla de los Trastamara, un médico converso como Alonso García de Chirino (1369-1429) y desde un horizonte todavía agrario apuntase que:

“…En el estío los que pudieren deuen escusar el cansancio y los grandes trabajos corporales; y guárdese del sol en cuanto pudieren, mayormente en la cabeza, poniendo lienço a corona della y escusar especias y viandas agudas y dulces y saladas…así como los que son mucho cansados de camino, u otro trabajo o cansancio corporal, conviéneles lauar las piernas y los brazos en agua caliente en que aya cozido manzanilla y maluanisco y eneldo…y luego duerma…”[47]

No obstante, y a pesar de la optimista y voluntariosa cita del maestre García Chirino, la realidad fue que a pesar de estos fugaces comentarios y de otras aportaciones de carácter jurídico institucional[48], la sociedad española bajomedieval y las sucesivas – siempre ruralizadas – hasta bien sobrepasado el XVIII, no dejó de contemplar el cuerpo del colono o del  bracero sino ya, como esclavo absoluto, propiedad del domus o cuerpo/cosa/parlante, como mercancía productiva autosuficiente desde la miseria material y la dependencia/humillación psicosocial[49]. Frente al siervo/esclavo del tiempo visigótico y altomedieval en donde el señor proveía de su  mantenimiento ahora, tenía no solamente que procurárselo él mismo, sino que tenía que “pechar” que cargar con impuestos, diezmos y “millones”, más la carga – sobre todo en Castilla – de acudir a las guerras e incluso, no poder querellarse contra su señor más que una vez[50]. Todo ello además moralizado por un relato justificativo de “alabanza de aldea” esgrimido desde los geopónicos clásicos y constantemente repicado por tratadistas cristianos y musulmanes como Ibn Jaldúm (1332-1406) un historiador tunecino de ascendencia hispana que en su renombrada obra Al-Muqaddimah (1377) abundaba en esta insistencia sobre la “vida beata” y sobria del campesinado:

“…No buscan los medios de saciar su concupiscencia o de satisfacer sus apetitos y placeres. Por consiguiente, los hábitos que norman su conducta son tan sencillos  como su propio vivir (…) Las enfermedades son muy numerosas entre los pueblos sedentarios y los habitantes de las ciudades debido a la abundancia en que viven y a la variedad de las cosas que comen…además en las ciudades el aire está viciado por la mezcla de las exhalaciones pútridas provenientes de la gran cantidad de inmundicias…los habitantes de las ciudades desconocen el ejercicio físico…por eso las enfermedades son muy comunes en las ciudades y, cuanto más frecuentes son, tanto más necesitan de los médicos…las gentes del campo…comen regularmente muy poco…además ellos no se sobrecargan nunca el estómago; por eso gozan una excelente constitución que los mantiene ajenos a las enfermedades. Lo cual hace que raramente tengan menester del socorro de la medicina…”[51]

No obstante – sobre todo en la Castilla de finales del medievo – nuevos acontecimientos socioeconómicos y políticos[52] van a dar lugar a una incipiente movilidad de la población campesina. El labriego se va ir moviendo y escapando de las ataduras feudales a la gleba, emigrando a la ciudad o las Indias. El cuerpo del trabajador agrícola y del siervo, aunque aún siguiese existiendo en la práctica la esclavitud[53], comenzaba –como ocurriera durante el bajo imperio – a ser un bien escaso que habría que comenzar a cuidar y atender de manera, que esta sumisión a la tierra y al feudo se iría suavizando y transformando no solamente en los burgos urbanos sino incluso en el mundo rural en donde iría  apareciendo una nueva literatura geopónica de diseño castellano como la representada por Gabriel Alonso de Herrera (1470-1540) titulada “De Agricultura” (Alcalá de Henares, 1513) obra que contó con el patronazgo/mecenazgo del Cardenal Cisneros con una gran penetración en la sociedad rural española con 25 reediciones hasta la última de 1858 y la que nosotros hemos utilizado de 1970. Pues bien, en este escrito irán apareciendo interesantes consideraciones sobre la fatiga  que nos indican que algo estaría cambiando y, que curiosamente se asemejarían a algunos de los contenidos en las Leyes de Indias sobre el trabajo de los nativos. Consideraciones por ejemplo que nos hablan que cuando se utilizan bueyes en el arado de terrenos difíciles tendrá que hacerse al través porque “sería grandísimo esfuerzo…” no solo para los bueyes sino “también para las personas” o cuando recomienda comenzar los trabajos en las viñas por la mañana no solamente por su utilidad agronómica sino además para que “los peones estén descansados”[54]

Los recorridos en la ciudad serán diferentes aunque confluirían con el tiempo, de una manera u otra, en el cuerpo del trabajador. Si en la agricultura el eje significante era el de la productividad de la tierra, en la ciudad lo sería su productividad mercantil más, el bienestar de las gentes de los estamentos privilegiados a los que se acercaban colectivos protoburgueses, menestrales y artesanos situados.

Desde estos horizontes de productividad y bienestar se construyó todo el andamiaje higienista de la ciudad[55] que llegaría a sus cotas más significativas cuando esta ciudad era la ciudad del rey como Madrid, o la ciudad del capital y la fábrica como Barcelona. Probablemente los focos de interés y de canalización inicial fueron diferentes pero al final darían lugar a la visualización del cuerpo de mujeres, hombres y niños que desde la servidumbre, la manufactura o la fábrica, se quebraban, enfermaban o morían por sus condiciones de vida y trabajo en una ciudad en un espacio, compartido también, por reyes, nobles, obispos y fabricantes. Ciudades como Madrid en donde el problema residía en la suciedad o como Barcelona y Sevilla en donde la toxicidad del nuevo tejido fabril o manufacturero inficionaba el ambiente. Y si damos una leve vuelta a la tuerca y recurrimos a la reflexión sobre lo político, nos podemos encontrar con que, el trabajador de la ciudad, de condición miserabilizada o proletaria fabril, comenzaba a plantear reivindicaciones más cercanas e inquietantes que el bracero del campo cuyas, primeras manifestaciones de descontento aunque violentas, tenían lugar en espacios geográficamente alejados de las residencias de marqueses, hacendados y propietarios de la tierra mientras, que la quema de la Bonaplata, tenía lugar no muy lejos de donde vivían los fabricantes.

El proceso que lleva a la ciudad como espacio significante en esta visualización de los quebrantos en la salud de los trabajadores y, como prolongación sociológica, a una privilegiada y tenáz biopolítica de cuerpos y mentalidades presenta largos y entrecruzados caminos. Sin engolfarnos en rastreos arqueológicos que se remontarían a la Hispania romano/visigótica o al Ándalus, podemos encontrar ya, algunas disposiciones administrativas sobre este asunto[56] en el siglo XIV como sería una ordenanza municipal de Barcelona de 1324[57] prohibiendo la construcción de hornos para la fabricación de vidrios en el interior de la ciudad por los riesgos que, pudieran ocasionar para la salud del vecindario[58].

El caso es, que ya desde este peculiar espacio que supone la ciudad protoburguesa del quinientos al setecientos se irán propiciando las primeras higienes públicas modernas que, desde la piedra a la carne de las gentes, nos hablarán de aires contaminados, pestilencias humanas y animales, aguas corrompidas para acabar desde las emanaciones de los primeros establecimientos fabriles/manufacturados pasando por la muchedumbre de cuerpos miserabilizados de vagamundos y jornaleros desplazados, al cuerpo quebrantado del proletariado fabril, sin olvidar nunca la intermitente alarma ante las continuas y mortíferas epidemias pestilenciales con su potente acción morbígena sobre la ciudad. El recorrido será largo, aproximadamente desde 1679 en que se publica el dictamen de Juanini (supra p. 72) hasta la primera edición de los Elementos de Higiene Pública de Monlau (1847)

Como venimos repitiendo, el inicio de estos recorridos parte y, sin considerar las pestes, de la inmensa contaminación del aire de ciudades como el Madrid[59] del tiempo de Carlos II que Juanini, compararía con las exhalaciones “salitrosas” de las minas de plata bolivianas que hacían irrespirable la ciudad de Potosí añadiendo a continuación que las mujeres madrileñas experimentan por esta fetidez un descenso notable de su fecundidad más, una serie de efectos negativos sobre la salud de toda la población a modo de toxicidad psicosocial que causa “pefadumbres” que:

“…que ofenden al coraçon del hombre, como la polilla el vestido y la carcoma al leño…” [60]

Esta inicial preocupación del tiempo de los Austrias por la salubridad urbana[61] parece que se irá potenciando en el XVIII con la labor de un conocido/desconocido alcalde de Madrid; Francisco Antonio de Salcedo (Marqués de Vadillo) impulsor del Reglamento de salubridad de Madrid (1713) seguido de un informe sobre la higienización de la ciudad realizado por el arquitecto real Teodoro de Ardemans en 1719 que parece fue copiado o inspirado por el ya mencionado tratado de Juan de Torixa (supra nota 340)

De la limpieza de calles y de las normativas sobre la edificación de viviendas y conducciones de aguas no se tardaría mucho en fijar la mirada sobre algunos oficios propios de una ciudad que todavía no era ni mucho menos fabril, como los relacionados con las obras de construcción pero que revestían una gran importancia en ciudades en continua expansión como Madrid. Así, sería el caso de la Instrucción a los Alcaldes de Casa y Corte de 1725, para que los maestros de obra cuidasen de que en casas y balcones los andamios y maromas tuviesen la seguridad adecuada “para que no sucedan desgracias “ [62] En otra disposición de la misma sala de alcaldes se dispondría en 1728 que se pusieran brocados en los pozos de los tejares[63] y en 1782 se abunda en estas previsiones de manera que la construcción de los andamios en obras públicas y privadas de la Corte se haga de tal manera que se puedan evitar desgracias y muertes a los operarios con órdenes a los jueces si esto ocurriera[64]

Estos nuevos criterios preventivos del XVIII se irían ampliando – aunque tímidamente – a diversos oficios desde el del soldado hasta el minero y el jornalero agrícola como sería el caso de los trabajadores levantinos sometidos continuamente a fiebres palúdicas en los arrozales como consta en la Ley VII de la Novísima Recopilación de 1785[65]y en los comentarios que José Cavanilles (1745-1804) haría sobre la mortandad de la población valenciana dedicada al cultivo del arroz[66]

Todas estas disposiciones acompañadas de escrituras que ya hemos comentando sobre la prevención de enfermedades – aunque no fuesen muchas – en los tres grandes colectivos de la minería, la agricultura y los ejércitos, acompañadas de las informaciones de las instituciones médicas formarían un cuerpo doctrinal a modo de esbozo, de una primera medicina social o pública no muy diferente a la que ya se estaba acuñando en la Europa de finales del setecientos con las aportaciones del ya mencionado Johann Peter Frank (supra, nota 130) que por otra parte, no se llegaría nunca a traducir su obra al castellano y dudamos que ni siquiera se le conociese hasta finales de la pasada centuria mediante las aportaciones de la médica austriaca Erna Lesky (1911-1986) traducidas por el profesor Piñero en 1988.[67] En términos parecidos a los de Cavanilles  y en fechas algo adelantadas nada menos que un Mariscal de Campo – eso sí, ilustrado – don Manuel de Aguirre y Landázuri (1748-1800) se descolgaría en las páginas del Correo de los Ciegos a propósito de la Salud Pública, con un comentario en el que señalaba cómo la verdadera causa y el único nombre por el que hay que llamar a las enfermedades pestilenciales no debe ser otro, que el de la miseria de las clases populares y los privilegios de la nobleza y el clero[68]

Sin embargo, todas estas aportaciones, que hemos dicho que no fueron muchas, pero añadimos, tampoco escasas, rozaron los escenarios laborales de la época que, a excepción de la mina y lo naval/militar, se refirieron normalmente  a actividades agrícolas o urbano/artesanales desarrolladas en ambientes protofabriles o domésticos en los que las ciudades fueron los telones de fondo significantes. Solamente en Cataluña se pueden rastrear lecturas sobre riesgos del trabajo en las primeras instalaciones propiamente fabril/maquínicas aunque, curiosamente, motivadas más allá de los trabajadores y, pensadas siempre, desde los peligros o simplemente molestias, derivados de esa nueva infraestructura productiva para espacios urbanos que como venimos apuntando, estaban dejando de ser ciudades del rey para ir convirtiéndose en ciudades del capital[69]

En este recorrido es obligatorio comentar el dictamen que a instancias del Ayuntamiento de la ciudad, realizaría la Real Academia Médico-Practica de Barcelona, con motivo de un informe evacuado desde el consistorio a dicha academia (17 mayo de 1780) en el que reflejándose una gran inquietud por la frecuencia de muertes repentinas y apoplejías acaecidas en la ciudad se solicita su opinión. El documento enviado por las autoridades municipales adelantan como posibles causas un conjunto de factores diversos como, la falta de aireación por la estrechez de las calles, el depósito en las mismas de excrementos contenidos en los abonos utilizados por los hortelanos, la adulteración del pan con yeso, los enterramientos en el interior de las iglesias o la existencia de cementerios dentro de las murallas de Barcelona. La respuesta de la Academia firmada por los médicos Pedro Güell, Ignacio Montaner e Ignacio Sanponts se efectuará el 11 de julio de 1781 constituyendo un documento valiosísimo para la comprensión de la construcción contemporánea no solamente de la higiene pública sino a la vez de la salud de los trabajadores.

En primer lugar los redactores del dictamen harán una llamada de sosiego y tranquilidad ante el alarmismo que se manifestaba en la petición consistorial considerándola no tan alarmante dado que para el aumento de población experimentado en Barcelona con un total de 2.000 fallecidos en 1780, la cifra de unos 40 anuales por “muerte repentina” no supondría un dato excesivo. A continuación, el informe se extiende en consideraciones con un sugestivo contenido sociológico apuntando que:

“… Seis muertes repentinas de personas muy visibles por su nobleza, literatura, empleos, riquezas y otras notables circunstancias, suenan y amedrentan más que veinte de gentes de la plebe. Estas solo las saben los parientes, amigos y vecinos, y aquellas llegan á noticia de toda la Ciudad…”[70]

Continuando con el dictamen, los informantes advierten que les faltan datos epidemiológicos para evaluar adecuadamente la propuesta municipal dado que:

“…Mal se podrían tomar las providencias correspondientes para atajar la mortandad de un pueblo, si primero no se conocen las enfermedades que la ocasionan, las circunstancias que la acompañan, y los sujetos que la padecen…”[71]

Esta falta de datos lleva a los médicos de la Academia a pronunciarse prudentemente por la imposibilidad de determinar las verdaderas causas de esas muertes indicando como, detrás de las mismas, pueden estar tanto las apuntadas por el Ayuntamiento como otras muchas y, recomendando junto a la información estadística la anatomoclínica, al parecer no muy habitual en la época.

A continuación, el dictamen pasa a desmenuzar todo el inventario de causas esgrimido por los peticionarios del informe encontrándose con los oficios prefabriles de la ciudad y sus particulares efluvios contaminantes:

“…Las inmundicias y malos olores que echan varios oficios, como los , curtidores, veleros, jaboneros…recortadores de carnes y pescado salado…así como los corpúsculos metálicos venenosos que volatilizan en sus operaciones boticarios, plateros, doradores, estañadores, los que muelan colores, los que barnizan el vidriado, los que azogan los cristales, los fabricantes de albaialde, cardenillo, sublimado, arsénico…”[72]

Hasta aquí, tratándose de oficios agremiados y por lo tanto, disciplinados por sus gremios y cofradías – a finales del XVIII y, sobre todo en Barcelona aún muy potentes – las recomendaciones preventivas se van a mover siempre en un terreno espacial sin incidir sobre las condiciones de trabajo como lo haría Ramazzini un poco más de medio siglo antes de manera que, los oficios:

“…que despiden mal olor y que infectan el aire de la vecindad…deberían quitarse del interior de la población para colocarlos,, ó fuera de la Ciudad, ó en los extremos más ventilados…”[73]

El informe continúa pasando por comentarios muy genéricos sobre las condiciones higiénicas en hospitales, cárceles, hospicios y conventos para toparse con la fábrica. Con un nuevo espacio laboral diferente al obrador o taller premaquínico del obrero agremiado. Los médicos de la Academia se dan de bruces con el primer proletario fabril español y pasan de una lectura centrífuga – hacia la ciudad y la población –  de los efectos nocivos de efluvios y contaminaciones en determinados oficios a una lectura centrípeta desde la que los afectados van a ser los propios moradores/trabajadores de la fábrica – especialmente en las denominadas “indianas”-[74] Gentes diferentes a los artesanos de los oficios tradicionales que presentan:

“…El semblante pálido, la debilidad, la constitución cachectica[75], las largas enfermedades y la corta vida…”

“…Quantas veces se entra en las indianas, al asomarse á las salas de los texedores, de los pintores y de las mujeres que devanan, se experimenta casi en todas un tufo tan caliente y sufocante, que obliga á compadecerse de la triste suerte de aquella utilísima parte del estado, que en el mismo taller donde trabaxa para ganar su vida, destruic su salud con el aire infecto que respira…”[76]

Y a partir de aquí, el Dr Güell y sus colegas se implican en el asunto manifestando:

“…Merece pues, este punto la atención del Gobierno para obligar a los dueños de las fábricas á que den más capacidad á sus talleres, ó pongan menos gente en ellos, y que al mismo tiempo tengan su ventilador, ó a lo menos muchas ventanas y respiraderos que faciliten la circulación del aire del exterior” [77]

Decíamos[78]que este dictamen puede que sea el primer documento moderno en el que se proponen medidas higiénico/preventivas para los establecimientos fabriles españoles en una línea cercana a la diseñada por Ramazzini[79] 80 años antes, situando los riesgos para la salud derivados del ejercicio de los oficios en el propio cuerpo del trabajador sin proyectarlos de manera generalizada al vecindario o a la ciudad aunque, para ser más exactos,  una lectura sosegada del texto del dictamen parece combinar las dos lecturas pero refiriendo una, al trabajador de los oficios artesanales y, otra, al nuevo obrero fabril –aunque aún no fabril/maquínico – de los primeros talleres/fábrica catalanes ( los talleres de la “bergadana” frente a los de las selfactina automatizadas)[80] desde los que se desprendían peligros para la población pero también para los trabajadores.

Sin embargo, parece que estas conclusiones de la Academia, cuyo primer firmante y líder del informe sería el Dr Güell[81] que además, era por esas fechas el presidente de la misma, no dejaron muy satisfechos a las instancias de poder cercanas a la Real Hacienda y por lo tanto a la Corona, de manera que será el propio Rey Carlos III, por medio de Floridablanca el que encargaría a un médico de su confianza como Joseph Masdevall Terrades (1740-1801) por aquel tiempo Inspector de epidemias en el Principado, un nuevo dictamen sobre: “Si las fábricas de algodón y lana son perniciosas ó no á la salud pública…”

El informe resultante sería rubricado por Masdevall en Figueras el 4 de septiembre de 1784, apareciendo publicado como apéndice en 20 páginas en la segunda edición de la obra del mismo autor: “Relación de las epidemias de calenturas pútridas y malignas que en estos últimos años  se ha padecido en el Principado de Cataluña[82]con el rótulo: Dictamen del mismo doctor Don Joseph Masdevall dado de Orden del Rey sobre si las fábricas de algodón y lana son perniciosas ó no á la salud pública de las Ciudades donde están establecidas “El resultado de este segundo dictamen será contrario al del Dr Güell demostrando palpablemente el comportamiento de los médicos reales, en su defensa doble, de los intereses de la Corona y de los fabricantes barceloneses frente, a los del Consistorio, que de alguna forma procuraba solucionar las amenazas higiénicas a la población, decretando tras el primer dictamen, el desmantelamiento de los establecimientos contaminantes en el interior de Barcelona.

El dictamen elaborado por Masdevall, parece que no pretendió otra cosa que conseguir que el Ayuntamiento volviese a permitir las fábricas de indianas en el interior de la ciudad. Admitía que una cierta peligrosidad en los productos utilizados en el tintado de las telas como el “aceite de vitriolo”, “agua fuerte” o la “sal de saturno” pero a continuación señalaba que en la cantidad en que se utilizaban no eran nocivas para la salud, añadiendo que por ejemplo, había observado personalmente a los trabajadores que manipulaban estas sustancias[83]afirmando que:

“…a todos los he encontrado muy sanos, fuertes, robustos y con un semblante que demuestra estar aquellos hombres enteramente libres de toda disposición morbosa…Lo mismo que tengo dicho haber observado de los que manejan tintes de los vestidos de lana, tengo verificado de los Operarios y Jornaleros que trabajan en las Fábricas de indianas, la gente más lista, mas robusta y menos enfermiza de Barcelona son estos operarios. He entrado varias veces  en las referidas Fábricas, he mirado muy a propósito  el semblante y las facciones de aquellas gentes, que de todas las edades se encuentran en ellas, y á todas las he visto con buenos colores, con buen semblante, y en general mucho mejores y con un ayre mas fuerte y robusto que los demás habitantes de Barcelona…”[84]

No satisfecho con este interesado informe, nuestro inefable Dr. Masdevall pasará a criticar con gran  acritud y desconsideración a los redactores del primer dictamen a los que tacha de:

“…Médicos poco instruidos y sin reflexión…dignos del mayor desprecio, y deben ser mirarse y tenerse por enemigos capitales de la felicidad de la patria y del engrandecimiento y prosperidad de la Monarquía…”[85]

Comentarios que nos señalarán los difíciles caminos por los que en adelante, se irá contemplando la salud de los trabajadores por las élites médicas. Haremos un relato lo más conciso que podamos sobre estos recorridos que descontando algunas excepciones que más tarde veremos se limitan a una lectura de la salud que difícilmente va a contemplar lo que se viene en denominar el sufrimiento social como corrosiones de la salud directamente relacionadas, con el advenimiento de la sociedad del capital. Quizá por ello, la desconfianza del movimiento obrero organizado del último tercio del XIX, hacia todo el discurso médico/higienista de la época centrado – en el mejor de los casos – en los deterioros bio/fisio/somáticos relacionados con el trabajo pero nunca, en el sufrimiento relacionado con toda la problemática de un sistema basado en la explotación de la persona no solamente en los espacios del trabajo sino en el espacio total de la ciudadanía. Un sufrimiento que desde un enfoque evolucionista Enrique Lluria consideraría innecesario y contradictorio con esa propia evolución de la técnica, la naturaleza y la sociedad y que no hace muchas décadas resumiría Max Horkheimer (1895-1973) en estos términos:

“…El sistema capitalista en la fase actual es la explotación organizada en escala mundial. Su conservación es la condición de inconmensurables sufrimientos. Esta sociedad posee en realidad los medios humanos y técnicos para abolir la miseria en sus formas más graves. No sabemos de otra época en que haya existido esta posibilidad en tal medida como hoy…”[86]

En fechas cercanas a los dictámenes de Güell y Masdevall aparecen en el marco de la Real Academia de Ciencias de Sevilla diversas aportaciones sobre salud pública con algunas referencias al trabajo tanto en la ciudad como en las fábricas de la mano del Médico Ambrosio Mª Ximenez de Lorite (1733-1806) como el informe sobre:

 “Las observaciones de varios hombres sofocados en un pozo” (1766) la “Lección político médica del uso de las cotillas con respecto a la salud pública” (1784) la “Disertación médico patológica de las enfermedades de los encarcelados, señalando sus remedios profilácticos y curativos” (1786) para finalizar en 1791, con su informe sobre “Los daños que puede ocasionar a la salud pública la tolerancia de algunas manufacturas dentro de los pueblos”[87]

Informe cuyas conclusiones no solo se distancian del dictamen de Masdevall recomendando que las manufacturas sevillanas se deben situar fuera del casco urbano de la ciudad aunque más bien, más que por su peligrosidad, por las molestias que los malos olores pudiesen provocar. No obstante admitirla que algunas manufacturas como las tenerías, velas o almidón pueden desencadenar enfermedades en sus trabajadores. Lo novedoso será su recomendación de realizar reconocimientos periódicos a sus operarios no tanto, para desarrollar actuaciones preventivas, sino para tener una documentación clínica que sirva para desarrollar estrategias de salubridad urbana[88]

En los inicios del ochocientos continua esta mínima saga de médicos españoles que como hemos comentado, desde sus escritos de higiene urbana o de una madrugadora pero aún, endeblemente diseñada, higiene social, se producen rozaduras que van apuntando a las condiciones de higiene y salud de los trabajadores todavía visualizados en general, desde el mundo de los oficios, del jornalero en  la obra pública y del trabajo agrícola.

Así, tendríamos las aportaciones de un ilustre médico militar, Don Antonio Cibat i Arnautó (1771-1812)[89] en cierta medida olvidado y maldito, por pertenecer al colectivo de intelectuales profundamente ilustrados y liberales que optaron por José I. Sus obras más cercanas a la salud de los trabajadores fueron “Sobre el influxo del gas hidrógeno en la constitución del hombre y sobre los efectos que en ella causa el oxígeno del ayre atmosférico” (Barcelona, Vda e hijos de Aguasvivas,1805)[90] y el más específico sobre salud obrera: “Consideraciones generales acerca de los medios para precaver a los que trabajan en las minas de carbón de piedra, en el desagüe de aguas cenagosas y podridas, abertura de canales y a los que habitan en lugares pantanosos, de adolecer de las enfermedades á que estarían expuestos…” (Barcelona, 1806)


[1] Aunque no lleve el rótulo “avisos” la Domestic Medecine”(1769) del médico escocés William Buchan (1729-1805) se puede considerar igualmente dentro del mismo concepto que la obra de Tissot  de la misma manera que la “Macrobiótica o Arte de extender la vida humana (1796) del alemán Wilhelm Hufeland (1762-1836) y editado en España en 1839 (Madrid, Imprenta y librería de Boix)

También podemos considerar en la misma línea la obra de otro médico franceses como Jean-Baptiste Pressavin (1734-?) con un libro titulado Arte de conservar la salud, traducido por Bartolomé Gallardo y publicado en Salamanca en 1800 (Oficina de Francisco de Tóxar)

En cuanto a médicos españoles que escriben dentro de este canon de los avisos tendríamos anotado el Aviso de Sanidad de Francisco Núñez de Coria (Madrid, Imp. de Pierre Cusin, 1572) los Avisos y documentos para la preservación y cura de la peste de Alonso Díez Daça (Sevilla, en casa de Clemente Hidalgo, 1599) más el libro de Antonio Pérez de Escobar con sus Avisos médicos, populares y domésticos (Madrid, por Joachin Ibarra, 1776) y de carácter menos general, el texto que el Dr. Codorniú dedica a la prevención del cólera epidémico: “Aviso preventivo contra el cólera epidémico o sea, consejos a los pueblos y á los médicos para evitar los estragos de esta enfermedad “Madrid, Imprenta de Don Alejandro Gómez Fuentenebro, 1849

[2] Los  Avisos al pueblo sobre su salud o Tratado de las enfermedades más frecuentes de las gentes del campo los redactaría Tissot alrededor de 1760 siendo publicadas originalmente en francés en la edición de Lausanne de 1761. Se traducirían por primera vez al castellano en 1773 (Pamplona, Pascual Ibáñez, y trad. de Joseph Fernández Rubio, seguida de una segunda edición en 1774 (Madrid, Imp. De Pedro Marín y trad. de Juan Galisteo y Xiorro) y así hasta cinco ediciones más. La última en 1795. Fue un libro como comentaría su traductor Galisteo Xiorro para ser “un mueble precioso en la casa del labrador” (1795,20) que más allá de su funcionalidad médico/pedagógica más o menos conseguida pero siempre, más acertada que la sostenida por lunarios y curanderos, tendría como trasfondo el interés por crear una cultura higiénico/moral que vehiculada por las élites rurales – propietarios, curas, maestros, señoras influyentes y caballeros – pudiese contribuir al fomento y modulación entre las clases populares de comportamientos adecuados a sus intereses totalmente contaminados de ruralismo estamental y alejados de las nuevas mentalidades desamortizantes del industrialismo y las formas de vida urbano/burguesas. De cualquier manera y, al igual, que los escritos de Hufeland, Pressavin o Buchan contribuirían sin duda alguna, a la corrección de la enorme incultura higiénico/sanitaria de la mayoría de la población europea. Con relación a España resulta significativo el número de reediciones en castellano de algunos de estos autores. El asunto está en indagar la penetración real  que encierra esta proliferación editorial en un país con un umbral enorme  de analfabetismo rural. En estos casos – aunque manteniendo un sesgo considerable – puede ser útil el rastreo testimonial en los inventarios testamentarios y en los registros bibliotecarios institucionales españolas como los ya comentados inventariados en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español de la BNE. En esta línea nuestras investigaciones nos han llevado a contabilizar 24 libros en francés y  81 ejemplares de las ediciones en castellano de los avisos de Tissot anteriores al siglo XIX  que, constituyendo un catálogo importante, fueron muy superados por el fondo conservado de la Medicina Doméstica de Buchan del que se conservan nada menos que 158 ejemplares en castellano, 34 en francés y 5 en inglés lo que nos apuntaría un panorama realmente excepcional que nos llevaría a considerar entre los dos autores,  el poso y el peso que hayan podido dejar este modelo de escritos en la cultura médico/sanitaria popular española.

[3] En nuestras concisas notas estadísticas sobre la presencia de ejemplares de los autores de escrituras de “avisos” en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español, los ejemplares de estos avisos de Pérez de Escobar, suponen solamente 14 ejemplares frente a los 158 de Tissot.

[4] Como el Libro de Medicina (1295) de Bernaldo Gordonio o Bernard de Gordon (1270-1330) con una edición en castellano  en Toledo (a costa de Juan de Villaquirán, 1513) y posiblemente otra en Sevilla en 1495; Alfonso Chirino (1365-1429) y sus escritos Espejo de medicina (1401) y Menor daño de medicina (1505)  Luis Lobera de Ávila (1480-1551) con su Banquete de nobles caballeros, (Augsburgo, Imp. de Heinrich Steiner, 1530). Un texto atribuido a Arnaldo de Villanova – pero posiblemente redactado por Chirino – con múltiples reediciones hasta el siglo XVIII titulado Libro de Medicina o Tesoro de pobres con un regimiento de sanidad editado quizá por primera vez, en Toledo en 1501 y posteriormente en Burgos (1524) y Sevilla (1540) y la Conservación de la salud del cuerpo y del alma para el buen regimiento de la salud y más larga vida, de Blas Álvarez de Miraval (Medina del Campo, Imp. de Santiago del Canto, 1597 y Salamanca, en casa de Diego Cussio, 1599)

[5] En esta valoración posiblemente estamos utilizando criterios modernos en relación con las eficacias – por otra parte indudables, de los saberes y prácticas biomédicas – y, no tenemos en cuenta, las grandes carencias asistenciales en la sociedad anterior al siglo XIX. Estas medicinas fronterizas y marginales/marginadas cubrieron esas carencias médico/sanitarias y además funcionaron como placebos de sustitución actuando sobre el complejo sistema psicosomático de las gentes, como dispositivos que en muchos casos mejoraron y aliviaron el sufrimiento de la población. Las escrituras y textos de estos formatos, muchas veces solamente manuscritos, circularon con una cierta abundancia no solo en la península sino en los territorios de ultramar desde más o menos el siglo XVI como por ejemplo, el Tesoro de Medicinas (ca 1589) de Gregorio López (1542-1596) que no sería impreso hasta casi un siglo más tarde (México, 1674, y en la metrópoli, Madrid, 1708) y que funcionaría como un manual médico/popular absolutamente fronterizo pero, dotado de una cierta eficacia, para cubrir problemas y urgencias en la salud de una ingente población sanitariamente desprotegida en la sociedad indígena de Nueva España

[6] Los Lunarios constituyeron una interesante y no muy estudiada literatura de pronósticos climáticos y sanitarios que se inicia a los largo del XVI durando hasta bien entrado el siglo XIX. El lunario más conocido y representativo es el que confeccionó inicialmente el matemático y naturalista valenciano Jerónimo Cortés (1560-1611) Su primer lunario de los dos únicos publicados en vida llevaba como título Lunario perpetuo y fue publicado en Valencia en la Imprenta de los Hermanos de Joan Navarro en 1594. La segunda edición se imprimió en Madrid, casa de Pedro Madrigal, en 1598. La tercera edición – por lo menos la que tenemos referenciada – no se realiza hasta 1713 en Barcelona, Imp. de Joseph Giralt, llevando como titulación El non plus ultra del lunario.

Otro lunario que tenemos anotado se debe al prolífico y peculiar médico y matemático salmantino Diego Torres Villarroel (1694-1770) con su escrito: El Doctor a pie y medicina de mano en mano: Lunario saludable…para redimir a los enfermos del tirano dominio de los que se llaman doctores y de las temporales dolencias ocasionadas por los influxos (sic) celestes de este año de 1730, Salamanca (Imp. de la Santa Cruz, 1730)

[7] Como el libro titulado Medicina buena, natural, segura y por poco dinero para mantenerse todos con una larga vida y buena salud del médico y astrólogo Gómez Arias (Madrid, Imp. de Joseph González (1745)

[8] Tenemos anotado un texto titulado Libro de medicina o Tesoro de Pobres en que se hallarán remedios muy aprobados para la sanidad de diversas enfermedades con un regimiento de sanidad compuesto por el maestro Julián nuevamente corregido y enmendado por Arnaldo de Villanueva. Obra que en la edición que hemos manejado estaría impresa enMadrid, Impresa de Blas Román, en 1784 pero que probablemente fuese confeccionada mucho antes.

[9] Como por ejemplo, Los 36 Mandamientos de Higiene, de J. Hericourt, publicado en Madrid, Ediciones Góngora en 1912.

O textos sobre estrategias para prolongar la vida como el escrito por Ramón Carranza Ibáñez, titulado: Manual del arte de prolongar vida, Salamanca, Imp. de D. Sebastián Cerezo, 1868

[10] El profesor Ballester al referirse a la complexio la consideraba como el resultado del equilibro cuantitativo/cualitativo del conjunto del cuerpo y cada una de sus partes entre sí.

Vide, L.G. Ballester: La búsqueda de la salud. Sanadores y enfermos en la España medieval, Barcelona, 2001, pp 145 y ss. También R. de Francisco: Más allá del Mal de la Rosa, Madrid, 2006,214.

[11] Vide, Rafael de Francisco López: Más allá del Mal de la Rosa. Riesgos y salud laboral de los trabajadores agrícolas en España, Madrid, Revista La Mutua, 2006, pp 147-231.

[12] Un tiempo en el que ya, a partir del Bajo-Imperio romano se produciría en las tierras hispanas un progresivo empobrecimiento del pequeño propietario rural con un aumento del latifundismo y de la presión fiscal que llegaría a imponer impuestos sobre caballos, vestidos y joyas (Constituciones de Teodosio de los años 323 y 337) que darían lugar a sangrientas revueltas campesinas e incluso a facilitar la penetración de vándalos y visigodos considerándolos como liberadores  El panorama de precariedades se agravaría a partir del siglo V con la desaparición de las dos instituciones básicas de la romanización. A partir del siglo V desaparecerán dos de las instituciones básicas de la cultura imperial – la ciudad y las comunicaciones -que van dar lugar a la instalación de una  cultura de la miseria asentada sobre una precaria agricultura de supervivencia pero sin alterar los modelo latifundistas romanos de concentración de la propiedad agraria sino, modificándolo y produciéndose una especie de desamortización inversa de la tierra  desde la que la Iglesia romana (XII Concilio de Toledo en el 681), accedería a la gran propiedad agraria en compañía de la nobleza visigoda y los flecos de las grandes familias hispano-romanas, convirtiéndose por derecho divino en el gran latifundista ibérico llegando, a tener posesiones de más de 6.000 km cuadrados

Vide, José María Blázquez Martínez: Economía de la España romana, 1978; Ángel García Sanz y Jesús Fernández: Enciclopedia de la Historia de España, 1993; Jaime Vicense Vives: Historia económica y social de España, Vol I, 1972; R. de Francisco: Más allá del Mal de la Rosa, 2006.

[13] Así, en la obra De Res Rustica o Los doce libros de agricultura (ca años 40 d.c.) del hispano romano Lucius Moderatus Columela (siglo I d.c.) se habla de la existencia de una especie de celda de castigo – la ergástula – en toda gran explotación agrícola romana para esclavos indómitos con relatos que apuntan a la costumbre de tener encadenados a los esclavos mientras trabajaban (Columela: Los doce libros: Barcelona, Ed. Iberia, 1959, Vol. I Libro I-VIII, 23) En general, las referencias a la salud y enfermedades de los trabajadores agrícolas sería mínima en los geopónicos más antiguos salvo, algunas puntuales excepciones en el terreno de la prevención, como los apuntes que haría Plinio en el libro XIX de su Historia Natural sobre el uso de EPIS en manos y piernas durante la siega. O en la obra de Florentino, un póstumo geopónico griego (siglo III d. n.e.) que en sus Geórgicas y según comentarios referidos por Casiano Baso en el capítulo 47 del libro II de su Geopónica (Ed del Ministerio de Agricultura, Madrid, 1998. Ed original latina del siglo VI d. n. e.) se diría:

“…Sería bueno que establecieras un médico en el campo; pero si esto no es posible, curarás las enfermedades que les sobrevengan a los hombres aprendiendo de los que han padecido el mismo mal…Pues viviendo en la misma zona y compartiendo casi la misma dieta, si caen en las mismas enfermedades se curarán también con los mismos remedios…Per es mejor proveer y prevenir las enfermedades de los trabajadores en la medida de lo posible…”

Casiano Baso, op. c. 1998,155

Como corolario de referencia en relación con las condiciones de salud en la Hispania romana podemos señalar los siguientes datos según las investigaciones paleopatológicas del Dr Baxarías para la población en general:

Altura media del ciudadano hispano romano, 157 cm

Esperanza vida, 33 años

Mortalidad infantil de 1 a 10 años del 17,1%

Población viva mayor de 60 años, 5,5%

Presencia de traumatismos, 18,1% con un 16% de desplazamientos no reducidos

Elevada presencia en los varones de artrosis en muñecas y codos

Elevada presencia en hombres y mujeres de artrosis periastragalina (luxación del astrágalo con repercusión en el calcáneo y escafoides posiblemente relacionada con el trabajo agrícola y forestal)

Presencia de caries en el 50% de la población y de periodontitis de un 20%

Frecuencia muy baja de tumores malignos posiblemente por la ausencia de carcinógenos ambientales presentes actualmente en actividades industriales y en la agricultura

Alta presencia de hernias de Schmorl ( un tipo de hernia discal lumbar) un 24,8% probablemente relacionable con una población trabajadora sometida a una elevada fatiga muscular

Vide, Joaquín Baxarías: La enfermedad en la Hispania Romana, estudio de una necrópolis tarraconense, Zaragoza, Pórtico, 2002, pp., 225 y ss.

En general, la respuesta habitual ante la enfermedad de los trabajadores esclavos era muy simple y resolutiva, se les vende y, asunto concluido; ya no hay necesidad de ellos:

“…Les esclaves vieux ou maladifs, en fin tout ce dont il n’a pas besoin…”

(Catón el Mayor: De Agricultura, versión en francés de M. Nisart: Les Agronomes latins, Paris, chez Firmin-Didot Frères et Cie, 1864, según una reimpresión  facsímil Paris, Ed Errance, 2004, pp., 18-19)

Solamente cuando a partir del siglo III escasean los esclavos y su precio aumenta algunos geopónicos como Rutilio Paladio o Casiano Baso comenzarán a recomendar algunas consideraciones sobre enfermedades humanas en los trabajos del campo; aspecto por otra parte, que no se dio con respecto a ciertos animales como los bueyes que ya, desde el Deuteronomio (Capítulo XXV) fueron considerados en toda sociedad agraria como seres económicamente valiosísimos dotados de un alto contenido mágico/simbólico y a los que nunca se le podía maltratar ( Ref. en  Luis Redonet: El trabajo manual en las Reglas Monásticas, 1919,15)

[14] Consideramos como autores estrictamente geopónicos a los romanos (Columela, Catón, Varrón, Paladio…) descartando a griegos como Hesíodo, Jenofonte o Florentino a los que se les podría atribuir algunas contribuciones a este modelo de escrituras.

[15] Marco Terencio Varrón (116-37 a. C.): De Agriculture, Paris, Editions Errance, 2003,22

[16] Con anterioridad al siglo III la sociedad romana se estratificaba según cuatro estamentos: Dos superiores, el senatorialis y el equester más otro intermedio; el ordo decurionalis o aristocracia local y el último integrado por la plebe de la que formaban parte, artesanos, comerciantes y pequeños propietarios rurales. Como vemos, en esta clasificatoria no está el esclavo y no está porque sencillamente, en la tradición greco/romana como nos apuntara Peter Brown (1988) y Richard Sennett (1994) el cuerpo del esclavo – y posiblemente el de la mujer – no existe – y no existe, porque no se refleja en el poder de la ciudad. No está presente ni en el Ágora ni en el Estadio ni en el Senado.

En último lugar y a partir de Augusto, una sociedad como la tardo romana esquilmada por la muerte organizaría sus lenguajes sobre el cuerpo desde las urgencias de la supervivencia y la fertilidad pero, solamente, de las elites. Probablemente una de las claves de la repugnancia ideológica de las clases dirigentes romanas contra los primitivos cristianos pudo derivarse del terrorismo eugenésico esgrimido por los primeros predicadores cristianos – especialmente San Pablo –  apostando por la virginidad y el

celibato radical considerándolo, como una intolerable agresión a la supervivencia de la sociedad y la ciudad romana. Si la sociedad clásica asentaba su discurso sobre el cuerpo de los estamentos privilegiados o cercanos al poder de la ciudad excluyendo, extranjeros, mujeres y esclavos, el cristianismo – en principio – lo haría desde la sospecha y la negación incluida, la sexualidad aunque fuese como fertilidad. El único cuerpo válido sería el cuerpo mito del Cristo resucitado como negación absoluta de la fertilidad sexuada.

En el Alto medievo occidental y a pesar de las excepciones monásticas, podemos observar cómo desde el relato escritural e iconográfico estaría referido en casi su totalidad a los cuerpos de reyes, caballeros, vírgenes, niños cristos, crucificados y personajes de las élites religiosas y del santoral. Los únicos cuerpos en los que se podría admitir el sufrimiento o la felicidad. Al otro lado de la luna, la opacidad absoluta sobre el populo minuto. Todo ello reforzado por el peso del mito de la “Pasión “como eje significante de la negación de la carnalidad u obscenidad del cuerpo aunque, paradójica y, mágicamente, intente sublimarla

Vide, comentarios retomados/reconstruidos en R. de Francisco, 2006, pp 184 y ss 

[17] Con esta denominación nos referimos a la minoría militar de los invasores germánicos constituida por unas 1.500 familias de un contingente total entre vándalos y visigodos que no superaría los 280.000 individuos, dentro de un panorama poblacional hispano/romano que  pudo llegar a los 5 millones de habitantes.

En este nuevo modelo de propiedad aparte los latifundistas estaban los rusticani segmentados en los posesores o medianos propietarios con estatus jurídico libre y de origen germánico; los pequeños propietarios de origen hispano/romano en cuyas tierras solamente trabajaba la familia y un amplio colectivo de trabajadores sin tierra formado por siervos rústicos, libertos sub obsequium, colonos, precaristas y encomendados reproduciendo la antigua clasificatoria dicotómica de potentiores y humiliores. En general formando un conjunto de trabajadores enormemente heterogéneo con estatus de esclavos camuflados bajo su conversión en siervos – nunca totalmente manumitidos – como sería  siempre, hasta bien entrado el siglo XIX, el de los jornaleros agrícolas. Incluso la Iglesia tendría sus propios esclavos-siervos (los vilísimus) formando parte de la eufemística “familiae ecclesiae” que en algunas diócesis fueron centenares y considerados como bienes patrimoniales, con  el mismo rango que los árboles o cualquier otro elemento animal o vegetal que determinase el valor de la tierra.

Vide, Maluquer, Balil, Blázquez y Orlandis: Historia económica y social de España dirigida por Vázquez de Prada, Madrid, 1973, 467-468-512; Rafael de Francisco, 2006, 202 y ss.

[18] San Isidoro: Etimologías, BAC, 2004,479

[19] La contribución de la Iglesia en este proceso sería decisivo; no solamente desde el paradójico relato de las escrituras patrísticas, sino de la propia práctica de la política eclesial. Así una de las primeras estrategias de la Iglesia cristiana visigótica desarrollada en el ya mencionado IV Concilio de Toledo en el 633, consistiría en asegurarse el control permanente sobre los trabajadores “siervos”  de  los que por una parte aconsejaba su liberación de la esclavitud y por otra, encadenaba al fundo eclesial de manera hereditaria. Es más, en dicho Concilio “casualmente”  presidido por San Isidoro, este preclaro doctor de la Iglesia proclamaría que los derechos de la misma, eran tan eternos como ella misma; y por lo tanto, “una Patrona que nunca muere” (Anotado también en Maluquer y otros: Historia social y económica de España, Vol I. p. 527)

Además, parece que en algunas instituciones monacales/hospitalarias como el monasterio de  Masona en Mérida (siglo VI) los servicios de enfermería (los serviciarios o auxiliares sanitarios) eran ejercidos por esclavos y, algunas veces, los médicos puede que fuesen también esclavos. Todos ellos al servicio de la poderosa iglesia emeritense durante el siglo VI y VII una vez conseguida, su hegemonía frente al arrianismo.

Vide, Blas Curado: La medicina en Mérida según los padres emeritenses, Mérida, 2004,198

[20] R de Francisco: Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007, 19 y ss.

[21] En relación a este aspecto y como luego veremos (infra, nota 311) existieron algunas excepciones como la del Xenodochium del obispo Masona en Mérida muy volcado a la asistencia a la población urbana emeritense

[22] Parece que aunque la llegada a la península de los canónigos agustinos (sacerdotes viviendo en comunidad) pudo ser alrededor del siglo VI su plasmación en instituciones claramente monacales no se llevó a cabo hasta el tiempo de las peregrinaciones a Santiago de Compostela como la Real Colegiata de Santa Mª de Roncesvalles (ca 1127)

Estos canónigos se regían por la Regla de San Agustín redactada a finales del siglo IV con contenidos funcionales parecidos a la benedictina pero presentando un trasfondo asistencial en donde el peregrino o el enfermo recuerda la comunidad cristiana primitiva. Será una teología de la fraternidad posiblemente menos potente que la benita asentada sobre una teología cristológica de la caridad desde la que se lee el cuerpo del peregrino, como representación simbólica del Cristo sufriente.

[23] Más algunas otras casi desconocidas como las promovidas por San Fructuoso (vivió en el siglo VII) en las tierras del Bierzo iniciando su vida monástica primero como anacoreta en los duros parajes del valle de Compludo y luego  creando en el 640,  una especie de comunidad monacal a modo de falansterio eclesial con el nombre de Monasterio de Santo Justo y Pastor con dos asentamientos o instalaciones anejos que pudieron ser una hospedería y una enfermería. Esta institución se nos presenta interesante en la medida en que parece que estuvo respaldada eclesialmente por una rigurosa regula monacal y además porque su ampliación a todo el Noroeste de la península pudo suponer la edificación de un tejido de cobertura hospitalaria significativa mucho antes de la existencia del Camino de Santiago y de las rutas diferentes a las del camino francés. Dudamos que hubiese una estricta práctica o cultura médica pero sí parece, que existieron algunos monjes que actuaban como hábiles sanadores. De cualquier manera, la Regula de San Fructuoso se nos presenta como la regulación de disposiciones para la convivencia desde perspectivas quizá más amplias que las benitas como por ejemplo la recogida de niños y ancianos en locales diferenciados con un especial cuidado en la regulación de la comida, el vestido y los medios de descanso. En general, todo peregrino, desvalido o simplemente viajero, enfermo o sano, pobre o rico, incluso escapado de la justicia, será hospedado en el monasterio Y cada uno de estos diferentes colectivos tendrán un singular tratamiento en la Regla de San Fructuoso. A los reos de algún delito por ejemplo, no se les dará carne ni vino, se vestirán muy sobriamente y como cama solamente una esterilla. Sorpresivamente, nuestras indagaciones sobre el monacato altomedieval ibérico nos hacen pensar que posiblemente los cenobios de la regla de Fructuoso pudieron recibir alguna influencia de la cultura hospitalaria del Xenodochium meridense aunque, los modelos institucionales fuesen diferentes dado que, el xenodochia respondía siempre a un diseño inscrito en la ciudad mientras que el hospital se inscribía en una estructura física, Abadía o Monasterio situado extramuros siempre, cercano a vías de comunicación o como el cenobio de Fructuoso en zonas inhóspitas o de difícil acceso como el valle del Compludo.

Vide, Antonio Viñayo González: La hospitalidad monástica en las Reglas de San Isidoro de Sevilla  y de San Fructuoso del Bierzo, en Horacio Santiago-Otero (cor): El Camino de Santiago, la hospitalidad monástica y las peregrinaciones,  J. de Castilla y León, 1992, pp 39-51.

[24] El asunto pueda que sea más complejo; Aunque efectivamente la cultura higiénico/sanitaria monacal incorporaría flecos de la medicina clásica pensamos que se limitaron a los inscritos en la memoria profesional/familiar del colectivo. – no sabemos si fue escaso o numeroso – de médicos griegos que a partir de la penetración bizantina en la Hispania arriano/visigoda se repartieron por la península antes del 713. Lo que parece claro, es que el peso y consistencia de estos saberes y prácticas greco/latinas no cobraron su expresión más perfeccionada hasta la incorporación del arabismo médico en el entorno de los siglos XII y XIII mediante la labor de recopilación y traducción – a pesar del esfuerzo de Montecassino – ofrecida por la Escuela de Salerno (siglo XI) y la de traductores de Toledo (siglo XIII) rematado todo ello por la posterior cultura médica universitaria de Montpellier (siglo XIII) que cerrará el diseño laico de la praxis sanitarista iniciado en Salerno con un enfoque más terapéutico/médico que asistencial/monástico, dando paso las prácticas elitistas de la medicina para “nobles caballeros”

A diferencia de esa medicina desarrollada y hegemonizada por los primeros doctores latino/universitarios, los conocimientos médicos en las instituciones monásticas durante el tiempo que va del siglo III al XIII, no fueron saberes diagnóstico/terapéuticos, sino una cultura del cuidado del cuerpo (equiparable a una cultura de “enfermería”) de origen teologal proyectada sobre determinadas figuras sociológicas como el peregrino – vida como viaje y, viaje como camino hacia la eternidad –  y el desvalido – cuerpo económicamente rentable para el que ejercita la caridad -que, sobre todo a partir de la instauración de las rutas jacobeas (finales del siglo IX) promovió en sus diferentes caminos, la creación de cientos de albergues y hospederías que, adosados a los claustros monacales tuvieron más, que una finalidad asistencial profesionalizada, cometidos de protección y hospedaje de los numerosos y heterogéneos colectivos de gentes de toda condición que inundaron, por lo menos hasta el siglo XV las trochas del Camino de Santiago.

[25] Realmente, como en otras muchas cuestiones que se presentan a menudo en los relatos sociológicos que se suelen realizar desde las izquierdas políticamente correctas sobre las religiones, las cosas no son tan simples. Efectivamente, existiendo una patente opacidad del cuerpo en lo que se refiera a la salud o la enfermedad como lo podemos entender desde  la Ilustración, ese cuerpo por ejemplo en el cristianismo medieval, tendrá una visibilidad potente desde otras perspectivas precisamente marcadas por el paradigma dominante a caballo entre lo teológico/etnocristológico y la economía de la salvación por la caridad.

El epistema cristiano lee el cuerpo siempre desde un mito; desde la mitológica de la crucifixión y el sufrimiento como negación de una vida que, no es la vida somática ni se inscribe en la ecovida de la tierra; simplemente es una vida para otro cuerpo y otro mundo. La referencia cristológica constituye el núcleo antropológico basal del epistema cristiano. Piénsese en el continuo inventario de imaginarios que tienen que ver con el cuerpo en el relato cristiano del Nuevo Testamento: concepcion, asunción, resurrección, milagrería, reliquias, sagrada cena, crucifixión, espacios infernales, canibalismo simbólico/sacramental de la comunión… Un poco reproduciendo la estrategia greco/romana de antropomaterialización de los dioses el cristianismo patrístico crea un cuerpo para el dios hebreo, el cuerpo del Cristo y precisamente desde esa mitológica, sin duda paradójica, se construye un relato teologal desde el que, el cuerpo como metáfora y reproducción simbólica del cuerpo de Cristo, no solamente se hace visible, sino que debe ser protegido porque es el mismo cuerpo de Cristo, el cuerpo y la carne por antonomasia. Quien cuida ese cuerpo está cuidando el cuerpo del crucificado. La protección al peregrino, al pobre al desvalido, a todo cuerpo cercano al sufrimiento cristomítico va a estructural una economía social, en donde la caridad se constituye como pulsión comportamental básica en el manejo de todo cuerpo quebrantado. Simplemente porque la caridad, el amparo de esos cuerpos se organiza teologalmente como algo que  se hace con el mismo cuerpo de cristo recordando todo el anecdotario beato de la memoria ceremonial litúrgica como el escriturado/relatado en la “vía crucis”

Por supuesto que desde el cristianismo se utiliza la caridad como bono exculpatorio y acumulación de méritos para la vida eterna, pero a la vez, organiza miradas, emociones, sensibilidades y posiblemente saberes y dispositivos de cuidados y asistencias sobre las enfermedades de la población. Por ejemplo, junto a los aspectos socioeconómicos y políticos que con toda seguridad constituyeron el telón de fondo del Camino de Santiago, no se pondría entender el inmenso despliegue de monasterios, hospederías y establecimientos de asilo y asistencia presentes en sus recorridos sin tener en cuenta el trasfondo teologal/litúrgico del viaje/peregrinaje de manera, que todo aquel que hospeda a alguien está hospedando al mismo cristo a pesar de que como paradoja, por otra parte, se monte sobre el camino – como sobre la simbólica paralela de las Cruzadas – toda una mística de negación del mundo; viajando sobre una tierra que no es la nuestra, hacia la verdadera tierra de salvación cuyas puertas imaginarias serán Jerusalén o el sepulcro del apóstol   

[26] En relación a la obra de San Pacomio escrita originariamente en copto en el 350 d.C. ésta es traducida por San Jerónimo en el siglo V. Nosotros hemos utilizado la versión realizada por el monje de Silos fray Ramón Álvarez: Pacomio Reglas Monásticas, Silos, 2004

[27] Fray Ramón Álvarez, op.c. Precepto 11, p., 189

[28] Fray Ramón Álvarez, op.c. p., 191

[29] No será nada menos que doce siglos más tarde cuando Bernardino Ramazzini (1713) añada a su De morbis artificum (1700) un apartado dedicado a las enfermedades de las monjas de clausura: Disertación sobre el cuidado de la salud de las vírgenes consagradas, en donde desarrolla contenidos muy próximos a los de la regula benedictina

[30] Vide, Rafael de Francisco: Más allá del Mal de la Rosa, 2006, pp., 205 y ss.

[31] Y solamente “en cierta medida” pues el hospital civil medieval no se inició hasta el bajo medievo precisamente a partir de la prohibición (infra, nota 297) del ejercicio médico a los clérigos y la creación de hermandades laicas y órdenes hospitalarias. Lo que si inaugurarían sería una cultura hospitalaria en la que sus beneficiarios no eran exclusivamente monjes, peregrinos  o desheredados sino trabajadores en general aunque, como era lo común en la época, fuesen solamente porque fuesen pobres como siervos de la tierra o de la casa. Todo ello, sobre una estructura espacial en la que se pasó de una simple estancia o albergue para cobijo de peregrinos o vagamundos modelo hospital/lazareto, a otra más compleja de modelo “chenodochium” o curativo. Modelo pergeñado ya, por el  monacato oriental, pero  que  a partir de San Benito consiguen crear instituciones médico/eclesiales de la robustez institucional de Montecassino (529) o de la Abadía de Saint Gall en Suiza (820)

En la Hispania altomedieval tendríamos el Hospital o Xenodochium de Mérida promovido y posiblemente dirigido por el controvertido obispo de origen godo Masona (511-586) aunque observando la regula benita, que nos parece una institución nosocomial realmente excepcional y casi desconocida que, probablemente se la pueda considerar como la única en nuestro país, verdaderamente precursora de la Medicina Pública y que por la información que manejamos hasta hora solo sabemos, que contaba con profesionales laicos de la medicina –algunos esclavos – y que admitía a gentes de toda condición. Parce que se construyó en el tiempo en que Mérida estuvo sometida entre en 571 y 586 a severas epidemias de peste respondiendo, a una constante preocupación del referido obispo por la salud de la población. El conocimiento de la existencia de este temprano hospital episcopal nos hace pensar que antes de la influencia monacal benedictina sobre la atención sanitaria a la población tuvo que haber otra de origen visigodo/oriental  pues la fundación de enclaves monacales benedictinos en España no episcopales sería bastante posterior. Nosotros tenemos anotado como – quizá el primero – monasterio-hospital benedictino, al de la Abadía de San Julián en Samos, probablemente del siglo VI (Linage Conde, 1992) y los posteriores de los siglos XI (Monasterio de Sahagún) y XII (Monasterio de Santa María de Niencebas) por intermedio de las versiones benitas de  Cluny y el Cister y no pensamos que los primeros monasterios netamente hispano/benedictinos como los citados, o el de San Juan de la Peña en Jaca, tuviesen instalaciones y criterios sanitaristas modelo montecassino.

[32] Hasta los albores del bajomedievo en donde los Concilios de Clermont (1130) Tours (1163) y el IV de Letrán (1215) prohibiesen a clérigos y monjes la práctica médico/quirúrgica

[33] Citado en la versión que hemos utilizado de la Regula, BAC, 2006, traducida y anotada por fray Iñaki Aranguren OBS

[34] Esta cronoergonomía del trabajo profusamente expuesta en la Regula como distribución articulada entre el trabajo manual y el intelectual (recitaciones, lectura y canto) salvo lo que consideramos como un cierto desequilibrio en las horas de descanso nocturno, se nos ofrecen como una gran aportación a la adecuación ergonómica entre tipo de trabajo – y además dentro de una peculiar cosmovisión religiosa – y prevención de la salud que, por lo tanto, constituye –para nosotros – una madrugada excepcional. La lectura de la organización del tiempo monástico en la RB, en un tiempo en el que no se conoce la clínica psicosocial de los ritmos circadianos es enormemente sugerente combinando angustias culturales, fatigas corporales y psicológicas, productividad organizacional  y climatología.

Vide, Rafael de Francisco: Más allá de la Rosa, 2006 pp., 211-214; Eduard Schneider: Les  Heures Bénédictines, Paris, Paul Ollendorff, 1925; Fray Clemente de la Serna (OSB) Abadía de Silos, 1980.

[35] Curiosamente Salerno estaría relativamente cerca de Montecassino y no fue solamente una institución regida por laicos sino parece que también habría monjes ejerciendo cometidos médicos/sanitarios

Vide, Charles Singer y E. Ashworth: Breve historia de la Medicina, 1996, 91

[36] L. G. Ballester: La Búsqueda de la salud. Sanadores y enfermos en la España medieval, en donde probablemente se refería a un médico conocido como Estéfano, autor de La medicina castellana regia en 1318. Barcelona, Ed. Península, 2001, 145 y ss.

[37] Referenciada por nosotros en R. de Francisco, 2006, op.c. p. 214

[38] Vide, López Piñero en Charles Singer y E. AShworth: Breve historia de la medicina, Madrid, Ed., Guadarrama, 1966, 723

[39] El Maristán de Granada (1375) funcionaría como una verdadera policlínica con espacios terapéuticas diferenciadas con zonas para enfermedades de los ojos, convalecientes o enajenados más residencia para médicos, practicantes y enfermeros con una organización casi integral de coberturas sociales que, proporcionaba viáticos de subsistencia a aquellos que una vez dados de alta quedaban sin recursos o incapacitados para trabajar

Vide, Fidel Fernández: La medicina árabe en España, Barcelona, 1936, 199; R de Francisco, op.c. p. 218

[40] En general, mientras que en la Hispania cristiana la documentación legislativa civil intenta sobre todo organizar las redes de poder funcionando como una codificación de frontera, en la Hispania musulmana parece que se dedica una reseñable atención a la ordenación higiénica de la ciudad desde la surgirían  transparencias y visualizaciones realistas del cuerpo a diferencia, de los encubrimientos místicos o salvíficos derivados del discurso cristiano de la economía de la salvación. En realidad la cultura religiosa musulmana – por supuesto, no exenta de mitos – por lo menos se ladeó de la mistérica cristiana de la transustanciación de la carne que, al jugar con la materialidad y obscenidad del cuerpo, le podía según conveniencias convertir en opaco.

Así, el modelo de atención terapéutica como la  ofrecida en el maristán de Granada y en  los tempranos nosocomios hispanos del Al-Andalus que podríamos considerar como verdaderos hospitales clínicos a diferencia de los cristianos que en realidad, no fueron otra cosa que albergues para pobres, apestados y peregrinos, se construyó un  modelo asistencial imposible de comprender sin relacionarlo con sensibilidades materialistas/realistas sobre cuerpos mitificados desde finalidades sacrificales. Posiblemente esta lectura realista del cuerpo de las gentes hizo posible – a lo menos durante los siglos de esplendor de los califatos – que desde la higienización de la ciudad y de la vida cotidiana se pudo pasar a las condiciones de trabajo mucho tiempo antes que en las tierras de la reconquista. En un precioso documento del siglo XI consistente en una especie de ordenanzas de policía urbana para la ciudad de Sevilla escrita por Ibn-Abdún (1050-1135)  un no muy conocido jurista y urbanista sevillano se diría:

“…Que se dé el mayor impulso a la agricultura, la cual debe ser alentada, asi como los labradores han de ser tratados con benevolencia y protegidos en sus labores…” o en páginas posteriores:

“…No se permitirá a los mozos de cordel que lleven a cuestas más de medio cahiz (unos 28 kilos) pues el cargar más puede acabar con ellos…” (Vide, Emilio García Gómez y Levi-Provenzal: Sevilla a comienzos del siglo XII, Sevilla, 1981, pp., 42 -130 y R. de Francisco, 2006,219)

Abundando en este asunto el prestigiado autor cordobés Abu-al- Walid Ibn Rusd conocido como Averroes (1126-1198) al comentar las cosas que “nos pueden producir daño” en relación con oficios y profesiones exponiendo:

“…Ejercicios físicos inadecuados al igual que por los oficios difíciles de ejecutar o por cosas que afectan al ánimo como la cólera o el miedo y, en general, todo aquello que perjudica  la complexión, sea o no material…”

(Al Kulliyyat o Libro de las generalidades de la Medicina,Madrid, Trotta, 2003,361)

[41] Como por ejemplo la ciudad de Puente la Reina sobre el rio Arga en el camino francés, que es un claro exponente de ciudad/camino que se desarrolla de simple caserío a villa por estar anclado en la ruta jacobea navarra durante los siglos X y XI

[42] No obstante, el fenómeno de las peregrinaciones como catalizante de instituciones asistenciales no se daría solamente con el  de Santiago. Parece que ya, en el siglo IV se crearon rutas de peregrinación al Monasterio de Santa Eulalia, patrona de Mérida; que contaba con una especie de enfermería anexa al edifico claustral

[43] Tejido hospitalario abundante y diverso que cubría la totalidad de los principales recorridos del camino jacobeo en tramos de unos 10 o 12 kilómetros y no exclusivamente formados por instituciones monacales benitas sino de otras órdenes religiosas como los agustinos de Roncesvalles y San Marcos de León; episcopales como el Hospital de Santiago o el de San Martín de Pamplona más los promovidos por reyes (Hospital de San Juan de Burgos en el siglo XI a instancias de Alfonso VI) y órdenes militares como el Temple con el hospital de Puente de la Reina en Navarra (siglo XI)

Vide, Horacio Santiago Otero: El camino de Santiago, la hospitalidad monástica y las perigraciones, Salamanca, 1992

[44] De los que los más renombrados y tempranos – aparte del de San Julián de Samos –  serían por ejemplo, los de San Salvador de Leyre (Navarra) o el Monasterio de San Benito en Sahagún (León, 1080) en cuanto a Cluny, y los de Silos (Burgos, 1130) y Santa María de Poblet (Tarragona, 1149) del Císter.

[45] Vide, García Ballester: Sanadores y enfermos en la España medieval, Barcelona, 1992,160

[46] Vide, García Ballester: Historia social de la medicina en la España de los siglos XIII al XVI, Madrid, 1976, 135; R de Francisco, op. c., 2006,215 y ss.

[47] Chirino: Mayor daño de Medicina. Espejo de medicina, Madrid, Imp. De J. Cosano, 1414, pp., 157-158

[48] Ya en los fueros de León (1017) las Partidas de Alfonso X (1252), el Ordenamiento de Alcalá (1348) de Alfonso XI y en el Ordenamiento de Labradores y Menestrales de Pedro I el justiciero (Cortes de Valladolid del 1351) Cortes de Toro (1371) Cortes de Burgos (1377) Cortes de Soria (1380)  o las de Guadalajara de 1390, se dictarían disposiciones relativas a evitar tropelías de señores, nobles y merinos contra colonos y menestrales con algunas consideraciones sobre las condiciones de trabajo como la promulgación de que la jornada de trabajo “que se suela alogar fuese solamente de sol a sol …o …prender y lisiar, atormentar ni matar a persona alguna sin razón y sin derecho…” o disposiciones relativas a personas impedidas, enfermas o menores de edad que: “…  oviesen tales enfermedades et lisiones o tan gran vejez que non puedan facer, et mozos et mozas menores de edad de doce annos…”

Vide, Manuel Colmeiro: Cortes de los antiguos reinos de Castilla y León, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (www, cervantesvirtual.com); Julio Valdeón Baruque: Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV y XV, Madrid, Siglo XXI, 1975,103

[49] El fuero de los Infanzones de Navarra decretaba que éstos, no estaban obligados al cumplimiento  de sus promesas con los villanos y algunos prelados como el Obispo de Tortosa podía imponer penas de confinamiento a sus vasallos que les mataban de frio, hambre o sed. En las cortes de Nájera (ca. 1137) se establecía cómo el solariego rural, no tendría ninguna fuerza legal contra el señor de forma que ricos hombres y caballeros podían exigir servicios a su albedrío so amenaza de embargo o los tenían presos sin alimento hasta que consentían las exigencias

Vide, Miguel López Martínez: Absentismo y espíritu rural, Madrid, Tipografía de Ginés Hernández, 1889, 170

[50] Vide, Miguel López Martínez: op. c., pp 170 y ss.

[51] Ibn Jaldún: Al-Muqaddimah, versión en castellano México, FCE, 1977 p 268.

[52] Como por ejemplo la abolición del estatus de servidumbre feudal para el campesinado castellano en las Cortes de Toledo de 1480. (R de Francisco, 206,222)

[53] En un comentario de Gabriel Alonso de Herrera (siglo XVI) del que a continuación hablaremos con mayor amplitud (infra p. 166) sorprende el encontrarnos con lo siguiente:

“…Y si el señor de la heredad tiene esclavos que andan con hierros este es el oficio del campo en que mejor le pueden servir porque ni han de ir corriendo en este oficio tras el lobo que lleva al cordero, ni han de dar las vueltas que dan los que aran. No digo que hagan este oficio mejor los aherrojados que otros, mas que habiendo éstos en casa, éste es el oficio del campo (se refiere Herrera a cavar las viñas) que ellos mejor pueden hacer y al que menos estorban los hierros que traen…”

 Vide, Gabriel A. de Herrera: Obra de Agricultura, versión de Martínez Carreras, Madrid, 1970,77

[54] Op c p. 77

[55] Construcción de un andamiaje que se constituye desde un complejo recorrido que nosotros estamos simplificando y en el que estuvo significativamente presente la necesidad de construir una arquitectura del Estado que se correspondiera con las necesidades de gobernanza de la modernidad europea y que, en el campo de la salud de la población, presentaría diversos vértices como sería la estatalización de competencias eclesiales y municipales en el control de la salud como sería ya desde el reinado de los Reyes Católicos la inicial creación de hospitales reales – laico/estatales – como el Real Hospital de Santiago de Compostela (1501) el Real Hospital de Granada (1504) o el Hospital de la Santa Cruz de Toledo (1501) junto a la instauración de comisarios o representantes del Estado en el control de pestes y enfermedades infectocontagiosas como sería la figura del alcalde de la lepra (1447) en el mismo año en que se instituye el Real Tribunal del Protomedicato como primer intento para la lenta construcción de una administración secularizada de la asistencia sanitaria que iría sustituyendo a la eclesiástica en un proceso que no finalizaría hasta el siglo XIX y que aún, mantendría sus flecos de una u otra forma hasta casi nuestros días y muy especialmente durante los años del primer franquismo (1939-1959) en donde la Iglesia por medio del clero regular masculino y femenino, ejercería un considerable control de instituciones asistenciales como hospicios, hospitales, casas de maternidad y presidios especialmente de mujeres en donde las “monjitas” de las Hijas del Buen Pastor en la madrileña cárcel de Ventas y las Hijas de la Caridad en las Corts de Barcelona (curiosamente galardonadas con el Príncipe de Asturias a la Concordia en el 2005) fueron un ejemplo de humanidad cristiana con un trato constante de humillaciones y maltrato psicológico a las prisioneras políticas…En otra ocasión escribiremos sobre éstos asuntos aunque solamente sea por eso de la maldita memoria.

[56] No obstante, existieron algunos prolegómenos anteriores como  el Fuero de Madrid de 1202, también conocido como Fuero Viejo en tiempos de Alfonso VIII en el que se incluían disposiciones sobe salubridad urbana y de determinados oficios. Este fuero de promoción vecinal y local estaría vigente hasta 1389 en que sería sustituido por un nuevo Fuero Real promulgado por Alfonso XI

Vide, Rafael de Francisco, 2010, nota 44, p. 65; Antonio Cavanilles: Memoria sobre el Fuero de Madrid del año 1202, Imprenta de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1850.

[57] Vide, A. Capmany: Memorias históricas sobre la Marina, Comercio y Artes de la antigua ciudad de Barcelona, Madrid, Imprenta de Sancha, 1779, parte 3ª, 135. Citado también R de Francisco, 207, 19

[58] Según un análisis cuantitativo que hacíamos en “La construcción en España de las primeras estrategias preventivas con relación a enfermedades y riesgos en el trabajo” (Madrid, 2010, pp. 65-66) contemplando un largo periodo que iría desde el autoritario Ordenamiento de Alcalá de 1384 – que de alguna manera destruye parte de los contenidos prodemocráticos contenidos en el Fuero Viejo y en Las Partidas y, no digamos de los Fueros de León ( 1017-1188) verdadero ejemplo de una patente mentalidad política/democrática- hasta los inicios del XIX, las disposiciones legales de tipo preventivo o relacionables con la higiene o seguridad en los oficios nos darían un balance muy limitado. En este tiempo de casi cinco siglos tenemos contabilizados 4.239 documentos de tipo socioeconómico de los cuales solamente 52 se podría corresponder con aspectos preventivos relacionados con la accidentalidad laboral, la higiene o la suavización de las condiciones de trabajo. Pero lo más llamativo de estos datos es que de esos 52 mandatos 38 (el 73%) se refieren a la legislación de Indias con lo que solamente nos encontramos con un 0,6% de disposiciones de esta índole para el territorio hispano cristiano o posteriormente metropolitano. No es ahora el momento de abundar en este asunto de las Leyes de Indias – nosotros siempre hemos manifestado una cierta postura de prudencia cuando no, de desconfianza hacia las mismas – aunque cada vez, vamos teniendo más claro que si bien existieron sobre el papel, pocas veces se ejecutaron. En uno de nuestros últimos rastreos bibliográficos y documentales nos hemos encontrado con testimonios casi primarios que nos han ayudado a cimentar estas presunciones – también anotado en la op c. pp. 64-65 – como sería el caso del Teniente Gobernador de la Villa de Santa Cruz de Mompox (actual Colombia) don Juan de Junco que, habiendo dictado  unas Ordenanzas sobre las condiciones de trabajo de los indios en su “bogar” por las caudalosas aguas del rio Magdalena (23 de julio de 1560) que suponían durísimos esfuerzos especialmente, cuando se iba contracorriente, en las que introduce disposiciones sobre la carga de las canoas, la frecuencia de los viajes con descansos de dos meses más, otras medidas ergónomo preventivas, como que se provea a los remeros de sombreros de fieltro o de paja para evitar insolaciones, junto con la obligación de que las canoas estén provistas de  un “toldote de veynte baras de cañamazo el cual, cada encomendadero sea obligado a lo tener para que los indyos que tal canoa bogaren, duerman debajo…”

Pues bien, el caso es que, no solamente los encomendadores no cumplieron con estas disposiciones sino que asaltaron la casa del gobernador, hirieron de muerte a uno de sus alguaciles y apresaron al mismo don Juan de Junco con “cepo y grillos” para a continuación embarcarlo en penosísimas y humillantes condiciones “amarrado con cuerdas y cadenas “ hacia Cartagena de Indias. Como resultado de estas felonías el bueno del Gobernador, quedaría “manco de la pierna derecha” (Referencia en Antonio Ybat León: Los trabajadores del rio Magdalena durante el siglo XVI, Barcelona, Talleres Verita, 1933, p., 133-159)

Semejantes resistencias, unas patentes y sangrientas como la relatada y otras más o menos veladas parece que, atravesaron continuamente el alcance real de toda la legislación de indias que blanco sobre negro se puede considerar como ejemplar y realmente adelantada para su tiempo pero, machaconamente atascada y saboteada; incluso, motivadora de motines y revueltas de los nuevos e interesados señores feudales. En esta línea también referida por el profesor Ybot (op.c. p. 55) hubo una revuelta violentísima como consecuencia de las Nuevas Leyes de Indias (1542) propuestas por fray Bartolomé de las Casas que como consecuencia ocasionaría la muerte del propio Virrey del Perú don Blasco Núñez de Vela comandando las tropas con las que se enfrentaría a estos amotinados el 18 de enero de 1546.

[59]Recordamos que todavía en 1746, unos años antes del reinado de Carlos III, escribía Casimiro de Urtáriz como el aire de Madrid estaba tan inficionado que:

“…sean las calles el enemigo mayor de nuestra salud…”

Vide, Casimiro de Uztáriz: Discurso sobre el gobierno de Madrid, ed. de Pere Mola, Oviedo, Instituto Feijó de Estudios de siglo XVIII, 2000, 25

[60] J.B. Juanini: Discurso político y Phisico…,Madrid, 1689, 2ª ed. Imprenta Real, p 30

[61] Durante el reinado de Felipe IV hubo un primer intento de reglamentación higiénica de Madrid de la mano del alarife real Juan de Torixa (1604-1666) con su Tratado breve sobre las Ordenanzas de la Villa de Madrid y policía de ella, Madrid por Pablo de Val, 1661

[62] Archivo Histórico Nacional: Sala de Alcaldes de Casa y Corte, 1725, folio 254

[63] Archivo Histórico Nacional: Sala de Alcaldes de Casa y Corte, 1728, folio 136

[64] Archivo Histórico Nacional: Sala de Alcaldes de Casa y Corte, 1763, folio 32.

Vide, R de Francisco, 2007, para todas estas referencias de la Sala de Alcaldes.

[65] Vide, Mariano y José Luis Peset: Cultivos de arroz y paludismo en la Valencia del siglo XVIII, Revista Hispania, nº 121, Madrid, 1973.

[66] Antonio Josef Cavanilles, escribe entre 1795 y 1797 sus Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos de reino de Valencia. Obra absolutamente presociológica, que contiene comentarios epidemiológicas sobre la morbimortalidad de las gentes dedicadas al cultivo arrocero manifestando que:

“…Muchas poblaciones están tan cerca de los arroces, que parecen flotar sobre las balsas. Allí vive una porción considerable de hombres. Digámoslo mejor, muere allí lentamente nuestra especie. Pocos se hallan que pasen de 60 años, y menos aún que estén recios y de buen color…Los preocupados a favor del arroz dirán que esta pintura no corresponde al original, y que es efecto de un falso celo por la humanidad; pero consultemos los hechos y la razón. Según los estados adjuntos consta que desde 1730 hasta 1787, esto es, en el espacio de 57 años, se hallan en las poblaciones de arroz cerca de 160 individuos menos que en las zonas de igual número de vecinos que no cultivan esta planta. Porque en  dichos 57 años en los pueblos de arroz, que componían 2922 vecinos se verificaron 36248 nacidos y 39595 muertos; y en los pueblos sanos de igual vecindario hubo 42022 nacidos y 29630 muertos. La diferencia de nacidos es de 5774, y la de muertos de 9965 a favor de los pueblos sanos, y por consiguiente se malograron en las tierras de arroz 15739 individuos de nuestra especie…”

Cavanilles op. c. Madrid, Imprenta Real, tomo I, 1795, 179.

[67] Contenidas y publicadas en Medicina social, estudios y testimonios históricos, Colección Textos clásicos españoles de la salud pública, Madrid, 1988.

[68] En el Correo de los Ciegos publicación periódica madrileña iniciada en 1786 hasta 1791. El artículo de Landázuri fue publicado el 26 de diciembre de 1786

Vide, R de Francisco, 2007

[69] Sin embargo se dieron algunas excepciones como la representada por los médicos  Francisco Salvá y Campillo (1751-1828) y Francisco Sanponts y Roca (1756-1821) que al vez que diseñaron una máquina para “agramar”(separar la fibra) del cáñamo y del lino, expondría recomendaciones para evitar riesgos en los trabajadores que las manejasen.

Vide: Disertación sobre la explicación y uso de una nueva máquina para agramar cáñamos y linos. Madrid, Imprenta Real, 1784.

[70] Interesante comentario que nos justifica plenamente nuestra opinión en lo referente a que las intranquilidades de la “Ciudad” en relación a las emanaciones contaminantes de espacios y talleres, no tienen en principio nada que ver con su repercusión sobre la salud de los trabajadores o las clases populares que, como señala el dictamen, no son más que plebe; sino con la morbimortalidad de las clases dirigentes.

Para la cita: Vide, Dictamen de la Academia Medico-Práctica de la ciudad de Barcelona dado al muy ilustre Ayuntamiento de la misma sobre la frecuencia de las muertes repentinas y apoplejías que en ella acontecen, Barcelona Imprenta de Carlos Gibért y Tutó, 1784,7

[71] Vide, op. c. p., 12

[72] Vide, op. c. p., 24

[73] Vide, op. c. p.,  80

[74] Así llamadas las fábricas textiles dedicadas al hilado y estampado de las telas de algodón.

[75] Término de la medicina galénica que puede referirse a diversas patologías pero que en general se solía utilizar como sinónimo de debilidad general siendo sustituido más modernamente por el de “astenia” y en términos menos técnicos como “anemia”

[76] Op. c. p. 88

[77] Op. c. p. 89

[78] Vide, R De Francisco, 2007, pp., 27 -28; cuyo contenido lo incluimos – salvo algunas nuevas digresiones y modificaciones – en algunos párrafos casi literalmente en el presente trabajo.

[79] A propósito de este autor siempre, hemos pensado  que no se le conoció en España hasta su cita por Monlau en la primera edición de sus Elementos de Higiene Pública de 1847; sin embargo, en la Medicina Patria ó Elementos de la Medicina Práctica de Madrid (Madrid, Imprenta de Antonio Muñoz, 1788) escrito por el ya citado Antonio Pérez de Escobar (supra, nota 284) hemos encontrado tres referencias a Ramazzini (pp., 46,131 y 232) más un párrafo relativo a las enfermedades de las “gentes de letras” (pp., 157-158) muy cercano a los comentarios de Ramazzini en “De morbis artificum”, junto con un nunca citado escrito de unas 8 páginas contenidas en los Anales de la Real Academia de Medicina de Barcelona correspondiente a la sesión del 25 de noviembre de 1916. De cualquier manera, no pensamos que la obra de Ramazzini fuese realmente leída y estudiada hasta los finales del XIX y sobre todo, acoplada al que será el panorama industrial inaugurado por la máquina de vapor y el pauperizado nuevo proletariado fabril, que en lo que atañe a los quebrantos por el trabajo no tiene mucho que ver con el artesano u obrero manufacturero de Ramazzini. En resumidas cuentas y con la excepción de una incompleta traducción al castellano hacia 1949, por una editorial argentina nunca se tradujo la obra de Ramazzini hasta 1983 por el Instituto Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo. Hasta entonces, si hubo algún conocimiento directo de “De Morbis” – aparte de la exposición antes citada en la Academia de Barcelona, tuvo que ser a través de la versión que Philibert Pâtissier ( hizo de su traducción al francés por Fourcroy (1777) en su Traité des maladies des artissans (1822) y posiblemente del Essai d’Hygiène Générale de Adolphe Motard publicado en 1841- nunca traducidos al castellano – De cualquier manera y a pesar del indudable valor del escrito de Ramazzini sus enfoques sobre las enfermedades del trabajo nunca pueden ser directamente aplicables a los quebrantos que el industrialismo clava en el cuerpo del obrero fabril del ochocientos que muy lentamente se irían visualizando hacia los años 40 de la centuria. En esta visualización hay para nosotros un texto relevante que no es otro, que el Tableau de L’État physique et moral des ouvriers (1840) de Louis René Villermé (1782-1863) Las corrosiones sobre la salud del ritmo de la máquina y del régimen de la fábrica mecanizada no serán los mismos que los del trabajador de los oficios agremiados en la sociedad estamental

Antes o después del Tableau de Villermé, pero siempre en el traspaso de la sociedad de la manufactura a la de la máquina, existió una prolífica gavilla de ingenieros, filósofos sociales y médicos que paralelamente a los higienistas de la ciudad desarrollaron las primeras miradas y escrituras sobre las condiciones de trabajo de este nuevo modelo de trabajador en el que además aparecían protagonistas emergentes como la mujer y los niños. En nuestro escrito: Reflexiones sobre la aparición de operadores psicosociales en la salud de los trabajadores (Madrid, Revista La Mutua, 2003) anotamos los más notables que ahora referenciamos algunos de ellos con alguna ampliación.

– Los madrugadores informes del médico británico Thomas Percival (1740-1804) a través de su Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester sobre las condiciones de trabajo de los niños en las fábricas textiles entre 1775 y 1789 que darían lugar a la promulgación de la primera legislación europea sobre el trabajo en 1802

Joseph-Marie Jacard (1752-1834) un ingeniero y tejedor francés que inventaría en 1801 un telar semiautomático programado con tarjetas perforadas llamado “Le métier à tisser Jacard”con intención de mitigar –especialmente en los niños – los trabajos más fatigantes y penosos.

– El ya citado Philip Pâtissier (1781-1836) que en su revisión (1822) de la traducción de Ramazzini por François de Fourcroy (1755-1809) introduce comentarios sobre los problemas de salud derivados de la maquinaria fabril y de las nuevas condiciones del trabajo industrial señalando además nuevas patologías laborales como el cáncer de los deshollinadores.

Charles Turner Thackrah (1795-1833) otro médico británico que escribiría en 1831, “The effects of the principal arts, trades and profesions and of civic states and habits of living on the health longevity” uno de los primeros trabajos sobre la fatiga en los trabajadores de las

fábricas textiles inglesas con especial incidencia en los niños obreros.

– Siguiendo con el Reino Unido, tendríamos  a James Philips Peter Kay (1804-1877) que publicaba en 1832 su “The Moral and Physical Condition of the Working Clases employed in the Cotton Manufacture (1832) más sus colegas Thomas Southwood Smith (1788-1861) que junto a Neil Arnott (1788-1874) escribieron “Poverty related Diseases”(1830) contribuyendo todos ellos a la creación de un robusto clima de preocupación y de sensibilización ante las condiciones en las que se desenvolvía el trabajo – especialmente de los menores de edad – en los establecimientos fabriles de Manchester. Sin duda los trabajos y la pedagogía médico social de todos ellos contribuiría no solo, a la promulgación de las Leyes de Fábricas de 1834, sino a crear un material documental que alimentaría los escritos de reformadores sociales como Edwin Chadwick (1800-1890) en su famoso “The Sanitary Condition of the Labouring Population “ de 1842 y también, la emblemática obra de Friedrich Engels (1820-1895) “Die Lage der arbeitenden Klasse in England”(1845)

[80] Notas a propósito de la introducción de las selfactinas en Cataluña

[81] Pedro Güell y Pellicer (1712-1797)

[82] Madrid, Imprenta Real,1786

[83] Estos trabajadores llamados “mezcladores de mordientes” solían trabajar además en dependencias totalmente clausuradas para evitar el espionaje industrial y preservar el secreto de estas manipulaciones algunas de ellas, antiquísimas y transmitidas de padres a hijos.

[84] J. Masdevall: “Dictamen del mismo doctor D. Joseph Masdevall dado de Orden del Rey sobre si las fábricas de algodón y lana son perniciosas ó no á la salud pública de las Ciudades donde están establecidas”, Figueras, 1784, pp., 7-16, Madrid, Imprenta Real, 1786.

[85] Op.c. p. 19-20

[86] Vide, Max Horkheimer: Dämmerung. Notizen in Deutschland en Gesammelte Schriften 2: en Philosophische Frühschriften, Frankfurt, 1937, p.333. Anotado por Camilo Sembler: Teoría crítica y sufrimiento social en Max Horkheimer, 2013,271.

[87] Referencias contenidas en los tomos I y IX de las Memorias de la Real Academia de Ciencias de Sevilla.

[88] Vide, A. Menéndez y E. Rodríguez: Salud, trabajo y medicina en la España Ilustrada, Archivos Prevención de Riesgos Laborales, 2005, 8 p.8.

[89] El Dr Cibat y Arnautó, no solamente fue médico sino, un científico precursor en España de las ciencias físicas (primer catedrático de física-experimental en Barcelona) y de la galvanoterapia; siendo además, un modernizador de la medicina militar creando las primeras unidades de soldados-sanitarios profesionales durante su etapa de Inspector general de la sanidad militar durante el reinado de José I

[90] Obra que a diferencia de “Las consideraciones generales acerca de los medios para precaver a los que trabajan en las minas…” hemos podido consultar y, en la que Cibat expone utilizando sus conocimientos físico-químicos, interesantes y novedosos criterios sobre los efectos y condiciones de la aireación sobre las formas de trabajo y actividad corporal, junto con las necesidades de aireación y ventilación de establecimientos públicos superando y sustituyendo el enfoque hipocrático/galénico de los inficionamientos miasmáticos del aire, por los nuevos conocimientos aportados por la química moderna, probablemente siguiendo las enseñanzas contenidas en la “Disertación chímica sobre la respiración y la transpiración” (Valencia, Hnos. de Orga, 1797) de Antoine Lavoisier (1743-1794) y/o del “Sistema de conocimientos químicos y de sus aplicaciones a los fenómenos de la naturaleza y del arte” (Madrid, Imprenta Real, 1803) de otro ilustre químico coetáneo, Antoine-François de Fourcroy (1755-1809). En esta línea basada en los fenómenos químicos de la combustión y la respiración y sobre todo, dando un nuevo enfoque a la iatroquímica de la fermentación expondrá:

“De todo lo dicho resulta que es muy variable la cantidad de oxígeno que se consume por respiración, con respecto á los oficios, y exercicios á que estamos destinados, y que en un mismo hombre no es igual a todas las horas del día; y sin necesidad de cálculos prolixos podríamos decir el que consume Pedro que es de vida sedentaria, el que Pablo jornalero, ú hombre de trabajo de cuerpo, y el de Juan que gasta muchas horas en su bufete…”

(Op.c,p.20)

Curiosamente, si nos vamos al escrito textual de la obra de Lavoisier (1789) “Memorias sobre la respiración y transpiración de los animales” (en su única traducción al castellano de 1929) nos encontramos con esta exposición de la que posiblemente sirviese  de referencia para el Dr. Cibat:

“… Mientras hemos considerado únicamente en la respiración  el hecho de consumo del aire, la suerte del rico y la del pobre era la misma; pues el aire pertenece igualmente a todos y no le cuesta nada a nadie, el faquín que trabaja más, goza incluso mas completamente de este beneficio de la naturaleza. Pero ahora, ya que la experiencia nos enseña que la respiración es una verdadera combustión, que consume a cada instante una porción de la subsistencia del individuo; que este consumo es tanto más grande cuanto la circulación y la respiración son más aceleradas; que aumenta proporcionalmente a la vida laboriosa y activa que lleva al individuo, un montón de consideraciones morales nacen inmediatamente de estos resultados de la Física…¿Por qué fatalidad, ocurre que un hombre pobre, que vive del trabajo de sus brazos, que está obligado a desplegar para su subsistencia todas las fuerzas, que la naturaleza le ha otorgado, consumiendo más que el hombre ocioso…”

Vide, op. c. pp., 93-94 en la versión española traducida por Juan Pablo D’Ors, Ed. Cuadernos de Ciencia y de Cultura, Madrid, 1929

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