CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 8

CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 8

VIII.- LAS PRIMERAS MIRADAS A LA SALUD OBRERA. DE LAS HIGIENES PÚBLICAS A LA HIGIENE INDUSTRIAL.

Con Cibat se cierra un círculo en el que la salud y las enfermedades de la población van ser consideradas desde miradas expertas que se van ladeando de los enfoques de las policías médicas tanto desde el punto de vista de la gestión como de la metodología y del criterio nosológico. En este nuevo tiempo del XIX van a ser los médicos higienistas los nuevos gestores y paralelamente, van apareciendo enfoques profilácticos y terapéuticos que iniciarán recorridos cada vez más alejados del galenismo, para asentarse poco a poco, sobre los nuevos adelantos físico/químicos aunque, muchas veces, especialmente en España[1], fuera de la cultura clínica de la observación/experimento y del laboratorio que, daría como en el caso de Monlau, a un saber soportado en la lectura – cuando no, en el plagio – de traducciones de autores extranjeros. Va ser hasta bien avanzado el ochocientos, un higienismo de cátedra que solamente se irá superando mediante el desarrollo de una praxis/clínica médica, pegada al terreno y al microscopio, como de manera titubeante y nada fácil, se irá realizando con los médicos llamados de “empresa.”

La década de los 30, tiempo del que ya hemos hablado en anteriores capítulos engarza aspectos políticos en lo que van a ser los primeros recorridos del peculiar liberalismo español, preocupaciones económicas y sociales relacionadas con las primeras sensibilidades socialistas y las tímidos y probablemente titubeantes e ideológicamente confusos intentos de asociación obrera, el paulatino y rápido salto de la bergadana a la selfactina o de la manufactura artesanal/doméstica al vapor y a la chimenea; va a suponer también enfoques médicos más afinados que irían desligándose no solamente de las escrituras ambientalistas y la consideración del cuerpo como mecanismo instintivo guiado por el alma, sino también, del recetario de las “sex res”. El salto seguirá en parte el enfoque kantiano de la conceptualización de la salud, como una variable más compleja y a la vez más dependiente y sobre todo, más determinada por modificadores que ya no van a ser aires, aguas y lugares, sino sencillamente las ciencias naturales como instrumentos de la razón práctica[2].

Como hemos venido comentando (supra, notas 223, 284, 373,374) no hay producción higienista propiamente española hasta la obra de Monlau – con la excepción de Cibat y Pedro G. González- siendo ocupado este vacío, por la traducción de autores extranjeros los cuales, salvo Huffeland o Buchan, son todos franceses. La recepción desde los mismos de contenidos claramente reposados sobre los problemas de salud de los trabajadores en los nuevos escenarios laborales será inexistente y en el mejor de los casos solamente, con alusiones a los oficios premaquínicos. Entre otras causas, porque el tejido fabril-maquínico es también mínimo y en general basado todavía en la manufactura y el taller artesanal; y quizá además porque estamos hablando de una sociedad, la francesa y la española, que hasta 1830 – una hasta la revolución de julio y otra con el tiempo ominoso del reinado de Fernando VII – habría introducido una especie de cordón sanitario a lo que podrían haber supuesto las reivindicaciones obreras de tal suerte, que ni la situación tecnológica ni lo social propiciaban el desarrollo de miradas médico/higiénicas sobre las condiciones de trabajo. Recordemos como se roza o se miran las condiciones de salud de la población trabajadora cuando se trata – como en el caso de Cibat con la ciudad o la mina, o en Pedro García González, con el peso que tiene la marina mercante – y de ahí la mirada hacia el marinero – en la economía de la nación. Hasta 1830, la salud del jornalero fabril, va a ser opaca a la mirada del higienista. Otra cosa es, que en esa primera higiene pública se vayan desligando sensibilidades y metodologías que nos vayan acercando al cuerpo del trabajador que, curiosamente, van a coincidir con las miradas de algunos reformadores socio/políticos como los primeros teóricos de lo social: los Saint-Simon, Fourier, Abreu o Fontcuberta.

 Sin embargo, y aunque el tono metodológico comience a inscribirse desde referentes situables en los terrenos de las disciplinas físico/químicas van a ser muy pocos autores los que desarrollen contenidos que se detengan en considerar con una cierta extensión y concreción las relaciones entre la higiene y las condiciones de trabajo cuando no, esgrimiendo criterios deformantes sobre la condición moral y física de los trabajadores, que de alguna manera, van a condicionar/deformar la cultura médica oficial durante parte del siglo. En esta línea se puede situar al médico francés Jean-Baptiste Pressavin cuyo tratado de Higiene como “Arte de conservar la salud y prolongar la vida” [3] (Salamanca, oficina de Francisco Tóxar, 1800) inaugura la saga de higienistas franceses traducidos al castellano en estas primeras décadas del ochocientos.

En esta obra Pressavin – que por otra parte se le pueden reconocer interesantes aportaciones a la neurología – no solamente se aleja de cualquier consideración sobre las condiciones modificadoras del trabajo en relación con la salud, sino que desarrolla toda una teoría sobre los beneficios del trabajo edificando lo que nosotros venimos definiendo como el “constructo esténico” sobre el  cuerpo del obrero. Un cuerpo robusto, sobrio y saludable, capaz de trabajar comiendo pan barato, soportando el calor y sin necesitar el descanso durante la tarea, con tal de que pueda dormir por lo menos seis horas al día:

“…Estamos viendo que los trabajadores se alimentan de manjares groseros poco substanciosos, como pan hecho con harina por cerner, [4]legumbres que por su naturaleza resisten mucho en las primeras vías[5] y contienen muchas materias excrementicias. Repetidas veces les he oído decir que les para poco en el cuerpo el pan hecho con flor de harina[6]: modo de decir que dá bien á conocer que los alimentos poco excrementicios  no lastran su estómago lo suficiente para mantenerse mucho tiempo sus fuerzas…En vista de estos principios ¿quién extrañará  las frecuentes enfermedades que asaltan a las personas que constituyen la clase opulenta de los hombres?…”[7]

A continuación insistirá en los beneficios para la salud de determinados oficios pero sin olvidar que los enemigos de la salud del obrero son de índole moral:

“…las ventaja de qualesquiera ejercicios a la que se llevará todo trabajo que exige á un tiempo á sucesivamente la acción de pies y manos, como no sea desmedida: ventaja que logran los que exercen ciertos oficios, como el de ensamblador, carpintero, torero, labrador… por lo general están robustos y vigorosos estas gentes, particularmente las que poseyendo tales cuales conveniencias, tienen suficiente cordura para evitar las tropelías á que se entregan con harta frecuencia esta clase de gente…”[8]

Gente robusta que además no necesita descansar cuando trabaja machacada por los calores del verano:

“…Qué razón hay para que los trabajadores tengan ánimo y fuerzas para aguantar el trabajo expuesto al ardor excesivo del sol ¿Communmente se cree que deben al hábito del trabajo el vigor de su cuerpo que los pone en términos de poder resistir faenas inaguantables á nuestra debilidad si se entregasen al descanso padecerían igualmente los trabajadores la misma lasitud e incomodidad y ni más ni menos que la gente ociosa se apoderaría de ellos el calor, si entonces se entregasen al descanso: liego al trabajo deben también esta prerrogativa…”[9]

Dos años más tarde se traduciría al castellano la voluminosa obra (en la versión al español en ocho tomos en 16º) del médico militar y forense François Emmanuel Fodéré, “Las leyes ilustradas por las ciencias físicas, ó tratado de medicina legal y de higiene pública” (Traducción de Juan de Rivera y Céspedes, Madrid, Imprenta Real, 1801-1803; ed. original de 1798). Foderé del que ya hemos hablado no tiene nada que ver con Pressavin; es un médico que se ha empapado de la filosofía política y social de los “ideólogos” y además es un pionero de la medicina legal con lo que tuvo de entrenamiento de la mirada médica en todos los condicionantes y circunstancias relacionadas con la enfermedad, las heridas y la muerte y de alguna manera en la construcción de la medicina y la higiene pública moderna.

Decíamos en 2004, en unas Reflexiones sobre la arqueología de la Medicina del Trabajo en España”[10]

“Aunque se pueden rastrear legítimos y fundados antecedentes de la relación entre medicina legal y accidentalidad o riesgos derivados de actividades laborales anteriores al XVIII, que entre otros, podían estar representados por las aportaciones de Ambrosio Paré o Pablo Zacchia, la constitución de una medicina legal de carácter laico y civil, sería otra de las aportaciones institucionales de la revolución francesa”

En líneas generales, los historiadores de lo social, e incluso médicos y especialistas en los recorridos de la medicina del trabajo, suelen pasar por alto las relaciones entre la medicina legal y la construcción de escrituras y prácticas sobre los riesgos y enfermedades en los oficios. Así, ya en el XVI y XVII, algunos médicos elaborarían a instancias de la Inquisición,  dictámenes e informes periciales sobre acontecimientos que rozaban las condiciones de trabajo y la morbimortalidad de las gentes como el dictamen del que hemos hablado de Miguel Juan Pascual con su “Disputatio an cannabis” en 1555 y el de Lucas Casalete en 1698[11].

A finales del XVIII se producirá el traspaso de estos dictámenes periciales a la autoridad civil como hemos visto en los casos de Güell y Masdevall. De manera cercana tendríamos esta vez, a instancias de las autoridades madrileñas el informe pericial realizado por Ignacio María Ruíz de Luzuriaga (1763-1822) en su “Disertación médica sobre el cólico de Madrid” (Imp. Real, 1796)

Pues bien, Foderé en su primer tomo de “Las leyes ilustradas…” y sobre este paso de una medicina forense gestionada desde instituciones eclesiales a otra de carácter civil, transformaba los contenidos de ésta, por sus nuevos enfoques científicos frente a los:

“…que según el gusto dominante pertenecían más a la controversia y a la teología escolástica con más razón que a la propia medicina…”[12]

En el tomo VI (página, 130) de su obra, Fodéré insistiría en la aplicabilidad de estos nuevos enfoques de manera:

“…que puede decirse con verdad que la higiene pública ha hecho muchos progresos, principalmente en Francia; y aún es de esperar que les hará mucho mayores si el gusto de las ciencias exactas continúa predominando sobre el de lo maravilloso y si el gobierno no se cansa de aplicar puntualmente á la salubridad pública los descubrimientos útiles con que se enriquecen diariamente las ciencias y las artes…”

Pero será en el tomo VIII donde desarrolla sus comentarios sobre los riesgos en el trabajo que aunque aún, contemplan los oficios premaquínicos al modo ramazziano, nos ofrecen las primeras miradas sobre las enfermedades profesionales desde las escrituras explícitamente tituladas como Higiene Pública:

“En la atmósfera de las caleras (hornos de yeso) se eleva una cantidad considerable de gas no respirable, que debe alterar en gran manera…y así vemos que los que trabajan en ellas, suelen padecer con bastante frecuencia dificultades al respirar, incomodidades en los ojos y en la garganta, hinchazón de hipocondrios[13]y palidez en el semblante”[14]

Con relación a las fábricas de azufre por su desprendimiento de ácido sulfuroso (gas sulfhídrico) diría:

“Este ácido obra también en los ojos inflamándolos y en la membrana pituitaria estimulándola evidentemente y cuyos efectos son bastante notorios á los que tienen que hacer uso de estas substancias por razón de las artes y oficios en que se exercitan”[15]

Y en esta misma línea de visualización de riesgos y padecimientos realacionables con el trabajo irá desmenuzando otros oficios y establecimientos productivos como las fábricas de azúcar y tabaco para pasar a los espacios de aglomeración humana como prisiones, navíos y hospitales para terminar con la vivienda de los trabajadores (pp., 83-138)

A continuación tendremos por la misma fecha la traducción de la obra de Étienne Tourtelle (1756-1801) “Elemens d’ygiène ou Del’influence des choses physiques et morales sur l`homme et ses moyens de conserver la santé” (1796) traducida por Luis María Mexía y editada en su primera versión en Madrid en la oficina de Ventura Cano, en 1801[16]para el primer tomo y en 1806 para el segundo. En el 2ª tomo de estos “Elementos de higiene…”Tourtelle, en la misma línea que Fodéré pero quizá, haciendo más hincapié en los aspectos preventivos y apartándose del criterio de Pressavin sobre el vigor y salud del cuerpo del trabajador va deshilvanando, los riesgos asentados en los diferentes oficios de la época con gran minuciosidad[17] pero – insistimos otra vez – siempre desde un enfoque ilustrado premaquínico y sobre todo preorganizacional/fabril, como si el trabajador fuese el dueño de sus condiciones de trabajo. Por supuesto, que es interesante constatar que tanto en los escritos higieno/públicos de Foderé como Tourtelle que se recepcionan en España en los inicios del XIX, van apareciendo referencias a las situaciones de trabajo/riesgo, pero siempre, deben ser entendidas como realidades o constataciones efectuadas sobre unos escenarios de trabajo desprovistos de la toxicidad estructural del régimen de fábrica. El cuerpo de este trabajador deja de ser opaco, pero ésto ya ocurrió un siglo antes con Ramazzini. La clave está en deshacer o desvelar el nuevo marco no ya tanto, de los quebrantos en la salud del trabajador desde criterios fisiológicos modernizados en territorios laborales gremial/estamentales para saltar a los presididos por el nuevo orden que el capital introduce en los inicios de la sociedad industrial. Los primeros pasos se estarían dando al visibilizar en estos primeros diseños modernos del higienismo público, los riesgos en los oficios pero no será suficiente. Es más, para que esos riesgos se hagan realmente visibles va a ser necesario que el trabajador, que sus condiciones de trabajo deban ser leídas desde el conflicto; no solamente por los médicos higienistas sino además por los reformadores sociales y protosociólogos de los años treinta, por la tercera saga de los ideólogos de la Revolución, por los herederos de Cabanis. En suma, teniéndose por ejemplo, herramientas fisiológicas para entender la clínica de la fatiga, no se poseen aun, los dispositivos sociológicos que las hagan visibles y situables desde las condiciones de trabajo industrial/fabriles o, a lo sumo, como es el caso de Fodéré y Tourtelle, a las gentes de los tradicionales oficios de la sociedad estamental. De cualquier manera y hasta la posterior traducción de algunos escritos de Cabanis, la recepción de los escritos anotados y sobre todo, su manejo por los profesionales y estudiantes de medicina nos puede dar una idea del endeble y en ocasiones, sesgado material documental, con el que se irían enfrentando a los nuevos retos de la salud pública. En relación con la posible penetración de estos escritos y siguiendo con nuestra frágil comparativa a través de los fondos del Patrimonio Bibliográfico Español tendríamos para el libro reseñado de Pressavin, 45 ejemplares; 38 para el de Fodéré y solo 17 para los Elementos de Higiene de Tourtelle. De manera, que el libro que menos se acerca al mundo concreto de los oficios, sería el que parece tener más presencia – o ha dejado más rastro – en estos primeros años del XIX.

En los años posteriores a 1814, aparece la traducción del libro de Georges Cabanis[18], “Coup d’oeil sur les révolutions et la reforme du la médecine” (1804) publicada en Madrid en la Imprenta de Repullés (1820) con el título “Compendio histórico de las revoluciones y reforma de la medicina” En este escrito el siempre lúcido médico y filósofo del tiempo de la Convenció que, junto a los escritos de Johann Peter Frank, inicia la construcción europea de la Higiene Pública, y en una sección dedicada a la Higiene, corregirá el diseño generalista de los enfoques de los higienistas anteriores y especialmente sus predecesores más inmediatos, sobre todo de los higienistas modelo Pressavin.

“…No se debe sin duda limitar á la historia de los alimentos, ni á la explicación de su naturaleza, ni á la determinación de sus efectos; es preciso también indicar los enlaces de las impresione, las ideas, de los apetitos o de las inclinaciones que pueden ser consecuencias de su uso; es preciso apreciar cada género de vida con relación á su influencia sobre las disposiciones habituales del sistema, sobre las de cada órgano y sobre sus facultades y sus funciones. No basta asignar la utilidad del ejercicio en general, o el efecto propio de cada género de ejercicio, sino que se necesita recorrer los diferentes trabajos á que puede sujetarse el hombre en los diferentes puntos del globo, y en las distintas circunstancias de la vida, y examinar en qué pueden ser útiles o dañosos; cuales son los medios de corregir sus malos efectos, o de hacer mas completos, constantes y seguros los que fueren buenos…Al considerar el poderoso influjo de las pasiones y de las ideas sobre el estado de los órganos, sobre su desarrollo y sus funciones, no debe uno contentarse ya con declaraciones vagas y generales á que hasta ahora se han atenido los médicos y los moralistas; es preciso entrar en particularidades que tengan una aplicación directa…” (op. c. pp., 332-334)

Un espléndido texto que situado treinta años más tarde, nos podría llevar a su aplicabilidad a las condiciones de trabajo en los establecimientos fabriles mecanizados de Francia y España, añadiendo además en cuanto a la relación entre lo moral y lo físico, apreciaciones que adelantan la mirada psicosocial sobre la salud y la enfermedad.

Durante estos años también tenemos anotada un extraño testo de Auguste Caron que es traducido al castellano por un anónimo A.C.D. con el título “Manual de sanidad y de economía doméstica” (Madrid, por Gómez Fuentenebro y Cía., 1807) a modo de las escrituras de “avisos” pero que de manera sorpresiva nos encontramos con un capítulo, el IX (pp., 198-218) en el que se explaya sobre las enfermedades y sus medidas preventivas de numerosos oficios aunque, siempre dentro la maqueta habitual de las labores premaquínicas.

Despues del trienio liberal se edita en España el “Manuel d’hygiène publique et privé” (1826) de Leopold Deslandes (1796-1850) obra en dos tomos y traducción desconocida que se publicó en Gerona (Oficina de A. Olíva) entre 1829 y 1830 con el título “Compendio de higiene pública y privada”. En líneas generales constituye un texto que discurre por los mismos caminos que los autores anteriores. Posiblemente la única diferencia residirá en la adopción de una clasificación de la higiene desprendida de la galénica al recrear y resumir las “sex res” en tres clases de agentes condicionantes: Circunfusa, Applicata e Ingesta. La Circunfusa, como las cosas que nos rodean. La Applicata como las cosas aplicadas a la superficie de nuestro cuerpo y la Ingesta como aquello introducido en nuestro cuerpo (Tomo I p, 5) Solamente desde la Applicata aparecerán referencias a determinados trabajos seguidos de algunas recomendaciones preventivas como cuando describe “los efectos del polvo en el hombre” (Tomo I, pp., 223 y ss.)

“… Las sustancias pulverulentas irritan los ojos, lo interior de las narices, la garganta y los bronquios…Los polvos mas tenues, como los que se forman de las harinas, ó de materias que se tamizan, penetran muy adentro: otros que son mas groseros como los que respiran los canteros, los estatuarios, y los picapedreros…parece que dividen el tejido mucoso; otros también tienen una propiedad irritante…que  respiran los curtidores y los peleteros; y yo he visto muchas veces estos polvos que han determinado el echar sangre por la boca, y la tisis; tal son también muchas sustancias pulverulentas que manejan los droguistas, los moledores y los boticarios…Los canteros designan la especie de tisis á que están sujetos, con el nombre de enfermedades de las gredas o enfermedades de San Roque..”

Sobre las medidas preventivas (Tomo I, pp., 225-226)

“La primera regla consiste en evitarlos todos, y principalmente los que se conocen como mas peligrosos…La segunda tiene por objeto el oponerse á que lleguen hasta los bronquios: los moledores consiguen este fin  cubriendo su mortero con un pellejo, ó tapándose las narices y la boca con un pañuelo flojo, como lo he visto hacer á los jornaleros que trabajan la lana y el algodón, y como se debería hacer habitualmente en muchas otras profesiones. Tambien se podría cubrir y envolver la cabeza con una grasa fina que se podría atar alrededor del cuello.”

Coetánea a la publicación de Deslandes tendríamos “Los nuevos elementos de Higiene” de Charles Londe (1795-1862) obra en dos tomos con tres ediciones en castellano[19]En esta primera versión de 1829, Londe comenta de manera bastante extensa los riesgos en numerosas circunstancias pero siempre referidos a la influencia de los “aires viciados” en determinados espacios derivando sus efectos hacia las personas que trabajan en ellos con abundantes medidas preventivas (Tomo II pp., 224-297) en lo que se refiere al trabajo muscular solamente hará un rápida mención, pero ahondando en la necesidad del reposo (Tomo I, p. 297)

Hasta aquí, el conjunto de influencias que los médicos españoles recibieron sobre la cultura higienista francesa en el entorno de unos años en los que ni en nuestro país ni en Francia se habría desarrollado una infraestructura maquínica medianamente consolidada que no llegaría a unos umbrales razonables de despegue hasta los alrededores de 1826- 1830 para conseguir un cierto nivel de asentamiento en los años que van de 1840 a 1848 solamente unos años antes que España en donde se iniciaría la utilización de vapores para la industria textil en Barcelona y Sevilla, hacia 1832-1835 para adquirir un cierto desarrollo en las aplicaciones del vapor a la industria mecano-metalúrgica, los curtidos , química, papel e imprenta hacia la década de 1846 a 1856[20]

Habrá que esperar a la década de 1840 con la aparición de la obra de Parent Duchatelet (1836), Motard (1841) y Levy (1844) Tardieu y, sobre todo a Monlau (1855) y Vernois (1860) con los primeros diseños explícitos de higiene industrial cuando, el enfoque sobre riesgos y enfermedades laborales se asienten claramente en los escenarios fabriles del industrialismo y las condiciones de trabajo sean contempladas – aunque sea tímidamente- desde la mirada médica. Y –nos repetimos – cuando se conjuntan tanto el proceso de asentamiento del maquinismo a vapor y las reivindicaciones obreras. Aquí, como en otros muchos casos de la historia social, la infraestructura será la que mande sobre las supraestructuras culturales y científicas. No obstante, en estos años anteriores a 1840 aparecen en el panorama de las higienes públicas francesas algún pionero que apoyado en la obra de Ramazzini no solo la amplía[21], sino que introduce sensibilidades avanzadas que apuntan a las condiciones de trabajo cuando comenta la situación de niños y mujeres en las manufacturas textiles. Estamos hablando de Philibert Patissier en su “Traité des maladies des artissans et de celles qui rèsultent des diverses profesions d’après Ramazzini” (Paris, 1822) que singularmente nunca sería traducido al castellano

Entrando en la década de 1830, aparecen los escritos de un peculiar y moralizante anatomista catalán, Ignacio Pusalgas y Guerris (1790-1854) con el título “Manual de Higiene, arreglado según la doctrina de Sir John Sinclair” (Barcelona, Lib. De J. Solá, 1831)[22] Constituye un escrito en la línea habitual de otros higienistas franceses anteriores aunque con algunas variaciones interesantes como las recomendaciones e insistencia en la educación de los jóvenes siendo progresivas en algún momento como cuando habla de que el estudio no sea fatigoso y que la instrucción no sea “objeto de fatiga y disgusto” (op. c. p.18) pero a continuación expone al tratar la moral y la religión que, una de las tareas de la religión consiste en la enseñanza de los jóvenes… enseñar a “…tener horror á toda violación de la propiedad, sin la cual la sociedad no podría existir un solo instante…esta educación (basada en la moral y la religión) consuela al pobre y le muestra en mil labores y ocupaciones diversas, en la industria y en la probidad, los medios mas seguros de librarse de la miseria y los delitos, y de adquirir una honesta subsistencia y también una honrosa existencia” (pp., 18-19)  En relación con las manufacturas y Artes mecánicas solamente dedica 16 renglones, pero por lo menos, indicando que en general, son muy desfavorables para la salud proponiendo “colocar las fábricas y manufacturas en la campiña” añadiendo que: “Sería también de desear, que algunas personas instruidas, publicasen alguna obra destinada á indicar todas las precauciones, á fin de que las manufacturas fuesen menos nocivas á la salud” (p.19) En la segunda edición de 1839,no hemos encontrado ninguna variación salvo que omite, el anterior párrafo sobre la necesidad de escritos preventivos sobre la salud en las manufacturas.

De cualquier manera y con la excepción de algún que otro autor como Foderé, hasta la recepción del texto de Michel Lévy en 1846 parece que las editoras españolas se dejaron en el tintero algunos autores que se centrarían infinitamente más que los que estamos apuntando en la salud obrera (infra, nota 397) En esta década de 1830 tendríamos – y sin contar con el Tableau de Villermé – los dos volúmenes de la “Hygiène Publique ou mèmoires sur les questions les plus importantes de l’hygiène” (Paris, chez J.-B. Baillière, 1836) de Alexandre Parent Duchatelet (1790-1836) con toda seguridad, el texto más extenso y realista sobre la salud del obrero fabril incluido en los tratados de higiene pública hasta la obra de Lévy, Tardieu[23] o Vernois[24] y que quizá se le pueda considerar como el Ramazzini de la nueva sociedad industrial.

Para ir finalizando esta recepción de higienistas franceses y en los inicios de la década de 1840, nos encontramos con la traducción por el abogado madrileño Baltasar Anduaga de un librito en 18º del Traité complet d’hygiène publique et de médecine legal” (1830) del médico homeópata francés Adolphe Leon Simon (1789-1831) con la titulación: “Tratado elemental de higiene pública y medicina legal” Madrid, Imp. de la V. de Jordán e Hijos, 1843)[25].Esta obra cuyo original es de 1830; – un tiempo significativo en Francia para el despegue del protagonismo de lo social a partir de la participación de la clase obrera en las llamadas “Trois glorieuses” jornadas de julio más, por esos años, las primeras formulaciones de la sociología de la mano de Saint Simon y Comte, nos resulta muy elocuente e instructiva el modo en que una nueva generación de higienistas van superando los criterios de la medicina francesa sobre la higiene pública. En primer lugar, abundando en el constructo manejado ya, de los “modificadores externos” pero ampliándolos e incluyendo en ellos “las diferentes condiciones sociales” (op. c. p.26) En segundo lugar, cuando se centra en las profesiones, los anteriores diseños que centrifugan el problema a la higiene pública como higiene de la ciudad, la irán proyectando hacia el cuerpo del trabajador aunque manteniendo todavía un cierto tono moralista mezclando salario con hábitos y  costumbres. De cualquier manera, ya supone un cambio introducir en el constructo de los “modificadores” una cierta dimensión social. Por otra parte, también  el sociólogo debe huir de los populismos del infantilismo de izquierdas y reconocer, que se trataba de reconstruir una nueva cultura del trabajo con hombres y mujeres transferidos de un mundo en parte asilvestrado, el rural francés  de la época, al de la manufactura mecanizada y al orden de la sociedad industrial. No siempre, el higienista o el fabricante eran personajes malvados y el obrero un ser intachable y de comportamientos angélicos.

“…Otro principio general ocurre, aplicable a todas las profesiones, pero en particular á las mas penosas, á saber: que interesa a la salud pública, y a las clases laboriosas sobre todo, es que cada uno pueda vivir del producto de su trabajo. Desaparecerían la mayor parte de los inconvenientes inherentes á las profesiones, si  los que las ejercen encontrasen en ellas el bien estar á que tienen un derecho á aspirar. Pero nada se habría hecho aun por otro lado en beneficio de las clases laboriosas, si todo se limitase á aumentar el precio del trabajo, sin procurar mejorar sus costumbres morales…” (op. c. p. 135)

Durante esta interesante década[26] de constitución de una inicial higiene pública española a partir de la recepción de textos extranjeros tenemos la segunda edición de la traducción del Tratado de higiene de Lande (1843) con pocas variaciones sobre la 1ª edición salvo  el dedicar una extensión mayor a los efectos del aire viciado y los problemas respiratorios[27] sobre la salud de los trabajadores[28]. A continuación la obra de otro médico y farmacéutico francés, François Foy (1793-1867) del que se traduce con inusitada rapidez su “Manuel d’hygiène” de 1845[29] en ese mismo año (Madrid, Imp. de D. Ignacio Boix, 1845) seguida de una especie de resumen del “Traité d’hygiène publique et privée” del ilustre médico militar francés Michel Lévy” (1809-1872) con el título “Tratado completo de higiene pública” (Madrid, Carlos Bailly-Bailliere, 1846) que no vería la traducción completa de la obra de Lévy cuyo original es de 1844, hasta nada menos que 1877 aunque como compensación, al  ser una traducción de la 5ª edición francesa (1869) muchísimo más ampliada que la 1ª de 1844[30] Este escrito del profesor del Val-de Grâce,  la prestigiosa institución de la medicina militar francesa, rompe el nivel de las traducciones anteriores constituyendo una potente inyección de modernidad acompañada, de un discreto tono de sensibilidad social, para la cultura médica española. Así, refiere las consecuencias del trabajo  en las manufacturas sobre la salud de los niños y jóvenes que trabajan en ellas (op.c. p. 259) o la situación del trabajo de las mujeres hablando por primera vez, de las diferencias en al salario con relación al de los hombres. (op. c. p. 259-260) En la línea parcialmente apuntada por Deslandes (supra, p. 202) de sustitución de la nomenclatura asentada sobre las “sex res” Lévy va a utilizar el término “gesta”[31] en el lugar de “applicata” para contener todo lo relativo a los oficios y profesiones. Esta modificación será verdaderamente significativa. Para nosotros supone un cambio importante en la visibilidad de la enfermedad derivada, de los diferentes oficios suponiendo, que ya no se sitúa en lo que actúa sobre el cuerpo, como sería el caso del aire viciado o inficionado por las emanaciones fabriles sino, en lo que hace el cuerpo del trabajador, en el desarrollo de la actuación de la máquina fisiológica durante la tarea laboral; lo que necesariamente nos va a llevar a las condiciones de trabajo, a la fatiga, el accidente, e incluso, al salario, pero sin olvidar el añadido de comentarios moralistas[32] que, siempre, será algo que intoxica continuamente – salvo pocas excepciones – las escrituras de los higienistas europeos desde los más conservadores a lo que más o menos, se los puede considerar como progresistas como sería el caso de Villermé o el primer Monlau de 1847. En fin, con este escrito de Lévy podemos decir que obviando los moralismos habituales característicos del teñido biopolítico de las escrituras higienistas, la sociedad española recepciona los elementos básicos para encuadrar la salud de los trabajadores en el nuevo marco del trabajo fabril mecanizado, dando además un singular protagonismo al trabajo de la mujer y del niño. Esta obra introductoria de Lévy, que de alguna manera cierra el ciclo de influencia extranjera en nuestro país será retomada justo un año después por el médico catalán Pedro Felipe Monlau y Roca (1808-1871) un prolífico y paradójico personaje que iniciaría su andadura político/médica como ferviente publicista saintsimoniano para pasarse al militantismo moderado en la década de 1860 y al que le podríamos considerar como el diseñador de la Higiene Industrial; algunos años antes (1855) que Vernois (1860)


[1] Y como casi siempre nos encontraremos con excepciones, con médicos pegados al terreno a los que se puede considerar como pioneros de los médicos del trabajo posteriores. Así tendríamos con respecto a la mina – y algo adelantado en el tiempo a la época que estamos tratando- a José Parés y Franqués (1720-1799) que desde 1761 hasta 1778 estaría en contacto con el trabajo en las minas de mercurio de Almadén como una especia de médico de empresa con el encargo de confeccionar un informe que sirviera de texto para futuros médicos del establecimiento y que contribuyese al conocimiento de la morbimortalidad del minero del azogue. Dicho informe se culminará en 1778 con el rótulo: “Catástrofe morboso de las minas mercuriales de la Villa de Almadén del Azogue: Historia de lo perjudicial de dichas Reales Minas a la salud de sus operarios, y exposición de las enfermedades corporales y médico-morales de sus fosores, con la curación respectiva de ellas” escrito que supera en mucho cualquier escritura del momento sobre condiciones y enfermedades del trabajo (Vide, Menéndez Navarro, 1998)

Otro texto, aunque centrado en la marina mercante y por lo tanto, una obra dedicada a un segmento de la medicina del trabajo- en este caso el marinero – lo encontramos en el “Tratado de las enfermedades de las gentes del mar”, Madrid, Imp. Real, 1805, de Pedro García González Gutiérrez (1764-1839)  Un escrito exhaustivo para la época de un médico cirujano de la Armada, que junto a  Francisco de Flores – coautor del libro – navegan en la expedición de Malaspina (1789-1794) y por lo tanto pueden describir perfectamente las condiciones de trabajo del marino, sus enfermedades “profesionales “y de ello, desarrollar las medidas preventivas adecuadas. Un texto magnífico que como el informe de Parés y Franqués constituye una escritura única y adelantada para los posteriores higienismos del trabajo e, incluso a diferencia del “Catástrofe morboso” de Parés, mucho menos contaminado de moralismo biopolítico, con consideraciones sociológicas sobre la situación de miseria que rodea toda la vida de las gentes que forman la tripulación no especializada de la marina mercante. Todo un escrito para recomendar su lectura a los actuales médicos del trabajo españoles al que habrá que añadir un nunca publicado texto manuscrito redactado por el mismo autor, para uso de sus alumnos  del Real Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz en 1815, con el rótulo “Elementos de Fisiología y de Higiene” Consta nada menos  que de 580 páginas en su mayor parte dedicadas a la fisiología y unas 88 a la higiene. Escritura que se rige por el esquema habitual del higienismo ilustrado sujeta a la metodología de consejas sobre el manejo de las sex res galénica. La presencia de comentarios relativos a la salud de los trabajadores es mínima, aunque ofrece alguna referencia en relación con la alimentación de los trabajadores manuales. (Vide, para los Elementos de Fisiología e Higiene: Juan J. Rodríguez Ballesteros: Los Elementos de Fisiología y de Higiene de Pedro Mª González (1815) Universidad de Cádiz, 2012.

[2] Vide: Ángel González de Pablo: Sobre la configuración del modelo de pensamiento de la higiene actual, Dynamis, nº 15, 1995, pp., 279-282.

[3] Aparte de esta primera impresión de Salamanca tendría otras dos más en Madrid en 1804 y 1819. La edición original sería la de Lyon en 1786. Según testimonio de Jacinto Molina en su memoria sobre La Higiene en España (Alicante, Tip., de El Liberal, 1891, 58) esta obra formará parte junto a las de Tourtelle y Deslandes de los libros recomendados a los estudiantes de medicina antes de la introducción de los escritos de Monlau a partir de 1846.

[4] Sin cribar, tamizar o separar la harina del salvado

[5] En la terminología médica de la época, el estómago y el intestino delgado.

[6] Lo que en la madrileña y fina panadería de los Baroja se llamaría “pan francés”

[7] op.c.p. 109

[8] op. c. p. 136

[9] Op. p. 141

[10] Revista Medicina y Seguridad del Trabajo, Madrid, nº 195, 2004, pp., 1-15

[11] José Lucas Casalete (1630-1701) con su dictamen titulado “Satisfacción precisa á una duda voluntaria sobre si la fábrica de tabaco puede ser nociva mediante alguna infección en el aire respecto a sus vecinos” El resultado del informe un poco en la línea del posterior de Masdevall para las fábricas de Barcelona resaltaba no solo la inocuidad de la fábrica de tabaco sino, que podría resultar beneficiosa para purificar el aire de Zaragoza contaminada por emanaciones mefíticas

Vide, Joaquín de Villalba, 1802; López Piñero, 1979,  1989.

[12] op. c. TI p. 33

[13] Lexema de origen hipocrático que se refería al territorio anatómico contenido bajo las costillas falsas y que formado por dos regiones a izquierda y derecha de manera, que la izquierda comprendía el bazo y la flexión del colon y la derecha, el hígado, páncreas y la vesícula biliar.

[14] op. c. TVIII p. 76

[15] op. c. TVIII p. 79

[16] Hubo tres ediciones más en castellano; la 2ª en 1818 y otra 3ª y última en 1838, junto a una edición en Bogotá en 1828 encabezada por el rótulo “Epítome de los elementos de higiene…” En el primer tomo de la 2ª edición de 1818, viene un listado de subscriptores con 93 nombres la mayor parte cirujanos y en donde encontramos incluidos, los nombres de dos militares, un religioso cirujano de la Orden de San Juan de Dios y dos sacerdotes más, la sorpresa del nombre de una mujer Dª Tomasa Herreros.

[17] En los inicios de la exposición de Tourtelle sobre las generalidades del trabajo comienza desmitificando la teoría del trabajador dionisiaco adornado con una robustez y salud absoluta:

“…se necesita para que los trabajos conserven y vigoricen la salud, que sean proporcionados al estado de las fuerzas, porque si son excesivos acaban demasiado, y la vejez se anticipa…Luego es falso lo que han querido persuadir algunos egoístas, de que el hombre que tiene que ganar su sustento á fuerza de trabajo viva mas tiempo que los ricos, que recogen el fruto de sus sudores. Este modo de pensar, sin duda lleva el fin de consolar a los pobres, a quienes ha condenado la fortuna á trabajar toda su vida y de persuadirles á que de este modo vivan más tiempo y con salud. Este sistema se ha inventado para acabar de destruir toda la sensibilidad en el corazón del rico, y eximirle de hacer el bien. Los hombres que por precisión tienen que trabajar mucho toda su vida, son viejos á los 60 años, y es raro el que viva más tiempo…”

(op.c. Tomo II, ed., de 1818, pp., 262-263)

A continuación pasa a comentar las condiciones de diversos trabajos que considera penosos, labradores, mozos de esquina, herreros, carpinteros, cerrajeros de los que dice “deben descansar de quando en quando…” (p. 266). Al hablar del trabajo de fundidores y vidrieros recomienda que: “los talleres  estén construidos de modo que se les pueda renovar el ayre con facilidad, para que el humo y demás exâlaciones paren poco tiempo en ellas…” (p. 269)

Cuando comenta el trabajo de los mineros lo hace con un cierto detenimiento en las medidas preventivas para después tratar los diferentes oficios agremiados siguiendo más o menos el inventario descrito por Foderé pero, con mucha menor extensión al expuesto por Ramazzini en 1700.

A largo de estas lecturas de la obra de Tourtelle no hemos encontrado con un sorprendente comentario a propósito del oficio de sastre que encantaría a muchas feministas:

“…Los trabajos en que se emplean los hombres estando sentados son tan perjudiciales á la salud, como contrarios á las intenciones de la naturaleza -del que dice en nota adjunta que es mujeril  – y solo se debían ocupar en ellos las mugeres (sic) y los imposibilitados…el sexo femenino lleva mejor las ocupaciones sedentarias que el masculino, á las quales  se halla destinada con preferencia, pues como las mugeres (sic) son mas susceptibles de sensaciones agradables que los hombres…necesitan menos alimentos, se fatigan menos en meditaciones, y prestan su atención á cualquiera que ocurre en la sociedad…” (pp., 266-267)

Por esos mismos años anteriores al 1808, aparecen otros textos traducidos de autores franceses que tratan aspectos relacionables con la higiene pública aunque no necesariamente identificables con escenarios laborales concretos como sería el caso del higienista Louis-Bernard Guy Morveau (1737-1816) con su “Tratado de desinficionar el ayre, precaver el contagio y detener sus progresos” (Madrid, 1803) basado en el cloro y en la utilización de un artilugio aspersor del que se fabricaron en España por esos años más de mil ejemplares utilizables en hospicios, hospitales, cárceles y navíos

En 1803, se publica por la Imprenta Real, un singular texto titulado “La higiene ó el arte de conservar la salud, poema latino escrito por el Dr Geoffrey” y traducido libremente al castellano por el Dr Joaquín Serrano. La obra original de Étienne-Louis Geoffrey (1725-1810) se editó originalmente en Paris en latín en 1771 más otra tirada ya, en francés en 1839. En este curioso libro, el autor se mueve dentro del enfoque hipocrático en un toco bastante cercano al de Pressavin aunque, haga algunas referencias a la fatiga de determinados oficios siempre achacará los inconvenientes y riesgos para la salud, a la imprudencia del propio trabajador en escenarios de trabajo en donde parece que el control total de ritmos y graduación de esfuerzos puede ser perfectamente manejado por la voluntad del jornalero. Todo ello además dentro de un clima de “alabanza de aldea” desde el que, los trabajadores del campo:

“…siguen inviolablemente las leyes que prescribe la naturaleza para el trabajo y el descansoy como recompensa de su constante docilidad conservan largo tiempo la mas vigorosa sanidad…”(op.c.p.273)

En ese mismo año de 1803, será traducido e impreso, un libro de Jean-Louis Albert (1766-1855) afamado dermatólogo francés apadrinado de Cabanis y Pinel titulado “Discurso de la conexión de la medicina con las leyes físicas y morales o, sobre los deberes  calidades y conocimientos del médico” (Madrid, oficina de Francisco de Tóxar, 1803) cuya primera edición original data de 1799. ATENCIÓN = ¡faltaría comentario!

También por esos años y centrados en la medicina e higiene militar y naval se editaría un libro anónimo pero de autoría española (firmado con las letras D.L.A.P.) titulada “Higiene militar o Arte de conservar la salud del soldado en todas las situaciones de mar y tierra” (Madrid, Est. de Villalpando 1808) y los tres volúmenes de la “Médecine militaire…” de Jean Colombier (1736-1789) editado originalmente en 1778 y traducido al castellano por Rafael Urbiquiaín y Múxica con la rotulación, “Biblioteca universal de medicina y cirugía práctica , Medicina militar ó Tratado de las enfermedades así internas como externas  á que los militares están expuestos en sus diferentes situaciones de paz y guerra”  (Madrid, imp. De Repullés, 1804, con otra reedición en 1805.

Al filo de terminar la década tendríamos la posiblemente primera traducción al castellano del Tratado hipocrático de “aires, aguas y lugares” realizada por el médico francés de origen griego Adiamantos Coray (Esmirna,1748-Paris, 1833) que le traduce al francés del original en griego en 1800 y que Francisco Bonafón (1772-1808) – no confundir con su hijo Francisco Bonafón y de la Presa – traduce al castellano bajo el título: “ Tratado de Hipócrates de los aires, aguas y lugares por el doctor Coray” (Madrid, en la imprenta de la calle de la Greda, 1808) con un extenso prólogo del propio Bonafón seguido de un también amplio análisis del Dr. Coray.

[18] Pierre-Jean Georges Cabanis (1757-1808) que formaría junto a Antoine-Louis Destutt de Tracy (1754-1836) el núcleo duro de los “ideólogos” de la Revolución pasó de su actividad política durante la época de la Convención a dedicarse a la filosofía y la enseñanza de la medicina incorporando, toda una tradición cultural inspirada en Locke, Condillac y compartida con el Tracy de sus “Elemens D’ideologie” (1801) dieron lugar a una saga de publicaciones en las que, la racionalidad derivada de la lógica científica debían guiar la metodología y la práctica médica con reveladoras manifestaciones en las que la influencia de los factores morales, que en la época se podían entender también como culturales y sociales, condicionaban la salud y la enfermedad. De alguna manera, la obra de Cabanis, Destutt, Condillac y más tarde Comte, pueden considerarse como una de las antesalas de las reflexiones neurosociológicas posteriores en la medida en que, detrás de lo moral y lo  físico estaba la naturaleza. La recepción de los escritos de Cabanis en España sería más bien escasa y en algunos casos tardía y lejana como sería el caso de la traducción al castellano de “Rapport du physique et du moral de l`homme” (1802) y cuya única versión al castellano se publicaría en Paris en 1826 y de la cual solamente tenemos constancia documental de la existencia de un solo ejemplar en España depositado en la Biblioteca Pública Estatal de Ávila. En 1816 se editaría  en Madrid, Imp. de Repullés “Del grado de certidumbre de la medicina” y en 1820 por la misma imprenta de Repullés el “Compendio histórico de las revoluciones y reforma de la medicina”

Y para finalizar esta larga nota y como memorial al primer introductor referencial de los escritos de los “ideólogos” franceses, recordad a Miguel García de la Madrid (1783-1839) un ilustrado y liberal jurisconsulto español, duramente represaliado durante la década ominosa fernandina que publicó un magnífico tratado titulado: “La ideología o tratado de las ideas y de sus signos” (Barcelona, Imp. de Brusi, 1820)

[19] Una primera en 1829 (Madrid, Imp. de Repullés), la segunda de 1843 notablemente ampliada (Madrid, Vda de Calleja) y la última traducida por el higienista Rogelio Casas de Batista (infra xx) en 1871 con el título: Nuevos elementos de higiene privada y pública (Madrid, Librería de Pablo Calleja y Compañía)

[20] Recordemos que hasta 1844 no se introducen las selfactinas en la industria textil española. Transferencia tecnológica que apuntaba a la culminación de la automatización por medio de “vapores” en la industria textil catalana que a mediados de la década de 1850 superaba los 200.000 mediante esta tecnología y que en el verano de 1854, daría lugar al luctuoso “conflicto de las selfactinas”. Momento que como venimos apuntando uniría lo tecnológico con la conflictividad social y a la vez, con los primeros testimonios españoles, como el dictamen de Monlau de 1856, referidos claramente a la Higiene Industrial.

[21] Mientras que Ramazzini contempla en su De Morbis artificum (ed. de 1713) 52 oficios y profesiones, Patissier, incluye nada menos que 223 con interesantes datos estadísticos de mortalidad por oficios y género

[22] Sir John Sinclair (1754-1835) es considerado como un pionero de la estadística a partir de su escrito “Statistical Account of Scotland” (1791) aunque principalmente fue un economista fisiócrata que intentaría fortalecer la agricultura británica. Probablemente Pusalgas se inspiró aparte de otros higienistas como Hufeland en los “Principles d´hygiène extraits du code de santé et de longue vie”de Sinclair traducido por Louis Odier y editado en Paris en 1810

Por otra parte de la recopilación de Pusalgas según nuestras notas se harían tres ediciones. La primera de 1831 que ya hemos reseñado; una segunda titulada, “Compendio de Higiene ó arte de conservar la salud “Barcelona Imp. de José Sala, 1839 y la tercera también en Barcelona, en la Imp. de D. Ramón Indar bajo el rótulo de la segunda.

[23] Auguste Ambroise Tardieu (1818-1879) un médico forense francés, se le puede considerar  como el primer compendiador de los accidentes y enfermedades profesionales desde la medicina legal, aunque no utilizase la rotulación explícita de Higiene Industrial como haría Vernois. En esta línea  su obra representativa sería el Dictionnaire D’hygiène Publique et de Salubrité (Paris, chez J.B. Baillière, 1852) que no se traducirá al castellano pero si, su segunda edición de 1862 que sería traducida por José Sanz Criado, con un prólogo de José de Galdo y publicada en 5 tomos en el Establecimiento Tipográfico del Porvenir Literario de Madrid en 1882.

[24] Obra que no solo, no se tradujo sino, que en el Catalogo de nuestro patrimonio bibliográfico solamente, constan dos ejemplares catalogados. Uno en la Academia de Ciencias de Madrid y otro, en la Biblioteca pública del Estado en Jaén

[25] Como apunte interesante sobre la distribución de este libro, después de rastrear intensamente los fondos y referencias de la BNE no hemos encontrado ningún rastro de esta obra que estamos citando y, que – modestamente – forma parte de nuestra biblioteca privada.

[26] Durante estos años y hasta 1860 habría tres interesantes autores franceses cuyos escritos sobre Higiene Pública no se traducirían nunca al castellano aparte los ya citados, Patissier, Villermé y Parent Duchatelet – y por supuesto Ramazzini – consideraríamos a Adolphe Motard (d/d)  con su “Essai d’hygiène générale”, Paris, Isidore Pesron Éditeur, 1841; el ya citado Ambroise Tardieu con su “Dictionnaire d’dhygiéne publique et salubrité” Paris, chez J.-B. Baillière, 1852 y Maxime Vernois (1809-1877) autor entre otros escritos de un Traité pratique d’hygiène Industrielle et administration (Paris, chez J.-B. Baillière et Fils, 1860) seguido de un sugestivo libro titulado: De la main des ouvriers et des artissans ou point de vue de l’hygiène et de la médecine légale (Paris, J.-B. Baillière et Fils, 1862) sin duda una obra importante pionera en la medicina y ergonomía del trabajo, y que introduciría el concepto de accidente laboral en la inicial higiene industrial así como la necesidad de incluir dispositivos y maniobras de seguridad en toda la maquinaria industrial. Un libro magnífico que desgraciadamente nunca se tradujo y muy difícilmente – intuimos – llegaría a manos de médicos, ingenieros y obreros especializados españoles. En suma un texto perdido y nunca aprovechado en nuestro país, pues tampoco consta ningún ejemplar, en el Catálogo patrimonial de la BNE.

[27] En total desde la página 245 a la 393 del Tomo II

[28] En esta edición en castellano es interesante observar cómo Londe sigue manteniendo una postura absolutamente fisiologista cuando se refiere a las profesiones de forma que para él, se trataría exclusivamente de alteraciones de los órganos o de la maquinaria muscular sin atender a las condiciones de trabajo. Bajo este enfoque parece que asemeja el oficio de pocero al de un literato salvo por la distintos órganos implicados aunque, a continuación se contradiga apuntando la necesidad de la:

“…enumeración de los diferentes trabajos, de las diversas influencias á que los individuos están sometidos en el ejercicio de la profesión; influencias principales ó dominantes, influencias accesorias…·

(op. c. Tomo I, pp., 17-18)

[29] Esta traducción de la obra del Dr Foy nos resulta ilustrativa de la moralidad biopolítica que comienzan  a arrastrar las higienes públicas, en una época en la que los trabajadores dejan de ser artesanos y jornaleros más o menos sumisos  para ir convirtiéndose en proletarios airados. Así, cuando nuestro buen boticario comenta al final del libro el asunto de las profesiones (op. c. pp., 339 y ss) que las divide en tres categorías:

Intelectuales y liberales; intelectuales y manuales y puramente manuales, al referirse a estas últimas comenta:

“…Las potencias físicas son las solas ó casi las únicas que se emplean. Los individuos entregados a los ejercicios puramente corporales, tienen por lo común sensaciones bastante débiles y una inteligencia poco desarrollada comparables a máquinas montadas con regularidad y puestas en acción del mismo modo, ejecutan todos los mismos días, á las mismas horas y en un tiempo dado, un trabajo igual al de la víspera y del día siguiente; obedeciendo á la rutina, á las órdenes de un jefe ó de un supervisor más hábil e ilustrado, los artesanos tienen una imaginación que nunca va más allá de las necesidades físicas ó materiales que tienen que satisfacer. En ellos la fuerza corporal supera a la del alma lo que explica por qué son tan raras veces atacados de enfermedades mentales, y la frecuencia con que padecen las puramente físicas, es decir, aquellas que traen su origen de los esfuerzos musculares escesivos (sic), de las imprudencias, escesos (sic) y malos hábitos…”

A continuación pasa a enumerar modo Ramazzini –pero siguiendo en algunos casos a Villermé – la mayoría de los oficios y sus riesgos apuntando algunas medidas preventivas pero siempre desde generalidades fisiológicas o de simplemente obviedades como cuando dice: “Los buzos también se pueden asfixiar (p. 342)

[30] Tal es así, que mientras en la traducción de 1846 se emplean 70 páginas en 4º menor en el capítulo dedicado a la higiene de las profesiones, en la de 1877, el número de páginas ha aumentado notablemente llegando a las 210 y además en 4º, que supone un tamaño de página ¼ mayor.

[31] Para Michel Lévy, la Higiene Pública contempla seis clases de circunstancias “modificadoras” de la salud en sustitución de las “sex res” galénicas: Circunfusa, ingesta, escreta, applicata, percepta y gesta.

[32] Por ejemplo, al comentar el trabajo en las manufacturas nos relatará Lévy siguiendo al Villermé del Tableau (1840, t II, p. 244)

“…la masa de los trabajadores está afectada de escrófulas (asi se denominaba a las infecciones por tuberculosis de los ganglios linfáticos); este azote marca a los niños y a los jóvenes con sus cicatrices, sus tumores, sus achaques y sus deformaciones, horrorosas, atacando mas particularmente á los tejedores y á sus familias. Estos individuos son débiles y miserables encorvados de continuo sobre sus telares; y criados a la sombra se ahilan como las plantas. Desde el desarrollo que han tomado las manufacturas…la talla media no ha aumentado en las mismas proporciones que en los departamentos vecinos. Los documentos oficiales prueban que la población de los países fabriles es menos vigorosa que la de los campos: todo concurre á debilitarla; puesta como auxiliar al lado de la devorante actividad del vapor de una cascada de agua que jamás descansa, lleva a los últimos límites el desarrollo de sus fuerzas; por otra parte, en las grandes reuniones de toda edad y de todo sexo, las pasiones se excitan, el contagio del vicio reina como una especie de furor, y los excesos de la disolución aceleran la alteración de las constituciones mas robustas….”

Continuará exponiendo la particular situación de la mujer en la nueva industria fabril considerando que estaría más expuesta a la enfermedad que los hombres dada su debilidad pero añadiendo la coletilla moralista:

“…la mujer trabajadora, está pues mal alimentada, mal vestida y mal alojada; languidece en la estrechez y muchas veces en la miseria que acaba por deteriorar su constitución. Y como la privación de los goces no extingue el gusto ni el deseo…el libertinaje primero y despues los excesos de todo género vienen á consumar la obra de destrucción empezada por la pobreza.

Ciertos oficios tienen una pendiente mas rápida hacia el mal; las costureras, lenceras, bordadoras. Modistas & suministran mayor número á la clase de las mujeres públicas…”

(op. c. p.260)

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