CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 9

CUERPOS DESMENUZADOS – CAPÍTULO 9

IX.- LA HIGIENE INDUSTRIAL O EL TIEMPO DE LA VISUALIZACIÓN DEL CUERPO DEL TRABAJADOR ESTRICTAMENTE FABRIL.

La Higiene Industrial como mirada médico/experta supone algo más, que una nueva consideración de la salud/enfermedad obrera a partir de la consolidación de la industrialización, y los riesgos derivados de su modelo de trabajo. Al igual que las medicinas e higienes públicas anteriores, intentó construir un catecismo global de la vida cotidiana del nuevo trabajador fabril acompañada de una potente pedagogía –ahora más laica que teologal – de la vida sociomoral del trabajador. Es más, no se pueden entender sus recorridos ni contenidos, sin situarse en el trasfondo de la clave significante/estructural que la determina que, a nuestro entender no es otra, que las necesidades de productividad del nuevo orden económico y político que inauguran las moderadas burguesías europeas triunfadoras del 48 y en España, las nuevamente asentadas burguesías conservadoras del 56, en donde la consolidación tecnológica y política, iría acompañada de una conflictividad social con una clase obrera ya, organizada, comenzaba a tener intranquilizantes protagonismos[1].

Será por lo tanto desde este marco socioeconómico en el que habrá que inscribir el relato higienista de Monlau. Aunque nuestro autor publicase en 1847 un sugestivo texto[2] dedicado exclusivamente a la higiene pública – el primero acuñado por un autor español – no será hasta 1855, cuando redacte una memoria a propuesta de un concurso patrocinado por la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona sobre las medidas higiénicas que puede dictar el Gobierno a favor de las clases trabajadoras[3]. Dicha memoria que no pasa de las 63 páginas en 4º menor se puede considerar como un verdadero documento de Higiene Industrial aunque no esté rotulado como tal[4], ni incluya dicho término en su contenido.[5]

Esta memoria de Monlau, constituye una relevante/revelante escritura testimonial de la construcción del relato biopolítico sobre la salud de los trabajadores españoles; de una clase de seres que, sobre todo, son unos “desheredados” con cuerpos fragilizados y enfermos “… por obra causada por la ignorancia y la miseria…”[6]

Seres por otra parte, que parecen estar fuera de la ciudadanía como desheredados del orden social instalado por esas burguesías triunfantes de la mitad del XIX y, cuya situación de pauperismo y de ignorancia es solamente achacable a ellos mismos. Pero también habrá que decir, de seres que por fin, van a salir de la opacidad y van a ser –  a pesar de seguir utilizando términos como “desheredados”- identificados claramente como la “clase obrera “ aunque, lo más conveniente sea, como apunta en la 1ª medida de las veinte de la memoria que, cuanto más lejos mejor; haciendo hincapié en que la centrifugación de la fábrica al medio rural, no tanto como ocurría en los dictámenes finiseculares anteriores sino sobre todo, porque el obrero sería más dócil al orden del capital y la fábrica en esos lugares ruralizados y disciplinados todavía según los dispositivos estamentales de control y poder. Probablemente, si en vez de presentar Monlau su memoria en 1855, lo hubiese hecho dos años más tarde cuando se iniciaron reivindicaciones campesinas en la comarca sevillana del Arahal, nuestro ilustre higienista se hubiera olvidado de las “alabanzas de aldea”[7]

“La primera medida que podría dictar el Gobierno en favor de las clases obreras es la descentralización de la industria, llevando las grandes manufacturas y los talleres de alguna consideración á los pueblos rurales, á puntos algo apartados de los centros de población. Un ensayo de colonias fabriles daría indudablemente provechosos resultados, pues, en tesis general, los obreros no solo observan mejor conducta en los pueblos, que en las ciudades, sino que, en igualdad de circunstancias, ellos, y sobre todo sus hijos, gozan de mas cabal salud…” (op. c. p. 12)

Las siguientes medidas propuestas por Monlau se mueven en un panorama complejo en el que se alternan recomendaciones realmente progresistas, junto con enfoques defensivos y moralistas que sin duda, pueden ser considerados como una proyección de las contradicciones en las que se moverían muchos médicos e ideólogos de la época atrapados, entre las sensibilidades progresistas del 48 y los peajes que el ya asentado orden del capital, estaba ya, desde el Bienio, impregnando las mentalidades de los nuevos gestores y administradores de las élites del poder. No obstante, el conjunto global del relato higienista de Monlau como parte del posterior de Giné y Partagás, incluso del Dr. Salarich, debe ser considerado – a nuestro parecer y a pesar de sus continuas contradicciones y moralizaciones – como enormemente positivo, aunque solamente sea, porque introduce de manera clara y constante las obligaciones tutelares del Gobierno con relación a la procura de la salud obrera y desmonta en parte, los enfoque centrífugos sobre los peligros del nuevo tejido fabril, teniendo presente “la mejor salud y el bienestar físico de los operarios[8] Con la obra de Monlau, el cuerpo y la salud del obrero se hace patente e irreversiblemente visible a la higienes públicas y se establecen –aunque solamente sea en negro sobre blanco – las bases de la prevención de riesgos no solo, en el trabajo sino, en el total de la vida cotidiana de los trabajadores. Desgraciadamente la encuesta/informe de la Comisión de Reformas Sociales de 1884 nos mostraría descarnadamente el abismo existente entre el papel y la realidad.

Posiblemente solamente estaba presente este bienestar físico – aunque en la medida 20ª habla de lo moral – de los trabajadores fabriles manteniéndose opaco lo psicosocial, y todo el abanico de corrosiones y quebrantos emocionales que la condición obrera acarreaba; pero algo es algo. Quizá esa tarea no fue posible desde la mirada de estos higienistas alejados del núcleo duro de aspiraciones y  reivindicaciones obreristas y, solamente pudo emerger, cuando la obra de la saga de médicos agarrada a estas sensibilidades y reivindicaciones saliesen a la luz; los Mata, Sentiñón, García Viñas o Simarro y por supuesto, posteriormente, Enrique Lluria y Despau.

Para no extendernos excesivamente enumeramos los aspectos más relevantes del dictamen de Monlau:

2ºMedida: Designar un médico –aunque solamente visitante –  para cada establecimiento fabril

3ª Medida: Vivienda adecuada para las familias obreras. Medidas para evitar la especulación inmobiliaria de la vivienda de los trabajadores

4ª Medida: Lavaderos públicos y casas de baños para las clases obreras

5ª Medida: Abundancia y baratura de alimentos

6ª Medida: Perseguir y castigar la adulteración de alimentos

7ª Medida: Vigilancia de establecimientos de comidas y posadas con fines higiénicos y sanitarios

8ª Medida: Dictar una ley sobre trabajo de niños y niñas en las fábricas

9ª Medida: Evitar y remediar los accidentes maquínicos

10ª Medida: Evitar la competencia de establecimientos penales y de beneficencia

11ª Medida: Paseos y jardines en los barrios obreros

12ª Medida: Casas cuna y salas de asilo para hijos de obreros

13ª Medida: Escuelas primarias para niños y niñas de obreros

14ª Medida: Escuelas dominicales para obreros adultos

15ª Medida: Cartilla higiénica para uso de obreros adecuada a cada oficio

16ª Medida: Promover y premiar trabajos que revierten en disminuir riesgos e insalubridad en el trabajo

17ª Memoria: Establecer cajas de ahorro para obreros

18ª Memoria: Fomentar y proteger las Sociedades de socorros mutuos

19ª Memoria: Asistencia médica gratuita, y atención domiciliaria a la familia obrera

20ª Memoria: Abrir una información general sobre las condiciones de trabajo (físicas y morales) de la clase obrera junto a una estadística de la industria fabril

Al final de todo este abanico de interesantísimas propuestas Monlau, no le queda más remedio que optar por el discurso paternalista y políticamente correcto/obligado del progresismo español sobre la “cuestión obrera”:

“El obrero es pobre: socorrerle, ayudarle. El obrero es ignorante: instruirle, educadle. El obrero tiene instintos aviesos, moralizadle…SOCORRERLE! Porque la religión lo manda, la humanidad lo dicta y el mismo interés de las clases afortunadas lo aconseja…” (op. c. p. 61)

Desde aquí, hasta 1871 en que aparece la tercera tirada de los Elementos de Higiene Pública de Monlau y el  texto de Higiene Industrial de Juan Giné y Partagás[9] más, la aparición de la tercera edición de la obra de Londe en 1871, la traducción del Précis d`Hygiène Privée et Publique de Lacassagne (1876) seguida de la traducción de la 5ª edición del Tratado de Higiene Pública y Privada de Michel Levy en 1877, más la traducción  del Diccionario de Tardieu (1882) no tenemos constancia de otras escrituras generalistas[10] sobre Higiene Industrial hasta casi el final de la centuria. Podríamos considerar que durante casi 40 años, la cultura médico/higienista española sobre la salud obrera mantuvo una potente influencia del Dr. Felipe Monlau toda vez, que sus libros fueron considerados de lectura obligada en los estudios médicos durante casi todos estos años hasta, la aparición del magisterio de Rafael Rodríguez Méndez (1845-1919) catedrático de Higiene en la Universidad de Barcelona (1874) [11]

Enero de 1871, fecha en que se publica la tercera edición de Los Elementos de Higiene Pública de Monlau en una época en la que comenzaba a tener una cierta presencia la Regional Española de la AIT[12]y se barrunta el movimiento comunero parisino de la primavera del 71, las inquietudes y fantasmas de la burguesía barcelonesa estaban más presentes que en los acontecimientos del 54 y 55. Pensamos que desde el trasfondo ideológico de un Monlau que ya no era el progresista revolucionario de su tiempo juvenil de miembro activo de la Milicia Nacional, colaborador del “Vapor” y partidario del  saintsimonismo barcelonés, probablemente no se le podía pedir más desde su posición, de médico distante del movimiento obrero. En esta tercera edición, otorgará una clara posición a la Higiene Industrial dentro del marco general de la Higiene Pública y completará sus contenidos con acertadas recomendaciones preventivas que ya reposan sobre un claro conocimiento de las condiciones de trabajo del obrero fabril y de los peligros y riesgos para la salud del maquinismo; algo que habrá que:

“…evitar y remediar los accidentes que ocasionan las máquinas, los “cañones de la paz”…que producen víctimas e inválidos, lo mismo que los cañones rayados y las ametralladoras…”[13]

Peligros de la máquina y riesgos de los trabajadores que nuestro autor, desde una patente defensa de la industria maquínica, enfoca correctamente aunque, como estamos apuntando, no puede aislarse de las inquietudes –incluso en los sectores menos conservadores – de las burguesías del momento. Desde lo tecnológico y económico la máquina será provechosa, pero desde lo social, genera intranquilidad; sale cara.

“…Los primores y prodigios de la industria moderna enaltecen á la inteligencia humana, y con razón podemos estar satisfechos de ellos; pero conste que nos salen caros, muy caros. La industria moderna con sus vastos talleres, populosas manufacturas, etc., ha venido a crear una población especial, la población fabril, ignorante en su inmensa mayoría, necesitada, imprevisora, disipada en su conducta, y que en las épocas de crisis suele traducir su malestar por el desórden, la sedición y la anarquía social. La población fabril no es la ménos exagerada en sus aspiraciones de fortuna; quiere tomar asiento privilegiado en el festín de la vida, y plantea resueltamente, con la osadía que infunde el número, los más temerarios y temerosos problemas…”[14]

En 1857 otro médico catalán, Joaquín Salarich y Verdaguer (1816-1884)[15] presentará a la Academia barcelonesa una memoria sobre las condiciones de trabajo en el textil titulado: Higiene del Tejedor ó sean medios físicos y morales para evitar las enfermedades y procurar el bienestar de los obreros ocupados en hilar y tejer el algodón (Vich, Imprenta y Librería de Soler Hermanos, 1858) Un texto mucho más extenso que el de la memoria de Monlau (130 páginas en 8º) que se le puede considerar teñido de moralismos y paternalismos, en línea con todos los autores que conocemos en el campo de las higienes industriales pero también, como un expositor sincero  de la problemática general de las condiciones de trabajo de los obreros del ramo más importante de la nueva industria fabril del momento. Un verdadero alarde de la biopolítica médica española del XIX pero a la vez  una  realista fotografía médico/higienista y sociológica de la cuestión social española por supuesto condicionada – faltaría más, pero pensamos que honesta –[16]  Ya, en la presentación de la memoria dejará claro que la  Higiene constituye una “misión humanitaria” pero que enlazaría con cuestiones  “…de economía social…” porque “…hay entre el capital y el trabajo una lucha antigua y rencorosa, que ya sorda, ya públicamente, ha acarreado los más  serios conflictos, ha ocasionado numerosas y aflictivas crisis industriales…” (op. c. p. 3)

 Más adelante dejará claro que la anterior “misión humanitaria” no reside en otra cosa que en procurar la salud y sobre todo moralizar:

“…Siendo la clase algodonera la más numerosa, me ha parecido la más digna de ser estudiada, y las primeras que reclaman prontas y eficaces medidas higiénicas…ocupándome solamente de las medidas que tengan relación con su salud, robustez y moralidad, por ser esta una parte muy interesante de la higiene…” (op. c. p. 6)

Esta moralización supone para Salarich no solamente el ejercicio de un cierto comportamiento ético civil o religioso sino una vida cotidiana sociológicamente segregada y diferente, de todo aquello a que el otro, el ciudadano, el de las clases menestrales para arriba, podía hacer. El obrero, como sujeto estigmatizado, como habitante de un apartheid que no puede confundirse con el ciudadano, como cuando comenta las maneras de vestir de las obreras jóvenes:

“… Se puede confundir á primera vista, una parte de los obreros de ambos sexos con la clase ciudadana…lo mismo podemos decir de los obreros catalanes y en particular de las solteras cuyo lujo puede competir con el de las hijas de nuestros menestrales más acomodados…Todas las clases deben ir vestidas según su jerarquía y orden social…” (op. c. pp., 21-22)

Apartheid sobre los cuerpos de los trabajadores que supondrá siempre intentos de dominación integral sobre la persona, para clavetear sobre ella comportamientos de sumisión que irían, desde la vida cotidiana hasta el taller y la fábrica. O simplemente intentar organizar desde la excusa de un higienismo paternal, el ocio del obrero, cuando en el fondo, lo que se intenta, es  asegurar la productividad y marcar una especia de barrera sanitaria al contacto y propagandismo asociativo:

“…Con el trabajo continuado en demasía fatiga el cuerpo y gasta sus fuerzas conviene tomar un tiempo de descanso necesario…pero hasta en ese tiempo se ha de aprovechar de manera conveniente…los obreros que pasan la tarde del día festivo en la taberna, en comilonas, en juegos de  azar y prohibidos hacen un uso criminal del descanso…Los que para ser vistos gastan en el vestir mas de lo que les permite el salario, que frecuentan demasiado el teatro…Es muy hermoso ver como las familias obreras, despues de haber cumplido con lo que deben á Dios, en las tardes de los domingos se dirigen al campo donde saltan, corren y se regocijan, dando recreo á los sentidos, solaz á los miembros y nuevo vigor á la naturaleza, para emprender otra vez el lunes sus faenas, que durarán hasta el próximo domingo…” (op. c. pp., 34-36)

Salarich como otros muchos autores coetáneos – europeos y españoles – es un personaje paradójico que al igual que Monlau y Partagás no dejan de contribuir positivamente a la visualización objetiva y moderna de las enfermedades y riesgos en el trabajo introducidos por la maquinización y por otra, edifica, posiblemente a su pesar, una cierta  trama de moralizaciones y prejuicios sobre el comportamiento del trabajador que posiblemente alteraron todo lo  que de positivo pudiesen tener estos primeros relatos expositivos y preventivos del nuevo diseño de la Higiene Industrial. Una suerte de toxicidad y confusión, que entre diversas tonalidades; unos más comedidos y otros más radicales, atraviesa parte de la cultura del trabajo hasta nuestros días introduciendo en la mirada médica, patentes contradicciones entre las manifestaciones clínicas y los intentos, no siempre conscientes y sentidos, de contribuir y colaborar, en la tarea de adecuación de la clase obrera al orden sociopolítico y laboral marcado por las élites dirigentes:

“…Los obreros jamás deben dar oídos á las quejas, que se les hagan contra sus amos; recuerden que de ellos reciben el pan y el sustento mientras trabajan, y que en el caso de una enfermedad ó interrupción de trabajo, podrán contar con sus recursos, si siempre se les muestran sumisos y agradecidos…No se muestre jamás el obrero violento, rencoroso y pendenciero, y esté seguro que su amo, sabiendo lo que vale, le dará en todos tiempos pruebas inequívocas de protección y de cariño…” (op. c. p. 65)

Como añadido a este nuevo escenario laboral presidido por la máquina, el médico de las higienes industriales añadiría otro constructo relevante sobre el trabajo que es el de la accidentalidad laboral, desde un relato causal que parece tender a la responsabilización del obrero, intentando además minimizar las estadísticas sobre accidentes, aunque – también hay que decirlo – comienza a su vez, a recomendar disposiciones administrativas y organizacionales de prevención pero moviéndose continuamente dentro de un relato paradójico en el que se mezcla, el reconocimiento de que el ritmo de la máquina fatiga, pero que a la vez, puede ser controlado por el trabajador y que le evita fatigas mayores o, cuando habla del trabajo y la situación de los niños trabajadores de la industria textil. Relatos valiosos en cuanto a la visualización de las condiciones de trabajo pero siempre, como vamos apuntando, llenos también de moralizaciones y enfoques defensivos.

“La distracción, la imprudencia, el descuido y la falta de instrucción en los obreros, son las causas mas comunes de estos accidentes, que de vez en cuando deploramos. Jamás los mayordomos vigilarán con esceso (sic) para evitar estas desgracias, mayormente en los niños, cuya irreflexión les hace mas espuestos (sic) á recibirlas. Para evitarlas, obligue el gobierno á los fabricantes á que se sirvan de las máquinas más perfeccionadas y menos peligrosas…y que dén (sic) á sus obreros instrucciones claras, estensas (sic) y circunstanciadas, para que sepan hacer sus operaciones sin recibir daño alguno” (op. c. p. 91)

“…debe haber en todos los pueblos fabriles una junta mista de administradores, fabricantes, operarios y médicos, sin cuyo reconocimiento y aprobación no podrá admitirse ningún niño en la fábrica…Esta junta y en particular el médico que de ella forme parte, vigilará con especial cuidado la salud de los niños; suspenderá ó acortará la duración del trabajo según los accidentes del crecimiento y salud…” (op. c. pp., 108-109)

Nos estamos extendiendo en la obra de Salarich porque aparte de ser el primer autor que se centra en una rama significante del trabajo fabril puede ser también el primero que se detiene dentro  de una escritura médico/higienista a incluir consideraciones de tipo socioeconómico hablando de salarios y de las relaciones entre “amos y trabajadores” que por otra parte, son objetivas y denotan un Salarich del  que no se suele hablar:

“…si la miseria y la escasez, en que viven millares de operarios, no fuera una causa continua de privaciones, y por consiguiente de enfermedades, de que el médico higienista no puede prescindir, sin falta á sus deberes humanitarios…Hay una clase en la sociedad, para la que la fortuna se ha demostrado siempre escasa, y esto aunque haya sonreído y actualmente está favoreciendo á otra clase, que puede llamarse hermana suya. Tal es la clase de tejedores de mano, cuyo salario mezquino en todos tiempos, ha bastado apenas para cubrir las necesidades mas imperiosas de la vida…” (op. c. p. 109)

Ofreciendo a continuación una serie de datos sobre salarios en el textil para la provincia de Barcelona sensiblemente menores a los señalados por Cerdá en 1856 para la capital. Parece que Salarich no andaba muy descaminado cuando afirma que con una media de 20 reales[17] semanales, no daría para cubrir las necesidades básicas de una familia[18] y termina exponiendo el comportamiento de muchos “fabricantes” que se ganan con su distanciamiento y egoísmo la aversión de los trabajadores [19]

“No puede el amo quejarse de la ingratitud de sus operarios, cuando tampoco se informa nunca de su posición, ni de la salud de su familia; cuando en la enfermedad; cuando en la enfermedad les abandona completamente, entrega á otro su tela ó máquina, dejándole sin trabajo, para recuperar sus fuerzas, al infeliz que ha tenido la desgracia de caer enfermo…” (op. c. p. 118)

En las conclusiones de esta Memoria sin duda paradójica, Salarich se rendiría al discurso hegemónico del conservadurismo español resaltando que en la prevención de los daños y enfermedades laborales, lo importante y fundamental es la inculcación de valores religiosos y morales:

“… Y es que se olvida lo más esencial, es que no se le moraliza; no se le inculcan las creencias religiosas, que deben sacarle del lodazal vicioso en que vive sumergido; no se ilustra su entendimiento, que debe hacerle conocer el estado abyecto en que vegeta…Se tiene mucho en cuenta la materia, y se olvida el espíritu y el corazón. El corazón social está dañado, su enfermedad está en las costumbres de las masas. Corregir estas costumbres, conducirlas por la senda del trabajo y la virtud; alentar al obrero en sus empresas; consolarle en sus infortunios; sembrar en su alma la fé religiosa; apartarle suavemente del vicio, é inspirarle los sagrados principios de moralidad, de economía, de frugalidad, de frugalidad, de propiedad, de resignación, de amor á la familia, de respeto a las jerarquías sociales, y de inclinación al trabajo, sería la tarea mas provechosa, la mas útil que pudiera emprender un gobierno ilustrado, en beneficio de las clases obreras…” (op. c. pp., 128-130)

Acompañando a Monlau y Salarich y desarrollando memorias claramente adscritas al ámbito de la Higiene industrial tenemos anotados varios autores que se van a centrar en aspectos concretos del amplio abanico de las patologías laborales como por ejemplo el seguidor y colaborador de Monlau Antonio Prats y Bosch (1836-1862) que presentaría en el mismo certamen de la Academia de Barcelona en que Salarich gana la medalla de oro una memoria sobre La Higiene del operario de una fábrica de albayalde (1857) junto a otro escrito titulado  “Intoxicación saturnina por el polvo de cristal”[20] mas la publicación de dos textos de higiene no claramente vinculados con la  higiene industrial, confeccionados por el médico bilbaíno Cipriano de Uribarri con el título Tratado de Higiene (Barcelona, Imp. y Librería politécnica de Tomás Gorchs, 1852 y  un Compendio de Higiene (Badajoz, Imp. de Arteaga, 1858)de Francisco Ramírez Vas, junto a un pionero folleto sobre “Consejos higiénicos e instrucciones sanitarias para todos los empleados de la Compañía de ferro-carriles de Madrid á Zaragoza y á Alicante” escrita por el médico Ramón Carrión y Sierra[21] con algunas tesis doctorales[22]cercanas al higienismo industrial como la presentada en 1851 por Francisco José Bages, “De la intoxicación saturnina observada en los mineros de la Sierra de Gador, comparada con la de los fabricantes de los varios preparados de plomo” (Madrid, Imp. de Gabriel Gil) la memoria de Olegario Cantó y Blasco sobre la temática genérica de la Utilidad de la Higiene Pública (Madrid, imp. de Manuel Minuesa, 1865) y otra memoria de doctorado sobre el mismo rótulo del Dr. Cantó publicada en 1866 (Madrid, imp. de Gómez Fuentenebro) de significativo contenido preventivo y social del médico cordobés Gerónimo Roure Fernández (1824-1876) a las que habría que sumar otras 16 tesis[23] bajo el ya citado membrete de “Utilidad de la Higiene Pública” leídas entre 1854 y 1868 [24]

Por estos años anteriores a los acontecimientos de 1868 y a la obra de Giné y Partagás no podemos dejar de citar a Francisco Méndez Álvaro (1806-1883) que, aunque nos es un higienista cuya obra en cuanto a la higiene industrial tenga la relevancia de los escritos y contribuciones de Monlau o Salarich, si se le puede considerar como un fervoroso y robusto contribuidor al relato biopolítico de la cultura médico española y a determinados aspectos de la higiene pública con contenidos específicos relacionados con las condiciones de salubridad de la vivienda obrera como refleja en su escrito Consideraciones sobre la higiene pública y mejoras que reclama en España la Higiene Municipal” (Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1853) y la posterior contestación al discurso[25] de recepción de Rogelio Casas de Batista[26] (1836-1899) en la Real Academia de Medicina de Madrid (Imp. de los Señores Rojas, 1874) que en su segunda parte rotula como: “Estudio higiénico-social de la habitación del pobre” (pp., 52-104)

Aparte de estas aportaciones  más o menos laterales a las condiciones de salud y enfermedad de las clases trabajadoras[27], lo más representativo de la obra de Méndez Álvaro sería para nosotros su contribución desde diversos soportes y, en especial, del periodismo médico, a la constitución de una potente mentalidad que en amplios sectores de la profesión médica enlazaron religión, moral e higiene, como dispositivos de gobernanza de la vida cotidiana, social y laboral española durante la segunda centuria del XIX. En este sentido su escritura más representativa sería, “De la actividad humana en sus relaciones con la salud y el Gobierno de los pueblos “, como discurso que daría en la Real Academia de Medicina de Madrid, con motivo de la inauguración de sus sesiones en 1874 (Madrid, Imprenta de M. Rojas)

“…No termina, no, la era de las revoluciones mientras no se acierte á calmar ese eterno descontento y esa agitación no se calmarán, porque no pueden calmarse, sin que se labre su bienestar sobre las bases de la moral y la higiene; sin que tomándolos por objeto y fin de los gobiernos, hagan que converja á su realización toda la actividad humana…” (op. c. p. 17)

Y ya, como cierre a todo este tiempo de construcción de la mirada médica sobre la salud y la enfermedad de hombres, mujeres y niños en los nuevos escenarios laborales de la fábrica y la máquina que nosotros situamos fundamentalmente entre 1854 y los inicios de la Restauración, tendríamos la figura de otro médico catalán Juan Giné y Partagás (1836-1903) al que consideramos como el principal heredero del enfoque introductor del higienismo industrial en España acuñado por Monlau y Salarich, pero a la vez, como un médico que se desliga de los moralismos obreristas del liberalismo moderado para situar el problema dentro del formato del realismo social desde el que la sociedad de la Restauración, intentará enfocar la cuestión social y que tendrá sus episodios más significativos en la creación de la Comisión de Reformas Sociales (1883) y en la Ley Dato (1900). Un realismo social no obstante, que parece respondió más a los intereses de apaciguamiento y manejo de la problemática social que a lo que por esas décadas, reivindicaba y exigía el militantismo obrero.

Giné y Partagás será una figura singular de la medicina española en la que probablemente los asuntos higiénico laborales constituyen tan solo una dedicación parcial que quizá, tuvieran sus orígenes en la necesidad de abordarlos por imperativos académicos al ocupar la cátedra de Higiene en la Universidad de Barcelona (1867) más el poso de las sensibilidades profesionales que habría experimentado en sus primeros años de médico rural sobre las condiciones de vida y trabajo del labrador[28] que le llevaría a escribir su Tratado de Higiene Rural (1860). Realmente su actividad profesional más continuada y quizá menos conocida sería su aportación a la constitución de la psiquiatría española[29] y su militancia en la frenopatía ibérica[30] más, una interesante y pionera aportación a la novelística de ficción en la que no nos detendremos, pero que a nuestro entender y dentro de las limitaciones que supone toda escritura de este género, parece adelantar ciertas cercanías neurosociológicas como sería con  su Viaje a Cerebrópolis (1884)[31]

En 1872 publica la primera edición  de su Higiene Industrial como tomo IV de su Curso elemental de higiene privada y pública de 1871. En su segunda edición de 1876 aparece la indicación de la participación de Rafael Rodríguez Méndez como corrector y ampliador de la nueva edición, con una tercera tirada en 1882. Esta obra de Giné aunque se nutra en parte de los escritos de Monlau presentará como hemos esbozado en los renglones anteriores metodologías y sensibilidades totalmente diferentes aunque solamente fuese, por introducir en su enmaquetamiento de la Higiene Industrial los constructos de “extrínseco” e “intrínseco” avanzando en la clasificatoria desde hace más de dos siglos acuñada por Ramazzini y abriendo el camino a los condicionantes económicos y sociales. A partir de aquí, los higienistas españoles – aunque en ocasiones lo hagan- ya no podrán escamotear el peso del salario, la vivienda o la alimentación en la morbimortalidad de las clases populares. Es el tiempo en el que el discreto y a la defensiva, relato inaugural de la sociología espenceriana, parece que va penetrando en el discurso médico/higienista francés y español[32] Probablemente Giné y Partagás se quede corto – como le ocurriría a Lacassagne –  al hablar de los modificadores o condicionantes sociológicos pero, iniciaría recorridos que sobre todo, serían reconducidos por la saga de médicos pegados a los intereses del nuevo proletariado militante como Gaspar Sentiñon, Luis Simarro o Jaime Vera. De cualquier manera, no se debe ser excesivamente exigente. Bastaba con que Giné fuese enmendando la plana al relato del obrero avieso del Monlau isabelino/moderado anterior a 1868. Así por ejemplo, y a propósito de la pretendida “corrupción moral del obrero” diría:

“Mucho se ha hablado de la corrupción moral de los obreros, pero esto no es defecto propio de la clase ni de la profesión, sino que depende de las circunstancias particulares en que se hayan comúnmente colocados los individuos” (op. c. pp., 38-39)

En lo que se refiere a los aspectos intrínsecos de la higiene industrial Giné sigue casi al pie de la letra los contenidos de las higienes industriales de Villermé, Motard, Vernois y sobre todo, a Michel Levy citando en ocasiones a Ramazzini (op. c. pp., 43,197) abundando especialmente en las medidas preventivas y haciendo un leve hincapié (p.207) en la duración del trabajo aunque aún sin abordar los aspectos relativos a las condiciones socio/organizacionales del trabajo; aspecto éste que ya Ramazzini habría apuntado muy veladamente[33] al hablar del “mal del patrón” en su obra de 1700.

Hasta aquí, la etapa en la que la lectura de la salud y enfermedad obrera se desarrolla fuera del espacio emocional y reivindicativo de las clases populares españolas constituyendo un relato que aparte de que poco a poco constituyese una mirada cada vez más realista y científica de la situación obrera, no pertenecía ni se habría aun totalmente anclado en el núcleo duro de aspiraciones de las clases populares constituyendo un metalenguaje experto sostenido exclusivamente desde la clase médica y ni siquiera todavía – a lo menos en España – asumido por el Estado y el empresariado. Pocas leyes sociales o, mejor dicho una sola ley, la insuficiente Ley Benot de 1873, y además, una ley nunca cumplida.


[1] Conflictividad que en el caso español y durante el Bienio progresista daría como consecuencia  una fuerte conflictividad social en 1854 agravada por la huelga general de Cataluña en julio de 1855 y, como consecuencia, el balsámico, cicatero e insuficiente proyecto de legislación laboral presentado al Congreso el 8 de octubre de 1855 por el ministro Alonso Martínez.

[2] Publicado en dos tomos en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera con 894 páginas en 4º menor y dedicando 69 páginas a todo tipo de profesiones. Una segunda edición en 1862 editada en Madrid por M. Rivadeneyra notablemente aumentada constando de tres tomos. Los dos primeros dedicados a la higiene pública con 1109 páginas en 4º menor y 88 dedicadas a oficios y profesiones en donde (tomo 2, p.698) mencionara el término “higiene industrial” haciendo referencia a la obra de Vernois. El tercer tomo con 617 páginas le dedicará exclusivamente a la legislación sanitaria española.

[3]Barcelona, Imprenta y librería Politécnica de Tomás Gorchs, 1856

[4] Puntualizamos; aunque efectivamente en su publicación original y en la rotulación con que se presenta a la Academia de Medicina no consta su titulación como Higiene industrial, el caso es, que tanto en la bibliografía oficial de Monlau como en el catálogo de autores de la BNE si se incluye este rótulo como cabecera de la Memoria

[5] Curiosamente la fecha de la propuesta de la academia barcelonesa – 2 enero de 1855 – coincide casi con la que el presidente del Congreso Pascual Madóz propuso a finales del mismo mes para que se estudiasen: “las causas de las diferencias suscitadas entre los fabricantes y los trabajadores de nuestras provincias manufactureras” Como añadido interesante sobre este inicial protagonismo de la industrialización maquínica apuntamos que, precisamente la institucionalización de las enseñanzas industriales en España tendría lugar en 1855 mediante el Plan Orgánico de las Escuelas Industriales ( o de Fomento)  firmado por el entonces Ministro de Fomento Francisco de Luxán (1798-1867) como continuación de un Real Decreto de 1850 promovido  por Gil de Zárate (1793-1861) de las enseñanzas industriales en nuestro país.

[6] Op. c. pp., 7-8

[7] Al hilo de este comenterio otro médico higienista coetáneo de Monlau, el Dr. Joaquín Font y Mosella, considera igualmente que las nuevas fábricas de vapor son “perjudiciales á los jornaleros y al público,” expondrá en un corto informe de 36 páginas dirigido al Ayuntamiento de Barcelona con un tono y contenido cercano a las consideraciones de la Higiene Pública del Monlau de 1847 en cuanto a las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera barcelonesa, pero abundando en  el asunto de la instalación de las fábricas al interior de la ciudad con revelantes  manifestaciones sociopolíticas del siguiente tenor:

“… Últimamente, otro perjuicio de la existencia de las fábricas grandes dentro de los muros de esta capital es la facilidad con que muchos jornaleros se dejan ambaucar por su poca instrucción por los revolucionarios diestros para servirles en sus miras, las mas veces en perjuicio propio de los mismos jornaleros…”  

Y además ¡Qué casualidad! Resultaba que las llanuras de Casa Túnez (actual Zona Franca de Barcelona) amén de su carácter insalubre y pantanoso tendrían como pared, la fortaleza militar de Montjuic con un enfilado perfecto hacia las barracas obreras que rodearían los nuevos asentamientos fabriles.

Vide, Consideraciones sobre los inconvenientes que irrogan á la salud de los jornaleros y a la pública de Barcelona las fábricas en especial las de vapor, y sobre las ventajas de trasladarlas á la llanura de Casa Túnez (Barcelona Imprenta y Librería Politécnica de Tomás Gorchs, 1852)

[8] Op.c. p. 15

[9] Anteriormente a esta Higiene Industrial contenida en el tomo III de su Curso elemental de higiene privada y pública ( 1ª edición en 1872; 2ª edición en el tomo IV, 1876 y 3ª en 1882) publicaría en 1860 un pionero Tratado de Higiene Rural (Barcelona, Imprenta de José Tauló)

[10] Jacinto Corbella y Calbet Camarasa (1984) al comentar en su magnífico libro sobre Sentiñón y García Viñas, las aportaciones de los médicos catalanes al higienismo laboral citan a José Brun y a Francisco Arró. Según nuestras anotaciones José Brun y Pagés fue un médico que parece no se dedicó a la higiene industrial sino más bien a la higiene pública y de ahí su Memoria de 1851 sobre la salubridad de las viviendas seguida de unas instrucciones manuscritas en 1854 a propósito, de la epidemia de cólera acaecida por esas fechas en Barcelona. Con respecto a Francisco de Paula Arró y Triay (1819-1895) si le podemos considerar como un médico  relacionable claramente con el higienismo industrial  siendo además uno de los primeros médicos de empresa españoles al ser nombrado médico en 1854 en la compañía  de ferrocarriles de Mataró y posteriormente hasta su fallecimiento de los ferrocarriles de Tarragona a Francia y redactando una de las primeras estadísticas sobre accidentalidad laboral en su “Estadística médica de la Compañía de los ferrocarriles de Tarragona a Barcelona y Francia correspondiente al septenio 1879-1886, Barcelona, Imp. de Heinrich y Cía., 1892.

Por otra parte, no nos podemos olvidar de la aportación de personajes ajenos a la medicina como el abogado  Laureano Figuerola Ballester (1816-1903) y el ingeniero Ildefonso Cerdá Suñer (1815-1876). Figuerola publicaría una Estadística de Barcelona (Imp., y Librería de Tomás Gochs, 1849) en la que entre otros datos muestra la vida media de profesionales y oficios de la ciudad señalando, como de una vida media de 65,44 para eclesiásticos y  de 57,65 para comerciantes y fabricantes se pasa a un 44,38 para tejedores.

Cerdá en el tomo II de su Teoría de la Urbanización (Madrid, Imprenta Española, 1867) incluye una rigurosa Monografía estadística de la clase obrera de Barcelona, recogiendo datos  desde 1852 hasta 1856 en una amplia y significativa muestra -como solo un meticuloso ingeniero de caminos podía hacer – de 54.272 trabajadores y trabajadoras de 175 oficios. Obra única y magnífica introduciendo en las lecturas higiénico/sanitarias novedosos elementos relativos a los acondicionadores sociológicos respondiendo a toda una novedosa filosofía urbanística desde la  que, “planificar la ciudad suponía conocer las condiciones de vida de quienes viven y usan la ciudad” y, además en este caso, demostrar las dificultades de la clase trabajadora barcelonesa para poder sobrevivir con su nivel salarial. En el prólogo a su monografía y como exposición de su finalidad comentaba Cerdá:

“…Diré sólo que los representantes de la clase obrera hubieron de sentir, en las diversas conferencias celebradas con diferentes ministros, la imperiosa necesidad de demostrar por medio de datos irrecusables, las grandes dificultades ó material imposibilidad que esperimentaban (sic) de subsistir con los salarios ó jornales, ó precios de mano de obra establecidos en Barcelona…viendo yo, una coyuntura favorable para realizar en parte, cuando menos, mis intentos sobre estadística urbana, prestando á la par un gran servicio a la clase obrera; me ofrecí a ser el recolector y compilador de todos los datos y noticias que, referentes á su vida material, me suministrasen…”

Vide, Introducción a la “Monografía estadística…” Ed. facsímil de 1968, p. 557. Sobre esta Monografía ver nuestro análisis contenido en Rafael de Francisco: La salud de maestros y profesores en España, Madrid, Revista La Mutua, 2001, pp., 59-65.

[11] En algunas informaciones bibliográficas sobre Rodríguez Méndez se le menciona como autor de un texto de Higiene Pública y Privada en 1880. Nosotros pensamos que es un dato erróneo. De lo que si tenemos documentación fehaciente es de la publicación de unos “Prolegómenos de Higiene” (Barcelona, Carlos Bailly-Baillière, 1874) y de unos apuntes taquigrafiados de sus lecciones  de Higiene Privada dadas en la Universidad y publicadas en 1896 por la Tipografía de la Academia de Serra Hermanos i Russell, más sus  notas y ampliaciones en la segunda edición de los tomos II, III y IV de la Higiene de Partagás.

[12] Fundada pocos meses antes en el Congreso Obrero de Barcelona en el verano  de 1870

[13] Pedro F. Monlau: Elementos de Higiene Pública, Madrid, Moya y Plaza, Libreros del Ministerio de Fomento, 1871, tomo I, p. 162.

[14] Op. c. t. I, pp., 150-151

[15] Salarich sería sobre todo un médico rural afianzado como tal, durante la mayor parte de su vida profesional en Vich; su contacto con la máquina lo haría precisamente desde el mundo laboral del textil, pero dentro de un enclave cultural presidido siempre por una atmósfera ruralista que se haría patente en el peso que en su Higiene del Tejedor imprimirían los valores tradicionales. Esta inmersión en una comarca que a pesar de sus telares (la mayoría aún no mecanizados) estaba ruralizada le introduciría en  los problemas de la Higiene Rural redactando bajo el epígrafe Higiene del Campo, un conjuntode diez y nueve artículos en la Revista de Agricultura Práctica de Barcelona desde 1857, adelantándose en unos años al texto de Higiene Rural de Giné y Partagás. Esta Higiene del campo de Salarich casi desconocida y anotada por nosotros en 2007, ofrece una serie de consideraciones interesantes relacionadas con las condiciones higiénicas de la escuelas rurales señalando adelantadas recomendaciones para prevenir lesiones músculo-esqueléticos en los niños junto, a recomendaciones sobre necesidades de higiene pública como el que haya hospitales comarcales especializados en enfermedades del entorno rural más, como no podría ser menos, dentro de las ideologías de “alabanza de aldea” , las habituales consideraciones sobre las bondades y  diferencias del trabajo y de los jornaleros del campo respecto a los obreros fabriles:

“…La profesión agrícola, dice un autor contemporáneo, es un culto perpetuo que la especie humana rinde al Creador, perfeccionando su obra…esta profesión generalmente hablando es sana. Los agricultores no conocen la tisis de los tejedores, los cólicos de los pintores, el escorbuto de los marinos, el carbúnculo de los pelaires, y otras cien enfermedades características de otras tantas profesiones…si gana menos jornal que otros industriales, es este mas seguro y mas suficiente, porque no tiene tantas necesidades…” (J. Salarich: Revista de la Agricultura Práctica, Tomo IX, Barcelona, Imprenta de Antonio Brusi, 1857, 262)

Esta fuerte vinculación de Salarich con el mundo rural le hace además escribir una Cartilla Agrícola (Imprenta del Diario de Barcelona, 1859) en la que desarrolla diversas medidas  preventivas en relación con el uso de la maquinaria agrícola así como información y recomendaciones sobre nuevos tipos de cultivos

Vide, Rafael de Francisco: Los orígenes de la prevención de riesgos laborales en España, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2007, 36-37.

 

[16] Lo hemos apuntando alguna vez más. No podemos leer el pasado desde  los epistemas y sensibilidades sociopolíticas de la actualidad. Salarich, como Monlau pudieron contribuir al almacenaje de referencias médicas y expertas utilizables desde  las estrategias de control social utilizadas por los grupos de poder. Además no eran como los contados médicos adheridos y comprometidos con el movimiento obrero; fueron simplemente concienzudos profesionales atravesados en su aculturación personal e ideológica, por las titubeantes mentalidades de las clases medias españolas del momento. No eran revolucionarios ni lo podían ser. Su relato médico, no se diferenciaba del habitual en los sectores menos conservadores de la época pero, al final, nuestro punto de vista es que, constituyeron un relato profesional y a la larga positivo, aunque como no podía ser de otra manera, estuviese distorsionado por sus prejuicios de clase. Probablemente todos los relatos construidos desde la mayoría de los sectores profesionales relacionados con la salud de los trabajadores se encuentre atravesado por estas contradicciones. Todo esto, nos hará entender el distanciamiento de los sectores más concienciados del movimiento obrero español ante el relato políticamente correcto del higienismo oficial

[17] Aunque no está  claro si Salarich solamente contempla el jornal del padre de familia o los de la mujer e hijos

[18] Vide, Cristina Barderías: Salarios y subsistencias de las trabajadoras y trabajadores de la España Industrial, 1849-1868, Barcelona, Quaderns d´Historia, 11 (2004)

[19] Y aquí, apuntaríamos a partir de nuestra experiencia como profesor en los cursos MIR del Pabellón ocho de la Facultad de Medicina de la UCM que, por supuesto, mucho Ramazzini pero también –  aparcando sus moralismos – mucho Salarich y Monlau para continuar con mucho Giné y Partagás y mucho Rafael Rodríguez Méndez

[20] Escritos referenciados en el Monitor de las Familias y de la Salubridad de los Pueblos, de 15 de octubre de 1861 y R. de Francisco (2007,38)

[21] Referencia encontrada en El Monitor de la Salud , nº XIV de 15 de julio de 1861, p. 167

[22] Tesis que por esos años y en general, consistían en unas cuantas cuartillas incluso  de menos de veinte folios sin mucho valor científico y originalidad, siendo a menudo, la mayoría de las veces copiadas o  carentes de citas referenciales.

[23] Contábamos en R de Francisco (2007, nota 143) que probablemente esta presencia de memorias doctorales sobre Higiene Pública pudo responder al hecho de que en los cursos  de doctorado se introdujo (Mateo Seoane, 1845) como asignatura la higiene con el epígrafe: “La Higiene pública considerada en sus relaciones con las ciencias del Gobierno

[24] No hemos podido consultar todas ellas pero, adelantamos nuestra impresión que se centraron sobre todo en contenidos que en un sentido estricto, no se refirieron al higienismo fabril. Algunas de ellas como las presentadas con anterioridad a 1860 con patente enfoque moral/conservador/clerical con rotulaciones como “Consideraciones filosófico-médicas sobre el Gobierno y la Religión en sus relaciones con la Higiene Pública”, de Cándido de la Portilla (1854) y “La Religión, la Moral y la Higiene como inseparables hermanas que de consuno procuran la felicidad del hombre, conservándole la salud y prolongándole la vida” de Ignacio Pusalgas (1857). En su totalidad serán como hemos apuntado (supra nota, 427) escritos mediocres y repetitivos en los que en unos pocos casos aparecen algunas referencias a lo social, como sería el caso de Olegario Cantó a propósito de la higienización de talleres y vivienda obrera (op. c. pp., 10-11) o de Gerónimo Roure  al comentar la necesidad de considerar en la Higiene Pública no solamente los aspectos estrictamente médicos sino, a la vez, los sociales (op. c. p. 6) y en páginas posteriores añadir la necesidad de regular las condiciones de salubridad de los talleres

“para fijar el régimen de los obreros, sin consentir que de sus fuerzas y su salud abuse impunemente la codicia inhumana” (Op. c. p. 16)

[25] Titulado: “El problema relativo al hogar del obrero, tanto considerado en sí mismo como en su historia á través de la sucesión de las edades y los pueblos” (Madrid, Imp. de los Señores de Rojas, 1874, pp., 5-29)

[26] Eusebio Rogelio Casas de Batista un no muy bien conocido clínico y médico militar madrileño – participante en la campaña africana de 1859-60 – ocuparía el asiento dejado vacante por Monlau en la Academia de Medicina de Madrid (1874) con su discurso de recepción antes citado (supra, nota 430) pero también contribuiría a partir de su memoria/discurso de doctorado “Influencia de las pasiones en la producción de las enfermedades”  (Madrid, Imprenta de Tomás Fontanet, 1859) a entrever  los posteriores diseños psicosociales sobre la enfermedad aunque en el caso del escrito del Dr Casas, no se refiera en concreto a los condicionantes sociales sino a puntualizaciones clínico/fisiológicas anteriores a los enfoques neuro/vegetativos y endocrinos posteriores.

[27] Por ejemplo, en el escrito que a continuación citaremos, hará mención a las condiciones de trabajo de mujeres, niños y adolescentes y al abuso desde el que a menudo hacen los fabricantes en relación con las horas de trabajo y la salubridad de los talleres aunque siempre, añadiendo los habituales comentarios sobre inmoralidad y el empleo de las horas de descanso “en deshonestas y dañosas diversiones” (op. c. p. 21)

[28] Este escrito de Giné sobre Higiene rural, nos resulta digno de interés porque se aparta del modelo a lo Tissot de la cartilla agrícola de Salarich introduciendo diversas recomendaciones preventivas que aunque las rotula dentro del epígrafe de “Ejercicios propios de los labradores” apuntan claramente al trabajo del jornalero del campo como al pequeño propietario agrícola, introduciendo por ejemplo, consideraciones  preventivas sobre las afecciones de algunas labores a la vista:

“…En el tiempo de la trilla es cuando son mas frecuentes las oftalmías; porque la operación de aventar el grano para separarle de los residuos de la espiga, suela hacerse sin tomas mas precaucion que la de ponerse un saco invertido á modo de capucha; con lo cual la cara queda del todo en descubierto, llenándose los ojos de un polvillo muy irritante. Sería bueno, que para esta operación se hiciese uso de una mascarilla de tela de sedazo…” (op. c. p. 35)

Acompañadas con adelantados consejos ergonómicos  a propósito de las características de las diferentes herramientas utilizadas en el trabajo agrícola junto a indicaciones y reflexiones sobre el trabajo en el campo de los niños y la relación entre alimentación y trabajo (op. c. pp., 141-154)

[29] Desde 1864 sería director del manicomio de Nueva Belén en San Gervasio de Cassolas, mas sus dictámenes como perito forense en algunos relevantes juicios de la época como el del clérigo y poeta catalán Jacinto Verdaguer en 1895

[30] A pesar de la lectura crítica que pueda tener en la actualidad la frenología y de su indudable peso ideo/biopolítico conservador como un ejemplo paradójico más  de la ciencia, los médicos españoles que en el último cuarto del siglo XIX compartieron su diseño, les podemos  considerar como adelantados y participantes en la construcción no solamente de la psicología/psiquiatría médica moderna, sino además en una lectura de la salud en la que se establecía la relación entre lo socioemocional, lo estrictamente cerebro/anatómico y la enfermedad y de ello, el establecimiento de una medicina que contemplase al ser humano de una manera integral que como apuntara Giner en su Curso de Higiene de 1871, fuese una especie de antropología dirigida a fomentar el bienestar de las gentes tanto en su vida individual como en su vida social. En este sentido, Giné y Partagás, tendría un relevante lugar en el elenco de médicos españoles que de una u otra manera siguen la trayectoria iniciada por los fisiólogos y sensualistas franceses, Broussais, Bernard, Condillac, Destutt de Tracy, Cabanis e incluso Pinel que relacionarían en palabras de Broussais y Cabanis con “lo físico y lo moral del hombre”. Elenco formado por un interesante agavillado de médicos entre los que podemos citar además del conocido frenólogo (Mariano Cubí (1801.1871) y sin olvidarnos del ya citado Pedro Mata y Fontanet,  a otros, como Benjamín de Céspedes y Santa Cruz (La Habana 1858-1914) precisamente comentador del médico francés Charles Letourneau, a su vez, seguido y leído en los círculos anarquistas españoles, con un estudio presentado en el Ateneo madrileño (1878) de enfoque fisiológico sobre las “pasiones humanas”; más Bartolomé José Gallardo (1776-1852) curioso y prolífico personaje que aunque de titulación médica su oficio sería y fue siempre el de bibliófilo a quien algunos autores lo relacionan con los inicios de las neurociencias en España pero nuestra opinión – matizando la de, Jorge Navarro y Juan Gisbert: La recepción del sensualismo en España, 1999- es que en ésto, lo que funcionó, más que los conocimientos o práctica médica de nuestro entrañable e ilustre ratón de biblioteca no fue otra cosa que su saber bibliográfico. Según nuestras indagaciones, Navarro y Gisbert cuando comentan este plausible acercamiento introductorio a las neurociencias reconocerán o conocían, que  esta apreciación reside en que en el Diccionario de Medicina y Cirugía publicado por el médico Antonio Ballano (Madrid, Imprenta Real, 1805-1807), José Gallardo desarrollaría las voces “sensaciones” y “sentidos” a partir de comentarios tomados de los escritos de algunos representantes de los “ideólogos” de la Convención como Destutt o Cabanis. En esta saga podemos incluir también a Manuel Hurtado de Mendoza (Valladolid 1783-1849) un anatomista y cirujano afrancesado introductor y traductor de la obra de François Brussais (1772-1838) junto a alguna otra, de los escritos de Philippe Pinel (1745-1826)  El libro traducido de Broussais  más relacionado con su enfoque fisiológico/sensitivo se titula “De la irritación y la locura: obra en la cual se establece sobre las bases de la medicina fisiológica, las relaciones entre lo físico y moral del hombre” (Madrid, Imprenta que fue de García, 1828) La obra que tenemos anotada que traduce de Pinel, fue su Compendio de nosografía filosófica (Madrid, Oficina de Julián Viana, 1842). La edición original sería de 1798.

A propósito de la penetración de la frenología en España de la mano de Cubí y Partagás tendríamos además que considerar la dimensión que por esos años representaría la cultura frenológica en la Cataluña burguesa/fabril. El historiador y médico forense José Mª Calbet Camarasa, realizaría un acertado análisis del asunto al incidir en lo que supuso este acontecimiento en un territorio español como el catalán de la industrialización en donde los frenólogos como puntales de la biopolítica del momento:

“…nos hablan de las cabezas privilegiadas (burguesas) y de cabezas pequeñas y poco activas (obreras) que condicionarían fatalmente sus vidas y situaciones respectivas…los frenólogos simplificaron la ortografía, para facilitar la instrucción a los que ocuparían los nuevos cargos que creaba la industria…divulgaron las ideas de Malthus en Cataluña y defendieron la creación  de las Cajas de Ahorro, haciendo asimismo tímidos intentos para emancipar a la mujer…dejando aparte las elucubraciones a que llegaron los frenólogos, los trabajos de Gall, creador de la doctrina, no fueron totalmente estériles ya que en ellos están incipientes las modernas teorías de las localizaciones cerebrales, que estructurarían ( sin hacer peligrosas deducciones anatomo-sociales) …”

 Vide, Calbet Camarasa: Evolución ideológica de la prensa médica en Cataluña en el siglo XIX, Anales de Medina y Cirugía nº 207, 1968,16.

[31] Novela a la que sucederían con contenidos parecidos: La familia de los onkos (1888) y Los misterios de la locura (1890)

[32] En este sentido tendríamos la aparición en castellano del Précis d’hygiène privée et sociale (Paris, 1876) de Alexandre Lacassagne (1843-1924) que a través de una especie de fusión entre lo biológico – al modo Claude Bernard-  y lo sociológico – siguiendo a Comte – contempla como condicionantes higiénicos cuatro “modificadores”: físicos, químicos, biológicos y sociológicos (Resumen de higiene privada y social, Madrid, Iravedra y Antonio Novo, 1876, p. 23)

[33] Realmente Ramazzini hablaba de afecciones hipocondriacas posiblemente por su incapacidad como médico de su tiempo en visualizar desde lo sociológico lo que probablemente no eran más que padecimientos derivados de presiones del patrón en el el desarrollo de las condiciones de trabajo. El término está contenido  en la página 255 de la edición en castellano realizada por el Ministerio de Sanidad y Consumo de su De Morbis Artificum (edición de Padua, 1713) en 1993.

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